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El infierno bético

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En Sevilla se respira baloncesto de primera desde 1989. Aquel año, al poco de nacer, el equipo hispalense consiguió hacerse con un hueco en ACB derrotando en el Playoff por el ascenso a Gijón y Mallorca. 28 años después esa plaza corre peligro. El Real Betis Energía Plus está sumido en una profunda crisis de identidad y resultados, también en lo económico. Lejos quedan ya los años de esplendor y gloria donde el histórico Caja San Fernando peleaba por arrebatarle el título al F.C. Barcelona de Aíto García Reneses o se dejaba ver en competición europea.

El pasado 14 de mayo empezaría la pesadilla. Caían en el Martín Carpena de Málaga ante el Unicaja por 98-89 y certificaban el descenso. Al día siguiente, el presidente Fernando Moral asumía la derrota pero avisaba: “Si otros no cumplen las condiciones para estar en la liga, se puede”. El 12 de junio ACB decidía ampliar el plazo a los dos clubes que lograron el ascenso -Gipuzkoa y Burgos- para que consiguieran el crédito establecido. El 6 de julio el Betis decidía llevar el caso a los tribunales. A pesar de todo y asumiendo las circunstancias, el 15 del mismo mes se inscribía en LEB Oro pero proponía ampliar la liga de 17 a 18 para tener así su plaza.

Los problemas que hoy sufre el Betis comenzaron entonces. La planificación deportiva, mientras los jueces decidían, seguía su curso. Eran equipo de LEB Oro y, como tal, trabajaban para tener la plantilla más competitiva posible. El objetivo no podía ser otro que el de volver al máximo nivel. Lo más pronto posible. Siguiendo estos pasos, el club decidió acometer cinco fichajes para arrasar en la categoría: Mikel Úriz, Jordan Swing, Iván Cruz-Uceda, Saúl Blanco y Josep Franch. Jugadores todos con experiencia y galones para poner los cimientos a un proyecto renovado.

El 1 de agosto la situación da un vuelco. ¿Inesperado? Probablemente. El Juzgado de Primera Instancia nº23 de Barcelona dictaba un auto donde reconocía su “derecho transitorio de inscripción”. Obligado por los tribunales, ACB acepta que el Betis inicie los trámites bajo su responsabilidad. La planificación del equipo se paraliza y los directivos trabajan para cumplir con todos los requisitos. Finalmente, el 9 de agosto el Betis se inscribe. Faltaba entonces la aprobación del resto de los integrantes de la Liga.

El 11 de agosto tuvo lugar una asamblea extraordinaria por la que se acordó mantener al conjunto sevillano de manera cautelar y provisional. La votación se resolvió con un ajustado 9 a 7. Los clubes que votaron en contra del ingreso del Betis y, por tanto, de la ampliación de la liga de 17 a 18 equipos fueron Real Madrid, F.C. Barcelona, Baskonia, Valencia Basket, Unicaja, Andorra y Joventut. El resto votó a favor salvo Burgos, que se abstuvo. La batalla en los despachos había sido un éxito y el equipo conservaba su plaza en ACB.

Planificación a toda prisa, fichajes y fiascos

Quedaba solo mes y medio para empezar la competición y el club sevillano tenía que darle un vuelco a su planificación. De los cinco jugadores que ya tenían ficha solo decidieron cortar a uno, Jordan Swing. Precisamente un recién ascendido, Gipuzkoa Basket, se hizo al poco tiempo con sus servicios. Hoy promedia 11 puntos y 5 rebotes por partido y es pieza indispensable para que el conjunto vasco esté por encima de los puestos de descenso. Curioso. Del resto todos se quedaron, ya no como pieza fundamental sino como secundarios.

Comenzó entonces el baile de fichajes. El primero fue Luke Nelson, un joven escolta británico de formación NCAA en Cal-Irvine que acababa de fichar por el Herbalife Gran Canaria. Acordaron su cesión por una temporada. Buscando experiencia y seguridad en la dirección de juego, cerraron a Donnie McGrath. El americano llegaba a Sevilla con el aval de haber jugado minutos importantes con el Monbus Obradoiro en años anteriores.

De la plantilla que consumó el descenso en mayo solo quedó un jugador, el malagueño Alfonso Sánchez. Capitán del equipo e imagen del club en las últimas tres temporadas. Representaba y representa la mentalidad de trabajo y lucha que necesita todo equipo que pelea por mantener la categoría. Asume responsabilidad y galones cuando el momento lo requiere. Indispensable para crear un buen ambiente de grupo. Nunca se dudó de su renovación.

