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Fotis Katsikaris: “Yo era un petardo hasta que Cosic me cambió por completo”

Justo una semana antes de anunciarse oficialmente su vuelta al banquillo de UCAM Murcia, Fotis Katsikaris nos concede su única entrevista desde el pasado verano.  Conciencia tranquila, mirada limpia y unos valores que le han llevado a ser reconocido como entrenador de primer orden europeo. Desde el primer momento nos recibe simpático, incluso bromista, para crear un clima de confianza que convierte una entrevista en una charla en la que uno imparte y dos aprenden. De baloncesto y vida.

Ahora mismo sin equipo, ¿por decisión personal o porque no ha llegado el tipo de oferta que te gustaría?

En la vida de un entrenador tienes que estar preparado para cualquier cosa que te pueda suceder. Después de la temporada pasada y el Preolímpico con la selección llega la oferta de Lokomotiv Kuban –tarde, puedo decir-, que me genera ilusión por poder competir en las dos competiciones y, sobre todo, crear un proyecto. Soy un entrenador de proyectos, que pueden ser de uno, dos, tres o más años, como ha sucedido en Bilbao, por ejemplo. Pero la idea era esa, en un equipo con muchos cambios respecto al año pasado, formar un proyecto e invertir mi trabajo, como siempre he hecho en todos los clubes en que he estado.

Desafortunadamente, no ha salido bien porque no ha habido la paciencia suficiente por parte del club. Fueron sólo ocho partidos oficiales los que disputé, en un equipo con tantos cambios, y hasta encontrar una química, conocer a los jugadores y aunar todo, nos encontramos con malos resultados. No ha salido como esperaba, pero es algo que puede pasar. Pero sí, me gustaría trabajar, me gustaría estar en un banquillo lo antes posible.

Te sorprendió, por tanto, que Lokomotiv quisiera acabar con vuestra relación tan pronto. El acuerdo era por tres años y supongo que cuando te ofrecen eso están convencidos de que eres el entrenador ideal y que lo vuestro para largo.

Siempre depende mucho de la química. Me baso mucho en la relación química que se puede crear dentro de un entorno, y parece que no estábamos en la misma línea el presidente y yo.

¿Detectaste eso muy pronto?

Sí, ya en el primer mes vi ideas diferentes, que no estábamos en la misma sintonía. El equipo estaba hecho, yo sólo hice tres fichajes y, la verdad, el equipo no tenía forjada una identidad, no podías aún valorar hasta dónde podía llegar. El presidente quería volver a la Euroliga, y eso es fácil decirlo, pero hay mucho trabajo detrás que no se puede hacer con tanto nerviosismo. Hay que tener mucha paciencia, encontrar a cada uno su rol, juntar todas las piezas…

Ahora mismo tienes 49 años, y llevas 19 entrenando. Supongo que tenías muy claro que quería ser entrenador.

Sí, y no desde que terminara mi carrera como jugador, sino desde mucho antes, y en mis últimos años ya lo tenía clarísimo. Esa pasión me la han transmitido la experiencia y la suerte que he vivido de tener como entrenador a Kresimir Cosic, una leyenda no sólo del baloncesto europeo, sino mundial. Es él quien me cambió. Primero como jugador, porque yo fui un petardo que jugaba de base y sólo miraba la canasta, haciendo locuras con el balón en mis manos, y me transformó a un jugador con mucha cabeza, lectura de juego y pensando en lo que un base debía hacer para sus compañeros y el equipo. Me cambió totalmente el chip y me hizo ver el baloncesto desde otro ángulo.

Siempre cuento esto cuando me preguntan. En Atenas tengo mi casa en el sur de la ciudad, y el pabellón del AEK está en el norte. Entre tráfico y demás tardaba prácticamente una hora en llegar desde mi casa al pabellón. Esa hora me la pasaba entera pensando en el entrenamiento: los errores de la sesión anterior, qué tengo que hacer para mejorar… Pasé de estar siempre muy nervioso a que antes de empezar a entrenar ya estaba preparado mentalmente. Ahí fue cuando vi el baloncesto de una manera diferente, con mayor detenimiento. En esa época el baloncesto en Grecia no era profesional, era medio amateur. Tenías un sueldo, pero no contrato, y no era algo a lo que pensaras que te podías dedicar.

Hablamos que yo tenía 22 o 23 años, que lo normal es disfrutar y simplemente pensar en jugar, entrenar y ya está. Y este señor –Cosic- me cambió completamente. Me enseñó también a ser mejor compañero, y un lema que siempre digo es que lo más grande que puede conseguir un jugador es ser mejor compañero. Hay jugadorazos, hay estrellas, pero hay muy pocos buenos compañeros. Tener respeto dentro del vestuario, igual sin tanto reconocimiento de cara al público, pero conseguir que estén todos unidos, es la clave para conseguir los objetivos. Pasé a convertirme en un líder de equipo, pero de esa manera, hasta que en mis últimos años mis entrenadores me llamaban coach, porque fui muy pesado: siempre con preguntas, queriendo tener el control, sugiriendo para quién debíamos jugar o dónde obtener ventajas… No tenía talento puro, pero sí ese control de juego.

Cuando salgo de AEK la oferta que tengo es de Iraklio, en segunda división y con intención de hacer un equipo para subir a primera, pero en el verano entre mi primer y segundo año allí me lesiono la rodilla y digo “ya está, se acabó”. Tenía muy claro que quería ser entrenador y decidí terminar mi carrera como jugador en alto nivel, no sufriendo por lesiones.

Te retiraste muy joven, sobre todo teniendo en cuenta que ahora cada vez se retiran más tarde los jugadores.

Sí, con 29 años, porque tenía claro que no podía dar más como jugador y llevaba dentro el virus de ser entrenador, así que era el momento de pasar a ello.

Al comentar ese cambio de jugador que sólo veía la canasta a pensar más en los compañeros me has recordado al trabajo que, supongo, pretenderías hacer el año pasado con Facu Campazzo.

Sí, por supuesto, porque cuando te pasa a ti luego lo ves mucho más fácil. Cuando ves a un jugador con esas características como las de Facundo –o como hice con Aaron Jackson en Bilbao-, sin quitar lo bueno que tiene, ves que con ese talento tan especial el jugador puede hacer muchas más cosas para que su equipo gane. No quitar o limitar su juego porque yo sea así como entrenador, sino que por las virtudes que tiene, podrá estar preparado para que si en un partido ha de meter 30 puntos para ganar, lo hará. O en otros partidos, como el de Estudiantes el año pasado, que era muy crítico, será capaz de dar 15 asistencias –como hizo-, 25 o las que hagan falta. Convertirle en un jugador polivalente, que tenga esa capacidad. Tiene el talento, tiene el carácter y, aunque sea impulsivo y eso a veces le supera, es su naturaleza.

¿Te has sentido alguna vez identificado con algún jugador que hayas entrenado?

Hay uno, al que conozco muy bien porque además le he reclutado yo y he estado con él desde muy joven en el AEK: Nikos Zisis. No sé si soy muy objetivo, porque he pasado mucho tiempo con él trabajando individualmente, pero era un jugador muy anotador en categorías inferiores que supo ver mucho baloncesto más allá de ser un goleador. Por supuesto, con mucho más talento y físico que yo, pero es un muy buen ejemplo porque es un jugador nada egoísta, siempre piensa primero en el equipo antes que en él, y es por eso por lo que ha triunfado y está triunfando. Lleva muchos años en Euroliga y ganando títulos con casi todos sus equipos, menos Bilbao.

