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Reflejos

Veinticinco años de los más malos de la película

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En un principio no parecían estar destinados a convertirse en uno de los mejores y más sorprendentes equipos de todos los tiempos. Eran un conjunto con pequeñas dosis de talento, jugadores semidesconocidos para el público en general y un entrenador con poquísima experiencia al frente de un banquillo profesional. Además, la historia de la franquicia no había sido exitosa en absoluto, instalándose en el grupo de los equipos del montón durante más de veinte años.

Sin embargo, a lo largo de la década consiguieron ensamblar un equipo sobrado de carácter, ambición y un odio a la derrota, que rompió con años de una hegemonía a la que nadie podía plantar cara. Eso sí, lo hicieron con un estilo y unas formas que no les permitieron hacer demasiados amigos por el camino. El puzzle de ese equipo histórico empezaría a formarse la noche del 9 de junio de 1981 con dos piezas cruciales. Esa misma noche llegaría la primera. La otra, la que completó el puzzle, llegaría unos años después.

En 1957, Detroit parecía un lugar ideal para establecer un equipo profesional de baloncesto. La ciudad vivía años de esplendor, ajena a la crisis que se iba desarrollando y que desembocaría en revueltas sociales a finales de los años 60. Establecida como una de las ciudades más importantes del país (la cuarta más poblada, solo por detrás de Nueva York, Los Ángeles y Chicago), la industria del automóvil facilitaba numerosas oportunidades de empleo y desarrollo. La ciudad crecía en población e infraestructuras, a lo que había que sumar la aparición de un sello cultural propio, icono de la ciudad: el Motown sound.

Así pues, con todo ello, Fred Zollner, propietario de los Fort Wayne Pistons, decidió mudar la franquicia a Detroit en busca de un crecimiento mayor. El equipo se había instalado como uno de los aspirantes durante la década de los 50, siendo subcampeón de la NBA dos años consecutivos, en 1955 (4-3 ante Syracuse) y 1956 (4-1 ante Philadelphia). Sin embargo, la pequeña ciudad de Fort Wayne, en el estado de Indiana, no era el marco ideal para el futuro del equipo. Al igual que sucedía con otras ciudades similares como Rochester y Syracuse, no se disponía de un área metropolitana y de un mercado importante donde poder desarrollar el equipo durante años, atraer jugadores de talento o incrementar la media de asistencia a los partidos. De igual manera, Detroit había tenido fallidos experimentos de equipos profesionales anteriormente, y el nombre de Pistons encajaba curiosamente con la principal actividad industrial de la ciudad.

Sin embargo, durante más de dos décadas el  experimento hacía aguas por todos lados. Detroit no podía hacer frente a franquicias más potentes del Este como Boston o New York y, salvo contadas incursiones en los playoffs, el equipo nunca alcanzaba el poder suficiente para poder ser una alternativa real al anillo, a pesar de haber contado en sus filas con jugadores de nivel como Bailey Howell, Dave DeBusschere, Dave Bing o Bob Lanier. Paralelamente, los años 60 significaron el comienzo del declive de la ciudad, culminando en los violentos altercados racistas de 1967, lo que trajo unos años 70 de descenso drástico de la población, aumento del paro e incremento de la inseguridad en las calles.

Y en ese clima deambulaban los Pistons, desembocando en dos temporadas infames de difícil recuerdo para sus aficionados (la 79/80 y la 80/81), donde fueron el ridículo del campeonato: 16-66 y 21-61 sucesivamente. En un intento por enderezar el rumbo de la franquicia, en 1978 el equipo fue trasladado a disputar sus partidos a las afueras de la ciudad, al imponente Pontiac Silverdome con capacidad para más de 60.000 espectadores, pero nadie quería acudir a ver jugar a aquella banda.

Isiah Thomas

Y es aquí donde el puzzle empezó a componerse. Aquella noche del 9 de junio de 1981, el Draft les brindaba la oportunidad de elegir en segundo lugar. Isiah Thomas llegaba como uno de los bases más eléctricos de la NCAA, donde acababa de alzarse con el reinado al mando de sus Hoosiers de la Universidad de Indiana. Había crecido en los suburbios de Chicago, rodeado de jeringuillas, pistolas y alcohol, un ambiente que le hizo ver morir a sus dos hermanos mayores. Rapidísimo, gran manejador del balón, con una gran visión de juego y carácter, sería la pieza angular del puzzle, revitalizando a la franquicia y recuperando aficionados para las gradas del abandonado Silverdome.

