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Blazermania: dícese de un estado de ánimo alrededor de la ciudad de Portland que hace que sus habitantes se vuelvan locos por el único equipo de la ciudad perteneciente a unas grandes ligas profesionales, los Trail Blazers. En la mayoría de los casos sucede por los éxitos deportivos de ese respetable y carismático grupo de jóvenes deportistas, llevando a la gente a ver los colores rojo, negro y blanco por todos lados.

Toda la historia de la NBA está repleta de equipos que podrían haber llegado muy lejos pero que acabaron quedándose en el camino, pero quizá ninguno destacó tanto como aquellos Blazers campeones en 1977 con su marca registrada como “Blazermania”. Todo lo que consiguieron de manera rápida, acabaron perdiéndolo del mismo modo. En la oscura década de los 70, desde mediados de la misma y hasta la irrupción de Magic Johnson y Larry Bird, los Blazers fueron, junto a los incipientes 76ers de Julius Erving, el equipo con más opciones de haber podido conseguir instaurar una dinastía. Por plantilla, juventud y entrenador pudieron haberlo alcanzado, pero solo lograron un anillo, quedando en el olvido para la gran mayoría debido al vulnerable físico de su mesías particular, Bill Walton.

Hasta 1976 los Blazers habían sido un equipo del montón de la NBA, a la que habían llegado en 1970 junto a Cleveland y Buffalo. En ninguna de esas seis temporadas habían logrado acceder a los playoffs y cada una de ellas habían cosechado más derrotas que victorias. Signos de mejoría habían aparecido en 1974 con Lenny Wilkens en el banquillo y con la llegada de Walton como número 1 del draft, pero las lesiones no le dejaron ofrecer más que unos pequeños detalles de su potencial.

Dos hechos cruciales cambiaron el rumbo de la franquicia aquel verano de 1976. El primero fue la desaparición de la ABA, acuciada por las deudas económicas. Durante nueve temporadas había sido la hermana pobre de la NBA y, al finalizar su agonía, sus cuatro franquicias más potentes dieron el salto a la NBA, mientras que el resto de jugadores de los restantes equipos eran repartidos entre las franquicias. Así, Portland recibió a Dave Twardzik, base de los Virginia Squires, y a Maurice Lucas, uno de los aleros altos más dominadores de la década de los 70. El segundo factor fue la contratación como entrenador de Jack Ramsay en sustitución de Wilkens. Ramsay, quien había participado en la II Guerra Mundial como desactivador de bombas, llegaba a Portland tras una larga trayectoria en la Universidad de Saint Joseph´s y experiencia profesional en Philadelphia y Buffalo.

El draft de aquel año también les proporcionaría a Johnny Davis y Wally Walker quienes, junto a Lucas y Twardzik, más Lionel Hollins, Bob Gross, Larry Steele y Walton, configurarían un sólido bloque, pero aún sin estar en la mente de nadie para poder optar al campeonato. Y es que, la llegada de Walton no había provocado aún el efecto deseado en los Blazers. Habiendo sido elegido mejor universitario en dos ocasiones consecutivas y habiéndolo ganado todo en UCLA a las órdenes de John Wooden, en sus dos primeras temporadas como profesional pasó más tiempo en la enfermería que en la cancha. A ello había que añadir su controvertido carácter, muy involucrado en participar en manifestaciones en contra de la Guerra de Vietnam y del presidente Nixon, por lo que fue arrestado en varias ocasiones, y su difícil relación con la prensa local, a quienes difícilmente concedía entrevistas.

Sin embargo, Jack Ramsay vislumbró pronto que con aquel bloque y con la esperanza de que Walton permaneciese sano, se podría lograr un giro en la trayectoria de la franquicia. Su personalidad como entrenador quedó impregnada por sus años de experiencia militar, siendo un amante de la disciplina (sus entrenamientos eran agotadores) y estando muy pendiente en todo momento de sus jugadores. En Portland continuó con el mismo patrón de juego que había desarrollado los años precedentes en Buffalo, un juego rápido, de anotaciones altas, con dureza en el rebote y en el que todos los componentes de la plantilla se sintiesen útiles. “La gente suele recordar el showtime de los Lakers, pero nosotros éramos el showtime en Buffalo con Ramsay en el banquillo”, recordaba Bob McAdoo. “Era un fanático del ejercicio físico y es por eso por lo que teníamos éxito. Era divertido jugar para él”.

