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Retrospectivas ACB

Las huellas de la genética

andreablezcas@gmail.com'

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Tras el dorsal ’43’ de Valencia Basket encontramos a Luke Sikma, ala-pívot estadounidense que el 30 de julio cumplirá 28 años. Ese número que lleva en su camiseta taronja tiene una historia: fue el mismo que vistió su padre, Jack Sikma, a lo largo de su brillante trayectoria por la NBA. La sombra del progenitor está presente más allá de ese rubio que adorna los cabellos de ambos, y el baloncesto tiene la culpa.

Un niño ligado a un balón

Jack se retiró en 1991. Luke entonces solo contaba dos años, por lo que no recuerda verlo jugar de manera profesional. Jack Sikma colgó las botas sobre el parqué de los Milwaukee Bucks, pero no sobre el suelo de su casa. El baloncesto estaba tan presente en casa de los Sikma que Luke ni siquiera es consciente de cuándo se interesó por este deporte: “siempre hubo un balón de baloncesto en casa”, afirma.

Creció con el basket en sus genes y recuerda como lo practicaba con sus amigos y hermanos, tanto en su más tierna infancia como a lo largo de su juventud. Luke dio sus primeros pasos hacia la canasta bajo la atenta mirada del padre, quien inculcó ese deporte en las venas del ahora jugador del Valencia Basket, pues lo vio como una manera de mantener a sus hijos activos. Los concursos de tiros eran frecuentes entre Jack y sus niños, pero conforme estos se hicieron mayores, fueron menos comunes. Jack perdía condición física y sus hijos la ganaban. Las cosas ya no eran igual.

Jack, el espejo donde mirarse

Luke progresó en el baloncesto y fue dándose cuenta de la importante carrera de su padre. Es normal que lo cogiera como referente, ese espejo donde verse reflejado. “Es un punto de orgullo muy grande para mí, y para mi familia. Solo quiero jugar para que él esté orgulloso de mí”, declara el ala-pívot taronja.

En numerosas ocasiones, Luke no ha dudado en afirmar que los siete All-Star que jugó su padre suponen un punto de orgullo para él, aunque haya tenido que conformarse con vivirlos a raíz de vídeos y de testigos vocales. “Jugó con muchos tíos importantes de la liga. Era uno de los grandes”, declaró Luke en una entrevista para Libertad Digital en 2015.

Ante esto, Luke sabe que de quien mejor puede aprender es de él. Se puso a sus órdenes en la Summer League de 2012 con los Minnesota Timberwolves, donde, por aquel entonces, era segundo entrenador, aunque reconoce que la relación fue estrictamente profesional. Jack es su referente, y éste ejerce como tal. En las ocasiones en las que ha venido a España, el progenitor ha estado presente en los partidos que ha jugado su hijo, observando atentamente cada movimiento. “Mi padre, cuando puede, mira los partidos, y después me da algún consejo, pero él confía mucho en mí”.

Jack Sikma Sports Illustrated

Foto: Sports Illustrated

Inevitables similitudes

Entre padre e hijo es evidente que algún parecido debe haber. Y si a ello le unimos que comparten profesión, más aún. Luke ofrece, al igual que su padre, un perfil de jugador muy completo, que sabe moverse en ataque y defensa. La efectividad en ataque y el acierto en el rebote son los principales rasgos que asemejan a padre e hijo.

Ambos son intensos en el tiro interior. Aunque Luke no llega a las cifras de su padre en tiros libres, posee una buena efectividad en el tiro de dos. La faceta reboteadora es una de las que más destacan en el juego de Luke, y tiene de quién aprenderlo, ya que Jack fue en dos ocasiones el máximo reboteador defensivo de la liga.

Aunque no en muchas ocasiones, Luke también se anima desde la zona de triples. En la pasada campaña, el ala-pívot consiguió una efectividad de más del 50%, cifra a la que no llegó en la última temporada con Iberostar Tenerife, donde no era tan frecuente verle lanzar desde el exterior. Es decir, Luke no suele acudir a este recurso, pero sí lo hace, el acierto es muy probable. Su padre, que mide 2’11 metros, fue de los primeros jugadores interiores que decidió probar el tiro de 6’75, ya en el ocaso de su carrera, resultando casi igual de efectivo con un nada desdeñable 35’6% de acierto global en sus últimas tres campañas en la NBA.

Parecidos, pero no iguales

Entre ellos, por supuesto, también existen diferencias notables. El físico, más allá de los ojos azules, el pelo rubio y esos pequeños rasgos que evidencian esa relación familiar, es lo que pone la brecha entre el juego de uno y otro.

