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Reflejos

Alberto Herreros y su fichaje imposible con los Pacers

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La limusina impresionaba todavía más por dentro. Con espacio suficiente como para tumbarse holgadamente en ella, el perfecto acabado en cuero de los asientos era solo el comienzo de un vehículo que parecía de otro planeta. Teléfono portátil, un enorme televisor incrustado al fondo y varias neveras pequeñas hasta arriba de chocolatinas de marcas que nunca había visto antes.

Alberto se puso cómodo y sonrió a sus anfitriones, entre los que destacaba la figura del director de ojeadores de los Pacers, Mel Daniels, la única persona del entorno de la franquicia con la que había hablado cara a cara, y su principal valedor en una aventura que había arrancado varios meses atrás, en los primeros días de marzo de 1994.

El sueño americano de Alberto Herreros comenzó en una habitación del Hotel Príncipe de Asturias de Sevilla. Allí se alojaba el Estudiantes para disputar la fase final de la Copa del Rey, y pocas horas antes de la semifinal ante el Taugrés sonó el teléfono. Era una conferencia desde Estados Unidos.

– Hola, Alberto. Soy Mel. Mel Daniels. De los Pacers de Indiana. ¿Recuerdas que hablamos hace unos meses en Madrid?

– Mmm… Sí, por supuesto. Hola, Mel. ¿Qué tal todo?
– Bien, bien. Todo perfecto. Te llamo para desearte suerte. Me hubiese gustado estar allí esta noche, pero ha sido imposible.
– Perfecto, no te preocupes. Lo entiendo.
– Ya sabes de nuestro interés. Creemos que eres un tipo de jugador que podría encajar muy bien con nosotros. Estamos en contacto pronto, ¿de acuerdo?

Esa pregunta se convertiría en promesa, y en un brevísimo lapso de tiempo, en certeza. Estudiantes acabó perdiendo en semifinales ante el Taugrés en un partido que se recordaría por el momento de terrorífico suspense que dejó estupefacto al público sevillano, cuando Marcelo Nicola se desequilibró y cayó al parquet con tal fuerza que acabaría siendo trasladado a un hospital hispalense. Herreros acabó frustrado tras ser superado una y otra vez por el croata Velimir Perasovic, aunque su humor cambió a las pocas horas de regresar a Madrid. De nuevo tenía otra llamada con un prefijo extraño, pero que le empezaría a resultar familiar muy pronto.

En ese segundo acercamiento, Daniels pudo explayarse mucho más de los dos minutos escasos de unos días antes. Tras unas pocas preguntas rutinarias, Mel se olvidó de ambages y le hizo llegar a Herreros su deseo, y por extensión de los Pacers, para que viajase pronto a Estados Unidos y pudieran verle en directo. Pese a que le aseguraba que todo el cuerpo técnico tenía constancia de qué tipo de jugador era, y de lo mucho que podía aportar allí, en la NBA era una práctica habitual ese tipo de entrenamientos privados, y muy conveniente de cara a un posible salto. Alberto dudó unos instantes, y le pidió unos días para pensarlo. Daniels aceptó esa demora, y acabó colgando el teléfono con un humor excelente justo cuando el español se despidió con la frase que quería escuchar: “La NBA es un sueño para cualquier jugador que ame este deporte”.

El primer paso ya estaba dado y la imparable burocracia de la NBA, en marcha. Herreros tardó poco en aceptar de formal la invitación -al fin y al cabo, era un gran oportunidad de conocer otro baloncesto y vivir una experiencia enriquecedora, no solo en lo profesional- y era el turno de que hablasen los clubes. Estudiantes, por aquel entonces patrocinado por Caja Postal, vivía en una posición muy distinta a la que nos tiene acostumbrado en la actualidad. Nutrido de un grupo de canteranos de primer nivel, soñaba con formar un grupo que se convirtiera realmente en una alternativa duradera a Real Madrid y Barcelona. González Varona, vicepresidente por aquel entonces, acababa de cerrar la contratación del internacional ruso Mikhail Mikhailov, un pívot sólido destinado a subir el nivel interior de un equipo que tenía a Herreros como referente, algo que ni la NBA iba a poder cambiar.

Quizá por esa certeza, en las oficinas de la calle Serrano nunca vieron demasiadas posibilidades de que su perla se marchase al otro lado del Atlántico. Tras la espantada de Petrovic a la NBA pocos años antes, y la posterior compensación que tuvo que abonar Portland al Real Madrid, era obligatorio la existencia de un acuerdo entre el jugador y el club de origen, siempre que hubiese un contrato en vigor. Stern había impulsado esta norma por miedo a que la NBA se empezara a considerar como una especie de ente colonialista, sobre todo en un momento en que la cantidad de jugadores europeos que llegaban a América aumentaba cada verano de forma exponencial.

Por este motivo, el fax de los Pacers solicitando autorización para que Herreros fuese a entrenar con ellos, no causó excesivo pánico. La respuesta que dio el club madrileño fue rápida y taxativa, mostrando su posición desde el primer momento: El jugador podría hacer el viaje, pero en ningún momento se le consideraba transferible. Con las formalidades ya cumplidas, era el momento de completar el alunizaje. Los Pacers propusieron una fecha, el 1 de junio, para que el escolta hiciera un pequeño entrenamiento privado y conociera el Market Square Arena de Indiana. Sin embargo, Herreros ya tenía comprometida esa fecha con la selección -realmente era un compromiso con la ABP que no quería suprimir-, por lo que se acordó retrasarlo al día 5 de junio. Todo parecía listo y la puerta para tener un sucesor de Fernando Martín en la mejor liga del mundo se abría ligeramente. Sin embargo, la inesperada clasificación de los Pacers en la final de la Conferencia Oeste tras eliminar a los Hawks de Danny Manning y Kevin Willis variaría los planes de nuevo.

