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Análisis

Mercenarios a sueldo: cuando el negocio acabó con el romanticismo

¿Son los jugadores que pasan toda su carrera en una misma franquicia los rara avis de la NBA? ¿Por qué cada vez quedan menos Duncan, Nowitzki o Kobe? El empoderamiento de los jugadores vs la lealtad a una franquicia.

La fidelidad, el amor y la reconciliación; son conceptos que cada día tienen menos cabida en el Siglo XXI. Con la llegada de internet, todo lo creído anteriormente llegó a su fin. Como si de una apisonadora se tratase, la era digital ha cambiado por completo la forma de concebir el mundo. Una historia que solo entiende de ‘ahoras’ y nunca de ‘mañanas’. Donde la rapidez y lo inmediato reinan por encima de todas las cosas, dictando a sus anchas y sin compasión alguna.

En esta ocasión, pondremos el foco en la fidelidad. Un término venido a menos que afecta a las relaciones, los compromisos y —por supuesto— las empresas. Para ello es necesario comenzar por erradicar el pensamiento que separa al deporte del negocio. Porque sentimientos a un lado y bufandas a otro, el deporte es un negocio. Además, se trata de uno que mueve muchísimo dinero. Dentro de este, se encuentra la NBA. Una liga que ha sabido maximizar las ganancias y ha entendido de manera rápida que, detrás de cada encuentro, está la posibilidad de obtener una inmensa cantidad de beneficios.

Con este estigma ya puesto en entredicho, es lógico entender que la mentalidad de los jugadores y los ‘general managers’, se haya visto modificada. Adoptando la idea del: comprar, usar y tirar; se ha construido un modelo con escasas normas y con el objetivo de rentabilizar cualquier inversión realizada. Algo que, desde el punto de vista del empresario, poco hay que reprochar, pero sigue creando mucha controversia. Los colores, el amor por una ciudad y la constante búsqueda de obtener el éxito con la franquicia que apostó por ti, son conceptos puros de un romanticismo que se encuentra viviendo sus horas más oscuras.

La sociedad del ‘usar y tirar’

La carrera del jugador de la NBA, anteriormente, solía resultar similar al transcurso de un río. Pasabas tu etapa estudiantil de la mejor forma posible, te construías un nombre en el baloncesto universitario y las distintas franquicias de la liga se pegaban por hacerse con tus servicios. Una vez terminado el Draft, tocaba mudarse y llamar ‘hogar’ a una ciudad que —muy probablemente— se encontraba muy lejana a tu punto de partida. Sin embargo, el jugador tenía ese sentimiento de confianza por parte del equipo y la necesidad devolverla a base de victorias y algún que otro Anillo.

No resultaba extraño que un ‘drafteado’ terminase su carrera en el equipo que confió en él por primera vez. Surgiendo casos como el de John Havlicek (16 temporadas con la camiseta de los Celtics), Manu Ginóbili (otras 16 con la de San Antonio) o Reggie Miller, que estuvo 18 años con los Indiana Pacers. Historias de amor que forman parte de los anales de la NBA y han servido para establecer registros que, a día de hoy, parecen imposibles de vislumbrar. Jugadores como la leyenda de John Stockton, que estuvo desde 1984 hasta el 2003, defendiendo los colores de los Utah Jazz. Todo esto sin obtener el ansiado anillo y sin intentar pescarlo en otros lagos que no fuesen el salado. Una novela romántica, capaz de empequeñecer a otros ‘thrillers’ como el ‘El diario de Noah’ o ‘Anna Karenina’.

Sin embargo, todas aquellas historias han pasado a ser cosa del pasado y la NBA actual se rige por unos valores completamente distintos. Algunos dirán que ha cambiado a peor, pero se trata una consecuencia del modelo de negocio en el que se ha convertido el deporte. Un hecho que transformado tanto el mercado de fichajes (donde los ‘general managers’ ejercen de tiranos) como la agencia libre (donde los jugadores buscan lo mejor para sus intereses). Contratos de dos años con ‘player option’ en el segundo año o traspasos que rozan lo inmoral. Son muchos los casos que nos ha dejado la NBA y sirven para ejemplificar toda esta teoría.

Los jugadores, en búsqueda de la mejor opción

Una prueba muy clara de la muda de piel que ha vivido la NBA desde la llegada del Siglo XXI, es el cambio de mentalidad que ha vivido la agencia libre. A la hora de atraer a una estrella, el hecho de ser una franquicia histórica ha dejado de ser relevante para ellos. Los grandes jugadores, especialmente cuando se encuentran en una etapa de madurez en sus carreras, optan por proyectos consolidados, con buen espacio salarial y un rumbo claro. Prueba de ello son los naufragios de equipos con tremendo valor histórico como Bulls, anteriormente Lakers o unos perdidos New York Knicks. Mercados monstruosos que han sido ninguneados por el mero hecho de no llevar una dirección establecida y han perdido gran atracción para los grandes agentes libres.

