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Reflejos

El draft del 98: así debería haber sido

jakonako10@gmail.com'

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“With the first pick in the 1998 NBA Draft, Los Angeles Clippers select Michael Olowokandi from University of the Pacific”. Con estas rutinarias y tradicionales palabras, David Stern anunciaba la primera selección del Draft de la NBA de 1998, celebrado en la ciudad de Vancouver el 24 de junio de aquel año.

Sin embargo, la fortuna no sonreiría al pívot de origen nigeriano, quien nunca llegó a dar continuidad a los más de 22 puntos y 11 rebotes que promediaría en su temporada junior. Mientras tanto, aquel Draft, pese a no estar a la altura en cuanto a talento y repercusión global con el paso de los años de sus homónimos de 1984, 1985, 1996 o 2003, dio luz a algunas de las estrellas que teñirían de color, gloria, espectáculo y puntos, muchos puntos, al venidero siglo en el que ahora nos encontramos.

Mike Bibby, playmaker de aquellos maravillosos Kings de inicios de la pasada década, y Raef LaFrentz, quien firmó una correcta carrera en la NBA tras brillar en la Universidad de Kansas, acompañan a Olowokandi –uno de los grandes ‘pufos’ históricos cuando hablamos de número uno del Draft- en el podio de esta camada. Es entonces cuando comienza el baile de nombres de primera línea. En los minutos posteriores a la elección del pívot por parte de Denver Nuggets, el comisionado Stern completaría los primeros diez picks de la noche con nombres fácilmente reconocibles por cualquier seguidor de la liga, donde han dejado su huella imborrable: Vince Carter (quinta posición y futuro Rookie del Año), Dirk Nowitzki (novena selección) y Paul Pierce (décima). Sin olvidar, entre ellos, a Antawn Jamison (cuarto) o la magia de Jason Williams (séptimo).  Ya un poco más abajo –sin que sea ello motivo alguno para desplazarlos de nuestra memoria-, el General Motors Place de Vancouver marcaría el pistoletazo de salida en el baloncesto profesional de Bonzi Wells (11º), Matt Harpring (15º), Ricky Davis (21º), Tyronn Lue (23º) y, ya en segunda ronda, auténticos ‘robos’ como el de Rashard Lewis (32º) por parte de Seattle Supersonics y Cuttino Mobley (41º) por los Rockets.

Primera ronda

PosiciónEquipoJugadorUniversidad/País
1LACMichael OlowokandiPacific
2VANMike BibbyArizona
3DENRaef LaFrentzKansas
4TORAntawn JamisonNorth Carolina
5GSWVince CarterNorth Carolina
6DALRobert TraylorMichigan
7SACJason WilliamsFlorida
8PHILarry HughesSt. Louis
9MILDirk NowitzkiAlemania
10BOSPaul PierceKansas
11DETBonzi WellsBall State
12ORLMichael DoleacUtah
13ORLKeon ClarkUNLV
14HOUMichael DickersonArizona
15ORLMatt HarpringGeorgia Tech
16HOUBryce DrewValparaiso
17MINRasho NesterovicEslovenia
18HOUMirsad TurkcanSerbia
19MILPat GarrityNotre Dame
20ATLRoshown McLeodDuke
21CHHRicky DavisIowa
22LACBrian SkinnerBaylor
23DENTyronn LueNebraska
24SASFelipe LopezSt. John’s
25INDAl HarringtonSt. Patrick HS (NJ)
26LALSam JacobsonMinnesota
27SEAVladimir StepaniaEslovenia
28CHICorey BenjaminOregon State
29UTANazr MohammedKentucky

