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Reflejos

África está en camino

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“Aquí llamamos millenials a aquellos nacidos a partir del 1994, después de nuestras primeras elecciones democráticas. Sin embargo, Sudáfrica sigue teniendo un problema. El racismo sigue aquí. Pero el deporte tiene el poder de limpiarlo. El 2010 (año de la Copa Mundial de fútbol allí celebrada) fue el mejor.” Nos cuenta Lebo, trabajadora de la organización en Johannesburgo, que el pasado no se borra de un plumazo. En un país de contraste, de inglés hablado con acento africano y que mezcla blancos y negros, el conflicto social sigue siendo parte del hoy.

La NBA ha llegado con su cara lavada. Sus impolutas estrellas viajaron con un saco lleno de objetivos. Estos se escodían bajo el gran manto de la expansión. La liga es un gran ejemplo del fenómeno globalizador. Europa ya forma parte de su rutina desde hace años, Oceanía se adapta a su normalidad, pero en África hay mucho por hacer. Las barreras son más altas y diversas. No es falta de talento, lo es de infraestructuras, de estabilidad, de un contexto social que anime a esto. La presencia de estos tiene un sentido tan especial como importante. No es solo baloncesto. No es lo único que les movía, tampoco lo único que querían hacer llegar. A buen recaudo recibieron del mismo modo que dieron. Una experiencia que cambia vidas. Que abre ojos a unos y enciende el motor de otros.

Durante casi una semana, Joburg abrió sus brazos a la competición norteamericana. Recibió a todo su personal entre sonrisas de agradecimiento. Los residentes parecían conocer la importancia de aquello y el trato respondió con creces a tal expectativa. Porque el deporte era solo una excusa. Tan solo el medio para lograr decenas de fines. Todos los propósitos que se marcaron seguían la línea de mejorar la sociedad africana. Una vez más, la competición norteamericana deshacía fronteras.

El NBA Africa Game era el último de una serie de eventos que trataban de promover el deporte de la canasta en un lugar donde no ocupa el primer, ni el segundo ni el tercer lugar. Antes están fútbol, rugby y cricket. Pero además, sembraron algo realmente especial. Porque el único idioma universal que existe es la sonrisa, y este crea lazos tan potentes que el tiempo no borrará de la memoria. Para aquellos adolescentes que fueron al camp, los consejos que recibieron por parte de DeMarcus Cousins, Nowitzki, Alvin Gentry, Eric Spoelstra, Michael Malone y compañía ya forman parte de sus particulares recetas para el éxito. Saber que personalidades tan relevantes están ahí para marcarles el camino es una sensación indescriptible. Aprender de los mejores y ser escuchados.

Entre jugadores, entrenadores y general managers, había una cabeza que sobresalía. Alguien con un brillo especial, único. Una auténtica esperanza para aquello que la liga busca crear en el continente negro. Y es que él ya vivió todo esto desde el otro lado. Fue un niño más lleno de ilusión, y hoy lo ha logrado. “Yo creo que lo que atrae a la gente es que tengan un jugador de aquí que sea una estrella NBA. Tienen a varios y los han tenido en la historia, pero tener a jugadores de alto nivel va a ayudar al continente a seguir la liga.” comentaba Kristaps Porzingis. El protagonista tiene en su mano convertirse en el próximo grande de África.

Joel Embiid plagaba cada estancia. Sus 220 centímetros representaban una pequeña porción de todo lo que su carisma y sonrisa lograban llenar. Porque lo que hoy hace que en su lugar de origen la gente se levante del asiento con orgullo no es solo aptitud. En gran medida, es su actitud lo que habla. La conexión que ha creado con el seguidor ha emanado con tal fuerza que podría pensarse pasión de años. Nada más lejos de la realidad, hace semanas que dejó de ser novato. Pero es la verdadera ilusión.

“Es fenomenal. Tiene una personalidad increíble, quieres estar a su lado y pone una sonrisa en la cara de todo el mundo. Y, ¿sabes? Me enseñó ayer una foto en su móvil de cuando era un camper de 16 años. Y ahora, verle donde está, es realmente bueno de ver. Nunca sabes quién puede ser el próximo Joel Embiid en salir de este camp.” Eric Spoelstra reconocía el poder del center. Si son iconos aquello que necesita este deporte para moverse, en él tienen al perfecto. Porque además, viene desde donde hoy buscan. Y él, sabedor de tal hito, se envuelve en toda actividad, realmente preocupado porque a nadie le falte una carcajada. No queda todo en las redes sociales.

Él, sin embargo, se quita importancia y pone los pies en el suelo. “Tengo que mantenerme sano. Cuando me miro a mí mismo creo, y pienso que mucha gente lo verá así, que tengo la oportunidad de tener un gran impacto, es una cuestión de mantener mi cuerpo. Voy a trabajar duro para ello e intentaré hacerlo todo, especialmente, por este continente, porque sea mejor. Volver con la NBA a África y esas cosas es un trabajo en proceso que traerá sus frutos en el futuro.”