Con el bloque más o menos definido le tocó el turno al primer y fallido intento de fichaje estrella, Samardo Samuels. El ex del FC Barcelona firmó un contrato de jugador franquicia y aterrizó en Andalucía con ganas de darle un vuelco a su carrera deportiva. No fue así. Tras un par de semanas se enfrentó a su entrenador, Alejandro Martínez, y se negó a jugar la segunda parte de un amistoso de pretemporada en Melilla a puerta cerrada. Al acabar el encuentro publicó lo siguiente en su perfil de Instagram:

“Es todo una broma. ¿Qué he hecho? Es lo que le dije al entrenador cuando él me dijo que me fuese a casa. Lo siento, entrenador, sé que no hablas muy bien inglés pero pregunta a tu segundo (técnico), tú lo sabías cuando decidí no jugar la segunda parte del partido de entrenamiento, aprende a hablar, no entrenas a perros.

Estoy esperando. Mirad, chicos, no podéis cortarme después de dos semanas de trabajo. No es mi culpa, no tengo vuestro respeto, realmente me pregunto qué tengo que hacer para ganar el respeto. Soy un ganador, eso es todo. Nosotros firmamos a un ganador y no queremos ganar, cortémosle, suena sospechoso, pero ok. Es el montón de mierda que oí cada día. Esto no es un maldito secreto, no es un juego de niños”.

La negociación para que se marchara fue muy dura. Samardo pensaba que no era el culpable de aquella situación y el cuerpo técnico quería liberarse cuanto antes de un lastre tanto a nivel económico como a nivel anímico en el vestuario. Tenían que reaccionar rápido y así lo hicieron, la temporada estaba a punto de comenzar. Otro contratiempo se les echaba encima. La estrella del equipo, el jugador sobre el que construir, les había salido rana.

Foto: Real Betis Energía Plus

Como segunda espada se fichó a Boungou-Colo, un alero francés que venía de hacer pretemporada con el Bayern y de jugar una temporada decepcionante en el todopoderoso Khimki ruso. En principio, se convierte en la referencia. Los problemas llegarían meses después y acabaría cortado, pero de eso hablaremos más adelante.

Las últimas piezas del puzle serían Anosike y Golubovic, dos jugadores para reforzar la pintura con talento y rebote. Entre medias no pasó el reconocimiento médico Tayler Brown. Días antes de que diera comienzo la competición apareció un refuerzo estelar. Ataron al ex Lakers Ryan Kelly, un anotador que garantizaba solvencia en ataque y focos en los medios.

Tras el primer partido contra Valencia entró en la plantilla Blake Schilb, alero internacional con la República Checa. Pese a que su agente quiso sacarlo del equipo en las ‘ventanas FIBA’, con el tiempo se ha convertido en un imprescindible. Por el momento no habría más cambios, el equipo estaba completo y la plantilla cerrada.

En caída libre, derrotas y más derrotas

El equipo no cuajó. Sin tiempo de adaptación y con un esquema de juego todavía en construcción las derrotas iban haciendo mella poco a poco en el ambiente del pabellón de San Pablo. Se habían salvado del descenso en los despachos pero, ¿para qué? ¿Para volver a ser los últimos de la liga?

A la sexta derrota consecutiva, el nuevo secretario técnico, Antonio Alonso, decidió destituir a Alejandro Martínez. Su lugar lo ocupó Óscar Quintana, un entrenador habitual en situaciones desesperadas. El cambio no trajo victorias y se volvió a recurrir a los fichajes. Con la octava derrota consecutiva se presentó a Dontaye Draper, ex del Real Madrid, para tratar de dar sentido a la dirección de juego. Su impacto fue minúsculo. Al noveno tropiezo llegó Rade Zagorac desde los Memphis Grizzlies.

Con el décimo sinsabor, el club registró el peor arranque de su historia en la Liga Endesa, solo superado por el Murcia de la temporada 96-97 y el IFA Español de la 87-88. Juntando estos resultados con los de la temporada pasada, el récord asciende a 2 victorias en los últimos 27 partidos. Un auténtico desastre. El infierno bético.

Los número del Betis, en comparación con el resto de equipos de la liga, son desalentadores y justifican que hoy sean los colistas de la ACB. Son el peor ataque de la liga, con una media de solo 74’5 puntos por partido, y la segunda peor defensa, cada semana reciben 86’5 puntos. Además, son el segundo equipo que menos asistencias reparte en toda la competición (12’7), los que menos rebotes capturan (30) y los que menos valoración consiguen al final de sus partidos (70’8). En definitiva, el peor de todos.

