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Buscando la rosa entre las espinas

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“No temáis a la grandeza. Algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a otros la grandeza les es impuesta y a muchos la grandeza les queda grande”. Tras esta breve síntesis de vida, digna de un genio literario como William Shakespeare, se pueden encolumnar tantas historias que ni el mismo dramaturgo londinense sería capaz de eternizarlas a todas en el papel. Permitirse modelar tal clara expresión de inteligencia muy probablemente descubre las ínfulas de grandeza de quien lo intente. Pero es preferible correr ese riesgo y no el que supone dejar tanto espacio en blanco al contar una historia como esta.

Cuando uno habla de Derrick Rose puede aseverar que su vida ha transitado directa o indirectamente cada uno de los estadios descritos por aquella frase de Shakespeare. Las calles de Englewood, el suburbio de Chicago en donde hace exactamente 29 años nació el MVP más joven de la historia, pueden dar mejor cuenta que quien escribe de que Rose llegó a este mundo para ser alguien. Nadie sin al menos una pizca de grandeza logra sobreponerse a años tan duros como los de su infancia. Atestado de los peligros del vecindario y los problemas familiares, tan solo bastaba con poner un balón en sus manos y todo el que dudara de que ese chico iba a salir adelante comenzaba a mirar hacia abajo.

Sin un padre como ejemplo y con una madre todopoderosa, Rose se engrandeció aún más en su adolescencia. Criado en uno de los barrios más peligrosos de Estados Unidos, era más común ver en un joven de su edad cortes de navaja que raspones de rodillas producto del baloncesto. La familia primero, como reza uno de sus tatuajes. Amparado en las enseñanzas de sus hermanos, Poohdini, como le decía su abuela, se mantuvo alejado de las podredumbres que pueden derrumbar a cualquier adolescente. “Yo solía tener ese sexto sentido. Me daba cuenta de cuándo había problemas. Puedes sentirlo en los huesos. ‘Oh, llegó el momento de irse’. Y corría a casa tan rápido como podía”. A casa o al playground al lado de ella, en donde Rose solía pasar horas picando el balón. El desarrollo de su historia hizo que todos entendieran que ese chico introvertido y de tono gentil iba a ser irremediablemente grande. Pero a los dones se los cobija con disciplina y allí es donde muchos tambalean. Él no. A la grandeza hay que alimentarla con trabajo duro y dedicación, porque como cualquier don no es más que un préstamo. Y ese muchacho lo entendió a la perfección. La NBA fue solo un paso más para alguien que desde pequeño descifró las barreras entre el éxito y el fracaso.

Foto: USA TODAY Sports

Ser MVP no es fácil. Conseguirlo en una liga en la que ser brillante es casi ordinario resulta infinitamente meritorio. Pero los elogios pesan y ciertamente se vuelven en contra cuando el foco ya no te ilumina como antes. El MVP más joven de la historia resonaba en Chicago como el sucesor de Michael Jordan. El United Center estaba tan cansado de los baldazos de agua fría que al fin vio una esperanza y se aferró a ella más de la cuenta. A pocos le han impuesto la grandeza como a Rose. Y bastante lejos de escaparle, él la embistió de frente. “¿Por qué? ¿Por qué no puedo ser el MVP? No veo por qué no”. A esa altura nadie veía más que escalones hacia arriba en la carrera de Rose. Pero solo basta un infortunio para que el mundo deje de girar a tu alrededor. Y la vida decidió cortarle las alas a quien todos creían imparable.

“Lo recuerdo todo. Recuerdo saltar, caer y justo entonces escuchar aquel sonido. Me sentía roto cuando abandoné la pista. No podía creerlo, fue la cosa más cercana a la muerte que he vivido. Parecía que me lo habían quitado todo”.

