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Reflejos

Alberto Herreros y su fichaje imposible con los Pacers

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La limusina impresionaba todavía más por dentro. Con espacio suficiente como para tumbarse holgadamente en ella, el perfecto acabado en cuero de los asientos era solo el comienzo de un vehículo que parecía de otro planeta. Teléfono portátil, un enorme televisor incrustado al fondo y varias neveras pequeñas hasta arriba de chocolatinas de marcas que nunca había visto antes.

Alberto se puso cómodo y sonrió a sus anfitriones, entre los que destacaba la figura del director de ojeadores de los Pacers, Mel Daniels, la única persona del entorno de la franquicia con la que había hablado cara a cara, y su principal valedor en una aventura que había arrancado varios meses atrás, en los primeros días de marzo de 1994.

El sueño americano de Alberto Herreros comenzó en una habitación del Hotel Príncipe de Asturias de Sevilla. Allí se alojaba el Estudiantes para disputar la fase final de la Copa del Rey, y pocas horas antes de la semifinal ante el Taugrés sonó el teléfono. Era una conferencia desde Estados Unidos.

– Hola, Alberto. Soy Mel. Mel Daniels. De los Pacers de Indiana. ¿Recuerdas que hablamos hace unos meses en Madrid?

– Mmm… Sí, por supuesto. Hola, Mel. ¿Qué tal todo?
– Bien, bien. Todo perfecto. Te llamo para desearte suerte. Me hubiese gustado estar allí esta noche, pero ha sido imposible.
– Perfecto, no te preocupes. Lo entiendo.
– Ya sabes de nuestro interés. Creemos que eres un tipo de jugador que podría encajar muy bien con nosotros. Estamos en contacto pronto, ¿de acuerdo?

Esa pregunta se convertiría en promesa, y en un brevísimo lapso de tiempo, en certeza. Estudiantes acabó perdiendo en semifinales ante el Taugrés en un partido que se recordaría por el momento de terrorífico suspense que dejó estupefacto al público sevillano, cuando Marcelo Nicola se desequilibró y cayó al parquet con tal fuerza que acabaría siendo trasladado a un hospital hispalense. Herreros acabó frustrado tras ser superado una y otra vez por el croata Velimir Perasovic, aunque su humor cambió a las pocas horas de regresar a Madrid. De nuevo tenía otra llamada con un prefijo extraño, pero que le empezaría a resultar familiar muy pronto.

En ese segundo acercamiento, Daniels pudo explayarse mucho más de los dos minutos escasos de unos días antes. Tras unas pocas preguntas rutinarias, Mel se olvidó de ambages y le hizo llegar a Herreros su deseo, y por extensión de los Pacers, para que viajase pronto a Estados Unidos y pudieran verle en directo. Pese a que le aseguraba que todo el cuerpo técnico tenía constancia de qué tipo de jugador era, y de lo mucho que podía aportar allí, en la NBA era una práctica habitual ese tipo de entrenamientos privados, y muy conveniente de cara a un posible salto. Alberto dudó unos instantes, y le pidió unos días para pensarlo. Daniels aceptó esa demora, y acabó colgando el teléfono con un humor excelente justo cuando el español se despidió con la frase que quería escuchar: “La NBA es un sueño para cualquier jugador que ame este deporte”.

El primer paso ya estaba dado y la imparable burocracia de la NBA, en marcha. Herreros tardó poco en aceptar de formal la invitación -al fin y al cabo, era un gran oportunidad de conocer otro baloncesto y vivir una experiencia enriquecedora, no solo en lo profesional- y era el turno de que hablasen los clubes. Estudiantes, por aquel entonces patrocinado por Caja Postal, vivía en una posición muy distinta a la que nos tiene acostumbrado en la actualidad. Nutrido de un grupo de canteranos de primer nivel, soñaba con formar un grupo que se convirtiera realmente en una alternativa duradera a Real Madrid y Barcelona. González Varona, vicepresidente por aquel entonces, acababa de cerrar la contratación del internacional ruso Mikhail Mikhailov, un pívot sólido destinado a subir el nivel interior de un equipo que tenía a Herreros como referente, algo que ni la NBA iba a poder cambiar.

