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Reflejos

El último guerrero cristiano

Joel Hopkins comenzaba a impacientarse. Aprovechando una escapada junto a su familia en Disney World, Orlando, había modificado ligeramente su itinerario para visitar la pequeña localidad de Auburndale, a unos 75 kilómetros al sur de su destino, con el fin de reunirse con aquel chaval que tanto estaba dando que hablar en las últimas fechas por aquella región.

“Espero no estar perdiendo el tiempo”, reflexionaba para si mismo mientras recordaba las palabras de Alvin Jones Jr., entrenador del equipo de la vecina Kathleen High School. “Este chico es muy bueno. Y necesita tu ayuda. Dale una oportunidad.” Pero el chico no aparecía. Mientras, su madre Melanise y su abuela Roberta –de su padre poco o nada se supo tras su nacimiento- llenaban el silencioso y tenso ambiente del humilde hogar familiar con conversaciones triviales y la promesa de que el joven Tracy no tardaría mucho en llegar.

Y cuando lo hizo, su irrupción escandalizó a Hopkins. “¡Me iré inmediatamente sin intercambiar ni una palabra más si no te quitas eso, chico!”, le espetó al joven, sorprendido por el tono intransigente de aquella información, mientras señalaba los pendientes que colgaban de sus orejas.

La cosa iba en serio. Hopkins, en su condición de entrenador y máximo responsable de los Mighty Warriors, representaba deportivamente al instituto Mt. Zion, situado en Durham (Carolina del Norte), una institución educativa de fuertes convicciones cristianas y una normativa estricta que incluía toque de queda, quince horas semanales de servicio a la iglesia, estudio obligatorio de textos bíblicos y prohibiciones varias como los walkman, las llamadas telefónicas, visitas a centros comerciales o tener pareja.

“Somos una especie de campamento cristiano”, afirmaba, a dos bandas entre el humor y la realidad, el técnico, mientras que el reverendo Donald Fozard, cuñado del ex-jugador John Lucas y fundador de la escuela en 1985, profundizaba en las palabras de Hopkins explicando las razones de la férrea disciplina de Mt. Zion. “Somos estrictos con los chicos, pero lo hacemos porque estamos tratando principalmente con los ‘marginados’, esos jóvenes que han caído a través de las grietas de la sociedad. Estamos aquí para que reciban una segunda oportunidad en la vida.” Una metodología educativa y espiritual que, en años venideros, encontraría en Jarrett Jack, Marquis Daniels, Brandon Rush o Amare Stoudemire a sus ramificaciones en la NBA.

Una oportunidad que recibiría el propio Joel Hopkins, expulsado de la Universidad Central de Carolina del Norte años atrás, en 1990, por consumir marihuana, y que fue una de las principales razón, esa capacidad de redención y empatía personal, unida a las maravillas que se hablaban sobre él, que le llevaron a viajar a Auburndale.

Al igual que la de otras muchas estrellas del deporte, la infancia de Tracy McGrady siguió una senda repleta de obstáculos. Después de ser abandonados por su padre, Melanise se vio obligada a regresar a casa de su madre en busca de ayuda para cuidar al pequeño. La localidad, de mayoría blanca, apenas contaba, por aquel entonces, con 9.000 habitantes, conformando una comunidad campechana en la que el pequeño Tracy encajó rápidamente obteniendo el cariño de sus vecinos.

Tracy McGrady Jim Gund

Foto: Jim Gund / Sports Illustrated

Sin embargo, la vida podía llegar a ser muy difícil allí, como comprobaría más adelante. Su madre se trasladaba cada mañana a la ciudad de Orlando para trabajar en un hotel de Disney World con el fin de asegurar el sustento de su familia. Así, con una vigilancia mínima de por medio –su abuela apoyaba a la economía del hogar con un empleo de conserje que la mantenía ocupada hasta altas horas de la noche-, McGrady quemaba los días en las calles de Auburndale, limitando su educación en el instituto al mínimo exigible con el que poder asegurar su continuidad en el equipo de baloncesto, su gran pasión.

