La incompatibilidad llevaba tres años siendo el secreto peor guardado de Hollywood. Phil Jackson, protegido tras una silla y armado con un látigo y su verborrea zen, ejercía el rol de domador de egos, persiguiendo el titánico y quimérico logro de una coexistencia interesada entre dos de los cinco mejores jugadores de la NBA de aquella era.

Una concomitancia que marcaba el devenir de toda una competición, con tres anillos consecutivos como histórico bagaje.

Pero los dos machos alfa, con mentalidades y formas de ver el deporte y la vida tan opuestas, estallaban de nuevo cada pretemporada, como furibundos y testarudos volcanes que se niegan a abrazar a la muerte. El niño grande, dominante en la cancha y centrado en el disfrute vital a todos los niveles posibles fuera de ella, contra el obseso del baloncesto, perfeccionista al extremo, estudioso y adicto al trabajo. El líder afable y socarrón contra el líder que exigía un grado de implicación con la profesión que al menos igualara al suyo.

Dos personalidades incontrolables.

El sueño del cuarto título consecutivo muere en la segunda ronda de los Playoffs de 2003, con derrota ante unos San Antonio Spurs que se coronarían como campeones aquel año. Terminaba el sueño, y comenzaba la pesadilla para Kobe Bryant.

El escolta decide -sin avisar a la organización- reparar su maltrecha rodilla ese verano en Colorado, y su encuentro con una joven de 19 años la noche anterior a entrar en quirófano acaba en acusación de agresión sexual. La amenaza de veredicto en contra y posible ingreso en prisión penderían sobre la cabeza del número 8 durante toda la temporada. Con todo, el GM Kupchack devolvería la esperanza y el optimismo a Lakerland con un brutal golpe de efecto: pocos días después del estallido del “escándalo Bryant”, los Lakers confirmaban la llegada de Karl Malone y Gary Payton al equipo, con estelar presentación y difusión por los medios a lo largo y ancho del globo. Los 4 Fantásticos echaban a andar.

Pero la inestabilidad interna estaba muy lejos de su final. A la guerra entre Shaq y Kobe (con recurrentes ataques de soslayo por parte del pívot, insistiendo en la obligación de alimentar al ‘perro grande’) se sumaba la batalla entre O’Neal y Jerry Buss. Las demandas de renovación del center por el máximo posible eran desatendidas por el doctor, que sumaba a la ecuación negociadora los crecientes problemas físicos del gigante. El desencuentro saltó desde detrás de los focos al más riguroso directo cuando, en pleno partido de pretemporada en Hawaii, Shaq se dirigió a gritos a un Buss sentado en primera fila tras colocar un espectacular tapón. “¿Me vas a pagar ahora?”, inquirió el ‘big fella’.

Bienvenidos a Hollywood, amigos.

Foto: Garrett W. Ellwood / NBAE

Y la cosa no acabaría ahí. Kobe parecía dispuesto a extender su desafío a su compañero/rival más allá de los límites de la cancha, y decidió vaciar en la hoguera un bidón repleto de gasolina. Sus declaraciones ‘off the record’ a Jim Gray, tildando a Shaq de poco profesional y de priorizar su diversión y sus vacaciones sobre el interés colectivo del equipo, enfurecieron sobremanera al pívot. Brian Shaw tuvo que separar a ambos durante un entrenamiento en el que llegaron a las manos, a tal extremo alcanzaron las tensiones. Añadamos a todo ello los coqueteos indisimulados de Bryant con los Clippers (escenificados en otro partido de pretemporada), y obtendremos un escenario alejado del idóneo para iniciar la reconquista del anillo, con una escuadra de fantasía sobre el papel.

Con todo, aquellos Lakers alcanzaron niveles de juego muy altos, sobre todo mientras Karl Malone se mantuvo sano. 19 victorias por 5 derrotas en el arranque del curso, 22 contra 17 durante la baja del ex de los Jazz y 14-4 para cerrar la regular season, de nuevo con Malone vestido de corto. Paseo en primera ronda de los playoffs ante Houston, sufrimiento en la revancha contra San Antonio (victoria en seis partidos, con aquel tiro milagroso de Derek Fisher en Texas y a 4 décimas del final del cuarto duelo), y solvencia en la final de la Conferencia Oeste ante los Wolves de Garnett, Sprewell y Cassell, imponiéndose de nuevo en seis partidos. Los Pistons de Larry Brown serían el rival en la gran final, víctima propiciatoria para la gran mayoría de los analistas.

Y, en el último escalón hacia la gloria, llegó el apocalipsis angelino. El cemento coral de los nuevos ‘Bad Boys’ y los problemas físicos del Factor-X Malone (muy renqueante en los partidos 3 y 4, fuera de circulación en el 5) desembocaron en una brutal derrota 4-1, al borde del ‘sweep’. La humillante debacle reabrió viejas heridas entre O’Neal y Bryant, precariamente suturadas por el frenesí de la competición.

Foto: Andrew D. Bernstein / NBAE

“Nunca iba a volver a jugar con Shaq después de aquello. Eso nunca volvería a ocurrir”.

Contra la espada y la pared ante la oferta en firme de los Clippers (al escolta oriundo de Philadelphia le atraía el potencial que sugería la acumulación de talento joven en el roster del hermano pobre de L.A.), la franquicia tomaría la decisión de edificar su futuro en torno a Kobe. Bryant tenía la sartén por el mango debido a su condición de agente libre, y en su cabeza alcanzar el siguiente nivel de su imparable desarrollo como jugador y compartir timón con O’Neal eran conceptos del todo incompatibles. El proyecto de los Fantastic Four acaba con la salida de Shaq, de vuelta a Florida (Miami) y a cambio de Lamar Odom, Caron Butler, Brian Grant y una futura elección de primera ronda. Phil Jackson, que pretendía mantener a O’Neal como eje de su ofensiva triangular en caso de continuar al frente del banquillo, también enfiló la puerta de salida, y acabó disfrutando de un merecido descanso lejos de las irreverencias de Bryant y de la inmadurez de Shaq. La naturaleza serena de los lagos de Montana logró apagar los ecos de guerra que aún reverberaban en la mente del domador, llegando incluso a reparar años más tarde una relación con Kobe que parecía herida de muerte, máxime tras la publicación de ‘The Last Season’ (libro en el que el propio Jackson aireaba intimidades de aquella temporada 2003-04 que no dejaban bien parado precisamente al estelar escolta).

“En mi mente y en mi corazón aún había uno o dos campeonatos más por ganar, y no estaba dispuesto a aceptar menos del máximo. Kobe nunca ganará sin mí”.

Las réplicas del terremoto que supuso el traspaso de Shaq dieron con Gary Payton en Boston (a cambio de Chris Mihn, Chucky Atkins, Marcus Banks y una segunda ronda del Draft), y Malone abandonaría el barco en diciembre de ese mismo año 2004, entre problemas físicos irresolubles y desafortunados comentarios dirigidos hacia la esposa de Bryant. ‘El cartero’ perdió las formas en pleno reparto, y con él murió aquel quinteto de ensueño sobre el papel, enterrado bajo el cemento de los Pistons y la quimera de un imposible liderazgo bicéfalo.

Furia controlada a duras penas durante años, que acabó desatada en unos días.

Fuego en las colinas de Hollywood.

“Forget the horror here

Forget the horror here

Leave it all down here

It’s future rust and then it’s future dust

I’m the fury in your head”