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Reflejos

El draft del 98: así debería haber sido

jakonako10@gmail.com'

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“With the first pick in the 1998 NBA Draft, Los Angeles Clippers select Michael Olowokandi from University of the Pacific”. Con estas rutinarias y tradicionales palabras, David Stern anunciaba la primera selección del Draft de la NBA de 1998, celebrado en la ciudad de Vancouver el 24 de junio de aquel año.

Sin embargo, la fortuna no sonreiría al pívot de origen nigeriano, quien nunca llegó a dar continuidad a los más de 22 puntos y 11 rebotes que promediaría en su temporada junior. Mientras tanto, aquel Draft, pese a no estar a la altura en cuanto a talento y repercusión global con el paso de los años de sus homónimos de 1984, 1985, 1996 o 2003, dio luz a algunas de las estrellas que teñirían de color, gloria, espectáculo y puntos, muchos puntos, al venidero siglo en el que ahora nos encontramos.

Mike Bibby, playmaker de aquellos maravillosos Kings de inicios de la pasada década, y Raef LaFrentz, quien firmó una correcta carrera en la NBA tras brillar en la Universidad de Kansas, acompañan a Olowokandi –uno de los grandes ‘pufos’ históricos cuando hablamos de número uno del Draft- en el podio de esta camada. Es entonces cuando comienza el baile de nombres de primera línea. En los minutos posteriores a la elección del pívot por parte de Denver Nuggets, el comisionado Stern completaría los primeros diez picks de la noche con nombres fácilmente reconocibles por cualquier seguidor de la liga, donde han dejado su huella imborrable: Vince Carter (quinta posición y futuro Rookie del Año), Dirk Nowitzki (novena selección) y Paul Pierce (décima). Sin olvidar, entre ellos, a Antawn Jamison (cuarto) o la magia de Jason Williams (séptimo).  Ya un poco más abajo –sin que sea ello motivo alguno para desplazarlos de nuestra memoria-, el General Motors Place de Vancouver marcaría el pistoletazo de salida en el baloncesto profesional de Bonzi Wells (11º), Matt Harpring (15º), Ricky Davis (21º), Tyronn Lue (23º) y, ya en segunda ronda, auténticos ‘robos’ como el de Rashard Lewis (32º) por parte de Seattle Supersonics y Cuttino Mobley (41º) por los Rockets.

Primera ronda

PosiciónEquipoJugadorUniversidad/País
1LACMichael OlowokandiPacific
2VANMike BibbyArizona
3DENRaef LaFrentzKansas
4TORAntawn JamisonNorth Carolina
5GSWVince CarterNorth Carolina
6DALRobert TraylorMichigan
7SACJason WilliamsFlorida
8PHILarry HughesSt. Louis
9MILDirk NowitzkiAlemania
10BOSPaul PierceKansas
11DETBonzi WellsBall State
12ORLMichael DoleacUtah
13ORLKeon ClarkUNLV
14HOUMichael DickersonArizona
15ORLMatt HarpringGeorgia Tech
16HOUBryce DrewValparaiso
17MINRasho NesterovicEslovenia
18HOUMirsad TurkcanSerbia
19MILPat GarrityNotre Dame
20ATLRoshown McLeodDuke
21CHHRicky DavisIowa
22LACBrian SkinnerBaylor
23DENTyronn LueNebraska
24SASFelipe LopezSt. John’s
25INDAl HarringtonSt. Patrick HS (NJ)
26LALSam JacobsonMinnesota
27SEAVladimir StepaniaEslovenia
28CHICorey BenjaminOregon State
29UTANazr MohammedKentucky

