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Reflejos

Una epidemia sin cura ni tratamiento: la Blazermanía

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Blazermania: dícese de un estado de ánimo alrededor de la ciudad de Portland que hace que sus habitantes se vuelvan locos por el único equipo de la ciudad perteneciente a unas grandes ligas profesionales, los Trail Blazers. En la mayoría de los casos sucede por los éxitos deportivos de ese respetable y carismático grupo de jóvenes deportistas, llevando a la gente a ver los colores rojo, negro y blanco por todos lados.

Toda la historia de la NBA está repleta de equipos que podrían haber llegado muy lejos pero que acabaron quedándose en el camino, pero quizá ninguno destacó tanto como aquellos Blazers campeones en 1977 con su marca registrada como “Blazermania”. Todo lo que consiguieron de manera rápida, acabaron perdiéndolo del mismo modo. En la oscura década de los 70, desde mediados de la misma y hasta la irrupción de Magic Johnson y Larry Bird, los Blazers fueron, junto a los incipientes 76ers de Julius Erving, el equipo con más opciones de haber podido conseguir instaurar una dinastía. Por plantilla, juventud y entrenador pudieron haberlo alcanzado, pero solo lograron un anillo, quedando en el olvido para la gran mayoría debido al vulnerable físico de su mesías particular, Bill Walton.

Hasta 1976 los Blazers habían sido un equipo del montón de la NBA, a la que habían llegado en 1970 junto a Cleveland y Buffalo. En ninguna de esas seis temporadas habían logrado acceder a los playoffs y cada una de ellas habían cosechado más derrotas que victorias. Signos de mejoría habían aparecido en 1974 con Lenny Wilkens en el banquillo y con la llegada de Walton como número 1 del draft, pero las lesiones no le dejaron ofrecer más que unos pequeños detalles de su potencial.

Dos hechos cruciales cambiaron el rumbo de la franquicia aquel verano de 1976. El primero fue la desaparición de la ABA, acuciada por las deudas económicas. Durante nueve temporadas había sido la hermana pobre de la NBA y, al finalizar su agonía, sus cuatro franquicias más potentes dieron el salto a la NBA, mientras que el resto de jugadores de los restantes equipos eran repartidos entre las franquicias. Así, Portland recibió a Dave Twardzik, base de los Virginia Squires, y a Maurice Lucas, uno de los aleros altos más dominadores de la década de los 70. El segundo factor fue la contratación como entrenador de Jack Ramsay en sustitución de Wilkens. Ramsay, quien había participado en la II Guerra Mundial como desactivador de bombas, llegaba a Portland tras una larga trayectoria en la Universidad de Saint Joseph´s y experiencia profesional en Philadelphia y Buffalo.

El draft de aquel año también les proporcionaría a Johnny Davis y Wally Walker quienes, junto a Lucas y Twardzik, más Lionel Hollins, Bob Gross, Larry Steele y Walton, configurarían un sólido bloque, pero aún sin estar en la mente de nadie para poder optar al campeonato. Y es que, la llegada de Walton no había provocado aún el efecto deseado en los Blazers. Habiendo sido elegido mejor universitario en dos ocasiones consecutivas y habiéndolo ganado todo en UCLA a las órdenes de John Wooden, en sus dos primeras temporadas como profesional pasó más tiempo en la enfermería que en la cancha. A ello había que añadir su controvertido carácter, muy involucrado en participar en manifestaciones en contra de la Guerra de Vietnam y del presidente Nixon, por lo que fue arrestado en varias ocasiones, y su difícil relación con la prensa local, a quienes difícilmente concedía entrevistas.

Sin embargo, Jack Ramsay vislumbró pronto que con aquel bloque y con la esperanza de que Walton permaneciese sano, se podría lograr un giro en la trayectoria de la franquicia. Su personalidad como entrenador quedó impregnada por sus años de experiencia militar, siendo un amante de la disciplina (sus entrenamientos eran agotadores) y estando muy pendiente en todo momento de sus jugadores. En Portland continuó con el mismo patrón de juego que había desarrollado los años precedentes en Buffalo, un juego rápido, de anotaciones altas, con dureza en el rebote y en el que todos los componentes de la plantilla se sintiesen útiles. “La gente suele recordar el showtime de los Lakers, pero nosotros éramos el showtime en Buffalo con Ramsay en el banquillo”, recordaba Bob McAdoo. “Era un fanático del ejercicio físico y es por eso por lo que teníamos éxito. Era divertido jugar para él”.