Volviendo ahora a tu primera etapa como entrenador jefe, esta llega después de haber sido asistente de Kostas Politis, Dusan Ivkovic y Dragan Sakota, y de haber vivido la época con más títulos del AEK –dos Copas de Grecia, una Liga y una Copa Saporta-. Te toca una etapa tal vez de transición, ¿verdad?

Bueno, aunque no aparezca en mi currículum, en mi primer año no estaba Politis, sino mi amigo y excompañero Giorgos Kalafatakis, que llegaba desde Iraklio para sustituir a Ioannidis, con quien no terminó de salir bien el tema. Antes de eso, recuerdo que el presidente de AEK me decía que cuando me retirase tenía la puerta abierta, pero eso lo escuchas tantas veces que no lo terminas de creer. Pero sí era cierto, porque en el primer momento que dije que me iba a retirar, me llamó.

Después de Politis tuve a Ivkovic, que ya sabéis lo que significa en el baloncesto griego y europeo. Yo era muy joven y le tenía –y le tengo- un respeto total, porque aprendí mucho de él. Cuando llegó, él tenía un asistente y un preparador físico desde hacía muchos años, pero un problema con el delegado. Me acuerdo cuando él estaba con Obradovic y la selección yugoslava en el Eurobasket de Francia ’99, que me llamó por teléfono y me dijo: “Tú eres muy educado, eres guapo, tal y cual… De basket no necesitamos tanto, pero sí un buen delegado”. Menuda noche pasé, toda sufriendo, pensando que si le decía que no, me podía echar. Hablé con su ayudante de confianza y le dije que lo que yo quería era entrenar. Le gustó que dijera las cosas a la cara, porque yo no iba a ser feliz siendo el delegado, así que Ivkovic vino un día que estábamos trabajando con los jóvenes en verano a Atenas para hablar conmigo y le dije: “Coach, yo quiero ser entrenador”. Sin hacer la pelota ni diciéndole que quería aprender de él. Directamente. Al final logramos tener una relación muy buena, pese a que no es nada fácil estar con él por lo exigente que es, no sólo con los jugadores sino con todo aquel que le rodea. Es el mejor a la hora de preparar un partido hasta el más mínimo detalle. Pero aprendí muchísimo, una parte de baloncesto, aunque creo que yo soy más flexible que él, pero sobre todo a manejar la euforia, porque no vas a estar ganando siempre, y a gestionar las crisis. Tuve la suerte de hacer, digamos, todos mis cursos universitarios y de formación con Ivkovic, y luego ponerlo en práctica con Sakota, que me daba tanta libertad que le estoy muy agradecido. Esos dos entrenadores me han preparado mejor que nadie.

Aunque antes de esta puesta en práctica, el presidente del AEK, que es un empresario de productos lácteos muy fuerte en Grecia, me dijo, después de Ivkovic y antes de Sakota, que podía coger el equipo como entrenador principal. Pero le dije que no estaba preparado. Puedes sacarte una licencia de piloto y en unos meses llevar un Jumbo desde Atenas hasta Nueva York, pero si a la vuelta hace mal tiempo, lo más probable es que te estrelles.

Foto: Miki Rodríguez

Y después de tomar las riendas en el AEK, al incipiente Dynamo de San Petersburgo. ¿Qué paso allí, un club que nace y muere en dos años por bancarrota?

Antes de esto, en AEK habíamos estado reclutando con Ivkovic todos los jóvenes de proyección que había en Grecia: Bourousis, Zisis, Antic, Dikoudis, Kakiouzis, Tsakalidis, Chatzis –que era un tirador como ya no hay-… Era un grupo que a día de hoy podía haber ocupado el lugar de Olympiacos, todos jugadores de 19 o 20 años que queríamos que explotasen y de ahí tirar para arriba, pero desafortunadamente el proyecto se cae al perder el presidente el interés por el baloncesto. Los jugadores se empiezan a ir y el club queda en manos de uno de los hijos del presidente, que comienza a hacer cosas que a mí no me gustan y, quedándome aún otro año de contrato, decidí dimitir a mediados de julio de 2005, cuando casi todos los equipos tenían ya entrenador. Creo que fue la primera decisión dura de mi carrera. Tenía a mi familia, estaba en casa, con un contrato muy bueno, jugando Euroliga… Pero todo se tiró por la borda en una reunión. No era sólo una cuestión de química. Si un cristal se rompe no lo puedes arreglar, tienes que comprar uno nuevo.

Ahí tuve la suerte de que una semana después, David Blatt, que era el entrenador de Dynamo, alcanza un acuerdo con la Benetton de Treviso, y deciden llamarme. Me toca otra vez una decisión fuerte, porque mi familia se viene al completo conmigo y vamos a un club sin historia, sin recorrido, sin nada; y mi mujer también tiene sus negocios familiares en Grecia, es un pilar y tiene que dejar todo eso. Hacemos un año muy bueno quedando segundos de la liga rusa, tenemos un equipo preparado para competir en la entonces conocida como Copa ULEB, en mi familia nos mantenemos juntos, los niños aprenden inglés… y nos fuimos para allá sin siquiera pensar la posibilidad de que me podían echar, fuimos para triunfar, sin ningún miedo. No fue algo en plan “te vas tú, a ver qué pasa”. Y eso a mí me ha ayudado mucho, me ha dado confianza en mi trabajo y me ha hecho creer que lo puedo conseguir, sin tener dudas. Y cuando un entrenador tiene dudas es todo muy complicado.

Sin embargo, Dynamo entra en bancarrota y te quedas sin equipo.

Sí, pero ese año nos ayudó mucho a todos como familia. Salí de Grecia con todo el mundo diciéndome que dónde iba, porque por entonces la liga griega estaba muy bien, no era como hoy.

Tú que lo conoces, ¿qué pasa en Rusia? Porque desde fuera se ve mucho dinero pero luego pabellones vacíos, proyectos que se estrellan…

Bueno, los rusos son diferentes, creo yo. Son ganadores, quieren demostrar que tienen poder en plan “esto en un año lo saco”. Dinero. Pum, pum, pum. Ha cambiado ahora, creo, no existe el mismo dinero que en esta época de 2004 o 2005, para ir para allá tenían que pagar un 30% por encima de tu valor y luego además te daban alrededor de otro 30% de tu contrato por adelantado y otras condiciones. Pero no tienen la paciencia suficiente, es difícil trabajar allí. Aparte de CSKA, que es un club donde sí se pueden hacer proyectos una vez pasadas sus tormentas de los 90, su mentalidad es de que “si metemos tanto o cuánto dinero somos favoritos y tenemos que ganar, y si no ganamos, echamos al entrenador”. En el CSKA, después de su derrota en la Final Four de Madrid 2015, mantienen al mismo grupo, al entrenador, siguen confiando en Teodosic y un año después sí ganan. Los rusos son diferentes, pero si superas esa prueba luego puedes entrenar en cualquier sitio. Pero como jugador es distinto, los jugadores lo disfrutan mucho porque lo único que tienen que hacer es jugar, cobrar y nada más.

