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Reflejos

Pete Maravich, romanticismo y nostalgia sobre el parquet

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Nunca estabas completamente seguro de qué iba a hacer con el balón en el campo porque tenía un repertorio de miles de movimientos. Llegaba un momento en cada partido en que todo se paraba de repente y los aficionados se miraban los unos a los otros, sorprendidos, preguntándose: “¿Realmente ha hecho lo que acabamos de ver?”, la misma pregunta que se hacían los jugadores contrarios. Corriendo el contraataque daba a entender que iba a pasar el balón hacia el lado al que estaba mirando, cuando en realidad, llegado el momento, el balón iría hacia el lado contrario a donde su vista apuntaba. Era el espectáculo antes de que el espectáculo hubiese siquiera nacido, el mejor jugador blanco en un deporte dominado por jugadores de raza negra. Vivió por el baloncesto, mientras que los aficionados morían por verle. Dentro de un cuerpo enclenque, luciendo pelo largo, vistiendo unos viejos calcetines caídos hasta los tobillos y con una mirada envuelta en unos tristes ojos marrones, fue un genio incomprendido. Todos los que le vieron jugar le llamaban “Pistol Pete”.

La primera imagen que se te viene a la mente de Pete Maravich es la de un jugador liderando el contraataque a grandes zancadas, su pelo largo al viento y el balón manejado entre sus dedos como un yoyó. Con el defensor enfrente preparado para defender la jugada, Maravich escoge el momento adecuado para, en un abrir y cerrar de ojos, mandar un pase hacia el compañero mejor situado para que logre una bandeja sencilla, dejando a su defensor y a toda la grada anonadados. Acciones como esas, en la oscura década de los 70, es lo que hacían de Pete Maravich un caso muy especial.  Más allá de la anotación, fue un jugador que trajo espectáculo y asombro a las canchas a través de las jugadas que realizaba, en una época donde el juego se caracterizaba por ser duro y musculoso. Asistencias entre las piernas, por detrás de la espalda, alrededor de su cuello, giros hacia izquierda y derecha, crossovers y lanzamientos desde todos los ángulos y posiciones. Un jugador blanco con el espíritu y el sentimiento de un Globetrotter, reflejo de una época de cambios culturales y de mentalidades.

En la pequeña localidad de Aliquippa, en el estado de Pennsylvania, una ciudad cuya economía y modo de vida se basaba en la minería del acero y poco más, fue donde el mito y las leyendas sobre él se empezaron a desarrollar desde una edad muy temprana, siempre bajo el amparo de su padre, Press. Éste era el menor de los cinco hijos de Sara y Vajo Maravich, originarios de Dreznica, población de la entonces Yugoslavia, los cuales se habían trasladado a Estados Unidos en busca de un mejor futuro para la familia. Ese futuro lo habían encontrado en Aliquippa, instalados en una diminuta casa en la base de una colina desde la cual se divisaba toda la industria del acero. Con poco que hacer para entretenerse, Press encontró su distracción en una cancha de baloncesto de una iglesia local. Era una forma de escapar de un futuro ligado a las minas, por lo que desde el principio puso todo su empeño en convertirse en un buen jugador. Respirando solo baloncesto, consiguió ganarse una beca para la diminuta Universidad Davis and Elkins, en West Virginia, lugar donde estableció numerosos récords de anotación. Tras ello, consiguió jugar en distintos equipos profesionales, incluyendo una breve estancia en los Youngstown Bears de la NBL y los Pittsburgh Ironmen de la BAA, precursoras de la actual NBA. Pero en una época donde el baloncesto profesional era un deporte secundario y los sueldos no garantizaban un gran porvenir, Press halló su destino en los banquillos.