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Ramsay no dejaba nada al azar. Su estudio de los equipos a los que se tenía que enfrentar era agudo y completo. Esperaba que el partido se desarrollase en un modo concreto y pocas veces el guión era diferente al que él había vaticinado. “Jack nos enseñaba los fundamentos”, decía Lionel Hollins, “hacer el pase correcto en el momento adecuado, defender, mantener la concentración y ser un jugador más disciplinado”. A ello se sumaba su intensidad en los banquillos, discutiendo con los árbitros, explicando las jugadas durante los tiempos muertos arrodillado sobre una toalla, con aquellas cejas pobladas y calva reluciente que le daban un aspecto más propio de un militar de alto rango. “Me di cuenta en la pretemporada que éste podía ser un equipo especial”, recordaba el entrenador, “reuní a toda la plantilla y les dije que podíamos ser un gran equipo, no un equipo que logre un 50% de victorias, sino un equipo que lo gane todo. Todos me miraron con los ojos en blanco”.

Así las cosas, la temporada transcurrió acorde con lo planeado. El equipo logró un récord de 49-33, consiguiendo 12 victorias más que la temporada anterior, pasando del sótano de la Pacific Division a la segunda plaza y, lo más importante, consiguiendo por primera vez en su historia el derecho a disputar los playoffs. Con Walton sano durante la mayor parte de la temporada y un sólido juego exterior con Hollins, Gross y Twardzik, Maurice Lucas se convirtió en el efecto desestabilizador, siendo el máximo anotador del equipo y el principal exponente de los valores que Jack Ramsay quería inculcar en la plantilla, atrayendo hacía sí gran parte de la atención del público y de los medios que antes recaía únicamente en la figura de Walton. Mientras tanto, la Blazermania ya empezaba a dar sus primeros síntomas. El 5 de abril todavía quedaban algunas entradas para ver la visita de los Pistons. Esa fue la última vez que un aficionado pudo acercarse por su cuenta a comprar una entrada para un partido en el Memorial Coliseum, el cual llenó su aforo durante 814 partidos consecutivos (récord en cualquier deporte profesional estadounidense) hasta 1995.

En la primera ronda de playoffs se deshicieron, no sin apuros, de los Bulls de Artis Gilmore por 2-1. La temporada ya había resultado un éxito y nada la hubiese empañado si hubiesen perdido en la siguiente ronda ante los Nuggets, algo que entraba dentro de toda lógica, pues Denver venía de ser uno de los equipos más fuertes en la ABA y habían logrado 50 victorias esa temporada guiados por David Thompson y Dan Issel. Pero fue ahí cuando la fiebre de la Blazermania había traspasado los límites de Portland para extenderse en forma de epidemia por todo el estado de Oregón. Esa epidemia ayudó a que los Blazers ganasen sus últimos 18 partidos como local en el vetusto Memorial Coliseum. En una ciudad como Portlanddonde en el invierno no hay mucho que hacer, los Blazers se convirtieron en una muestra de orgullo para todos sus habitantes.

blazers

Los Nuggets quedaron atrás en seis partidos gracias a una victoria por la mínima a domicilio en el primer partido de la serie y a la profundidad del banquillo de los Blazers cuando Walton y Lucas estaban fuera por problemas de faltas. Y tras ellos, en la Final de Conferencia, los Lakers de Abdul-Jabbar, que habían acabado la temporada con 53 victorias, serían barridos en cuatro partidos, con Lionel Hollins desplegando el mejor baloncesto de su vida.

En las primeras Finales de su corta historia les esperaban los 76ers de Philadelphia. Si bien para la gran mayoría de especialistas los Blazers partían con la ventaja de Walton en la zona, todos ellos se preguntaban cómo se las arreglarían para detener el juego de un equipo que contaba con una pléyade de estrellas como Julius Erving, Doug Collins, George McGinnis, Bobby Jones, Darryl Dawkins y World B. Free. En aquellos lejanos 70, los Sixers eran lo más parecido a los actuales Warriors o a los Bulls del 96, un equipo que llenaba todas las canchas donde acudían a jugar y que movía a cientos de fans a viajar cientos de kilómetros para verles jugar. Eran el espectáculo para los aficionados y el pánico para los entrenadores rivales.

