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Reflejos

África está en camino

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“Aquí llamamos millenials a aquellos nacidos a partir del 1994, después de nuestras primeras elecciones democráticas. Sin embargo, Sudáfrica sigue teniendo un problema. El racismo sigue aquí. Pero el deporte tiene el poder de limpiarlo. El 2010 (año de la Copa Mundial de fútbol allí celebrada) fue el mejor.” Nos cuenta Lebo, trabajadora de la organización en Johannesburgo, que el pasado no se borra de un plumazo. En un país de contraste, de inglés hablado con acento africano y que mezcla blancos y negros, el conflicto social sigue siendo parte del hoy.

La NBA ha llegado con su cara lavada. Sus impolutas estrellas viajaron con un saco lleno de objetivos. Estos se escodían bajo el gran manto de la expansión. La liga es un gran ejemplo del fenómeno globalizador. Europa ya forma parte de su rutina desde hace años, Oceanía se adapta a su normalidad, pero en África hay mucho por hacer. Las barreras son más altas y diversas. No es falta de talento, lo es de infraestructuras, de estabilidad, de un contexto social que anime a esto. La presencia de estos tiene un sentido tan especial como importante. No es solo baloncesto. No es lo único que les movía, tampoco lo único que querían hacer llegar. A buen recaudo recibieron del mismo modo que dieron. Una experiencia que cambia vidas. Que abre ojos a unos y enciende el motor de otros.

Durante casi una semana, Joburg abrió sus brazos a la competición norteamericana. Recibió a todo su personal entre sonrisas de agradecimiento. Los residentes parecían conocer la importancia de aquello y el trato respondió con creces a tal expectativa. Porque el deporte era solo una excusa. Tan solo el medio para lograr decenas de fines. Todos los propósitos que se marcaron seguían la línea de mejorar la sociedad africana. Una vez más, la competición norteamericana deshacía fronteras.

El NBA Africa Game era el último de una serie de eventos que trataban de promover el deporte de la canasta en un lugar donde no ocupa el primer, ni el segundo ni el tercer lugar. Antes están fútbol, rugby y cricket. Pero además, sembraron algo realmente especial. Porque el único idioma universal que existe es la sonrisa, y este crea lazos tan potentes que el tiempo no borrará de la memoria. Para aquellos adolescentes que fueron al camp, los consejos que recibieron por parte de DeMarcus Cousins, Nowitzki, Alvin Gentry, Eric Spoelstra, Michael Malone y compañía ya forman parte de sus particulares recetas para el éxito. Saber que personalidades tan relevantes están ahí para marcarles el camino es una sensación indescriptible. Aprender de los mejores y ser escuchados.

Entre jugadores, entrenadores y general managers, había una cabeza que sobresalía. Alguien con un brillo especial, único. Una auténtica esperanza para aquello que la liga busca crear en el continente negro. Y es que él ya vivió todo esto desde el otro lado. Fue un niño más lleno de ilusión, y hoy lo ha logrado. “Yo creo que lo que atrae a la gente es que tengan un jugador de aquí que sea una estrella NBA. Tienen a varios y los han tenido en la historia, pero tener a jugadores de alto nivel va a ayudar al continente a seguir la liga.” comentaba Kristaps Porzingis. El protagonista tiene en su mano convertirse en el próximo grande de África.

Joel Embiid plagaba cada estancia. Sus 220 centímetros representaban una pequeña porción de todo lo que su carisma y sonrisa lograban llenar. Porque lo que hoy hace que en su lugar de origen la gente se levante del asiento con orgullo no es solo aptitud. En gran medida, es su actitud lo que habla. La conexión que ha creado con el seguidor ha emanado con tal fuerza que podría pensarse pasión de años. Nada más lejos de la realidad, hace semanas que dejó de ser novato. Pero es la verdadera ilusión.

“Es fenomenal. Tiene una personalidad increíble, quieres estar a su lado y pone una sonrisa en la cara de todo el mundo. Y, ¿sabes? Me enseñó ayer una foto en su móvil de cuando era un camper de 16 años. Y ahora, verle donde está, es realmente bueno de ver. Nunca sabes quién puede ser el próximo Joel Embiid en salir de este camp.” Eric Spoelstra reconocía el poder del center. Si son iconos aquello que necesita este deporte para moverse, en él tienen al perfecto. Porque además, viene desde donde hoy buscan. Y él, sabedor de tal hito, se envuelve en toda actividad, realmente preocupado porque a nadie le falte una carcajada. No queda todo en las redes sociales.

Él, sin embargo, se quita importancia y pone los pies en el suelo. “Tengo que mantenerme sano. Cuando me miro a mí mismo creo, y pienso que mucha gente lo verá así, que tengo la oportunidad de tener un gran impacto, es una cuestión de mantener mi cuerpo. Voy a trabajar duro para ello e intentaré hacerlo todo, especialmente, por este continente, porque sea mejor. Volver con la NBA a África y esas cosas es un trabajo en proceso que traerá sus frutos en el futuro.”