Carlos Cabezas y Raül López comentaban que tenían chófer a cualquier hora del día para lo que quisieran.

Y lo del chófer no es algo extravagante, es normal para ellos. No dejan conducir a los extranjeros en Rusia por muchas razones: conducen muy a lo loco, las condiciones climatológicas… En Krasnodar sí te dejan, pero en Moscú y San Petersburgo no. Pero no es algo tan bueno, porque al final tu vida puede depender de un borracho, y no es broma, eh. Yo en San Petersburgo cambié tres conductores.

Cambio radical al pasar de Rusia a España, para entrenar en Valencia Basket, uno de los banquillos más calientes de la ACB.

Sí, es verdad que se creó esa fama de poca paciencia con los entrenadores. Era un equipo un poco diferente. Tenía a Juan Roig por detrás, con la seguridad que eso da en el tema económico, habían pasado por él grandes jugadores, ganaron una ULEB, llegaron a una final ACB… Querían ser muy pronto candidatos a ganar la liga, pero sin saber la manera de cómo crear la base para hacerlo. Y bueno, me pilló en ese impasse en el que sí que había capacidad para competir, presupuesto para fichar buenos jugadores, pero era un poco que sí, que no, había algunas expectativas no muy reales… Pero para mí personalmente, entrar en ACB era un sueño, siempre la seguía y cuando jugaba contra equipos de aquí decía que cuando pudiese me vendría para acá. Al final, Johnny Rogers y Víctor Sendra me conceden esa oportunidad, y diría que el balance final es bueno.

Cuando tú llegas, llevan dos años seguidos sin entrar en playoffs.

Sí, y me extrañó mucho que cuando me llaman para sustituir a Ricard Casas eran penúltimos en la sexta jornada, pero acabamos séptimos y quien nos elimina es el Real Madrid de Plaza, que gana la liga. Al año siguiente tenemos la pesadilla de la Penya, porque nos eliminaron de la Copa del Rey y en la Final Eight de la ULEB en Turín.

Supongo que ahora te dará cierta envidia sana la estabilidad que han logrado en Valencia.

Ahora sí, es un club diferente. Pero bueno, todo pasa por una razón y tiene que ser así. Tengo muchas amistades en Valencia, siempre le tendré mucho respeto al club, porque es quien me da la oportunidad de llegar a la ACB, y me quedo solo con lo positivo.

Allí entrenaste a Víctor Claver, que parece que no termina de ser el jugador que todo el mundo quiere en España. ¿Crees que le falta algo o que somos injustos con él?

Las dos cosas. Recuerdo que cuando llegué él tenía 18 años y un físico muy potente para su edad. Si recordáis, jugamos en playoffs contra el Real Madrid y le pongo a jugar de 4, con toda la prensa de Valencia machacándome porque dicen que es un 3 y tal, pero como 4 tiene unos números espectaculares y es una posición en la que para él es más fácil entrar en el juego colectivo, porque podemos aprovechar su físico y su tiro con confianza. En aquel momento debía mejorar su juego en el poste bajo y eso luego emplearlo como 3, estar preparado para los cambios y demás. Cuando entró en el equipo lo hizo desde el mismo momento con responsabilidades.

Es un jugador con talento y con físico. Lo que tiene que hacer Víctor, y por supuesto ahora es mucho más maduro, es quitar todo lo negativo que pasa por su cabeza: pensar cómo le miran, qué piensa la gente… Tiene que abstraerse, disfrutar y jugar.

Da la impresión de que le viene bien el segundo plano, y por eso tal vez ha rendido tan bien en Rusia, sin tanta presión.

Sí, por supuesto. Las expectativas que había sobre él no le deberían preocupar. El año pasado en Kuban estaban Delaney, Randolph, Singleton y luego él. Y le vino muy bien. (…) Cabrón, me has hecho daño con Claver. Mucho daño. Sí, porque cuando jugamos contra ellos en el Eurobasket de 2015 estamos que si Pau mete 27, que si Mirotic 18, tal y cual, pero es Víctor quien cambia el partido. Teníamos problemas para defender los bloqueos directos con Chacho y Llull, puse a Antetokounmpo a defender a estos y luego Spanoulis se quedaba con Claver. Tenía que arriesgar y eso nos hizo mucho daño.

Es un jugador que puede ser importante en cualquier equipo, pero se le mira como a una estrella o, el gran error, pensando la pasta que nos gastamos en este u otro fichaje… Son muchos los factores que influyen.

Avanzando en tu carrera, cuando dejas Valencia llegas a un Aris de Salónica del que dimites a media temporada diciendo que has llegado en el momento equivocado y que no has sabido cómo motivar a los jugadores. Es un ejercicio de honestidad muy difícil de ver en un entrenador.

En el caso de Kuban también soy honesto, y no quiero echar la culpa al presidente, porque seguro que cometemos errores todos. Claro, es raro de ver porque los entrenadores, que somos muy diferentes o muy egoístas, parece que si salimos públicamente a decir que nos hemos equivocado la gente lo va a ver como una debilidad. En ese caso me entró pánico. Salí de Valencia en noviembre, no encontré equipo, pasó el verano y tampoco… Ahí ya estás con que si eres malo, no vales para nada, ahora qué… Porque no tenía la experiencia de manejar eso, la paciencia de llevar la situación de que no hubiera un equipo para mí. Y bueno, estuve en un campus en Chipre y Aris jugaba la eliminatoria para entrar en Euroliga contra el Alba de Berlín. Perdieron y, el presidente, con quien yo tenía muy buena relación, me llamó. La plantilla, sobre el papel, era buena y muy conocida incluso aquí en España, con Kakiouzis, Hatzivrettas, Andy Betts, Dikoudis… Yo seguía viviendo en Valencia y ahora estaba de vuelta, pero mentalmente era como si no estuviese por el ansia que tenía por coger un equipo y no quedarme fuera, así que no estaba al 100%. Estuve allí trabajando y veía que no podía, llegaba un momento en que jugábamos bien en EuroCup y mal en liga, con gente que yo tenía como jugador de quien había sido compañero en AEK como Kakiouzis, Betts también fue mi jugador en AEK… Pero no encontramos una química y un feeling todos juntos, y el 6 de enero, cuando perdemos un partido feísimo en casa creo que contra Panellinios, dije que no podía ayudar más. Si me quedaba un día más, era un problema. Querían que me quedase y me propusieron hacer cambios en la plantilla, como el loco de Juan Dixon, pero no, porque me conozco y no podía ayudar más. No era bueno para Aris ni para mí.

Lo que pasa en Grecia, y todavía lo creen, es que yo dejé el Aris por Bilbao. Pero eso surgió en cuestión de tres o cuatro días y, de verdad, fue casualidad. Un sábado jugábamos nosotros, la noche que dimití, y ese mismo sábado perdía Bilbao con Txus Vidorreta en Valladolid. En cuestión de días me llamaron Gorka Arrinda y José Cobelo.

Encadenas dos decepciones como Valencia y Aris, pero llega la mejor etapa de tu carrera como entrenador, Bilbao.

