Allí, en la cancha del instituto, un chaval de 15 años delgadito y risueño, abraza a su colega tras no haberle visto tras un buen tiempo. Este, con unos kilos de más y una sonrisa más vacilona, segundos después, señala al fondo perplejo, viendo a un terremoto sacudir el aro con una felicidad pasmosa y energía vibrante.

Como si de una historia de amor se tratase, lo relatado sucede en París. Más concretamente, en el INSEP (Instituto Nacional de Educación Física). Un cuantioso grupo de jóvenes de 15 años comienzan su andadura en una nueva aventura. Provenían de diferentes lugares y regiones del país con el fin común de proseguir con su carrera estudiantil, pero acompañándola de un poderoso programa deportivo de diferentes modalidades. Aquel pequeño barrigón tendría un anillo de la NBA y el joven esmirriado obtendría tres más a lo largo de su carrera. El corpulento chaval que reventó la canasta con un feroz mate tuvo una historia de superación de mayor importancia que cualquier campeonato.

La vida de los jóvenes Boris, Tony y Ronny se volvió inseparable durante esos años en París. Con el baloncesto como nexo común, los tres vivieron día a día, codo con codo, en prácticamente todas las actividades que realizaban, hasta el punto de que incluso a pesar del fin del curso en el instituto, la selección francesa les seguía uniendo en sus vacaciones.

Al finalizar estos estudios, Parker y Diaw se harían profesionales en Francia, mientras nuestro protagonista, Turiaf, decidió cruzar el charco y embarcarse en un nuevo viaje. La Universidad de Gonzaga le esperaba en Estados Unidos.

Los Zags fueron una segunda casa para el de Martinica. Como freshman dejó pinceladas de lo importante que podría llegar a ser para el equipo en años venideros, y en ese mismo verano, de nuevo junto a sus colegas de instituto, no dejó a nadie indiferente en el Europeo sub 20. Aquella selección, que acabaría siendo el génesis de la generación dorada francesa, conseguiría el bronce. Y Ronny Turiaf rindió a un nivel sobresaliente.

Pero esto solo fue el inicio. Conforme pasaban las horas, los entrenamientos, los días, el joven Turiaf progresaba de manera excelente. Tal fue el punto de su progreso, que en su temporada de sophomore se echó el equipo a las espaldas, siendo la piedra angular del proyecto universitario, y a pesar de no acompañar los resultados y de avistar un posible salto a la NBA decidió quedarse en el equipo.

Y de esta forma, el de Martinica completaría su ciclo como Bulldog. La mirada de Ronny se centraría en Chicago a partir de ese momento. El pre-Draft se convirtió en su prioridad y buscaría una oportunidad en la mejor liga del mundo. Y así fue. La encontró.

“Con el número 37 del Draft del 2005, Los Ángeles Lakers seleccionan a Ronny Turiaf, de la Universidad de Gonzaga”.

Conseguido. De repente, aquel jovenzuelo se unía a Tony y Boris en la mejor liga del mundo. Un sueño cumplido que quién sabe si los tres visualizaron juntos en aquel tiempo que se conocieron en el instituto. Jugar junto a Kobe en una de las franquicias más laureadas de la historia. El glamour de Los Ángeles, Hollywood y la misión de devolver a la franquicia a donde se merecía, tras el solar que dejó la marcha de Shaquille O’Neal. El momento que vivía Turiaf era insuperable, había tocado la gloria.

Tras unos entrenamientos y diferentes pruebas físicas, John Moe, doctor de la franquicia, se acercó a Ronny. Con gesto serio; no lo habitual. La expresión facial rompía con la felicidad que desprendían las anteriores conversaciones que habían mantenido. John fue directo. “Ronny, hay un problema con tu aorta”. Su arteria se dilató en exceso desde el ‘workout’ previo a su elección hasta los primeros entrenamientos del ‘training camp’.

Sin que a Ronny le diera tiempo a articular palabra, John siguió: “Hay dos opciones a partir de ahora; 1, te mantenemos como estás, tomando anticoagulantes a lo largo de tu vida y dejas de hacer actividad física; 2, te operamos y puede que vuelvas a tener una oportunidad de jugar”.

Las complicaciones de este ámbito son de un riesgo máximo para la vida de las personas. La operación a corazón abierto huelga decir que es la más arriesgada para el cuerpo humano y había muchas probabilidades de que ciertas cosas salieran mal. De esta forma, los Lakers anularon de manera inmediata su contrato de rookie.

“¿Cuándo me opero?”, preguntó Ronny.

Le daba igual, él tenía que llegar a la meta y no podía bajarse del barco ahora, también seguramente impulsado por su ignorancia biológica. No conocía la trascendencia del problema pero, simplemente, no era el momento de abandonar.

John dejaría a Ronny pensar qué decisión tomar y le instó a que se tomara su tiempo. Él aceptó y llamó a sus más allegados, mamá y papá. A su madre no había que explicarle nada sobre la decisión que había que tomar, ella dejaría a su hijo elegir lo que mejor le pareciese sin decir nada al respecto, pero siempre desde la preocupación como madre. Su padre fue más directo y le dijo que prefería tener un hijo vivo que un campeón muerto. La vida es más que baloncesto, que valorase cada punto de esta decisión.

Los momentos eran extremadamente duros dentro de la cabeza de Turiaf. Esta situación fue un duro ejemplo de que al igual que un día estás en la cima, al siguiente puedes estar en los infiernos.