Pero estos eventos tienen un profundo significado. El continente realmente necesita que la NBA se preocupe. El baloncesto está en vías de expansión, pero sobre todo, lleva alegría y una forma de salir de tan devastadora y a la vez normalizada pobreza. No solo necesitan un jugador de elite. La interacción es primordial para que el curso no se frene.

Aquí hemos intentado establecer algunas academias de baloncesto, intentamos que los niños más pequeños empiecen a jugar. Creo que los verás yendo de mejor a mejor. Los chicos tienen amor por el juego aquí y creo que les vamos a dar los componentes necesarios para que sean capaces de avanzar en recursos y que sean capaces de alcanzar un nivel alto.” Alvin Gentry, que entrenó al Team Africa y fue parte activa en todos los ejercicios de tecnificación llevados a cabo durante la semana, se ve consciente de la situación en la que se mueve África. A la vez, asegura, ve que el problema no es físico, sino técnico y mental. Deben empezar a jugar antes para desarrollar los fundamentos que en Europa y América pensamos rutinarios. Acaba avisando; “veremos muchos más jugadores salir de aquí.”

Mbah a Moute destaca algo sobre los chicos de la zona. “En África aprendemos muy rápido.” Si bien está de acuerdo con Gentry en que las carencias no residen en la altura y la fuerza, apunta a la falta de instructores como raíz del problema. Si los tuvieran “trabajarían duro, harían lo que fuera para llegar a ese nivel, ya sea ir a college, a la NBA o a Europa.”

Oduah Uche es de Nigeria y, al igual que sus compañeros del camp, no duda en acercarse a aquellos periodistas y fotógrafos que cubren el evento para dar su contacto y esperar que se les envíen las fotos. Cuando habla, en su mirada se percibe cierta emoción especial. Ataviado con un gorro de lana, nos promete que llegará lejos. “Tío, es enorme. Nunca había sido entrenado por jugadores o entrenadores de la NBA. Así que, simplemente estoy muy feliz por esta oportunidad y se lo agradezco a Dios. La experiencia ha sido grande y me puede traer muchas cosas. Puedo recibir becas para ir a NCAA, pero mi aspiración es ir a la NBA… Y sé que voy a llegar, sé que voy a llegar…

Las actividades puestas en marcha por la organización no se bastaban con promover aquella vida que los jugadores representan. También bajan de los cielos para humanizarse. Para que aquellos que les ven tan lejos tengan acceso a personas que lograron aquello con lo que soñaban, aun teniendo, como ellos, duros comienzos.

Dos días antes del partido, algunos jugadores como Drummond, Kemba, Nowitzki, Lowry o McCollum se dirigieron a Orange Farm para, junto a los entrenadores, construir viviendas para personas necesitadas. La zona, a unos 42 kilómetros de Johannesburgo, fue fundada por trabajadores del campo. Hoy, cerca del 35% de sus habitantes se encuentra en el paro y a un alto nivel de pobreza.

Mientras algunos trabajadores del programa NBA Cares cavaban junto a Spoelstra, los jugadores formaron una larga fila desde donde se encontraban los materiales a la zona de construcción. En la cabeza de aquella cola se situaba el veterano alemán que se dedicaba a agacharse para agarrar bloques de hormigón que pasaba al segundo. Al cabo de unos minutos, con la espalda resintiéndose, Dirk llegó a una conclusión. “Necesitamos un base por aquí.”

Ya el viernes, la mañana previa al partido empezaba con una serie de entrenamientos en los que, primero el Team Africa y posteriormente el Team World pusieron sus habilidades a prueba de un modo suave. El TicketPro Dome cerró para que, minutos después, el combinado que representaba a África, junto a algunos de sus rivales que decidieron unirse, fueran a Ennerdale. Allí, la fundación SOS Children’s Village trata de dar cuidados a todos aquellos niños de la comunidad que por otra vía les serían innaccesibles. La NBA ya conocía la zona y había colaborado con anterioridad. En 2015, Pau y Marc inaugurarían una cancha en la que, tal día, se llevarían a cabo distintos juegos.

Joel entró junto a Dirk, ambos observaban aquella rítmica recepción que tenían para ellos. Un grupo de bailarinas de entre 6 y 10 años se movían al son de un tambor. Pronto, Embiid encontró compañero. Un menor que, entre carcajadas, se subió a sus brazos en un instante que podría resumir el paso por la zona. De eso mismo se trataba. Esta vez no era motivación, solo risas. Puro divertimento. Y estos dos jugadores, aún más que el resto, estaban dispuestos a todo por conseguirlo.

Aquella pista fue, durante alrededor de dos horas, un parque temático. Baloncesto, fútbol y baile se fusionaban en varias vertientes. Algunos entrenadores proponían a grupos de chicos ciertos ejercicios de movilidad para iniciarlos en la disciplina. Mientras, junto a Henry, Schröder, Jaylen y Embiid, otros pequeños corrían tras el balón para patearlo en un rondo. Los Capela, Mudiay y Biyombo no paraban de recibir peticiones de aquellos que querían sentirse gigantes por un segundo montados sobre sus hombros.

