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Nowitzki y los Eurobasket, una historia de amor y odio (I)

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El perfil de Facebook de la Federación Alemana de Baloncesto dejó una de las bombas del año para el baloncesto FIBA. Dirk Nowitzki, para muchos el mejor jugador europeo de la historia, volvería a vestir la camiseta germana una vez más y acudiría con su selección al Eurobasket que se celebrará en pocos días

La leyenda de los Mavs no se enfundaba la “Mannschaft” desde 2011, cuando en compañía del NBA Chris Kaman naufragó en un torneo dominado por el equipo español. Repasamos en este artículo la trayectoria de un jugador que ha marcado una época en el baloncesto europeo y que previsiblemente acabará aquí su andadura internacional, salvo que logre -algo a priori bastante improbable- clasificar a su selección para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro que se disputan el año que viene.

Francia 1999: cuando nació una estrella

Cuando Dirk Nowitzki saltó al parquet del Arena SAOS de Dijon para disputar su primer partido oficial con la selección alemana absoluta, ya era toda una estrella. Si, tal vez no era el nombre más rutilante de aquel Eurobasket que tan buen sabor de boca nos dejó a los españoles, pero después de su controvertido fichaje por Dallas y una dura experiencia de aclimatación a la liga americana, Dirk había acabado la temporada con muy buenas sensaciones y, lo más importante, con la titularidad en el bolsillo. Y ser titular en la NBA de los 90 siendo europeo era una carta de presentación inmejorable

Con apenas 20 años Nowitzki ya se daba por hecho que sería el faro ofensivo de una Alemania que llevaba desde el milagro del 93 sin pintar nada a nivel internacional, y que consideraba a aquel altísimo alero, capaz de hacer mil cosas en la pista, la mayor esperanza para conseguirlo.

Nowitzki no tendría muy buena compañía para lograr ese objetivo, y al margen de su eterno mentor  Holger Geschwindner, solo podría contar con la ayuda destacada de Patrick Femerling, un esforzado pívot que pasó por el Barcelona poco tiempo después, el veterano alero Henrik Rödl y un talentoso elemento extraño llamado Ademola Okulaja, inmigrante alemán nacido en Nigeria y que acababa de concluir su periplo en la Universidad de Carolina del Norte (aunque Okulaja ya tuvo presencia en la selección en 1995).

Esta pobre corte de escuderos, no obstante, ayudó a la primera victoria alemana en el torneo, en el choque inicial ante Grecia. En un partido tosco, como no podía ser de otro forma frente esos griegos de Sigalas y Jake Tsakalidis, y Nowitzki logró 21 puntos y 5 rebotes dando la victoria a los alemanes en los instantes finales (59-58) y supuso toda una sorpresa, poniendo el grupo D (compuesto por Lituania, República Checa, Grecia y Alemania) completamente patas arriba. Este equipo griego acabaría fuera a las primeras de cambio, lo que aceleraría el cambio generacional de los helenos y la llegada de la savia nueva (Papaloukas, Diamantidis…) en los próximos años.

El segundo partido del grupo D en este Eurobasket se ha convertido, con el paso del tiempo, en una especie de película de culto, un Reservoir Dogs baloncestístico que nunca está de más revisar si se puede. El motivo, tan evidente como excepcional. Se enfrentaban el considerado por muchos mejor jugador europeo de la historia, el lituano Arvydas Sabonis, y el a la postre considerado por muchos (no sabemos si los mismos) mejor jugador europeo de la historia en el presente, nuestro amigo Dirk. Como suele pasar en estas ocasiones, el choque no fue para tanto y la partida la ganaron fácilmente los lituanos, con un Sabonis notable (20+11 aunque con bajos porcentajes) y un Nowitzki anulado, pese a irse a 16 puntos. La clase de Stombergas tumbó a los alemanes (84-74), que se jugarían la segunda posición del grupo ante la República Checa, que venía de ganar a Grecia con un gran Lubos Barton.

Ese partido quizá fue el mejor de Alemania en todo el Europeo, aplicando una defensa voraz y muy activa (patrimonio del equipo germano durante los próximos años) y liberando todo el talento de un Nowitzki que se marchó hasta los 23 puntos y que terminaba su alumbramiento europeo en Dijon. Tocaba la segunda fase.