Lo que pasa en Valencia te duele, porque no puedes acabar lo que estás trabajando. Era la sexta jornada, el récord que teníamos era 3-3, no 0-6 o 1-5, y cuando empiezas una temporada te reúnes con los responsables, hablas de los objetivos y trabajas para ello, pero si la temporada acaba tan pronto para ti, ¿cómo vas a valorar tu trabajo? Lo mismo con Aris, pero con la diferencia de que yo era muy consciente de que no podía ayudar al equipo, y estuve ahí exactamente 100 días. Pasado eso, salí de allí mucho más fuerte y preparado para un equipo que estaba hundido psicológicamente como Bilbao.

Están en descenso cuando tú llegas, pero ganáis 12 de 17 partidos en ACB y os metéis en la Final Four de la EuroCup. ¿Qué química tan especial surge entre ti, club y afición?

Sí, eso es fundamental. Esa suerte que tuve espero tenerla en muchos clubes, porque a veces dices que es difícil, pero aquello es irrepetible. Todo se basó en una relación muy honesta entre club, equipo, afición, yo… Aquello fue algo espectacular. Creo que me ayudó que, cuando estuve mal en el Aris, y siempre se lo digo a mi mujer, cuando vuelvo en avión de Salónica a Atenas y me encuentro a la prensa, no puedo ni respirar. En mi casa, en mi país. Y lo contrario en Bilbao, un respiro tan profundo, tan puro…

Hablamos en nuestro anterior número con Paco Vázquez, un tío que ya ganó títulos aquí distintos equipos, y guarda un recuerdo muy especial de aquel grupo.

El padrino del ‘efecto Miribilla’ es él, ¿sabes? Es que aquello era algo más que baloncesto, como que te tenías que superar siempre a ti mismo, cada día y dentro de un grupo. Y eso es lo máximo que te puede pasar como entrenador, porque era algo de todos, hasta el utilero. No era en plan de que te lo pide Mumbrú, te llama Katsikaris, te dice no sé qué Arrinda… Era una cuestión de cada uno de nosotros, querer superarnos respecto al día anterior, y no hablo sólo de partidos. ¿Sabes eso que se dice de que “el cielo es nuestro límite”, “no tenemos techo” y demás? Vale, nos gustaría, pero es que eso nosotros lo hemos vivido de verdad. Ganábamos los partidos y no era en plan de guau, al día siguiente íbamos a entrenar, llevábamos cuarenta minutos de 5×5 y era lo mismo. Y vaya partidos. Me acuerdo, en 2011, del partido en que eliminamos a Valencia, que fue un partido perfecto: táctica, carácter, personalidad, basket… Todo.

Aquel año que os metéis en la Final de la ACB después de eliminar a Valencia Basket y Real Madrid, ambas eliminatorias con el factor cancha en contra. Mucho carácter.

No sólo eso. Antes, perdemos contra Fuenlabrada en casa faltando cinco jornadas de liga y nos quedamos fuera de playoffs. Ahí es cuando yo creo que nace todo. Coincidimos en un restaurante –ya tarde-, Gorka, Cobelo y yo con Mumbrú y Hervelle, que estaban ya allí. Y en ese momento parecía que ya no íbamos a hacer nada, teníamos tres de los cinco partidos fuera y existía un poco el miedo de fracasar, porque nuestras expectativas eran de entrar en los playoffs, era para lo que habíamos trabajado. Pero empezamos a ganar, vamos partido a partido, ganamos los cinco y quedamos sextos.

Cinco seguidos para entrar en playoffs, igual que el año pasado en Murcia.

Sí, lo mismo. Y además en Murcia nos toca el Madrid, y tú estás en plan de “¿te imaginas que puede pasar lo mismo?”. Pero en fin, aquello de Bilbao creo que no era baloncesto. Nada de tema táctico, era una cuestión de corazón, de fe. Y cada vez más.

¿Es Bilbao el ambiente más ‘griego’ que has visto aquí en España? Pabellón lleno, mucho carácter, un modo de vida algo distinto…

Sí, seguramente, pero en Bilbao cuando pierdes no te abuchean como en Grecia (tono de broma). Pero sí, en cuanto a animar, empujar, apretar al rival y a los árbitros, sí que es muy parecido.

De aquel grupo destaca tu gestión con los bases. Aaron Jackson llega joven, con una gran proyección y toda su carrera por hacer, y Raül López viene de Madrid ahora teniendo que llevar un rol diferente, tal vez: más cerebral, mirando mucho por el compañero, siendo un tutor para Jackson… ¿Es especial para ti esa combinación, dado que es un poco el punto intermedio en que te encuentras tú como jugador cuando cambia tu carrera?

Sí. Cuando tuvimos la oportunidad de fichar a Raül López, Aaron Jackson no tenía experiencia en Euroliga aunque había hecho una temporada muy buena llegando a la final de la ACB, pero ahora le venía un paso adelante, para el equipo y para él necesitábamos un jugador experimentado y Raül López era un ‘regalo’. El momento, el timing, era perfecto tener estos dos bases. Aparte del carácter que tenían los dos, porque son dos profesionales pero también dos chicos muy positivos entre los que había ninguna actitud rara. A partir de ahí, logramos hacer un equipo para poder competir tanto en ACB como en Euroliga, lo cual no era nada fácil, pero hacemos una Euroliga espectacular. ¿Quién lo podía creer? Perdemos por 16 en Madrid, necesitamos luego ganar de más para pasar al Top 8, y ganamos por 24.

Unos cuartos de final espectaculares contra el CSKA, a quien casi empatáis en Bilbao la eliminatoria de acceso a la Final Four siendo un equipo debutante.

Sí, pero de las dos palizas allí en Rusia me fui muy enfadado, porque fue como en una pelea de boxeo en la que te pegan, te pegan y tú tienes que reaccionar. Y respetábamos tanto al CSKA –porque tenían un equipazo-, que estábamos como atenazados. Recuerdo que terminamos de allí un viernes a la una de la madrugada y luego el domingo por la mañana jugábamos en Sevilla. Teníamos que emplear todo el sábado en llegar a Madrid, y de ahí en tren hasta Sevilla, a donde llegamos a las nueve de la noche y de ahí vamos a entrenar, y aquí es donde creo que se ve cómo está el equipo. Tuvimos una reunión muy fuerte, pero no yo gritando y ellos escuchando, sino hablándonos entre nosotros, mirándonos a las caras, y diciendo que les íbamos a pegar, que no iban a pasar por Bilbao así como así. Les ganamos por 13 y luego en el cuarto partido lo de los árbitros de verdad que fue increíble, pero perdimos por dos puntos y con tiro para empatar de Aaron.

Fue una Euroliga espectacular, la disfrutamos y la aprovechamos todos muchísimo. Siempre le digo a los jugadores, de cualquier equipo en que he estado, que si piensas cada día en mejorar, ser positivo, mirar por el equipo, ser buen compañero… Al final, sin querer y sin buscarlo, te beneficia mucho. Y te llegarán las mejores ofertas. Pero si estás todos los días con el yo, yo y yo, que si mis puntos, mis tiros y tal, no te va a llegar nada. Nada. Y de lo que pasó en Bilbao salimos todos beneficiados. Además, el último año, que estábamos con problemas económicos, tenía yo que mantener el equipo –y gracias a los chicos, la verdad- sin cobrar durante seis meses. Y estamos en Bilbao, que es un pueblo. Y nadie lo sabía. Pero ahí estamos, entrenando, pensando en lo nuestro y de cara a una final de EuroCup. Ya después de eso se hace difícil mantenerlo en secreto. Pero lo que quiero decir es que éramos un equipo. Y es un equipo va a quedar en la historia. Era un ejemplo.

