Lo que representó aquel título en aquella histórica temporada (curiosamente en el 25º aniversario de la franquicia), fue el antes y el después de la carrera de uno de los mayores ganadores de este deporte.

Ya en aquella época, Jordan vivía obsesionado por alcanzar una mentalidad ganadora (anillos) por encima de cualquier logro individual importante que había protagonizado. Incluso esa obsesión le llevó a ofuscar grandes logros hasta ese momento en su carrera, como su canasta ganadora con North Carolina en 1982 o su medalla de oro olímpica de Los Ángeles ’84. No podía a sí mismo considerarse un ganador hasta que tan preciada joya adornara su dedo.

Las imágenes de su abrazo al trofeo de campeón, en los vestuarios del Great Western Forum, dieron la vuelta al mundo. La mayor estrella de baloncesto mostraba un gesto nunca visto hasta entonces. Jordan, tremendamente emocionado, se ocultaba detrás de aquella esfera gloriosa bañada en champaña. Esas humanas lágrimas plasmaron la absoluta complejidad de su conquista. Un duro y largo camino recorrido en el que sus increíbles exhibiciones (en forma de movimientos asombrosos y tremendas anotaciones), no se habían visto recompensados con la consecución de un título de la NBA.

Siete años de frustraciones, destacando por encima de todo esas durísimas eliminaciones consecutivas (1988 a 1990) contra los Detroit Pistons, teniendo que hacer frente a dos cargas tremendas, la física y la psíquica. Y finalmente, cuando pudo liberarse de ambas cargas, se tomó cumplida venganza con un ‘sweep’ (4-0) en las Finales de Conferencia, selladas en el Palace de Aurburn Hills. Desde ese momento y su culminación con el título semanas después, Jordan empezó a escribir su leyenda como el mejor jugador de la historia de la NBA. Y ya no hubo forma de pararle. Consiguió todo lo que se propuso, gracias a una suprema mentalidad ganadora en la que envolvió a sus compañeros y a su equipo.

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En esa temporada 1990-91 el equipo se había conjurado para no volver a repetir nuevos errores. Jordan había proclamado al comienzo de la misma, que vivía para ese reto. Cansado de oír que no llevaba a su equipo al título, las críticas le quemaban por dentro y tenía entre ceja y ceja conseguir el mayor reto que puede alcanzar un jugador: el anillo.

Y no fue hasta la mitad de la temporada, concretamente desde febrero, cuando el equipo tomó rumbo directo al campeonato y hacia una futura trilogía ganadora. Los Bulls, con un récord de 30-14, pasaron a ganar 11 partidos consecutivos y 20 de los siguientes 21. Desde el 4 de febrero hasta el 12 de junio los Bulls ganaron 46 partidos y perdieron solo 9. Un asombroso balance de victorias y derrotas en la segunda vuelta de regular season de 31-7 y de 15-2 en Playoffs.

Lo hicieron, tal como lo dijo Jordan, como un equipo. “Mi equipo me sorprendió. Todo el mundo tenía que madurar y ganar en confianza. Fue un reto hacerles ver cómo los demás no nos respetaban. Les reté”. Lo consiguieron porque Jordan repartió confianza en sus compañeros y porque sus compañeros demostraron ser dignos de ella. Se convirtieron en un equipo campeón, gracias a la madurez en su cuarto año como profesionales de Scottie Pippen (en las mejores Finales de su carrera) y Horace Grant (soberbio en la labor reboteadora y anotadora). Y con la añadidura de dos tiradores letales como John Paxson (inmenso en rachas de tiro) y Craig Hodges (soberbio en las Finales de Conferencia frente a Detroit) y claro, el trabajo sucio de los pívots veteranos Bill Cartwright (aportando experiencia bajo los aros) y Cliff Levingston (intensísimo en los partidos de la serie final en Los Ángeles).

Recordando aquel número 1 de la Revista Oficial NBA, y su foto de portada con nuestro protagonista emocionado con el trofeo, se puede comprender lo aquí expuesto. En ese mágnifico y profundo articulo de Alex Sachare, titulado “Michael Jordan: el Señor de los Anillos”, se reflejaba la tremenda emoción vivida por Michael Jordan en aquellas Finales.

“Estoy atónito. Quiero saborear esto, es una sensación tan tremenda. Jamás había estado tan emotivo en público. No sé si volveré a sentir esto otra vez (…). Ahora hay muchas emociones que he estado reteniendo”.

“Han sido siete años muy, muy largos. Muchos equipos malos, mucha mejoría. Paso a paso, pulgada a pulgada. Nunca dejé de tener esperanza. Siempre tuve fe”, señalaba Jordan tremendamente emocionado.

“Podía ver las lágrimas en sus ojos. Se oye mucho acerca de él como jugador individualista, pero ha demostrado lo contrario con este título. Ahora todos saben que él también puede ganar. ¡Disfrutará con esto durante mucho tiempo!”, señaló su rival, Magic Johnson.

Las profetas palabras con exclamación de Magic tienen su reflejo en la actualidad. Jordan sigue recordando aquel título de 1991 por encima de lo mucho que consiguió en el antes y en el después, de aquella gloriosa experiencia que cambió su vida.