Esa segunda fase, fruto de un sistema de competición algo extraño, supuso un segundo grupo de seis equipos y tres enfrentamientos de liguilla más. Alemania debería verse las caras ante Croacia, Turquía e Italia, y precisamente estos últimos fueron el primer rival.

Esa Italia del 99 parece sacada, vista desde el prisma de nuestros días, de un viejo cuento del baloncesto europeo, pero hay que recordar que hasta no hace tantos años la azzurra era la tercera potencia continental justo por detrás de yugoslavos y soviéticos.

El conjunto transalpino, todo un equipazo sustentado en los nacionalizados (uno más que otro) Gregor Fucka y Carlton Myers, trituró a los de Henrik Dettmann y borró a Dirk del mapa (8 puntos y problemas con las faltas) hasta desesperarlo. El objetivo de cuartos estaba más complicado que nunca.

Nowitzky Alemania

La siguiente parada fue un día más tarde en el mismo escenario de Le Mans, y el rival era la siempre irregular selección turca. Al contrario que los italianos, los turcos tenían fama por entonces de amilanarse en las grandes citas, y sin duda parecía un contrario mucho más asequible. En un partido tenso (y aburrido, muy aburrido) los turcos se aprovecharon de la juventud de Nowitzki y compañía para llevarlos a su terreno, y derrotar (63-55) a los alemanes que tuvieron demasiados fallos en los instantes clave.

El pase a cuartos dependía de una carambola, que pasaba, en primera instancia, por derrotar a la selección Croacia de Toni Kukoc. El alero croata y su equipo de estrellas (Vujcic, Giricek, Prkacin…) cayó estrepitosamente ante los alemanes y se despidieron del torneo de forma abrupta, con una actuación destacada de Nowitzki (21 puntos y rebotes.) Esta eliminación supuso también el fin de Kukoc y su relación con la selección balcánica, tras dos medallas de bronce (1994 y 1995) y la plata ante el Dream Team en 1992.

La paliza alemana, -que fue otra sorpresa enorme-, colocaba a Alemania por encima de los Croatas por diferencia de puntos y dejaba todo en manos de Turquía, que debía ganar a los checos para no tener un problema de puntos en el triple empate. Un enorme Mirsad Türkcan se ocupó de esto y Alemania llegaba, contra todo pronóstico, a los cuartos de final, donde esperaría la potentísima Yugoslavia

El 1 de julio de 1999 fue quizá la primera vez que los ojos del gran público europeo se detuvieron en Dirk Nowitzki. Pese a su buen hacer en la NBA y una notable primera y segunda fase del Eurobasket, jugar ante Yugoslavia por las medallas estaba a otro nivel (al menos por entonces) y podía suponer su consagración ante el gran público. Sin embargo, los doce mil parisinos no pudieron ver nada de eso, y el jugador de los mavs estuvo muy gris durante los cuarenta minutos. Alemania aguantó el tipo toda la primera parte (38-35 al descanso) pero en los minutos finales carecieron del acierto y la determinación que si tenían, y de sobra, los yugoslavos. Danilovic y Bodiroga fueron demasiado y Alemania quedó fuera de las semis, con solo 11 puntos y 5 rebotes de su mirlo blanco.

En la batalla por la quinta plaza (clave para disputar el pre olímpico de Sydney 2000) Alemania cayó ante los rusos (74-70 con 15 puntos de Dirk) y acabó en séptimo lugar tras derrotar a Turquía, en un partido que no sirvió para enjuagar las lagrimas de un equipo que se quedaba sin sueño olímpico a pesar de haber derrotado a equipos del nivel de Croacia o Grecia.

Turquía 2001: Cuando Dirk conoció a Pau

Si en 1999 Nowitzki llegó a su primera gran cita con un relativo desconocimiento de el gran público hacia él, dos años más tarde ya era una de las caras reconocibles del torneo que se iba a celebrar en tierras otomanas. Consolidado con toda una estrella de la NBA, el cuatro de los Mavs adquirió una jerarquía rotunda en su selección, hasta el punto de acreditar unos números sin parangón a lo largo del campeonato, con 28.7 puntos y 9.1 rebotes de media.

