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Reflejos

Veinticinco años de los más malos de la película

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En un principio no parecían estar destinados a convertirse en uno de los mejores y más sorprendentes equipos de todos los tiempos. Eran un conjunto con pequeñas dosis de talento, jugadores semidesconocidos para el público en general y un entrenador con poquísima experiencia al frente de un banquillo profesional. Además, la historia de la franquicia no había sido exitosa en absoluto, instalándose en el grupo de los equipos del montón durante más de veinte años.

Sin embargo, a lo largo de la década consiguieron ensamblar un equipo sobrado de carácter, ambición y un odio a la derrota, que rompió con años de una hegemonía a la que nadie podía plantar cara. Eso sí, lo hicieron con un estilo y unas formas que no les permitieron hacer demasiados amigos por el camino. El puzzle de ese equipo histórico empezaría a formarse la noche del 9 de junio de 1981 con dos piezas cruciales. Esa misma noche llegaría la primera. La otra, la que completó el puzzle, llegaría unos años después.

En 1957, Detroit parecía un lugar ideal para establecer un equipo profesional de baloncesto. La ciudad vivía años de esplendor, ajena a la crisis que se iba desarrollando y que desembocaría en revueltas sociales a finales de los años 60. Establecida como una de las ciudades más importantes del país (la cuarta más poblada, solo por detrás de Nueva York, Los Ángeles y Chicago), la industria del automóvil facilitaba numerosas oportunidades de empleo y desarrollo. La ciudad crecía en población e infraestructuras, a lo que había que sumar la aparición de un sello cultural propio, icono de la ciudad: el Motown sound.

Así pues, con todo ello, Fred Zollner, propietario de los Fort Wayne Pistons, decidió mudar la franquicia a Detroit en busca de un crecimiento mayor. El equipo se había instalado como uno de los aspirantes durante la década de los 50, siendo subcampeón de la NBA dos años consecutivos, en 1955 (4-3 ante Syracuse) y 1956 (4-1 ante Philadelphia). Sin embargo, la pequeña ciudad de Fort Wayne, en el estado de Indiana, no era el marco ideal para el futuro del equipo. Al igual que sucedía con otras ciudades similares como Rochester y Syracuse, no se disponía de un área metropolitana y de un mercado importante donde poder desarrollar el equipo durante años, atraer jugadores de talento o incrementar la media de asistencia a los partidos. De igual manera, Detroit había tenido fallidos experimentos de equipos profesionales anteriormente, y el nombre de Pistons encajaba curiosamente con la principal actividad industrial de la ciudad.

Sin embargo, durante más de dos décadas el  experimento hacía aguas por todos lados. Detroit no podía hacer frente a franquicias más potentes del Este como Boston o New York y, salvo contadas incursiones en los playoffs, el equipo nunca alcanzaba el poder suficiente para poder ser una alternativa real al anillo, a pesar de haber contado en sus filas con jugadores de nivel como Bailey Howell, Dave DeBusschere, Dave Bing o Bob Lanier. Paralelamente, los años 60 significaron el comienzo del declive de la ciudad, culminando en los violentos altercados racistas de 1967, lo que trajo unos años 70 de descenso drástico de la población, aumento del paro e incremento de la inseguridad en las calles.

Y en ese clima deambulaban los Pistons, desembocando en dos temporadas infames de difícil recuerdo para sus aficionados (la 79/80 y la 80/81), donde fueron el ridículo del campeonato: 16-66 y 21-61 sucesivamente. En un intento por enderezar el rumbo de la franquicia, en 1978 el equipo fue trasladado a disputar sus partidos a las afueras de la ciudad, al imponente Pontiac Silverdome con capacidad para más de 60.000 espectadores, pero nadie quería acudir a ver jugar a aquella banda.

Isiah Thomas

Y es aquí donde el puzzle empezó a componerse. Aquella noche del 9 de junio de 1981, el Draft les brindaba la oportunidad de elegir en segundo lugar. Isiah Thomas llegaba como uno de los bases más eléctricos de la NCAA, donde acababa de alzarse con el reinado al mando de sus Hoosiers de la Universidad de Indiana. Había crecido en los suburbios de Chicago, rodeado de jeringuillas, pistolas y alcohol, un ambiente que le hizo ver morir a sus dos hermanos mayores. Rapidísimo, gran manejador del balón, con una gran visión de juego y carácter, sería la pieza angular del puzzle, revitalizando a la franquicia y recuperando aficionados para las gradas del abandonado Silverdome.

