“Aquí llamamos millenials a aquellos nacidos a partir del 1994, después de nuestras primeras elecciones democráticas. Sin embargo, Sudáfrica sigue teniendo un problema. El racismo sigue aquí. Pero el deporte tiene el poder de limpiarlo. El 2010 (año de la Copa Mundial de fútbol allí celebrada) fue el mejor.” Nos cuenta Lebo, trabajadora de la organización en Johannesburgo, que el pasado no se borra de un plumazo. En un país de contraste, de inglés hablado con acento africano y que mezcla blancos y negros, el conflicto social sigue siendo parte del hoy.

La NBA ha llegado con su cara lavada. Sus impolutas estrellas viajaron con un saco lleno de objetivos. Estos se escodían bajo el gran manto de la expansión. La liga es un gran ejemplo del fenómeno globalizador. Europa ya forma parte de su rutina desde hace años, Oceanía se adapta a su normalidad, pero en África hay mucho por hacer. Las barreras son más altas y diversas. No es falta de talento, lo es de infraestructuras, de estabilidad, de un contexto social que anime a esto. La presencia de estos tiene un sentido tan especial como importante. No es solo baloncesto. No es lo único que les movía, tampoco lo único que querían hacer llegar. A buen recaudo recibieron del mismo modo que dieron. Una experiencia que cambia vidas. Que abre ojos a unos y enciende el motor de otros.

Durante casi una semana, Joburg abrió sus brazos a la competición norteamericana. Recibió a todo su personal entre sonrisas de agradecimiento. Los residentes parecían conocer la importancia de aquello y el trato respondió con creces a tal expectativa. Porque el deporte era solo una excusa. Tan solo el medio para lograr decenas de fines. Todos los propósitos que se marcaron seguían la línea de mejorar la sociedad africana. Una vez más, la competición norteamericana deshacía fronteras.

El NBA Africa Game era el último de una serie de eventos que trataban de promover el deporte de la canasta en un lugar donde no ocupa el primer, ni el segundo ni el tercer lugar. Antes están fútbol, rugby y cricket. Pero además, sembraron algo realmente especial. Porque el único idioma universal que existe es la sonrisa, y este crea lazos tan potentes que el tiempo no borrará de la memoria. Para aquellos adolescentes que fueron al camp, los consejos que recibieron por parte de DeMarcus Cousins, Nowitzki, Alvin Gentry, Eric Spoelstra, Michael Malone y compañía ya forman parte de sus particulares recetas para el éxito. Saber que personalidades tan relevantes están ahí para marcarles el camino es una sensación indescriptible. Aprender de los mejores y ser escuchados.

Entre jugadores, entrenadores y general managers, había una cabeza que sobresalía. Alguien con un brillo especial, único. Una auténtica esperanza para aquello que la liga busca crear en el continente negro. Y es que él ya vivió todo esto desde el otro lado. Fue un niño más lleno de ilusión, y hoy lo ha logrado. “Yo creo que lo que atrae a la gente es que tengan un jugador de aquí que sea una estrella NBA. Tienen a varios y los han tenido en la historia, pero tener a jugadores de alto nivel va a ayudar al continente a seguir la liga.” comentaba Kristaps Porzingis. El protagonista tiene en su mano convertirse en el próximo grande de África.

Joel Embiid plagaba cada estancia. Sus 220 centímetros representaban una pequeña porción de todo lo que su carisma y sonrisa lograban llenar. Porque lo que hoy hace que en su lugar de origen la gente se levante del asiento con orgullo no es solo aptitud. En gran medida, es su actitud lo que habla. La conexión que ha creado con el seguidor ha emanado con tal fuerza que podría pensarse pasión de años. Nada más lejos de la realidad, hace semanas que dejó de ser novato. Pero es la verdadera ilusión.

“Es fenomenal. Tiene una personalidad increíble, quieres estar a su lado y pone una sonrisa en la cara de todo el mundo. Y, ¿sabes? Me enseñó ayer una foto en su móvil de cuando era un camper de 16 años. Y ahora, verle donde está, es realmente bueno de ver. Nunca sabes quién puede ser el próximo Joel Embiid en salir de este camp.” Eric Spoelstra reconocía el poder del center. Si son iconos aquello que necesita este deporte para moverse, en él tienen al perfecto. Porque además, viene desde donde hoy buscan. Y él, sabedor de tal hito, se envuelve en toda actividad, realmente preocupado porque a nadie le falte una carcajada. No queda todo en las redes sociales.

Él, sin embargo, se quita importancia y pone los pies en el suelo. “Tengo que mantenerme sano. Cuando me miro a mí mismo creo, y pienso que mucha gente lo verá así, que tengo la oportunidad de tener un gran impacto, es una cuestión de mantener mi cuerpo. Voy a trabajar duro para ello e intentaré hacerlo todo, especialmente, por este continente, porque sea mejor. Volver con la NBA a África y esas cosas es un trabajo en proceso que traerá sus frutos en el futuro.”