El equipo alemán, entrenado por Henrik Dettmann, quedó encuadrado en el complicado Grupo C, y tendría como compañeros de viaje a una Yugoslavia herida en su orgullo tras fracasar en 1999 y en las olimpiadas de Sydney, a la siempre peligrosa Croacia y a toda una incógnita, la selección de Estonia. El primero de grupo pasaría directamente a cuartos (plaza que presumible mente sería para Yugoslavia) mientras que tanto el segundo como tercero jugarían una repesca. Esa selección alemana parecía más potente que la de dos años atrás, al contar también con el altísimo Shawn Bradley, el belicoso Stefano Garris y los ya citados anteriormente Femerling y Okulaja. Por cierto, que fiel a su costumbre en la NBA, Bradley sería una decepción del torneo. Pero eso seguro que ya lo intuían, queridos lectores.

Alemania arrancaba el torneo ante el teórico rival más sencillo, Estonia, en un partido básico para la superviviencia en el torneo. Los estonios afrontaban su primera cita de máximo nivel, y, pese a contar con el NBA nacionalizado Martin Müürsepp, poco pudieron hacer ante un Dirk Nowitzki que desde el primer momento quiso dejó constancia del nuevo orden en el firmamento europeo. Estonia duró media parte, hasta que en el tercer cuarto el alero de los Mavs comenzó a anotar desde todas las posiciones -a pesar de sufrir dobles marcajes en varias fases del partido-, terminando con 33 puntos y 12 rebotes. El público de la pequeña sede de Antalya acababa de conocer todo el poder del mejor jugador europeo del momento.

Muy distinto fue el segundo choque, que enfrentaba a Alemania y Croacia, con el recuerdo del partido de 1999 como telón de fondo. Los alemanes abrieron fuego a base de ataques rápidos, con un Nowitzki que castigaba una y otra vez a su emparejamiento a base de fintas y velocidad. Ni Zan Tabak ni Nikola Prkácin podían frenar al de Wuzburg, que volvió a superar la treintena de puntos (31) y estuvo excepcionalmente acompañado de Femerlin (10+4) y el base Demirel. Croacia también caía (98-88) y Alemania se aseguraba el pase y jugar el primer puesto del grupo ante Yugoslavia.

Esa Yugoslavia, como hemos dicho antes, venía de dos tropiezos muy serios y había armado un equipo potentísimo (Stojakovic, Jaric, Drobnjak, Tarlac, Tomasevic…) Por si le faltaba algo,  estaba dirigida por la mano de hierro de Pesic, el hombre llamado a gobernar en un vestuario repleto de egos y envidias. Las cosas pronto comenzaron mal para Alemania, que veía como su estrella se cargaba rápido de faltas, mientras que el acierto plavi dejaba el encuentro roto casi al descanso, con una diferencia de 15 puntos. Solo Okulaja mantenía vivas las aspiraciones de la Mannschaft, que creyó en el milagro tras recortar la diferencia y llegar al periodo definitivo a solo cuatro puntos. Sin embargo, la quinta de Dirk y la sangre fría del otro All Star que había en pista, Stojakovic, cercenaron las ilusiones alemanas, que tendría que jugar la repesca ante la siempre incómoda Grecia.

El cuadro alemán se trasladaba a la capital, Ankara, para un partido que les iba a hacer sentir como en casa. Las guerras púnicas volvieron a estar más vivas que nunca, y el público turco se alió con los alemanes en la lucha contra su eterno enemigo, Grecia. Sin embargo, ese belicoso ambiente no hizo dudar a los hijos de Zeus, que sacaron del partido a los germanos, una sombra del equipo compacto que tanto agradó en la primera fase. Tras ese primer periodo demoledor (29-10) Alemania recobró fuerzas y mostró una fé y un amor propio que a partir de ese momento serían el santo y seña de un equipo al servicio de un líder. Nowitzki sacó a pasear todo su repertorio (incluido su famoso fade away a una pierna) para ir limando diferencias, que ya eran mínimas en el minuto 30 de partido (53-57)

Los griegos, por una vez en su historia, se vieron intimidados ante el huracán que era en ese momento el equipo alemán, que tras encadenar varias jugadas de un acierto sensacional, se alzaron con una gloria que parecía imposible apenas una hora antes. Nowitzki firmó 25 puntos y 15 rebotes en una noche que no se olvidaría en mucho tiempo.

