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Reflejos

Guerreros del Peloponeso

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kevin garnett tim duncan

“La historia es un incesante volver a empezar”. – Tucícides, historiador griego.

Año 431 a.C. En la península del Ática, corazón de la civilización griega, se han dado cita dos de los mayores ejércitos que jamás conoció el mundo. La ambición y el poder han provocado un encarnizado enfrentamiento entre los que antaño fueron aliados. Esparta, que lidera una coalición de ciudades denominada ‘Liga del Peloponeso’, busca frenar la expansión de una pujante y desafiante Atenas, cabeza de la ‘Liga de Delos’. En el fondo, representa un choque entre dos civilizaciones que abanderan valores muy distintos. Como dos trenes destinados a colisionar.

Van a dar comienzo las Guerras del Peloponeso, un conflicto bélico que, durante tres largas décadas, servirá para que los griegos se aniquilen unos a otros. Nada volverá a ser igual.

Por los dominios espartanos se ha extendido la leyenda de un guerrero tan coloso como fiero. Se llama Kevintos Garnettias, nacido en la propia Esparta y forjado desde niño en el arte de la guerra. Los que le han visto en acción cuentan que es tan alto como las columnas de Hércules, pero que se mueve con la gracia y agilidad de un guepardo. Grita, ruge y se golpea el pecho antes de entrar en batalla, y es tan intenso que su sola mirada provoca pavor en el enemigo. La historia cuenta que otro Kevintos, de apellido McHelias, le recomendó muy joven para las tropas de élite espartanas, maravillado por su destreza y bravura. Ahora dirige un escuadrón de hóplitas que se hacen llamar los ‘Lobos’, por sentirse vástagos de una misma manada. Hace tiempo que Garnettias se ganó el respeto del clan merced a su fiereza. Cree en el honor y en la ley del más fuerte. Por su sangre corre el espíritu mismo de Esparta. Con él al lado, habrá más posibilidades de vencer en la gran guerra.

Desde la isla de Ceos, una de tantas perdidas en el Egeo, ha llegado para la causa Timmicles Dunkanos. Ya es, y a pesar de su precocidad, el mejor guerrero que tiene Atenas. Cuando era un niño, Dunkanos soñaba con usar el barco de su padre para salir a la mar y vivir de la pesca. Una noche, y con la luna como testigo, un huracán se presentó violentamente para hacer añicos su patria. Casas, barcos, templos…todo quedó destrozado. Dunkanos culpó directamente a Apolo, dios de los espartanos, y juró combatir para poder clamar venganza algún día. Muchos años después, el gran sabio Popovicles, señor y general de Atenas, le adiestraría como soldado. Ahora Dunkanos es conocido por su valor y frialdad en la batalla. Siempre lidera con el ejemplo, sin hacer grandes aspavientos, y sus hombres le admiran por ello. Cree en la democracia, en la fortaleza del grupo y en la virtud de la modestia. Es uno de los hombres más nobles de toda Grecia.

Dentro de muy poco, y aunque no lo sepan, Garnettias y Dunkanos se verán las caras en los áridos campos del Ática. Son tan antagónicos que es como si hubieran nacido para odiarse. De hecho, hasta los caminos azarosos del destino dictaminaron que su entrada en el mundo se produjera con apenas un mes de diferencia. En otra vida podrían haber sido hermanos, gemelos incluso, pero no en esta.

La guerra espera.

Han pasado más de 2.400 años. La existencia en el primer mundo es radicalmente distinta. Con contadas excepciones, los estados y las naciones ya no se disputan la supremacía a base de machetazo limpio. Ahora importa más saber plegarse a la voluntad de los mercados. El mundo entero es una empresa. Avanzan las tecnologías, crece el nivel de vida, llega Internet y la perspectiva de afrontar un nuevo milenio. Pero aunque es otra época, hay algo que no ha cambiado. El afán por batallar, antaño manifestado de forma literal, ha terminado mutando. Ahora son los deportes profesionales, como continuación de la guerra por otros medios, los que llevan la voz cantante. En el fondo, ese instinto natural por competir y machacar al adversario sigue latente, oculto en cada corazón humano.