Y acabada esa etapa, te toca tu particular pesadilla como seleccionador de Rusia.

Llega una oferta de Rusia que, igual, es para mis bisnietos, fíjate lo que te digo. Y además un proyecto muy grande por parte de la federación rusa, con todo lo que representa. Ahí me siento que estoy a punto de tocar el cielo, en mi mejor momento profesional como entrenador. Pero otra vez, por cómo soy yo, no. No podía aceptar algo que empieza una semana antes de la concentración, con la dimisión del presidente –Alexander Krasnenkov-, que es con quien yo había formado el proyecto, harto de presiones internas que no tenía ninguna necesidad de aguantar, porque era uno de los dirigentes de Gazprom. Yo ahí podía taparme oídos y ojos para cobrar, mirando por mi familia, mi futuro y tal. Pero como no puedo funcionar así, dimití y lo dejé todo, aun estando a finales de julio y sin equipo. Ya había dejado Bilbao, con quien me quedaba otro año, pero debí rescindir mi contrato para estar con la selección, y acabé quedándome fuera un año, sin equipo.

Se han leído muchas barbaridades de aquello. Una lucha de egos en la federación rusa que te tiene a ti como chivo expiatorio.

Sí, empiezan con que si no queremos un entrenador extranjero, que debe ser ruso… en fin. Dimito porque, hablando con la presidenta en funciones –Julia Anikeeva- por teléfono, me dice que un entrenador asistente mío que se iba a encargar del scouting ha dimitido. Yo, ni idea de qué estaba pasando. Le digo que quiero este otro, pero me dice que tiene que ser Vasily Karasev, pero yo no quiero porque es padre de un jugador –Sergey-, es sólo un año lo que tiene de experiencia y yo no quiero otro primer entrenador, quiero uno para el scouting, y él no puede hacer eso. Terminamos de hablar y me llega un mensaje al teléfono con el anuncio oficial, hasta con declaraciones suyas diciendo lo orgulloso que estaba y las ganas que tenía de trabajar. Así que yo no podía seguir con eso. Me manipularon.

¿Hablaste con los jugadores de todo aquello?

Sí. Además, uno de los más importantes y un gran profesional como Sergey Monia me pidió perdón y disculpas. Y todos los jugadores me escribían con un mismo mensaje: no queremos que pienses que todos los rusos somos así. Monia fue especialmente duro hablando de todo esto ante la prensa en Rusia, pero allí los periodistas guardan silencio.

Dijeron que querías cobrar doce veces más que Blatt, anterior seleccionador.

Sí, eso dijo ella. Quería mancharme, pero no tenía argumentos.

Después de dimitir dijiste que cualquier entrenador con honestidad habría hecho lo mismo. ¿No crees que esa honestidad al final puede ser contraproducente para la carrera de un entrenador?

Tomamos buenas decisiones con instinto, lógicas, intereses… ¿Es esta una profesión normal? No, si lo piensas, no es una profesional normal. Porque no depende de mí, depende de ti: si no metes un tiro libre, si se te escapa el balón… ¿Entiendes? Y te voy a decir más: podemos un ganar un título con mil errores míos, nada de táctica ni historias porque vas y metes 30 puntos. Te digo ambas cosas. Por tanto, pienso que cada uno debe tomar la decisión según cómo es su personalidad, no sólo por las necesidades que tiene. Porque yo también tengo dos hijos, no es que esté solo, sea súper rico y no me importe nada. Pero no puedo. Tengo al dinero aquí –abajo- y a Fotis aquí –arriba-. El dinero no es mi prioridad. He rechazado ofertas de equipos muy buenos, de Euroliga, por no sentir feeling con la gente con la que me siento, y todo el mundo me dice que si estoy tonto. Y en parte tienen razón, porque por romántico o lo que sea, me quedo un año fuera, o me pasa algo como lo de Kuban y ya sabemos cómo va esto de los entrenadores. Pero estoy bien, me siento muy bien conmigo mismo.

Después de esa fallida etapa en Rusia, uno de los nombres a los que se te liga mucho es el Real Madrid, en un momento en el que Laso está muy discutido. ¿Problemas de ese feeling del que hablas?

¿Qué quieres que te diga? Algún día voy a escribir un libro, seguro. Creo que va a ser interesante. Divertido e interesante. Y creo que vamos a abrir un capítulo muy grande, no del tema del Madrid, sino de los clubes que están buscando un entrenador de un perfil o un entrenador de moda. Cuando digo de moda, hablo de que hacen una temporada buena. Cada verano hay hot names de entrenadores, ¿por qué? Porque hacen una buena temporada, pero hace dos años parece que no eran buenos. O al contrario, también hay entrenadores que a lo mejor hace tres años hacen una buena temporada, luego otra medio OK, y luego otra vez abajo. Es muy curioso todo el sistema este que existe para los entrenadores por parte de los clubes. Porque un club que tiene una filosofía no puede tener una lista con todos los entrenadores que hay, en plan “vamos a por Phil Jackson, y si no, a por Doc Rivers, y si no, a por el siguiente”. Eso no puede ser así, tienes que ver primero como club qué baloncesto quieres jugar, conocer a ese entrenador que te interesa y ver cuál es la línea de trabajo que vais a seguir juntos, el perfil de los jugadores… Y no hablo sólo de España, hablo de todo el mundo. Entonces, pues bueno, hablar de esto del Madrid pasados los años… Hubo contactos, pero tampoco merece la pena hablar de eso ahora. El verano pasado también –estar ligado a clubes grandes-, pero es algo que no puedes controlar y es lo que te toca.

Sorprende que para continuar tu carrera elijas un sitio como Murcia, que realmente nunca había hecho nada importante.

Sí, pero lo de Murcia era lo que te decía antes. Hablé con Alejandro Gómez y José Miguel Garrido, aparte de que les conocía de unos años antes porque habíamos coincidido en varios eventos, y me cayeron muy bien, como personas primero y luego hablando de basket. Y puedo decir que no tengo ningún reparo ni me da ninguna vergüenza venir a Murcia. Además, yo estaba con la selección griega y ellos no tenían problema, con el riesgo que supone llegar más tarde a la pretemporada. Seguimos hablando y me gustó mucho el reto de dar ese salto que tan cerca que se estaban quedando de dar, y eso requería un esfuerzo tremendo. Sorprendió a mucha gente, cada uno con su interpretación: que no tenía equipo, que quería volver a España… Pero al final ha sido un año que he disfrutado mucho, ¿y sabes qué es lo que la gente no entiende? Que desde el mismo día en que yo era oficialmente entrenador de UCAM Murcia teníamos un cartel: favoritos para los playoffs. En uno de los equipos de media tabla, y no puedes fallar. Y eso pesa. A mí personalmente no, porque ya lo sabía y me gustó el reto.

Pero a algunos jugadores sí podía pesarle ese cartel, porque coges un equipo que el año anterior se había quedado a punto y contigo siguen nueve de esos jugadores.