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Ramsay no dejaba nada al azar. Su estudio de los equipos a los que se tenía que enfrentar era agudo y completo. Esperaba que el partido se desarrollase en un modo concreto y pocas veces el guión era diferente al que él había vaticinado. “Jack nos enseñaba los fundamentos”, decía Lionel Hollins, “hacer el pase correcto en el momento adecuado, defender, mantener la concentración y ser un jugador más disciplinado”. A ello se sumaba su intensidad en los banquillos, discutiendo con los árbitros, explicando las jugadas durante los tiempos muertos arrodillado sobre una toalla, con aquellas cejas pobladas y calva reluciente que le daban un aspecto más propio de un militar de alto rango. “Me di cuenta en la pretemporada que éste podía ser un equipo especial”, recordaba el entrenador, “reuní a toda la plantilla y les dije que podíamos ser un gran equipo, no un equipo que logre un 50% de victorias, sino un equipo que lo gane todo. Todos me miraron con los ojos en blanco”.

Así las cosas, la temporada transcurrió acorde con lo planeado. El equipo logró un récord de 49-33, consiguiendo 12 victorias más que la temporada anterior, pasando del sótano de la Pacific Division a la segunda plaza y, lo más importante, consiguiendo por primera vez en su historia el derecho a disputar los playoffs. Con Walton sano durante la mayor parte de la temporada y un sólido juego exterior con Hollins, Gross y Twardzik, Maurice Lucas se convirtió en el efecto desestabilizador, siendo el máximo anotador del equipo y el principal exponente de los valores que Jack Ramsay quería inculcar en la plantilla, atrayendo hacía sí gran parte de la atención del público y de los medios que antes recaía únicamente en la figura de Walton. Mientras tanto, la Blazermania ya empezaba a dar sus primeros síntomas. El 5 de abril todavía quedaban algunas entradas para ver la visita de los Pistons. Esa fue la última vez que un aficionado pudo acercarse por su cuenta a comprar una entrada para un partido en el Memorial Coliseum, el cual llenó su aforo durante 814 partidos consecutivos (récord en cualquier deporte profesional estadounidense) hasta 1995.

En la primera ronda de playoffs se deshicieron, no sin apuros, de los Bulls de Artis Gilmore por 2-1. La temporada ya había resultado un éxito y nada la hubiese empañado si hubiesen perdido en la siguiente ronda ante los Nuggets, algo que entraba dentro de toda lógica, pues Denver venía de ser uno de los equipos más fuertes en la ABA y habían logrado 50 victorias esa temporada guiados por David Thompson y Dan Issel. Pero fue ahí cuando la fiebre de la Blazermania había traspasado los límites de Portland para extenderse en forma de epidemia por todo el estado de Oregón. Esa epidemia ayudó a que los Blazers ganasen sus últimos 18 partidos como local en el vetusto Memorial Coliseum. En una ciudad como Portlanddonde en el invierno no hay mucho que hacer, los Blazers se convirtieron en una muestra de orgullo para todos sus habitantes.

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Los Nuggets quedaron atrás en seis partidos gracias a una victoria por la mínima a domicilio en el primer partido de la serie y a la profundidad del banquillo de los Blazers cuando Walton y Lucas estaban fuera por problemas de faltas. Y tras ellos, en la Final de Conferencia, los Lakers de Abdul-Jabbar, que habían acabado la temporada con 53 victorias, serían barridos en cuatro partidos, con Lionel Hollins desplegando el mejor baloncesto de su vida.

En las primeras Finales de su corta historia les esperaban los 76ers de Philadelphia. Si bien para la gran mayoría de especialistas los Blazers partían con la ventaja de Walton en la zona, todos ellos se preguntaban cómo se las arreglarían para detener el juego de un equipo que contaba con una pléyade de estrellas como Julius Erving, Doug Collins, George McGinnis, Bobby Jones, Darryl Dawkins y World B. Free. En aquellos lejanos 70, los Sixers eran lo más parecido a los actuales Warriors o a los Bulls del 96, un equipo que llenaba todas las canchas donde acudían a jugar y que movía a cientos de fans a viajar cientos de kilómetros para verles jugar. Eran el espectáculo para los aficionados y el pánico para los entrenadores rivales.