Reacción y victorias, esperanza en la remontada

Óscar Quintana dio entonces un cambio en el rumbo del equipo. El primero en caer fue Boungou-Colo. El francés, aunque era el máximo anotador del equipo, eclipsaba todo el juego colectivo. Pecaba de individualista. Un chupón. En la última derrota se quedó sin jugar y al final acabó cortado. Saúl Blanco también desapareció de la rotación. Los minutos para los jugadores de banquillo se redujeron al mínimo necesario y Quintana entregó las llaves del equipo a Ryan Kelly y Blake Schilb.

El 10 de diciembre el Real Betis Energía Plus conseguía la primera victoria de la temporada en casa, frente a Monbus Obradoiro en San Pablo. Una semana después hacía lo propio en Murcia, la primera a domicilio y en víspera de Nochebuena alcanzaba la tercera consecutiva en Las Palmas, ante el Herbalife Gran Canaria. Tres victorias de prestigio que dan oxígeno a un equipo que, catorce días antes, era carne de LEB Oro. Otra vez.

Ahora hay motivos para ser optimistas y pensar en la remontada. Kelly y Schilb son la referencia, los pilares sobre los que se sostiene toda la estructura. Golubovic y Anosike encuentran balones y espacio en la pintura y Úriz da sentido al movimiento de balón. Todos se sienten más seguros, a gusto, con confianza. Todavía quedan asignaturas pendientes, como la incorporación de los recién llegados Zagorac y Draper a la rotación, pero en Sevilla se respira otro aire.

A una victoria del 13º clasificado, el Betis quiere continuar con la racha y salir del pozo. Queda tiempo todavía para reaccionar y retomar la situación. Entre las tinieblas del pasado se abre paso algún rayo de luz para que Sevilla siga siendo una ciudad de baloncesto de primer orden, de primera categoría. Un histórico está en apuros.

Foto: ACB Photo / M. Henríquez

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La Bomba Navarro, ahora en formato audiovisual

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Hay jugadores que marcan una era, eso es innegable. Shaquille O’Neal, Kobe Bryant, LeBron James o Karl Malone serán recordados hasta por aquellos para los que el baloncesto solo es un deporte más. Hay otros que van un paso más allá y ya han escrito su nombre en la historia. Michael Jordan es, sin lugar a dudas, el hombre que lidera este segundo grupo de jugadores. Su trayectoria ha sido tan espectacular, que para muchos es el mejor jugador que la NBA tendrá nunca. Su leyenda es tal, que se ha convertido en el protagonista de videojuegos, libros o cómics y se han hecho infinidad de documentales sobre él, el último de ellos se espera para 2020 y ahondará no solo en su carrera deportiva sino en la vida personal del jugador, en el ámbito más íntimo de una estrella conocida en todo el planeta. “The Last Dance”, apuntaros el título porque esta producción de ESPN dará mucho de qué hablar el próximo año.

En el caso del baloncesto español es más complicado encontrar jugadores que se engloben en este segundo grupo, pero sí que contamos con deportistas que marcaron toda una época en este deporte. Uno de ellos es Juan Carlos Navarro, a quien su equipo de toda la vida acaba de homenajear con un documental sobre toda su carrera deportiva bajo el título de “Es la bomba”.

Navarro comenzó dando sus primeros pases en la cantera del FC Barcelona de baloncesto para dar el salto al primer equipo de la ACB en 1998. Fue precisamente durante su paso por las categorías inferiores cuando se ganó el apodo de “La bomba”, gracias a su capacidad de cambiar la ruta del partido con tiros lejanos. Conocido ahora como Barça Lassa y situado entre los favoritos para hacerse con el título según medios especializados como Oddschecker, el equipo lo vio crecer como jugador durante 10 temporadas en las que coincidió con otro grande del baloncesto español, Pau Gasol. Fue precisamente el de Sant Boi el que lo animó a dar el salto a la NBA y en la temporada 2007-2008 Navarro pasó a formar parte de los Memphis Grizzlies, el mismo equipo en el que militaba Gasol. Fue una decisión muy comentada en su día, puesto que el experto en triples contrajo una deuda millonaria con el FC Barcelona para poder marcharse a la liga americana, lo que lo convirtió en uno de los jugadores peor pagados de la NBA. No obstante, la estancia de Navarro al otro lado del charco no fue muy dilata en el tiempo, y es que solo duró en la liga americana esa temporada. Aunque muchos aluden a cuestiones económicas como el principal motor de la vuelta de Navarro a España, el jugador afirmó en varias entrevistas que el motivo de su regreso había sido más bien sentimental. De esta forma, en la temporada 2008-2009 la Bomba volvió a lucir la camiseta del FC Barcelona sobre las pistas, y lo haría así en las siguientes 9 campañas. En total fueron 20 las temporadas que el catalán jugó con el equipo que lo formó desde pequeño, años en los que consiguió un total de 35 títulos, entre ellos 8 Ligas, 7 Copas y 2 Euroligas.

