La vida se mueve en muchas ocasiones a velocidad de vértigo y, lo normal, es que no haya mucho tiempo de reacción para darse cuenta de ello. “Hoy estás arriba, mañana no se sabe”, dirían algunos, y la realidad es que no van tan mal encaminados. Cuando Xavi Pascual salió de su casa, porque el F. C. Barcelona es su casa pese o no, lo hizo con un sabor amargo de quien no termina como quiere o como hubiese soñado.  Lo cierto es que el técnico de Gavá pasó de sota, caballo y rey en los años de bonanza blaugrana a problema en menos de un pestañeo cuando el yugo del Real Madrid más apretaba. La llegada a la cúspide del Madrid de Laso hizo que el Barça de Pascual quedara en un peligroso segundo plano que se agravaba en un estilo de juego que, comparado con el blanco, podría parecer algo arcaico.

Pascual no pudo hacer efectiva oposición a ese Real Madrid tan inteligentemente construido. Verdad dura pero tan real como la vida. El entrenador catalán se adentró en un bosque en el que por momentos veía la luz del sol y en otros no. Xavi quiso morir como entrenador del Barça con su filosofía como un violinista del Titanic, dejando a un lado todo lo conseguido desde el primer día que tomó la pizarra blaugrana como suya. Seguramente, su estancia en Can Barça no debió estirarse tanto en el tiempo porque, como suele pasar, el proyecto y sus ideas se desgastaron mucho, de la misma manera que la presencia de Joan Creus en la dirección deportiva. El Barcelona necesitaba un giro y ambos desaparecieron de las oficinas como punto y final a una historia que ya tenía los días contados.

Un verano con tranquilidad

El adiós estaba hecho y su lugar ocupado, por lo que el siguiente objetivo de Xavi Pascual era llevar sus retos hacia otra parte. No obstante, el verano fue más bien un remanso de paz en el que las llamadas o no llegaban, o no eran del todo satisfactorias para sus intereses. Su cartel, a pesar de no acabar muy bien en Barcelona, se mantenía en alza y como un entrenador bastante cotizado en el extranjero, pero nada hizo que Pascual decidiera hacer las maletas para cambiar su ciudad natal por ninguna otra. Quizás ese meandro de tranquilidad le ayudara a resetear ideas y conceptos que aún estaban en su mente, para darse cuenta que su etapa en el Barça había sido más que buena, mas teniendo en cuenta que jamás antes había ocupado un banquillo de élite.

De esa manera, la tranquilidad de saber que lo que hizo fue positivo para un club hambriento de éxito es lo que convirtió su verano -su largo verano- en un momento de relax en el que no hubo prisa por encontrar acomodo, ya que no necesitaba levantar el teléfono; Xavi se había ganado el respeto y la admiración suficientes como para que los directores deportivos de otros clubes fueran a su casa a tocarle la puerta para ofrecerle un trabajo. Y ahí, cuando el carrusel de la temporada ya había arrancado, cuando pocos se acordaban de él por la inmediatez del deporte profesional, apareció la oportunidad que Pascual consideró ideal.

Foto: Eurohoops

Foto: Eurohoops

Un proyecto visto y no visto

El nuevo marco competitivo de la Euroleague iba a traer consigo una manera diferente de entender el baloncesto europeo por su mayor capacidad competitiva y por un sistema de competición que haría que cada partido fuera importante. Esto obligaba a los clubes participantes a intentar acertar mucho en sus movimientos de plantilla, algo que llevó a muchos de ellos a invertir una gran cantidad de dinero que les asegurase éxito. Uno de los conjuntos que más dinero puso sobre la mesa fue un Panathinaikos que no sólo quería ser capaz de competir, sino que también tenía que dar respuesta a la retirada de una leyenda del baloncesto heleno como Dimitris Diamantidis.

De esa manera, llegaron de una tacada hombres como Bourousis, Singleton, K.C. Rivers o Mike James, entre otros, más el técnico Argyris Pedoulakis, que cumplía su segunda etapa al frente del club. Sin embargo, los resultados y el rendimiento del equipo no eran nada halagüeños al poco de iniciarse el curso deportivo, haciendo al díscolo dueño del PAO replantearse si todo su trabajo de verano era suficiente para saciar su sed de triunfos. Era evidente que no existía confianza total en Pedoulakis.

Dimitros Giannakopoulos hizo un esfuerzo para olvidar la temporada anterior y poner los cimientos de un Panathinaikos más fuerte, capacitado para luchar por algo importante en  Europa. Con tales mimbres, entendía que las cosas no se estaban haciendo bien, y el detonante de la situación era una sonrojante derrota ante Olympiacos que acababa con la paciencia de los magnates; Pedoulakis fue despedido sin apenas haber tenido tiempo de trabajar sobre lo que tenía, pudiendo argumentar para su defensa que la baja de Mike James trastocó mucho la planificación de lo que iba a ser su equipo.

Atenas como punto de reinicio

Aquel movimiento sísmico sorprendió por su celeridad y su precoz sucesión, pero abrió la puerta a alguien dispuesto a ser exigido desde el primer día. La llamada no tardó en llegar. Xavi Pascual estaba en paro y sus pocas prisas durante el periodo estival le habían valido para encontrar la oferta que buscaba. Los Giannakopoulos le eligieron y él les eligió a ellos, una comunión perfecta que terminó en un contrato firmado. Y es que Xavi sabía dónde se metía, conocía perfectamente que su trabajo iba a estar vigilado con lupa y eso no le importaba, pues es su manera de entender el negocio. Su gen ganador le impide ver el baloncesto con un prisma diferente que no tenga que la victoria como premio.

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Eso ha conseguido que el Panathinaikos se convierta en de los candidatos outsiders al título por una sencilla razón: su afán competitivo. Los griegos, a falta quizás de un base que supla la baja de James, son una escuadra que pinta a convertirse en una de las más competitivas con la llegada de Pascual, pese al poco tiempo del catalán en Atenas. Su fin es encontrar, a través de una defensa trabajada y un ataque donde brilla el potencial individual de sus jugadores en favor del colectivo, un aspecto donde Calathes se ha convertido en pieza indispensable, en ese jugador que lo sujeta todo. Y para llevar todo a cabo aterriza en el OAKA junto a Íñigo Zorzano, su mano derecha las últimas seis temporadas en Barcelona.

Seguramente no sean los máximos favoritos, pero la realidad es que su peligrosidad reside, precisamente, en esa capacidad para combatir. En un Playoff al mejor de cinco, nadie debe darles por muertos, y muchos menos en una Final Four en la que todo es posible. Y ese factor es lo que puede convertir a este Panathinaikos en el coco más coco de este Euroleague.

Aun así, este proyecto sólo ha dado sus primeros pasos y Xavi no tiene prisa, como no las tuvo en verano, para que todo funcione y gire tal como quiere, aunque está claro que el que de Gavá no ha ido de paseo a Atenas. Ha ido a ser campeón.