Luke, más ‘menudo’, mide 2’03 metros frente a los 2’11 de su padre. Esa minoración de centímetros han hecho que Luke se mueva mucho mejor en la pista, con una cadera más suelta, algo que, por otro lado, le resta efectividad en el acierto frente a su progenitor. Esa menor seguridad en el tiro la suple con un mayor trabajo físico, que, al final, le hace el dueño de los trabajos sucios en el equipo (defender a rivales altos y potentes, recuperar balones, dar asistencias…).

El padre, más alto, jugaba mucho más lento que su hijo, pero exhibía unas grandes aptitudes defensivas y un acierto envidiable en los tiros libres para un jugador de sus dimensiones. Sin ir más lejos, alcanzó la estratosférica cifra de 92’2% de acierto en la temporada 1987/88, siendo el mejor tirador de libres del año. El trabajo físico no era lo destacado de él, sin duda, pero Jack llegó a disfrutar de una brillante carrera gracias a su gran efectividad en el tiro, ya fuera de dos, de tres o tiro libre y sus ‘encarnizadas’ peleas en la zona. Algo que le valió para ser campeón de la NBA con los Seattle Supersonics en 1979 y participar siete veces en el All-Star Game, midiéndose, entre otros, con nombres como el de Larry Bird, uno de los ídolos de su hijo.

El transcurso y desarrollo de sus respectivas carreras también es otra de las principales disimilitudes entre los dos. Luke ha dirigido la suya por un sendero totalmente distinto al de su padre. Empezó en Estados Unidos, en la Universidad de Portland, donde, a pesar de sus buenos números, vio que su hueco no estaba en la NBA y puso rumbo a España. La Palma fue su primer destino y Burgos su carta de presentación hacia la ACB. En el Iberostar Tenerife se dio definitivamente a conocer y en Valencia Basket se ha consolidado en la máxima competición del baloncesto español. Una trayectoria que en poco se parece a lo que vivió Jack, cabeza visible en la NBA desde el primer momento.

Luke Sikma Rocío Jordá

Foto: Rocío Jordá

No obstante, toda esta serie de similitudes y diferencias convergen en una relación padre e hijo que, en el caso de Luke, no se entendería sin el gran legado dejado por su progenitor, ‘El Gran Jack’, quien está tranquilo, pues confía plenamente en su hijo: “entiende muy bien el juego, sabe lo que tiene que hacer y cómo tener éxito”.

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El jinete pálido

Barba hirsuta, aspecto frailuno, mirada de fuego y nervios de hielo. No, no es Juego de Tronos, es Marko Popovic, el último referente histórico del Baloncesto Fuenlabrada.

theobaldphilips@hotmail.com'

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ACB Photo / Emilio Cobos

Y contemplé un caballo pálido; y el nombre de su jinete era La Muerte. Y el infierno le seguía.

(Apocalipsis, 6:8) 

Todo parecía desmoronarse. No solo estaban a punto de ser expulsados de lo que había sido su hogar durante los últimos diez años, sino que el clima interno se había vuelto prácticamente irrespirable, saturado de agrias y mutuas recriminaciones.

Y, de repente, como si fuera la respuesta a una muda plegaria, apareció en el horizonte aquel tipo de barba hirsuta, aspecto frailuno, mirada de fuego y nervios de hielo. Traía bajo el brazo el pan de una esperanza recién nacida y su sola presencia, la fama que le precedía, hizo a muchos recobrar la fe perdida, como si la imagen de aquel pistolero infalible que nunca sonreía y que, muchos años antes, había sacado al pueblo del pozo, se hubiese bajado del pendón que adornaba las paredes y se hubiera hecho carne. Fue una inyección de ilusión que restañó definitivamente las heridas, la rúbrica de un armisticio que permitió que, en Fuenlabrada, todos remasen en la misma dirección y se pudiese aprovechar la oportunidad que los vericuetos administrativos les habían conferido.

Con el bagaje de mil batallas en los que su puntería había estado al servicio de grandes potencias europeas, con la culata de su revólver marcada por innumerables títulos colectivos y galardones individuales, era lógico que el de Zadar se convirtiese en la principal referencia del proyecto. Pero, muy pronto, Marko Popovic se convirtió en algo más que el go-to-guy de los del sur de Madrid. Como el reverendo de Eastwood, o el Shane de George Stevens del que aquel es trasunto, la importancia del escolta fue más allá de lo que sus balas podían hacer; se convirtió en el líder de aquel grupo, en el inspirador y guía de un espíritu y una cultura que consolidó en la cancha aquella ilusión que, entre los aficionados, nació de un simple titular de prensa. 

