Nunca estabas completamente seguro de qué iba a hacer con el balón en el campo porque tenía un repertorio de miles de movimientos. Llegaba un momento en cada partido en que todo se paraba de repente y los aficionados se miraban los unos a los otros, sorprendidos, preguntándose: “¿Realmente ha hecho lo que acabamos de ver?”, la misma pregunta que se hacían los jugadores contrarios. Corriendo el contraataque daba a entender que iba a pasar el balón hacia el lado al que estaba mirando, cuando en realidad, llegado el momento, el balón iría hacia el lado contrario a donde su vista apuntaba. Era el espectáculo antes de que el espectáculo hubiese siquiera nacido, el mejor jugador blanco en un deporte dominado por jugadores de raza negra. Vivió por el baloncesto, mientras que los aficionados morían por verle. Dentro de un cuerpo enclenque, luciendo pelo largo, vistiendo unos viejos calcetines caídos hasta los tobillos y con una mirada envuelta en unos tristes ojos marrones, fue un genio incomprendido. Todos los que le vieron jugar le llamaban “Pistol Pete”.

La primera imagen que se te viene a la mente de Pete Maravich es la de un jugador liderando el contraataque a grandes zancadas, su pelo largo al viento y el balón manejado entre sus dedos como un yoyó. Con el defensor enfrente preparado para defender la jugada, Maravich escoge el momento adecuado para, en un abrir y cerrar de ojos, mandar un pase hacia el compañero mejor situado para que logre una bandeja sencilla, dejando a su defensor y a toda la grada anonadados. Acciones como esas, en la oscura década de los 70, es lo que hacían de Pete Maravich un caso muy especial.  Más allá de la anotación, fue un jugador que trajo espectáculo y asombro a las canchas a través de las jugadas que realizaba, en una época donde el juego se caracterizaba por ser duro y musculoso. Asistencias entre las piernas, por detrás de la espalda, alrededor de su cuello, giros hacia izquierda y derecha, crossovers y lanzamientos desde todos los ángulos y posiciones. Un jugador blanco con el espíritu y el sentimiento de un Globetrotter, reflejo de una época de cambios culturales y de mentalidades.

En la pequeña localidad de Aliquippa, en el estado de Pennsylvania, una ciudad cuya economía y modo de vida se basaba en la minería del acero y poco más, fue donde el mito y las leyendas sobre él se empezaron a desarrollar desde una edad muy temprana, siempre bajo el amparo de su padre, Press. Éste era el menor de los cinco hijos de Sara y Vajo Maravich, originarios de Dreznica, población de la entonces Yugoslavia, los cuales se habían trasladado a Estados Unidos en busca de un mejor futuro para la familia. Ese futuro lo habían encontrado en Aliquippa, instalados en una diminuta casa en la base de una colina desde la cual se divisaba toda la industria del acero. Con poco que hacer para entretenerse, Press encontró su distracción en una cancha de baloncesto de una iglesia local. Era una forma de escapar de un futuro ligado a las minas, por lo que desde el principio puso todo su empeño en convertirse en un buen jugador. Respirando solo baloncesto, consiguió ganarse una beca para la diminuta Universidad Davis and Elkins, en West Virginia, lugar donde estableció numerosos récords de anotación. Tras ello, consiguió jugar en distintos equipos profesionales, incluyendo una breve estancia en los Youngstown Bears de la NBL y los Pittsburgh Ironmen de la BAA, precursoras de la actual NBA. Pero en una época donde el baloncesto profesional era un deporte secundario y los sueldos no garantizaban un gran porvenir, Press halló su destino en los banquillos.