Junto a Thomas también llegó procedente del Draft Kelly Tripucka, fino anotador de la Universidad de Notre Dame. Junto a John Long y Kent Benson, el equipo empezó una lenta recuperación que les alejase del tremendo barbecho donde se habían instalado en los años anteriores. Sin embargo, faltaba algo en el equipo, algo de defensa y de presencia física en la pintura y, a mediados de la temporada se añadieron dos piezas más en el puzzle, aunque en un principio no pareciese que fueran a ser muy significativas e importantes para el futuro.

Vinnie Johnson llegaba desde Seattle tras dos temporadas desarrollando un papel secundario como sexto hombre. Jugador de equipo, se buscaba en él un complemento a Thomas cuando éste no estuviese sobre la cancha. Con un tren inferior espectacular, aportaba la capacidad defensiva de la que Thomas cojeaba, sabiendo aprovechar sus minutos sobre la pista al máximo en beneficio del equipo, aparte de saber revolucionar los partidos a su favor en cuestión de segundos (¿les suena el apodo “Microondas”?).

A mediados de febrero llegaba procedente de los Cavs un pívot blanco, tosco de movimientos, rudo y extremadamente duro. Bill Laimbeer, el villano, el malo de la película. Tampoco parecía ser una pieza significativa, pero los Pistons vieron en él quizá algo similar a lo que vieron en Thomas: su odio extremo a la derrota. Fue él quien empezó a imprimir el sello de identidad que acompañaría al equipo para siempre, el no dejarse intimidar por nadie, el creer siempre en la victoria y el buscar el beneficio colectivo antes que el individual.

La temporada acabó con 18 victorias más que la anterior, pero aún lejos de los playoffs. Sin embargo, el puzzle ya empezaba a tomar forma, y en el verano de 1983 llegaría otra pieza, quizá la más importante.

Con solo unas temporadas de experiencia como asistente en Philadelphia y media en Cleveland, donde solo consiguió ganar 9 partidos (aunque en su favor hay que decir que aquellos Cavs habían tomado el relevo de los Pistons como el hazmerreír de la NBA), Chuck Daly fue contratado como entrenador con la esperanza de dar el impulso definitivo al equipo y colocarle como una futura potencia a corto plazo. A lo largo del camino fue el encargado de ir colocando las diferentes piezas en el puzzle hasta lograr el resultado final. Otorgó al equipo el sello defensivo que le haría famoso y, sobre todo, supo manejar como nadie un vestuario que en otras manos hubiese ardido como un polvorín. ¿O es sencillo hacer convivir a diario a tipos con personalidades tan controvertidas y con apodos como “araña” o “gusano”?

Aquella misma temporada el equipo alcanzó un record de 49-33. Los aficionados de los Pistons apenas podían recordar cuándo fue la última vez que disfrutaron de un partido de playoffs cuando comenzó la serie de primera ronda ante los Knicks, aquella en la que Bernard King jugó los mejores partidos de su vida antes de destrozarse la rodilla derecha. La 84/85 sería aún mejor. Con una plantilla prácticamente idéntica alcanzarían las semifinales del Este ante los vigentes campeones Celtics, en lo que sería el primer intento (fallido) por destronar la hegemonía verde.

El puzzle empezaba a completarse en el verano de 1985. Para formar junto a Laimbeer el dúo más violento y aterrador de todas las zonas, aterrizaba el más malo de todos los tiempos: Rick Mahorn, procedente de los Bullets. “McFilthy y McNasty”, como los bautizó Johnny Most, sembrarían el pánico allá donde fuesen los siguientes años a base de codos y puños. Y el Draft les daba a un joven escolta, desconocido, tímido y poco hablador que parecía encajar bien poco en aquel puzzle de personalidades tan dispares. Muchos abucheos por parte de sus aficionados se escucharon cuando Joe Dumars, procedente de McNeese State, era elegido en el número 18. Nadie acertaba a poner en el mapa aquella pequeña universidad y nadie sabía de qué jugaba aquel tal Dumars.

Los “Bad Boys” ya eran una realidad para la temporada 1986/87. Al puzzle se añadieron Adrian Dantley, máximo anotador del campeonato en 1981 y 1984, y otros dos especímenes de naturaleza desconocida, John Salley y Dennis Rodman, quienes aportarían defensa y rebote saliendo desde el banquillo. Superarían las 50 victorias por primera vez desde 1974 y se transformaron en una alternativa real para poder destronar por fin a los Celtics en el Este. Pero aún faltaba algo. Aquel saque de banda precipitado por Thomas y el posterior robo de Bird, hicieron que Detroit se quedase con la miel en los labios.

