En un principio no parecían estar destinados a convertirse en uno de los mejores y más sorprendentes equipos de todos los tiempos. Eran un conjunto con pequeñas dosis de talento, jugadores semidesconocidos para el público en general y un entrenador con poquísima experiencia al frente de un banquillo profesional. Además, la historia de la franquicia no había sido exitosa en absoluto, instalándose en el grupo de los equipos del montón durante más de veinte años.

Sin embargo, a lo largo de la década consiguieron ensamblar un equipo sobrado de carácter, ambición y un odio a la derrota, que rompió con años de una hegemonía a la que nadie podía plantar cara. Eso sí, lo hicieron con un estilo y unas formas que no les permitieron hacer demasiados amigos por el camino. El puzzle de ese equipo histórico empezaría a formarse la noche del 9 de junio de 1981 con dos piezas cruciales. Esa misma noche llegaría la primera. La otra, la que completó el puzzle, llegaría unos años después.

En 1957, Detroit parecía un lugar ideal para establecer un equipo profesional de baloncesto. La ciudad vivía años de esplendor, ajena a la crisis que se iba desarrollando y que desembocaría en revueltas sociales a finales de los años 60. Establecida como una de las ciudades más importantes del país (la cuarta más poblada, solo por detrás de Nueva York, Los Ángeles y Chicago), la industria del automóvil facilitaba numerosas oportunidades de empleo y desarrollo. La ciudad crecía en población e infraestructuras, a lo que había que sumar la aparición de un sello cultural propio, icono de la ciudad: el Motown sound.

Así pues, con todo ello, Fred Zollner, propietario de los Fort Wayne Pistons, decidió mudar la franquicia a Detroit en busca de un crecimiento mayor. El equipo se había instalado como uno de los aspirantes durante la década de los 50, siendo subcampeón de la NBA dos años consecutivos, en 1955 (4-3 ante Syracuse) y 1956 (4-1 ante Philadelphia). Sin embargo, la pequeña ciudad de Fort Wayne, en el estado de Indiana, no era el marco ideal para el futuro del equipo. Al igual que sucedía con otras ciudades similares como Rochester y Syracuse, no se disponía de un área metropolitana y de un mercado importante donde poder desarrollar el equipo durante años, atraer jugadores de talento o incrementar la media de asistencia a los partidos. De igual manera, Detroit había tenido fallidos experimentos de equipos profesionales anteriormente, y el nombre de Pistons encajaba curiosamente con la principal actividad industrial de la ciudad.

Sin embargo, durante más de dos décadas el  experimento hacía aguas por todos lados. Detroit no podía hacer frente a franquicias más potentes del Este como Boston o New York y, salvo contadas incursiones en los playoffs, el equipo nunca alcanzaba el poder suficiente para poder ser una alternativa real al anillo, a pesar de haber contado en sus filas con jugadores de nivel como Bailey Howell, Dave DeBusschere, Dave Bing o Bob Lanier. Paralelamente, los años 60 significaron el comienzo del declive de la ciudad, culminando en los violentos altercados racistas de 1967, lo que trajo unos años 70 de descenso drástico de la población, aumento del paro e incremento de la inseguridad en las calles.

Y en ese clima deambulaban los Pistons, desembocando en dos temporadas infames de difícil recuerdo para sus aficionados (la 79/80 y la 80/81), donde fueron el ridículo del campeonato: 16-66 y 21-61 sucesivamente. En un intento por enderezar el rumbo de la franquicia, en 1978 el equipo fue trasladado a disputar sus partidos a las afueras de la ciudad, al imponente Pontiac Silverdome con capacidad para más de 60.000 espectadores, pero nadie quería acudir a ver jugar a aquella banda.

Isiah Thomas

Y es aquí donde el puzzle empezó a componerse. Aquella noche del 9 de junio de 1981, el Draft les brindaba la oportunidad de elegir en segundo lugar. Isiah Thomas llegaba como uno de los bases más eléctricos de la NCAA, donde acababa de alzarse con el reinado al mando de sus Hoosiers de la Universidad de Indiana. Había crecido en los suburbios de Chicago, rodeado de jeringuillas, pistolas y alcohol, un ambiente que le hizo ver morir a sus dos hermanos mayores. Rapidísimo, gran manejador del balón, con una gran visión de juego y carácter, sería la pieza angular del puzzle, revitalizando a la franquicia y recuperando aficionados para las gradas del abandonado Silverdome.

Junto a Thomas también llegó procedente del Draft Kelly Tripucka, fino anotador de la Universidad de Notre Dame. Junto a John Long y Kent Benson, el equipo empezó una lenta recuperación que les alejase del tremendo barbecho donde se habían instalado en los años anteriores. Sin embargo, faltaba algo en el equipo, algo de defensa y de presencia física en la pintura y, a mediados de la temporada se añadieron dos piezas más en el puzzle, aunque en un principio no pareciese que fueran a ser muy significativas e importantes para el futuro.

