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Costa a costa

Nowitzki y los Eurobasket, una historia de amor y odio (I)

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El perfil de Facebook de la Federación Alemana de Baloncesto dejó una de las bombas del año para el baloncesto FIBA. Dirk Nowitzki, para muchos el mejor jugador europeo de la historia, volvería a vestir la camiseta germana una vez más y acudiría con su selección al Eurobasket que se celebrará en pocos días

La leyenda de los Mavs no se enfundaba la “Mannschaft” desde 2011, cuando en compañía del NBA Chris Kaman naufragó en un torneo dominado por el equipo español. Repasamos en este artículo la trayectoria de un jugador que ha marcado una época en el baloncesto europeo y que previsiblemente acabará aquí su andadura internacional, salvo que logre -algo a priori bastante improbable- clasificar a su selección para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro que se disputan el año que viene.

Francia 1999: cuando nació una estrella

Cuando Dirk Nowitzki saltó al parquet del Arena SAOS de Dijon para disputar su primer partido oficial con la selección alemana absoluta, ya era toda una estrella. Si, tal vez no era el nombre más rutilante de aquel Eurobasket que tan buen sabor de boca nos dejó a los españoles, pero después de su controvertido fichaje por Dallas y una dura experiencia de aclimatación a la liga americana, Dirk había acabado la temporada con muy buenas sensaciones y, lo más importante, con la titularidad en el bolsillo. Y ser titular en la NBA de los 90 siendo europeo era una carta de presentación inmejorable

Con apenas 20 años Nowitzki ya se daba por hecho que sería el faro ofensivo de una Alemania que llevaba desde el milagro del 93 sin pintar nada a nivel internacional, y que consideraba a aquel altísimo alero, capaz de hacer mil cosas en la pista, la mayor esperanza para conseguirlo.

Nowitzki no tendría muy buena compañía para lograr ese objetivo, y al margen de su eterno mentor  Holger Geschwindner, solo podría contar con la ayuda destacada de Patrick Femerling, un esforzado pívot que pasó por el Barcelona poco tiempo después, el veterano alero Henrik Rödl y un talentoso elemento extraño llamado Ademola Okulaja, inmigrante alemán nacido en Nigeria y que acababa de concluir su periplo en la Universidad de Carolina del Norte (aunque Okulaja ya tuvo presencia en la selección en 1995).

Esta pobre corte de escuderos, no obstante, ayudó a la primera victoria alemana en el torneo, en el choque inicial ante Grecia. En un partido tosco, como no podía ser de otro forma frente esos griegos de Sigalas y Jake Tsakalidis, y Nowitzki logró 21 puntos y 5 rebotes dando la victoria a los alemanes en los instantes finales (59-58) y supuso toda una sorpresa, poniendo el grupo D (compuesto por Lituania, República Checa, Grecia y Alemania) completamente patas arriba. Este equipo griego acabaría fuera a las primeras de cambio, lo que aceleraría el cambio generacional de los helenos y la llegada de la savia nueva (Papaloukas, Diamantidis…) en los próximos años.

El segundo partido del grupo D en este Eurobasket se ha convertido, con el paso del tiempo, en una especie de película de culto, un Reservoir Dogs baloncestístico que nunca está de más revisar si se puede. El motivo, tan evidente como excepcional. Se enfrentaban el considerado por muchos mejor jugador europeo de la historia, el lituano Arvydas Sabonis, y el a la postre considerado por muchos (no sabemos si los mismos) mejor jugador europeo de la historia en el presente, nuestro amigo Dirk. Como suele pasar en estas ocasiones, el choque no fue para tanto y la partida la ganaron fácilmente los lituanos, con un Sabonis notable (20+11 aunque con bajos porcentajes) y un Nowitzki anulado, pese a irse a 16 puntos. La clase de Stombergas tumbó a los alemanes (84-74), que se jugarían la segunda posición del grupo ante la República Checa, que venía de ganar a Grecia con un gran Lubos Barton.