El estrellato, sin embargo, fue compartido por dos de aquellos a los que el destino había regalado un momento para no olvidar. DeMarcus rápidamente forjó una bonita e inesperada relación con alguien que a duras penas alcanzaba su cintura. “Boogie, ¿vamos a tirar?” Y tras él corría el pívot de los Pelicans. Aquel chaval, vestido con una camiseta de los de Nueva Orleans y unas Nike entregadas por quien parecía su hermano mayor, hoy tendrá, a buen recaudo, la memoria plagada por unos minutos que le hicieron sonreír con fuerza.

“No estoy intentando cambiar vidas. Solo quiero poner una sonrisa en su cara. Estos niños están llenos de carisma, de energía. Quiero decir, están felices de que estemos aquí y eso es muy bonito. Venir y ver que incluso en estas circunstancias encuentran felicidad es algo increíble. Imagínate si todo el mundo fuera así… Cuánta paz habría.” Tirando por tierra todo aquel mito que sobrevuela su personalidad, Cousins dejaba una emocionante lectura. Aquellos críos son un ejemplo para todos.

La otra estrella del día fue un bailarín. Alguien cuyo ritmo emanaba de los adentros para hacer de la estancia su particular show. Todos los allí presentes quedaron pasmados por sus movimientos y las redes sociales de quienes el sábado acapararían los focos en el partido, se llenaron de vídeos con sus pasos. Una pequeña fuente de compás que, posiblemente sin quererlo, de una forma totalmente natural, se adueñó del momento.

El agradecimiento por parte del personal del SOS Children’s Village podía percibirse solo con hablar con un voluntario. “Todo el mundo debería ser parte de esto y asegurarse de que hace diferente la vida de alguien. No solo la NBA, sino todo el mundo, todas las organizaciones, corporativas, deberían estar envueltas. Todo el mundo debería asegurarse de que cada niño tiene un padre. Como dijo MJ, ‘somos los niños, somos el mundo’, así que aquí empieza.” El responsable de tecnología de la fundación nos explica, además, que el programa NBA Cares tiene múltiples metas. Destaca la de intentar que todos tengan un plato de comida sobre la mesa.

El sábado 5 acabó todo por este 2017. El colofón lo puso un partido pensado para el entretenimiento. Thabo Sefolosha demostró su cometido allí cuando, al saludar al público, hizo lo propio con Sudáfrica, su país de origen, en uno de los idiomas locales. El público enloqueció y lo haría en diversas ocasiones durante aquellos 40 minutos. Especialmente en el último cuarto, en el cual se pudo percibir cierta intención por tener un final igualado. Las gradas pedían defensa del bloque africano y celebraban cada canasta. Tenían el mejor baloncesto del mundo en casa, podían vivirlo, y por minutos fueron parte de ello. “La grada estaba metida en el partido. Nosotros (Team World) eramos los villanos, los chicos malos, pero creo que fue un buen show para los fans. No fue como un All-Star típico, sino que realmente jugamos duro y creo que los fans aprecian eso.” Porzingis reconocía la importancia de un marcador apretado.

Pero el punto de inflexión fue, realmente, para aquellos que pudiendo elegir quedarse en casa, decidieron vivir la aventura. Kemba Walker afirmaba que la experiencia “realmente cambia la vida, te abre los ojos, te da una lección de humildad. Ha puesto la vida en perspectiva para muchos de nosotros. Así que, muchos de nosotros, que aprendimos importantes lecciones en la calle, por suerte podemos volver y hablar con nuestros compañeros de equipo, nuestros amigos y hacerles ver el gran tiempo que pasamos.”

El de los Hornets llega a algo que, sin duda, representa un gran contraste entre culturas. Las diferencias entre las infancias duras son elevadas. En África, aquellos con recursos limitados viven pensando que así tiene que ser, normalizando la pobreza. La NBA ha sido, para algunos, una vía de escape de vidas igualmente difíciles pero con distintos contextos en América. Kyle Lowry lo usó como instrumento para formar a los pequeños de su casa. “Por eso traigo a mis hijos, para que vean cuán afortunados son. Pero lo que he aprendido es que estos niños son felices y viven sus vidas. Solo intentamos mejorar sus vidas haciendo lo que podamos para mejorar. Es grande estar aquí, agradecemos estar aquí, es un placer para nosotros estar aquí.”

Drummond está de acuerdo. “Aquí son positivos y felices. Estoy realmente feliz por estar aquí, ha sido una lección de humildad. Estoy feliz por poder dejar mi huella aquí en Johannesburgo a la que me encantaría volver.”

La competición se ha marcado un reto, y no es otro que mejorar. Tanto a sí mismos, logrando un cuarto continente en su expansión, como al propio continente en sí. El baloncesto tiene el poder de unir, de derribar barreras, y en eso están. La realidad del presente es el trabajo, la del futuro los frutos. África está en camino.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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