Segunda ronda

PosiciónEquipoJugadorUniversidad/País
30DALAnsu SesayMississippi
31LALRuben PattersonCincinnati
32SEARashard LewisElsik HS (TX)
33SEAJelani McCoyUCLA
34CHIShammond WilliamsNorth Carolina
35DALBruno SundovWinchendon School (MA)
36SACJerome JamesFlorida A&M
37PHICasey ShawToledo
38NYKDeMarco JohnsonUNC Charlotte
39MILRafer AlstonCal State Fresno
40DETKorleone YoungHargrave Military Academy (VA)
41HOUCuttino MobleyRhode Island
42ORLMiles SimonArizona
43WASJahidi WhiteGeorgetown
44NYKSean MarksCalifornia
45LALToby BaileyUCLA
46MINAndrae PattersonIndiana
47TORTyson WheelerRhode Island
48CLERyan StackSouth Carolina
49ATLCory CarrTexas Tech
50CHHAndrew BettsCal State Long Beach
51MIACorey BrewerOklahoma
52SASDerrick DialEastern Michigan
53DALGreg BucknerClemson
54DENTremaine FowlkesCal State Fresno
55DENRyan BowenIowa
56VANJ.R. HendersonUCLA
57UTATorraye BraggsXavier
58CHIMaceo BastonMichigan

Dos décadas después, entre todos ellos –al cierre de estas líneas-, tan solo Dirk Nowitzki y Vince Carter, entregados a una especie de eterna segunda juventud por el deporte que les ha dado todo, continúan en activo, mientras que cinco jugadores de aquella camada –Pierce, Jamison, Lewis y ambos ‘viejos rockeros’- pueden presumir de haberse coleado con la élite de la competición en un All-Star Game.

Y es que junio es el mes del Draft. De la ilusión y la incertidumbre. El momento en el que 30 franquicias tienen la posibilidad de seleccionar a los mayores talentos del panorama internacional. Una noche en la que los directivos tienen en sus manos una decisión vital, meticulosamente planificada, que puede marcar la diferencia entre el nacimiento de un proyecto vencedor o el primer paso hacia una larga odisea por el desierto baloncestístico. Del mismo modo, aterrizar en uno u otro destino suele ser determinante en el futuro profesional de los recién ‘graduados’, además de que muchos jugadores terminan por mostrar un rendimiento muy por debajo de su puesto –los denominados ‘pufos’-, mientras que otros sorprenden a propios y extraños con un impacto en la liga inesperado –también llamados ‘robos’-.

Cada año, esta premisa se cumple a rajatabla. También en el Draft de 1998, una camada de talentos cuyo orden se vería notablemente modificado si tenemos en cuenta el impacto final que registraron en la mejor liga de baloncesto del planeta. Y en este Top 10, lo ponemos a análisis.

10.º RICKY DAVIS (PICK 21 – CHARLOTTE HORNETS). Todo un trotamundos. Antes de dar comienzo a una odisea que le llevaría a jugar en ligas tan variopintas como la francesa, turca, china o puertorriqueña, defendió la camiseta de hasta seis franquicias distintas (Hornets, Heat, Cavaliers, Celtics, Wolves y Clippers), sin llegar a alcanzar cierta estabilidad en ninguna de ellas. Aún así tuvo tiempo de superar los 19 puntos por encuentro en dos de ellas y disputar un total de 736 partidos de regular season (344 de ellos como titular).

9.º AL HARRINGTON (PICK 25 – INDIANA PACERS). Harrington puede presumir de ser uno de los únicos cinco jugadores en alcanzar las 15 temporadas en la NBA tras haber dado el salto a ella directamente desde el instituto -los otros son Kobe Bryant, Kevin Garnett, Jermaine O’Neal y su compañero de promoción Rashard Lewis-. En Indiana se convirtió en un complemento de lujo y uno de los mejores sextos hombres de la liga, mientras los Pacers alcanzaban las Finales de la NBA en el 2000 -cayendo ante Lakers- y las Finales de Conferencia en 2004 -eliminados por los Pistons-. Cansado de salir desde el banquillo, Harrington buscó suerte en Atlanta y Golden State donde, pese a obtener la titularidad y aumentar considerablemente sus prestaciones, nunca volvió a disfrutar de nuevo de la posibilidad del campeonato. En 2014 colgaría las botas tras una última temporada en los Wizards.