Los dos primeros partidos en Philadelphia acabaron en sendas victorias para los locales y gran parte de los aficionados apostaban por una rápida victoria de los Sixers en cuatro partidos, pero hubo un acontecimiento que cambiaría el rumbo de aquellas Finales. Con Philadelphia 20 arriba y pocos minutos por jugar en el segundo partido, Dawkins y Gross se enzarzaron en la lucha por un rebote que acabó con ambos por el suelo. Al levantarse, Dawkins fue hasta Gross, soltándole un puñetazo para, seguidamente, a mitad de cancha aparecer Maurice Lucas para propinarle otro puñetazo a Dawkins a su espalda. La escena de ambos a mitad de pista, puños en alto como dos boxeadores en un ring, es una de las más míticas peleas en la historia de la NBA.

El devenir de las Finales varió hasta tal punto que en los siguientes dos partidos disputados en Portland, los Blazers avasallaron con sendas victorias por 22 y 32 puntos. Los Blazers hicieron ver a los 76ers que iban a competirles hasta el final independientemente de quiénes eran y qué habían hecho hasta entonces. Y de vuelta en Philadelphia, quizá el tercer cuarto de ese quinto partido resuma muy bien las diferencias entre ambos equipos y la solidez como conjunto de Portland: Walton y Lucas dominando ambos tableros, Davis y Twardzik corriendo el contraataque y Hollins y Gross anotando abiertos, mientras enfrente hay un equipo precipitado y sin recursos. 104-110 y Portland está a un paso de la gloria.

Para entonces la Blazermania ya era toda una pandemia extendida a lo largo de todo Oregón. Cuando el equipo aterrizó en Portland después del quinto partido, se calcula que había unos 5.000 aficionados esperando en el aeropuerto. Eran las 4.40 de la madrugada. A la mañana siguiente, las oficinas del equipo se vieron llenas de docenas de rosas y cajas de cangrejos enviadas por una conservera de la costa. Las calles de la ciudad estaban llenas de banderas con los colores del equipo. La playa de Salishan, un complejo turístico muy popular a pocos kilómetros de Portland, estaba vacía. Todos estaban pendientes del sexto partido.

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El 5 de junio, el juego colectivo de los Blazers hizo inútil el intento de remontada de los Sixers en los últimos minutos y los 40 puntos de Julius Erving, alzándose con la victoria 109-107 en la que es considerada aún una de las mayores sorpresas en la historia de las Finales de la NBA, guiados por un Bill Walton que, simplemente, jugó el partido de su vida: 20 puntos, 23 rebotes, 7 asistencias y 8 tapones. Ningún equipo hasta entonces había logrado ganar cuatro partidos seguidos en unas Finales después de haber perdido los dos primeros. El baloncesto, inventado como juego colectivo, encontró su imagen en aquellos Blazers, que lo jugaban y lo entendían como si ellos lo hubiesen inventado. No solamente ganaron el anillo, sino que lo hicieron con un estilo de juego colectivo respetado por muchos que piensan que este deporte debería ser jugado en el modo en que ellos lo hicieron. “Aquel título nació como una idea, como un acto de fe”, señalaba Twardzik, “algo que solo se puede imaginar. Algunos de nosotros veníamos de la ABA, otros de la universidad, otros de recuperarse de lesiones, todos teníamos algo que demostrar”. Siguen siendo el equipo más joven en ganar un anillo en toda la historia; la media de edad del equipo era de 24 años.

El día después a la victoria, cerca de 250.000 aficionados abarrotaban las calles de Portland para ver desfilar a sus héroes hasta el centro de la misma, un acontecimiento que no había conocido la ciudad en toda su historia. La imagen de Bill Walton, MVP de las Finales, alzado por la multitud y arrastrado por encima de las cabezas hasta la plataforma del speaker para, a continuación, derramar cerveza sobre el alcalde Neil Goldsmichdt, permanece en la retina de los más viejos del lugar. Lo que aquella Blazermania demostró más allá de cualquier otra cosa, es que un equipo, por su estilo y su carácter, puede encandilar a toda una ciudad y hacerles sentir bien. Los Blazers no ganaron el anillo del 77, lo compartieron con la gente, se relacionaron con ellos. Se hicieron discos en su honor, documentales, libros, graffitis, exposiciones en galerías de arte,…

Casi 40 años después la Blazermania sigue presente en todos los rincones de Portland. Si entras al despacho del actual entrenador de los Blazers, Terry Stotts, puedes ver un mural en la pared encima de su escritorio, donde aparece Jack Ramsay en su postura habitual de cada partido, arrodillado sobre la cancha, con una frase suya debajo: “Los equipos que juegan juntos derrotan a aquellos equipos con jugadores superiores que juegan más de manera individual”.

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