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Reflejos

Los tres milagros de Bernard King en 1984

Jaco1978@hotmail.com'

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Su pasado había marcado sus primeros años en la NBA. Uno oscuro, alejado de los flashes. Esos que lo iluminaban ya en sus años de universidad. Sports Illustrated dedicó un artículo, en 1976, a la pareja más explosiva de la NCAA. En Tennessee jugaban dos neoyorkinos que no parecían tener nada en común, salvo el deporte que practicaban. Ernie Grunfeld, un rumano judío, y Bernard King, un chico negro de Brooklyn, se alejaron de la capital del mundo, juntos, para convertirse en estrellas en Knoxville, una urbe tan distinta a la que les había visto crecer, para ser dos auténticas máquinas de anotar. Cuando la prestigiosa publicación sacó aquella pieza, ambos estaban entre los diez máximos cañoneros de la competición. Sin embargo, sus carreras profesionales, pese a compartir algunos episodios, no fueron paralelas. King hoy es leyenda. Grunfeld nunca destacó entre los mayores. Su amistad, eso sí, sería para siempre.

Aquel texto de Sports Illustrated hablaba solo del apartado deportivo. Fue en la serie documental de ESPN, 30×30, cuando salieron a la luz otras cuestiones que daban pistas respecto al carácter de King y sus desconcertantes primeros años en la liga. Siendo niño, Bernard no conoció el amor. Su madre le pegaba cuando, por ejemplo, no iba a la iglesia, y ni ella ni su padre se dignaron a aparecer en ningún partido de su hijo en la escuela secundaria, cuando ya se trataba de una figura emergente. Posteriormente, en sus años como jugador universitario, sufrió abusos verbales y físicos por parte de la policía racista de Tennessee. Allí fue arrestado varias veces por infracciones de tráfico, conducir en estado de ebriedad, posesión de marihuana, robos y resistencia a la autoridad. Un chico negro difícil en un Sur todavía marcado, mala combinación. Incapaz de hablar de estos asuntos, buscó consuelo en el alcohol.

Tan talentoso como problemático, King salió a los 22 años de los Nets rumbo a Salt Lake City vía traspaso. En New Jersey era nuevamente detenido por conducir borracho, sin licencia y en posesión de una pequeña cantidad de cocaína. Llegar en estado de embriaguez a los entrenamientos colmaría la paciencia de los directivos. Seguramente tratando también de ayudarlo, optarían por los Jazz como destino. Adrian Dantley era la estrella mormona y Pete Maravich el gran ídolo local. Su liberación podía estar entre ellos, no necesitando ser el líder. Pero su problema se fue agrandando, hasta el punto de perder el control una noche en la que se declararía culpable de intento de agresión sexual tras pasar en seis ocasiones por el detector de mentiras. Tampoco allí encontró la paz. Solo 19 encuentros y la búsqueda de una última oportunidad en Oakland. Justo en California, donde tantas tentaciones existían, logró controlarse. Pese a las sombras en la relación con su progenitor, recordó cómo este salía cada mañana para trabajar en la obra, inspirándose en él y negándose a darse por vencido. Y tan lejos de la costa que conocía desde pequeño, renació.

Tras dos buenos años en los que los Warriors se quedaron a las puertas de disputar los Playoffs, regresó a New York. A su casa. A donde quería estar. Se reencontró con Grunfeld y con las eliminatorias por el título, a las que únicamente había accedido en su segunda campaña como profesional. Superó a sus ex, New Jersey, en un duelo que le enfrentó a su hermano Albert. 40 puntos la primera noche, 18 la segunda. Albert, 17 y 25. Dos a cero. Claro que Philadelphia sería un rival inalcanzable. Y así, llegamos a la temporada 1983-84.

31 de enero y 1 de febrero de 1984. Primer milagro.

“Fue increíble. Imparable. Acaba de hacer un ‘back-to-back’ de 50 puntos. Es otro rollo”, decía Mark Aguirre, jugador de los Dallas Mavericks. Fue en Texas. Ocurrió las noches del 31 de enero y 1 de febrero de 1984. Bernard King ponía a sus Knicks 26-18. San Antonio y Dallas. Los Spurs caían por 117 a 113. Los Mavs, 105 a 98. La última vez que alguien había alcanzado los 50 puntos en dos noches consecutivas fue en 1964. Se trataba de Wilt Chamberlain. Y tampoco nadie, desde 1967, había sumado tal cantidad de puntos en dos choques seguidos: fue Rick Barry. Aguirre, al ser entrevistado, no podía hacer otra cosa que alabar el hito y aceptar lo que acababa de ocurrir. El día 4 de febrero culminaría la gira texana con otros 25 puntos en Houston. 103 a 95. Tres de tres. 125 puntos.