Ese partido quizá fue el mejor de Alemania en todo el Europeo, aplicando una defensa voraz y muy activa (patrimonio del equipo germano durante los próximos años) y liberando todo el talento de un Nowitzki que se marchó hasta los 23 puntos y que terminaba su alumbramiento europeo en Dijon. Tocaba la segunda fase.

Esa segunda fase, fruto de un sistema de competición algo extraño, supuso un segundo grupo de seis equipos y tres enfrentamientos de liguilla más. Alemania debería verse las caras ante Croacia, Turquía e Italia, y precisamente estos últimos fueron el primer rival.

Esa Italia del 99 parece sacada, vista desde el prisma de nuestros días, de un viejo cuento del baloncesto europeo, pero hay que recordar que hasta no hace tantos años la azzurra era la tercera potencia continental justo por detrás de yugoslavos y soviéticos.

El conjunto transalpino, todo un equipazo sustentado en los nacionalizados (uno más que otro) Gregor Fucka y Carlton Myers, trituró a los de Henrik Dettmann y borró a Dirk del mapa (8 puntos y problemas con las faltas) hasta desesperarlo. El objetivo de cuartos estaba más complicado que nunca.

Nowitzky Alemania

La siguiente parada fue un día más tarde en el mismo escenario de Le Mans, y el rival era la siempre irregular selección turca. Al contrario que los italianos, los turcos tenían fama por entonces de amilanarse en las grandes citas, y sin duda parecía un contrario mucho más asequible. En un partido tenso (y aburrido, muy aburrido) los turcos se aprovecharon de la juventud de Nowitzki y compañía para llevarlos a su terreno, y derrotar (63-55) a los alemanes que tuvieron demasiados fallos en los instantes clave.

El pase a cuartos dependía de una carambola, que pasaba, en primera instancia, por derrotar a la selección Croacia de Toni Kukoc. El alero croata y su equipo de estrellas (Vujcic, Giricek, Prkacin…) cayó estrepitosamente ante los alemanes y se despidieron del torneo de forma abrupta, con una actuación destacada de Nowitzki (21 puntos y rebotes.) Esta eliminación supuso también el fin de Kukoc y su relación con la selección balcánica, tras dos medallas de bronce (1994 y 1995) y la plata ante el Dream Team en 1992.

La paliza alemana, -que fue otra sorpresa enorme-, colocaba a Alemania por encima de los Croatas por diferencia de puntos y dejaba todo en manos de Turquía, que debía ganar a los checos para no tener un problema de puntos en el triple empate. Un enorme Mirsad Türkcan se ocupó de esto y Alemania llegaba, contra todo pronóstico, a los cuartos de final, donde esperaría la potentísima Yugoslavia

El 1 de julio de 1999 fue quizá la primera vez que los ojos del gran público europeo se detuvieron en Dirk Nowitzki. Pese a su buen hacer en la NBA y una notable primera y segunda fase del Eurobasket, jugar ante Yugoslavia por las medallas estaba a otro nivel (al menos por entonces) y podía suponer su consagración ante el gran público. Sin embargo, los doce mil parisinos no pudieron ver nada de eso, y el jugador de los mavs estuvo muy gris durante los cuarenta minutos. Alemania aguantó el tipo toda la primera parte (38-35 al descanso) pero en los minutos finales carecieron del acierto y la determinación que si tenían, y de sobra, los yugoslavos. Danilovic y Bodiroga fueron demasiado y Alemania quedó fuera de las semis, con solo 11 puntos y 5 rebotes de su mirlo blanco.

En la batalla por la quinta plaza (clave para disputar el pre olímpico de Sydney 2000) Alemania cayó ante los rusos (74-70 con 15 puntos de Dirk) y acabó en séptimo lugar tras derrotar a Turquía, en un partido que no sirvió para enjuagar las lagrimas de un equipo que se quedaba sin sueño olímpico a pesar de haber derrotado a equipos del nivel de Croacia o Grecia.