En agosto de 2018 el club anunció su retirada y un mes más tarde el Palau Blaugrana se llenó de aficionados, directivos del club, antiguos compañeros y diversas personalidades del mundo del deporte para despedir al que ya ha sido bautizado como el jugador de basket más importante del Barcelona. Fue precisamente durante este homenaje cuando el presidente del club anunció que Navarro contaría con una estatua ante la puerta del Palau y con un documental.

La primera de las promesas del presidente todavía no se ha hecho realidad, pero sí la segunda. El pasado 7 de marzo el canal de televisión del club, Barça TV, estrenó “Es la Bomba”. En poco más de una hora, el documental hace un repaso por la trayectoria profesional del jugador explicada por el propio Navarro. Además, su discurso se apoya en las intervenciones de diferentes jugadores y entrenadores que coincidieron con él durante sus años en el Barça, como Pau y Marc Gasol, Víctor Sada, Gianluca Basile, Miguelito López Abril, Xavi Pascual o Joan Montes.

Tras su estreno, y su reposición los días 8 y 9 de marzo en diversos eventos, “Es la Bomba” está disponible en el sitio web del club para que cualquier persona pueda disfrutar de él. Sin duda una muy buena oportunidad de acercarse a una de las leyendas del baloncesto español.

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2011-2019: la Copa del Rey regresa al Palacio

La Copa del Rey vuelve a Madrid ocho años después. Un período en el que el conjunto de Laso ha dominado Europa y llega para triunfar en casa, como hiciera en la F4 de 2015.

jakonako10@gmail.com'

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La Copa del Rey regresa al Palacio de los Deportes de Madrid –WiZink Center por caprichos del mundo del patrocinio- ocho años después. Casi una década más tarde – y más de 300 partidos entre las distintas competiciones nacionales – el baloncesto español no ha cambiado tanto. O quizá sí. Hagamos un pequeño viaje atrás en el tiempo.

Noches de llantos y alegrías

16 de enero de 2011. Ronda de partidos matinal, apenas media hora después del mediodía. Seis equipos inician la jornada con las esperanzas coperas todavía intactas. Dos horas más tarde el panorama es completamente opuesto para unos y otros.

La mayor fiesta se vive en Valladolid. El Blancos de Rueda no solo asegura su participación en la cita de Madrid, sino que su victoria ante el Baskonia (78-64) le asegura ser cabeza de serie gracias a un balance de 11-6 en la primera vuelta, el mismo que el del conjunto vasco. Bilbao y Valencia – pese a la derrota de este último ante el Estudiantes – acompañarían a los vallisoletanos tras una velada más apacible, mientras el verdadero drama se vivía en Málaga, Badalona y Madrid.

El Joventut sellaría su clasificación ante el CAI Zaragoza pese al arreón final del conjunto maño, que no se jugaba nada. Un logro que rozó con sus dedos el Fuenlabrada. A dos segundos para el final, eran equipo de copa. Parpadeo, canasta de Sergio Llull, nuevo parpadeo, 76-75 para el Real Madrid. En el Martín Carpena, el Gran Canaria 2014 estallaba en júbilo tras recibir la noticia desde el Palacio. Ellos habían solventado con facilidad su trámite ante Unicaja (50-67). Estarían en la Copa. Un sueño que, una vez más –al igual que en esta edición de 2019- se le escapaba al Fuenlabrada en el último suspiro.

Real Madrid y FC Barcelona, como siempre, miraban al resto por encima del hombro, con un balance similar en lo más alto de la tabla (14-3) y el objetivo culminado varias semanas atrás.

La hora de la verdad

El sorteo deparó dos derbis en cuartos de final y un cuadro que ‘invitaba’ a una nueva final entre Real Madrid y FC Barcelona. Ambos habían luchado por el título en 2010 en Bilbao, aquella misma final de los 14.814 espectadores en el Bizkaia Arena y el doloroso – y récord – +19 a favor de los culés.