Estamos en 1999. Las almas de Garnettias y Dunkanos no se han perdido, más bien han adoptado otro cuerpo, otra vida y otro nombre. Ahora se llaman Kevin Garnett y Tim Duncan, son superestrellas de la NBA, y van a enfrentarse por primera vez en una serie de postemporada. Los San Antonio Spurs, que han cosechado el mejor record de la liga en un curso marcado por el cierre patronal, reciben en primera ronda a unos inexpertos pero hambrientos Minnesota Timberwolves. Las espadas están en todo lo alto.

A los pocos minutos de comenzar el primer partido, y en una de esas interminables refriegas en el poste bajo, los colegiados señalan falta sobre Garnett. Furibundo y soflamado por una pasión incontrolable, no se dirige a los arbitros sino que encara directamente a Duncan, como apuntando al verdadero culpable. Por su boca salen escupidos mil demonios mientras la estrella de los Spurs le observa con gesto socarrón y relajado. Se puede palpar el odio con las manos.

https://www.youtube.com/watch?v=ll1Snhuz4eQ&t=366s

(Minuto 05:38)

Llega el cuarto encuentro, esta vez en Minnesota y con los Wolves a una derrota de ser eliminados. A poco de que finalice la primera mitad, ambos equipos se enzarzan debido a una dura falta de Joe Smith sobre David Robinson, pívot titular de San Antonio. En el fragor de la escaramuza acude presto Garnett para ladrarle al ‘Almirante’. Justo en ese momento llega también Duncan para tratar de poner orden y separar a los contendientes. Garnett, visiblemente molesto por la actitud condescendiente de Duncan, dispara un sopapo seco en la nuca como el que no quiere la cosa. Duncan, experto en mantener siempre la calma, no puede evitar estallar y le recrimina el gesto con buen criterio. “¡¿A ti qué cojones te pasa?!”

Vuelven los empujones. Vuelve el caos. Es lo de siempre.

Antes de que Tim Duncan (abril de 1976) y Kevin Garnett (mayo de 1976) pusieran un pie en este universo, los Dioses (en singular o plural, según cada cual) ya habían decidido que sus destinos irían unidos eternamente. Tal vez era una especie de macabro equilibrio cósmico, la sensación de que los opuestos se complementan y se necesitan mutuamente para crecer. No lo sé. El caso es que durante casi dos décadas, las carreras de ambos discurrirían prácticamente en paralelo, hasta el punto de decidir marcharse al mismo tiempo. Hasta llevarían el mismo dorsal.

Garnett llega a la liga en 1995 con la vitola de ser el único jugador desde Moses Malone, Darryl Dawkins y Bill Willoughby (1975) en dar el salto al profesionalismo sin pasar por la universidad (el otro fue Shawn Kemp, que sí llegaría a estar matriculado en un centro colegial, aunque nunca debutaría debido a problemas extradeportivos). No solo representa un mero modelo deportivo, también se identifica con una posición social, e incluso moral. Desde muchos puntos de vista, no es más que la viva expresión del too fast too young (demasiado joven y demasiado pronto), un ejemplo evidente de lo comercial y absurda que se ha vuelto la liga. Por si fuera poco, ese mega contrato firmado en octubre de 1997 con Minnesota (record histórico en su momento) acabará precipitando el lockout de la 1998/1999, cuando una serie de poderosos bolsillos temblaron pensando en las posibles consecuencias. Aquello amenazaba con crear una tendencia, y la mayor parte de los propietarios no estaban dispuestos a hipotecarse con jugadores tan jóvenes. Ni por asomo. Solo el paso del tiempo acabaría dando la razón al propio Garnett. La mezcla excelente de rendimiento, trabajo y compromiso rentabilizaría cada centavo de aquella operación.