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La fase final de este torneo se celebraría en el Abdi İpekçi Arena de Estambul, un recinto que era el orgullo del país y símbolo de una modernidad en ciernes. Francia y Alemania serían los protagonistas de un cruce de pronóstico incierto. El equipo galo era sospechoso (y lo seguiría siendo durante unos cuantos años más) de naufragar en los momentos cumbre, mientras que Alemania dependía en exceso de la inspiración de Nowitzki, que ya había demostrado ser el mejor jugador del torneo.

Con un Abdi İpekçi todavía caldeado tras el pase de su selección a semifinales en el partido previo, Alemania arrancó de nuevo excesivamente fría, maniatada por una defensa mixta francesa, que obstaculizaba el flujo de juego hacia el jugador de los Mavs. Sin embargo, conforme avanzaba el duelo los galos se mostraban cada vez más incapaces de sujetar a Dirk, que acribillaba sin piedad desde el 6,25 la zona francesa, y humillaba al pequeño Bilba (1,98 de altura) en la zona. Un tercer periodo demoledor (25 a 8 de parcial para los alemanes) cerró en partido, pese a los intentos de Laurent Foirest. Nowitzki acabó otra vez por encima de los treinta puntos (32) y rompía su techo con la selección. Esperaba Turquía en semifinales.

Y que semifinales. Empate a 77 y arde un Abdi İpekçi enloquecido, a 17 segundos del final de la prorroga. Ese fue el momento cumbre de una semifinal que pasará a la historia con mayúsculas del basket continental. Ni el acierto de Kutluay, ni la polivalencia de Torkoglu, ni la presión de una grada volcada con su país, había conseguido diezmar a un equipo con un Okulaja imperial (18+17) y un Nowitzki sublime hasta que fue expulsado por faltas poco antes. 17 segundos , Femerling en la línea con dos tiros tras una falta en un rebote y una presión enorme, más incluso que él (y el tipo mide 2,12 y pesa 115 kilos…). Lanza el primero y anota. Resopla. Aprieta el infierno turno. Bota, mira al aro una vez más, apunta… y Patrick falla.

La bola le llega inmediatamente a Torkoglu, con esa jerarquía invisible pero que nadie cuestiona. Bota sin prisa, sin un miedo aparente, a pesar de que tiene a doce mil almas detrás de sí, y todo parece ir más despacio. Rechaza el bloqueo directo que le ofrece su pívot y engaña a su defensor con una finta, penetra hacia en centro de la zona, de la que emerge el gigante Femerling, en busca de la redención. Torkoglu no cambia de ritmo, no pestañea, flota por el parquet y lanza una semi bomba. Anota y pone el 79-78. Provoca unos cuantos cientos de infartos en Turquía y acaba con el sueño germano. No habrá oro para Dirk.

No habrá oro, pero llevarse un metal de Turquía sigue sonando muy bien, como el principio de un cuento prometedor del que apenas se han escrito un par de capítulos. Eso mismo piensa España, otro equipo en crecimiento y que basa su esqueleto en una joven generación de jugadores que lo han ganado todo en categorías inferiores.

Si el partido ante Sabonis en 1999 significó la lucha entre el pasado y el futuro, el primer enfrentamiento ante Pau Gasol significa la primera reunión de titanes llamados a dominar el baloncesto europeo en la próxima década, con permiso de Asterix Parker. El ritmo del encuentro es frenético, y tanto Gasol como Dirk se pierden el respeto pronto. Se conocen bien de la NBA y saben donde pueden hacerse daño. Es un todo por el todo, un duelo sin red que eleva al alemán hasta los 43 puntos y 15 rebotes, mientras que Gasol se queda en los 31, pero abandona el pabellón con el bronce del cuello. Hay una jugada al final del partido en la que Dirk se inventa un estratosferico mate sobre Carlos Jimenez que hace enmudecer (y es difícil) al publico turco. La sensación de la jugada, y por ende del partido es mitad asombro, mitad incredulidad, como si se acabase de asistir al choque entre King Kong y Godzilla, entre dos bestias mitológicas que salen de Turquía consagrados definitivamente al Olimpo del baloncesto Europeo.