8.º LARRY HUGHES (PICK 8 – PHILADELPHIA 76ERS). 

Después de liderar a la humilde Universidad de St. Louis al torneo de la NCAA, Hughes dio comienzo a una sólida carrera en la NBA que se prolongó hasta 2012. Junto a compañeros de la talla de LeBron James, Dwight Howard, Allen Iverson, Antawn Jamison, David Lee o Gilbert Arenas, el escolta superó la barrera de los 10.000 puntos en la liga y fue elegido en el Mejor Quinteto Defensivo en una ocasión (2005). Actualmente está entregado por completo a una fundación -que él mismo creó- que ayuda a familias con necesidad de trasplante de órganos.

7º. JASON WILLIAMS (PICK 7 – SACRAMENTO KINGS).

20 años después, Chocolate Blanco no ha perdido ni un ápice de su poder de seducción con un balón en las manos y es habitual verle en torneos amateur en verano. Imaginación, espontaneidad y talento a raudales, para el que fue considerado la reencarnación de Pete Maravich. El ‘crossover’ sobre Gary Payton o el pase con el codo a LaFrentz en el Rookie Challenge del 2000 son algunas de las jugadores que han quedado grabadas en la retinas de los aficionados. Nunca llegó a explotar del todo y terminaría por ‘corregir’ su juego en sus posteriores etapas en Memphis y Miami. Sería en la propia Florida donde conquistaría el campeonato de 2006 junto a Dwyane Wade y Shaquille O’Neal.

6º. MIKE BIBBY (PICK 2 – VANCOUVER GRIZZLIES).

El director de orquesta de aquellos maravillosos Kings –citamos: Vlade Divac, Chris Webber, Peja Stojakovic y Doug Christie, además de él- que enamoraron a la NBA a comienzos de siglo. En California le dieron las riendas del equipo en lugar de Jason Williams, el prestidigitador que había encandilado a la liga con su magia. Incluido en el Mejor Quinteto de Rookies, promedió 14.7 puntos y 5.5 asistencias en un total de 1.001 partidos disputados a lo largo de su carrera. Al igual que Jason Williams, Larry Hughes, Ricky Davis y Al Harrington, Bibby sigue ligado estrechamente al mundo de la canasta a través de la Big 3 League.

5º. RASHARD LEWIS (PICK 32 – SEATTLE SUPERSONICS (VÍA DETROIT).

31. 31 jugadores fueron elegidos antes de que David Stern pronunciara el que terminaría siendo, con el paso de los años, el gran ‘robo’ de aquel Draft. Cierto es que en esta decisión condicionó, y mucho, la omisión de la etapa universitaria, dando el salto de forma directa desde el high school. Tras una primera campaña testimonial (2.4 puntos en apenas 20 partidos), Lewis comenzaría una meteórica ascensión en la NBA que terminarían coronando sus dos apariciones (2005 con los Sonics y 2009, ya en Orlando) en un All-Star Game. Con los Magic protagonizaría, junto a Dwight Howard, varios infructuosos asaltos al anillo, el cual terminaría conquistando en 2013, ya en calidad de veterano y jugador de rol, junto a LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh, en Miami. A sus espaldas, más de 1000 partidos en regular season (842 como titular) y unos promedios de 14.9 puntos y 5.2 rebotes.

4º. ANTAWN JAMISON (PICK 4 – TORONTO RAPTORS (TRASPASADO A GOLDEN STATE). 