Garnett y Duncan

NBAE

Duncan aterriza un par de temporadas después, en 1997, y lo hace abanderando un modelo completamente distinto. Es el representante de una filosofía que resulta mucho más simpática a ojos de la vieja escuela. Ha completado sus cuatro años de formación universitaria en Wake Forest, lugar donde, gracias a la magnífica labor de Dave Odom, ha ido puliendo progresivamente su juego hasta convertirse en la pieza más codiciada del país. De tal manera que ser drafteado en primera posición por San Antonio es el siguiente paso lógico. El discurso mediático concibe a Duncan como un jugador que quema etapas de manera mucho más natural, y que no está intoxicado por las extravagancias de la era moderna. Lo cual es verdad hasta cierto punto. Su carácter discreto y comedido, unido al caché que le aporta ganar el campeonato de 1999 con los Spurs siendo el mejor jugador del equipo, es el broche de oro para escribir la historia perfecta. Aunque para los medios pueda resultar en ocasiones aburrido, y pese a que apenas regale titulares jugosos, lo cierto es que en la práctica Duncan personifica al deportista ideal.

Pero hay otra cosa, quizá lo más importante de todo: ambos juegan en la misma posición, la de ala-pívot, lo que equivale a defenderse mutuamente la mayor parte del tiempo. No pueden escapar el uno del otro, y aunque pudieran, tampoco lo harían.

Todo ello acabará siendo el caldo de cultivo perfecto para que germine la rivalidad más auténtica, apasionada y visceral que ha conocido la NBA del siglo XXI. Cada partido en el que se citaban, aunque fuera un enfrentamiento de liga regular en apariencia intrascendente, significaba un mundo para ambos contendientes. Sencillamente se convertía en una cuestión personal.

Por ejemplo, en un encuentro disputado en febrero de 2002, ambos serían expulsados al mismo tiempo merced a un encontronazo verbal ocurrido durante el tercer cuarto. Un empujón de Garnett sobre Parker, que no gustó nada a Duncan, provocaría el ciclo de réplicas y contrarréplicas. No hacía falta más. Con la primera frase Duncan haría oídos sordos, con la segunda solo emitiría un escueto “Tú lo flipas chaval”, pero con la tercera no aguantaría más: al darse la vuelta y contestar acabaría cayendo en la trampa de Garnett. Al día siguiente, la NBA revocaría la decisión y levantaría la suspensión a Duncan (no así a Garnett), pero el daño ya estaba hecho. Para un tipo que habitualmente se mostraba como un muro de hielo impenetrable, escuchar aquella voz le sacaba automáticamente de quicio. Con nadie más le ocurría.

La rivalidad llegó a ser tan extrema que inclusó podría confundirse con odio. En un magnífico reportaje de Sports Illustrated publicado en 2012, y dedicado a indagar en la personalidad de Tim Duncan, el periodista Chris Ballard llegaría a escribir lo siguiente:

“De hecho, Duncan odia a Garnett. Le odia de la misma manera que los progresistas odian a Sean Hannity. Esta información procede de fuentes muy fiables. Hablan de cómo KG ha intentado abusar y acosar a Duncan durante toda su carrera, buscando provocarle y vacilándole con frases susurradas al oído. Hablan de lo gracioso que es esto, porque lo peor que puedes hacer es enfadar a Duncan. Como dice Malik Rose, ‘si haces eso te dará por el c***’. Duncan, no obstante, se mantiene diplomático con el tema. Preguntado sobre si quizá todos esos años de rivalidad han suavizado sus sentimientos hacia Garnett, transformando la relación en una amistad como la de Bird-Magic, Duncan se estira en su sofá y pone cara de circunstancias. Hay una pausa. Una segunda pausa aún más larga. Finalmente responde: ‘Define amistad’.