Suecia 2003: cuando Norrköping rimó con Waterloo

Dirk Nowitzki acudió por tercera vez a la llamada de la selección, pese a las reticencias de Marc Cuban, que había advertido cierto agotamiento de su estrella tras en Mundial de 2002 celebrado en Indianápolis, una cita que había concluido con un exitazo para el equipo alemán, una medalla de bronce ante Nueva Zelanda (y una épica venganza ante España en cuartos…) que los convertía en uno de los favoritos para el campeonato de Europa que se iba a celebrar en Suecia.

Alemania había consolidado del todo un grupo que se ponía siempre al servicio de su gran estrella, y que contaba con un quinteto muy marcado (Demirel, Okulaja, Pesic, Femerling y Nowitzki) y un sexto hombre como Garris, que hacía de chico para todo. Después de estos seis jugadores válidos -de acuerdo, Dirk es mucho más que válido, pero me aceptarán que lo meta en el grupo- la más absoluta nada. Ni el joven Maras, ni el veterano Arigbabu, ni nada de nada. Alemania presentaba un equipo tan corto que cualquier contratiempo era pagado de sobremanera.

Afortunadamente, el Grupo B parecía accesible y solo Lituania era un rival a considerar para el primer puesto, que daba acceso automático a cuartos de final, y que a la postre era el gran objetivo. El debut sería ante la débil Israel en el helado pabellón de Norrköping. Alemania comenzó mandando y a base del talento de Okulaja y Nowitzki (17 puntos para ambos) se impuso sin excesivos problemas, pero tampoco con demasiada brillantez (86-81). Por cierto, como casi en todo el torneo, apenas dos mil personas en las gradas. Enhorabuena a la FIBA por la elección de Suecia como país anfitrión.

Un día más tarde fue el turno de Letonia, que había firmado un gran papel en 2001 y buscaba repetir hazaña. Nowitzki tuvo uno de esos días en los que no suele dejar muchos amigos en el rival y acabó con 32 puntos y 9 rebotes, jugando con la defensa letona en la que Kaspars Kambala no tuvo su día (6 puntos). Dos de dos y clasificación en el bolsillo.

La tercera jornada se prometía mucho más dura, y vaya que si lo fue. En uno de los peores partidos de la selección alemana de los últimos años, Lituania sacó los colores del supuesto tercer mejor equipo del mundo, y a base de un ritmo imposible para un equipo tan corto de efectivos, acabó fácilmente con los germanos. El partido estaba prácticamente roto al descanso (quince abajo y una sensación de superioridad incuestionable) y Jasikevicius en modo predator, terminó de dar la puntilla de la paliza (93-71). Otro año más, era el turno de la repesca.

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El rival para ese partido era la selección de Italia, un equipo completamente distinto al de 1999 y en principio muy vulnerable. Aunque Alemania comienza lanzada gracias a un Demirel en estado de gracia (primeros cuatro triples sin fallo), pronto se vería que el cruce se iba a dirimir en un final apretado en el que los alemanes llegarían asfixiados -nadie a excepción de los seis jugadores mencionados antes jugó más de 4 minutos- y que se resolvería, como no podía ser de otra forma, en un cara o cruz.

Con solo 55 segundos por jugar y los italianos mandado por dos (78-80) Dirk disponía de dos tiros libres. Anota el primero, lo que suponía un 9/9 en su serie esa noche, pero el segundo se va desviado y golpea contra el hierro. Italia tiene la pelota con un punto de ventaja. Bulleri saca el yo-yó y ejecuta una posesión larga. Busca la penetración y choca con Dirk, que se pasa de frenada y comete falta. No hay bonus, y los italianos vuelven a empezar su cuenta de 24 segundos. Italia mueve el balón, y aunque está a punto de perderlo, consigue una buena penetración que acaba con el mate de Marconato.

Alemania pide tiempo con poco más de 22 segundos por jugar. Italia, que se supone hará falta ya que gana de tres, prepara la defensa. Sin embargo, salta la sorpresa y los italianos optan por jugar. El balón le llega a Nowitzki, que sale al trastabillado del bloqueo, lanza de tres… y balón al cristal. Mientras pide falta Okulaja falla solo debajo del aro, Italia coge el rebote y cierra el partido en la línea de tiros libres. Alemania cae antes de tiempo y Nowitzki se desahoga golpeando una puerta del helado pabellón de Norrköping, al sureste de Suecia.

El sueño olímpico tendrá que esperar.

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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