Vinnie Johnson llegaba desde Seattle tras dos temporadas desarrollando un papel secundario como sexto hombre. Jugador de equipo, se buscaba en él un complemento a Thomas cuando éste no estuviese sobre la cancha. Con un tren inferior espectacular, aportaba la capacidad defensiva de la que Thomas cojeaba, sabiendo aprovechar sus minutos sobre la pista al máximo en beneficio del equipo, aparte de saber revolucionar los partidos a su favor en cuestión de segundos (¿les suena el apodo “Microondas”?).

A mediados de febrero llegaba procedente de los Cavs un pívot blanco, tosco de movimientos, rudo y extremadamente duro. Bill Laimbeer, el villano, el malo de la película. Tampoco parecía ser una pieza significativa, pero los Pistons vieron en él quizá algo similar a lo que vieron en Thomas: su odio extremo a la derrota. Fue él quien empezó a imprimir el sello de identidad que acompañaría al equipo para siempre, el no dejarse intimidar por nadie, el creer siempre en la victoria y el buscar el beneficio colectivo antes que el individual.

La temporada acabó con 18 victorias más que la anterior, pero aún lejos de los playoffs. Sin embargo, el puzzle ya empezaba a tomar forma, y en el verano de 1983 llegaría otra pieza, quizá la más importante.

Con solo unas temporadas de experiencia como asistente en Philadelphia y media en Cleveland, donde solo consiguió ganar 9 partidos (aunque en su favor hay que decir que aquellos Cavs habían tomado el relevo de los Pistons como el hazmerreír de la NBA), Chuck Daly fue contratado como entrenador con la esperanza de dar el impulso definitivo al equipo y colocarle como una futura potencia a corto plazo. A lo largo del camino fue el encargado de ir colocando las diferentes piezas en el puzzle hasta lograr el resultado final. Otorgó al equipo el sello defensivo que le haría famoso y, sobre todo, supo manejar como nadie un vestuario que en otras manos hubiese ardido como un polvorín. ¿O es sencillo hacer convivir a diario a tipos con personalidades tan controvertidas y con apodos como “araña” o “gusano”?

Aquella misma temporada el equipo alcanzó un record de 49-33. Los aficionados de los Pistons apenas podían recordar cuándo fue la última vez que disfrutaron de un partido de playoffs cuando comenzó la serie de primera ronda ante los Knicks, aquella en la que Bernard King jugó los mejores partidos de su vida antes de destrozarse la rodilla derecha. La 84/85 sería aún mejor. Con una plantilla prácticamente idéntica alcanzarían las semifinales del Este ante los vigentes campeones Celtics, en lo que sería el primer intento (fallido) por destronar la hegemonía verde.

El puzzle empezaba a completarse en el verano de 1985. Para formar junto a Laimbeer el dúo más violento y aterrador de todas las zonas, aterrizaba el más malo de todos los tiempos: Rick Mahorn, procedente de los Bullets. “McFilthy y McNasty”, como los bautizó Johnny Most, sembrarían el pánico allá donde fuesen los siguientes años a base de codos y puños. Y el Draft les daba a un joven escolta, desconocido, tímido y poco hablador que parecía encajar bien poco en aquel puzzle de personalidades tan dispares. Muchos abucheos por parte de sus aficionados se escucharon cuando Joe Dumars, procedente de McNeese State, era elegido en el número 18. Nadie acertaba a poner en el mapa aquella pequeña universidad y nadie sabía de qué jugaba aquel tal Dumars.

Los “Bad Boys” ya eran una realidad para la temporada 1986/87. Al puzzle se añadieron Adrian Dantley, máximo anotador del campeonato en 1981 y 1984, y otros dos especímenes de naturaleza desconocida, John Salley y Dennis Rodman, quienes aportarían defensa y rebote saliendo desde el banquillo. Superarían las 50 victorias por primera vez desde 1974 y se transformaron en una alternativa real para poder destronar por fin a los Celtics en el Este. Pero aún faltaba algo. Aquel saque de banda precipitado por Thomas y el posterior robo de Bird, hicieron que Detroit se quedase con la miel en los labios.