Pero estos eventos tienen un profundo significado. El continente realmente necesita que la NBA se preocupe. El baloncesto está en vías de expansión, pero sobre todo, lleva alegría y una forma de salir de tan devastadora y a la vez normalizada pobreza. No solo necesitan un jugador de elite. La interacción es primordial para que el curso no se frene.

Aquí hemos intentado establecer algunas academias de baloncesto, intentamos que los niños más pequeños empiecen a jugar. Creo que los verás yendo de mejor a mejor. Los chicos tienen amor por el juego aquí y creo que les vamos a dar los componentes necesarios para que sean capaces de avanzar en recursos y que sean capaces de alcanzar un nivel alto.” Alvin Gentry, que entrenó al Team Africa y fue parte activa en todos los ejercicios de tecnificación llevados a cabo durante la semana, se ve consciente de la situación en la que se mueve África. A la vez, asegura, ve que el problema no es físico, sino técnico y mental. Deben empezar a jugar antes para desarrollar los fundamentos que en Europa y América pensamos rutinarios. Acaba avisando; “veremos muchos más jugadores salir de aquí.”

Mbah a Moute destaca algo sobre los chicos de la zona. “En África aprendemos muy rápido.” Si bien está de acuerdo con Gentry en que las carencias no residen en la altura y la fuerza, apunta a la falta de instructores como raíz del problema. Si los tuvieran “trabajarían duro, harían lo que fuera para llegar a ese nivel, ya sea ir a college, a la NBA o a Europa.”

Oduah Uche es de Nigeria y, al igual que sus compañeros del camp, no duda en acercarse a aquellos periodistas y fotógrafos que cubren el evento para dar su contacto y esperar que se les envíen las fotos. Cuando habla, en su mirada se percibe cierta emoción especial. Ataviado con un gorro de lana, nos promete que llegará lejos. “Tío, es enorme. Nunca había sido entrenado por jugadores o entrenadores de la NBA. Así que, simplemente estoy muy feliz por esta oportunidad y se lo agradezco a Dios. La experiencia ha sido grande y me puede traer muchas cosas. Puedo recibir becas para ir a NCAA, pero mi aspiración es ir a la NBA… Y sé que voy a llegar, sé que voy a llegar…

Las actividades puestas en marcha por la organización no se bastaban con promover aquella vida que los jugadores representan. También bajan de los cielos para humanizarse. Para que aquellos que les ven tan lejos tengan acceso a personas que lograron aquello con lo que soñaban, aun teniendo, como ellos, duros comienzos.

Dos días antes del partido, algunos jugadores como Drummond, Kemba, Nowitzki, Lowry o McCollum se dirigieron a Orange Farm para, junto a los entrenadores, construir viviendas para personas necesitadas. La zona, a unos 42 kilómetros de Johannesburgo, fue fundada por trabajadores del campo. Hoy, cerca del 35% de sus habitantes se encuentra en el paro y a un alto nivel de pobreza.

Mientras algunos trabajadores del programa NBA Cares cavaban junto a Spoelstra, los jugadores formaron una larga fila desde donde se encontraban los materiales a la zona de construcción. En la cabeza de aquella cola se situaba el veterano alemán que se dedicaba a agacharse para agarrar bloques de hormigón que pasaba al segundo. Al cabo de unos minutos, con la espalda resintiéndose, Dirk llegó a una conclusión. “Necesitamos un base por aquí.”

Ya el viernes, la mañana previa al partido empezaba con una serie de entrenamientos en los que, primero el Team Africa y posteriormente el Team World pusieron sus habilidades a prueba de un modo suave. El TicketPro Dome cerró para que, minutos después, el combinado que representaba a África, junto a algunos de sus rivales que decidieron unirse, fueran a Ennerdale. Allí, la fundación SOS Children’s Village trata de dar cuidados a todos aquellos niños de la comunidad que por otra vía les serían innaccesibles. La NBA ya conocía la zona y había colaborado con anterioridad. En 2015, Pau y Marc inaugurarían una cancha en la que, tal día, se llevarían a cabo distintos juegos.

Joel entró junto a Dirk, ambos observaban aquella rítmica recepción que tenían para ellos. Un grupo de bailarinas de entre 6 y 10 años se movían al son de un tambor. Pronto, Embiid encontró compañero. Un menor que, entre carcajadas, se subió a sus brazos en un instante que podría resumir el paso por la zona. De eso mismo se trataba. Esta vez no era motivación, solo risas. Puro divertimento. Y estos dos jugadores, aún más que el resto, estaban dispuestos a todo por conseguirlo.

Aquella pista fue, durante alrededor de dos horas, un parque temático. Baloncesto, fútbol y baile se fusionaban en varias vertientes. Algunos entrenadores proponían a grupos de chicos ciertos ejercicios de movilidad para iniciarlos en la disciplina. Mientras, junto a Henry, Schröder, Jaylen y Embiid, otros pequeños corrían tras el balón para patearlo en un rondo. Los Capela, Mudiay y Biyombo no paraban de recibir peticiones de aquellos que querían sentirse gigantes por un segundo montados sobre sus hombros.