Turquía 2001: Cuando Dirk conoció a Pau

Si en 1999 Nowitzki llegó a su primera gran cita con un relativo desconocimiento de el gran público hacia él, dos años más tarde ya era una de las caras reconocibles del torneo que se iba a celebrar en tierras otomanas. Consolidado con toda una estrella de la NBA, el cuatro de los Mavs adquirió una jerarquía rotunda en su selección, hasta el punto de acreditar unos números sin parangón a lo largo del campeonato, con 28.7 puntos y 9.1 rebotes de media.

El equipo alemán, entrenado por Henrik Dettmann, quedó encuadrado en el complicado Grupo C, y tendría como compañeros de viaje a una Yugoslavia herida en su orgullo tras fracasar en 1999 y en las olimpiadas de Sydney, a la siempre peligrosa Croacia y a toda una incógnita, la selección de Estonia. El primero de grupo pasaría directamente a cuartos (plaza que presumible mente sería para Yugoslavia) mientras que tanto el segundo como tercero jugarían una repesca. Esa selección alemana parecía más potente que la de dos años atrás, al contar también con el altísimo Shawn Bradley, el belicoso Stefano Garris y los ya citados anteriormente Femerling y Okulaja. Por cierto, que fiel a su costumbre en la NBA, Bradley sería una decepción del torneo. Pero eso seguro que ya lo intuían, queridos lectores.

Alemania arrancaba el torneo ante el teórico rival más sencillo, Estonia, en un partido básico para la superviviencia en el torneo. Los estonios afrontaban su primera cita de máximo nivel, y, pese a contar con el NBA nacionalizado Martin Müürsepp, poco pudieron hacer ante un Dirk Nowitzki que desde el primer momento quiso dejó constancia del nuevo orden en el firmamento europeo. Estonia duró media parte, hasta que en el tercer cuarto el alero de los Mavs comenzó a anotar desde todas las posiciones -a pesar de sufrir dobles marcajes en varias fases del partido-, terminando con 33 puntos y 12 rebotes. El público de la pequeña sede de Antalya acababa de conocer todo el poder del mejor jugador europeo del momento.

Muy distinto fue el segundo choque, que enfrentaba a Alemania y Croacia, con el recuerdo del partido de 1999 como telón de fondo. Los alemanes abrieron fuego a base de ataques rápidos, con un Nowitzki que castigaba una y otra vez a su emparejamiento a base de fintas y velocidad. Ni Zan Tabak ni Nikola Prkácin podían frenar al de Wuzburg, que volvió a superar la treintena de puntos (31) y estuvo excepcionalmente acompañado de Femerlin (10+4) y el base Demirel. Croacia también caía (98-88) y Alemania se aseguraba el pase y jugar el primer puesto del grupo ante Yugoslavia.

Esa Yugoslavia, como hemos dicho antes, venía de dos tropiezos muy serios y había armado un equipo potentísimo (Stojakovic, Jaric, Drobnjak, Tarlac, Tomasevic…) Por si le faltaba algo,  estaba dirigida por la mano de hierro de Pesic, el hombre llamado a gobernar en un vestuario repleto de egos y envidias. Las cosas pronto comenzaron mal para Alemania, que veía como su estrella se cargaba rápido de faltas, mientras que el acierto plavi dejaba el encuentro roto casi al descanso, con una diferencia de 15 puntos. Solo Okulaja mantenía vivas las aspiraciones de la Mannschaft, que creyó en el milagro tras recortar la diferencia y llegar al periodo definitivo a solo cuatro puntos. Sin embargo, la quinta de Dirk y la sangre fría del otro All Star que había en pista, Stojakovic, cercenaron las ilusiones alemanas, que tendría que jugar la repesca ante la siempre incómoda Grecia.