Duncan y Garnett

NBAE

En otra pieza de 2012, esta vez publicada por la ESPN y firmada por Aaron McGuire, se comentaba lo siguiente:

“Para mí, la rivalidad más intensa de la última década se apoya sobre el odio retroalimentado que sienten Kevin Garnett y Tim Duncan. Los dos ala-pívots se profesan un desprecio absoluto y el odio fluye cada vez que se enfrentan. Prestad atención a los pequeños detalles. Gestos, muecas y expresiones. Es una salvajada.”

Lo irónico de todo esto es que a pesar de las circunstancias, y a diferencia de otras grandes rivalidades, Garnett y Duncan nunca tendrían la oportunidad de enfrentarse en unas Finales. Ya fuera porque durante buena parte de sus carreras coincidieron en una misma Conferencia, o porque sus equipos rara vez se encontraron en situaciones competitivas análogas. Mientras que Duncan disfrutó de un contexto muy favorable para sus intereses desde el mismo principio, Garnett se vería obligado a soportar la carga de plantillas menores durante casi toda su trayectoria en Minnesota (a excepción de 2004, cuando solo la lesión de Cassell privó a los Wolves de poder eliminar a Lakers en Finales de Conferencia, que a su vez habían eliminado a los Spurs de Duncan en la ronda anterior).

Cuando Garnett ficha por los Celtics en el otoño de 2007, la ventana de los Spurs de Duncan comienza a cerrarse. Sí, es cierto que venían de ganar el campeonato, pero el grupo era un año más viejo, y además, los Lakers habían vuelto a reclamar el liderazgo del Oeste tras el fichaje de Pau Gasol. Unos pocos años después, Popovich se apoyaría en su genialidad para transformar y relanzar a los Spurs (llegan nuevos jugadores de rotación, el ritmo general se acelera, y el punto focal ofensivo vira hacia Parker-Ginobili). Todo ello ocurre justo en el momento en el que los Celtics de Garnett, que a título individual ya no volvería a ser el mismo merced a una terrible lesión de rodilla sufrida en 2009, comienzan a experimentar un evidente declive. Sí, se colarían en las Finales de 2010 gracias a una tremenda demostración de orgullo, y jugarían las Finales de Conferencia de 2012 ante Miami (al mismo tiempo que San Antonio se disputaba un pase a las Finales contra Oklahoma), pero el proyecto empezaba a mostrar síntomas claros de agotamiento. Más allá de ese año, Garnett ya no volvería a jugar en un contender real, mientras que Duncan alcanzaría las Finales de 2013 y 2014 (venciendo en las segundas y siendo testigo del auge de Kawhi Leonard), y disfrutaría de una situación competitiva privilegiada hasta el día de su retirada.

Incluso si realizamos la comparativa abarcando todos los Playoffs, y contando el caso ya citado de 1999, nos queda que Garnett y Duncan solo se cruzarían una vez más, en 2001. De nuevo en primera ronda y con idéntico resultado: 3-1 a favor de los tejanos.

Demasiado poco.

En cualquier caso, esta dicotomía en el plano colectivo no debe llevarnos a equívoco: durante buena parte de sus respectivas carreras, Tim Duncan y Kevin Garnett se movieron en planos de rendimiento muy similares. Casi idénticos. Algunos incluso han llegado a preguntarse qué habría pasado de haberse invertido los roles. En otras palabras, cómo se habría desarrollado la carrera de Garnett de haber aterrizado en San Antonio, o si Duncan habría podido replicar el mismo éxito si hubiera jugado con Minnesota. Debate bonito, a la par que apasionante, pero imposible de resolver. Queda reservado para el siempre espinoso terreno de la especulación.

