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Reflejos

Historia de un desamor, con Rick Barry

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Rick Barry Daily D Sports 2

Mike Dunleavy: “Podrías enviarlo a la ONU y daría comienzo la Tercera Guerra Mundial”.

Clifford Ray: “Rick quizá no sea el tipo de persona que diga ‘por favor’, pero sí sabe cómo hacerte ganar”.

Kathie O’Brien (mujer de Jim O’Brien, actual asistente de los 76ers): “Nunca jugaría a las cartas con Rick. Si le ganas, probablemente te las hará tragar”.

Las dudas inundaban la cabeza de Ned Irish. No lo tenía nada claro. Sus Knicks, equipo al que había elevado a la élite del baloncesto norteamericano desde su fundación en 1946, acababan de completar su sexta temporada consecutiva fuera de los Playoffs y aquellos años en los que alcanzaron tres finales consecutiva de la mano del técnico Joe Lapchick, antigua estrella de la extinta ABL, comenzaban a parecer muy lejanos. Demasiado.

Sin embargo, aquel imberbe y espigado chaval procedente de la Universidad de Miami, con unos impresionantes guarismos de 29.8 puntos y 16.5 rebotes en sus cuatro años con la camiseta de los Hurricanes y la vitola de inminente estrella en la NBA, no se presentaba como la solución idónea para los males que aquejaban a su equipo. No era momento para experimentos, y menos todavía después de ofrecer un ultimátum al entrenador Eddie Donovan.

Los Pistons, apoyados en la férrea convicción del asistente Earl Lloyd, quien afirmaba que “el chico era demasiado delgado y limitado físicamente para jugar con los mayores”, tampoco confiaron en sus habilidades. Ni siquiera los Lakers, pese a que, apenas dos años atrás, el General Manager angelino, Lou Mose, se había deshecho en elogios tras hacer acto de presencia en varios partidos en las arcaicas instalaciones de los Hurricanes.

Así, las primeras selecciones de aquel Draft de 1965 -territoriales, último año en el que la NBA permitió este privilegio- revelaron los nombres de Bill Bradley (New York), Bill Buntin (Detroit) y Gail Gooldrich (Los Ángeles). No fue hasta la segunda posición global cuando entró en escena Rick Barry, seleccionado por San Francisco Warriors, quienes también poseían el primer pick, destinado a la elección de Fred Hetzel.

“Tenía una reputación de jugador débil físicamente. El irlandés [Ned Irish] dijo que yo era “demasiado delgado”, mientras que Lloyd se atrevió a predecir que no podría competir contra los ‘pros’. No se dieron cuenta de que las primeras impresiones pueden ser muy engañosas. Yo no era un portento, pero tenía un físico que me permitía aguantar mucho en pista. Además, era mucho más rápido que la mayoría de los jugadores. Mi enfoque del juego era atacar el aro antes incluso de que pudieran alcanzarme”, explicaría décadas después.

Rick Barry Hurricanes Post

Foto: Hurricanes Post

Sus ansias por demostrar a sus críticos que se equivocaban en su apreciación tuvieron una reacción completamente demoledora: premio al Rookie del Año tras promediar 25’7 puntos y 10’6 rebotes, incluyendo una espectacular actuación -57 puntos- en el Madison Square Garden ante los ojos del mismo directivo que lo había rechazado pocos meses atrás.

Sin embargo, no fueron tan solo sus, según aquellas voces, cuestionables capacidades y aptitudes físicas las que ‘boicotearon’ su salto a la mejor liga de baloncesto del planeta. Su impresionante talento era igual de incontrolable que su temperamento. El máximo representante del ‘tiro libre de cuchara’ fue un auténtico torbellino y asiduo protagonista de las declaraciones y acciones más polémicas y controvertidas de aquellos años. Y no solo en la NBA.

Ya en la universidad comenzó a escribir las primeras líneas de su extenso episodio de incidentes. En su temporada junior, Rick Barry fue protagonista de un incidente en el que llegó a las manos con su rival después de recibir un codazo fortuito de éste. Un año más tarde le rompería la mandíbula a un jugador de Loyola en pleno partido. Un carácter peligrosamente impredecible que asustó a no pocos de los máximos representantes y directivos de la NBA de aquellos tiempos.

Unos temores que se convertirían en realidad y que dinamitarían la competición apenas dos años después de su debut. Tras una brillante temporada en la que fue incluido en el Mejor Quinteto a merced de su condición de máximo artillero gracias a sus 35.6 puntos por velada, Rick Barry optó por aceptar los cantos de sirena procedentes de la recién engendrada ABA. Los 75.000 dólares anuales ofrecidos por los Oakland Oaks le aseguraban una estabilidad financiera más que envidiable sin tener que preocuparse por los largos desplazamientos habituales que suponen un cambio de equipo. Además, podría jugar a las órdenes de su suegro Bruce Hale. La contraoferta de los Warriors, impacientemente esperada por el jugador, nunca llegó y el alero confirmó su marcha. De la noche a la mañana, Barry dejó de ser la gran esperanza de San Francisco, donde el hueco dejado por Wilt Chamberlain años atrás todavía seguía latente, para convertirse en el foco de las iras de gran parte de la afición y prensa local, quienes no dudaron en tachar a su estrella de chaquetero y traidor.

