Si la Conferencia Oeste fuese uno de esos clásicos y maravillosos westerns del maestro John Ford, los San Antonio Spurs posiblemente encarnarían el papel del viejo pistolero, tuerto, feo y con un rostro plagado de cicatrices, que aguarda en silencio en una esquina de la taberna mientras el resto de forajidos, mucho más jóvenes y atractivos,  discuten y se pavonean de la velocidad con la que son capaces de utilizar su revolver.

Esta escena, sobra decirlo, suele acabar justo cuando la pianola deja de tocar y ese viejo vaquero desenfunda su colt antes que nadie, disparando a los Cary Grant de turno, que van cayendo poco a poco, incrédulos por como el vejestorio los aniquila sin pestañear, para después beber de un largo trago  su vaso de bourbon, antes de abandonar la escena.

La película se lleva exhibiendo en las salas de la NBA desde 1997, justo cuando un enorme proyecto de nadador aterrizó desde las Islas Virgenes, y se juntó con viejo cuatrero de padre serbio y madre croata.

A la cuadrilla de Tim Duncan y Greg Popovich se le fueron uniendo más miembros por el camino, llegados de remotos parajes: El rápido francés Tony Parker , el habilidoso argentino Manu Ginobilli, y junto a ellos, decenas de secundarios de lujo que siempre cumplieron su papel en las cercanías de El Alamo.

Pero, tras lograr su quinto botín el año pasado, en lo que fue quizá su mejor papel, el más brillante, algo parece haber cambiado.

Las piernas han dejado de responder como antes. La circulación de balón, aun todavía siendo buena, no alcanza la orgásmica coreografía de hace unos meses. Y la defensa, corazón y pulmón de todo, no llega a donde antes, no bloquea como antaño.

Hasta la  victoria de anoche en el Sleep Train Arena de Sacramento, los Spurs habían encadenado una racha de cuatro derrotas consecutivas en una gira por el Oeste que ha tenido dos consecuencias inmediatas: que se comenzase a hablar de la inferioridad del equipo ante rivales directos por su cuadro (Warriors, Clippers y, con una inusitada facilidad, también Portland) habían hecho morder el polvo a los de Popovichy sobre todo, de la posibilidad real de que los Spurs no estuviesen en la lucha final por el título, algo que no ocurría desde los remotos tiempos en los que los nombres de David Robinson  o Avery Johnson se paseaban por las pistas de la NBA en el siglo XX.

spurs[1]

Prácticamente se da por hecho que los reforzados Thunder van a seguir volando en su remontada y alcanzarán a unos Spurs, que entoncers deberán pelear por la última plaza de playoffs ante los Pelicans y Suns, equipos con los que todavía mantiene una pequeña renta de cuatro victorias.

Más allá del inconveniente  que siempre supone una guerra que nadie esperaba afrontar tan pronto, será interesante el desgaste que provoca ésta en una plantilla provista de un gran número de jugadores más cercanos a la retirada que a su prime físico.

Otro punto a no perder de vista será la aportación del relevo generacional, encabezado por el MVP de las pasadas finales, Kawhi Leonard, y que no ha tenido continuidad esta temporada, tanto por motivos físicos (el alero sufrió una lesión de ligamentos en su mano) como por una preocupante falta de confianza.

A favor de los Spurs, sin embargo, juegan los mismos factores que en los tres últimos lustros, tan presentes y minusvalorados como siempre: Una inquebrantable confianza en el trabajo colectivo, una determinación incuestionable, que aflora sobre todo en los momentos calientes de la post season, y sobre todo, esa sensación tan singular y que remite a tan pocos equipos (los Celtis de Auerbach, los Bulls de Jordan…) de que en el momento de la verdad, ese viejo pistolero, si muere, será siempre con las botas puestas.