Pete Maravich1

Primero entrenando en la universidad donde había jugado y después en el instituto de Aliquippa, Press se convirtió en un metódico y un obseso de los banquillos, haciendo del baloncesto su propia religión. Esa religión se la transmitió desde el principio al joven Pete, quien había venido al mundo el 22 de junio de 1947. El chico haría todo lo que su padre no había conseguido como profesional y el sueño de convertir a Pete en el mejor jugador de baloncesto fue tomando forma desde el principio. En 1956 el equipo que Press entrenaba en Clemson, Carolina del Sur, tenía su propia mascota, un pequeño de ojos suaves y tristes con un flequillo encrespado coronando su cabeza. Y es que el pequeño Pete no se perdía un entrenamiento del equipo y solía sentarse a la derecha de su padre en los partidos. Cuando jugaban fuera, Pete se quedaba solo en el gimnasio practicando desde las 4 de la tarde. Cuando el equipo regresaba, a eso de la medianoche, Pete aún se encontraba allí lanzando a canasta. El pequeño se pasaba el balón entre las piernas, por detrás de la espalda y driblaba botando el balón alrededor de todos los jugadores, los cuales se quedaban anonadados viendo unas diabluras y trucos que no habían visto ni al propio Bob Cousy. Fuera del gimnasio, mientras cualquier niño de su edad dormía con un oso de peluche o cualquier juguete entre sus brazos, Pete lo hacía con el balón, el cual llevaba consigo a todos lados. Se sentaba junto al pasillo del cine para botar el balón mientras veía la película, sacaba las manos por ambas ventanillas del coche de su padre para botarlo mientras éste conducía a poca velocidad y lo botaba a lo largo de los más de dos kilómetros que separaban su casa del gimnasio a los mandos de la bicicleta que encontró debajo del árbol en las navidades de 1956. “Todo el teatro estaba cubierto por alfombras y trataba de botar el balón suavemente”, recordaba años más tarde, “la mayoría de la gente eran ancianos y mujeres que veían la película por décima vez o niños que estaban ocupados hablando, así que no molestaba a nadie”.

Su destreza con el balón le hicieron ganarse un hueco en el equipo del Daniel High School, compartiendo vestuario con adolescentes que le sacaban varios años de edad, algo que hacía que el tímido Pete evitara ducharse junto a todos sus compañeros en los vestuarios. Y es que, para entonces, el baloncesto ya se había convertido en una obsesión. Su madre le despedía con un beso en la frente por la mañana y él regresaba a casa pasada la hora de la cena, se escapaba por la ventana de su habitación por la noche para adentrarse en el bosque cercano a casa y desarrollar su manejo a oscuras, e incluso fue uno de los primeros chavales blancos que se aventuraron en la década de los 60 a adentrarse en los barrios habitados por población de raza negra para ver la verdadera competición en los playgrounds. Fue en esta época cuando recibiría el apodo que le acompañó toda su vida, “Pistol”, debido a que sacaba el balón a la altura de sus caderas cuando iba a lanzar, como si fuese a desenfundar un revólver.

Para 1962 la familia se mudó a Raleigh ya que Press aceptó la oferta de entrenar a la Universidad de North Carolina State. Mientras tanto, Pete continuó su progresión en el Broughton High School, batiendo todos los registros anotadores de la historia del Instituto y desarrollándose físicamente. Para entonces ya tenía claro que quería ser millonario jugando al baloncesto profesional. “Practicaba entre seis y diez horas diarias, hasta el momento en que llegué a convertirme en un androide del baloncesto. A pesar de que quería mucho a mis padres, el baloncesto significaba mucho más para mí. Cuando tenía 7 años mi padre me dijo ‘Pete, si me escuchas puede que consigas una beca para jugar al baloncesto. Y puede que no solo juegues en la Universidad, sino también a nivel profesional, en un equipo que gane el campeonato y ganes un millón de dólares jugando al baloncesto’. Mis ojos se abrieron y le dije que eso era lo que quería”. Al mismo tiempo, su hermano Ronnie también desarrollaba un especial talento para el deporte, recibiendo becas universitarias para jugar tanto al baloncesto como al fútbol americano, pero con 18 años eligió alistarse en los marines. Pete llevaría el número 23 en su camiseta en su honor. Su dedicación al baloncesto no le dejaba tiempo para realizar sus tareas en el Instituto. Su profesora de matemáticas convocó a su padre a su despacho para informarle de que Pete no iba bien en la asignatura y que habría que remediarlo pues el chico querría llegar a la universidad, a lo que su padre contestó: “No se preocupe por ello, Pete va a ir a la universidad porque va a ser un gran jugador de baloncesto. Probablemente gane más dinero del que usted pueda lograr siendo profesora toda su vida”.

Y realmente era así. Llegado el momento, todas las Universidades del país andaban detrás de Pete, especialmente West Virginia. Sin embargo, otra vez su padre tendría unos planes diferentes. Había sido contratado como entrenador de la Universidad de Lousiana State, una desconocida en el baloncesto nacional, cuyo jugador más destacado hasta entonces había sido Bob Pettit. Ubicada en una región donde el fútbol americano era el deporte por excelencia, nadie había tomado en serio a Lousiana State en el baloncesto. Sin embargo, Press quería a Pete a su lado en esa nueva trayectoria y, finalmente, convenció a su hijo para aceptar la beca de LSU en contra de sus deseos.