Claro, porque vienen de hacer ya una gran temporada, pero en esta partes de que tienes que estar sí o sí. ¿Por qué? Porque tú eres un entrenador con currículum, se mantiene en bloque de jugadores, etc. Pero no puedo estar desde el primer día en la pretemporada, vuelvo de la selección con un grupo que está entrenando, pero con una mentalidad diferente, y hasta que aprendemos lo que queremos hacer, o lo que estaba queriendo yo, y conozco a mis jugadores para sacarle rendimiento… Todo esa lleva tiempo. Pero no lo teníamos. Uno de los objetivos era entrar en la Copa del Rey, pero por uno o dos partidos y otra tontería no entramos, y nos encontramos con que si esto es un fracaso, que si tal…

¿Te sorprende precisamente eso, que la gente se pueda echar encima pese a que nunca se había entrado en Copa ni playoffs?

No, no me sorprendió para nada, de verdad. Lo que me sorprendió positivamente fue la reacción del público, con mucha paciencia conmigo a pesar de que perder es culpa del entrenador, y con mi equipo. Y cada vez teníamos más apoyo, sin conseguir buenos resultados. Eso creo que es la clave, y la gente no lo sabe. A mí la afición me ha apoyado y me ha arropado tanto que les estoy muy agradecido, igual con el equipo, que no jugaba nada nervioso en Murcia. Cuando empezamos la liga nos toca un calendario muy complicado, con los equipos de Euroliga en las primeras jornadas, perdido con polémica el primer partido… Pero no bajamos los brazos, y después de cada derrota la gente tenía más argumentos para poder hablar de algunos jugadores o del grupo en general, pero apoyaba. Y en el proceso es un año que yo he disfrutado mucho y en que he aprendido mucho también. Luego al final desde fuera es muy fácil decir que si este jugador vale, este otro no, este vale para Euroliga, aquel nada, tal… Pero trabajamos cada día con estos jugadores, como Antelo, y lo digo en su favor porque ya sabemos cómo es, que le cuesta mucho soltar el balón y dar ese pase extra a la esquina, pero al acabar la temporada es algo que tiene en su repertorio. Y no me quedo con uno solo, sino que todos estos jugadores, dentro del proceso de jugar como equipo y en colectivo, van mejorando.

Hay jugadores a los que sacas mucho rendimiento: Antelo, Facu, Radovic…

Radovic llega un poco bajo de forma, nervioso por querer dar un paso adelante. Pero una vez cogido el ritmo, en la competencia que había entre él y Antelo por el mismo puesto, se ayudaron mutuamente los dos, y eso nos hizo crecer mucho equipo. Luego con otros como Scott Wood, con quien trabajamos mucho individualmente porque yo creo que en esta liga debía jugar de 2, podíamos haber obtenido mejor resultado, pero entra también el factor de cómo es cada uno.

¿Tal vez muy introvertido, difícil de conocer?

Pero eso es algo normal. Me refiero a que uno reacciona o no. Pero repito, no es nada fácil que a un equipo como UCAM Murcia le digan “tienes que estar sí o sí en los playoffs”. Y hablamos de la ACB, no de cualquier liga. Eso te exige mucho como jugador, como entrenador, como profesional y como todo. Y ese reto me gustó realmente mucho. Pero para mí no es ninguna sorpresa, tienes que currar todos los días y trabajar como equipo por ello, porque estar en los playoffs por primera vez en tu historia no es nada fácil.

Entre medias te toca gestionar la difícil papeleta de la salida de Lima y la entrada de Faverani casi al mismo tiempo, dos jugadores que son muy distintos.

Sí, era una dificultad con la que trabajamos ya desde el principio, porque a mí me hubiera gustado que Lima se quedara, y a veces era pesado con la dirección deportiva porque jamás me relajo, nunca disfruto en plan “qué bueno es Benite”, vamos a tirar cohetes y tal. Siempre estoy pidiendo más cosas. Lo hablábamos con Alejandro y José Miguel, que en muy pocos momentos hemos estado relajados, tomando un café y simplemente disfrutando, porque siempre estábamos pensando en cómo mejorar –también es la manera de crecer-. Era muy difícil, porque Faverani estaba en proceso de recuperación y aún por coger la forma, Lishchuk tenía problemas para seguir dando todo lo que estaba haciendo… El cambio también llega en el momento en que parece que estamos pillando cómo defender los bloqueos directos, saltando con Lima, y otra vez tienes que adaptarte a una nueva manera defensiva, esperando atrás y buscando cómo tapar tus debilidades.

Pero el equipo estaba ahí, con todas las carencias que podíamos tener y la regularidad que nos faltaba a veces, estábamos compitiendo. Y además, éramos un equipo del que todos los entrenadores se estaban quejando. Era muy curioso, me sorprendió mucho, porque llegaba en las previas, no después. Pero si vamos por la plantilla del año pasado, jugador por jugador, aparte de Facu –que no es un jugador que pegue pero es muy pegajoso- y Rojas, ¿quién más? Lishchuk era fuerte pero muy noble. ¿Scott Wood? ¿Benite? ¿Cabezas? ¿Antelo? Pero no me disgustó, porque si nos veían así es porque nos tenían respeto y que nosotros teníamos una identidad como equipo.

¿Esa identidad o esa dureza mental era uno de tus retos con este equipo? Al principio de la temporada pedías al grupo que se quitara complejos de encima, que el parqué y las canastas son iguales en todos sitios.

Eso fue lo más difícil. Porque no es que no me escucharan o que no me oían. Igual no lo creían. ¿Cuál es mi trabajo? Convencerles. Vamos a probar eso, como mínimo vamos a perder menos balones. Pero por favor, lo que no quiero es salir a una cancha blanditos, que nos pasen volando por encima. A mí me duele mucho eso, porque al final acaba el partido y estás pensando “podía haber hecho eso”, “podía haber intentado aquello”, y así es como peor te puedes ir de un partido. Sí que puedes salir a por todas y que te pasen por encima igual, pero que sea luchando y dando todo lo que tenía cada uno. ¿No meter? Bien. ¿Cometer errores? Bien. ¿Pero ser blando, sin sangre y estar deseando que acabe el partido? Da igual contra quien sea, siempre te tocará contra algún equipo que tenga un pedazo de entrenador, una estrella que no hay quien la pare, un tirador que no falla ninguna, etc. Pero cuando después de jugar contra ti se van pensando “qué pesados estos cabrones”, tú te has creado una identidad.

Es lo que hicimos en Bilbao. Había partidos que jugábamos fatal, pero podíamos llegar a los dos últimos minutos del partido con opciones que si no hubiésemos forjado esa identidad no habríamos tenido. Y hemos ganado partidos sólo por eso.

El año pasado se ve a otro UCAM Murcia en los partidos apretados, sobre todo en la segunda vuelta, y parece definido que en ese tipo de finales juegan Cabezas y Campazzo juntos, con Carlos de 1 y Facu de 2. ¿Crees que este fue un aspecto muy clave en la mejora final del equipo?