Quizá por esa certeza, en las oficinas de la calle Serrano nunca vieron demasiadas posibilidades de que su perla se marchase al otro lado del Atlántico. Tras la espantada de Petrovic a la NBA pocos años antes, y la posterior compensación que tuvo que abonar Portland al Real Madrid, era obligatorio la existencia de un acuerdo entre el jugador y el club de origen, siempre que hubiese un contrato en vigor. Stern había impulsado esta norma por miedo a que la NBA se empezara a considerar como una especie de ente colonialista, sobre todo en un momento en que la cantidad de jugadores europeos que llegaban a América aumentaba cada verano de forma exponencial.

Por este motivo, el fax de los Pacers solicitando autorización para que Herreros fuese a entrenar con ellos, no causó excesivo pánico. La respuesta que dio el club madrileño fue rápida y taxativa, mostrando su posición desde el primer momento: El jugador podría hacer el viaje, pero en ningún momento se le consideraba transferible. Con las formalidades ya cumplidas, era el momento de completar el alunizaje. Los Pacers propusieron una fecha, el 1 de junio, para que el escolta hiciera un pequeño entrenamiento privado y conociera el Market Square Arena de Indiana. Sin embargo, Herreros ya tenía comprometida esa fecha con la selección -realmente era un compromiso con la ABP que no quería suprimir-, por lo que se acordó retrasarlo al día 5 de junio. Todo parecía listo y la puerta para tener un sucesor de Fernando Martín en la mejor liga del mundo se abría ligeramente. Sin embargo, la inesperada clasificación de los Pacers en la final de la Conferencia Oeste tras eliminar a los Hawks de Danny Manning y Kevin Willis variaría los planes de nuevo.

Herreros recibió otra llamada de la franquicia, esta vez a través de Ed Badger, mano derecha del propietario Donnie Walsh, para solicitar un nuevo aplazamiento. Querían poner todo su interés en esa eliminatoria, y pensaban que un futuro jugador revoloteando cerca del corazón del equipo durante esos días podía ser una fuente de distracción innecesaria. Finalmente, y tras caer los Pacers en una ajustada serie frente a los Knicks, se acordó que el encuentro sería una semana más tarde de lo previsto, fecha en la que por fin Herreros tomó un vuelo a Indiana, con escala previa en Nueva York, destino a su primera aventura en suelo yankee.

La historia del entrenamiento privado de Alberto Herreros en Indiana no destaca por su originalidad. Los Pacers tenían muy visto al jugador en Estudiantes y con la selección, y tan solo querían confirmar pequeños detalles y una cierta disposición. Apenas cuarenta minutos de ejercicios de fintas, tiro y salidas de bloqueo, bajo la atenta mirada del staff técnico, fueron suficientes. Sí es conveniente destacar la presencia del técnico jefe Larry Brown, que pese a estar todavía convaleciente de una operación de cadera, no quiso perder detalle de las evoluciones del español, en un gesto que pretendía reafirmar el interés de la franquicia de cara a la expedición española.

Foto: NBA

Foto: Getty Images

Ningún jugador de los Pacers hizo acto de presencia directa en la sesión, y Herreros solo tuvo la ocasión de saludar al pívot suplente LaSalle Thompson cuando se lo cruzó en los pasillos del complejo. Tras el trabajo de campo, llegó el momento de poner las cartas sobre el tapete de forma definitiva. Daniels y Barger se apresuraron en tomar la iniciativa, y le hablaron de la importancia de dar el salto cuanto antes, de que pondrían toda la carne en el asador para solucionar su situación con Estudiantes, y de las posibilidades de un equipo joven que había caído en el último momento en las Finales de Conferencia ante los Knicks, pese a tener mucho margen de mejora. En ningún momento hablaron claramente del rol de Alberto en los Pacers, ni de una estimación de minutos. Sabían que con Larry Brown de por medio era una temeridad prometer un espacio amplio de minutos a un rookie, que además era europeo, y no quisieron jugar esa carta, confiados en que los brillantes focos de la NBA fueran suficientes para cegar al escolta.