La primera temporada estuvo repleta de alegrías, con la estructura colectiva que diseñó Zan Tabak, y que luego Jota Cuspinera consolidó, jugando un baloncesto alegre en el que el protagonismo pasaba de mano en mano sin descanso, teniendo siempre detrás la seguridad de que, llegado el momento, si los problemas acuciaban, contaban con que su número 2 terminaría ejecutando. Popovic ejercía el liderazgo del ejemplo, corriendo más kilómetros que nadie en los partidos, fajándose atrás, donde más sufre, siendo casi un entrenador más cuando le tocaba sentarse, animando, aconsejando a jugadores y técnicos, haciendo equipo.

Era uno más de la falange, aunque consciente de que su puesto estaba en el lado derecho, el más desguarnecido y de más responsabilidad, siendo al que le toca sostener la línea cuando las cosas van mal dadas. ¡Bang, bang!, un triple en Zaragoza para ir a la Copa, ¡bang, bang!, otra victoria para alcanzar los playoffs; lejos del clasicismo y de la elegancia de la leyenda fundacional, el jinete pálido desenfundaba y disparaba como si le estuvieran dando un latigazo, como si cada acierto costara trabajo, como si proviniera de un parto o de una agonía, lo que daba casi a cada una de sus acciones un toque épico que, además de levantar a sus compañeros, conectaba directamente con el corazón de la gente y regaba con gasolina el fuego de aquella esperanza y aquella fe que su llegada había traído. 

El segundo año, sin embargo, fue muy distinto. Los resultados adversos, los problemas con las lesiones, rompieron la buena racha del equipo y llevaron a Marko Popovic a un tipo de liderazgo más negativo. Su compromiso era el mismo, su esfuerzo también, su calidad no había decaído, pero la luz de su faro no guiaba de la misma forma.

Ansioso por no haber podido ayudar a los suyos mientras los doctores no le permitieron pisar el parqué, se dedicó a amasar el balón en exceso, a cambiar la formación en falange por el singular combate, a agotar el oxígeno de un equipo que vivía del esfuerzo colectivo e ir, de forma inconsciente, agravando la desconfianza de sus compañeros. Sin quererlo, cuanto más se esforzaba en romper el círculo vicioso más perfilaba su diámetro. Aprendió, con los sinsabores de un año de muchos nervios, que no basta con ser el mejor para ser un buen líder. 

Y esas enseñanzas le valieron en la siguiente temporada para, a sus 35 años, mejorar. El jinete pálido que se encontró el equipo del Che García era otra vez aquel que, incluso en una plantilla con más calidad que aquel con el que había empezado su andadura en Fuenlabrada, el equipo necesitaba. Un líder generoso que, hasta hoy mismo, con su cuerpo cada vez más castigado, transmite a sus compañeros y a las gradas confianza y seguridad, un pistolero que no deja una gota de sudor por derramar y que hace con su ejemplo todavía más que con su puntería. 

El tiempo pasa inexorable y, en esta 2018-2019, está pasando a nuestro protagonista una factura cada vez más alta que nos está impidiendo verle con la asiduidad que queremos los que amamos el baloncesto. Disfrutemos de cada lección que le queda por darnos porque, desgraciadamente para nosotros, está cada vez más cercana la fecha en la que, como Shane en “Raíces profundas”, como el jinete pálido, Marko Popovic se alejará cabalgando en el horizonte, convirtiéndose en leyenda y dejándonos con la sensación de estar perdiendo algo precioso.  

ACB Photo / Emilio Cobos

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Ante Tomic, el hombre desenfocado

De las comparaciones con Pau Gasol al estigma de frío. Ante Tomic ha echado una carrera al baloncesto moderno y ha terminado por encontrar el foco en su carrera.

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En el largometraje “Deconstructing Harry” (Woody Allen, 1997), nota del articulista: sí, otra referencia cinéfila, qué pasa, Robin Williams encarna a un personaje perteneciente a una ficción dentro de la ficción, una especie de inception actoral: en uno de los relatos cortos del escritor protagonista (Harry Block, interpretado por el propio Allen), Williams es un actor que se vuelve borroso, cuya imagen se muestra desenfocada tanto dentro como fuera de plano.

La única solución a corto plazo que le ofrece el médico al que acude para solucionar el problema es darle unas gafas especiales a su familia para que, por lo menos ellos, le puedan ver correctamente. El psicólogo del protagonista infiere de este relato que el autor, el susodicho Harry Block, pretende que el resto del mundo se adecúe a su manera de pensar y proceder.

