Cuenta Kenny Smith que, mientras David Robinson recogía el galardón como MVP de la temporada 1994-95 en el primer partido de las Finales de Conferencia, Hakeem Olajuwon le susurraba al oído que ese premio debía haber sido suyo.

Imagino que aquel cruce pesa mucho. Sigue en la mente del aficionado común. Sobre todo, por la magnitud de la hazaña de ‘The Dream’. Llegaban los Spurs como claros favoritos al anillo, pero Houston (con ese corazón de equipo campeón, que diría Tomjanovich) hizo saltar la banca desde el comienzo de las eliminatorias. El factor cancha jamás fue decisivo. La química apareció por fin en el momento clave, y el mejor pívot del momento condujo a los suyos a la gloria, como había hecho doce meses antes. Primero cayeron los Jazz, tras ir dominando 2-1, después los Suns (en una serie épica resuelta por un punto en el séptimo partido), y posteriormente los Spurs. Los inexpertos Magic no serían rivales en las Finales.

De aquellos Playoffs, Olajuwon saldría sabiéndose ya leyenda. Y un hombre, marcado: David Robinson, MVP de aquel curso, quien había firmado con San Antonio un balance de 62-20 en regular season, haciendo el mejor baloncesto de su vida. De pronto, tras ser arrasado por el nigeriano, daban igual todos sus logros, daba igual su capacidad. Su rival había dado un clínic de fundamentos en su enfrentamiento directo, y la estrella de los del Álamo era señalada por todos los seguidores del mundo de la canasta. Como si hubiera sido una mentira, como si se hubiese exagerado. De pronto, el debate giraba en torno a si el ‘50’ estaba sobrevalorado. Y la calle comenzó a menospreciar al Almirante.

David Robinson Hakeem Olajuwon

Foto: ESPN

Jamás he negado que soy aficionado de San Antonio. Lo era antes de Duncan. Lo fui sin que Robinson hubiera aterrizado en Texas. Vale que no era tan consciente como lo fui luego, y que mi preferencia se basó en la coincidencia del nombre del barrio colindante a donde vivía con la urbe en la que juegan los Spurs. Pero cuando eres niño, y nuevo en algo, las razones no son las comunes. Te bastan pequeños acicates que van más en la línea de la simpatía. Con esto quiero poner en relieve que no siempre he disfrutado con los éxitos de mi equipo favorito, como he hecho en los últimos tiempos. La era Duncan, o la era Pop, como queramos llamarla. Sin embargo, pese a no ganar antes el trofeo Larry O’Brien, sí que estaba acostumbrado a encontrar a los míos en el bracket de postemporada. Y el responsable máximo fue un pívot formado en la Navy al que muchas veces no se valora en su justa medida.

Le preguntaban a Bob Bass, General Manager por entonces de la franquicia texana, el 17 de mayo de 1987, tras ganar la lotería del Draft lo que supondría, de seleccionar al pívot, la espera de dos años para que el jugador se incorporase al equipo (cumpliría dos años más de servicio militar en la Marina tras graduarse): “Hemos esperado 14 años, podemos esperar otro par”. La apuesta era segura, y a largo plazo.

Apartado deportivo

Con su llegada, en 1989, los Spurs ganarían 35 partidos más que la temporada anterior, estableciendo una marca que se vería superada precisamente de nuevo por los texanos, cuando, tras perderse Robinson la 1996-97 por lesión, la entrada en escena de Duncan, y la recuperación de nuestro protagonista, propició que la diferencia entre un año y otro se estableciera en 36.

Pero vamos al fondo de la cuestión. ¿Fue David Robinson un jugador sobrevalorado? Yo diría que no. Sus primeros siete años en la liga fueron incontestables. No había dudas al respecto de su figura. Rookie del año, mejor defensor en 1992 y MVP en 1995. A esto hay que añadirle múltiples premios IBM que se otorgaban en base a una valoración conjunta de registros. Que nadie se sorprenda; el Almirante fue en al menos una vez líder del curso en puntos, rebotes y tapones, y estuvo, además de en los apartados ya mencionados, una vez Top 5 de robos y en múltiples ocasiones en el Top 10 en tiros de campo. Y si queremos irnos a la estadística avanzada, echar un vistazo a aquello del ‘win shares’ podría llegar a sorprendernos. Seamos más concretos: en dichos años (los que van de 1989 a 1996), sus números estaban próximos a los 26 puntos por partido, 12 rebotes, 4  tapones y un 53% de acierto en tiro de campo. Algo así como lo que se esperaba que llegase a ser (y nunca fue) Dwight Howard.