El cuadro alemán se trasladaba a la capital, Ankara, para un partido que les iba a hacer sentir como en casa. Las guerras púnicas volvieron a estar más vivas que nunca, y el público turco se alió con los alemanes en la lucha contra su eterno enemigo, Grecia. Sin embargo, ese belicoso ambiente no hizo dudar a los hijos de Zeus, que sacaron del partido a los germanos, una sombra del equipo compacto que tanto agradó en la primera fase. Tras ese primer periodo demoledor (29-10) Alemania recobró fuerzas y mostró una fé y un amor propio que a partir de ese momento serían el santo y seña de un equipo al servicio de un líder. Nowitzki sacó a pasear todo su repertorio (incluido su famoso fade away a una pierna) para ir limando diferencias, que ya eran mínimas en el minuto 30 de partido (53-57)

Los griegos, por una vez en su historia, se vieron intimidados ante el huracán que era en ese momento el equipo alemán, que tras encadenar varias jugadas de un acierto sensacional, se alzaron con una gloria que parecía imposible apenas una hora antes. Nowitzki firmó 25 puntos y 15 rebotes en una noche que no se olvidaría en mucho tiempo.

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La fase final de este torneo se celebraría en el Abdi İpekçi Arena de Estambul, un recinto que era el orgullo del país y símbolo de una modernidad en ciernes. Francia y Alemania serían los protagonistas de un cruce de pronóstico incierto. El equipo galo era sospechoso (y lo seguiría siendo durante unos cuantos años más) de naufragar en los momentos cumbre, mientras que Alemania dependía en exceso de la inspiración de Nowitzki, que ya había demostrado ser el mejor jugador del torneo.

Con un Abdi İpekçi todavía caldeado tras el pase de su selección a semifinales en el partido previo, Alemania arrancó de nuevo excesivamente fría, maniatada por una defensa mixta francesa, que obstaculizaba el flujo de juego hacia el jugador de los Mavs. Sin embargo, conforme avanzaba el duelo los galos se mostraban cada vez más incapaces de sujetar a Dirk, que acribillaba sin piedad desde el 6,25 la zona francesa, y humillaba al pequeño Bilba (1,98 de altura) en la zona. Un tercer periodo demoledor (25 a 8 de parcial para los alemanes) cerró en partido, pese a los intentos de Laurent Foirest. Nowitzki acabó otra vez por encima de los treinta puntos (32) y rompía su techo con la selección. Esperaba Turquía en semifinales.

Y que semifinales. Empate a 77 y arde un Abdi İpekçi enloquecido, a 17 segundos del final de la prorroga. Ese fue el momento cumbre de una semifinal que pasará a la historia con mayúsculas del basket continental. Ni el acierto de Kutluay, ni la polivalencia de Torkoglu, ni la presión de una grada volcada con su país, había conseguido diezmar a un equipo con un Okulaja imperial (18+17) y un Nowitzki sublime hasta que fue expulsado por faltas poco antes. 17 segundos , Femerling en la línea con dos tiros tras una falta en un rebote y una presión enorme, más incluso que él (y el tipo mide 2,12 y pesa 115 kilos…). Lanza el primero y anota. Resopla. Aprieta el infierno turno. Bota, mira al aro una vez más, apunta… y Patrick falla.

La bola le llega inmediatamente a Torkoglu, con esa jerarquía invisible pero que nadie cuestiona. Bota sin prisa, sin un miedo aparente, a pesar de que tiene a doce mil almas detrás de sí, y todo parece ir más despacio. Rechaza el bloqueo directo que le ofrece su pívot y engaña a su defensor con una finta, penetra hacia en centro de la zona, de la que emerge el gigante Femerling, en busca de la redención. Torkoglu no cambia de ritmo, no pestañea, flota por el parquet y lanza una semi bomba. Anota y pone el 79-78. Provoca unos cuantos cientos de infartos en Turquía y acaba con el sueño germano. No habrá oro para Dirk.

No habrá oro, pero llevarse un metal de Turquía sigue sonando muy bien, como el principio de un cuento prometedor del que apenas se han escrito un par de capítulos. Eso mismo piensa España, otro equipo en crecimiento y que basa su esqueleto en una joven generación de jugadores que lo han ganado todo en categorías inferiores.