Segunda ronda

PosiciónEquipoJugadorUniversidad/País
30DALAnsu SesayMississippi
31LALRuben PattersonCincinnati
32SEARashard LewisElsik HS (TX)
33SEAJelani McCoyUCLA
34CHIShammond WilliamsNorth Carolina
35DALBruno SundovWinchendon School (MA)
36SACJerome JamesFlorida A&M
37PHICasey ShawToledo
38NYKDeMarco JohnsonUNC Charlotte
39MILRafer AlstonCal State Fresno
40DETKorleone YoungHargrave Military Academy (VA)
41HOUCuttino MobleyRhode Island
42ORLMiles SimonArizona
43WASJahidi WhiteGeorgetown
44NYKSean MarksCalifornia
45LALToby BaileyUCLA
46MINAndrae PattersonIndiana
47TORTyson WheelerRhode Island
48CLERyan StackSouth Carolina
49ATLCory CarrTexas Tech
50CHHAndrew BettsCal State Long Beach
51MIACorey BrewerOklahoma
52SASDerrick DialEastern Michigan
53DALGreg BucknerClemson
54DENTremaine FowlkesCal State Fresno
55DENRyan BowenIowa
56VANJ.R. HendersonUCLA
57UTATorraye BraggsXavier
58CHIMaceo BastonMichigan

Dos décadas después, entre todos ellos –al cierre de estas líneas-, tan solo Dirk Nowitzki y Vince Carter, entregados a una especie de eterna segunda juventud por el deporte que les ha dado todo, continúan en activo, mientras que cinco jugadores de aquella camada –Pierce, Jamison, Lewis y ambos ‘viejos rockeros’- pueden presumir de haberse coleado con la élite de la competición en un All-Star Game.

Y es que junio es el mes del Draft. De la ilusión y la incertidumbre. El momento en el que 30 franquicias tienen la posibilidad de seleccionar a los mayores talentos del panorama internacional. Una noche en la que los directivos tienen en sus manos una decisión vital, meticulosamente planificada, que puede marcar la diferencia entre el nacimiento de un proyecto vencedor o el primer paso hacia una larga odisea por el desierto baloncestístico. Del mismo modo, aterrizar en uno u otro destino suele ser determinante en el futuro profesional de los recién ‘graduados’, además de que muchos jugadores terminan por mostrar un rendimiento muy por debajo de su puesto –los denominados ‘pufos’-, mientras que otros sorprenden a propios y extraños con un impacto en la liga inesperado –también llamados ‘robos’-.

Cada año, esta premisa se cumple a rajatabla. También en el Draft de 1998, una camada de talentos cuyo orden se vería notablemente modificado si tenemos en cuenta el impacto final que registraron en la mejor liga de baloncesto del planeta. Y en este Top 10, lo ponemos a análisis.

10.º RICKY DAVIS (PICK 21 – CHARLOTTE HORNETS). Todo un trotamundos. Antes de dar comienzo a una odisea que le llevaría a jugar en ligas tan variopintas como la francesa, turca, china o puertorriqueña, defendió la camiseta de hasta seis franquicias distintas (Hornets, Heat, Cavaliers, Celtics, Wolves y Clippers), sin llegar a alcanzar cierta estabilidad en ninguna de ellas. Aún así tuvo tiempo de superar los 19 puntos por encuentro en dos de ellas y disputar un total de 736 partidos de regular season (344 de ellos como titular).

9.º AL HARRINGTON (PICK 25 – INDIANA PACERS). Harrington puede presumir de ser uno de los únicos cinco jugadores en alcanzar las 15 temporadas en la NBA tras haber dado el salto a ella directamente desde el instituto -los otros son Kobe Bryant, Kevin Garnett, Jermaine O’Neal y su compañero de promoción Rashard Lewis-. En Indiana se convirtió en un complemento de lujo y uno de los mejores sextos hombres de la liga, mientras los Pacers alcanzaban las Finales de la NBA en el 2000 -cayendo ante Lakers- y las Finales de Conferencia en 2004 -eliminados por los Pistons-. Cansado de salir desde el banquillo, Harrington buscó suerte en Atlanta y Golden State donde, pese a obtener la titularidad y aumentar considerablemente sus prestaciones, nunca volvió a disfrutar de nuevo de la posibilidad del campeonato. En 2014 colgaría las botas tras una última temporada en los Wizards.