Finalmente, tomó una decisión. Se operaría. Al fin y al cabo, dedicó su vida al baloncesto y si había algún motivo por el que correr un riesgo como este, era por el baloncesto. Se marchó de casa a los 15 años para buscar su sueño y no podía dejarlo escapar justo en la puerta de entrada.

Llegó el día y allí estaban sus padres, su compañero de habitación en Gonzaga, Brian Michaelson, Tommy Lloyd, asistente en Gonzaga, y su pareja de por aquel entonces. Ellos serían los primeros en saber lo que sucedió horas después de que Ronny entrara en el quirófano.

Aquello que sucedió, fue que el corazón se detuvo. Quizás demasiado, lo suficiente como para no poder recuperarlo. Un coágulo de sangre se produjo y complicó la intervención. Era necesaria una segunda de urgencia. Los presentes, con el corazón en un puño, esperaban ansiosos al desenlace.

Ronny saldría bien de esta última operación, con el desconocimiento de que se había producido, hasta que los allí presentes se lo dijeron. En ese momento se dio cuenta cómo de cerca estuvo de cumplir un sueño, tanto como de que tu vida pueda pender de un hilo en tan solo semanas.

Tras la operación pudo mantener una cena con su hermana pequeña y sus padres. Todos juntos en una mesa tras años de no poder haberlo disfrutado al estar separados. La perspectiva cambió para él. Apreció cada pequeño gesto o detalle como este y se sintió más afortunado que el día del Draft.

A la hora de solventar la deuda de la operación con el hospital se encontró con que ya habían pasado un cheque. A nombre de Los Ángeles Lakers. La franquicia se hizo cargo de todo gasto de las complicaciones de Turiaf. En ese momento, el jugador entendió que no podía fallar en su camino a la meta. Tenía que llegar a cumplir su sueño, y de esta manera, devolver a familiares y a la propia franquicia, en especial al Dr. Buss y la confianza que depositó en él.

Más tarde, buscaría información de cómo recuperarse tras este duro golpe y volver a las canchas lo antes posible. Aquí aparece la figura de Fred Hoiberg, actual entrenador de Chicago Bulls. Hoiberg jugaba en la liga y estaba en su mejor momento, liderando la liga en porcentaje de tiros de 3, pero sin avisar… boom. Se le detectó una aunerisma aórtica, muy relacionado con lo observado en Ronny. Su caso fue el primero de un jugador que sufrió una operación a corazón abierto. Bien es cierto que nunca pudo volver a las canchas, pero el apoyo que le otorgó fue excepcional. Fue su guía en este largo camino. Fred fue una de las razones por las que el periodo de recuperación se iba acortando. Hasta que llegó el día.

8 de febrero de 2006, Staples Center. Los Ángeles Lakers – Houston Rockets. A falta de un minuto para la conclusión, Phil Jackson buscó en el banquillo a Ronny. “¿Quieres salir?”, preguntó el maestro Zen.

Ronny se quitó las prendas que llevaba encima de la equipación con un ansia tremenda y se dirigió a la mesa a pedir el cambio.  Y así fue su retorno. Algo perdido en la pista, pero le daba absolutamente igual. Estaba jugando en la NBA. Por fin alcanzaba su sueño.

Foto: AP Photo / Kevork Djansezian

De aquí en adelante comenzó la historia que debió vivir el joven Ronny desde un principio. La historia de mostrar esa energía en la cancha y no fuera de ella por recuperarse. La felicidad hecha persona, donde su carácter tan afable contagiaba a sus compañeros allá donde fuera, sin importar la situación o el equipo en el que estuviera. Lakers, Warriors, Knicks, Heat, Wizards, Clippers o Timberwolves. Decía Jamal Crawford que Ronny era el mejor compañero de equipo de la historia. Y no le faltaba razón. Daba igual su rol, 100% en la cancha y fuera de ellas, viviendo la vida, agradeciendo cada momento que le regala, sabiendo que en su día estuvo todo perdido.

Además, ejerció de mentor y ayudó a otros jóvenes que compartían el mismo sueño que el suyo y que desgraciadamente vivieron problemas parecidos a los suyos. Jeff Green, Channing Frye o Chuck Hayes agradecieron la ayuda indispensable de Turiaf en sus problemas cardíacos.

Algunos se atrevían a criticar su poco peso dentro de algunas rotaciones o que quizás su carrera no había sido la esperada en cuanto a rendimiento. Al final, Ronny disfrutó de Los Ángeles, sintió el calor de la afición y la franquicia y aprendió de uno de los mejores talentos de la historia, Kobe. Compitió al lado de Carmelo, LeBron James, Dwayne Wade, Chauncey Billups, Pau Gasol, etc., y fue entrenado por nombres de postín como Phil Jackson, Don Nelson, Rick Adelman o Mike D’Antoni.

En su último stage en la mejor liga del mundo tenía que dejar la huella y el gesto de agradecimiento que podía hacer en lo que le quedaba en la liga, fue insuperable. Su número habitual, el 21, tan bien llevado por KG en los Wolves, sintió que no podía mancharlo, y decidió llevar el 32 de Fred Hoiberg como homenaje a aquella persona que ayudó de manera vital y desinteresada a su persona.

De esta manera se acababa un viaje para Ronny, una persona ya más madura que aquella que se divertía con Tony y Boris, pero que ahora afrontaba otro viaje que lleva disfrutando con más ansia que nunca, desde aquel día que su corazón se paró. La vida más allá de las canchas.

Si te ha gustado, suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada del mejor baloncesto para leer. Kwame Brown no lo hizo y mira en que quedó su carrera.