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Made in USA

La media distancia más inasumible

Chris Paul es uno de los mejores bases de la Historia en la NBA, y quizás uno de los jugadores que mejor han manejado la media distancia, un arma anotadora cada vez más olvidada.

Wikimedia

Nadie podrá llenar el depósito más allá de las siete. Nathaniel Jones, el dueño de la estación de servicio de North Carolina, advierte a sus clientes: “Hoy cerraré pronto: tengo que ver a mi nieto”. El joven, presente a su lado, sonríe tímidamente. Cada día de partido, la misma frase. Hasta que, el 15 de noviembre de 2002, el mundo del menudo base de West Forsyth se hizo trizas. Lo habían asesinado. Una pandilla de jóvenes delincuentes había terminado con la vida de su querido abuelo de forma cruel y violenta.

Cuando su primo le informó del suceso, Chris Paul, apegadísimo a su grandpa, no daba crédito. Todos los sueños y promesas que le había hecho a Papa Chilly, su mayor admirador, se habían precipitado a un piélago ingobernable. Ya nada volvería a ser como antes. Nunca más lo vería en la grada; siempre faltaría el hombre que siempre estuvo allí. El comerciante que, en los días de partido, echaba el cierre a su negocio.

¿Para qué iba a seguir jugando al baloncesto si él ya no iba a ser testigo de sus logros?

Dos días después del asesinato, sobre la pista, Paul ya no siente la presión. Lo ha logrado y tiene clarísimo lo que va a ocurrir ahora. La canasta espera recibir esa caricia dulzona desde la línea de los tiros libres. Pero no va a llegar. El tiro más fácil no iba a entrar jamás en ese aro. Nunca 4,60 metros habían representado una distancia tan abismal con el baloncesto. Chris Paul se prepara con normalidad, su rutina es la de siempre, es más consciente que nunca del lugar que ocupa y, aunque no lo ha ensayado, sabe exactamente el punto en el que va a terminar el balón. Y no, no será dentro del aro naranja.

Solo cuarenta y ocho horas antes, el joven base de los West Forsyth se planteaba dejarlo todo y cortar su prometedora carrera en el baloncesto. Su fachada se había derrumbado justo la jornada posterior a la firma de su contrato con la universidad de Wake Forest. Al día más feliz de su vida lo jubiló, en solo unas horas, el más triste. Y si no hubiese sido por su tía… si no hubiese sido por ella, ahora no estaría jugando este partido, ni se encontraría a solo seis puntos de quebrar el récord de anotación estatal. Pero, aunque está a su alcance y restan algo más de dos minutos en el reloj, no va a romperlo. Al menos no lo hará hoy. Su misión es otra, mucho más importante, muchísimo más trascendental; la palanca para estar en paz consigo mismo y con el mundo que lo rodea. Incluso con el mismo baloncesto.

“Todo el mundo tiene que morir, pero yo pensaba que mi abuelo era una de esas personas que jamás lo haría. Me preguntaba cómo saldría a la cancha sabiendo que él no iba a estar ahí y no encontraba respuestas”, contó el propio base, años después, en una entrevista. Fue su tía la que lo convenció de que, en lugar de abandonarlo, se refugiase en el baloncesto y continuase jugando para honrar la memoria de su abuelo Nathaniel. Para construir un legado en torno a sus enseñanzas y su afecto.

El 17 de noviembre, con la muerte de su abuelo todavía como un nudo en la garganta, Chris tenía partido y, gracias a las palabras de su familiar, decidió que iba a anotar 61 puntos para homenajear y conmemorar cada uno de los años que había vivido con él antes de que se lo arrebatasen. En la previa del partido ante Parkland High, Chris habló con su entrenador: “Hoy haré algo especial”, le dijo al coach. Con esa convicción, el jugador de Carolina del Norte salió a la pista decidido y concentrado; solo en el segundo cuarto sumó la escandalosa cifra de 24 puntos y, a falta de poco más de dos vueltas al reloj, con el marcador cerrado a favor de su equipo, Chris acumulaba 59 puntos. Una canasta le separaba de aquellos 61. En la siguiente jugada, Paul agarró la bola y penetró la zona. Su bandeja entró, pero en el proceso de elevación hacia la cesta, el jugador recibió la falta de un rival. Ya había alcanzado los simbólicos 61 puntos, pero tendría que visitar la línea de castigo. Si sumaba el adicional, tan solo tendría que meter cinco puntos más para batir la marca y situarse como el máximo anotador estatal en un encuentro colegial. Ni se le pasó por la cabeza. Chris Paul alcanzó, audaz, la línea y lanzó a fallar. No peleó el rebote. Inmediatamente después, el jugador se giró, pidió el cambio a su entrenador y, ya en la banda, se fundió con su padre Charles en un abrazo que mezclaba tristeza, liberación y armonía.

Todos aplaudían, conscientes ahora de que acababan de ver una auténtica exhibición. El entrenador de West Fortsyth comprendía ahora el alcance de las palabras que le había dicho el propio Paul solo un rato antes. “Hoy haré algo especial”, le había dicho, justo antes de salir y anotar compulsivamente para celebrar la vida de Papa Chilly, que dos días antes había cerrado para siempre la gasolinera donde tantas horas pasó con su nieto Chris. Ya no volvería a advertir a sus clientes del cierre temprano en los días de partido. Ya no volvería a ocupar su lugar entre el público. Sin embargo, a partir de aquel juego, Chris siempre jugaría como si él estuviese ahí, para recordarlo a través de su baloncesto, para refugiarse en su abrazo intangible y convertir el dolor en algo bello. Para elevarse, cual semidiós de piel y hueso, hasta las puertas del cielo. Con la secreta esperanza de volver a encontrarlo allí. En cada balón que acaricia la red, en cada asistencia que regala a los suyos. Con la única convicción de que seguir ligado al esférico naranja sería la manera perfecta de convertir el trayecto entre lo terrenal y lo etéreo en solo una media distancia.

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