FC Barcelona y DKV Joventut, por un lado, y Baskonia y Bilbao Basket, por otro, serían los encargados de poner el morbo en aquella ronda inicial.  Muy fácil para los blaugranas (86-66), bastante menos para los de Vitoria (76-74), pero ambos pasarían a semifinales.

Les acompañarían Real Madrid, tras sobrevivir al Gran Canaria 2014 –y los 30 puntos de un Jaycee Carroll que reclutarían poco después-, y Valencia Basket, quienes destrozarían sin piedad el sueño de los Eulis Báez, Van Lacke, Slaughter, Nacho Martín y compañía (83-60).

Curiosamente, las semifinales volverían a reunir a los cuatro equipos de la anterior edición, pero con distinto emparejamiento. Baskonia y Valencia –con orden invertido en 2010- serían los rivales de Barcelona y Real Madrid, respectivamente. Dos atractivos duelos, sobre el papel, que, sin embargo, terminarían siendo méritos trámites para placer de los vencedores. Y aburrimiento y desidia en las gradas. Al menos para uno de ellos.

Juan Carlos  Navarro borraría cualquier intento de rebelión baskonista con 26 puntos, bien escoltado por Alan Anderson – elegido MVP apenas 24 horas después, con 17 tantos -. 92-73 y los de Ivanovic que regresaban a casa nuevamente humillados después del -28 de Bilbao ante el Real Madrid.

Más sufrió el Real Madrid para doblegar a los de Pesic. Rafa Martínez y Omar Cook fueron una auténtica pesadilla que permitió al Valencia irse al descanso con un buen resultado (27-35).

Sin embargo, la arenga de Messina –si, eran años duros en el seno del club blanco- surtió efecto y el Real Madrid devolvió la bofetada en el tercer cuarto (19-13) y aplicó la estocada final en el último (23-11). Mirotic fue el jugador más valorado de los blancos, con 18 créditos, en un partido en el que también brilló Carlos Suárez, con 16 puntos, y en el que pasaron, con más pena que gloria, Sergio Rodrígurz (cinco puntos) y Ante Tomic (dos puntos).

Por segundo año consecutivo, Real Madrid y FC Barcelona volverían a verse las caras en la lucha por el título.

La gran final

El formato de la Copa del Rey atribuye una condición volátil y azarosa a la competición, cuna de grandes sorpresas y ‘machadas’ a lo largo de la historia.

Aún así, también existe un factor psicológico y el Real Madrid no las tenía todas consigo. Tres derrotas en los últimos dos enfrentamientos ante los blaugranas -incluidas las finales de 2006 y 2010- en un trofeo que no levantaban desde 1993, en La Coruña, con Arlauckas como MVP. Había llovido. Y mucho. La pequeña sequía en liga tampoco ayudaba, mientras el la sala de trofeos del FC Barcelona se llenaba de forma vertiginosa de la mano de Xavi Pascual.

Dudas, complejos, temor. “Vamos a salir al 100%”, conjuraban, sin embargo, todos los componentes de la plantilla blanca, antes del partido, mientras el técnico blaugrana destacaba que “será una final bonita” y Juan Carlos Navarro optaba por un cauto “en una final no hay favoritos”.

Pero el despertador del Real Madrid volvió a sonar a las seis de la mañana con la canción ‘I Got You Babe’ como un deja vú de enfrentamientos previos.

El FC Barcelona asfixio en su telaraña defensiva al Real Madrid y tan solo la inolvidable primera mitad de Juan Carlos Navarro -con -4 de valoración al descanso- y la insistencia de Tomic evitaron que los blaugranan pudieran tomar el control del partido antes de la primera mitad.

En la segunda, el escolta entró en escena con siete puntos, aunque recaería en Alan Anderson -quien ya había valorado 40 ante los blancos con el Maccabi- y Víctor Sada el honor de dar la puntilla al eterno rival a comienzos del último cuarto y gestionar las diferencias hasta el 60-68 final.

La desidia y los fantasmas del pasado volvieron a hacer acto de presencia. Un equipo frustrado y entregado, en una situación que refleja a la perfección la actuación de Sergio Llull aquella noche: cero y -2 de valoración.

El FC Barcelona revalidaba el título con un sabor especial: poner punto y final a una hegemonía de más de medio siglo del Real Madrid, con quienes empataban en lo más alto del palmarés de la Copa del Rey, con 22 entorchados -aunque poco duraría la gesta, con cinco títulos de los blancos en las seis siguientes ediciones-.

