La caída ante los Rockets en la primera ronda de aquellos Playoffs de 1981 precipitó a Westhead hacia un abismo de reflexión y análisis, desempolvando su vieja pizarra para ejercer trabajo de entrenador en pos de enriquecer el libreto de unos Lakers felices y devastadores al galope, pero gripados cuando el equipo tejano viró el destino de la eliminatoria hacia el estatismo. El potencial a campo abierto era indudable con el joven Magic Johnson y los infinitos conejos blancos liberados desde su chistera de 2.06 metros al mando de las operaciones en pista, pero el coach entendió que era parte de su deber el ampliar el armario táctico de su tropa, para incrementar las posibilidades de éxito de cara al siguiente curso. Y de la marmita de druida táctico salieron giros a implementar en el libro de estilo que no consultó ni con Bill Sharman (mánager general), ni con Jerry West (consultor especial del equipo).

Ni con la sonrisa más hipnótica de Los Ángeles, estrella de presente y futuro de la franquicia púrpura y oro y por cuyas explosiones de talento creativo suspiraban todas las celebridades de la capital mundial del espectáculo. Y aquí, sobreestimando su mando en plaza, hallamos el primer error letal que desembocaría en el sacrificio ritual de Westhead.

El segundo, y quizás más grave, fue la traición a unos principios fundacionales que rondaban ya por entonces en su identidad individual, y a los que se aferraría después tanto en el baloncesto universitario como en posteriores destinos en el mundo profesional. Explorar y distorsionar los límites ofensivos del juego era el interés prioritario de Paul, dejando en la cuenta de dicha aventura marcadores como aquel 148-141 entre su Loyola-Marymont University y la L.S.U. de Dale Brown en 1990.

Tras un anillo de campeón en su primer trabajo como head coach, sobreponiéndose a la baja de Jabbar en aquel mítico y decisivo sexto partido del novato Earving Johnson ante los Sixers (42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias y MVP de las finales), y con un registro acumulado de 111 victorias por 50 derrotas, Westhead era despedido consumidos apenas 11 partidos de la temporada 1981/82 y en plena racha de 5 victorias consecutivas. El desencanto en el vestuario angelino ante los ajustes impuestos por el entrenador era generalizado, pero es fácil identificar en la petición de traspaso solicitada por Magic, justo el día antes del cese de Paul, la génesis eléctrica del fulminante relámpago. Westhead llegó al cargo de entrenador jefe convulsamente, a resultado del desgraciado accidente de bicicleta sufrido por Jack McKinney, y convulsamente lo abandonaría.

“You can kill a man, but you can´t kill an idea.”

Medgar Evers.

La presión competitiva agotó las energías del entrenador, y tras dos despidos en apenas año y medio (en mayo de 1983 sería cesado por los Chicago Bulls) regresó de un revigorizante periplo por el baloncesto universitario, dispuesto a inmolarse en pos de sus alocados e irrefrenables impulsos. Enarbolando la bandera de su “0 defense” (la leyenda dice que uno de los jugadores del equipo tenía la orden directa desde el banquillo de no emplearse demasiado en actividades defensivas, para centrarse en anticiparse a la jugada y salir lanzado hacia la canasta contraria en caso de robo o rebote defensivo largo) y sofisticando al máximo los contraataques de 5 jugadores, con dos ocupando siempre los carriles laterales y uno de los corredores centrales ejerciendo de elemento de pura distracción: producir puntos era objetivo y obsesión, y acelerar el ritmo hasta lo imposible el medio para tal fin.

113.7 posesiones por partido y 105.2 puntos producidos por cada 100 posesiones (líderes de aquella NBA en ambos registros) eran los asombrosos guarismos de los Denver Nuggets 90/91 de Westhead, un experimento marciano que arrojaba también datos tan escandolosos o más en el plano defensivo: los 114.7 puntos encajados por cada 100 posesiones de los oponentes tampoco encontraban rival, una sangría imparable que arruinaba al equipo competitivamente hablando (20 victorias por 62 derrotas).

“We´re gonna run. If the pace ever slows down, we´ll speed it up and we´re gonna run and run some more.”

Nada importaba a Paul en su lunática aventura hacia los límites en la mitad de pista del rival. Fortificar la guarida propia era del todo intrascendente en sus planes, y ni siquiera contar con el novato Dikembe Mutombo en su último róster iba a modificar un ápice esa obsesión única enfocada hacia el desenfrenado galope de su equipo, siempre hacia delante.

El mismo tipo que perdió su trabajo por tirar de los amarres y pretender que aquel exuberante potro desbocado que eran los Lakers de Magic Johnson adquiera también pautas de dominación en estático, cerró su periplo como técnico jefe en la NBA en Colorado amontonando derrotas pero sin agarrar nunca el freno de mano. Westhead murió sin las botas puestas, pero resucitó calzado y ya nunca se las volvió a quitar.

Foto: Andrew D. Bernstein