Probablemente el Woody Allen director y guionista buscaba una interpretación distinta, pero esto no es el Fotogramas y yo no soy Carlos Boyero, así que no voy a profundizar en ello. Saco a colación este sector de esta película en concreto porque, de alguna manera, se presentó en mi cabeza al día siguiente de la final de Copa de este 2019 (“¡baloncesto! ¡por fin!”, recitó el coro griego de lectores del artículo con renovada energía), mientras trataba de entender las últimas decisiones arbitrales de aquel partido a través de unas sencillas operaciones matemáticas (una derivada fraccional por aquí, una integral trigonométrica por allá) y la lectura recitada de “El libro rojo” de Carl Gustav Jung.

Y llegó a mi cerebro al caer en la cuenta de que Ante Tomic, el vilipendiado, fustigado, ninguneado, ridiculizado y menospreciado por buena parte de la afición madridista Ante Tomic, había conseguido lo que en cualquier otra circunstancia, o cúmulo de circunstancias, habría significado no solo una venganza en toda regla, un majestuoso “yippee-ki-yay, motherfuckers”, sino una jugada, una canasta que le habría trasladado a un olimpo imaginario de héroes, en este caso azulgranas, que parecía serle vetado para siempre por causas que serán desarrolladas (lo juro por el protector bucal de don Stephen) en posteriores párrafos.

En lugar de ello, el guardián de dicho olimpo le objetó a Tomic no sé qué de unos calcetines blancos y le impidió el paso; y aceptó, sin embargo, a un tal Instant Replay, un extraño infraser que se presentó con apenas dos de sus once extremidades sanas.

Y así, de esta rocambolesca manera, el jugador croata, cuya final fue destacable (incluyendo un tremebundo mate sobre Ayón a 40” del final, absolutamente fuera de guion) volvía a quedar apartado de un foco que en sus inicios de carrera parecía inevitable que abarcara, y que le ha estado esquivando y lacerando durante su trayecto en la élite.

Apartado de un foco.

Desenfocado.

¿Lo pilláis ahora?

(“Que no seamos suscriptores de Skyhook/no significa que seamos idiotas”, canta, resignado, el coro griego)

Vale, vale, perdón. Un puntito y aparte y desarrollamos.

Ante Tomic en la última Copa del Rey | ACB Photo

El Gasol de Dubrovnik

Me permitirá el paciente lector que corretee de puntillas sobre la vida y milagros de Ante Tomic, alumbrado hace 32 años en la ciudad croata de Dubrovnik, la “Atenas dálmata”, lugar de nacimiento de otras personalidades destacadas de la pelota naranja tales como Nikola Prkacin, Andro Knego (y su legendaria alfombra de pelo pegada a la espalda), y un tal Mario Hezonja que aparecerá como estrella invitada dentro de un rato.

Me ahorraré que salió de Dubrovnik para empezar a destacar en el KK Zagreb, donde desarrolló su juego y se ganó convocatorias para las selecciones inferiores croatas (vaya, al final no me lo he ahorrado); y saltaré a enero de 2010, donde unos magníficos promedios de 18 puntos y 9 rebotes deciden al Madrid de Messina y Maceiras a pagar un millón de euros de buyout para que palie la larga lesión de Van den Spiegel y adelantar un fichaje acordado para junio. En su presentación, el propio Maceiras empieza a anudarle las cadenas que el bueno de Ante va a arrastrar durante toda su carrera deportiva:

“Tiene una gran versatilidad, aunque su peso puede no ser lo que necesita el equipo; pero tiene una gran perspectiva de futuro”.

Él, por su parte, ya despejaba balones cuando le comparaban con Pau: “es una exageración compararme con él”.

Sí, claro. El archivo sonoro de los deportistas de élite está lleno de obviedades de este tipo, pero lo cierto es que en aquellos momentos lo de “El Gasol del Este” sonaba bastante. Por supuesto que era una exageración, pero las primeras impresiones fueron positivas y permitían que el nuevo batacazo masivo de aquella temporada no opacara las esperanzas puestas en el joven Tomic. El siguiente curso confirmó las buenas impresiones del jugador, pero no las del equipo, que a pesar de cargarse a Messina en marzo volvió a quedarse en blanco.

En 2011 llegaban Pablo Laso y Sergio Rodríguez, y el periplo blanco de Ante iba a decolorarse hacia un inerte gris. Sus números bajaron, las sensaciones aún más, y el peso de su falta de físico, la escasa potencia de su tren inferior y un lenguaje gestual más bien plañidero se imponían en la psique baloncestística generalizada; el estilo de juego instalado por Laso, y, por ende, el toque de corneta impuesto por los Sergios, superaban a un Tomic que para explayarse requería de tiempo, espacio y dedicación. Su nefasta final contra el Barcelona acabó por sentenciarle, pero el destino le iba a ofrecer un jugoso requiebro.