El significado, en cuanto a impacto de lo comentado, convirtió a los Spurs en equipo de Playoffs cada abril, pese a que la plantilla siempre fuese algo corta. Solo Terry Cummings, en sus primeros tres años vistiendo de negro, aportaba cierta solidez. Rod Strickland mostró su mejor versión ya lejos del Álamo, y Sean Elliot, pese a su progresión e innegable nivel, nunca fue ese jugador capaz de sostener a los suyos en ausencia de la gran estrella. Así pues, fueron pasando por el HemisFair Arena y el Alamodome baloncestistas que no pudieron ofrecer el salto de calidad necesario. Para más inri, el hecho de alcanzar siempre la postemporada impedía a San Antonio optar de nuevo a una buena elección en el Draft. Haciendo un paralelismo, que por ejemplo Shaquille O’Neal no guiase a Orlando Magic en su primer curso a las eliminatorias, les permitiría escoger a Penny Hardaway en la siguiente lotería, y edificar sobre no solo un pilar, sino dos puntos de apoyo. Dando un dato más contundente, el único compañero que Robinson tuvo a su lado en sus primeras temporadas capaz de integrar uno de los All-NBA Team fue Dennis Rodman (tercer equipo en la 94-95). Más allá de hombres con un rol específico (los Vinny del Negro, Avery Johnson o Chuck Person), la plantilla no era para tirar cohetes.

Entre 1989 y 1996 Robinson se erigió en la némesis de Hakeem, siendo cuatro veces el ‘5’ del primer equipo de la temporada (Patrick Ewing lo fue únicamente una vez y Olajuwon las otras dos). ¿Qué ocurrió después? La maldita, y bendita a la vez, lesión de espalda que le apartaría de las canchas durante prácticamente toda la campaña 96-97. El Almirante nunca volvería a ser el mismo, pero el azar quiso que, justo una década más tarde, los Spurs volviesen a ganar el sorteo del Draft. Y, como en aquella ocasión, el boleto traía premio seguro: Tim Duncan, el mejor ala-pívot de todos los tiempos y máxima figura de la historia de la franquicia.

Atrás quedarían preguntas tales como “¿qué pudo llegar a ser Robinson?”, “¿qué hubiera pasado si…?”. Todo condicionado por un parón forzado, en el que Gregg Popovich se hizo con los mandos. Y hay que tener en cuenta que esta circunstancia se dio sin saber aún de que la suerte iba a presentarse en la figura de un exnadador de las Islas Vírgenes. El caballo ganador de Pop no era ese personaje al que David Robinson cedería el testigo, otorgándole las llaves de una nave que hubiera sido suya hasta que hubiese querido. El coach tomó asiento con Robinson como único as. Ambos comprendieron pronto lo que les cayó del cielo. Robinson entonces se centró más en labores específicas y, bajo la pizarra de Pop, tiranizó la pintura al lado de la torre más moderna.

David Robinson

Foto: Getty Images

La aventura de las ‘Torres Gemelas’ en San Antonio tuvo seis episodios, cosechando dos anillos. Coincidiendo con el perfil más bajo como jugador de David Robinson, tal vez con el recordado por la mayoría. Dándose un homenaje, en su último encuentro se permitió el lujo de cosechar 17 capturas bajo los aros, cerrando la puerta tras coronarse campeón de la NBA. Volviendo a sus dos grandes rivales de la época: ¿alguien recuerda  a Hakeem en Toronto o los años de Ewing en Seattle y Orlando? La despedida del Almirante fue inmejorable.

Factor humano

Es habitual ver a David Robinson en las gradas del AT&T Center, disfrutando, como uno más, de la trayectoria del que fuese su equipo, ya sin él. Las ‘Torres Gemelas’ dieron paso al ‘Big Three’, como este a su vez ha presenciado el nacimiento de una nueva superestrella en la persona de Kawhi Leonard. El Almirante forma parte del entorno, del hábitat, del ecosistema spur. Y es que no solo deportivamente su paso por la escuadra texana ha marcado un antes y un después. La figura que fue, pero sobre todo, cómo se comportó siempre, forma parte del ADN de la franquicia. Más o menos duros, más o menos vistosos, a los Spurs no se les relaciona con la polémica. Si acaso aquella serie ante los Suns de Nash alberga algún tipo de duda al respecto. La actitud de los baloncestistas más importantes desde Robinson está fuera de sospecha. Duncan, Parker, Ginóbili… Ahora Kawhi o LaMarcus Aldridge. Similitudes palpables.