Este periodo abre un abanico brutal a los jugadores que tienen la opción de buscar un gran contrato y que este le acerque a conseguir un Anillo. Claro ejemplo de esto fue cuando LeBron James decidió abandonar la ciudad de Cleveland y llevar sus talentos a unos Miami Heat que le ofrecieron un proyecto con mayor garantía de conseguir el título de Campeón de la NBA. Tras la quema de camisetas correspondiente y con el objetivo ya cumplido, ‘King James’, regresó como el hijo pródigo a la franquicia que lo ‘drafteo’ y donde no consiguió culminar su trabajo.

Otro caso donde quedó bien reflejado este hecho fue el de Kevin Durant. El exjugador de los Oklahoma City Thunder, durante su estancia en la franquicia, nunca escondió su intención de ver colgado su dorsal en el techo del Chesapeake Energy Arena. Sin embargo, su marcha a los Golden State Warriors (que conllevó la obtención de dos Anillos consecutivos) sentó como un puñal a los aficionados de dicho equipo. Son muchos los que tacharon de inmoral la actuación de Kevin, lo cierto es que el alero buscó lo mejor para sus intereses y consiguió lo que todo jugador de la NBA aspira desde que llega la liga.

Otro caso reciente que tenemos es el de Kemba Walker. La unión entre Charlotte y el eléctrico base durante su etapa en los Hornets fue muy intensa. El neoyorquino tenía una gran conexión con el público y siempre ha tratado a la ciudad como su casa. Sin embargo, los bandazos de la franquicia dirigida por Jordan han desembocado en la inevitable salida en búsqueda de un proyecto que le ofreciese unas condiciones mejores. Un acto, poco reprochable, que no le privó de ser recibido como un héroe a su regreso al conjunto que lo eligió.  Todos estos hechos se tratan de algo natural de un deportista que busca lo mejor para el momento que vive en su carrera, aprovechándose de las reglas que ofrece la NBA.

Los ‘general managers’, la figura del tirano

La última década también nos ha regalado historias de ‘general managers’ que han rozado el límite de lo inmoral y han levantado una gran cantidad de revuelo tanto en redes sociales como en los vestuarios de la NBA. Sin embargo, tras enfocarlo desde el punto de vista del empresario que busca lo mejor para su negocio, obtienen algo más de sentido. Para ello pondremos el punto de mira en el caso Isaiah Thomas y en el de Derrick Rose. Lo cierto es que, el modelo actual, da una visión de meros cromos a la figura de los jugadores de la NBA. Cartas intercambiables con las que juegan las franquicias para buscar el máximo de beneficio a sus empresas. Obligando, sin muchas veces tener en cuenta la opinión del jugador, a trasladarse y dejar a un lado la vida que habían fabricado en la ciudad que se encontraban.

Derrick Rose, un jugador nativo de Illinois, se veía forzado a dejar la ciudad donde se crió tras verse involucrado en un traspaso que lo llevó a juntarse con Carmelo Anthony en New York. Más tarde, Derrick Rose, presentó un documental donde se pudo ver desde dentro este hecho y lo que supuso para el jugador recibir dicha noticia. Lo cierto es que, en aquel momento, el base no estaba pasando por su mejor nivel y la explosión de Jimmy Butler le dejaba sin hueco en un proyecto donde fue la piedra angular y en el que se vio involucrado en varias operaciones de rodilla consecutivas.

Sin embargo, el caso más sonado fue el del traspaso de Isaiah Thomas. El ex Celtic venía de hacer una tremenda temporada con el equipo ‘verde’ donde tuvo que pasar por el terrible momento de la muerte de su hermana. Pese a la fatídica noticia, Thomas decidió aparcar el dolor y disputar con los Celtics los Playoffs. Dejando maravillosas actuaciones, los Celtics acabaron sucumbiendo ante un LeBron James que les apartó del sueño de volver a unas Finales de la NBA e Isaiah finalizaba la serie lesionado de la cadera. Esa misma campaña, los Boston Celtics, decidieron traspasar al jugador para obtener los servicios de un Kyrie Irving cansado de vivir bajo la sombra de LeBron.

Dicho traspaso generó gran polémica por el contexto que le precedía, pero fue un gran ejemplo para contextualizar el constante cambio que vive la liga. Kyrie Irving sorprendía a propios y extraños con su decisión de salir de Cleveland, oportunidad que no podía desaprovechar unos Celtics que se veían con la posibilidad de obtener a una gran estrella con dos años de contrato. Con el traspaso ya en frio y, vista la versión mostrada por el ahora jugador de los Wizards, desde un punto de vista objetivo fue acertada la decisión que tomó Danny Ainge.

Todo esto ha llevado a pensar que las historias de amor entre franquicia y jugador han llegado a su fin. La reciente retirada de Dirk Nowitzki, tras vestir la camiseta de los Mavericks durante 21 temporada, puso fin al amor más longevo que ha conocido la NBA. Anteriormente, Kobe Bryant, ya se retiró de los Lakers sin haberse puesto una camiseta que no fuese la oro-púrpura. El dinero y las distintas circunstancias han llevado a la NBA a transmitir una sensación de jugadores mercenarios. Cuando, mucho más lejos de la realidad, se trata de la normalización de la unión de negocio y deporte. Una mezcla inevitable que hay que aceptar y comprender donde, jugadores y directivos, buscan sus intereses personales sin importar el resto.

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