El estrellato, sin embargo, fue compartido por dos de aquellos a los que el destino había regalado un momento para no olvidar. DeMarcus rápidamente forjó una bonita e inesperada relación con alguien que a duras penas alcanzaba su cintura. “Boogie, ¿vamos a tirar?” Y tras él corría el pívot de los Pelicans. Aquel chaval, vestido con una camiseta de los de Nueva Orleans y unas Nike entregadas por quien parecía su hermano mayor, hoy tendrá, a buen recaudo, la memoria plagada por unos minutos que le hicieron sonreír con fuerza.

“No estoy intentando cambiar vidas. Solo quiero poner una sonrisa en su cara. Estos niños están llenos de carisma, de energía. Quiero decir, están felices de que estemos aquí y eso es muy bonito. Venir y ver que incluso en estas circunstancias encuentran felicidad es algo increíble. Imagínate si todo el mundo fuera así… Cuánta paz habría.” Tirando por tierra todo aquel mito que sobrevuela su personalidad, Cousins dejaba una emocionante lectura. Aquellos críos son un ejemplo para todos.

La otra estrella del día fue un bailarín. Alguien cuyo ritmo emanaba de los adentros para hacer de la estancia su particular show. Todos los allí presentes quedaron pasmados por sus movimientos y las redes sociales de quienes el sábado acapararían los focos en el partido, se llenaron de vídeos con sus pasos. Una pequeña fuente de compás que, posiblemente sin quererlo, de una forma totalmente natural, se adueñó del momento.

El agradecimiento por parte del personal del SOS Children’s Village podía percibirse solo con hablar con un voluntario. “Todo el mundo debería ser parte de esto y asegurarse de que hace diferente la vida de alguien. No solo la NBA, sino todo el mundo, todas las organizaciones, corporativas, deberían estar envueltas. Todo el mundo debería asegurarse de que cada niño tiene un padre. Como dijo MJ, ‘somos los niños, somos el mundo’, así que aquí empieza.” El responsable de tecnología de la fundación nos explica, además, que el programa NBA Cares tiene múltiples metas. Destaca la de intentar que todos tengan un plato de comida sobre la mesa.

El sábado 5 acabó todo por este 2017. El colofón lo puso un partido pensado para el entretenimiento. Thabo Sefolosha demostró su cometido allí cuando, al saludar al público, hizo lo propio con Sudáfrica, su país de origen, en uno de los idiomas locales. El público enloqueció y lo haría en diversas ocasiones durante aquellos 40 minutos. Especialmente en el último cuarto, en el cual se pudo percibir cierta intención por tener un final igualado. Las gradas pedían defensa del bloque africano y celebraban cada canasta. Tenían el mejor baloncesto del mundo en casa, podían vivirlo, y por minutos fueron parte de ello. “La grada estaba metida en el partido. Nosotros (Team World) eramos los villanos, los chicos malos, pero creo que fue un buen show para los fans. No fue como un All-Star típico, sino que realmente jugamos duro y creo que los fans aprecian eso.” Porzingis reconocía la importancia de un marcador apretado.

Pero el punto de inflexión fue, realmente, para aquellos que pudiendo elegir quedarse en casa, decidieron vivir la aventura. Kemba Walker afirmaba que la experiencia “realmente cambia la vida, te abre los ojos, te da una lección de humildad. Ha puesto la vida en perspectiva para muchos de nosotros. Así que, muchos de nosotros, que aprendimos importantes lecciones en la calle, por suerte podemos volver y hablar con nuestros compañeros de equipo, nuestros amigos y hacerles ver el gran tiempo que pasamos.”

El de los Hornets llega a algo que, sin duda, representa un gran contraste entre culturas. Las diferencias entre las infancias duras son elevadas. En África, aquellos con recursos limitados viven pensando que así tiene que ser, normalizando la pobreza. La NBA ha sido, para algunos, una vía de escape de vidas igualmente difíciles pero con distintos contextos en América. Kyle Lowry lo usó como instrumento para formar a los pequeños de su casa. “Por eso traigo a mis hijos, para que vean cuán afortunados son. Pero lo que he aprendido es que estos niños son felices y viven sus vidas. Solo intentamos mejorar sus vidas haciendo lo que podamos para mejorar. Es grande estar aquí, agradecemos estar aquí, es un placer para nosotros estar aquí.”

Drummond está de acuerdo. “Aquí son positivos y felices. Estoy realmente feliz por estar aquí, ha sido una lección de humildad. Estoy feliz por poder dejar mi huella aquí en Johannesburgo a la que me encantaría volver.”

La competición se ha marcado un reto, y no es otro que mejorar. Tanto a sí mismos, logrando un cuarto continente en su expansión, como al propio continente en sí. El baloncesto tiene el poder de unir, de derribar barreras, y en eso están. La realidad del presente es el trabajo, la del futuro los frutos. África está en camino.