Si el partido ante Sabonis en 1999 significó la lucha entre el pasado y el futuro, el primer enfrentamiento ante Pau Gasol significa la primera reunión de titanes llamados a dominar el baloncesto europeo en la próxima década, con permiso de Asterix Parker. El ritmo del encuentro es frenético, y tanto Gasol como Dirk se pierden el respeto pronto. Se conocen bien de la NBA y saben donde pueden hacerse daño. Es un todo por el todo, un duelo sin red que eleva al alemán hasta los 43 puntos y 15 rebotes, mientras que Gasol se queda en los 31, pero abandona el pabellón con el bronce del cuello. Hay una jugada al final del partido en la que Dirk se inventa un estratosferico mate sobre Carlos Jimenez que hace enmudecer (y es difícil) al publico turco. La sensación de la jugada, y por ende del partido es mitad asombro, mitad incredulidad, como si se acabase de asistir al choque entre King Kong y Godzilla, entre dos bestias mitológicas que salen de Turquía consagrados definitivamente al Olimpo del baloncesto Europeo.

Suecia 2003: cuando Norrköping rimó con Waterloo

Dirk Nowitzki acudió por tercera vez a la llamada de la selección, pese a las reticencias de Marc Cuban, que había advertido cierto agotamiento de su estrella tras en Mundial de 2002 celebrado en Indianápolis, una cita que había concluido con un exitazo para el equipo alemán, una medalla de bronce ante Nueva Zelanda (y una épica venganza ante España en cuartos…) que los convertía en uno de los favoritos para el campeonato de Europa que se iba a celebrar en Suecia.

Alemania había consolidado del todo un grupo que se ponía siempre al servicio de su gran estrella, y que contaba con un quinteto muy marcado (Demirel, Okulaja, Pesic, Femerling y Nowitzki) y un sexto hombre como Garris, que hacía de chico para todo. Después de estos seis jugadores válidos -de acuerdo, Dirk es mucho más que válido, pero me aceptarán que lo meta en el grupo- la más absoluta nada. Ni el joven Maras, ni el veterano Arigbabu, ni nada de nada. Alemania presentaba un equipo tan corto que cualquier contratiempo era pagado de sobremanera.

Afortunadamente, el Grupo B parecía accesible y solo Lituania era un rival a considerar para el primer puesto, que daba acceso automático a cuartos de final, y que a la postre era el gran objetivo. El debut sería ante la débil Israel en el helado pabellón de Norrköping. Alemania comenzó mandando y a base del talento de Okulaja y Nowitzki (17 puntos para ambos) se impuso sin excesivos problemas, pero tampoco con demasiada brillantez (86-81). Por cierto, como casi en todo el torneo, apenas dos mil personas en las gradas. Enhorabuena a la FIBA por la elección de Suecia como país anfitrión.

Un día más tarde fue el turno de Letonia, que había firmado un gran papel en 2001 y buscaba repetir hazaña. Nowitzki tuvo uno de esos días en los que no suele dejar muchos amigos en el rival y acabó con 32 puntos y 9 rebotes, jugando con la defensa letona en la que Kaspars Kambala no tuvo su día (6 puntos). Dos de dos y clasificación en el bolsillo.

La tercera jornada se prometía mucho más dura, y vaya que si lo fue. En uno de los peores partidos de la selección alemana de los últimos años, Lituania sacó los colores del supuesto tercer mejor equipo del mundo, y a base de un ritmo imposible para un equipo tan corto de efectivos, acabó fácilmente con los germanos. El partido estaba prácticamente roto al descanso (quince abajo y una sensación de superioridad incuestionable) y Jasikevicius en modo predator, terminó de dar la puntilla de la paliza (93-71). Otro año más, era el turno de la repesca.

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El rival para ese partido era la selección de Italia, un equipo completamente distinto al de 1999 y en principio muy vulnerable. Aunque Alemania comienza lanzada gracias a un Demirel en estado de gracia (primeros cuatro triples sin fallo), pronto se vería que el cruce se iba a dirimir en un final apretado en el que los alemanes llegarían asfixiados -nadie a excepción de los seis jugadores mencionados antes jugó más de 4 minutos- y que se resolvería, como no podía ser de otra forma, en un cara o cruz.