Herreros recibió otra llamada de la franquicia, esta vez a través de Ed Badger, mano derecha del propietario Donnie Walsh, para solicitar un nuevo aplazamiento. Querían poner todo su interés en esa eliminatoria, y pensaban que un futuro jugador revoloteando cerca del corazón del equipo durante esos días podía ser una fuente de distracción innecesaria. Finalmente, y tras caer los Pacers en una ajustada serie frente a los Knicks, se acordó que el encuentro sería una semana más tarde de lo previsto, fecha en la que por fin Herreros tomó un vuelo a Indiana, con escala previa en Nueva York, destino a su primera aventura en suelo yankee.

La historia del entrenamiento privado de Alberto Herreros en Indiana no destaca por su originalidad. Los Pacers tenían muy visto al jugador en Estudiantes y con la selección, y tan solo querían confirmar pequeños detalles y una cierta disposición. Apenas cuarenta minutos de ejercicios de fintas, tiro y salidas de bloqueo, bajo la atenta mirada del staff técnico, fueron suficientes. Sí es conveniente destacar la presencia del técnico jefe Larry Brown, que pese a estar todavía convaleciente de una operación de cadera, no quiso perder detalle de las evoluciones del español, en un gesto que pretendía reafirmar el interés de la franquicia de cara a la expedición española.

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Ningún jugador de los Pacers hizo acto de presencia directa en la sesión, y Herreros solo tuvo la ocasión de saludar al pívot suplente LaSalle Thompson cuando se lo cruzó en los pasillos del complejo. Tras el trabajo de campo, llegó el momento de poner las cartas sobre el tapete de forma definitiva. Daniels y Barger se apresuraron en tomar la iniciativa, y le hablaron de la importancia de dar el salto cuanto antes, de que pondrían toda la carne en el asador para solucionar su situación con Estudiantes, y de las posibilidades de un equipo joven que había caído en el último momento en las Finales de Conferencia ante los Knicks, pese a tener mucho margen de mejora. En ningún momento hablaron claramente del rol de Alberto en los Pacers, ni de una estimación de minutos. Sabían que con Larry Brown de por medio era una temeridad prometer un espacio amplio de minutos a un rookie, que además era europeo, y no quisieron jugar esa carta, confiados en que los brillantes focos de la NBA fueran suficientes para cegar al escolta.

Nunca sabremos si esos focos no brillaban lo necesario para Herreros, pero en España lo hacían y sobradamente, además. La prensa especializada hizo un especial seguimiento al viaje de Alberto, y Estudiantes tuvo que salir a la palestra antes los rumores de un inminente fichaje. “Solo traspasaríamos a Alberto por una oferta totalmente irrechazable. Y estamos hablando de millones… de dólares”.

También de dinero hablaron los Pacers mucho ese verano, pero con un interlocutor bastante más cercano para ellos. La renovación de Reggie Miller estaba congelada desde hacía varios meses, y no hay que ser demasiado malo para pensar que las prisas por traer a Alberto justo delante de las narices de Miller podrían estar motivadas, al menos en parte, como una medida de presión. Es terreno de la especulación calibrar hasta qué punto un novato español podría ejercer como preocupación para uno de los mejores escoltas de la liga. Y como es un terreno repleto de arenas movedizas, permítanme que no entremos más en él.

La ola informativa de la excursión por Indiana duró unos días, justo lo que tardó en comenzar la fase preparatoria para el Mundial de 1994, que se celebraría en Canadá. Herreros, un indiscutible en la selección de Lolo Sáinz, viajó a ese campeonato todavía pensando en lo que había vivido unas pocas semanas atrás. Por un lado era una experiencia que sin duda le apetecía, y mucho, pero también tenía varios reversos negativos. Conocía los problemas que habían tenido jugadores que él consideraba con más nivel en ese momento, como Petrovic en los Blazers, para
hacerse un hueco en las rotaciones. Además, había renovado con Estudiantes hacía no mucho, y no veía con buenos ojos abandonar de repente un proyecto que se había formado en torno a él. Lo que cambian las cosas un par de años y un decreto 1.006 bien usado.

Aquel Mundial de Toronto estaría asociado históricamente al “chinazo”, otro de esos momentos tan bajos a la que nos acostumbraría esta selección de entre épocas, de la que Herreros fue principal referente, y que solo tuvo un momento brillante en ese campeonato, el partido en el que España jugó de forma alegre y vistosa ante el “Dream Team II”, la segunda versión de profesionales jugando para Estados Unidos y que había formado un bloque temible con jugadores del nivel de Mark Price, Dominique Wilkins, Kevin Johnson, Shaquille O’Neal… y Reggie Miller.

El futuro posible compañero de Alberto, la estrella de los Pacers, tuvo ocasión de comprobar el nivel del escolta español después de que éste le anotase un triple en la cara, en un partido en el que, como decimos, España dio un gran nivel para perder de una renta muy honorable (115-100). Sin embargo, ese tímido brillo fue una excepción de un verano con la selección oscuro, en el que además se habían enfriado las cosas con los Pacers. La prensa parecía haberse olvidado del asunto, y prestaban más atención a otro rumor, el presunto acercamiento de Ferrán Martinez a los Wolves, toda vez que el pívot fue visitado por el general manager de los de Minnesota, Jack McCloskey.

Además, la negativa absoluta de la directiva de Estudiantes -que sería el germen de lo que sucedería años después en su traumática salida al Madrid- terminaría de cerrar esa puerta que se había abierto ligeramente, y que volvería a ser golpeada tres años después por los Vancouver Grizzlies, con idéntico resultado: Herreros volvería a hacer oídos sordos a los cantos de sirena americanos y seguiría toda su carrera en la ACB.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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