Un chico que apenas sobrepasa los 8 años de edad se dirige, junto a su madre y sus dos hermanos, a la cárcel de Raleigh, un pequeño municipio circunscrito al estado norteamericano de Carolina del Norte. ¿Para qué? ¿Qué pintaba una criatura tan joven y tierna allí? Elemental: su padre era presidiario en aquel monstruoso, repugnante e insalubre centro penitenciario desde que contaba con cierto uso de razón. Tampoco conocía el motivo de su reclusión, pero lo cierto es que le era plenamente indiferente. Él sabía que le amaba con locura y ansiaba, como cada semana, recibir de manos de su padre un dibujo de un superhéroe realizado por él mismo para sus tres pequeños tesoros. Su mundo se ceñía a aquellas rutinarias visitas, a su familia y al baloncesto. Sobre todo a esto último. Amaba ese deporte sobre todo bien mundano.

Pero ese día no iba a ser como los demás. Su padre, aquejado de cáncer de hígado, se disponía a pasar unas vacaciones en familia –las últimas- al gozar de un permiso extraordinario expedido por la prisión debido a su ardua enfermedad. La holganza de la que dispuso fue inmejorable. Salvo por un fatídico último día.

John Wall Sr. se encontraba aseándose en el baño de la habitación de hotel. Súbitamente, comenzó a sufrir una hemorragia interna que dio con sus huesos en urgencias, donde fallecería al día siguiente del ingreso. Tremendo batacazo para el pequeño John.

Aquel infausto momento supuso un punto de inflexión en la vida de John Wall. Comenzó a frecuentar lugares peligrosos de la América profunda, a meterse en peleas y a tener problemas con la justicia. Todo ello con apenas 11 años. Por si no fuera poco, su madre trabajaba dos tercios del día con el objetivo de mantener a su familia. Solo el baloncesto le auxiliaba a silenciar parcialmente el profundo y lacerante dolor que en su interior produjo la muerte de su padre.

Wall no completó su ciclo de instituto completo con el mismo equipo. Tras inscribirse en el Garner Magnet High School, se trasladó al Broughton High School, donde resultó expulsado del equipo debido a una actitud de pandillero consecuencia de no haber alcanzado a superar la pérdida de su progenitor. Después de este incidente se matriculó en la Word of God Christian Academy, donde, amparado por el catolicismo, comenzó a transformar su actitud, ahora inmensamente más calmada y bonancible. Realmente daba la impresión de ser otra persona totalmente distinta a la que accedió al programa.

En los Holy Rams, al lograr asentarse en todos los ámbitos guiado por un maravilloso equipo de profesores y entrenadores, se dio pie a comenzar a ensalzar sus fantásticas virtudes como jugador de baloncesto. Tanto es así que se llegó a rumorear que daría el salto a la NBA directamente desde el instituto.

El proceso de selección de universidad no fue en absoluto sencillo. Kentucky, Memphis, Kansas, Georgia Tech o Duke son solo algunos de los nombres que saltaron a la palestra para reclutarle. Finalmente se decidió por los primeros al contratar éstos a John Calipari, entrenador por el que Wall sentía una especial atracción y que de su último año en la Universidad de Memphis dejaba para el currículum la crianza de un número 4 del Draft NBA y Rookie del Año como Tyreke Evans.

En el college situado en Lexington formó, junto a Eric Bledsoe y DeMarcus Cousins, una de las mejores triadas que se recuerdan por allí. Pese a no resultar ganadores del título NCAA, los tres jugadores sí forjaron algo más importante en el ámbito humano: una bella y leal amistad que aún perdura y les lleva a manifestar en repetidas ocasiones a lo largo de los años su deseo de jugar juntos de nuevo, esta vez bajo la atenta mirada que supone encontrarse bajo los focos de la mejor liga de baloncesto del mundo.

Foto: AP

Arribó a la NBA como número uno de su clase y catalogado como la gran esperanza de los Washington Wizards para resurgir de nuevo en la Conferencia Este. Unos capitalinos que, dicho sea de paso, contaban con un problemático y venido a menos Gilbert Arenas -el archiconocido Agent Zero-, traspasado mes y medio después de comenzar la regular season. Wall era visto como un soplo de aire fresco que simbolizase el relevo generacional en el equipo de Washington. Un motivo para creer. Un saliente al que aferrarse. Una certeza que no tardó en consumarse.

Mirada altiva y fiera, bote elegante y un rugir silencioso cada vez que encadena una serie de acciones que introducen a su equipo en el partido. Porque da igual la manera en la que lo lleve a cabo, él te va a asesinar. Cuando menos te lo esperes, lo va a hacer. Penetraciones, mid-range, capacidad atlética, velocidad, visión de juego. Quizás la mayor lacra de su juego es el tiro de tres, aspecto mejorado en el tiempo y que, llegado el momento en que entre como arma blanca a su arsenal, completará el juego de un nuevo candidato a MVP.

Sonoras palmadas motivadoras, saña y ferocidad en defensa. Manos rápidas y un desplazamiento lateral a la altura de muy pocos bases en la liga. Unas virtudes que ya le han valido un segundo quinteto defensivo con el que no se conforma en absoluto. Desea más. Ni siquiera los triunfos y galardones saciarán su afán competitivo. En tan solo una palabra: ambición.

El chico al que le cuesta ir a la playa porque le recuerda a su padre ya ha cosechado cuatro participaciones en el All-Star Game. Ha saboreado las mieles del triunfo, pero también la amarga sensación de la derrota. El chico tan problemático en su adolescencia ha alcanzado su sueño, el mismo por el que todos los niños luchan pero al que un número muy reducido llega. El chico por el que nadie daba un duro se ha convertido en santo y seña de unos Wizards que liderarán su división por primera vez desde 1979. El chico afroamericano de Raleigh se ha visto reflejado en uno de los superhéroes que le dibujaba su padre en su más lozana infancia. Y se ha convertido en uno de ellos.

John Wall: historia de un superhéroe.

Foto: Steve Mitchell / USA Today Sports