Junto a Thomas también llegó procedente del Draft Kelly Tripucka, fino anotador de la Universidad de Notre Dame. Junto a John Long y Kent Benson, el equipo empezó una lenta recuperación que les alejase del tremendo barbecho donde se habían instalado en los años anteriores. Sin embargo, faltaba algo en el equipo, algo de defensa y de presencia física en la pintura y, a mediados de la temporada se añadieron dos piezas más en el puzzle, aunque en un principio no pareciese que fueran a ser muy significativas e importantes para el futuro.

Vinnie Johnson llegaba desde Seattle tras dos temporadas desarrollando un papel secundario como sexto hombre. Jugador de equipo, se buscaba en él un complemento a Thomas cuando éste no estuviese sobre la cancha. Con un tren inferior espectacular, aportaba la capacidad defensiva de la que Thomas cojeaba, sabiendo aprovechar sus minutos sobre la pista al máximo en beneficio del equipo, aparte de saber revolucionar los partidos a su favor en cuestión de segundos (¿les suena el apodo “Microondas”?).

A mediados de febrero llegaba procedente de los Cavs un pívot blanco, tosco de movimientos, rudo y extremadamente duro. Bill Laimbeer, el villano, el malo de la película. Tampoco parecía ser una pieza significativa, pero los Pistons vieron en él quizá algo similar a lo que vieron en Thomas: su odio extremo a la derrota. Fue él quien empezó a imprimir el sello de identidad que acompañaría al equipo para siempre, el no dejarse intimidar por nadie, el creer siempre en la victoria y el buscar el beneficio colectivo antes que el individual.

La temporada acabó con 18 victorias más que la anterior, pero aún lejos de los playoffs. Sin embargo, el puzzle ya empezaba a tomar forma, y en el verano de 1983 llegaría otra pieza, quizá la más importante.

Con solo unas temporadas de experiencia como asistente en Philadelphia y media en Cleveland, donde solo consiguió ganar 9 partidos (aunque en su favor hay que decir que aquellos Cavs habían tomado el relevo de los Pistons como el hazmerreír de la NBA), Chuck Daly fue contratado como entrenador con la esperanza de dar el impulso definitivo al equipo y colocarle como una futura potencia a corto plazo. A lo largo del camino fue el encargado de ir colocando las diferentes piezas en el puzzle hasta lograr el resultado final. Otorgó al equipo el sello defensivo que le haría famoso y, sobre todo, supo manejar como nadie un vestuario que en otras manos hubiese ardido como un polvorín. ¿O es sencillo hacer convivir a diario a tipos con personalidades tan controvertidas y con apodos como “araña” o “gusano”?

Aquella misma temporada el equipo alcanzó un record de 49-33. Los aficionados de los Pistons apenas podían recordar cuándo fue la última vez que disfrutaron de un partido de playoffs cuando comenzó la serie de primera ronda ante los Knicks, aquella en la que Bernard King jugó los mejores partidos de su vida antes de destrozarse la rodilla derecha. La 84/85 sería aún mejor. Con una plantilla prácticamente idéntica alcanzarían las semifinales del Este ante los vigentes campeones Celtics, en lo que sería el primer intento (fallido) por destronar la hegemonía verde.

El puzzle empezaba a completarse en el verano de 1985. Para formar junto a Laimbeer el dúo más violento y aterrador de todas las zonas, aterrizaba el más malo de todos los tiempos: Rick Mahorn, procedente de los Bullets. “McFilthy y McNasty”, como los bautizó Johnny Most, sembrarían el pánico allá donde fuesen los siguientes años a base de codos y puños. Y el Draft les daba a un joven escolta, desconocido, tímido y poco hablador que parecía encajar bien poco en aquel puzzle de personalidades tan dispares. Muchos abucheos por parte de sus aficionados se escucharon cuando Joe Dumars, procedente de McNeese State, era elegido en el número 18. Nadie acertaba a poner en el mapa aquella pequeña universidad y nadie sabía de qué jugaba aquel tal Dumars.

Los “Bad Boys” ya eran una realidad para la temporada 1986/87. Al puzzle se añadieron Adrian Dantley, máximo anotador del campeonato en 1981 y 1984, y otros dos especímenes de naturaleza desconocida, John Salley y Dennis Rodman, quienes aportarían defensa y rebote saliendo desde el banquillo. Superarían las 50 victorias por primera vez desde 1974 y se transformaron en una alternativa real para poder destronar por fin a los Celtics en el Este. Pero aún faltaba algo. Aquel saque de banda precipitado por Thomas y el posterior robo de Bird, hicieron que Detroit se quedase con la miel en los labios.