Pete cambiaría la historia desde el primer día, desde su primer partido en el equipo junior (en aquella época los universitarios solo disputaban tres temporadas, a diferencia de las cuatro que completan el ciclo actual), una victoria apabullante 119-70 en la que firmó 50 puntos y 16 asistencias. Mientras que los jugadores del primer equipo llegaban a la cancha para cambiarse en los vestuarios, el público enloquecía viendo a Pete al mando del equipo junior. Cuando el primer equipo salía a calentar, más de la mitad del aforo se había marchado. Los horarios de las clases se alteraban para no coincidir con los partidos de Pete y tan pronto como tocaba el balón un rumor circulaba entre el público como si algo fuese a suceder. Mientras que el primer equipo conseguía un pobre récord de 3-23, Pete llevaría al equipo de primer año a un récord de 17-1. Como Geppeto habría trabajado con Pinocho, Press había moldeado a Pete para llegar a ese momento. Y en 1967 Pinocho estaba preparado. En las tres temporadas que estuvo con los Tigers, Pete hizo cosas con el balón que nadie hasta entonces en el estado de Lousiana había visto o tan siquiera imaginado. Lideró a la nación en anotación las tres temporadas con promedios sobrenaturales en cada una de ellas (43’8, 44’2 y 44’5), acabando como el máximo anotador de toda la historia de la NCAA con 3.667 puntos en 83 partidos, superando a Oscar Robertson. Y todo ello en una época donde aún no existía la línea de tres puntos, por lo que sus promedios hubiesen sido incluso aún más apabullantes. Nombrado All-American en cada una de las temporadas y Mejor Jugador Universitario en 1970, más de 40 años después, sus registros anotadores permanecen imbatibles y será así por mucho tiempo (si algún jugador quisiera promediar más puntos que él, debería anotar al menos 15 triples en cada partido). Fue el primer globetrotter blanco y los registros universitarios de jugadores como Chamberlain, West, Baylor, Robertson o Russell son imposibles de comparar a los suyos.

Pistol Maravich

Foto: Rich Clarkson / Sports Illustrated

Siendo un superclase, hizo tan popular el baloncesto en Lousiana que los balones y los artículos relacionados con el basket desaparecían de las tiendas de deportes en Navidad. Todo el potencial ofensivo del equipo giraba en torno a él, con licencia para lanzar desde cualquier lugar y en cualquier posición. “Era como intentar capturar una mosca en una habitación a oscuras llena de frigoríficos”, recordaba Herb White, antiguo base de Georgia al ser preguntado cómo era defender a Pete. Llenaba todas las canchas a donde iban a jugar, la gente hacía largas colas para conseguir una entrada y en algunos de los hoteles donde el equipo se hospedaba se colocaban pancartas de bienvenida a Pete. Cuando en 1969 los estadounidenses llegaron a la Luna, Babe McCarthy, entrenador por entonces en la ABA, dijo “el reciente aterrizaje en la Luna es un logro solo comparable a lo que Pete Maravich hace sobre una cancha”. Tuvo partidos tan espectaculares que incluso los aficionados rivales le sacaron a hombros de los partidos, aparecía en las portadas de revistas deportivas, el presidente Nixon le envió un telegrama declarándose gran seguidor suyo y Wooddy Jenkins, cantante de country, escribiría una canción sobre él.

En la cima de la montaña, acabado su ciclo universitario, llegó el momento de dar el salto a los profesionales. Desestimó una oferta de los Carolina Cougars de la ABA, consistente en casi 5 millones de dólares y la participación en tres películas de Universal, y tomó sus pistolas rumbo a la NBA, a los Atlanta Hawks, quienes le eligieron en el número 3 del Draft por detrás de Bob Lanier y Rudy Tomjanovich. Con tan solo dos años instalados en Atlanta, a donde llegaron procedentes de St. Louis, los Hawks eran uno de los equipos punteros de la NBA, finalistas en el Este la temporada anterior, con jugadores como Walt Bellamy, Walt Hazzard y, sobre todo, Lou Hudson. Una plantilla en su totalidad formada por jugadores de raza negra tenía que dejar hueco a un chico blanco con un contrato solo comparable al de Wilt Chamberlain, lo que generó problemas y envidias desde el principio. El equipo comenzó mal, con Pete muy lejos de su nivel anotador, perdiendo muchos balones y con muchos problemas para superar a bases rivales, lo que le llevaría a sentirse solo y a asilarse del resto de sus compañeros. La temporada acabó con un récord de 36-46, cayendo eliminados en primera ronda de playoffs, el mismo resultado que se daría el año siguiente. Sin su padre a su lado, las críticas eran difíciles de encajar y, aunque era el segundo máximo anotador en 1974 y All-Star, el equipo no funcionaba.  Así, empezó a sentirse frustrado con el baloncesto, pensando en dejarlo, volviéndose un solitario con cantidad de paranoias rondando su cabeza y bebiendo demasiada cerveza. Ejemplo de ello fue su obsesión por los ovnis y cualquier tipo de vida extraterrestre, lo que le llevó a subirse al techo de su apartamento y pintar en grandes líneas rojas “LLEVADME”.