Más allá del equipo, la ciudad. Una identidad con la que Robinson comulga. Un tipo humilde, pese a su condición de genio matemático o superdotado en lo físico. En Texas, Dallas y Houston históricamente han hecho sombra a San Antonio. La búsqueda de identificación deportiva como meta. Y aprovechar la tesitura para extrapolarlo a la comunidad.

El compromiso de Robinson llegó desde el primer minuto. Donaciones para la continua formación académica de estudiantes de High School o universitarios, fueron la semilla de la Fundación David Robinson, que ayuda a financiar y establece donaciones a diversas organizaciones benéficas para niños y minorías. A destacar una concesión de nueve millones de dólares a la Academia Carver, escuela de preparación para la universidad en el este de la ciudad. Más allá de lo tangible, la entrega de esperanza a cambio de nada. Luego se sumarían más proyectos como el de suministro de pañales y alimentos para bebés necesitados.

El carácter de Robinson como espejo. La inapelable derrota ante Houston fue aceptada con una deportividad ejemplarizante. Alabando a su rival, mostrando respeto y no dejando de ser profesional en ningún momento. Esto es algo que sería seña de personalidad tanto en el ‘50’ como en su conjunto durante todo este tiempo.

Su relación con Tim Duncan también nos sirve como muestra de comprensión. En situaciones similares hemos visto como el ego del crack ya asentado en la competición ha perjudicado a diferentes equipos. Robinson en seguida comprendió que el futuro pasaba por el 21, y ya en el segundo año del recién llegado, se aparta para ser la segunda opción de los suyos. Puede decirse que hizo lo correcto, lo evidente, lo que demandaba la situación, y seguramente lo que Gregg Popovich tenía marcado en su hoja de ruta. Aunque insisto: ¿cuántas veces una superestrella cede su lugar en favor del colectivo?

Vamos más allá. ¿Cuánto de David Robinson hubo en Tim Duncan? ‘The Big Fundamental’ siempre pareció un hombre tranquilo, pero tal vez la influencia de ‘D-Rob’, como mentor, líder y controlador del vestuario le haya marcado. Incluso viendo al Duncan veterano, en parte vemos al Robinson de los últimos años. En juego, primando la defensa, en espíritu, siendo ese pegamento necesario para que el engranaje de la maquinaria sea el adecuado.

San Antonio se ha ido convirtiendo en la imagen de estas dos leyendas del deporte. De sobra conocido es su carácter campechano, alejado de lo que significan las anteriormente mencionadas grandes metrópolis del estado (Dallas y Houston). Celebraciones sin disturbios cuando ha habido que salir a la calle a festejar éxitos, desfiles y fiestas para toda la familia en fechas marcadas, lugares plácidos donde pasear un día cualquiera… La entidad Spur forma parte de ese paisaje. Como una simbiosis.

David Robinson Tim Duncan

Como franquicia, la organización de San Antonio Spurs ha sido la más alabada de la NBA en los últimos lustros. Una institución que se caracteriza por la gran cantidad de entrenadores o asistentes que ha originado, y que ahora, en otros lugares del mapa, muestran la filosofía del lugar donde aprendieron. La mentalidad del trabajo plasmada en la defensa; y de la continua evolución y adaptación en una circulación de balón sin parangón, o aprovechando las virtudes individuales de un gran jugador. No se puede ganar todos los años, pero desde David Robinson los Spurs son eternos candidatos. Hoy, en su asiento, cada noche de partido Robinson suma. Como un aficionado más. Uno que en su día sangró sobre el parqué. Uno que sentó las bases.

El legado de David Robinson está en cada esquina del pabellón, en cada rincón de cualquier barrio de la urbe. Posiblemente cuando las próximas generaciones indaguen sobre este ‘Hall of famer’, descubrirán su huella deportiva. Sin entender que Robinson fue para San Antonio, y para los Spurs, mucho más que eso. Fue clase, humildad, nobleza, compromiso. 

La primera piedra de esta gran obra.