El avión privado que transportó a James Harden a Texas en la mañana del 28 de octubre de 2012 estaba sumido en el más profundo e imperturbable silencio, salvo por las animadas melodías que se escapaban de sus aparatosos auriculares.

Apenas 24 horas antes, los Thunder le habían hecho llegar, a través de su agente, una oferta final de renovación por cuatro temporadas y 54 millones de dólares. “Solo tienes una hora para decidirte. Lo tomas o lo dejas”, era el mensaje implícito en aquel ultimátum. “No puedo tomar una decisión en tan poco tiempo”, fue su respuesta. Pero la decisión si estaba tomada, solo que apuntaba hacia otro destino. Allí estaba, suspendido en el aire a más de ocho mil metros de altura, a medio camino entre Oklahoma City y Houston, las Finales de la NBA y la lotería del Draft, el banquillo y la escalinata hacia el inminente estrellato.

Atrás dejaba el único hogar deportivo, profesionalmente hablando, que había conocido, estable, seguro y acogedor, rodeado de fuertes y sólidas amistades y un éxito más que garantizado. Enfrente, una ciudad que quintuplica en población a la anterior y que se asemeja a una gran isla en medio de la nada. Del desierto. Una tierra, a su vez, repleta de oportunidades, donde construiría su legado o languidecería en el intento. Era el precio a pagar. Era el momento de ratificar las palabras escritas en aquella nota que le dedicó a Monja Willis cuando era niño: “Posdata: mamá, voy a ser una estrella.” Su madre. La misma mujer que lo había sacado de los suburbios del sur de Los Ángeles después de que dos de sus hermanos fueran asesinados, sustituyendo el caos de la ciudad por una tranquila zona recreativa en Rancho Domínguez, en la frontera con Compton, a medio camino de Long Beach.

Hacía apenas un mes había finalizado un verano que había compartido con el estelar combinado nacional estadounidense como motivo de la disputa de los Juegos Olímpicos de Londres. Y, sobretodo, con Kevin Durant y Russell Westbrook, sus compañeros en los Thunder, con quienes había fantaseado sobre las mieles de los campeonatos a los que parecían destinados a abrazar. “¿Y ahora, qué?” , se preguntó a sí mismo, asaltado por las dudas, la incertidumbre y cierta dosis de aflicción y remordimiento. Su rol de habitual –y testimonial, si lo reducimos a números- sexto hombre en una franquicia aspirante iba a ver alterado su estado natural al de principal referente en un equipo en reconstrucción sumido en las mismas vacilaciones que lo asaltaban. Decía adiós a su zona de confort. “Me sentí completamente solo.”, relataría para Sports Illustrated poco después.

Russell Westbrook, James Harden y Kevin Durant

Foto: Getty Images

Los recuerdos de aquel vuelo, y los días que lo sucedieron, son tan difusos y nebulosos como la imagen que le arrojaba la ventanilla del avión. La berlina de alta gama que lo estaba esperando en el Aeropuerto Internacional William P. Hobby lo ‘teletransportó’ en un abrir y cerrar de ojos a la sala de conferencias del Toyota Center. Allí aguardaba, expectante, un ‘séquito’ de más de 3.000 personas, entre medios de comunicación, aficionados y directivos de la franquicia. “Te estábamos esperando”, venían a decir, como si el cielo se hubiera abierto ante sus ojos para dar paso al salvador de unos Rockets muy alejados ya de los gloriosos años de Hakeem Olajuwon. De hecho, así era. Daryl Morey, General Manager de la organización, llevaba tres años tras el escolta, completamente convencido de que ante él se encontraba un jugador llamado a hacer historia. Así que no dudó un segundo en enviar a Kevin Martin, Jeremy Lamb, dos selecciones de primera ronda y una de segunda ronda rumbo a Oklahoma City desde que tuvo la oportunidad. “Pensé que terminarían ofreciéndole el máximo. Nunca esperé que lo fueran a traspasar”. El todo por el todo. Sin ases en la manga. Era una apuesta de riesgo.

El multitudinario recibimiento no hizo más que disparar las señales de alerta en la cabeza de Harden. “Tengo talento, pero ¿y si no soy lo suficiente bueno?”, se repetía constantemente. “Soy inteligente para jugar a esto, ¿pero lo soy lo suficiente?”. Había trabajado duro para ello. Una disciplina que comenzó a forjar por si mismo en las calles de Rancho Domínguez, pese a las reiteradas quejas del vecindario, un núcleo habitado por personas de la tercera edad, ante los botes del balón del pequeño James a cualquier hora del día. Tampoco podía olvidar la determinante aportación de Scott Pera, su entrenador y mentor en el instituto, quien había forjado su instinto asesino. Sesiones maratonianas de lanzamiento a canastas, retos y apuestas con fines provocativos y de motivación y decenas de charlas para que abandonara aquella timidez inicial sobre la cancha. Funcionó, pues su nombre comenzó a extenderse como la pólvora por encima del de otros prospectos de la high school de su generación como Paul George, Klay Thompson, Kawhi Leonard o el propio Westbrook.

