Pau Gasol lloraba amargamente. Se había roto en el momento clave de la semifinal del Mundial de Japón 2006. Justo cuando más apretaban los sudamericanos, Gasol se hizo polvo el pie y tuvo que irse de la pista, no sin antes dejar una lección de amor propio anotando sus dos tiros libres en un último acto de servicio emocionante. Se había roto el pie, pero nunca se rompería el alma.

Vi ese partido en casa con mis hermanos, poco antes de comer. Nunca sufrí tanto con un partido de baloncesto, ni creo que lo haré después. Sufrí por el marcador, sufrí por una final que parecía imposible solo unos pocos años antes, y sufrí por Pau cuando se lesionó. Él era nuestro líder, el chico que nos había llevado a la NBA y por supuesto, nuestro mejor jugador en la pista también aquel día. Gasol se marchó ayudado por su hermano y por su amigo Jorge Garbajosa. Y aunque en el banquillo era consolado por compañeros y miembros del cuerpo técnico, la imagen de Pau era el retrato de la soledad más amarga, del que se sabe fruto de una injusticia astral, de alguien que tendría que estar en la pista luchando por un sueño con sus amigos de toda la vida, por un oro que sin él sonaba a imposible.

Nueve años después de no hace falta recordar lo que pasó. Lo tenemos todavía muy fresco, como si 2006 no estuviera casi a una década de distancia.

España avasalló a Grecia de una forma rotunda. Con un juego de equipo, de equipo con mayúsculas, en el que los secundarios se convirtieron en  actores principales, rellenando el enorme hueco de Pau. Cabezas anotaba desde lejos, Reyes machaba el aro, Garbajosa y Jimenez daban lecciones en defensa y Marc amargó la noche a Schorchianitis, dejando ver una muestra del jugador en el que iba a convertirse. La generación de oro triunfaba por encima de los helenos, de los americanos, y por encima incluso de Pau Gasol. Porque ese oro de Saitama demostró que el colectivo estaba por encima de una sola figura, por muy alta (y dos metros quince es algo que queda muy arriba) que esté.

Mañana volvemos a jugar contra Grecia, y conviene recordar esta lección. Pau Gasol, abocado a una segunda juventud, vuelve a oscurecer de forma inconsciente pero abrumadora a un equipo que debe -si, debe-  dar mucho más de sí. Es el momento de que aparezca la mejor versión de Llull, que haga acto de presencia el MVP de la Euroliga Rodríguez, que emerja la casta de Rudy, que explote el talento de Mirotic y la inspiración vuelva a la mente de  Scariolo. Porque lo vamos a necesitar. Enfrente ya no estarán Schorchianitis o Papaloukas, pero esta versión 2.0 griega asusta más que nunca, con Koufos, Antetokoumpo y Spanoulis como puntas de lanza de una selección en la que confía un pueblo con sed de alegrías.

Gasol lloraría por segunda vez ese campeonato de 2006, mientras sonaba el himno español y portaba una brillante medalla de oro al cuello. Mañana el premio no será el mismo, pero el significado si puede serlo. Mañana es la hora de los valientes.

Pau Gasol 2006