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Ocho años después, Madrid vuelve a vestirse de gala para recibir la fiesta de la Copa del Rey. Curiosamente, los tres equipos que lideran la clasificación son los mismos que aquel año y en el mismo orden (FC Barcelona, Real Madrid y Baskonia), y el último cabeza de serie, una de las sorpresas de la temporada (Valladolid en 2011, CB Canarias en 2019).

En aquella ocasión, el FC Barcelona revalidaría el título, aunque en una dinámica muy diferente a la actual. El Real Madrid clamará venganza y buscará recuperar el cetro de la mano de un Pablo Laso coleccionista de trofeos.

Mientras tanto, los Baskonia, Valencia, Tenerife, Unicaja, Joventut y Estudiantes tratarán de aprovechar sus respectivas oportunidades y protagonizar ese sorpresa que devuelva a la Copa -y que tanta falta le hace- el denominativo de ‘Torneo del K.O.’, con las mil y unas sorpresas que inundan el recordatorio colectivo.

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Reiniciando a Alessandro Gentile

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Las grandes sagas de videojuegos acostumbran a almacenar enormes datos de información. Cada inicio de partida es precedido por un tiempo de carga. Si es tu primera partida del día, ese momento denota ilusión. Si ya llevas unas cuantas, es un espacio para el sosiego y la pausa mental. Para la paciencia y la planificación futura. ¿Qué he hecho mal en la anterior partida? ¿Ha valido la pena dejar atrás los logros, reiniciar y volver a empezar?

Esperando esa respuesta se encuentra Alessandro Gentile. Él, que ha jugado en las mejores consolas del mercado; él, que alcanzó niveles inmensos a muy corta edad; él, al que le va en la sangre -paterna- esto de jugar; él, que se prometió el cielo y está muy lejos de ni siquiera rozarlo; él, Gentile, sumido ahora en una incesante búsqueda de uno mismo, cual monje budista, en uno de los templos del baloncesto europeo como es el Antonio Magariños.

El italiano, que acaba de cumplir 26 años, iba para superestrella y se ha quedado por el camino. El Estudiantes es el sexto equipo de su carrera, aunque la inestabilidad es reciente: la colegial será la quinta camiseta que defienda en los dos últimos años.

Un ascenso meteórico

Ferdinando Gentile es considerado uno de los mejores jugadores de baloncesto que Italia ha dado al mundo. Él inculcó a Alessandro, desde muy pequeño, la pasión por la canasta. Pronto siguió sus pasos. Gentile junior, desde su etapa infantil en Treviso, fue uno de los mejores jugadores de su generación. El Olimpia Milan le reclutó con 19 años en el año 2011. Un año después, ya era el capitán del equipo.

La proyección de Gentile parecía imparable. Sobrado de talento y con una cualidades físicas inmejorables para el nuevo siglo. Un ‘3’ alto con capacidad de sumar en ambos lados de la pista y con una cabeza, que por aquel entonces, no suponía más problema que el carácter cambiante de un joven rebelde. Nada de lo que preocuparse. Por el momento.

FIBA

Pese a ser el gran foco de atención del basket italiano, Gentile no sintió presión alguna y se convirtió en una pieza fundamental en Milán a los pocos meses de llegar. El alero fue un soplo de aire fresco en el país mediterráneo, que pronto le consagró como uno de sus referentes. Los números no engañaban: valores superiores a los 15 puntos en la liga italiana y en la Euroliga, sin haber cumplido aún los 22 años. Sandro Dell’Agnello, exjugador, exinternacional italiano y luego entrenador de una decena de clubes, llegó a compararle con LeBron James: “Alessandro es un campeón y añado que en Italia marca las diferencias como LeBron lo hace en la NBA”.

Pasaban las temporadas y Gentile gozó de una estabilidad que le permitió aumentar sus galones en el equipo. En Milán ganó dos Legas (2013-14 y 2015-16), una Coppa (2015-16) y una Supercoppa (2016-17). Líder, responsabilidad y mando en un conjunto jerarquizado. Sus compañeros jugaban para él, y él para si mismo. Ese siempre ha sido su baloncesto y no habrá otro. Amasar posesión, crearse sus propios tiros. A su favor, que anota con suma facilidad -salvo en el triple, su gran escollo- y gana partidos. En el baloncesto de Gentile, un egoísta productivo, lo mental guarda un papel fundamental. Se avecinaban delirios de grandeza.