Pete Maravich1

Primero entrenando en la universidad donde había jugado y después en el instituto de Aliquippa, Press se convirtió en un metódico y un obseso de los banquillos, haciendo del baloncesto su propia religión. Esa religión se la transmitió desde el principio al joven Pete, quien había venido al mundo el 22 de junio de 1947. El chico haría todo lo que su padre no había conseguido como profesional y el sueño de convertir a Pete en el mejor jugador de baloncesto fue tomando forma desde el principio. En 1956 el equipo que Press entrenaba en Clemson, Carolina del Sur, tenía su propia mascota, un pequeño de ojos suaves y tristes con un flequillo encrespado coronando su cabeza. Y es que el pequeño Pete no se perdía un entrenamiento del equipo y solía sentarse a la derecha de su padre en los partidos. Cuando jugaban fuera, Pete se quedaba solo en el gimnasio practicando desde las 4 de la tarde. Cuando el equipo regresaba, a eso de la medianoche, Pete aún se encontraba allí lanzando a canasta. El pequeño se pasaba el balón entre las piernas, por detrás de la espalda y driblaba botando el balón alrededor de todos los jugadores, los cuales se quedaban anonadados viendo unas diabluras y trucos que no habían visto ni al propio Bob Cousy. Fuera del gimnasio, mientras cualquier niño de su edad dormía con un oso de peluche o cualquier juguete entre sus brazos, Pete lo hacía con el balón, el cual llevaba consigo a todos lados. Se sentaba junto al pasillo del cine para botar el balón mientras veía la película, sacaba las manos por ambas ventanillas del coche de su padre para botarlo mientras éste conducía a poca velocidad y lo botaba a lo largo de los más de dos kilómetros que separaban su casa del gimnasio a los mandos de la bicicleta que encontró debajo del árbol en las navidades de 1956. “Todo el teatro estaba cubierto por alfombras y trataba de botar el balón suavemente”, recordaba años más tarde, “la mayoría de la gente eran ancianos y mujeres que veían la película por décima vez o niños que estaban ocupados hablando, así que no molestaba a nadie”.

Su destreza con el balón le hicieron ganarse un hueco en el equipo del Daniel High School, compartiendo vestuario con adolescentes que le sacaban varios años de edad, algo que hacía que el tímido Pete evitara ducharse junto a todos sus compañeros en los vestuarios. Y es que, para entonces, el baloncesto ya se había convertido en una obsesión. Su madre le despedía con un beso en la frente por la mañana y él regresaba a casa pasada la hora de la cena, se escapaba por la ventana de su habitación por la noche para adentrarse en el bosque cercano a casa y desarrollar su manejo a oscuras, e incluso fue uno de los primeros chavales blancos que se aventuraron en la década de los 60 a adentrarse en los barrios habitados por población de raza negra para ver la verdadera competición en los playgrounds. Fue en esta época cuando recibiría el apodo que le acompañó toda su vida, “Pistol”, debido a que sacaba el balón a la altura de sus caderas cuando iba a lanzar, como si fuese a desenfundar un revólver.

Para 1962 la familia se mudó a Raleigh ya que Press aceptó la oferta de entrenar a la Universidad de North Carolina State. Mientras tanto, Pete continuó su progresión en el Broughton High School, batiendo todos los registros anotadores de la historia del Instituto y desarrollándose físicamente. Para entonces ya tenía claro que quería ser millonario jugando al baloncesto profesional. “Practicaba entre seis y diez horas diarias, hasta el momento en que llegué a convertirme en un androide del baloncesto. A pesar de que quería mucho a mis padres, el baloncesto significaba mucho más para mí. Cuando tenía 7 años mi padre me dijo ‘Pete, si me escuchas puede que consigas una beca para jugar al baloncesto. Y puede que no solo juegues en la Universidad, sino también a nivel profesional, en un equipo que gane el campeonato y ganes un millón de dólares jugando al baloncesto’. Mis ojos se abrieron y le dije que eso era lo que quería”. Al mismo tiempo, su hermano Ronnie también desarrollaba un especial talento para el deporte, recibiendo becas universitarias para jugar tanto al baloncesto como al fútbol americano, pero con 18 años eligió alistarse en los marines. Pete llevaría el número 23 en su camiseta en su honor. Su dedicación al baloncesto no le dejaba tiempo para realizar sus tareas en el Instituto. Su profesora de matemáticas convocó a su padre a su despacho para informarle de que Pete no iba bien en la asignatura y que habría que remediarlo pues el chico querría llegar a la universidad, a lo que su padre contestó: “No se preocupe por ello, Pete va a ir a la universidad porque va a ser un gran jugador de baloncesto. Probablemente gane más dinero del que usted pueda lograr siendo profesora toda su vida”.

Y realmente era así. Llegado el momento, todas las Universidades del país andaban detrás de Pete, especialmente West Virginia. Sin embargo, otra vez su padre tendría unos planes diferentes. Había sido contratado como entrenador de la Universidad de Lousiana State, una desconocida en el baloncesto nacional, cuyo jugador más destacado hasta entonces había sido Bob Pettit. Ubicada en una región donde el fútbol americano era el deporte por excelencia, nadie había tomado en serio a Lousiana State en el baloncesto. Sin embargo, Press quería a Pete a su lado en esa nueva trayectoria y, finalmente, convenció a su hijo para aceptar la beca de LSU en contra de sus deseos.