Con solo 55 segundos por jugar y los italianos mandado por dos (78-80) Dirk disponía de dos tiros libres. Anota el primero, lo que suponía un 9/9 en su serie esa noche, pero el segundo se va desviado y golpea contra el hierro. Italia tiene la pelota con un punto de ventaja. Bulleri saca el yo-yó y ejecuta una posesión larga. Busca la penetración y choca con Dirk, que se pasa de frenada y comete falta. No hay bonus, y los italianos vuelven a empezar su cuenta de 24 segundos. Italia mueve el balón, y aunque está a punto de perderlo, consigue una buena penetración que acaba con el mate de Marconato.

Alemania pide tiempo con poco más de 22 segundos por jugar. Italia, que se supone hará falta ya que gana de tres, prepara la defensa. Sin embargo, salta la sorpresa y los italianos optan por jugar. El balón le llega a Nowitzki, que sale al trastabillado del bloqueo, lanza de tres… y balón al cristal. Mientras pide falta Okulaja falla solo debajo del aro, Italia coge el rebote y cierra el partido en la línea de tiros libres. Alemania cae antes de tiempo y Nowitzki se desahoga golpeando una puerta del helado pabellón de Norrköping, al sureste de Suecia.

El sueño olímpico tendrá que esperar.

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El angolazo… tierra quemada

Antes de ser dobles campeones del mundo, España estaba lejos de ser una potencia mundial. De hecho, si hay un lunar que ha quedado para la historia ha sido, sin duda, el Angolazo.

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Aquí el problema es que estáis muy mal acostumbrados.

Dos veces campeones del mundo, dos.

Tres campeonatos europeos.

Dos platas históricas, osando alterar el sistema nervioso de un par de “dream teams” (entre comillas; el único que se merece su ausencia es el original) durante ambas finales.

Chorrocientas medallas de diverso pelaje en cualquier competición oficial que se os ocurra. Solo les ha faltado un Globo de Oro, Miss Universo y Gran Hermano VIP.

Por encima del mero factor generacional, las dos últimas décadas de la selección española conforman el legado del que, con bastante probabilidad, es el equipo nacional más competitivo de la historia FIBA, y a quien pretenda discutirlo, bien, le ampara el derecho constitucional de estar equivocado. Esta última Copa del Mundo es un reflejo cristalino de la exasperante, contumaz competitividad de un núcleo de jugadores cuyo modelo de gestión, posiblemente, no sea el más adecuado para enseñar en las escuelas, pero que ha funcionado clamorosa e indiscutiblemente durante los últimos veinte años. Con o sin Navarro, con o sin Pau Gasol (no ha estado en ninguna de las dos finales mundialistas conquistadas), con o sin Scariolo. Siendo favoritos y sin serlo. Siempre ahí arriba. Up, up and away.

No siempre, por supuesto, ha sido así.

Cuando (no) éramos los mejores

Pensadlo de nuevo. Quedaos con esa horquilla de tiempo: veinte años. Comparadla con el periodo que transcurrió entre aquellos JJOO de Los Angeles, históricamente considerados como el punto de implosión de lo que se denominó, snif, el boom del baloncesto español, hasta el espectacular descenso a los infiernos que supuso el torneo olímpico de Barcelona: apenas ocho añitos de nada. Una visita a los aposentos de Satán que fue bautizada con un término que hizo singular suerte en su momento y que aún hoy en día es capaz de reconocer y asociar cualquier españolito de a pie: el angolazo.

Hagamos camino al andar. La final olímpica angelina acabó siendo el canto del cisne de un colectivo histórico; colectivo que abrió los cielos baloncestísticos a toda una generación (aquí un representante de la susodicha: hola) de jóvenes y menos jóvenes ávidos de una alternativa al rudo, omnipotente y más bien rijoso fútbol hispano, absolutamente intrascendente a nivel de selecciones, esposado aún a la carpetovetónica “furia”.

Después del cuarto puesto del mundial del 82 en Cali y del exuberante subcampeonato del europeo del 83 en Francia, nadie podía prever que desde la plata de Los Angeles no se iba a tocar chapa hasta el europeo de 1991 en Italia, el de la última victoria de Yugoslavia como país unificado (recuerde el querido lector la espantada de Jure Zdovc en pleno torneo). Fue un bronce agridulce, empero; vista la composición de los grupos, se daba por sentada la clasificación entre los cuatro primeros, así que la medalla no sirvió para calmar los encorajinados ánimos de la prensa contra Díaz-Miguel*, cada vez más enrocado en su pedestal, cada vez más devorado por su ego.