Solo les costaría un año alcanzar la soñada Final. Ya eran la tercera mejor defensa de toda la NBA, Thomas y Dantley encabezaban la ofensiva y Rodman iba perfilándose como un gran defensor. Tras acabar con los Celtics, se presentaron en las Finales con el objetivo de acabar también con los Lakers, pero de nuevo se les escapó. Aquella heroicidad de Thomas en el sexto partido con el tobillo hinchado no tuvo recompensa en el marcador final y James Worthy daría el anillo a los angelinos en el séptimo.

pistons.1989

Los jóvenes y hambrientos Pistons se presentaron en la 88/89 como serios aspirantes al anillo pero, aparte de la ciudad de Detroit, no eran queridos en ningún lugar. Eran odiados en Boston, en Chicago, encabezaban la lista de multas de la NBA y gustaban de plantarse delante de los micrófonos dispuestos a calentar las previas de los partidos. Pero en ese juego uno de ellos no participaba. Adrian Dantley era quizá la pieza que menos encajaba en aquel puzzle. De gran clase, poco hablador, respetuoso con el rival, no entraba al trapo en ninguna tangana ni se despachaba en ninguna rueda de prensa (hay una imagen en un partido contra los Hawks en la que Dominique Wilkins cae al suelo tras un duro bloqueo. Cuando Dantley le ofrece la mano para levantarse, Laimbeer se lo recrimina y le aparta con sus manos).

El equipo no terminaba de arrancar y Dantley fue la cabeza de turco. Su relación con Daly no era buena, como tampoco lo era con Thomas. Entre ambos diseñaron el plan. Mediada la temporada fue traspasado a Dallas, en contra de la opinión de los aficionados de los Pistons, quienes tenían un gran aprecio por él. A cambio llegó la última pieza, la que completaba el puzzle.

Mark Aguirre había sido el número 1 de aquel Draft de 1981. Ocho años después se unía al número 2 para cerrar el círculo. Natural de Chicago y gran amigo de Isiah, llegaba después de varias temporadas tumultuosas en los Mavs y no parecía ser el hombre indicado para reconducir el camino de los Pistons. Pero lo fue. Aceptó un papel secundario en beneficio del equipo y, a partir de su llegada, el equipo voló. Firmaron un 30-4 hasta final de temporada y lo demás ya es historia. Barrieron a los Lakers en el 89 y a los jóvenes Blazers en el 90 para instaurarse como uno de los mejores equipos de la historia.

Un cuarto de siglo se cumple desde aquel back-to-back de los Pistons y mucha gente se sigue hoy preguntando cómo pudieron lograr tal cosa. Fueron el enlace entre los Lakers y los Celtics de los 80 y la dinastía de los Bulls en los 90, pero en el medio se alzaron con dos anillos. ¿Cómo? Chuck Daly logró confeccionar un equipo sólido, en el que predominaba el bien colectivo antes que el individual, motivó e hizo mejores a jugadores que podían haber pasado de puntillas por la liga, se hizo respetar por todos e instauró un modelo defensivo y agresivo como no se había visto entonces. Pero había mucho más en aquella plantilla. Isiah Thomas es considerado uno de los mejores bases de la historia, integrante del Hall of Fame junto a Dumars y Dennis Rodman. Con el paso de los años Laimbeer se convirtió en algo más que un mero reboteador y bloqueador, desarrollando un peligroso lanzamiento triple que tampoco era muy común entre los pívots de la época.

Junto a todo un número 1 del Draft como Aguirre, más la solidez de Johnson, Salley o Edwards, no parece difícil suponer por qué llegaron a alcanzar el estrellato. Además, lo hicieron en un momento propicio en el que tanto Lakers como Celtics entraban en decadencia, mientras que los Bulls aún no habían dado el salto de madurez necesario que llegaría en 1991 (quizá de no haber existido los Pistons y sus “Jordan Rules” los Bulls no hubiesen necesitado a Phil Jackson). Años después, los Wallace, Billups, Prince y compañía encontraron en ellos el espejo en que mirarse para ser campeones en 2004 y finalistas en 2005.

Sin embargo,  la gran mayoría sigue pensando que aquella forma de lograrlo no fue la correcta, que podían haberlo hecho con otro estilo, con otros recursos. Pero no fue así. Fuera del estado de Michigan eran inaguantables para el público. Scottie Pippen les odiaba a muerte. Parish, Bird, McHale, Barkley, Miller o Wilkins. Todos ellos se dieron puñetazos hasta con Rick Mahorn cuando éste pasó a formar parte de los 76ers. Aquella salida hacia los vestuarios en el cuarto partido de las Finales del Este del 91, restando pocos segundos para el final y sin saludar a los Bulls, supuso su descomposición y les puso en el escalafón más alto de los equipos más odiados de la historia para siempre. Pero también están entre los mejores equipos de la historia y, seguramente, no hubiesen sido capaces de pensar un modo diferente para lograrlo. Para ellos, el ser malos a veces, podía desencadenar en ser los más buenos.

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