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Perfiles NBA

El chico que pudo ser LeBron James

Es posible que su nombre no te suene de absolutamente nada, pero hubo un momento en el que Lenny Cooke viajaba en aviones privados, conducía un deportivo de alta gama y recibía consejos del mismísimo Kobe Bryant.

Hubo un tiempo en el que Lenny Cooke viajaba en aviones privados, conducía un deportivo de alta gama y recibía consejos del mismísimo Kobe Bryant. Tenía cantidades ingentes de dinero en sus bolsillos, las chicas más guapas y exuberantes competían por estar con él y entraba en los clubes más exclusivos de Nueva York sin necesidad de hacer largas colas. Tenía todo lo que se puede desear. Y eso a pesar de ser todavía un simple estudiante de instituto.

Pero no se trataba de un estudiante cualquiera. Leonard Cooke tenía un talento especial para jugar a baloncesto. Era el número uno de su promoción, por delante de nombres como LeBron James, Chris Bosch o Carmelo Anthony. Su futuro se antojaba brillante, como la estrella emergente que era. Cooke vivía un sueño. Y más o menos lo mismo que dura un sueño fue lo que se prolongó esa vida. Algo más de veinte años después, al mismo tiempo que un ya ignoto Lenny Cooke conduce la furgoneta que transporta a los chicos de su instituto, LeBron James y Carmelo Anthony siguen jugando en una NBA en la que Cooke ni siquiera tuvo la oportunidad de debutar. ¿Qué sucedió para que cambiaran tanto las tornas en tan poco tiempo?

Toda una serie de malas decisiones, consecuencia de haber recibido peores consejos, fueron el detonante para que la carrera de esta estrella de instituto ni siquiera llegara a despegar como profesional. En su temporada junior de “high school”, Cooke promedió nada menos que 25 puntos, 10 rebotes, 2 robos y 2 tapones por partido. Todo ello sin llegar a los dos metros de altura y actuando desde la posición de base. Pero es que la temporada siguiente, en los ocho primeros encuentros que disputó su equipo, sus estadísticas mejoraron hasta alcanzar unos guarismos deslumbrantes en los que destacaban sus 31’5 puntos de media por encuentro. La legislación del estado de Nueva Jersey le imposibilitó seguir compitiendo en el momento en el que cumplió los 19 años de edad, pero los ojos de muchos agentes ávidos de encontrar un diamante en bruto con el que hacer negocio y enriquecerse ya se habían posado sobre esta joven promesa del baloncesto mundial. Llegaba el momento de la gran decisión, una encrucijada en la que se encuentran todos estos chicos cuando finalizan sus estudios en el instituto. ¿Seguir formándose en alguna universidad o saltarse este tramo y dar el paso al profesionalismo? Obviamente, Lenny Cooke tenía ofertas de muchas universidades que apostaban por explotar su talento, entre las cuales parecía que Saint John’s era la que contaba con las mayores simpatías del propio  jugador, al estar situada en su Nueva York natal, por lo que no tendría que separarse apenas de su entorno familiar.

Sin embargo, los cantos de sirena sonaron y el jugador no pudo resistir al inmenso poder de atracción del dinero. Numerosos agentes llamaron a su puerta para asegurarle que su futuro profesional estaba garantizado, que varios “general manager” de la NBA habían mostrado interés para escogerle en una posición alta del draft si se decidía a presentarse. Cooke tomó la decisión sin dudarlo. Una decisión de la que no tardaría en arrepentirse.