A nivel estrictamente técnico, es más lo que les une que lo que les separa. Resumido muy a grosso modo, ambos se caracterizaron por redefinir la posición de ‘4’ y por ejercer un impacto mayúsculo en ambos lados de la cancha. Garnett, de cuerpo más fino y gran movilidad, fue un absoluto terror a nivel defensivo por su intensidad, su capacidad para ocupar amplios espacios y su esencia omnipotente. Como un Draymond Green de ‘7’ pies, era capaz de aparecer en cualquier lugar de la cancha. Resultó una figura absolutamente novedosa por diversos motivos. Duncan, sin embargo, de cuerpo más robusto y anclaje sólido, contaba con una habilidad natural para proteger su aro y defender en el poste bajo. Por otro lado, en ataque se puede observar un fenómeno parecido. Mientras que Garnett se comporta más como un alero, haciendo daño gracias a su agilidad y su arquetípico fadeaway; Duncan nos retrotrae a la figura del pívot clásico (aunque en su juventud también añadiera la movilidad natural del ‘4’), atacando de espaldas al aro y castigando desde la paciencia. Además, ambos lograron sobresalir por su buena visión de juego, su espíritu coral y su capacidad para mejorar al resto.

En términos de galardones y percepción mediática, ambos figuraron repetidamente entre la élite de la NBA durante muchos años. Por si fuera poco, y a pesar de que vivieron situaciones colectivas diferentes, sus picos respectivos de rendimiento coincidieron completamente en el tiempo. Entre 1999 y 2004, aproximadamente, Garnett y Duncan realizaron su mejor baloncesto. Es muy interesante observar cómo comparan atendiendo a diversos parámetros.

Votaciones para el MVP:

TEMPORADA

GARNETT

DUNCAN

1998-1999

10º

1999-2000

2000-2001

2001-2002

12º

2002-2003

2003-2004

A partir de 2005, los Wolves se desplomarán como equipo y Garnett quedará atrapado en una situación disfuncional, impidiéndole optar a cualquier galardón. No obstante, el fichaje por los Celtics para la temporada 2007-2008 logra reactivar su caché, quedando 3º en la votación para el MVP solo por detrás de Bryant y Chris Paul (Duncan finaliza 7º).

Veamos cómo comparan en algunos medidores estadísticos avanzados, por ejemplo el PER (Player Efficiency Rating):

TEMPORADA

GARNETT

DUNCAN

1998-1999

12º (22.4)

7º (23.2)

1999-2000

7º (23.6)

4º (24.8)

2000-2001

8º (23.9)

9º (23.8)

2001-2002

6º (23.8)

2º (27.0)

2002-2003

4º (26.4)

3º (26.9)

2003-2004

1º (29.4)

2º (27.1)

O en Box Plus/Minus total bruto (+/-):

TEMPORADA

GARNETT

DUNCAN

1998-1999

7º (+5.7)

11º (+4.9)

1999-2000

6º (+6.1)

5º (+6.1)

2000-2001

5º (+5.7)

9º (+5.4)

2001-2002

3º (+6.7)

1º (+7.6)

2002-2003

2º (+8.7)

3º (+7.4)

2003-2004

1º (+9.9)

3º (+7.3)

O en VORP (Value Over Replacement Player):

TEMPORADA

GARNETT

DUNCAN

1998-1999

7º (3.5)

8º (3.4)

1999-2000

4º (6.6)

5º (5.9)

2000-2001

4º (6.2)

6º (5.9)

2001-2002

2º (7.0)

1º (8.1)

2002-2003

1º (9.0)

3º (7.6)

2003-2004

1º (9.8)

3º (5.9)

Y podríamos seguir así eternamente. En el fondo, ninguna de estas estádisticas es definitiva (todas presentan algún punto débil), pero sí sirven para orientarnos sobre un hecho concreto: que en sus mejores años, el grado de separación real que existió entre Duncan y Garnett fue prácticamente mínimo. Más allá del factor títulos, que como es lógico, no dependen solo del individuo sino también del colectivo. Tal vez el estilo de Duncan resultara algo más efectivo de cara a la postemporada, teniendo en cuenta las características de aquella NBA; pero no es menos cierto que San Antonio solía ofrecerle a Duncan más armas para competir que Minnesota a Garnett.