8.º LARRY HUGHES (PICK 8 – PHILADELPHIA 76ERS). 

Después de liderar a la humilde Universidad de St. Louis al torneo de la NCAA, Hughes dio comienzo a una sólida carrera en la NBA que se prolongó hasta 2012. Junto a compañeros de la talla de LeBron James, Dwight Howard, Allen Iverson, Antawn Jamison, David Lee o Gilbert Arenas, el escolta superó la barrera de los 10.000 puntos en la liga y fue elegido en el Mejor Quinteto Defensivo en una ocasión (2005). Actualmente está entregado por completo a una fundación -que él mismo creó- que ayuda a familias con necesidad de trasplante de órganos.

7º. JASON WILLIAMS (PICK 7 – SACRAMENTO KINGS).

20 años después, Chocolate Blanco no ha perdido ni un ápice de su poder de seducción con un balón en las manos y es habitual verle en torneos amateur en verano. Imaginación, espontaneidad y talento a raudales, para el que fue considerado la reencarnación de Pete Maravich. El ‘crossover’ sobre Gary Payton o el pase con el codo a LaFrentz en el Rookie Challenge del 2000 son algunas de las jugadores que han quedado grabadas en la retinas de los aficionados. Nunca llegó a explotar del todo y terminaría por ‘corregir’ su juego en sus posteriores etapas en Memphis y Miami. Sería en la propia Florida donde conquistaría el campeonato de 2006 junto a Dwyane Wade y Shaquille O’Neal.

6º. MIKE BIBBY (PICK 2 – VANCOUVER GRIZZLIES).

El director de orquesta de aquellos maravillosos Kings –citamos: Vlade Divac, Chris Webber, Peja Stojakovic y Doug Christie, además de él- que enamoraron a la NBA a comienzos de siglo. En California le dieron las riendas del equipo en lugar de Jason Williams, el prestidigitador que había encandilado a la liga con su magia. Incluido en el Mejor Quinteto de Rookies, promedió 14.7 puntos y 5.5 asistencias en un total de 1.001 partidos disputados a lo largo de su carrera. Al igual que Jason Williams, Larry Hughes, Ricky Davis y Al Harrington, Bibby sigue ligado estrechamente al mundo de la canasta a través de la Big 3 League.

5º. RASHARD LEWIS (PICK 32 – SEATTLE SUPERSONICS (VÍA DETROIT).

31. 31 jugadores fueron elegidos antes de que David Stern pronunciara el que terminaría siendo, con el paso de los años, el gran ‘robo’ de aquel Draft. Cierto es que en esta decisión condicionó, y mucho, la omisión de la etapa universitaria, dando el salto de forma directa desde el high school. Tras una primera campaña testimonial (2.4 puntos en apenas 20 partidos), Lewis comenzaría una meteórica ascensión en la NBA que terminarían coronando sus dos apariciones (2005 con los Sonics y 2009, ya en Orlando) en un All-Star Game. Con los Magic protagonizaría, junto a Dwight Howard, varios infructuosos asaltos al anillo, el cual terminaría conquistando en 2013, ya en calidad de veterano y jugador de rol, junto a LeBron James, Dwyane Wade y Chris Bosh, en Miami. A sus espaldas, más de 1000 partidos en regular season (842 como titular) y unos promedios de 14.9 puntos y 5.2 rebotes.

4º. ANTAWN JAMISON (PICK 4 – TORONTO RAPTORS (TRASPASADO A GOLDEN STATE). 