Los nubarrones llegaron para quedarse en la mitad de la temporada 2015-2016, aún siendo ésta la más gloriosa para el equipo de Milán, entrenado por Jasmin Repesa. Gentile vivía su mejor momento profesional, llegando a promediar 20 puntos en la Euroliga. Era uno de los jugadores más determinantes del Viejo Continente…hasta su primera lesión, de la que recayó en tres ocasiones. Problemas en la mano apartaron a Gentile del equipo y su relación con sus compañeros, ya fría de por si, acabó por congelarse.

A los problemas médicos se sumaron los psicológicos. El demonio ganó la partida al ángel en la cabeza bipolar de Gentile: el italiano se ausentó de varios entrenamientos con el Milán, argumentando razones físicas. Las relaciones entre directiva y estrella, hasta entonces cordiales, no fueron lo mismo. Los dirigentes pensaban que Gentile estaba más pendiente de su posible marcha a la NBA que de la temporada actual. Al final de la misma, el Armani Milán se alzó con el título de liga. Gentile, tras el encuentro, habló en rueda de prensa. “Estos cinco años en el equipo han sido muy intensos. He dado todo por esta camiseta ganando dos Ligas y una Copa. Creo que para un jugador de 23 años los resultados son satisfactorios. Y soltó la bomba: “Este campeonato es para mi familia. Mi madre y mi padre siempre han estado conmigo en los momentos más difíciles, cuando todo el mundo me dio la espalda. Sólo yo y mi familia sabemos lo que he sufrido este año

Un sueño truncado

Gentile había sido elegido por Minnesota en el Draft de 2014 (pick 53), aunque sus derechos recayeron en Houston. Los Rockets intentaron su fichaje en el verano de 2016, en el momento cumbre en la carrera de Alessandro. Su principal valedor: Mike D’Antoni, entrenador en la franquicia tejana y leyenda en Milán, donde jugó durante 13 temporadas.

Pero algo no les convenció, y nadie sabe muy bien el qué. Ni siquiera el propio D’Antoni encuentra una respuesta firme: “No sé porque no llegó Gentile. No era mi trabajo hacer que llegase aquí: yo soy el entrenador, no el director deportivo. Y me sabe fatal, me habría encantado tener un italiano más en la NBA. No me lo sé explicar, quizás nuestros dirigentes querían seguir un camino distinto. Me gusta mucho como jugador y creo que habría encajado bien en nuestra plantilla: es un gran atleta y con un gran sentido del juego, y luego viene de la familia del Olimpia…

El sueño americano de Gentile se esfumó y el italiano inició su cuesta abajo. Ya saben: cuanta más alta es la subida, mayor es el descenso. Si Gentile llegó a ser uno de los mejores ‘prospects’ europeos de esta década, tras su fracasado fichaje por los Rockets se convirtió en un jugador más.

Euroleague

No jugar en la NBA fue un golpe duro para él, pero el punto de no retorno representó la pérdida de la capitanía en Milán en favor de Andrea Cinciarini, nada más iniciar la temporada siguiente. Livio Proli, mandamás milanés, avivó el fuego: “Alessandro necesita decidir si sigue siendo un chico o un hombre maduro”. Órdago lanzado, pero hubo más: “Hizo algunos comentarios muy egoístas y dañó al equipo. El año pasado tuvo lesiones, sí, pero perdió confianza en su tiro y durante los playoffs sufrió un colapso psicológico. Ser profesional significa que aprendes para ser una persona madura. Tienes que ser serio y respetuoso con el equipo y fuera de la pista”.

Era evidente: Gentile abandonó el ambiente volcánico de Milán y se marchó, en calidad de cedido, a Grecia, al Panathinaikos. Nada mejoró: Sandro solo jugó ocho partidos en el equipo de Xavi Pascual. En marzo de la misma campaña, otra cesión, al Hapoel de Jerusalén -coincidió con y Amar’e Stoudemire -, y nuevo batacazo con apenas seis encuentros disputados.

Volvió a Italia alegando razones personales y rompió definitivamente con el equipo que le fichó con 19 años, a pesar de que aún les unía un año más de contrato. La situación era insostenible y no había vuelta atrás: Sandro Gentile estaba libre para firmar por cualquier equipo.

El hijo de Ferdinando fichó por un grande venido a menos: la Virtus de Bolonia. Por fin, aparecía un halo de luz entre tanta negrura: 16,8 puntos, 3,4 rebotes y 6,5 asistencias de promedio para liderar al equipo junto con Pietro Aradori. Gentile había recuperado sensaciones, pero no abandonaba hábitos negativos. Tanto deportivos (23% de acierto en triple) como de conducta: se peleó con un rival y le costó dos partidos de sanción. La Virtus no se clasificó para Playoffs y decidieron acabar su relación contractual.