*Curioso lo de Díaz Miguel. En apenas 6-8 años había pasado de ser un innovador, gracias a sus contactos americanos, a ser adelantado por la derecha por toda la élite europea de técnicos. Nadie en la FEB supo verlo, o si lo vieron, carecían del poder necesario para moverle la silla al bueno de Antonio, convertido en todo un poder fáctico en el deporte español, entre otras cosas gracias a su amistad íntima con José María García. Ese poder fáctico.

El malrollismo crónico que arrastraba la selección se multiplicó exponencialmente durante las semanas previas a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Mientras la ciudad, y el país, se engalanaban disfrazados de jolgorio y modernidad, y el baloncesto mundial chillaba cual fan adolescente de Harry Styles ante lo que se avecinaba con ese circo itinerante llamado Dream Team; mientras, digo, el equipo nacional, sus técnicos, sus directivos, y cualquiera que vistiese alguna prenda con escudo de la FEB, se dedicaban a pisar todo charco disponible en los alrededores.

Por si no fuesen suficientes las guerrillas que Antonio mantenía contra (casi toda la) prensa, (algunos) directivos o (algunos) jugadores, agudizadas por una polémica lista de seleccionados a la que le faltaban centímetros (Antonio Martín, el mejor del europeo anterior, estaba lesionado, al igual que Juanan Morales; se descartó a Fernando Romay y a Ferran Martínez en beneficio de Santi Aldama), talento y suerte (Epi y Biriukov se lesionaron con la lista cerrada y sin posibilidad de sustituciones); y por una esperpéntica huelga de jugadores a cuenta de la aprobación del tercer extranjero en ACB. Por si fuera poco, el sorteo nos había situado en un grupo bastante complicado, en el que se encontraban, sin ir más lejos, los dos equipos que acabarían siendo finalistas del torneo. Aquello no podía acabar bien de ninguna manera.

Spoiler: no lo hizo.

La huelga acabó siendo un simple amago, pero el rastro de malas vibraciones fue el único camino que siguió el combinado nacional; Thelma y Louise y Díaz Miguel y doce jugadores, sin frenos ni atajos hacia el acantilado. Como un vallista que se tropieza en todos y cada uno de los obstáculos, así fue la absurda andadura del equipo español durante los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La primera valla que no supimos saltar fue la alemana. Una selección limitada en talento pero con la garantía de Schrempf en la pista y la de, atención, Svetislav Pesic fuera de ella, fue capaz de dejar a la española en paños menores en la primera jornada de grupos, y dejarnos ya, así de entrada, con la soga al cuello. Era un partido que, teniendo en cuenta que las citas con Croacia y USA se daban por perdidas, había que ganar. Perdón: HABÍA QUE GANAR.

Pero a los alemanes les bastó con una actuación aseada del jugador de los Pacers, la astuta dirección del zorro serbio, y 20 rebotes de Hansi Gnad (hurgando en la herida de nuestra falta de centímetros), para imponerse (74-83) y desesperar a un pabellón badalonés que se pasó buena parte del encuentro exigiendo a golpe de cántico a Tomás Jofresa, al que Díaz Miguel le dio… los últimos tres minutos. Al técnico de Ciudad Real le iba la marcha, no me lo negaréis.

La segunda valla sí se superó: a fin de cuentas, incluso un reloj estropeado etcétera. Una victoria afanosa y agónica contra Brasil, 101-100, recargaba un poco las pilas de la esperanza, gracias a un tiro libre de Santi Aldama a falta de 7 segundos. El buen partido de Villacampa y Jiménez y la defensa coherentemente carnavalesca de los brasileños se combinaron para contrarrestar, a duras penas, los 44 puntazos de Oscar Schmidt, el antebrazo de dios. La clasificación para los cruces aún era posible.