Pete cambiaría la historia desde el primer día, desde su primer partido en el equipo junior (en aquella época los universitarios solo disputaban tres temporadas, a diferencia de las cuatro que completan el ciclo actual), una victoria apabullante 119-70 en la que firmó 50 puntos y 16 asistencias. Mientras que los jugadores del primer equipo llegaban a la cancha para cambiarse en los vestuarios, el público enloquecía viendo a Pete al mando del equipo junior. Cuando el primer equipo salía a calentar, más de la mitad del aforo se había marchado. Los horarios de las clases se alteraban para no coincidir con los partidos de Pete y tan pronto como tocaba el balón un rumor circulaba entre el público como si algo fuese a suceder. Mientras que el primer equipo conseguía un pobre récord de 3-23, Pete llevaría al equipo de primer año a un récord de 17-1. Como Geppeto habría trabajado con Pinocho, Press había moldeado a Pete para llegar a ese momento. Y en 1967 Pinocho estaba preparado. En las tres temporadas que estuvo con los Tigers, Pete hizo cosas con el balón que nadie hasta entonces en el estado de Lousiana había visto o tan siquiera imaginado. Lideró a la nación en anotación las tres temporadas con promedios sobrenaturales en cada una de ellas (43’8, 44’2 y 44’5), acabando como el máximo anotador de toda la historia de la NCAA con 3.667 puntos en 83 partidos, superando a Oscar Robertson. Y todo ello en una época donde aún no existía la línea de tres puntos, por lo que sus promedios hubiesen sido incluso aún más apabullantes. Nombrado All-American en cada una de las temporadas y Mejor Jugador Universitario en 1970, más de 40 años después, sus registros anotadores permanecen imbatibles y será así por mucho tiempo (si algún jugador quisiera promediar más puntos que él, debería anotar al menos 15 triples en cada partido). Fue el primer globetrotter blanco y los registros universitarios de jugadores como Chamberlain, West, Baylor, Robertson o Russell son imposibles de comparar a los suyos.

Pistol Maravich

Foto: Rich Clarkson / Sports Illustrated

Siendo un superclase, hizo tan popular el baloncesto en Lousiana que los balones y los artículos relacionados con el basket desaparecían de las tiendas de deportes en Navidad. Todo el potencial ofensivo del equipo giraba en torno a él, con licencia para lanzar desde cualquier lugar y en cualquier posición. “Era como intentar capturar una mosca en una habitación a oscuras llena de frigoríficos”, recordaba Herb White, antiguo base de Georgia al ser preguntado cómo era defender a Pete. Llenaba todas las canchas a donde iban a jugar, la gente hacía largas colas para conseguir una entrada y en algunos de los hoteles donde el equipo se hospedaba se colocaban pancartas de bienvenida a Pete. Cuando en 1969 los estadounidenses llegaron a la Luna, Babe McCarthy, entrenador por entonces en la ABA, dijo “el reciente aterrizaje en la Luna es un logro solo comparable a lo que Pete Maravich hace sobre una cancha”. Tuvo partidos tan espectaculares que incluso los aficionados rivales le sacaron a hombros de los partidos, aparecía en las portadas de revistas deportivas, el presidente Nixon le envió un telegrama declarándose gran seguidor suyo y Wooddy Jenkins, cantante de country, escribiría una canción sobre él.

En la cima de la montaña, acabado su ciclo universitario, llegó el momento de dar el salto a los profesionales. Desestimó una oferta de los Carolina Cougars de la ABA, consistente en casi 5 millones de dólares y la participación en tres películas de Universal, y tomó sus pistolas rumbo a la NBA, a los Atlanta Hawks, quienes le eligieron en el número 3 del Draft por detrás de Bob Lanier y Rudy Tomjanovich. Con tan solo dos años instalados en Atlanta, a donde llegaron procedentes de St. Louis, los Hawks eran uno de los equipos punteros de la NBA, finalistas en el Este la temporada anterior, con jugadores como Walt Bellamy, Walt Hazzard y, sobre todo, Lou Hudson. Una plantilla en su totalidad formada por jugadores de raza negra tenía que dejar hueco a un chico blanco con un contrato solo comparable al de Wilt Chamberlain, lo que generó problemas y envidias desde el principio. El equipo comenzó mal, con Pete muy lejos de su nivel anotador, perdiendo muchos balones y con muchos problemas para superar a bases rivales, lo que le llevaría a sentirse solo y a asilarse del resto de sus compañeros. La temporada acabó con un récord de 36-46, cayendo eliminados en primera ronda de playoffs, el mismo resultado que se daría el año siguiente. Sin su padre a su lado, las críticas eran difíciles de encajar y, aunque era el segundo máximo anotador en 1974 y All-Star, el equipo no funcionaba.  Así, empezó a sentirse frustrado con el baloncesto, pensando en dejarlo, volviéndose un solitario con cantidad de paranoias rondando su cabeza y bebiendo demasiada cerveza. Ejemplo de ello fue su obsesión por los ovnis y cualquier tipo de vida extraterrestre, lo que le llevó a subirse al techo de su apartamento y pintar en grandes líneas rojas “LLEVADME”.