Los dos primeros partidos en Philadelphia acabaron en sendas victorias para los locales y gran parte de los aficionados apostaban por una rápida victoria de los Sixers en cuatro partidos, pero hubo un acontecimiento que cambiaría el rumbo de aquellas Finales. Con Philadelphia 20 arriba y pocos minutos por jugar en el segundo partido, Dawkins y Gross se enzarzaron en la lucha por un rebote que acabó con ambos por el suelo. Al levantarse, Dawkins fue hasta Gross, soltándole un puñetazo para, seguidamente, a mitad de cancha aparecer Maurice Lucas para propinarle otro puñetazo a Dawkins a su espalda. La escena de ambos a mitad de pista, puños en alto como dos boxeadores en un ring, es una de las más míticas peleas en la historia de la NBA.

El devenir de las Finales varió hasta tal punto que en los siguientes dos partidos disputados en Portland, los Blazers avasallaron con sendas victorias por 22 y 32 puntos. Los Blazers hicieron ver a los 76ers que iban a competirles hasta el final independientemente de quiénes eran y qué habían hecho hasta entonces. Y de vuelta en Philadelphia, quizá el tercer cuarto de ese quinto partido resuma muy bien las diferencias entre ambos equipos y la solidez como conjunto de Portland: Walton y Lucas dominando ambos tableros, Davis y Twardzik corriendo el contraataque y Hollins y Gross anotando abiertos, mientras enfrente hay un equipo precipitado y sin recursos. 104-110 y Portland está a un paso de la gloria.

Para entonces la Blazermania ya era toda una pandemia extendida a lo largo de todo Oregón. Cuando el equipo aterrizó en Portland después del quinto partido, se calcula que había unos 5.000 aficionados esperando en el aeropuerto. Eran las 4.40 de la madrugada. A la mañana siguiente, las oficinas del equipo se vieron llenas de docenas de rosas y cajas de cangrejos enviadas por una conservera de la costa. Las calles de la ciudad estaban llenas de banderas con los colores del equipo. La playa de Salishan, un complejo turístico muy popular a pocos kilómetros de Portland, estaba vacía. Todos estaban pendientes del sexto partido.

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El 5 de junio, el juego colectivo de los Blazers hizo inútil el intento de remontada de los Sixers en los últimos minutos y los 40 puntos de Julius Erving, alzándose con la victoria 109-107 en la que es considerada aún una de las mayores sorpresas en la historia de las Finales de la NBA, guiados por un Bill Walton que, simplemente, jugó el partido de su vida: 20 puntos, 23 rebotes, 7 asistencias y 8 tapones. Ningún equipo hasta entonces había logrado ganar cuatro partidos seguidos en unas Finales después de haber perdido los dos primeros. El baloncesto, inventado como juego colectivo, encontró su imagen en aquellos Blazers, que lo jugaban y lo entendían como si ellos lo hubiesen inventado. No solamente ganaron el anillo, sino que lo hicieron con un estilo de juego colectivo respetado por muchos que piensan que este deporte debería ser jugado en el modo en que ellos lo hicieron. “Aquel título nació como una idea, como un acto de fe”, señalaba Twardzik, “algo que solo se puede imaginar. Algunos de nosotros veníamos de la ABA, otros de la universidad, otros de recuperarse de lesiones, todos teníamos algo que demostrar”. Siguen siendo el equipo más joven en ganar un anillo en toda la historia; la media de edad del equipo era de 24 años.

El día después a la victoria, cerca de 250.000 aficionados abarrotaban las calles de Portland para ver desfilar a sus héroes hasta el centro de la misma, un acontecimiento que no había conocido la ciudad en toda su historia. La imagen de Bill Walton, MVP de las Finales, alzado por la multitud y arrastrado por encima de las cabezas hasta la plataforma del speaker para, a continuación, derramar cerveza sobre el alcalde Neil Goldsmichdt, permanece en la retina de los más viejos del lugar. Lo que aquella Blazermania demostró más allá de cualquier otra cosa, es que un equipo, por su estilo y su carácter, puede encandilar a toda una ciudad y hacerles sentir bien. Los Blazers no ganaron el anillo del 77, lo compartieron con la gente, se relacionaron con ellos. Se hicieron discos en su honor, documentales, libros, graffitis, exposiciones en galerías de arte,…

Casi 40 años después la Blazermania sigue presente en todos los rincones de Portland. Si entras al despacho del actual entrenador de los Blazers, Terry Stotts, puedes ver un mural en la pared encima de su escritorio, donde aparece Jack Ramsay en su postura habitual de cada partido, arrodillado sobre la cancha, con una frase suya debajo: “Los equipos que juegan juntos derrotan a aquellos equipos con jugadores superiores que juegan más de manera individual”.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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