Ante Tomic a su paso por el Real Madrid | ACB Photo

De Troya a Grecia

Pervive cierto relato según el cual Ante Tomic dejó el Real Madrid por el Barcelona para, según sus palabras, ganar los títulos que hasta entonces se le habían negado. Dicho relato se utiliza una y otra vez para atizar al de Dubrovnik, pero basta repasar sus declaraciones de aquella época para comprobar que fue el club blanco el que no le quiso, y que él tan solo expresó su voluntad de ganar trofeos con su nuevo club. Solo faltaría. Ante estaba convencido de que su juego, con Xavi Pascual, mejoraría sustancialmente, y así fue.

Por otra parte, Pablo Laso estaba convencido de que sin Tomic el juego de su equipo mejoraría sustancialmente, y así fue, hasta el punto de que se dio inicio a la época más exitosa del club en la era moderna. Justo mientras, coincidiendo con la llegada del pívot croata, el Barcelona entraba en una espiral de descomposición de la que, a pesar de los decentes resultados de esta temporada, no tengo nada claro que haya salido.

¿Era culpable Tomic de los malos resultados del Madrid hasta su despedida? No. ¿Ayudó su salida a mejorar el equipo? Sí, puesto que no encajaba con el estilo de juego que pretendía imponer su técnico. ¿Es culpable Tomic de los irregulares resultados del Barcelona desde su llegada? No, en absoluto. ¿Voy a cerrar este bucle de preguntas y respuestas en el que he entrado y voy a pasar de una puñetera vez al siguiente párrafo? Sí, antes de que venga el coro griego a dar por saco.

Deconstructing Tomic

El momento elegido, o forzado a elegir, para saltar de Real Madrid a Barcelona ejemplifica a la perfección mi metáfora woodyalleniana: justo cuando el foco se trasladaba a la capital española, Ante Tomic se apartaba de él en la catalana. Pero no es el único desenfoque apreciable en su carrera. Su mismísimo perfil de jugador, un center poco móvil, muy alto, con facilidad para el juego de espaldas al aro y con una inestimable capacidad para el pase, de la estirpe de los Sabonis, Tomasevic o Vujcic, resulta muy a contracorriente del que prevalece, desde algunos años, en el baloncesto europeo.

Un baloncesto que requiere de cincos móviles que puedan cambiar en defensa con cierta facilidad y se desplacen veloces en el pick&roll (Hines, Dunston, Ayón); o, en todo caso, torres que dominen defensivamente (Vesely, Tavares). Un baloncesto que permite a Tomic ser considerado uno de los mejores centers del continente pero no dominarlo, bajo la creencia, basada en estadísticas avanzadas, de que el juego al poste es menos eficaz, más defendible, que cualquier otra opción ofensiva. Esto, junto a las perennes y estigmatizadas acusaciones de blandura e incapacidad defensiva, nos han llevado a todos a proclamar, y ahora por fin el coro griego me resulta útil:

“¡No se puede edificar/un proyecto sobre Tomic!”

Gracias majos, e id a lavar las túnicas, haced el favor.

Sí, a Ante Tomic probablemente no le da para aguantar sobre sus espaldas una estructura dominante en Europa, pero eso no valida necesariamente los demás mantras que le persiguen. Por ejemplo, con los años se ha convertido en un gran defensor y se le reconoce muy poco. Su tren inferior da para lo que da, su capacidad de salto e intimidación es endeble; pero ha conseguido ser bastante difícil de superar en el 1×1, sabe cuándo y cómo lanzar flashes y es un gran reboteador defensivo. A base de IQ y constancia ha conseguido mejorar drásticamente sus prestaciones en este sentido, hasta el punto de que, le traigan a quien le traigan como compañero de posición, él siempre es el mejor center defensivo de la plantilla. Sí, también con Joey Dorsey.

Por otro lado, afirmar que Ante Tomic tiene un problema de carácter es, de nuevo, simplificar el asunto y adherirse al relato establecido, basándose en sus carencias físicas y su lenguaje gestual (declaraciones de Pesic, hace nada: “Tomic tiene calidad, táctica y cojones”). En la opinión de este perpetrador de artículos, el mayor déficit de su talante es la necesidad de sentirse importante para dar un rendimiento acorde a su capacidad.

Lo hemos visto no hace mucho, al inicio de la temporada pasada, cuando la llegada de Seraphin parecía quitarle minutos y protagonismo, y decayeron sus prestaciones; fue llegar Pesic y entregarle galones, junto a la grave lesión del francés, y Ante retornó a sus números y rendimiento de todos estos años. También lo hemos podido comprobar durante su periplo en la selección croata, donde, rodeado de una atmósfera de caos, desorden, terroristas del aquí llego y aquí me la tiro, y entrenadores que lo permitían, ha sido incapaz de siquiera acercarse a un nivel cercano a su capacidad.