¿Qué te he dicho? Fíjate la diferencia entre mis dos últimos equipos, la paciencia que había en Murcia y la prisa que tenían en Kuban. Y yo sé que me he equivocado con algunos jugadores. Cuando digo que los jugadores tienen que conocerme, también tengo yo que conocerles a ellos. En Murcia llegó un momento en la segunda vuelta que vi que los momentos más críticos tenía que jugarlos con los dos bases en la cancha. En la primera vuelta no. ¿Por qué? Porque no había conocido tanto a mis jugadores. En Kuban no he tenido la oportunidad de hacerlo, y repito que yo me he equivocado, ahora están jugando de maravilla y ganando partidos, pero me hubiera gustado tener tiempo para conocerles. Yo no digo que sea perfecto y que lo sepa todo, estoy hablando de algo que llega con el día a día. El año pasado al principio vi que tenía a mi base, mi tirador, mi especialista defensivo… Podías ganar partidos así, pero al final tienes que probarlo todo. Y además, cuando pierdes es cuando te salen las ideas, cuando tienes que morder, probar cosas… Si pierdes siempre de la misma manera tienes que cambiar algo, y fue así como llegamos hasta el esquema ideal para nosotros.

¿Cuándo sabes que no sigues en Murcia?

Fue tan tenso y bonito el modo de acabar la temporada… Perdiendo en casa contra Manresa y la manera de como perdimos en Santiago contra Obradoiro, pudimos pensar que habíamos tirado la temporada, con todo el trabajo que habíamos hecho, y la lástima y la decepción nos inundaban a todos. Pero ni ahí, ni luego entrando en playoffs, ni después de jugar contra el Real Madrid, pasaba por mi cabeza si iba a seguir o no. Además, apenas tenía tiempo de pensar, porque tenía que salir muy rápido al Preolímpico con la selección, no tuve muchos días en Murcia para quedar con la gente y no tenían claro lo que querían hacer –y muchos pensaban que tenía un contrato más largo, no por sólo un año-, así que fui agente libre. Yo esperaba –lo he dicho en algunas entrevistas y he sido siempre sincero- que un equipo como Murcia, que iba a jugar dos competiciones, hiciese un esfuerzo, aunque no sé cómo quedaron mis palabras, porque me han dicho que al presidente no le gustaron.

Hace no mucho dijo que no volverías a entrenar a UCAM Murcia mientras él fuese el presidente.

Ya, pero lo que quiero decir es que ni el club tenía claro de qué presupuesto dispondría, qué equipo hacer, los cambios, etc. Creo que también se iba a partir con el mismo presupuesto, y si no me equivoco ahora es de menos. Cuando hablé con Alejandro Gómez le dije que, para yo seguir y hacer algo en EuroCup, tenía que haber un proyecto de verdad, hacer un esfuerzo por mejorar la fisionomía del equipo y mantener el nivel en las dos competiciones, que no es nada fácil. Sin hablar de dinero, ni del mío ni del equipo. No hubo noticias, tampoco una vez acabado el Preolímpico, así que tampoco entramos en una negociación.

Desde que mismo termina la liga se comienza a ligar tu nombre a grandes de aquí. Se habla especialmente de Baskonia y Barcelona, así que Murcia también te sirve a ti para revalorizarte como entrenador. Digo esto porque el hecho de llegar a un club de menor entidad no es algo a lo que se atrevan muchos entrenadores de primer nivel, pero a ti te refuerza.

Pero si yo fuese a Murcia con la mentalidad de recuperar mi nombre en ACB y pensando sólo en eso, fracasaría. Seguro. Y yo cuando digo que sí a Murcia, voy con todo: mi piel, mi corazón… Todo. Me gustó lo que me contaron y vine. No busqué aprovecharme de Murcia porque así luego podría estar mejor, ni estuve pensando en acabar bien la temporada para después esto o lo otro. Si hubiese pensando eso habría salido mal todo, y lo digo por experiencia, porque me ha pasado, y además a mí se me nota mucho en la cara si no estoy entregado. Pero hace ya diez años que la gente me conoce en España y los clubes saben cómo soy como entrenador e incluso como persona, porque no es difícil. Con una entrevista ya puedes hacer una radiografía de más o menos cómo soy.

Foto: Miki Rodríguez

Antes de dejar Murcia. El verano de 2015, antes de incorporarte al equipo, estás con la selección, pero antes de eso estás como entrenador asistente de Indiana Pacers en la Summer League de la NBA. Y más de diez años antes has sido scout internacional para Boston Celtics. ¿Hay un sueño NBA?

Hay un sueño, la verdad es que sí, y si mañana tengo la oportunidad de ir allí, iré.

Da la impresión de que igual que hace veinte años se abren las fronteras para los jugadores, ahora lo hacen para los entrenadores.

Claro. Y es normal, porque los americanos son listos. Cada vez hay más jugadores internacionales, y así para ellos es imprescindible ahora tener un entrenador internacional, y si es europeo, mejor. ¿Cuál es el problema a veces? Que hay muchos entrenadores para los que es muy difícil dejar su estatus económico y profesional en Europa e ir allí con otras condiciones, y tienen miedo. Estamos hablando de que es cerrar un ciclo, porque aquello es otro mundo, y empezar una nueva etapa desde cero en Estados Unidos. Porque sí que hay entrenadores europeos, pero no de los que han entrenado a altísimo nivel en Europa –salvando casos en los últimos años como los de Messina en Spurs, Spahija en Hawks o Chris Fleming en Nets, aunque él es americano-. De ese tipo de entrenadores hay un hueco.

Pasa un poco como con los jugadores, que pueden ser grandes estrellas aquí pero allí son otro rookie más.

Sí, pero con los entrenadores es distinto, aparte de que cada equipo no trabaja lo mismo y el grupo de trabajo de los entrenadores es diferente. Pero ir allí y adaptarse a la mentalidad que tienen los jugadores americanos –que no tiene nada que ver con la de aquí- es difícil, porque allí quienes tienen el control y mandan son los jugadores, no los entrenadores, salvo Popovich.

El mismo verano de la selección de Rusia tuve una oferta para ser primer entrenador de los Vipers en la NBDL, el filial de Houston Rockets. Lo pensé mucho, pero al final dije que no. Entrar en D-League no era algo que quería, aunque también es una puerta como la que ha tomado Jordi Fernández -asistente en los Nuggets-, y que también está muy bien como camino para entrar en la NBA. Es un sueño. Y lo estoy buscando.

Así pues, ¿no sería extraño verte otra vez este verano en Summer League?

Depende. Ahora sin la selección parece que voy a tener más tiempo, aunque creo que mi hijo va a acabar el último año del colegio allí en Estados Unidos y tengo asuntos que arreglar, pero sí, lo más seguro es que esté en Summer League como parte del cuerpo técnico de algún equipo.

Cambiando futuro por presente, ¿cómo ves a la selección griega en esta nueva etapa?

Es complicado hablar de la selección. Son horas y horas de trabajo y por algunas cosillas no puedes sacar conclusiones. Es una combinación de mucho. Fue una experiencia muy bonita para mí y de la que estoy muy orgulloso, de verdad. No tengo palabras. Ser entrenador y llegar a dirigir una selección como la griega, que es tu país, sabemos perfectamente lo que significa. La conclusión que yo puedo sacar es que ni te hace mejor entrenador, ni te hace peor entrenador, porque son muchas las cosas que pueden pasar en un torneo. Lo primero, es que no sabes desde el principio quién va a estar disponible. Luego, que la suerte influye en los sorteos de grupos y los cruces. Hay muchos factores implicados, por eso digo que o eres un entrenador experto que ha estado muchos años con la misma selección, o no es un torneo lo que te hace mejor o peor entrenador.

