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Perfiles NBA

Canadian Jesus

Steve Nash no estaba destinado a cambiar la NBA. Blanco, bajito, y procedente de la olvidada Canadá, sus Phoenix Suns llevaron el juego a una nueva velocidad

Toda la ciudad de Victoria llenaría los principales bares de la ciudad la noche del 26 de junio de 1996 para ver por televisión la ceremonia del Draft de la NBA desde Nueva Jersey, esperando el lugar en el que saldría elegido su héroe local. A pesar de las expectativas creadas durante su etapa en los Broncos, aún había muchas dudas entre los ojeadores profesionales sobre si sería capaz de defender al más alto nivel o si su pequeña estatura serviría para la NBA, con lo que Nash caería hasta el 15º lugar, apuesta personal de Donnie Nelson –hijo de Don-, quien había labrado una amistad con el jugador durante su etapa en Santa Clara y que ahora había sido nombrado entrenador asistente en Phoenix. Dos años en los Suns le hicieron ver lo complicado de conseguir minutos en el baloncesto profesional, jugando un papel secundario a la sombra de compañeros como Kevin Johnson, Jason Kidd o Sam Cassell. Pocos hubiesen augurado una carrera con más de 17.000 puntos y 10.000 asistencias años después.

Nash no se sentía bien si no entrenaba, no dormía si no entrenaba, así que lo hacía todo el tiempo hasta que se llegó a ser casi un prisionero de ello. Sobreponiéndose a esos dos primeros años en Phoenix y a una primera temporada bastante floja en Dallas, empezó a encontrar su mejor juego al lado de Dirk Nowitzki, reflotando su pasión por el baloncesto en los Mavericks, y más tarde al lado de Stoudemire y Marion en su regreso a Phoenix en 2004. Jugando para D’Antoni demostró lo que puede suceder cuando un base campa a sus anchas y tiene libertad para escoger la mejor opción. Y siempre de manera desinteresada. Grant Hill, quien vivió una segunda juventud a su lado en Phoenix, recordaba que “Nash nos mandaba pases que no veíamos y si perdíamos el balón nos decía que había sido culpa suya”.

Nash dibujó en cada una de aquellas temporadas el perfil del base perfecto que muchos especialistas y aficionados consideraban. Jugaba al baloncesto y entendía el juego como un futbolista en la posición de mediocentro: pases precisos, inteligencia, ojos pendientes de todo a su alrededor, pocos errores y la habilidad de hacerlo todo con una facilidad pasmosa. Confiabas en su instinto y le dejabas hacer. No obtuvo la recompensa de un anillo de campeón como muchos otros, como los Kings de Webber o los Wolves de Garnett, pero demostró que nunca se puede juzgar a un jugador por su apariencia. Su visión de juego siempre le permitía ver a un hombre abierto y hacerle llegar el balón, manejaba el contraataque con una gran decisión y creatividad, el pick and roll fue su marca registrada y poseía uno de los mejores porcentajes tanto en tiros de tres como en tiros libres. Ni siquiera sus dos últimas temporadas en los Lakers, donde se perdió casi un centenar de partidos de temporada regular debido a problemas en su espalda pueden empañar la carrera de una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time. Limitado a solo 15 partidos en su última temporada, su cuerpo dijo basta cuando su corazón se negaba a hacerlo.

Casi 30 años después de revelar a su madre su sueño de convertirse en jugador de la NBA, Nash encontró su cara y su nombre en cajas de cereales, relojes, zapatillas o botellas de agua. El jugador de raza blanca, bajito, que nunca realizaba mates y que no una, dos veces, fue el mejor en un deporte dominado habitualmente por jugadores de raza negra, cuya historia personal de superación, de trabajo duro y de no dejarse derrotar le hicieron ganarse en su país el apelativo de ‘Canadian Jesus’. Aquel que no tenía la explosividad o el salto vertical de otros bases, pero cuyo repertorio de lanzamientos, habilidades o asistencias hacían recordar a aquel Pete Maravich de la década de los 70. Aquel que tenía una inclinación a ocultar todo aquello que le hacía excepcional y que siempre vivía para el juego por encima de contratos y dinero. Aquel que en plena pubertad sabía recitar de memoria los comentarios de los vídeos de Michael Jordan con sus mejores jugadas después de visionarlos decenas de veces. Aquel que tenía una mente maravillosa jugando un juego maravilloso.

Este texto es un fragmento del publicado en #Skyhook8 y que puedes comprar aquí

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