En cualquier caso, y a pesar de las circunstancias externas e internas, la llama de la rivalidad no dejaría nunca de arder. Eso sí, es de justicia admitir que en los años finales de sus respectivas carreras lo ha hecho con otra intensidad. Tal vez la perspectiva de afrontar sus últimos momentos como profesionales, y con la certeza de no tener nada más que demostrar, ha terminado relajando posiciones. O al menos ha servido para constatar el mérito del rival, como un ritual de honra entre grandes guerreros. Sin ir más lejos, y en una entrevista concedida en 2015, Garnett se expresaba en estos términos sobre Duncan:

“Aprecio a todos los competidores contra los que me he enfrentado, pero con Tim fue otra cosa. Fuimos como los jovenzuelos de nuestra era y nos enfrentamos innumerables veces. Eso lo hizo un poco más épico. Eso es lo que quieres como profesional, alguien con el que puedas medirte. Tim siempre fue un competidor feroz, respeto su carga de trabajo y sus logros.”

Por su parte, Duncan también reflexionaría sobre el asunto:

“Fue difícil. Siempre teníamos buenas batallas. Parecía que siempre existía el peligro de que se convirtiera en una guerra en algún punto del partido, pero nos divertimos mucho. Nos obligamos a sacar lo mejor de nosotros mismos.”

El odio no ha podido transfomarse en amistad, pero sí en respeto. Incluso con un poco de suerte, y a pesar de la distancia, en cierta admiración. “Tim fue un cabronazo muy duro de manejar en el poste bajo”, contaría un Garnett más Garnett que nunca.

En el fondo, la esencia de su rivalidad se ha alimentado de una contraposición extrema entre personalidades. La frialdad contra la pasión. La paciencia contra la impulsividad. La introversión contra la extroversión. El silencio contra la palabra. La noche contra el día. El hielo contra el fuego. Dos modelos de liderazgo que, cada uno a su manera, han terminado resultando efectivos en función de lo que les rodeaba. Y que desde luego han servido para añadir chispa a una liga que precisamente bebe de estas rivalidades. Sin ellas no sería ni la mitad de lo que es.

Ahora Garnett y Duncan disfrutan de un merecido retiro. Ya ha pasado más de un año desde que decidieran poner punto y final. Ambos se pasean por su casa con la misma tranquilidad del jubilado. Preparan el desayuno, acarician al perro, charlan con sus hijos y despiden a sus mujeres. A mitad de la mañana, y con un sol radiante iluminando la casa, pasan por delante del salón y notan la tele encendida. Está puesto el canal de la NBA y están rememorando grandes duelos clásicos. Casualmente esta vez toca un Minnesota vs San Antonio de 2002. Recordar les dibuja una sonrisa en la cara. Antes de irse, y proseguir con sus cosas, notan algo en la retransmisión, como una especie de tensión. Se ven enfadados, discutiendo por algo. No les gusta. Entonces se acomodan en el sofá con gesto serio, cogen el mando y suben el volumen. Ahora sí que recuerdan de verdad. Aunque se haya jugado hace tantos años, este partido lo van a volver a ver.

Una primera llamada procede del jardín.

“Cariño, estoy ocupado.”

La mujer y los hijos pueden esperar. A la segunda llamada ya ni contestan.

Todo su poder de concentración está en la pantalla. Hace tiempo que pasaron la fase de reflexión y ahora aflora la memoria residual, la que está sellada en su genética. Como un monje Shaolin, han trasladado su mente a otro lugar y a otro tiempo. Se ven a sí mismos en los campos del Ática, hace más de dos milenios, el uno frente al otro, dispuestos a morir por su patria. Garnettias ruge furibundo mientras Dunkanos avanza con decisión. Es el orgullo de Esparta contra la nobleza de Atenas. El odio fluye. Va a ser la batalla más dura jamás vista.

La historia siempre se repite.

Duncan y Garnett

NBAE

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #16

 

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