Tengo un récord de 14-3, tres derrotas que nos dolieron mucho porque fueron en los cruces, y contra qué equipos: primero Serbia, que llega a la final del Mundial contra Estados Unidos; luego España, que gana el Eurobasket; y luego Croacia, que gana en la final del Preolímpico a la favorita Italia para ir a los Juegos.

¿Mala suerte?

No me gusta hablar de suerte o no en este caso. Pero lo mejor que saco es sin duda la entrada de Antetokounmpo.

¿Le ves como la próxima superestrella europea, como Nowitzki o Gasol?

Sí, seguro que va a ser uno de esos grandes jugadores, sobre todo por su carácter. No es sólo su juego. Es un chico que la primera vez que le tuve tenía 20 años y parecía que tenía 30. Es muy trabajador, muy analítico en sí mismo, muy serio, pendiente de todo el mundo, siempre centrado… No es un niño, y no hace con 22 años las tonterías que debería hacer, se comporta como un profesional veterano.

Recuerda lo que dices a Doncic, que parece el siguiente que va a alcanzar algo similar y ya se le nota muy maduro en las entrevistas.

A mí me gustaría, y sé que no es fácil ahora mismo, que hiciesen con él como la Penya hizo con Ricky en su día, que no le dejaba dar entrevistas ni declarar ante los medios hasta cumplir los 18. Digo que a mí me gustaría, soy ahí muy romántico, ya sé que el chico es un fenómeno, es el Real Madrid y todo, pero una cosa es la cancha y otra fuera, y es difícil para un chico de 17 años que hasta sale en portadas manejar todo eso. Además, es muy gracioso cuando termina un partido en el que se ha salido y han ganado, cuando le preguntan “¿cómo te sientes?”. ¿Pues cómo se va a sentir?

Para lo difícil de Grecia hago un comentario genérico. Hemos tenido grandes jugadores, algo más de una década –desde los Juegos de Atenas 2004, con la entrada de Spanoulis- en la que hemos tenido el mejor trío de jugadores de siempre en el baloncesto europeo -Papaloukas, Diamantidis y Spanoulis- haciendo un juego brutal y diferente, pero en el sentido de un baloncesto listo, pensativo. Tenemos a todos los periodistas en Grecia diciendo que si el baloncesto pensativo nuestro de siempre y tal, pero no. Eran esos tres jugadores. Sí que es verdad que por lo general los griegos entienden muy bien el juego, y creo que ese es el mayor talento que tiene nuestro jugador, saber ubicarse muy bien en la cancha, entender el tema táctico, oler rápido y reaccionar también rápido. Con estos tres que digo jugábamos un baloncesto yoyó, con mucho control del balón. Pero ahora ha entrado Antetokounmpo, que es un caballo, y tal y cómo evoluciona el baloncesto hacia lo físico y la velocidad, lo que nos falta son tiradores, y ni en lo que hay ahora ni en lo que viene encontramos lanzadores puros. Kostas Vasileiadis es el último.

Y a Antetokounmpo hay que rodearle de tiradores que le generen espacio.

Ahí está el debate interno en la selección. ¿Qué rol puede tener Giannis en la selección si no tiene tiradores? ¿Jugar de falso base como en Milwaukee? Vale, sí, pero cuando penetra y se le cierran todos, necesita tener alguien abierto a quien pasar y que vaya a meter. Es muy fácil jugar contra nosotros así, desde que sube el balón te puedes ver a todo el equipo cerrado en la zona, y así nos cuesta encontrar espacios también para pívots como Bourousis.

¿Y Nick Calathes en ese rol de espaciador?

Sí, pero realmente no tiene tiro. Ahí está lo que digo, que a quien le toca hacer de tirador no es realmente eso. Los rivales lo saben y están esperando eso, no les importa que metas un triple porque saben que no les vas a ganar en base a eso. Y Nick Calathes es muy bueno, como también lo es un 2’14 muy rápido como Kosta Koufos, un Papanikolaou que se está recuperando ahora, Papapetrou que para mí es un jugadorazo, Sloukas que desborda muy bien… Pero falta esa amenaza. Y es muy complicado jugar hoy día sin eso.

Con esta nueva generación de jugadores griegos como los hermanos Antetokounmpo, Sloukas y Papanikolau que todavía son jóvenes, Charalampopoulos, etc., ¿debe Grecia renunciar a su clásico basket-control en favor de un juego más dinámico y con cabida a la improvisación en que estos jugadores se sientan más cómodos?

Sin ninguna duda. Y la idea de la federación cuando me ficharon era esa, combinar y con el tiempo pasar de un baloncesto clásico ultra griego a un juego más dinámico porque yo había estado en la ACB, que es una liga mucho más rápida que la griega. Y creo que, sobre todo en el Mundial de 2014, jugamos un baloncesto muy bueno. Según los expertos de Grecia, la selección nunca había jugado un baloncesto de ese tipo porque estaba acostumbrada a llevar los partidos a marcadores de 60 puntos, pero para ser efectivo y ganar se necesitaba un cambio. Pero están obsesionados con ganar una medalla, y eso creo que no hace ningún bien, porque todas las que hemos ganado han sido sin ir de favoritos.

¿Y en cuanto a tu gusto personal? ¿Te sientes identificado con el tópico griego de entrenador defensivo y controlador?

No. El tema de la defensa se asocia demasiado a cómo va el marcador. A veces partidos de 60 puntos consecuencia de que, simplemente, se están fallando tiros abiertos o bandejas fáciles. Y otras veces, te encuentras partidos de más de 80 puntos que tienen defensas espectaculares pero en los que entra todo por talento como el de gente como Llull. Cuando hablo de defensa no soy dogmático de decir que nos metan menos de 60 puntos. Digo que es lo primero. Para mí, la defensa es como el banco, donde tienes tu dinero con seguridad; y el ataque es como la bolsa, donde apuestas por algo y ganas o pierdes. Son los principios que veo en la defensa y el ataque, pero lo que a mí me gusta es el buen baloncesto, que sea polivalente. Y quiero decir, que no sea “vamos a 100 puntos”, porque si pasa algo en un partido que no va como queríamos, yo quiero que mi equipo sepa jugar y ganar ese propio partido.

Me gusta como filosofía, y jugando lo que quiero es que movamos mucho el balón pero siendo verticales, porque en baloncesto no se gana jugando lateral. Y pase extra. Siempre doy mucho crédito a un pase extra, porque hay buenos tiros, pero hay mejores, y si tienes un buen tiro pero puedes encontrar con un pase a tu compañero que está mejor situado, ahí generas muchas cosas. Por eso dije antes lo de Antelo, porque tenía buenos tiros, pero si tienes a Scott Wood allí en la esquina… Un pase extra te hace feliz a ti, al compañero y a todo el equipo.

Y de mi equipo quiero sobre todo que tenga corazón. No quiero un equipo blando, sin olor y sin color. No me gusta, no puedo entrenar un equipo así. Por lo demás, considero que me adapto a los jugadores y no tengo, por ejemplo, sólo un tipo de defensa –y no hablo de individual o zona-. Soy flexible pero eso a veces no es muy bueno, porque hay jugadores a los que nos les gustan los cambios, y si están acostumbrados a defender el bloqueo directo con flash siempre pero les dices que vamos a saltar cuando el del balón sea Calathes –por ejemplo-, para ellos es demasiado.

Foto: Miki Rodríguez

 

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