Nunca sabremos si esos focos no brillaban lo necesario para Herreros, pero en España lo hacían y sobradamente, además. La prensa especializada hizo un especial seguimiento al viaje de Alberto, y Estudiantes tuvo que salir a la palestra antes los rumores de un inminente fichaje. “Solo traspasaríamos a Alberto por una oferta totalmente irrechazable. Y estamos hablando de millones… de dólares”.

También de dinero hablaron los Pacers mucho ese verano, pero con un interlocutor bastante más cercano para ellos. La renovación de Reggie Miller estaba congelada desde hacía varios meses, y no hay que ser demasiado malo para pensar que las prisas por traer a Alberto justo delante de las narices de Miller podrían estar motivadas, al menos en parte, como una medida de presión. Es terreno de la especulación calibrar hasta qué punto un novato español podría ejercer como preocupación para uno de los mejores escoltas de la liga. Y como es un terreno repleto de arenas movedizas, permítanme que no entremos más en él.

La ola informativa de la excursión por Indiana duró unos días, justo lo que tardó en comenzar la fase preparatoria para el Mundial de 1994, que se celebraría en Canadá. Herreros, un indiscutible en la selección de Lolo Sáinz, viajó a ese campeonato todavía pensando en lo que había vivido unas pocas semanas atrás. Por un lado era una experiencia que sin duda le apetecía, y mucho, pero también tenía varios reversos negativos. Conocía los problemas que habían tenido jugadores que él consideraba con más nivel en ese momento, como Petrovic en los Blazers, para
hacerse un hueco en las rotaciones. Además, había renovado con Estudiantes hacía no mucho, y no veía con buenos ojos abandonar de repente un proyecto que se había formado en torno a él. Lo que cambian las cosas un par de años y un decreto 1.006 bien usado.

Aquel Mundial de Toronto estaría asociado históricamente al “chinazo”, otro de esos momentos tan bajos a la que nos acostumbraría esta selección de entre épocas, de la que Herreros fue principal referente, y que solo tuvo un momento brillante en ese campeonato, el partido en el que España jugó de forma alegre y vistosa ante el “Dream Team II”, la segunda versión de profesionales jugando para Estados Unidos y que había formado un bloque temible con jugadores del nivel de Mark Price, Dominique Wilkins, Kevin Johnson, Shaquille O’Neal… y Reggie Miller.

El futuro posible compañero de Alberto, la estrella de los Pacers, tuvo ocasión de comprobar el nivel del escolta español después de que éste le anotase un triple en la cara, en un partido en el que, como decimos, España dio un gran nivel para perder de una renta muy honorable (115-100). Sin embargo, ese tímido brillo fue una excepción de un verano con la selección oscuro, en el que además se habían enfriado las cosas con los Pacers. La prensa parecía haberse olvidado del asunto, y prestaban más atención a otro rumor, el presunto acercamiento de Ferrán Martinez a los Wolves, toda vez que el pívot fue visitado por el general manager de los de Minnesota, Jack McCloskey.

Además, la negativa absoluta de la directiva de Estudiantes -que sería el germen de lo que sucedería años después en su traumática salida al Madrid- terminaría de cerrar esa puerta que se había abierto ligeramente, y que volvería a ser golpeada tres años después por los Vancouver Grizzlies, con idéntico resultado: Herreros volvería a hacer oídos sordos a los cantos de sirena americanos y seguiría toda su carrera en la ACB.

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Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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