La tercera valla era casi insuperable, pero se tropezó con dignidad. Fue, posiblemente, el mejor partido de la selección en aquellos juegos, pero Croacia era un obstáculo demasiado ampuloso: Petrovic, Kukoc, Radja, Perasovic, Vrankovic, Komazec… España aguantó 35 minutos antes de entregar la cuchara (79-88), pero había combinaciones de resultados que posibilitaban la clasificación para la siguiente fase, dando por sentada la derrota en la última jornada contra el Dream Team… y la victoria contra la cenicienta del grupo, esa Angola de la que Charles Barkley había dejado una de sus múltiples perlas antes de su enfrentamiento: “No conozco a Angola, pero Angola tiene un problema”. Pero no, el problema lo tuvo España.

¡Que viene el lobo!

Una de las recurrentes armas arrojadizas que se le echaban en cara a Antonio Díaz Miguel era su insistencia en hiperbolizar las virtudes de sus rivales hasta lo casi ridículo. Daba igual si se iba a enfrentar a Estados Unidos o a el equipo de la orquesta sinfónica de Liechtenstein, Antonio pintaba al adversario de turno como un rival temible, de excelsos tiradores y poderoso rebote, y cada potencial victoria como una gesta digna de ser relatada por Homero.

Si a esta característica del técnico español le aplicamos el factor corrector “Pedro y el lobo”, entenderá el lector que nadie hiciera caso a sus voces de alerta: “los angoleños no son mancos ni cojos, tienen una defensa muy dura y buen tiro”. Todo el mundo pensaba que la Angola liderada por un tal Jean-Jacques Conceiçao (nombre enquistado en la cultura popular desde entonces) era una fruslería, incluso a pesar de sus derrotas por la mínima ante Alemania, Brasil y Croacia, y su status de multicampeona africana. Pero no lo era.

En la cuarta valla la selección española se dejó las rodillas, los tobillos y la mayor parte de su dignidad. El partido es legendario por lo que significó y no tanto por su desarrollo, así que probablemente pocos recuerden que al descanso solo se perdía por un punto (36-37), jugando mal pero con la sensación de que la victoria no era más que cuestión de tiempo. Y era cierto: en concreto, el que transcurrió desde la reanudación hasta el 41-61 a falta de 7 minutos, durante el cual el combinado hispano fue incapaz de anotar una sola canasta de campo.

Ese último tramo, con todo ya resuelto (hasta el 63-83 definitivo), fue un festival africano de mates, triples y pases jaleados por un público que, falto de alegrías propias, decidió volcar en el escarnio de sus jugadores las frustraciones de los últimos ocho años. De poco sirvió la pizca de decoro recobrado en el histórico partido contra USA (81-122): la atmósfera, como prueba esta entrevista a cuchillo de Quique Guasch al pobre Epi, o esta portada de “Gigantes” a la semana siguiente, estaba cargada de radioactividad tóxica. A su lado, “Chernobyl” era un parque temático.

Las consecuencias no se hicieron esperar, más allá del remate del torneo en un partido con el noveno puesto en juego… contra Angola, una pírrica victoria (78-75) que acabó a puñetazos, más cerca de una precuela de “John Wick” que de un encuentro de baloncesto, porque era lo que a esas alturas le pedía el cuerpo a todos. Juan Antonio San Epifanio se retiraba (o eso creía él: aún volvería para un par de campeonatos más) de la selección con el sabor agridulce del descalabro después de ser el último relevista de la antorcha olímpica. Antonio Díaz Miguel, que en la rueda de prensa posterior al angolazo negaba rotundamente la posibilidad de dimitir, fue obligado a no emborronar más su legendaria carrera por la FEB, no renovándole y designando seleccionador a otro tótem, de similar casta pero mucho mejor pelo: Lolo Sáinz. El mítico técnico de Tetuán fue el encargado de portear al baloncesto español durante su etapa de transición hasta la generación del 99.

No sin disfrutar, en primera persona y con asiento premium, de la secuela “El angolazo 2: ahora, con China”.

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Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

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Costa a costa

Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

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El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del Mundial de China. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

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