Pero estos eventos tienen un profundo significado. El continente realmente necesita que la NBA se preocupe. El baloncesto está en vías de expansión, pero sobre todo, lleva alegría y una forma de salir de tan devastadora y a la vez normalizada pobreza. No solo necesitan un jugador de elite. La interacción es primordial para que el curso no se frene.

Aquí hemos intentado establecer algunas academias de baloncesto, intentamos que los niños más pequeños empiecen a jugar. Creo que los verás yendo de mejor a mejor. Los chicos tienen amor por el juego aquí y creo que les vamos a dar los componentes necesarios para que sean capaces de avanzar en recursos y que sean capaces de alcanzar un nivel alto.” Alvin Gentry, que entrenó al Team Africa y fue parte activa en todos los ejercicios de tecnificación llevados a cabo durante la semana, se ve consciente de la situación en la que se mueve África. A la vez, asegura, ve que el problema no es físico, sino técnico y mental. Deben empezar a jugar antes para desarrollar los fundamentos que en Europa y América pensamos rutinarios. Acaba avisando; “veremos muchos más jugadores salir de aquí.”

Mbah a Moute destaca algo sobre los chicos de la zona. “En África aprendemos muy rápido.” Si bien está de acuerdo con Gentry en que las carencias no residen en la altura y la fuerza, apunta a la falta de instructores como raíz del problema. Si los tuvieran “trabajarían duro, harían lo que fuera para llegar a ese nivel, ya sea ir a college, a la NBA o a Europa.”

Oduah Uche es de Nigeria y, al igual que sus compañeros del camp, no duda en acercarse a aquellos periodistas y fotógrafos que cubren el evento para dar su contacto y esperar que se les envíen las fotos. Cuando habla, en su mirada se percibe cierta emoción especial. Ataviado con un gorro de lana, nos promete que llegará lejos. “Tío, es enorme. Nunca había sido entrenado por jugadores o entrenadores de la NBA. Así que, simplemente estoy muy feliz por esta oportunidad y se lo agradezco a Dios. La experiencia ha sido grande y me puede traer muchas cosas. Puedo recibir becas para ir a NCAA, pero mi aspiración es ir a la NBA… Y sé que voy a llegar, sé que voy a llegar…

Las actividades puestas en marcha por la organización no se bastaban con promover aquella vida que los jugadores representan. También bajan de los cielos para humanizarse. Para que aquellos que les ven tan lejos tengan acceso a personas que lograron aquello con lo que soñaban, aun teniendo, como ellos, duros comienzos.

Dos días antes del partido, algunos jugadores como Drummond, Kemba, Nowitzki, Lowry o McCollum se dirigieron a Orange Farm para, junto a los entrenadores, construir viviendas para personas necesitadas. La zona, a unos 42 kilómetros de Johannesburgo, fue fundada por trabajadores del campo. Hoy, cerca del 35% de sus habitantes se encuentra en el paro y a un alto nivel de pobreza.

Mientras algunos trabajadores del programa NBA Cares cavaban junto a Spoelstra, los jugadores formaron una larga fila desde donde se encontraban los materiales a la zona de construcción. En la cabeza de aquella cola se situaba el veterano alemán que se dedicaba a agacharse para agarrar bloques de hormigón que pasaba al segundo. Al cabo de unos minutos, con la espalda resintiéndose, Dirk llegó a una conclusión. “Necesitamos un base por aquí.”

Ya el viernes, la mañana previa al partido empezaba con una serie de entrenamientos en los que, primero el Team Africa y posteriormente el Team World pusieron sus habilidades a prueba de un modo suave. El TicketPro Dome cerró para que, minutos después, el combinado que representaba a África, junto a algunos de sus rivales que decidieron unirse, fueran a Ennerdale. Allí, la fundación SOS Children’s Village trata de dar cuidados a todos aquellos niños de la comunidad que por otra vía les serían innaccesibles. La NBA ya conocía la zona y había colaborado con anterioridad. En 2015, Pau y Marc inaugurarían una cancha en la que, tal día, se llevarían a cabo distintos juegos.

Joel entró junto a Dirk, ambos observaban aquella rítmica recepción que tenían para ellos. Un grupo de bailarinas de entre 6 y 10 años se movían al son de un tambor. Pronto, Embiid encontró compañero. Un menor que, entre carcajadas, se subió a sus brazos en un instante que podría resumir el paso por la zona. De eso mismo se trataba. Esta vez no era motivación, solo risas. Puro divertimento. Y estos dos jugadores, aún más que el resto, estaban dispuestos a todo por conseguirlo.

Aquella pista fue, durante alrededor de dos horas, un parque temático. Baloncesto, fútbol y baile se fusionaban en varias vertientes. Algunos entrenadores proponían a grupos de chicos ciertos ejercicios de movilidad para iniciarlos en la disciplina. Mientras, junto a Henry, Schröder, Jaylen y Embiid, otros pequeños corrían tras el balón para patearlo en un rondo. Los Capela, Mudiay y Biyombo no paraban de recibir peticiones de aquellos que querían sentirse gigantes por un segundo montados sobre sus hombros.