Dos incidentes, posteriormente, cambiaron totalmente su percepción frenética y desenfadada de la realidad, marcando un antes y un después en la desmedida vida del adolescente. Una fuerte discusión con un profesor de su instituto terminó con un intercambio de insultos por parte del jugador y su inmediata expulsión del equipo de baloncesto. Un incidente que no sería comparable con el golpe más duro que sufrió en su juventud: la muerte del novio de su prima en un tiroteo en las calles de Auburndale. Un funesto episodio que terminaría por abrirle los ojos: no quería pasar ni un minuto más en aquel lugar repleto de peligros y totalmente carente de futuro.

Así, Tracy McGrady se quitó los pendientes de inmediato y escuchó la oferta de Joel Hopkins. Aceptaría hacer las maletas rumbo a Carolina del Norte con el fin de continuar con su educación y reconducir su vida. Jugaría para los Mighty Warriors. Se lo debía a su madre y su abuela. Y a sí mismo.

Aquel fue el último día del adolescente en el pueblo natal de su familia materna. A la mañana siguiente, Tracy introdujo las pocas posesiones de valor de las que disponía en una maleta y marchó junto a la familia Hopkins de regreso a Durham. Una nueva vida le esperaba.

De vagar de manera solitaria por las calles de Auburndale a compartir casa con Joel Hopkins, su mujer Pam, sus tres hijos y los otros doce componentes del equipo. De saltarse las clases constantemente y protagonizar continuos incidentes disciplinarios a despertarse cada mañana antes del amanecer para empezar la jornada con una carrera de ocho kilómetros en la más absoluta penumbra. Era el precio de la salvación.

La primera medida de Hopkins en su papel de tutor y entrenador fue someter a Tracy McGrady a un primer mes de duro acondicionamiento físico y técnico con el que terminar de enterrar el controvertido pasado del jugador. Y lo que es más importante, incorporó a su nuevo pupilo a la afiliación que poseía la escuela con Adidas para que este pudiera formar parte del prestigioso Adidas ABCD camp, uno de los eventos más importantes del baloncesto high school del momento, en el cual dejaron su firma jóvenes promesas que terminarían por brillar en la NBA como Kobe Bryant, LeBron James  y Kevin Love.

Aquella cita marcó un punto de inflexión vital en la carrera, todavía lejos del profesionalismo pero no tanto como nadie esperaría, del jugador. McGrady fue elegido el MVP del ABCD Camp, brindando a los presentes uno de los momentos más memorables que se recuerdan. Durante el All-Star entre jugadores seniors, ‘T-Mac’ rompió a su par con un exquisito crossover para firmar un espectacular ‘windmill’ sobre James Felton, posteriormente reclutado por la Universidad de St.John’s, y sus 210 centímetros de altura. El público asistente, simplemente, enloqueció.

“Tan solo quería ofrecer espectáculo a aquella gente”, explicó McGrady poco después en una entrevista para Sports Illustrated. “Después de hacer aquel mate un escalofrío recorrió mi cuerpo. Supe que mi momento, finalmente, había llegado.”

Durante la siguiente semana, Hopkins fue asediado por la élite de los entrenadores universitarios del momento. Rick Pitino (Kentucky), John Thompson (Georgetown) y Jim Boeheim (Syracuse) encabezaron una lista de varias docenas de técnicos de todo el país que preguntaban por aquel chaval del que nunca habían oído hablar hasta la celebración del campus.

Bob Gibbons, uno de los scouts de referencia del baloncesto high school de Estados Unidos, aupó a Tracy McGrady a la segunda posición de su particular ránking –tan solo por detrás de LaMar Odom- cuando ni siquiera aparecía entre sus 500 mejores prospectos antes del verano. Pero su nombre no solo había traspasado las barreras del baloncesto universitario. La NBA también preguntaba por él.