Solo les costaría un año alcanzar la soñada Final. Ya eran la tercera mejor defensa de toda la NBA, Thomas y Dantley encabezaban la ofensiva y Rodman iba perfilándose como un gran defensor. Tras acabar con los Celtics, se presentaron en las Finales con el objetivo de acabar también con los Lakers, pero de nuevo se les escapó. Aquella heroicidad de Thomas en el sexto partido con el tobillo hinchado no tuvo recompensa en el marcador final y James Worthy daría el anillo a los angelinos en el séptimo.

pistons.1989

Los jóvenes y hambrientos Pistons se presentaron en la 88/89 como serios aspirantes al anillo pero, aparte de la ciudad de Detroit, no eran queridos en ningún lugar. Eran odiados en Boston, en Chicago, encabezaban la lista de multas de la NBA y gustaban de plantarse delante de los micrófonos dispuestos a calentar las previas de los partidos. Pero en ese juego uno de ellos no participaba. Adrian Dantley era quizá la pieza que menos encajaba en aquel puzzle. De gran clase, poco hablador, respetuoso con el rival, no entraba al trapo en ninguna tangana ni se despachaba en ninguna rueda de prensa (hay una imagen en un partido contra los Hawks en la que Dominique Wilkins cae al suelo tras un duro bloqueo. Cuando Dantley le ofrece la mano para levantarse, Laimbeer se lo recrimina y le aparta con sus manos).

El equipo no terminaba de arrancar y Dantley fue la cabeza de turco. Su relación con Daly no era buena, como tampoco lo era con Thomas. Entre ambos diseñaron el plan. Mediada la temporada fue traspasado a Dallas, en contra de la opinión de los aficionados de los Pistons, quienes tenían un gran aprecio por él. A cambio llegó la última pieza, la que completaba el puzzle.

Mark Aguirre había sido el número 1 de aquel Draft de 1981. Ocho años después se unía al número 2 para cerrar el círculo. Natural de Chicago y gran amigo de Isiah, llegaba después de varias temporadas tumultuosas en los Mavs y no parecía ser el hombre indicado para reconducir el camino de los Pistons. Pero lo fue. Aceptó un papel secundario en beneficio del equipo y, a partir de su llegada, el equipo voló. Firmaron un 30-4 hasta final de temporada y lo demás ya es historia. Barrieron a los Lakers en el 89 y a los jóvenes Blazers en el 90 para instaurarse como uno de los mejores equipos de la historia.

Un cuarto de siglo se cumple desde aquel back-to-back de los Pistons y mucha gente se sigue hoy preguntando cómo pudieron lograr tal cosa. Fueron el enlace entre los Lakers y los Celtics de los 80 y la dinastía de los Bulls en los 90, pero en el medio se alzaron con dos anillos. ¿Cómo? Chuck Daly logró confeccionar un equipo sólido, en el que predominaba el bien colectivo antes que el individual, motivó e hizo mejores a jugadores que podían haber pasado de puntillas por la liga, se hizo respetar por todos e instauró un modelo defensivo y agresivo como no se había visto entonces. Pero había mucho más en aquella plantilla. Isiah Thomas es considerado uno de los mejores bases de la historia, integrante del Hall of Fame junto a Dumars y Dennis Rodman. Con el paso de los años Laimbeer se convirtió en algo más que un mero reboteador y bloqueador, desarrollando un peligroso lanzamiento triple que tampoco era muy común entre los pívots de la época.

Junto a todo un número 1 del Draft como Aguirre, más la solidez de Johnson, Salley o Edwards, no parece difícil suponer por qué llegaron a alcanzar el estrellato. Además, lo hicieron en un momento propicio en el que tanto Lakers como Celtics entraban en decadencia, mientras que los Bulls aún no habían dado el salto de madurez necesario que llegaría en 1991 (quizá de no haber existido los Pistons y sus “Jordan Rules” los Bulls no hubiesen necesitado a Phil Jackson). Años después, los Wallace, Billups, Prince y compañía encontraron en ellos el espejo en que mirarse para ser campeones en 2004 y finalistas en 2005.

Sin embargo,  la gran mayoría sigue pensando que aquella forma de lograrlo no fue la correcta, que podían haberlo hecho con otro estilo, con otros recursos. Pero no fue así. Fuera del estado de Michigan eran inaguantables para el público. Scottie Pippen les odiaba a muerte. Parish, Bird, McHale, Barkley, Miller o Wilkins. Todos ellos se dieron puñetazos hasta con Rick Mahorn cuando éste pasó a formar parte de los 76ers. Aquella salida hacia los vestuarios en el cuarto partido de las Finales del Este del 91, restando pocos segundos para el final y sin saludar a los Bulls, supuso su descomposición y les puso en el escalafón más alto de los equipos más odiados de la historia para siempre. Pero también están entre los mejores equipos de la historia y, seguramente, no hubiesen sido capaces de pensar un modo diferente para lograrlo. Para ellos, el ser malos a veces, podía desencadenar en ser los más buenos.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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