Apenas unos días más tarde, aquellas dudas iniciales se esfumaban con sendas exhibiciones -37 y 45 puntos- ante Detroit y Atlanta en los dos primeros encuentros de la temporada regular. La derrota en el tercer encuentro ante Portland –con 24 tantos más bajo su firma- no sirvió para detener esta primera muestra de lo que terminaría por suponer el inicio de la explosión definitiva del mejor escolta de la actualidad en la NBA. Esa misma temporada, ‘The Beard’ firmaría su primera aparición en un All-Star Game y en uno de los mejores quintetos de la liga, además de registrar topes personales de carrera en casi todas las categorías individuales. Sin embargo, los Rockets finalizaron la regular season en octava posición de la Conferencia Oeste, cayendo por un 4-2 en la serie inicial ante los Thunder. El amargo sabor de la derrota, intensificado por la sensación de todavía pertenencia a dicho equipo. “Todavía tenía a Oklahoma City en mi cabeza. ¿Había tomado la decisión correcta? ¿Fue culpa mía? Seguían siendo un equipo ganador. Sentí que no me necesitaban.”

En la NBA todo jugador sueña con ser la cara visible y gran estrella de la franquicia, pero pocos quieren o son capaces de asumir todas las responsabilidades y sacrificios que ello conlleva. Durante sus dos primeros años en Houston, Harden se mostró ligeramente distante y apático, sumido en su mundo interior, ausentándose, incluso, sesiones de entrenamiento y reuniones de la plantilla. “No estaba al 100%. Me sentía flojo, cansado. Solo tenía ganas de irme a casa y relajarme. Dejé que mi cuerpo se desgastara.” Mientras que toda su aportación y energía giraba en torno al aspecto ofensivo, todas las críticas se centraban –y se siguen centrando, pese a su evidente mejoría- en su rendimiento al otro lado de la cancha. “Me olvidé de defender. Dejé la defensa en un segundo plano”.

Así, Harden se vio obligado a adaptarse a los feroces e impasibles tiempos que corren. Pera, su ex-entrenador en el instituto, volvió a entrar en escena. Aprovechando su nuevo trabajo como asistente en el Rice High School de Texas, el coach ‘sacrificó’ siete semanas del verano de 2014 con el fin de convertir a James Harden en el jugador definitivo. Siete semanas que transformarían su concepción de la realidad. “LeBron y Kevin Durant, los mejores de esta liga, dominan en ambos lados de la cancha. Yo también quiero hacerlo.”

Pero, primero, tenían que preparar su cuerpo para adaptarlo al exigente y ambicioso reto que se había propuesto. Regresó a su casa en Los Ángeles para realizar jornadas maratonianas por Runyon Canyon. Corrió sin descanso día tras día por las dunas de Manhattan Beach. Superó duras sesiones de spinning en Cycle House. Participó en partidos de exhibición en Los Ángeles y con el equipo de la Universidad de Houston. Estaba preparado. Solo necesitaba un último empujón. Un golpe de suerte.

James Harden Team USA

Foto: USA Basketball

El 7 de agosto, James Harden estaba sentado dentro de su automóvil en el parking de un banco de Houston cuando el mensaje apareció en la pantalla de su teléfono: Kevin Durant anunciaba su renuncia a disputar el Mundial de baloncesto. “Voy a estar solo. Tal vez debería decir que ‘no’ yo también y descansar un poco.” Gregg Howell, ex-compañero de instituto a quien acudió en busca de consejo, fue tajante: “¿Bromeas? ¡Esto es lo mejor que pudo haberte pasado! LeBron no va a estar. K.D.no estará. Es tu momento.”

En España, Harden fue el principal referente de una selección estadounidense que reconquistó el oro tras barrera a todos sus rivales. Kyrie Irving recibió el premio al MVP del torneo, pero fue el escolta el gran líder de aquella magnífica plantilla. “Entrenó mejor que nadie. Participó más que nadie en las reuniones. Ha mejorado muchísimo. Él nos guió a la victoria”, afirmaría Tom Thibodeau, actual entrenador de Minnesota Timberwolves y asistente del Team USA.

Han pasado más de cinco años desde aquel viaje a la incertidumbre del 28 de octubre de 2012. Aquella difusa y dubitativa panorámica desde la ventanilla del avión ha desaparecido en un enfoque mucho más claro y determinante. El sexto hombre, convertido en superestrella de la NBA. El eterno escudero, renegando de su escudo y posición secundaria para abrazar las mieles del MVP y los campeonatos. Un chef, una barba, una dedicatoria, escribiendo su propia historia en el libro dorado de la mejor liga de baloncesto del planeta.