Con la selección italiana tampoco ha tenido grandes alegrías. En sus primeras apariciones cogió el relevo de Gianluca Basile y maravilló a los aficionados. Pero la alta responsabilidad le pasó factura, con dos momentos trágicos en su carrera internacional: tanto en los cuartos de final del Eurobasket 2015 contra Lituania como en la final del preolímpico disputado en julio de aquel año frente a Croacia, Gentile tuvo en sus manos balones importantes a final de los partidos que, de haber anotado, habría clasificado a los azurri a disputar la semifinal del Eurobasket frente a Serbia y, sobre todo, a participar en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Después fue excluido del Eurobasket 2017, aunque regresó más tarde para disputar los partidos de clasificación para el Mundial 2019. Sin embargo, este mismo verano, Gentile decidió volver a probar suerte con los Rockets en la liga de verano. Como en 2016, no hubo firma de contrato. Gentile lo achacó a su famosa lesión en los dedos: “Hace dos años, después de la primera operación, volví antes de tiempo para ganar el ‘scudetto’ y el pulgar no recuperó bien. Después de la segunda operación, el dedo ha recuperado estabilidad. No aceptaba la idea de que el problema fuera tan serio, pero lo era. Reto a cualquiera a sujetar cualquier cosa con la mano sin usar el pulgar.

“Probablemente buscaré equipo fuera de Italia, donde piense que pueda expresarme más fácilmente”, terminó aquella entrevista. En Italia se han creado algunos prejuicios sobre mí, también por mi culpa. De nuevo, en la agencia libre.

Apuesta doble en Serrano

Hasta octubre, Gentile rehacía su vida en una pequeña localidad de Lombardía, Treviglio, entrenando con un equipo de la Serie A2, la Blue Basket. Hablaba diariamente con Pietro Aradori, confiándole sus dudas y temores profesionales. Él fue quien le recomendó el Estudiantes, que no había iniciado bien la temporada en la Liga Endesa.

El conjunto madrileño necesitaba un golpe de efecto y Gentile recuperar su baloncesto. En su cabeza, relanzar -o reordenar- su carrera. Está en el sitio ideal, otros lo han logrado anteriormente: Edwin Jackson, Sylven Landesberg o el propio Pietro Aradori. Hubo firma.

Willy Villar, director deportivo colegial, definió el fichaje como un “efecto llamada”. Acostumbrado a acertar, ésta es su apuesta más arriesgada. Apostar por un jugador como Gentile, con su historial, en plena decadencia profesional: la cabeza del italiano no es la de Jackson o Landesberg. Le otorga, desde hace un mes, las llaves del Ramiro, donde viven semanas convulsas con el descenso acechando.

Gentile también ha sido valiente: aceptar el reto de rescatar a un equipo histórico en la mejor liga de Europa, en la que la posibilidad de adaptación rápida es baja. Cuando se escriben estas líneas, nada ha demostrado. Lejos del ‘hype’ de su llegada a Madrid, los primeros partidos como demente no invitan al optimismo. Se le ve desganado, desacertado, con una lentitud evidente y a la gresca con los colegiados. Él, Sandro, ávido de balones, es un generador y finalizador casi continuo. Necesita paciencia y adaptación a los esquemas de un nuevo equipo, en el que además la continuidad del entrenador está en duda. El proceso será más lento de lo previsto.

ACB Photo / E. Candel

Cunden las alarmas en Magariños, no por Gentile, si no porque esas sensaciones las experimenta todo el grupo. La temporada apremia y el ‘Estu’ necesita sus servicios, más aún cuando se ha truncado el despegue de Edgar Vicedo -que renovó con honores la pasada- y Gian Clavell no es el anotador que se presuponía. Más allá de Darío Brizuela, el equipo madrileño no tiene un referente ofensivo.

En Serrano confían en el currículum y en el talento superlativo de Alessandro, aunque la clave, como en toda actividad humana, está en la testa. El tiempo proveerá las respuestas. Por ahora, la partida está en juego, con Gentile a los mandos de la consola estudiantil. Tras anhelos perdidos y muchas frustraciones, ha decidido pulsar la opción de reinicio. En la pantalla, de manera intermitente, solo una palabra cuyo significado siempre esconde dudas e incógnitas: loading…loading…loading…

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