Pero centrémonos en los dos primeros duelos. La estadística toma aún otra dimensión si hablamos de porcentajes. Entre los dos partidos, Bernard solo lanzó a canasta 58 veces. En 40 intentos, acertó. Nada menos que un 69% de efectividad. De locos. King aterrizaba en San Antonio promediando 24’4 puntos por noche. Era el quinto máximo anotador del campeonato. La semana anterior, en el All-Star, había sumado 18 tantos en 22 minutos. Fue en Denver. Desde allí voló a la ciudad del Álamo con Rick Pitino, entrenador asistente de aquellos Knicks dirigidos por Hubie Brown, un hombre que se cuidaba de liberar la ofensiva de sus pupilos, haciendo a King sentirse como pez en el agua. Contaba Pitino que a su chico le preocupaba que ante equipos no considerados de élite el balance no fuese tan bueno como ante los grandes. El 6-2 frente a Celtics, Sixers y Lakers no se correspondía con el 18-16 restante. De ahí una mayor determinación a la hora de afrontar la segunda mitad de la competición.

Foto: NBAE

En San Antonio se vivió un cara a cara de época. Un auténtico duelo en OK Corral. George Gervin, en su duodécima temporada en activo, seguía siendo uno de los mayores cañoneros de la NBA. Cuatro veces primero en la tabla de anotadores, era el líder de los locales. En el primer cuarto se fue hasta los 16 puntos. King sumaba la misma cantidad. En hasta nueve ocasiones en la primera mitad, una canasta anotada por uno de ellos fue contestada en la siguiente jugada por el otro. “Pude ver y sentir todo. Era como si tomase las decisiones correctas en el momento adecuado. Recibía el balón justo en las posiciones donde me gusta. No me importaba la defensa. Simplemente sentía que iba a salirme todo”. Aquella noche, los Knicks corrieron más de lo habitual: “Correr es lo que más me gusta. Mi nivel de percepción aumenta cuando corremos. No me considero un jugador creativo en estático. Pero existe un sistema que se impone al uno contra uno. Y nos funciona. Significa más anotar tanto dentro de ese sistema que siendo individualista”. Dentro de ese sistema, por supuesto, estaba el pasarle habitualmente el balón a Bernard en el poste bajo. Su capacidad única para girarse y su rapidez armando el brazo le daban ventaja incluso ante defensores más altos.

Al final del tercer periodo, King se enfrió. Con Gene Banks superado, los Spurs pusieron sobre él al rookie Fred Roberts. La ventaja de nueve puntos de New York se esfumó y ahora perdían por 105-110. King llevaba casi trece minutos sin anotar. “Miré el reloj cuando quedaban cuatro o cinco minutos y pensé que habíamos trabajado demasiado como para perder el partido”. En un lapso de 36 segundos, anotó tres canastas consecutivas que ponían a los suyos de nuevo por delante. Acabado el partido, los compañeros de King le llevaron bolsas de hielo para que se las pusiera, de manera simbólica, en su muñeca. Había superado al propio Iceman, George Gervin, quien se fue ‘únicamente’ hasta los 41 puntos.

El día siguiente, King, quien asegura no ser supersticioso, encargó al servicio de habitaciones del hotel la misma comida que en San Antonio y exactamente diez minutos antes de la charla técnica previa al enfrentamiento con los Mavs. Y del mismo modo que hizo la noche anterior, salió a tirar a canasta. “Traté de seguir el mismo patrón de San Antonio”. Y, como para poner a todo el mundo en aviso, añadió: “Algunas de mis mejores actuaciones han llegado en el segundo de los partidos consecutivos. Por lo general, suelo sentirme mejor la segunda noche”.

Esa segunda noche fue igual de espectacular que la anterior. Incluso dicen que parecía más relajado. Hubie Brown era entrevistado al final: “No se puede decir que sea espectacular. Crees que lleva 18 puntos y cuando levantas la mirada ves 32 en el marcador. Cuando llegando al final contemplé que ya estaba en 48. No podía entenderlo”. “Todo el mundo en nuestro ataque sabe que cuando Bernard recibe el balón, va a buscar la línea de fondo nueve de cada diez veces. Sus puntos nunca son fáciles”, añadía Pitino. Dick Motta, ‘coach’ rival, señalaría días más tarde, tras revisar el partido en vídeo, que King podía ver la canasta en la mitad de sus lanzamientos. No era necesario. Jamaal Wilkes, jugador de los Lakers, indicaba que King buscaba el contacto con otros jugadores debajo de la canasta porque de esa forma sabía dónde estarían sus defensores. “Me golpea más cuando ataca que defendiéndome”.