A principios de diciembre, coincidiendo con el comienzo del curso baloncestístico en Mt. Zion, Joel Hopkins recibió una llamada de Marty Blake, Director de Scouting de la NBA y principal artífice del descubrimiento de talentos como Scottie Pippen, Karl Malone, Tim Hardaway y Terry Porter, para confirmar si los rumores eran ciertos y solicitar una audiencia con el chico. No fue el único. Los ojeadores de más de una docena de franquicias de la NBA se trasladaron a Durham en su intención de poder presenciar de primera mano a aquella joven promesa que estaba revolucionando todo el país. “Creo que habrá mucha expectación con este chico. Muchos apostarían por él como si el mundo se fuera a acabar mañana. Yo diría que será elegido entre los primeros 18 picks”, llegó a afirmar, dentro del anonimato, uno de aquellos ojeadores.

Tracy McGrady Sports Illustrated

Foto: Jim Gund / Sports Illustrated

La mejor liga de baloncesto del planeta había abierto sus puertas y McGrady no estaba dispuesto a dejar pasar la ocasión. Melanise y Roberta aprovecharon una visita a Durhan por el día de Acción de Gracias para intentar convencer al jugador de que ir a la universidad era la mejor opción para él. Pero Tracy ya había ensayado hasta la extenuación su discurso de defensa. “Si puedo ser elegido en primera ronda, ¿por qué ir a la universidad? Siempre he soñado con esto”, contestó el jugador, echando por tierra el deseo de su madre de verlo jugar en Florida.

Cualquier duda que Tracy todavía pudiera tener retenida en sus adentros se evaporaría fugazmente en el Reebok Holiday Prep Classic de Las Vegas celebrado a finales de aquel mes de diciembre. Un evento que se había convertido en cita obligatoria para los scouts universitarios de todo el país pero que, por primera vez en sus 20 años de historia, recibía también a ojeadores de la NBA –hasta quince de distintas franquicias se llegaron a contabilizar-. Todos con el mismo objetivo: Tracy McGrady.

Nuevamente, el alero recibiría el premio al Jugador Más Valioso del torneo después de anotar 24 puntos en la victoria por 63-55 ante Harvard-Westlake en la gran final. LaMar Odom, cabeza visible de aquella camada de promesas, también participó en el torneo y, tras ver jugar a McGrady, no dudó en acercarse a él para decirle lo que muchos otros le habían repetido durante las últimas semanas. “Tracy, eres el mejor jugador de la escuela secundaria de todo el país. Tienes que ir a la NBA.”

Un paso que se preveía inevitable pese a su precocidad. Las exhibiciones se repetían una tras otra cada semana. “Esto es demasiado aburrido por momentos”, afirmó el jugador. “Creo que tengo el potencial suficiente para jugar en la NBA. Y es donde iré si soy elegido entre los quince primeros jugadores. Quiero que me paguen por jugar para poder ayudar a mi madre y a mi abuela.”

Lejos de contemplar la vía universitaria, su entrenador Joel Hopkins fue el primer y máximo defensor de las palabras de su ‘protegido’. “Primero está Tim Duncan y luego Tracy como el segundo mejor jugador de baloncesto en todo el estado de Carolina del Norte. Y eso incluye también a toda la plantilla de los Charlotte Hornets.”

Las cartas de amor repletas de futuras promesas y mil y una seductoras propuestas seguían llegando a su buzón procedente de todos los rincones de la geografía norteamericana, pero Tracy no abrió ninguna de ellas. Ni siquiera la llegada desde la Universidad de Kentucky, la única por la que contempló seriamente la opción de retrasar su salto a la NBA.

Seis meses después, los Raptors elegirían a Tracy McGrady en la novena posición del Draft de 1997, cuyo top 3 arrojó los nombres de Tim Duncan, Keith Van Horn y Chauncey Billups. Daba comienzo la carrera de uno de los mejores talentos ofensivos que ha pisado las canchas de la NBA. Pero, amigos míos, esa ya es otra historia.

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