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Mirotic se levantó desde la barrera mitológica (que no psicológica, esa queda bastante más cerca del aro) de los nueve metros y se quedó inmóvil, expectante, como el cazador que se sabe cercano al éxito pero no quiere ni pestañear, no vaya a ser que la presa, a pesar de su aparente inconsciencia, se escape en el último momento por haber movido sin querer el marco de una foto perfecta. En esa ocasión el balón no se vio afectado por el viento de Chicago y descendió, firme y decidido, justo dentro de la boca del aro. Los Knicks sacaban la bandera blanca y Niko Mirotic explotaba la tensión que llevaba acumulando en solitario durante un penoso mes de diciembre.

Nada estaba saliendo bien para el montenegrino desde aquella tarde de París, en la que, subido en un carro mágico del que tiraba Pau Gasol, Mirotic se había convertido en el socio ideal del catalán, robando las mieles del éxito europeo a los franceses en su guarida para llevarla de vuelta a España. En Chicago se frotaban las manos ante la evolución de un chico que ya dejó enormes pinceladas durante el tramo final de la temporada pasada. Incluso se pasó por alto sus grises playoff, ya que, al fin y al cabo, era un rookie en medio del Waterloo particular de Thibodeau, y no se le podía exigir mucho más en esa serie ante los Cavs de un superlativo LeBron James. Niko había dado más de lo que se esperaba en su primer año y todo hacía pensar que las cosas marchaban por el buen camino

Acabó ese bendito europeo y Mirotic regresó a unos Bulls, muy cambiados desde mayo. Thibodeau ya no estaba por allí y en su lugar llegaba Fred Hoiberg, ex entrenador de Iowa State con fama de abrazar los conceptos del baloncesto moderno, aquel, que, entre otros mandamientos ama a los cuatro abiertos por encima de todas las cosas. Esa situación era la ideal para Niko, y ciertamente empezó de maravilla, con el montenegrino instalado en la titularidad del equipo y encadenando tres partidos inaugurales soberbios, con previsiones de All Star Game de fondo incluidas. Esos días de otoño Mirotic se situó en cifras de casi veinte puntos por noche, aderezados con ocho rebotes y un fabuloso 50% en triples. Todo iba a pedir de boca.

Estaba claro que mantener ese nivel de acierto era una misión casi imposible, pero nadie esperaba el  brutal descenso de acierto y confianza de Mirotic tras ese fugaz y prometedor comienzo. El equipo, carcomido por las luchas internas de poder entre Derrick Rose, y el nuevo macho alfa del grupo, Jimmy Butler, naufragaba en la mediocridad de juegos y resultados, al mismo tiempo que la Conferencia Este subía el nivel de forma certera en mucho tiempo, para no dar un respiro al nuevo proyecto Hoiberg. Mirotic, al que en su corta carrera ya se le ha achacado una mentalidad algo débil, sufrió con más que nadie la incómoda situación interna del equipo, al mismo tiempo que  su acierto desde el triple caía en picado, limitando mucho su principal arma ofensiva, y mostrando una preocupante falta de evolución de su juego desde que aterrizó en la NBA. El viento había cambiado de dirección.

Nikola Mirotic

Foto: EFE

Para colmo de males, varios factores se han aliado contra Mirotic en las últimas semanas. Por un lado, el rookie Bobby Portis se confirma con cada semana de competición que pasa como una alternativa  seria a un ya de por sí  pobladísimo juego interior -Gibson, Gasol, Noah y el propio Mirotic- algo que puede tener consecuencias en forma de traspaso, operación que situaría, según la prensa de Chicago, a  Gibson o Mirotic, las piezas más traspasables de ese poker, fuera de la ciudad del viento. Este rumor de traspaso se ha ido acentuando paralelamente a la longevidad de  lesión de Mike Dunleavy, alero titular y renovado este verano por tres años con los Bulls, que sigue en el dique seco aquejado de unos importantes dolores de espalda. Las dudas en la recuperación del jugador, de 35 años, y el pobre rendimiento de su suplente Doug McDermott, habrían puesto la maquinaria Bull en marcha con un el objetivo de contratar a Rudy Gay, que llegaría a Sacramento en un traspaso que, hipotéticamente, mandaría a uno de estos jugadores a California, a una franquicia que lleva décadas (literalmente) a la deriva y que para muchos jugadores de la NBA supone una especie de agujero negro absorbe carreras.

Esta rumorología es lo último que necesita un Mirotic que ha tocado fondo durante el mes de diciembre, mes en el que ha promediado cada vez menos minutos (20,6 por encuentro) con porcentajes de tiro muy bajos (36,1 en tiros de campo, con la línea roja del 30% en triples a punto de superarla) en una crisis de confianza y juego extremadamente alarmante. Por eso, ayer ante los Knicks y con su familia en la grada del United cogió aire muy fuerte tras ese triple inverosmil, y lanzó un grito a quién quisiera escucharlo. Su sitio está allí. Y va a demostrarlo.