“Cuando recibí la propuesta de los Oaks, les dije a los Warriors que me hicieran llegar su mejor oferta. Le comenté a Pat Boone y a su gente que si los Warriors se acercaban a lo que me ofrecían desde Oakland no me iría. Lo que no apareció en los medios es que esa oferta nunca llegó. Solo hubo una, anterior a la de la ABA, que ni siquiera se acercaba a lo que me habían ofrecido los Oaks. Creyeron que no me iría. Salí con lágrimas en los ojos de las oficinas aquel día. Me había convertido en el chico malo cuando estaba realmente jodido. No hicieron nada para que siguiera allí”, relataría posteriormente.

Un dolor, anecdóticamente, compartido por el dueño de los propios Warriors, cuyo propietario por aquel entonces, Franklin Mieuli, -según relata la leyenda urbana del lugar- colgó la camiseta con el dorsal número 24 de Rick Barry en su oficina, prometiéndose a sí mismo que traería ‘a su niño mimado’ de vuelta a casa en un futuro.

Sin embargo, el divorcio ya había sido confirmado y Barry miraba con optimismo hacia su nuevo futuro en la ‘hermana pequeña’ de la NBA.

“Disfruté mucho con Bruce Hale en la universidad. Hizo del baloncesto algo divertido. Realmente nunca me divertí en mi segundo año en la NBA. Era el líder de mi equipo, componente del Mejor Quinteto, MVP del All-Star Game y casi ganamos el campeonato, pero no fue nada divertido”.

“Bill Sharman [su entrenador por aquel entonces en los Warriors] es un gran tipo. Pero como entrenador hizo del baloncesto un trabajo. Era la primera vez que sentía que el baloncesto era un trabajo, más que un juego. Era implacable. Quería que todos se acercaran al juego de la misma manera que lo hacía con los Celtics, un auténtico fanático del acondicionamiento físico y los entrenamientos. Casi no tuvimos días libres y él fue el que dio inicio a los entrenamientos matinales, los cuales no soportaba… ¡Y luego jugaba más de 40 minutos por partido! Así que la oportunidad de unirme a los Oaks y jugar para el que entonces era mi suegro resultó muy atractivo para mí”.

En la nueva liga le fue bien. Fantásticamente bien. Después de un primer año en blanco fruto del veto de una NBA que exigía el cumplimiento íntegro del contrato que le unía a San Francisco, los Oaks conquistaron el campeonato -después de sumar apenas 22 triunfos el curso anterior- ante Indiana Pacers con un Rick Barry colosal que comandaría a los suyos con 34.0 puntos y casi diez rebotes por noche. “Greyhound”, como había sido bautizado años atrás por un periodista de Miami, volvía a disfrutar del baloncesto. Pero la sonrisa que inundaba su rostro no tardaría demasiado en borrarse súbitamente.

“Me habían prometido verbalmente que no tendría que irme con ellos si la franquicia abandonaba el área de la bahía. Me aseguraron que sería liberado de mis obligaciones con el equipo y que sería libre de regresar a los Warriors. Mis abogados me avisaron que necesitaba un acuerdo escrito para evitar problemas. Fui un ingenuo”.

Aquel verano de 1969, los Oaks confirmaban su traslado a Washington. Y Rick Barry con ellos, pese a unas explosivas declaraciones en las que afirmaba “que tan solo iría a Washington para ser nombrado presidente”. Un episodio que se repetiría apenas un año después y que pondría de manifiesto el carácter inestable e impredecible de la ABA a lo largo de su casi una década de vida. Los Capitols, mermados por las lesiones de sus principales estrellas, y, principalmente, por el nulo respaldo de una afición casi inexistente, anuncian un nuevo cambio de sede: Virginia, donde repartirían los partidos como local en hasta cuatro localidades distintas. Una situación que hizo estallar a Rick Barry y que obligó a la mismísima cúpula de la ABA a mediar en el conflicto. Sería traspasado a los New York Nets. Cualquier cosa antes de ver a una de sus principales estrellas de nuevo en la NBA, liga a la que pretendía desbancar del trono baloncestístico norteamericano.

Rick Barry Daily D Sports

Foto: Daily Sports

“Me imaginé otra situación similar a la ocurrida con los Warriors. Si la prensa me iba a joder nuevamente y a escribir cosas que no eran ciertas, yo también podría utilizarlas en mi beneficio. Funcionó maravillosamente. Sports Illustrated me colocó en su portada e imprimió todas las cosas negativas que dije sobre Virginia. Entre otras, que no quería que mi hijo creciera escuchando ese asqueroso acento sureño. Nada era cierto y me disculpé por ello más tarde. Pero funcionó. Fui a Nueva York. Tuve la oportunidad de trabajar en la televisión y de analista en la radio. La experiencia con los Nets fue maravillosa”.

Mientras tanto, en la bahía, los Warriors, ya renombrados bajo el calificativo Golden State, seguían muy de cerca la evolución de su héroe desterrado. Desde la derrota en las Finales de 1967 -en el último año de Barry en el equipo- ante Philadelphia, su condición de contender se había esfumado por completo, siendo barridos en Playoffs, en dos ocasiones ante cada uno de ellos, por Lakers y Bucks. Unas plegarias que encontrarían respuesta a mediados de 1971. Un juez de California dictaminó que Rick Barry tendría que cumplir el contrato que había firmado con los Warriors. Era hora de volver a casa.

La prensa, tan intransigente durante su marcha apenas cuatro años atrás, daba la bienvenida al hijo pródigo, mientras la afición celebraba efusivamente el regreso de su salvador. Golden State Warriors y Rick Barry, dos nombres que, a día de hoy, no se entienden el uno sin el otro, habían firmado su reconciliación. Un matrimonio que alcanzaría su clímax tres años después con la conquista del tan ansiado campeonato.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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