Solo les costaría un año alcanzar la soñada Final. Ya eran la tercera mejor defensa de toda la NBA, Thomas y Dantley encabezaban la ofensiva y Rodman iba perfilándose como un gran defensor. Tras acabar con los Celtics, se presentaron en las Finales con el objetivo de acabar también con los Lakers, pero de nuevo se les escapó. Aquella heroicidad de Thomas en el sexto partido con el tobillo hinchado no tuvo recompensa en el marcador final y James Worthy daría el anillo a los angelinos en el séptimo.

pistons.1989

Los jóvenes y hambrientos Pistons se presentaron en la 88/89 como serios aspirantes al anillo pero, aparte de la ciudad de Detroit, no eran queridos en ningún lugar. Eran odiados en Boston, en Chicago, encabezaban la lista de multas de la NBA y gustaban de plantarse delante de los micrófonos dispuestos a calentar las previas de los partidos. Pero en ese juego uno de ellos no participaba. Adrian Dantley era quizá la pieza que menos encajaba en aquel puzzle. De gran clase, poco hablador, respetuoso con el rival, no entraba al trapo en ninguna tangana ni se despachaba en ninguna rueda de prensa (hay una imagen en un partido contra los Hawks en la que Dominique Wilkins cae al suelo tras un duro bloqueo. Cuando Dantley le ofrece la mano para levantarse, Laimbeer se lo recrimina y le aparta con sus manos).

El equipo no terminaba de arrancar y Dantley fue la cabeza de turco. Su relación con Daly no era buena, como tampoco lo era con Thomas. Entre ambos diseñaron el plan. Mediada la temporada fue traspasado a Dallas, en contra de la opinión de los aficionados de los Pistons, quienes tenían un gran aprecio por él. A cambio llegó la última pieza, la que completaba el puzzle.

Mark Aguirre había sido el número 1 de aquel Draft de 1981. Ocho años después se unía al número 2 para cerrar el círculo. Natural de Chicago y gran amigo de Isiah, llegaba después de varias temporadas tumultuosas en los Mavs y no parecía ser el hombre indicado para reconducir el camino de los Pistons. Pero lo fue. Aceptó un papel secundario en beneficio del equipo y, a partir de su llegada, el equipo voló. Firmaron un 30-4 hasta final de temporada y lo demás ya es historia. Barrieron a los Lakers en el 89 y a los jóvenes Blazers en el 90 para instaurarse como uno de los mejores equipos de la historia.

Un cuarto de siglo se cumple desde aquel back-to-back de los Pistons y mucha gente se sigue hoy preguntando cómo pudieron lograr tal cosa. Fueron el enlace entre los Lakers y los Celtics de los 80 y la dinastía de los Bulls en los 90, pero en el medio se alzaron con dos anillos. ¿Cómo? Chuck Daly logró confeccionar un equipo sólido, en el que predominaba el bien colectivo antes que el individual, motivó e hizo mejores a jugadores que podían haber pasado de puntillas por la liga, se hizo respetar por todos e instauró un modelo defensivo y agresivo como no se había visto entonces. Pero había mucho más en aquella plantilla. Isiah Thomas es considerado uno de los mejores bases de la historia, integrante del Hall of Fame junto a Dumars y Dennis Rodman. Con el paso de los años Laimbeer se convirtió en algo más que un mero reboteador y bloqueador, desarrollando un peligroso lanzamiento triple que tampoco era muy común entre los pívots de la época.

Junto a todo un número 1 del Draft como Aguirre, más la solidez de Johnson, Salley o Edwards, no parece difícil suponer por qué llegaron a alcanzar el estrellato. Además, lo hicieron en un momento propicio en el que tanto Lakers como Celtics entraban en decadencia, mientras que los Bulls aún no habían dado el salto de madurez necesario que llegaría en 1991 (quizá de no haber existido los Pistons y sus “Jordan Rules” los Bulls no hubiesen necesitado a Phil Jackson). Años después, los Wallace, Billups, Prince y compañía encontraron en ellos el espejo en que mirarse para ser campeones en 2004 y finalistas en 2005.

Sin embargo,  la gran mayoría sigue pensando que aquella forma de lograrlo no fue la correcta, que podían haberlo hecho con otro estilo, con otros recursos. Pero no fue así. Fuera del estado de Michigan eran inaguantables para el público. Scottie Pippen les odiaba a muerte. Parish, Bird, McHale, Barkley, Miller o Wilkins. Todos ellos se dieron puñetazos hasta con Rick Mahorn cuando éste pasó a formar parte de los 76ers. Aquella salida hacia los vestuarios en el cuarto partido de las Finales del Este del 91, restando pocos segundos para el final y sin saludar a los Bulls, supuso su descomposición y les puso en el escalafón más alto de los equipos más odiados de la historia para siempre. Pero también están entre los mejores equipos de la historia y, seguramente, no hubiesen sido capaces de pensar un modo diferente para lograrlo. Para ellos, el ser malos a veces, podía desencadenar en ser los más buenos.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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