El tenebroso Eurobasket de 2015 fue su canto del cisne; renunció a ser seleccionado para el preolímpico de 2016, sin que se conocieran las razones concretas, y no ha vuelto a la selección. Pero esto no significa que carezca de personalidad ni predicamento en un vestuario: eran épicas las broncas con las que reprendía, en la misma pista, a su conciudadano Mario Hezonja. Además, su constancia en cuanto a números (siempre entre los jugadores más valorados de cualquier competición en la que participe), presencias en pista (no ha tenido ninguna lesión larga, no falla casi nunca, una rara avis en el basket europeo tan sobrecargado de hoy en día) y aguante en un club tan inestable, da a entender una resiliencia que no por desenfocada deja de ser genuina.

Ante Tomic con Croacia | FIBA Photo

Epílogo, porque ya, total…

Volvemos a la final de Copa. El plano master televisivo acompaña el vuelo del último balón lanzado por Llull desde su campo a la desesperada; Tomic es el único jugador azulgrana en su mitad de pista, y observa el arco que dibuja la pelota con los brazos en jarra, aceptando el designio del destino con cierta resignación, porque la dirección es la correcta y podría acabar dentro del aro. El balón se regodea antes de salirse enérgicamente; el Barça es campeón, pero Ante no reacciona. Se queda contemplando el otro lado de la cancha, quizás resoplando internamente, o puede que alcanzando una paz interior que se le ha estado negando durante demasiado tiempo. No sabemos si se dispone a abrazarse a sus compañeros, a bailar reggaetón o a levitar presa de un trance chamánico, porque la cámara decide, una vez más, retirarle el foco.

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Una serie de catastróficas desdichas

Viajamos a 1989, año en el que un extraterrestre aterriza en Madrid. Allí viviría una temporada inolvidable.

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Hace unas semanas se produjo una noticia de enorme calado en el mustio baloncesto europeo de hoy en día. El legendario entrenador Rick Pitino, todo un Hall of Famer, había firmado por ese infierno estructural ateniense llamado Panathinaikos. Las razones por las cuales un coach de semejante nivel haya aterrizado en el basket FIBA no forman parte de este artículo (dejo la pelota botando a colegas de revista mucho mejor informados que yo, pero TE-LI-TA), pero la analogía que despertó en mi memoria sí.

¿El combustible de dicha analogía? La coincidencia del aterrizaje de Pitino en Europa con el despido de Larry Brown, otro histórico NBA, de su bizarra etapa en Torino. ¿Alguien en la clase recuerda, queridos padawanes, qué otro entrenador americano de prestigio coincidió en Europa con un integrante de la familia Brown? Efectivamente, la respuesta es correcta, mocoso repelente de la primera fila: George Karl, que aterrizó en el Real Madrid al mismo tiempo que Herb Brown en el Joventut de Badalona. Karl, un técnico con una carrera profusa y prestigiosa en NBA, incluyendo un premio a técnico del año en 2013, cruzó caminos con el club blanco durante, quizás, la etapa más convulsa, agitada, desgraciada y tragicómica de la sección en su historia; el mismísimo Wile E. Coyote se hubiese compadecido del técnico de Penn Hills. Sin duda, aquí hubo una historia y la vamos a contar. Y si puede ser, antes de la merienda.

Delorean, al verano de 1989, por favor. El Real Madrid venía de la famosa “liga de Petrovic” que había acabado ganando Epi, y los títulos de Copa y Recopa no habían conseguido eliminar cierta sensación de fracaso una vez escampó la invasiva bruma de Neyro del ambiente. Así pues, Ramón Mendoza le dio la patada hacia arriba a Lolo Sainz, nombrándolo mánager general (y como el experimento funcionó tan bien, el Barcelona repitió la maniobra años después con Aíto, con similares resultados; es lo que tienen las buenas ideas; el hombre es el único animal que etcétera). Y para la máxima responsabilidad deportiva decidió tirar por la calle de en medio, o, para ser más precisos con la analogía, por un callejón jamás transitado.

Así como la Penya escogía un coach americano baqueteado y algo de vuelta de todo como Herb Brown, el equipo blanco rompía un imaginario techo de cristal con el anuncio de la contratación de George Karl, un jovencísimo (38 años) entrenador que había pasado ya por Cavs y Warriors, y que abandonaba a los Albany Patroons de la CBA para iniciar una exótica aventura en la capital de España. Sin duda era una apuesta arriesgada pero apasionante, un flujo contracultural de sangre fresca y conocimientos que, si cuajaba y fluía a través del talento sin límites de Drazen y el poder moljniriano de Fernando Martín, podía volver del revés el baloncesto europeo. Lo que sucedió a continuación resultaría cómico si no fuera por el componente trágico que sobrevoló la aventura de Karl desde un fatídico día de diciembre. Pero ese verano en los despachos de Concha Espina fue absolutamente glorioso y se merece un punto y aparte. Como este.