Jameson aterrizó en la NBA en 1998 después de liderar a la presitigiosa Universidad de Carolina del Norte a dos Final Four y recibir los premios Naismith College Player of the Year y John R. Wooden como mejor jugador universitario del año. Tras ser traspasado a Toronto a cambio de Vince Carter -curiosamente, compañero de equipo en la universidad y, posteriormente, cuñado- la misma noche del Draft, el ala-pívot firmó un decepcionante primer año en la liga, antes de explotar en el segundo y consolidarse como una estrella emergente de la liga en el tercero. Pese a sus buenas campañas en la Bahía no fue hasta su traspaso a Washington cuando obtuvo reconocimiento por parte de la liga con dos apariciones en el All-Star Game (2005 y 2008). Previamente, y en su única campaña en Dallas, fue elegido Mejor Sexto Hombre. Anotación, rebote, intensidad y portento físico de un jugador que colgaría las botas en 2014 con 1.083 partidos y 20.042 puntos a sus espaldas.

3º. VINCE CARTER. (PICK 5 – GOLDEN STATE WARRIORS (TRASPASADO A TORONTO). 

‘Vinsanity’. Uno de los mejores ‘matadores’ de todos los tiempos, sino el mejor. ¿No me crees? Abre YouTube y echa un vistazo al Slam Dunk Contest del 2000. El mate, su seña de identidad, pero, ni mucho menos, lo único que ha sabido hacer durante su carrera. A sus 41 años, Carter sigue dando guerra y en su saco anotador particular aglutina un total de casi 24.000 puntos, además de ocho apariciones consecutivas en la cita de las estrellas de febrero y dos presencias en los Mejores Quintetos de la competición. Además, fue elegido Rookie del Año. En Toronto, donde no olvidan sus altos vuelos, sigue siendo una auténtica estrella.

2º. PAUL PIERCE (PICK 10 – BOSTON CELTICS).

Hablar de Paul Pierce es hacerlo de uno de los jugadores más importantes en la historia de los Celtics y del principal buque insignia de la franquicia durante 15 años. El alero devolvió el campeonato a Boston junto a Kevin Garnett y Ray Allen tras más de 20 años de sequía y se convirtió en el gran ídolo del Garden, donde su dorsal ’34’ fue retirado en febrero de 2018. A nivel individual, inclusión en el Mejor Quinteto de Rookies, diez apariciones en el All-Star Game y 26.397 puntos anotados durante su extensa y prolífica carrera. En dos palabras, ‘The Truth’, uno de los mejores jugadores que ha pisado las canchas de la liga en el presente siglo.

1º. DIRK NOWITZKI (PICK 9 – MILWAUKEE BUCKS (TRASPASADO A DALLAS).

Ardua y engorrosa decisión. Sabemos que no recibiremos el beneplácito de toda la comunidad –especialmente la Celtic-, pero hemos optado por elevar al alemán como el mejor jugador del Draft de 1998 por encima de Paul Pierce. Sexto máximo anotador de todos los tiempos –a menos de 300 puntos de Wilt Chamberlain y poco más de 1.000 de Michael Jordan-, trece veces All-Star, cuatro veces incluido en el Mejor Quinteto, único MVP (2007) europeo y segundo no estadounidense (tras Steve Nash) en la historia de la competición, campeón de la NBA en 2011 y MVP de aquellas Finales. Y, sobre todo, el alma, durante 20 años, de una de las franquicias más combativas del siglo XXI. Todo un futuro Hall Of Fame que, curiosamente, no fue incluido en ninguno de los dos mejores quintetos de debutantes al final de aquella campaña. En Milwaukee seguramente tampoco olvidarán aquel 24 de junio en el que enviaron al alemán a Dallas a cambio de Robert Traylor (4.8 puntos y 3.7 rebotes en sus siete años en la liga), elegido esa misma noche en sexta posición.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Itu_carlos@hotmail.com'

    Caritsan

    23 junio, 2018 at 9:27 pm

    Cuando dices Marc Stein (varias veces) te refieres a David Stern no?

    • jakonako10@gmail.com'

      Jacobo León

      24 junio, 2018 at 4:27 pm

      ¡Vaya lapsus! Y mira que revisé el artículo varias veces y no caí en el error en el nombre. Ya está corregido.

      ¡Gracias, un saludo!

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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