Lo supiera o no, Rose estaba en lo cierto. En esa lesión ante Philadelphia en el primer partido de los Playoffs de 2012 había muerto. Todo lo que cosechó, las expectativas, el dominio de una liga tan indomable como la NBA comenzaría a escurrírsele de las manos. Y cuando eso sucede no hace falta esperar mucho para ver cómo aquellos que te alzaban en sus hombros se pelean para despedazarte. Desde aquella caída al infierno hasta hace poco tiempo, Rose ha deambulado en busca de un lugar en donde tengan memoria. Oscuridad plena era todo lo que podía percibir. Inconexo con un mundo que le veía distinto, se sumergió en una crisis que le llevó a pensar en el retiro. Y finalmente, acorralado en las penurias que azotaron su carrera, fue cuando Rose ganó a todos. Porque entendió que quien cae y se levanta es más grande que el que jamás ha caído, a pesar de todo el ruido que el exterior pueda provocar. Dejó de buscar un lugar en el mundo que lo viera como aquel diamante en bruto y se encontró a sí mismo como alguien más fuerte.

“Todavía puedo jugar”. No es algo que se dice para tapar baches. Poco le importaba eso al base y ya nada le interesa en estos tiempos. Esa simple afirmación es una declaración de guerra de quien viene tragando barro para salir a la superficie. No desaparecerán tan fácilmente aquellos que desean retirarlo y cometen el error de ningunearlo ferozmente. Para ellos fue insuficiente la pasada temporada, en la que se vio al mejor Rose desde su año MVP y lo será cualquier actuación inferior a aquel pasado. Simplemente porque no entienden el valor supremo de reinventarse una y otra vez ante las adversidades. Aunque son solo murmullos sin sentido para un Rose lleno de vida, conectado con sus admiradores y más dispuesto que nunca a aceptarse.

Solo faltaba un llamado de alguien tan claro en sus pensamientos como adentro de la cancha. “¿Deseas ganar? Pues unamos nuestras fuerzas”. Y aunque su pregunta seguramente esté apenas empapada en la esperanza de ver en Cleveland esa potencia salvaje de otros tiempos, es LeBron James quien logró entender lo que a muchos todavía se les escapa del radar: que Derrick Rose ya no le teme a las espinas.

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Laboratorio

Graduados en las aulas… y en el parquet

¿Cuántos jugadores de la NBA se han graduado en la Universidad? En una etapa en la que el one and done es la ley, nos acercamos a algunos de los últimos ejemplos.

jon@skyhook.es'

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Deporte de élite y estudios no son dos conceptos que acostumbran a intimar con frecuencia. En la cultura norteamericana, la etapa universitaria es esencial antes de dar el salto definitivo al profesionalismo. La National Collegiate Athletic Association, cuna de grandes talentos que desembarcan en la NBA, está repleta de jugadores que tienen un paso fugaz por la competición en busca de cotas mayores.

No es tarea fácil combinar un nivel académico ejemplar con la constante exigencia del rendimiento deportivo. Sin embargo, la NBA cuenta con varios jugadores que, más allá de establecerse como habituales de la liga, lograron obtener una licenciatura universitaria. 

Siempre ha existido cierto estigma que cataloga a los deportistas de alto rendimiento como si todos fuesen estúpidos. Nada más lejos de la realidad, algunas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos han colado alumnos en la mejor liga de baloncesto del planeta. Duke, Harvard o Vanderbilt son reflejo de ello.

Jeremy Lin – Economía

Más conocido como “Linsanity”, tuvo una irrupción meteórica en su año sophomore en la NBA. Con apenas protagonismo en Oakland, el jugador de origen taiwanés explotó cuando vestía la elástica de los Knicks, creando una expectación que no se tradujo en una carrera all-star. No obstante, pese a un camino con la irregularidad de una montaña rusa, Lin se convirtió en un buen jugador de rotación en la liga. 