Así, los Hawks decidieron en 1974 que era suficiente y decidieron traspasar a Pete a una nueva franquicia en expansión, los New Orleans Jazz, donde no encontraría ningún tipo de celos o rencillas con sus compañeros. Parecía un buen lugar donde empezar de nuevo y recuperar las sensaciones de su época universitaria, pero la tragedia iba a llamar a la puerta de Pete. El 10 de octubre de 1974, poco antes de empezar la temporada, Helen, su madre, decidió suicidarse disparándose en su propia casa. Con Pete y Press fuera de casa continuamente, su vida estaba relegada a la soledad y al alcohol desde hacía mucho tiempo, lo que la llevó a una severa depresión. Eso afectó a Pete, quien no tuvo una gran temporada, alejado de sus registros anotadores, lastrado por las lesiones y avocado a momentos de pequeñas depresiones y alcoholismo. Para la siguiente decidió cambiar por completo, abandonando sus viejos calcetines, su mostacho y su número 44 por el número 7, además de abandonar el consumo de carne. Promediando 25’9 puntos por noche, fue incluido en el All-NBA First Team y elegido para disputar el All-Star Game, siendo el mejor base del campeonato. La estabilidad le llegó a principios de 1976 cuando contrajo matrimonio con Jackie, su novia desde los tiempos de LSU.

Jugando en el masivo Superdome, Pete lentamente volvió a recuperar parte de la pasión por el baloncesto que había perdido en los años anteriores, desarrollando un baloncesto espectacular, con varias noches para el recuerdo, como la del 25 de febrero de 1977, cuando le endosó 68 puntos a los Knicks de Frazier, Monroe y McAdoo. Hasta entonces, solo Wilt Chamberlain y Elgin Baylor habían anotado más puntos que él en un partido NBA. De nuevo fue All-Star e incluido en el All-NBA First Team, acabando como el mejor anotador de la temporada con un promedio de 31.1 puntos. “En los partidos que los Jazz jugaban en casa, si anotaban más de 100 puntos, cada espectador tenía derecho a patatas fritas gratis”, recordaba Buddy Diliberto, periodista de la ciudad, “así que cuando el equipo estaba sobre los 90 puntos en los minutos finales la gente gritaba ¡Pistol, Pistol, Pistol, patatas gratis!”. Durante un partido engañó a todo el mundo haciendo ver que iba a pasar el balón a su izquierda cuando en realidad asistió sin mirar a su compañero en la derecha para una bandeja fácil. Un árbitro le pitó pasos y Pete enfurecido se fue hacia él gritando “¿Pasos? ¿Cómo puedes saber que son pasos? Nunca antes has visto un movimiento como ese”.

Mientras tanto, su búsqueda de paz, diversión y un sentido que dar a su vida se había agrandado, convirtiéndose en un vegetariano, dejando de lado el pan, el azúcar y la sal en sus comidas, pero aún bebiendo gran cantidad de cerveza y pensando en la llegada de extraterrestres y el fin del mundo. Aún así, instalado en la cima, estaba luchando por guiar a los Jazz a los playoffs, siendo el máximo anotador de la NBA, cuando el 31 de enero de 1978 se lesionó su rodilla ante los Braves de Buffalo en el momento en que daba su decimoquinta asistencia de la noche. Tras ello, nunca volvió a ser el mismo. Pete jugó una temporada más con los Jazz, pero era obvio que física y mentalmente estaba lejos de su mejor nivel. Había noches donde hacía grandes actuaciones pero su pasión por el juego se había extinguido, siendo cortado por los Jazz a mediados de la temporada 79-80 y disputando el último tramo de la temporada con los Celtics, en un último intento de conseguir el anillo de campeón. Eliminados por los 76ers en las Finales del Este, decidió poner punto y final a los 33 años antes del inicio de la temporada en la que Boston, irónicamente, alcanzaría su 14º campeonato.