El primer palo en las ruedas, que probablemente atrancó ya la diligencia para toda la temporada, fue la huida de Drazen Petrovic a los Blazers, en las farragosas circunstancias que tantas veces se han narrado y en las que no vamos a ahondar aquí (re: merienda). A la búsqueda de un interior o un alero fuerte que complementase la plantilla se sumaba la necesidad de un base de primer nivel que hiciese olvidar de alguna manera al inigualable Drazen. O no, porque Karl decidió apostar por un perfil de jugador menos protagonista pero quizás más útil al colectivo.

Su hombre era Scott Brooks, con el que llegó a un acuerdo que al jugador le resultó extraordinariamente útil… para renovar con los Sixers. No pasaba nada, el árbol de bases americanos siempre ha sido fructífero. El siguiente elegido fue un tal Darnell Valentine, que al final decidió que tenía mejores cosas que hacer en, por ejemplo, Boston. La tercera opción acabó siendo Mike Anderson, que sí firmó y arrancó la temporada… pero, después de estar a punto de ser cortado en octubre, acabó por ser sustituido en ACB por Dennis Nutt y relegado a la competición europea. Ya llegaremos a ello.

Mientras tanto, Karl presentaba orgulloso en rueda de prensa a su primera apuesta yanqui, un duro forward americano llamado Vincent Askew; cuando el técnico fue interpelado a raíz del reciente fichaje azulgrana de Paul Thompson, respondió con la elegancia de un rapero de Baltimore: “Askew le va a comer los huevos a Thompson”. No tuvimos ocasión de contemplar esa escena digna de Youporn: una lesión en la rodilla izquierda le descartaba y obligaba a seguir buscando. El elegido, después de que Volkov rechazara una oferta blanca en favor de los Atlanta Hawks, fue Ben McDonald, un rocoso interior que había estado ya a las órdenes de Karl tanto en Cavs como en Warriors, y que prometía complementarse a la perfección con los hermanos Martín. Con este refuerzo se daba, por fin, la plantilla por cerrada, después de un verano convulso cual parlamento taiwanés.

La temporada se inicia con expectación y entusiasmo, pero también con dudas y desconcierto generalizado. A los jugadores les cuesta entender los métodos del técnico yanqui, y a este las peculiaridades del baloncesto europeo. Es respetado por su entusiasta trabajo, el detallismo en sus scoutings y su capacidad de comunicación con los jugadores; pero viene de otro universo y necesita tiempo antes de encontrar un lenguaje común globalizador. Los resultados más o menos acompañan pero el juego no, y los aficionados arquean la ceja ante la política de rotaciones durante los partidos.

Además, el cómplice de Karl en la plantilla, McDonald, tarda poco en resentirse de problemas en la espalda y, después de una humillante derrota en pista del colista Clesa Ferrol, es sustituido por un fino alero, Anthony Frederick, resultón aunque individualista, y que parecía recién salido del rodaje de “El príncipe de Zamunda”. A nivel clasificatorio estos vaivenes no aventuraban ninguna catástrofe, por más que resultara extraño encontrarse segundo de grupo detrás del Caja de Ronda de Mario Pesquera, ese fetiche. Hasta que llegó la decimotercera jornada, un 3 de diciembre en el que debía jugarse un Real Madrid-CAI Zaragoza.

Fernando Martín ha sido lo más parecido a James Dean que haya parido nunca el deporte español. La significación de su leyenda ha enraizado en el imaginario colectivo de tal manera que me puedo ahorrar un buen gajo de narrativa; existe profusa literatura periodística sobre el tema. Para el equipo, la pérdida era inescrutable, irreversible, inabarcable a nivel de talento, liderazgo (Karl, con relación a su sustituto natural en este campo: “Biriukov es un líder, sí, pero diferente: debería chillar más”), intimidación y mística; pero, además, y en un plano más terrenal como el de estructura de plantilla, esta se quedaba corta de interiores, justo cuando había sustituido a un center como McDonald por un alero puro como Frederick. Poco después, durante un festivo torneo de Navidad, Dennis Nutt se lesionaba y demostraba que físicamente no estaba preparado para jugar en la élite; tal es así, que después de jugar la siguiente temporada en la CBA tuvo que retirarse con 27 años. No podían ocurrir más desgracias.