Creció en la bahía de San Francisco, donde su buen hacer en el instituto le permitió ingresar en Harvard, prestigiosa universidad ubicada en la ciudad de Cambridge (Massachusetts). Allí completó sus cuatro años, desde 2006 hasta 2010, obteniendo una Licenciatura en Economía. Su capacidad para meter puntos no era el único talento que atesoraba.

Mason PlumleePsicología y Antropología Cultural

El pívot de los Nuggets representa un gran ejemplo de simbiosis atlética y académica. Durante su adolescencia estudió junto a su hermano Myles en el internado Christ School de Arden, Carolina del Norte. Haciendo honor al perfil de pívot de toda la vida, fue nombrado McDonald’s All-American en 2009, además de lograr varias medallas con las categorías inferiores de la selección de Estados Unidos.

Su indudable potencial le brindó la oportunidad de estudiar en la Universidad de Duke, institución conocida por sus rigurosos estándares académicos y un exitoso programa de baloncesto. The Sportster lo definió como un “representante perfecto de la reputación del centro en ambos aspectos”. Durante su estancia en el college, Mason se especializó en Psicología y Antropología Cultural.

Roy Hibbert – Gobernanza

Retirado prematuramente en 2018, fue uno de los jugadores dominantes en la Conferencia Este hace apenas un lustro. Sin embargo, siempre quedará la sensación le faltó hambre para ser el mejor pívot de la competición.

Sus padres, asentados en Queens, lo introdujeron al baloncesto tras probar suerte con el golf, el tenis e incluso el piano. Pese a los intentos en estas disciplinas, su imponente físico estaba destinado a brillar en una cancha de baloncesto.

Desde su época de instituto siempre tuvo muy claro que quería graduarse en la universidad. Siguiendo la estela de otros hombres altos como Patrick Ewing , Alonzo Mourning o Dikembe Mutombo, el jugador de origen jamaicano cursó sus cuatro años en Georgetown. Siendo elegible para el Draft de 2007, prefirió regresar para completar su año senior y obtener un título en Gobernanza.

Dwight Powell – Ciencia, Tecnología y Sociedad

A sus 28 años, y tras cinco campañas en la liga, todavía no ha conseguido tener un papel protagonista en la NBA. Apuntaba a que podía convertirse en un hombre de banquillo para los Mavs, pero su falta de constancia le ha privado de gozar de más minutos a las órdenes de Rick Carlisle.

Pese a ello, se trata de un jugador que de no haber recalado en la competición, podría haber prosperado en varios campos. El center canadiense obtuvo un título en Ciencia, Tecnología y Sociedad por la Universidad de Stanford, donde cursó sus cuatro años antes de ser elegido en el Draft de 2014 por los Charlotte Hornets.

Andrew Nicholson – Física

No tuvo suerte durante su experiencia en la liga norteamericana y se vio obligado a emigrar a China. El actual jugador de los Fujian Sturgeons es una rara avis en la NBA. Obtuvo su graduado en St. Bonaventure antes incluso de ser seleccionado en la primera ronda del Draft.

Asimismo, lo hizo mientras se especializaba en una de las consideradas “carreras más difíciles”: Física. Nunca ocultó su amor por las matemáticas, hecho que le llevó a elegir dichos estudios. Además, confesó que la mecánica cuántica era una de sus asignaturas predilectas. Un auténtico cerebrito.

Victor Oladipo – Comunicación deportiva

Tras ser elegido en segundo puesto en el Draft de 2013, no logró explotar su máximo potencial hasta que regresó a su apreciada Indianapolis. Hijo de un sierraleonés y una nigeriana, el escolta de los Pacers se crió en Upper Marlboro, Maryland. Allí asistió al DeMatha Catholic High School, en el que destacó por sus buenas notas de la misma forma que sobre el parquet.