Aquel 26 de junio de 2003 nos dejó uno de los mejores draft de la historia, comparable al de 1984 en el que fueron elegidos leyendas como Michael Jordan, Hakeem Olajuwon, Charles Barkley o John Stockton. Lenny Cooke no había sido invitado a la ceremonia, pero asistía expectante desde su casa. Sabía con certeza que no sería una de las primeras elecciones, pero estaba convencido de que podía ser el robo de esa generación. Confiaba en sus posibilidades, en su talento. Un rutilante porvenir estaba a punto de empezar. Como estaba previsto, LeBron James fue elegido con el pick número 1 por los Cleveland Cavaliers, Carmelo Anthony fue el número 3 y Chris Bosh salió en la siguiente elección. Dwayne Wade puso rumbo a Miami con el número 5. Llegaba el momento, se acercaba la hora. Luke Ridnour completaba las elecciones de lotería. Lástima. Nadie había confiado todavía en Cooke, pero sabía que eso podía pasar. Troy Bell, David West, Carlos Delfino, Kendrick Perkins, Leandrinho Barbosa… todos estos nombres eran mencionados, uno detrás de otro, hasta terminar la primera ronda. Iban pasando las elecciones de segunda ronda, el comisionado leía el nombre de cada uno de los jugadores seleccionados, y el de Lenny Cooke no aparecía por ninguna parte. Jason Kapono, Steve Blake, Luke Walton, Zaza Pachulia, Matt Bonner, Kyle Korver, James Jones… buenos jugadores, de acuerdo, pero todos ellos con mucho menos potencial del que tenía Lenny Cooke. Hubo apuestas tan sorprendentes como las elecciones del francés Paccelis Morlende, el chino Xue Yuyang o el griego Andreas Glyniadakis, por no hablar del serbio Darko Milicic nada menos que con el número 2. Terminó el draft. El mazazo fue terrible, tanto para un chico que había sido claramente engañado, como para su familia. En pocos minutos Lenny Cooke pasó de la incredulidad a la indignación. ¿Cómo era posible que nadie, absolutamente nadie, cumpliera con lo prometido? Sin embargo, no todo era negativo. Todavía había esperanza. En ese momento, como agente libre, podía firmar por cualquier equipo, pero su cotización había bajado mucho. Lo que se le había vendido como un sueño se convirtió en cuestión de minutos en una terrible pesadilla.

Los Boston Celtics le dieron una oportunidad y disputó la “Summer League” de aquel verano con los de verde. Esto fue lo más cerca que logró estar de la NBA. No convenció al cuerpo técnico de la franquicia y fue cortado tal y como terminó esa competición. No obstante, Lenny no se rindió. El baloncesto era su vida, el talento seguía estando y solamente tenía que buscar un buen escaparate donde promocionarse. Seguro que si lograba demostrar al mundo su potencial, antes o después le llegaría otra oportunidad de jugar en la NBA y competir contra todos aquellos jugadores a los que superaba no hacía tanto. Le llegó una oferta de un equipo de la, por aquel entonces, incipiente liga filipina y no se lo pensó dos veces. Lenny hizo las maletas y cogió el avión para probar fortuna en aquella liga exótica. No lo hizo mal en los pocos partidos que disputó, pero entonces vino a visitarle otra compañera indeseada, aunque mayormente inevitable, en la carrera de todo jugador: la mala suerte en forma de lesiones. En un lance de un encuentro se rompió un tendón de Aquiles, una lesión grave de la que cuesta mucho recuperarse. Cuando lo logró, a base de esfuerzo y tesón, se rompió el tendón de la otra pierna. Aquello ya fue demasiado. Punto y final para una carrera que prometía mucho y quedó en nada.

Han pasado muchos años desde entonces. Lenny Cooke ha rehecho su vida, ha vuelto al instituto en el que tanto brilló, aunque esta vez sus labores son algo más ingratas y, desde luego, no tan rutilantes y lucrativas como en su época de jugador: organizar eventos, buscar patrocinadores y hasta conducir el autobús del equipo. Sin embargo, ha conseguido superar la nostalgia del pasado y la rabia contenida de lo que pudo haber sido y no fue. Es feliz por ayudar a otros chavales que también aspiran a ser jugadores profesionales, que sueñan con jugar a baloncesto como su idolatrado LeBron James. Chavales que posiblemente no sepan que entre ellos está un hombre que en los inicios de ambos fue mejor que “El Rey”. Que pudo haber reinado en la NBA si no se hubieran juntado una serie de factores que lo impidieron.

A este talento frustrado le queda la esperanza, al menos, de que su experiencia sirva a otros para que no haya un próximo Lenny Cooke entre ellos.

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