Así, los Hawks decidieron en 1974 que era suficiente y decidieron traspasar a Pete a una nueva franquicia en expansión, los New Orleans Jazz, donde no encontraría ningún tipo de celos o rencillas con sus compañeros. Parecía un buen lugar donde empezar de nuevo y recuperar las sensaciones de su época universitaria, pero la tragedia iba a llamar a la puerta de Pete. El 10 de octubre de 1974, poco antes de empezar la temporada, Helen, su madre, decidió suicidarse disparándose en su propia casa. Con Pete y Press fuera de casa continuamente, su vida estaba relegada a la soledad y al alcohol desde hacía mucho tiempo, lo que la llevó a una severa depresión. Eso afectó a Pete, quien no tuvo una gran temporada, alejado de sus registros anotadores, lastrado por las lesiones y avocado a momentos de pequeñas depresiones y alcoholismo. Para la siguiente decidió cambiar por completo, abandonando sus viejos calcetines, su mostacho y su número 44 por el número 7, además de abandonar el consumo de carne. Promediando 25’9 puntos por noche, fue incluido en el All-NBA First Team y elegido para disputar el All-Star Game, siendo el mejor base del campeonato. La estabilidad le llegó a principios de 1976 cuando contrajo matrimonio con Jackie, su novia desde los tiempos de LSU.

Jugando en el masivo Superdome, Pete lentamente volvió a recuperar parte de la pasión por el baloncesto que había perdido en los años anteriores, desarrollando un baloncesto espectacular, con varias noches para el recuerdo, como la del 25 de febrero de 1977, cuando le endosó 68 puntos a los Knicks de Frazier, Monroe y McAdoo. Hasta entonces, solo Wilt Chamberlain y Elgin Baylor habían anotado más puntos que él en un partido NBA. De nuevo fue All-Star e incluido en el All-NBA First Team, acabando como el mejor anotador de la temporada con un promedio de 31.1 puntos. “En los partidos que los Jazz jugaban en casa, si anotaban más de 100 puntos, cada espectador tenía derecho a patatas fritas gratis”, recordaba Buddy Diliberto, periodista de la ciudad, “así que cuando el equipo estaba sobre los 90 puntos en los minutos finales la gente gritaba ¡Pistol, Pistol, Pistol, patatas gratis!”. Durante un partido engañó a todo el mundo haciendo ver que iba a pasar el balón a su izquierda cuando en realidad asistió sin mirar a su compañero en la derecha para una bandeja fácil. Un árbitro le pitó pasos y Pete enfurecido se fue hacia él gritando “¿Pasos? ¿Cómo puedes saber que son pasos? Nunca antes has visto un movimiento como ese”.

Mientras tanto, su búsqueda de paz, diversión y un sentido que dar a su vida se había agrandado, convirtiéndose en un vegetariano, dejando de lado el pan, el azúcar y la sal en sus comidas, pero aún bebiendo gran cantidad de cerveza y pensando en la llegada de extraterrestres y el fin del mundo. Aún así, instalado en la cima, estaba luchando por guiar a los Jazz a los playoffs, siendo el máximo anotador de la NBA, cuando el 31 de enero de 1978 se lesionó su rodilla ante los Braves de Buffalo en el momento en que daba su decimoquinta asistencia de la noche. Tras ello, nunca volvió a ser el mismo. Pete jugó una temporada más con los Jazz, pero era obvio que física y mentalmente estaba lejos de su mejor nivel. Había noches donde hacía grandes actuaciones pero su pasión por el juego se había extinguido, siendo cortado por los Jazz a mediados de la temporada 79-80 y disputando el último tramo de la temporada con los Celtics, en un último intento de conseguir el anillo de campeón. Eliminados por los 76ers en las Finales del Este, decidió poner punto y final a los 33 años antes del inicio de la temporada en la que Boston, irónicamente, alcanzaría su 14º campeonato.