King no anotó su punto 50 contra los Mavericks hasta que restaban siete segundos. Los Knicks, deliberadamente, buscaron a su alero para que alcanzara la cifra. Rory Sparrow, base de equipo, botaba esperando al final cuando desde el banquillo comenzaron a gritarle que le pasara la bola. Bernard recibió en la línea de tres puntos, se marchó hacia la izquierda, se detuvo a media distancia ante la oposición de Jay Vincent. “Me dije a mí mismo, ‘esto no me lo pierdo’”. Giró entonces a la derecha y lanzó. “Jugué con el mismo deseo e intensidad de toda la temporada y como hice igualmente durante toda mi carrera. Fue un momento particularmente bueno en mi vida. Fue un buen momento para Bernard King”.

17 – 27 de abril de 1984. Segundo milagro.

Los Knicks ganaron 47 partidos en temporada regular, quedando quintos en su conferencia. Su rival en primera ronda, serían los Pistons, quienes tenían en factor cancha a su favor tras haber sumado dos victorias más que ellos. Detroit iba camino de convertirse en equipo aspirante. Isiah Thomas y Bill Laimbeer como caras más reconocidas, aunque por entonces otra estrella brillaba en la Motown: Kelly Tripucka. La grandeza de Bernard King quedaría patente en esa serie. A pesar de jugar con varios dedos dislocados en ambas manos (incluso entablillados para mantenerlos en su sitio) y pasar por una gripe a mitad de eliminatoria, King acabaría promediando 42.6 puntos por noche. 213 puntos en cinco partidos, en una portentosa serie de 84 de 139 (superior al 60 por ciento de acierto). El anterior récord de anotación en un cruce a cinco encuentros estaba hasta entonces en posesión de Elgin Baylor (197 vs. Detroit en 1961). “Elgin lo tuvo suficiente tiempo”.

Al ser cuestionado, en la previa al primer partido de segunda ronda ante los Celtics, sobre si su actuación había sido una buena racha, King mostró su enfado: “¿Por qué una persona no puede mejorar? ¿Por qué alguien no puede llevar su juego a otro nivel?”. Pese a perder por 110-92 aquel día, Bernard sumó 26 puntos en 32 minutos. La realidad es que estaba un escalón por encima del resto de jugadores a la hora de ver el aro.

El quinto partido de primera ronda fue un festival anotador. Isiah Thomas se marcharía hasta los 35 tantos y 12 asistencias. Pero los 44 y 12 rebotes de King pesaron más. El mérito es aún mayor si se tiene en cuenta que en el descanso, el alero de New York estuvo a punto de desmayarse tras sufrir una severa deshidratación.

Puede que aquel enfrentamiento no se hubiese disputado si los Pistons no hubieran tirado por la borda una ventaja de seis puntos en el primero de la serie, quedando apenas 1:16 por jugarse. Sin embargo, perdieron la bola en tres posesiones consecutivas. El 94-93 final otorgaba el factor cancha a los visitantes. Los 36 de King podrían haber parecido escandalosos, de no ser por su brutal segundo partido. Con problemas por sobreesfuerzo en sus rodillas y calambres en las piernas, además de los dedos dislocados mencionados anteriormente, se iría hasta los 46 puntos, incluyendo un asombroso primer cuarto, en el que en cinco minutos y medio encadenó hasta 23 tantos de manera consecutiva, rompiendo el registro hasta entonces en poder de Wilt Chamberlain y Walt Hazzard. Los locales empataban la eliminatoria, pero King sentía que podía hacer daño siempre que lo desease, ajustando su baloncesto ofensivo: “Busqué la deficiencia de cada jugador en defensa y traté de aprovecharme de ella”. Si era defendido por Tripucka, aprovechaba su mayor potencia de salto, si Kent Benson lo marcaba, se marchaba por velocidad, frente a Cliff Levingston o Earl Cureton, optaba por alejarse un poco más del aro. Chuck Daily admitía: “Intentamos pararlo, pero es absolutamente magnífico. Se levanta tan rápido que no puedes responder”. El problema aquella noche fue que el resto de los Knicks apenas lanzaron. De los 88 tiros de campo, 35 fueron suyos (la mayor cantidad de la temporada). “Si solo confías en un jugador, al llegar los momentos finales el resto no sabe muy bien qué hacer. Tienes que ser capaz de involucrar a los cinco en el juego”, matizaba Tripucka.