Dadas sus capacidades baloncestísticas, Oladipo rechazó ofertas de centros como Notre Dame, Maryland o Xavier antes de firmar con la Universidad de Indiana. Estaba decidido a convertirse en jugador profesional, pero no dejó de lado los estudios. Obtuvo un título en Comunicación Deportiva antes de firmar su primer contrato NBA. Igualmente, durante su último semestre, logró 19 créditos para terminar el grado mientras jugaba para los Hoosiers, a quienes guió a un título de conferencia.

Festus Ezeli – Economía

Desde muy temprana edad, el nigeriano fue un estudiante aplicado, dada la influencia de sus padres. Tanto es así que se graduó en secundaria a los 14 años. Aspiraba a ser médico, de modo que vivió en Yuba City (California) junto a su tío pediatra. Este animó al joven Festus a probar el baloncesto, con el que tuvo dificultades en sus inicios.  

Comenzó a estudiar en el Yuba Community College a tiempo parcial porque necesitaba tiempo para entrenar con un modesto equipo de la Amateur Athletic Union y pulirse como jugador.

Dado su buen nivel en el circuito, varias universidades llamaron a su puerta. Sin embargo, y contra el deseo de sus progenitores, Ezeli prefirió Vanderbilt antes que Harvard, basándose en su sólida reputación académica y la experiencia reciente con jugadores internacionales. Aunque comenzó a obtener un título en Biología, finalmente cambió su especialidad a Economía.

Tyler Zeller – Administración de empresas

Oriundo de California, fue criado en Washington (Indiana) donde asistió al Washington High School. Allí destacó durante toda su estancia, en especial en su último año. Sus grandes guarismos llamaron la atención de varios centros que quisieron reclutarlo para la NCAA.

El deporte le viene de familia, ya que su tío Al Eberhard fue también jugador NBA, al igual que dos de sus hermanos, Cody y Luke. Por otro lado, Tyler fue nombrado Mr. Basketball de Indiana cuando finalizó su etapa de high school, honor más alto del estado para los jugadores de educación secundaria.

Además de demostrar sus habilidades en la cancha, siempre estuvo comprometido en labores académicas. Tras cuatro cursos en la Universidad de Carolina del Norte se especializó en Administración de Empresas, registrando una nota que le valió el reconocimiento Academic All-America por dos años consecutivos.

Kelly Olynyk – Contabilidad

El pívot canadiense se labró un nombre desde muy joven, cuando estudió en South Kamloops Secondary School. Allí dio el salto al escaparate estadounidense, jugando en la AAU durante su andanza en secundaria, así como en otros torneos a lo largo del país. Asimismo, y dada su presencia en el combinado Junior de Canadá, Olynyk recibió becas por parte de Syracuse, Providence College o North Carolina State, entre otras.

Al final, optó por jugar para la Universidad de Gonzaga, en parte para permanecer más cerca de casa. En su segundo año no jugó partidos, lo que facilitó su camino académico. Trabajó duro para completar su licenciatura en Contabilidad y estaba a sólo dos semestres de lograr una Maestría en Administración de Empresas antes de presentarse al Draft de la NBA en 2013. Su buen hacer en la aulas le hizo merecedor del Academic All-America, al igual que Tyler Zeller.

Kyle Korver – Comunicación audiovisual

Nacido en Paramount, California, el shooter por excelencia creció viendo los Lakers del Showtime. Su fanatismo por Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar le llevó a enamorarse del baloncesto a muy temprana edad, de modo que estaba convenido a llegar lejos. Se mudó con su familia a Iowa en 1993 y allí obtuvo su título de secundaria en el Pella High School.

Ya apuntaba maneras, por lo que la Universidad de Creighton reclamó sus servicios. Allí se pasaría sus cuatro años de college, en los que dejó una huella imborrable. El californiano dio el salto a la NBA en 2003, siendo el cuarto máximo anotador y el máximo triplista en la historia de la universidad. Asimismo, pese a ser un tirador letal en su etapa pre-profesional, encontró tiempo para graduarse en Comunicación audiovisual.

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Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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