El recuerdo hace que los instantes se vuelvan eternos. En el mundo del baloncesto (más bien del deporte en general) el reconocimiento llega con los triunfos. Cuando uno gana todo es más fácil, incluso la consecución de más victorias. Los pabellones se llenan, las camisetas se venden y los medios hablan. Pero esta no es una historia común, de aplausos por gloria ni de la era de las redes sociales. En una modalidad que se creaba a sí misma, brillar era cuestión de dominio o imaginación. Explotar las cualidades para vencer al rival o dar rienda suelta a la creatividad y por ello asombrar. Aquellos que innovaban, atraían a nuevos ojos que dejaban fijados al mundo de la canasta. Bajo todo lo que los duelos entre Magic y Bird explotaron, había una base menos celebrada pero igualmente valiosa para el devenir de la NBA. Muchos dicen que Earl Monroe cambió el juego y probablemente tengan razón. Desde el asfalto al primigenio parqué, su firma fue puesta.

La historia comenzó para The Pearl en Winston-Salem State. Su año sénior en el básket universitario puso su nombre en el radar de medio mundo con negrita y en mayúsculas. Sus peculiares movimientos se hicieron imposibles de defender por la velocidad de ejecución y lo novedoso de ellos. La improvisación era tan natural que él mismo reconocía no saber qué iba a hacer hasta que, finalmente, lo ponía en marcha. El entrenador de Wake Forest, rival habitual en amistosos de preparación, pidió a Monroe que ejerciera de profesor para que sus pupilos pudieran absorber habilidades. Papel mojado. Probablemente era cuestión de cultura y el guard creó la suya, a su manera. La base estaba en dejar de lado cada sistema para tomar lápiz y papel y dibujar a su antojo. Ante cualquier pensamiento purista, los números le daban la razón. Fue el líder anotador de todo el país con 41,5 puntos por noche, llegando a hacerle 68 a Fayettville. El Winston-Salem Journal tituló aquel partido como “las perlas de Earl”. Quedó bautizado con un apodo que, desde entonces, acompañaría a su genialidad. Contribuyó, bajo las órdenes del coach Gaines, de tal modo al crecimiento de su universidad que llegaron a llenar el pabellón como rutina y al graduarse había establecido el récord anotador con 2.935 tantos.

Foto: digitalforsyth.org

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Su llegada a la NBA fue en 1967 y no solo las cifras enamoraron al respetable, su forma de hacerlo le distinguía del resto. Bill Bradley lo describió como “el jugador de playground definitivo” y es que  era pura esencia de asfalto. Allí, en las canchas de Harlem, todos conocían al base que viajaba desde Philadelphia para hacer lo suyo. Y lo suyo era único. Reversos constantes, giros de 360 grados en el aire al penetrar, un juego de pies similar al de un bailarín y un sobrenombre que los presentes coreaban con asombro tras sus magistrales y poco vistas acciones; Black Jesus. No fue fruto de sus creaciones, sino de la total adoración que llegó a tener por él la comunidad afroamericana de Philly. Era un ejemplo, capaz de hacer arte dentro de la cancha, con focos sobre su figura y la etapa universitaria totalmente completada. Siempre tuvo un hueco para la Phillys Baker League, incluso siendo ya parte de la NBA. A la liga profesional tampoco entró de puntillas. 25 puntos de media en su primer año en Baltimore le hicieron merecedor del premio al rookie del año. Movimientos similares a los del baile, formando su propio ritmo, el cual su bote frenaba y sus cambios de ritmo volvían a acelerar. El defensor, inexperto, hacía de la pareja novata que a cada paso pisa el pie. Seguir a alguien que, además de iniciativa, contaba con la capacidad para crear se hacía imposible. No se puede enseñar aquello con lo que naces y su talento parecía innato. Casi regalado para un elegido.

Convertidos ya los Bullets de su mano, con el apoyo de un Wes Unseld que completaba una de las duplas más temibles de la liga, en un habitual de los Playoffs, en 1971 llegó el cambio para él. Hacía las maletas rumbo al máximo rival. Los Knicks de Walt Frazier le acogerían para añadir potencial a su plantilla. La prensa neoyorquina no tardó en mostrar su escepticismo. Pensaron que un backcourt con una pieza dominante en el uno contra uno y otra ya instalada en el sistema coral de Red Holzman no funcionaría. También se especulaba con una posible confrontación de egos dada a la talla de ambos. Dos bases de renombre que se veían destinados a compartir protagonismo y minutos. Un choque de estilos que dio pie a multitud de dudas. “La gente pensaba que necesitaríamos dos balones, pero no conocían el respeto mutuo que nos teníamos como rivales.” Afirmaba Clyde. El que se vio forzado a cambiar no fue él, sino el recién llegado Earl. Debió colectivizarse para involucrar al resto, pero su condición de anotador prolífico seguía intacta. Esta vez sí, se hizo al grupo y no el grupo a él.  Para entonces, el conjunto ya estaba formado y su incorporación buscaba añadir peso a un bloque que ya lo contaba. Dos años atrás lograron el primer anillo de la historia de la franquicia, pero en la gran manzana querían más. Estaban convirtiendo al baloncesto en una atracción más de la gran ciudad. Frazier y Willis Reed formaban la columna de aquel equipo campeón y ninguna llegada retocaría eso.

“La cosa con Earl era que, cuando estaba teniendo un buen partido, le daba el balón y viceversa. Realmente me gustaba cuando tenía buenos partidos porque entonces él tendría que darme más balones”. Walt Clyde Frazier.

Ganar se mantuvo sobre los nombres. El objetivo no se apartó de la vista de los Knicks ni un segundo. En el Rolls Royce Backcourt, eran conscientes de su responsabilidad en la lucha por el oro. “En ese momento, Earl había sido ya All-Star. Lo había hecho todo menos ganar un título. Yo tenía un título, así que fue todo trabajo en equipo e intentar ganar otro título”. Alguien que tenía el apoyo total de una comunidad y el crédito de media liga, quería dar más razones para hacerlo. Hay distintas maneras de entender el éxito, pero si lo consigues de todas las maneras posibles, las dudas se disipan de un plumazo. 1973; su legado se hacía incontestable.

Holzman fue el artífice de todo ello. Unió ingredientes de potentes sabores que, sin embargo, no hicieron el plato amargo. Entendía el juego desde la base de la química e hizo que la competencia dentro del grupo no afectase al resto. Aprovechaba cada duelo por la titularidad como una oportunidad de hacer al resto mejores. Obligaba a los suyos a darlo todo cada día. Todo giraba en torno a la idea de querer jugar juntos, compartir el trabajo y sacrificarse por el de al lado. Ser mentor de Phil Jackson son palabras mayores y el Maestro Zen le tiene como principal referencia gracias a la temporada del primer campeonato, en la cual tomó el rol de entrenador asistente por lesión. Dos anillos después, Red es una gran parte de la historia de los New York Knicks.

El talento al servicio del compañero. A principios de los 70, en NYC la perla se colectivizó para hacer su nombre más grande. Le ayudó a hacer su recuerdo imborrable, pero sus movimientos fijaron un punto de inflexión en la liga. En la genialidad reside el reconocimiento de su figura. Como dijimos, esta no es una historia común. Earl Monroe cambió el juego.