Las palabras de Tripucka se volvieron en su contra en el tercer duelo. De los 87 tiros de los Pistons, 46 serían suyos o de Thomas. Por el contrario, King solo miraría el aro 27 veces de las 86 de su equipo. La defensa de New York ahogó a los visitantes en la primera parte: solo 36 puntos. Y si bien Isiah anotaría sus 29 puntos tras volver de vestuarios, fueron insuficientes, como los 40 de Tripucka, ante el acierto coral local: hasta seis jugadores alcanzaron los dobles dígitos. King, como no podía ser de otro modo, sumó más que nadie: 46 puntos, 10 rebotes y 4 asistencias, con un acierto en el tiro superior al 70 por ciento. El cuarto partido se desarrolló a la inversa: esta vez fueron siete en la plantilla de Detroit los que se irían a más de 10 puntos. Y pese a que King volvió a superar los 40, no pudo evitar la derrota de los suyos. El banquillo visitante fue la clave en aquel encuentro. Entre los elegidos, Isiah Thomas sobresaldría del resto: 22 puntos, 16 asistencias y 7 rebotes. En palabras de Ernie Grunfeld: “Cuando botaba el balón entre sus piernas, nos volvía locos. Hizo que todo sucediese tan rápido que no parecía posible. Tras culminar una jugada pensábamos en el banco si realmente había sido capaz de hacer eso”. Otra llave fue el juego por encima del aro. “Nosotros no teníamos atletas como ellos”, reconocía King. “No siempre puedes ponerte delante de ellos y debes hacerlo. Esos tipos pueden saltar”, añadía Truck Robinson.

Foto: AP Photo / Bill Kostroun

En un partido a vida o muerte la experiencia puede jugar un papel determinante. Era la primera aparición de los Pistons en Playoffs en siete años. Tal vez pensando que no se llegaría a un quinto duelo, el viejo Pontiac Silverdome, pabellón habitual de Detroit, había sido alquilado para un evento de motocross. El Joe Louis Arena, un complejo en el centro de la ciudad, desconocido por la mayoría de los jugadores locales (se dice que Mike Abdenour, miembro del ‘staff’ técnico, tuvo que indicar cómo llegar a muchos de sus pupilos), albergaría el choque.

Fue épico. El calor del pabellón se hacía notar y King lo puso de manifiesto al ser cuestionado: “Era tan duro que casi me desmayo en el descanso. Estaba allí, pero a la vez no estaba. Parecía totalmente drogado”. A Bernard le señalaron su cuarta falta personal al principio del tercer cuarto, perdiéndose casi nueve minutos. Aun así, los Knicks mantuvieron su ventaja, que a falta de poco menos de dos minutos era de ocho puntos (106-98). Entonces apareció Thomas, quien anotaría 16 puntos consecutivos en 94 segundos. Se llegó al tiempo extra. Pero en la prórroga Isiah no pudo mantener el acierto, Laimbeer se cargó de faltas y Tripucka no fue capaz de arreglar su mala noche. Por el contrario, King añadió otros 4 puntos a los 40 que ya llevaba. Una de sus canastas, un palmeo en un rebote decisivo en forma de mate. “Aún no comprendo cómo lo hice. ¿Podría alguien en su sano juicio haber dicho antes de esta serie que tendría que promediar más de 40 puntos por noche para que ganemos? No lo creo. Afortunadamente, no creo que se espere que haga esto durante el resto de mi carrera”.

Los Knicks llevarían a los Celtics, a la postre campeones, a siete partidos en semifinales de conferencia. Cada equipo ganó los encuentros que disputaron como locales. En aquella serie, de nuevo King rayó a gran altura: 29.1 puntos con casi un 55 por ciento de acierto en sus lanzamientos. Claro que en el otro bando jugaba un tal Larry Bird, el mejor baloncestista del momento. 30’4 puntos, 10’6 rebotes, 7’1 asistencias y 2’7 robos con un 58’5% en el tiro. Para superar a los verdes otro milagro no era suficiente.

25 de diciembre de 1984. Tercer milagro.