BUENO, SÍ.

BUENO, SÍ = Chechu Biriukov, el relevo natural en cuanto a liderazgo del malogrado Martín, sufría una lesión de gravedad suficiente como para dejarle fuera de la cancha el resto del curso, mientras la Copa se escapaba en semifinales ante el ulterior campeón, el CAI de Mark Davis. A esas alturas, la plantilla del Madrid se asemejaba a un grupo de adolescentes en una cabaña de película de terror: iban cayendo uno a uno sin remisión. George Karl se veía obligado a tirar de algunos juniors (Isma Santos era el más destacado) y a reemplazar a Nutt por Piculín Ortiz, ávido de interiores como estaba, mientras los movimientos sísmicos y sus réplicas convertían el zarandeo de tierras madridistas en una rutina.

En marzo se anunciaba que Lolo Sáinz, en nómina madridista desde la primera aparición del monolito negro, iba a finalizar su periplo al final de temporada, como resultado del pulgar hacia abajo de Don Ramón Mendoza, quien, por cierto, durante aquella tempestad llegó a sopesar seriamente una fusión con Cajamadrid. Tal era la sensación de catastrofismo generalizado. Sensación acentuada por la derrota en la final de la Recopa, en Florencia y ante la Knorr de Bolonia de Brunamonti, Coldebella, Vittorio Gallinari (el padre de Danilo) y Ray Richardson; un partido tan triste y apelmazado como el ambiente madridista. Fue el último partido de Mike Anderson, que ni siquiera se molestó en volver a Madrid y se largó directamente a Estados Unidos. Nadie podía salvar el Titanic.

Karl se sentía sentenciado y ya no se cortaba la lengua. Después de que no fructificase el fichaje de Toñín Llorente como refuerzo de última hora, se soltó la cadena en rueda de prensa: “Parece que Mendoza intenta cargarse la sección”. Una derrota contundente en las semifinales de la liga ACB ante el Joventut acabó con la agonía del técnico de Pensilvania y de todo el madridismo, que a esas alturas ya sabía que el próximo entrenador iba a ser Wayne Brabender. La historia de George Karl y el Real Madrid parecía finalizar aquí, a pesar de unos últimos e incómodos coletazos en forma de contienda por el finiquito, mientras la querencia del americano por el estilo de vida español justificaba que apareciera en las quinielas para entrenar al CAI de Zaragoza o al Villalba de Jesús Gil (y la prueba fehaciente de que fui una pésima persona en una vida anterior es que no se dio esta maravillosa alianza).

MARCA

Pero no ocurrió nada de esto. Lo que aconteció fueron unas elecciones a la presidencia del Real Madrid, a principios del año 1991, durante otro calamitoso año de la sección (sustitución de Brabender por Nacho Pinedo a media temporada y posterior fallecimiento de este en pleno partido). Me imagino una marcha de gatos negros ocupando la Gran Vía por aquella época, porque si no, no me lo explico.

Lo que aconteció fue que George Karl había dejado una impronta más indeleble de lo que parecía entre personal, directiva y plantilla, a pesar de sus fuertes críticas post-cese hacia Ferrándiz, Brabender y el propio Mendoza. Lo que aconteció es que el candidato Alfonso “marqués de Sotoancho” Ussía llevaba a Karl en su cartera y Mendoza no quiso ser menos; por lo tanto, ganara quien ganara (obviamente, fue este último, para mi desgracia y la de Pitita Ridruejo), George Karl iba a retornar en loor de multitudes al banquillo blanco, en un curioso proceso de limpieza de imagen que, con todo, no parecía injustificado.

La segunda etapa de George Karl al frente del Real Madrid, sinceramente, carece de literatura, yo ya me he saltado la merienda y estoy llegando tarde a una cita con Aubrey Plaza. Aunque llegaron buenos fichajes que cuajarían con el tiempo (Antúnez, Ricky Brown, Mark Simpson), el buen técnico americano no consiguió inyectar gen ganador a sus kilos de analíticas y scoutings, y el equipo, sin descarrilar, no transmitía nada especial.

En enero de 1992 le llegaba una oferta de Seattle Supersonics que le empujó a esfumarse entre excusas y lamentos algo impostados. En su última rueda de prensa dejó una frase para la posteridad que resumía y dibujaba a la perfección su singladura madrileña: “Ni yo entiendo mi dimisión”. Y quizás de la metáfora que emerge de esta expresión deviene su mayor legado. El de un entrenador cuya metodología y mensaje mezclaron con el baloncesto europeo como agua y aceite, y que sin embargo se ganó el respeto y el recuerdo de todos los que trabajaron con él. Pitino, your turn.

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