El estrellato, sin embargo, fue compartido por dos de aquellos a los que el destino había regalado un momento para no olvidar. DeMarcus rápidamente forjó una bonita e inesperada relación con alguien que a duras penas alcanzaba su cintura. “Boogie, ¿vamos a tirar?” Y tras él corría el pívot de los Pelicans. Aquel chaval, vestido con una camiseta de los de Nueva Orleans y unas Nike entregadas por quien parecía su hermano mayor, hoy tendrá, a buen recaudo, la memoria plagada por unos minutos que le hicieron sonreír con fuerza.

“No estoy intentando cambiar vidas. Solo quiero poner una sonrisa en su cara. Estos niños están llenos de carisma, de energía. Quiero decir, están felices de que estemos aquí y eso es muy bonito. Venir y ver que incluso en estas circunstancias encuentran felicidad es algo increíble. Imagínate si todo el mundo fuera así… Cuánta paz habría.” Tirando por tierra todo aquel mito que sobrevuela su personalidad, Cousins dejaba una emocionante lectura. Aquellos críos son un ejemplo para todos.

La otra estrella del día fue un bailarín. Alguien cuyo ritmo emanaba de los adentros para hacer de la estancia su particular show. Todos los allí presentes quedaron pasmados por sus movimientos y las redes sociales de quienes el sábado acapararían los focos en el partido, se llenaron de vídeos con sus pasos. Una pequeña fuente de compás que, posiblemente sin quererlo, de una forma totalmente natural, se adueñó del momento.

El agradecimiento por parte del personal del SOS Children’s Village podía percibirse solo con hablar con un voluntario. “Todo el mundo debería ser parte de esto y asegurarse de que hace diferente la vida de alguien. No solo la NBA, sino todo el mundo, todas las organizaciones, corporativas, deberían estar envueltas. Todo el mundo debería asegurarse de que cada niño tiene un padre. Como dijo MJ, ‘somos los niños, somos el mundo’, así que aquí empieza.” El responsable de tecnología de la fundación nos explica, además, que el programa NBA Cares tiene múltiples metas. Destaca la de intentar que todos tengan un plato de comida sobre la mesa.

El sábado 5 acabó todo por este 2017. El colofón lo puso un partido pensado para el entretenimiento. Thabo Sefolosha demostró su cometido allí cuando, al saludar al público, hizo lo propio con Sudáfrica, su país de origen, en uno de los idiomas locales. El público enloqueció y lo haría en diversas ocasiones durante aquellos 40 minutos. Especialmente en el último cuarto, en el cual se pudo percibir cierta intención por tener un final igualado. Las gradas pedían defensa del bloque africano y celebraban cada canasta. Tenían el mejor baloncesto del mundo en casa, podían vivirlo, y por minutos fueron parte de ello. “La grada estaba metida en el partido. Nosotros (Team World) eramos los villanos, los chicos malos, pero creo que fue un buen show para los fans. No fue como un All-Star típico, sino que realmente jugamos duro y creo que los fans aprecian eso.” Porzingis reconocía la importancia de un marcador apretado.

Pero el punto de inflexión fue, realmente, para aquellos que pudiendo elegir quedarse en casa, decidieron vivir la aventura. Kemba Walker afirmaba que la experiencia “realmente cambia la vida, te abre los ojos, te da una lección de humildad. Ha puesto la vida en perspectiva para muchos de nosotros. Así que, muchos de nosotros, que aprendimos importantes lecciones en la calle, por suerte podemos volver y hablar con nuestros compañeros de equipo, nuestros amigos y hacerles ver el gran tiempo que pasamos.”

El de los Hornets llega a algo que, sin duda, representa un gran contraste entre culturas. Las diferencias entre las infancias duras son elevadas. En África, aquellos con recursos limitados viven pensando que así tiene que ser, normalizando la pobreza. La NBA ha sido, para algunos, una vía de escape de vidas igualmente difíciles pero con distintos contextos en América. Kyle Lowry lo usó como instrumento para formar a los pequeños de su casa. “Por eso traigo a mis hijos, para que vean cuán afortunados son. Pero lo que he aprendido es que estos niños son felices y viven sus vidas. Solo intentamos mejorar sus vidas haciendo lo que podamos para mejorar. Es grande estar aquí, agradecemos estar aquí, es un placer para nosotros estar aquí.”

Drummond está de acuerdo. “Aquí son positivos y felices. Estoy realmente feliz por estar aquí, ha sido una lección de humildad. Estoy feliz por poder dejar mi huella aquí en Johannesburgo a la que me encantaría volver.”

La competición se ha marcado un reto, y no es otro que mejorar. Tanto a sí mismos, logrando un cuarto continente en su expansión, como al propio continente en sí. El baloncesto tiene el poder de unir, de derribar barreras, y en eso están. La realidad del presente es el trabajo, la del futuro los frutos. África está en camino.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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