Si la campaña 1983-84 había descubierto al mejor Bernard King, en la 1984-85 vio su mejor momento. Alcanzado el día de Navidad, lideraba la liga en anotación. Los Knicks llegaban al partido con varias bajas, de modo que King sabía que iba a tener que producir más de lo habitual. El duelo de mayor atractivo ese día era el enfrentamiento entre New York y New Jersey. Todas las miradas del baloncesto estaban pendientes del Madison Square Garden.

Para alguien nacido en la Gran Manzana, enfundarse la elástica local es vivir un sueño. Representar a su ciudad, el día de mayor interés televisivo, ante los vecinos (y rivales) el mayor de los desafíos. Se trata del pabellón donde jugaban los héroes de cuando era crío y por entonces conducir desde Brooklyn hasta allí ponía la piel de gallina a King. En sus propias palabras, “cada partido en el Madison es como Navidad”. Bien, pues en esta ocasión se jugaba en el Garden, en Navidad.

Bernard King sentía que, para él, jugar allí era una responsabilidad superior a la de sus compañeros. Representaba a la organización más grande de aquella urbe, su urbe. Y los aficionados sabían lo especial que era para el propio personaje. Cuenta King que una de las cosas de las que más orgulloso se siente, es que jamás lo abuchearon en el Madison Square Garden. “Los fans eran conscientes de que cada vez que pisé la cancha lo di todo, no me guardé nada”.

Arrancó el partido y enseguida se le vio muy cómodo. Reconocía cada espacio, leía con claridad las defensas contrarias. En los dos primeros cuartos ya se había ido a los 40 puntos. “La primera mitad más grande que he jugado en mi carrera”. Stan Albeck, coach de los Nets, probó con varios jugadores sobre King. Buck Williams, Michael Ray Richardson, Jeff Turner… El alero de los Knicks lo recuerda así: “Lo que hice en el partido es algo a lo que yo llamo ‘el arte de anotar para ganar’. Nunca hablé de ello siendo profesional, porque no quería que nadie supiera lo que estaba haciendo. Se trataba de lanzar estrictamente desde nueve lugares diferentes de cada lado del ataque, junto a otros cuatro puntos en el centro. Y como entendía las maneras de defender a un alero, todo lo que tenía que hacer era adaptar mis movimientos para contrarrestar esa defensa. Así, acabaré yendo a uno de esos lugares para tirar. Mi favorito, y por el que se me recuerda, es la línea de fondo”.

Pero el partido acabó en derrota para los locales. Los Nets, con Michael Ray Richardson, Mike Gminski, Kelvin Ransey y Buck Williams como pilares, se impusieron por 120-114. “Al final de cualquier encuentro no me preguntaba si había anotado 15 o 60 puntos. La pregunta era si habíamos ganado. Es lógico que meter 60 tiene un sabor dulce, especialmente cuando miras atrás en el tiempo y comprendes que sigue significando mucho para mucha gente, pero ese día solo sentí abatimiento. No pudimos ganar, no pudimos regalarle una victoria a nuestro público”.

Aquella noche, Bernard King arrebataba el récord de puntos en el Madison Square Garden a Richie Guerin, que anteriormente había alcanzado los 57. Su registro, aquellos 60 puntos, se mantendrían como máxima anotación en el pabellón neoyorkino hasta que Kobe Bryant lo superase en febrero de 2009. Unos 60 que también fueron durante 30 años la máxima anotación de un jugador de los Knicks. Carmelo Anthony, frente a los Bobcats, en enero de 2014, hizo 62. Aunque tales marcas hayan sido rebasadas, la gesta de King perdura en la memoria. “Hace poco, Spike Lee me llamó para hacerme saber que haría un anuncio sobre todos los partidos en los que se mencionaría mi actuación. Y ver que los aficionados me lo siguen recordando es como superar la prueba del tiempo”. Y es que esos 60 puntos sí que siguen siendo, todavía hoy, la máxima anotación en un partido el día de Navidad. “Es divertido. Cada Navidad quiero saltar a la cancha. Todos los jugadores quieren hacer un gran partido ese día. El mundo entero está observando”.

Tras 55 partidos en la temporada 1984-85, el 23 de marzo ante Kansas City Kings, Bernard King sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha. Era otra época y la medicina no alcanzaba a garantizar una recuperación satisfactoria. Pero tras casi dos años en blanco, volvía. Para obrar su último gran milagro. No en sus Knicks, camiseta que se enfundaría solo en otras seis ocasiones, sino en Washington. Aquel milagro data de 1991. Pero esa ya es otra historia.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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