Jameson aterrizó en la NBA en 1998 después de liderar a la presitigiosa Universidad de Carolina del Norte a dos Final Four y recibir los premios Naismith College Player of the Year y John R. Wooden como mejor jugador universitario del año. Tras ser traspasado a Toronto a cambio de Vince Carter -curiosamente, compañero de equipo en la universidad y, posteriormente, cuñado- la misma noche del Draft, el ala-pívot firmó un decepcionante primer año en la liga, antes de explotar en el segundo y consolidarse como una estrella emergente de la liga en el tercero. Pese a sus buenas campañas en la Bahía no fue hasta su traspaso a Washington cuando obtuvo reconocimiento por parte de la liga con dos apariciones en el All-Star Game (2005 y 2008). Previamente, y en su única campaña en Dallas, fue elegido Mejor Sexto Hombre. Anotación, rebote, intensidad y portento físico de un jugador que colgaría las botas en 2014 con 1.083 partidos y 20.042 puntos a sus espaldas.

3º. VINCE CARTER. (PICK 5 – GOLDEN STATE WARRIORS (TRASPASADO A TORONTO). 

‘Vinsanity’. Uno de los mejores ‘matadores’ de todos los tiempos, sino el mejor. ¿No me crees? Abre YouTube y echa un vistazo al Slam Dunk Contest del 2000. El mate, su seña de identidad, pero, ni mucho menos, lo único que ha sabido hacer durante su carrera. A sus 41 años, Carter sigue dando guerra y en su saco anotador particular aglutina un total de casi 24.000 puntos, además de ocho apariciones consecutivas en la cita de las estrellas de febrero y dos presencias en los Mejores Quintetos de la competición. Además, fue elegido Rookie del Año. En Toronto, donde no olvidan sus altos vuelos, sigue siendo una auténtica estrella.

2º. PAUL PIERCE (PICK 10 – BOSTON CELTICS).

Hablar de Paul Pierce es hacerlo de uno de los jugadores más importantes en la historia de los Celtics y del principal buque insignia de la franquicia durante 15 años. El alero devolvió el campeonato a Boston junto a Kevin Garnett y Ray Allen tras más de 20 años de sequía y se convirtió en el gran ídolo del Garden, donde su dorsal ’34’ fue retirado en febrero de 2018. A nivel individual, inclusión en el Mejor Quinteto de Rookies, diez apariciones en el All-Star Game y 26.397 puntos anotados durante su extensa y prolífica carrera. En dos palabras, ‘The Truth’, uno de los mejores jugadores que ha pisado las canchas de la liga en el presente siglo.

1º. DIRK NOWITZKI (PICK 9 – MILWAUKEE BUCKS (TRASPASADO A DALLAS).

Ardua y engorrosa decisión. Sabemos que no recibiremos el beneplácito de toda la comunidad –especialmente la Celtic-, pero hemos optado por elevar al alemán como el mejor jugador del Draft de 1998 por encima de Paul Pierce. Sexto máximo anotador de todos los tiempos –a menos de 300 puntos de Wilt Chamberlain y poco más de 1.000 de Michael Jordan-, trece veces All-Star, cuatro veces incluido en el Mejor Quinteto, único MVP (2007) europeo y segundo no estadounidense (tras Steve Nash) en la historia de la competición, campeón de la NBA en 2011 y MVP de aquellas Finales. Y, sobre todo, el alma, durante 20 años, de una de las franquicias más combativas del siglo XXI. Todo un futuro Hall Of Fame que, curiosamente, no fue incluido en ninguno de los dos mejores quintetos de debutantes al final de aquella campaña. En Milwaukee seguramente tampoco olvidarán aquel 24 de junio en el que enviaron al alemán a Dallas a cambio de Robert Traylor (4.8 puntos y 3.7 rebotes en sus siete años en la liga), elegido esa misma noche en sexta posición.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Itu_carlos@hotmail.com'

    Caritsan

    23 junio, 2018 at 9:27 pm

    Cuando dices Marc Stein (varias veces) te refieres a David Stern no?

    • jakonako10@gmail.com'

      Jacobo León

      24 junio, 2018 at 4:27 pm

      ¡Vaya lapsus! Y mira que revisé el artículo varias veces y no caí en el error en el nombre. Ya está corregido.

      ¡Gracias, un saludo!

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NBA

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Wikimedia

Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Getty Images

El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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