Tras su retirada, llegaron los dos peores años de su vida, tratando de encontrar un sentido a su vida que no halló con su estricta dieta vegetariana, el yoga, la astrología, la hipnosis, el hinduismo, la meditación o el estudio de posibles vidas extraterrestres. Relegado a su casa y alcohólico, ni siquiera la llegada de su segundo hijo le quitaba sus pensamientos de suicidio: “Muchas veces el suicidio se me vino a la mente”, declaró, “todo lo que tenía que hacer mientras conducía mi coche a 150 km/h era girar un poco las ruedas y sería historia. Todo el mundo diría que fue un accidente”. Su vida transcurría así hasta una noche de noviembre de 1982 en la que, inmerso en pesadillas y sudores escuchó: “Sé fuerte. Levanta tu corazón”. Era la voz de Dios. Desde aquel momento, su vida cambiaría radicalmente “era la primera vez que sentí felicidad verdadera”. Volvió a lucir una sonrisa dejando el alcohol, inaugurando un campus de verano anual para niños y leyendo la Biblia durante horas cada día. Su vida estaba enteramente dedicada a sus hijos y a Dios, viajando por todo el país para dar discursos en iglesias, parques o auditorios. Incluso trató de inculcar esas ideas a su propio padre cuando a éste le fue diagnosticado un cáncer terminal a finales de 1986. Cuando Press falleció en abril de 1987, Pete le susurró al oído “te veré pronto”.

Nueve meses más tarde, el 5 de enero de 1988, Pete viajó a California para ser entrevistado en el programa católico de radio de James Dobson. Un gran amante de los deportes, Dobson solía programar partidillos informales de baloncesto en el gimnasio de la Iglesia de los Nazarenos, en Pasadena, y esta vez no iba a ser diferente. A primera hora de la mañana estaban disputando un 3 contra 3 cuando todos se tomaron un descanso tras 20 minutos. Algunos fueron a beber agua mientras que otros salieron fuera del gimnasio a tomar aire. Pete se quedó lanzando a canasta mientras que Dobson le pasaba el balón. En mitad de sus lanzamientos, Dobson le preguntó “¿Cómo te sientes?”, a lo que Pete respondió “Me siento genial”. Inmediatamente después, el cuerpo de Maravich cayó, impactando contra el parquet. Creyendo que se trataba de una broma, sus compañeros se acercaron al lugar, pero sus ojos estaban en blanco y el color de su piel se había vuelto pálido. No hubo ruido de sirena en la ambulancia, ni luces rojas, ni una gran velocidad. Pete Maravich, nombrado miembro del Hall of Fame unos meses antes, había fallecido de un ataque al corazón a la temprana edad de 40 años haciendo lo que más le gustaba. Unos días después, la autopsia desveló que había nacido con una malformación en su corazón, con una arteria coronaria en lugar de las dos habituales, algo que no había sido detectado en ningún examen clínico en toda su carrera profesional.

Diez años más tarde, en el All-Star de 1997, sus hijos y su esposa se subían al pódium al oír su nombre por megafonía como uno de los 50 mejores jugadores de la historia. Durante todo el fin de semana, Josh y Jaeson, ya adolescentes, no dejaron de escuchar historias, anécdotas y leyendas sobre su padre de boca de Magic Johnson, Isiah Thomas, Charles Barkley, George Gervin o Kevin McHale.

Cuando el corazón de Pete Maravich dejó de latir, dejó para el recuerdo unos viejos calcetines gastados, un peinado como el que lucían los Beatles en los 60, cantidad de movimientos de todo tipo en videos en blanco y negro que sobrevivieron a las nuevas tecnologías y aparecen en Youtube, récords de anotación que parecen irreales y miles de aficionados que aún hoy inmortalizan su nombre. En el primer volumen de su autobiografía, Bob Dylan escribió “La radio estaba dando las noticias aquella mañana y me quedé helado al oír que había fallecido. Le había visto jugar en New Orleans y era algo digno de ver, con su flequillo y sus calcetines caídos, un mago sobre la cancha. Podría haber jugado ciego”.

Pete Maravich 3

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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