Tras su retirada, llegaron los dos peores años de su vida, tratando de encontrar un sentido a su vida que no halló con su estricta dieta vegetariana, el yoga, la astrología, la hipnosis, el hinduismo, la meditación o el estudio de posibles vidas extraterrestres. Relegado a su casa y alcohólico, ni siquiera la llegada de su segundo hijo le quitaba sus pensamientos de suicidio: “Muchas veces el suicidio se me vino a la mente”, declaró, “todo lo que tenía que hacer mientras conducía mi coche a 150 km/h era girar un poco las ruedas y sería historia. Todo el mundo diría que fue un accidente”. Su vida transcurría así hasta una noche de noviembre de 1982 en la que, inmerso en pesadillas y sudores escuchó: “Sé fuerte. Levanta tu corazón”. Era la voz de Dios. Desde aquel momento, su vida cambiaría radicalmente “era la primera vez que sentí felicidad verdadera”. Volvió a lucir una sonrisa dejando el alcohol, inaugurando un campus de verano anual para niños y leyendo la Biblia durante horas cada día. Su vida estaba enteramente dedicada a sus hijos y a Dios, viajando por todo el país para dar discursos en iglesias, parques o auditorios. Incluso trató de inculcar esas ideas a su propio padre cuando a éste le fue diagnosticado un cáncer terminal a finales de 1986. Cuando Press falleció en abril de 1987, Pete le susurró al oído “te veré pronto”.

Nueve meses más tarde, el 5 de enero de 1988, Pete viajó a California para ser entrevistado en el programa católico de radio de James Dobson. Un gran amante de los deportes, Dobson solía programar partidillos informales de baloncesto en el gimnasio de la Iglesia de los Nazarenos, en Pasadena, y esta vez no iba a ser diferente. A primera hora de la mañana estaban disputando un 3 contra 3 cuando todos se tomaron un descanso tras 20 minutos. Algunos fueron a beber agua mientras que otros salieron fuera del gimnasio a tomar aire. Pete se quedó lanzando a canasta mientras que Dobson le pasaba el balón. En mitad de sus lanzamientos, Dobson le preguntó “¿Cómo te sientes?”, a lo que Pete respondió “Me siento genial”. Inmediatamente después, el cuerpo de Maravich cayó, impactando contra el parquet. Creyendo que se trataba de una broma, sus compañeros se acercaron al lugar, pero sus ojos estaban en blanco y el color de su piel se había vuelto pálido. No hubo ruido de sirena en la ambulancia, ni luces rojas, ni una gran velocidad. Pete Maravich, nombrado miembro del Hall of Fame unos meses antes, había fallecido de un ataque al corazón a la temprana edad de 40 años haciendo lo que más le gustaba. Unos días después, la autopsia desveló que había nacido con una malformación en su corazón, con una arteria coronaria en lugar de las dos habituales, algo que no había sido detectado en ningún examen clínico en toda su carrera profesional.

Diez años más tarde, en el All-Star de 1997, sus hijos y su esposa se subían al pódium al oír su nombre por megafonía como uno de los 50 mejores jugadores de la historia. Durante todo el fin de semana, Josh y Jaeson, ya adolescentes, no dejaron de escuchar historias, anécdotas y leyendas sobre su padre de boca de Magic Johnson, Isiah Thomas, Charles Barkley, George Gervin o Kevin McHale.

Cuando el corazón de Pete Maravich dejó de latir, dejó para el recuerdo unos viejos calcetines gastados, un peinado como el que lucían los Beatles en los 60, cantidad de movimientos de todo tipo en videos en blanco y negro que sobrevivieron a las nuevas tecnologías y aparecen en Youtube, récords de anotación que parecen irreales y miles de aficionados que aún hoy inmortalizan su nombre. En el primer volumen de su autobiografía, Bob Dylan escribió “La radio estaba dando las noticias aquella mañana y me quedé helado al oír que había fallecido. Le había visto jugar en New Orleans y era algo digno de ver, con su flequillo y sus calcetines caídos, un mago sobre la cancha. Podría haber jugado ciego”.

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