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Reflejos

Phoenix Suns 2004-2008: la revolución

alexglameiro@gmail.com'

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La columna vertebral de aquel equipo. Nash, Stoudemire y Marion. Foto: www.bballbreakdown.com

La columna vertebral de aquel equipo. Nash, Stoudemire y Marion. Foto: www.bballbreakdown.com

El 21 de marzo de 2015, Steve Nash anunciaba su retirada mediante una carta en The Players’ Tribune, en la que anunciaba que había tomado la decisión de dejar el baloncesto a los 41 años, tras pasar por un auténtico calvario de lesiones las dos temporadas anteriores a su retirada. 16 meses después, concretamente el pasado 26 de julio de 2016, Amar’e Stoudemire firmaba un simbólico contrato de un día con los New York Knicks, para, posteriormente, anunciar que dejaba la práctica del baloncesto en la NBA, pues unos días después firmó un contrato que le vinculaba al Hapoel Jerusalem, club del que es accionista. La forma de retirarse de Stoudemire quizás no sentó demasiado bien a la gran mayoría de fans de los Phoenix Suns, pues entendían que el jugador debía haberse retirado en la franquicia de Arizona, ya que fue el equipo que le elevó al estrellato después de draftearle. El malestar de los fans de los Suns aumentó aún más si cabe cuando los Knicks hicieron público un escueto texto del propio jugador en el que no mencionaba a Phoenix y se despedía con un emotivo “Once a Knick, always a Knick”. Días más tarde publicaría una carta más larga en The Players’ Tribune, al igual que Nash; en la que hacía un repaso a toda su carrera y, esta vez sí, mencionaba a los de Arizona.

De estos Suns, dentro de todo lo que significaron para el baloncesto en la pasada década, quizás lo que más se recuerde sean esos 4 años de baloncesto bajo la batuta de Mike D’Antoni jugando al famoso run & gun al antojo de un canadiense nacido en Johannesburgo con la melena al viento llamado Stephen John Nash, un jugador con una visión de juego y manejo de balón endiablados, que había sido elegido en el Draft por la franquicia de Arizona en 1996, pero que en 1998 pondría rumbo a Texas para crecer en los Dallas Mavericks. Asimismo, abandonaría esta franquicia para posteriormente volver a firmar por los Suns en la agencia libre de 2004. El propio Mark Cuban admitió que dejar marchar a Nash fue “uno de los peores errores de su vida”. A buen seguro que se ha lamentado profundamente por esta decisión a lo largo de los años.

Dos años antes de esa mediática firma, los Suns draftearían a un Amar’e Carsares Stoudemire directamente desde el instituto, al ser uno de los mejores atletas de su generación.  Esa temporada ganó el Rookie del Año, convirtiéndose en el primer jugador procedente del instituto en conseguir dicho galardón. Su explosión se produjo en la temporada 2003-2004 y fue actor principal en los éxitos conseguidos por la franquicia en la década del 2010, especialmente esos cuatro años mágicos (2004-2008), y que merecen ser recordados para toda la eternidad. Fueron un equipo sin anillo, sí, pero revolucionaron el estilo de juego existente por aquel entonces en la NBA. Cuatro años históricos que merecen un profundo repaso.

Temporada 2004-2005

La temporada anterior había estado llena de sobresaltos, pues cuando transcurría un cuarto de temporada la gerencia decidió destituir a Frank Johnson, que con un balance de 8-13 parecía que no estaba llevando a la franquicia (un equipo con Stephon Marbury, que en enero sería traspasado a los Knicks, Amar’e Stoudemire o Shawn Marion, entre otros) a buen puerto, para poner de entrenador jefe a un Mike D’Antoni que esos 61 partidos que restaban de temporada no alcanzó grandes logros, finalizando con un balance de 21-40. La bomba llegó en verano, cuando Steve Nash, uno de los mejores jugadores de la liga, decidía abandonar los Dallas Mavericks para firmar con ellos. Esta firma supuso una revolución a corto y medio plazo en la NBA, pues los Suns pasaron a ser, de manera sorprendente, aspirantes a todo. Tanto, que esa misma temporada ocuparon nada más y nada menos que el primer puesto de la liga, con un balance de 62-20, con Nash como MVP y D’Antoni como COY. Pero esa temporada estuvo marcada por la irrupción de un estilo de juego que revolucionó la liga por aquel entonces: el run & gun, correr y disparar, un sistema de juego  que se caracterizaba por el rápido ritmo de ataque, a menudo abusando del contraataque y utilizando poco el juego en estático, que se regía por la regla de los 7 seconds or less, es decir, tirar a canasta antes de los siete segundos de posesión, mientras la defensa aún estaba intentando colocarse. Lo que coloquialmente recibe el nombre de correcalles. Este estilo lo que conseguía era partidos de alta anotación y vistosos para el espectador, pero por el contrario, descuida mucho la defensa. Sin ir más lejos, los Suns de la 2004-2005 anotaron de media 110’4 ppp, el mayor promedio de puntos en una década, pero encajaron 103’3, finalizando como el peor equipo defensivo de la liga. Los partidos de la franquicia afincada en Arizona eran un show donde Steve Nash campaba a sus anchas con pases imposibles por la espalda y jugadas donde hacía las delicias de todo espectador presente en el pabellón o viendo el partido por televisión. Era indiferente. Nash representaba el baloncesto. Era el baloncesto.

Steve Nash, uno de los jugadores más talentosos de la historia. Foto: www,foxsports.com

Steve Nash, uno de los jugadores más talentosos de la historia. Foto: www,foxsports.com

Durante esta temporada 2004-2005, la primera tras el regreso del base canadiense, quien fue elegido MVP (el primero de este país en toda la historia) por ser el estandarte de este equipo; Amar’e Stoudemire, en su tercer año en la liga, se fue hasta unos promedios de 26 puntos y 8’9 rebotes por partido, alcanzando incluso los 50 puntos en un partido (gran parte de los puntos gracias a Nash, todo sea dicho), pero sin embargo no entró en el primer All-NBA Team, sino en el segundo (el ocupante del primero en el puesto de ala-pívot sería Nowitzki). Shawn Marion, con ese tiro tan característico suyo, apenas elevó su aportación, muy importante de por sí, manteniendo unos guarismos de 19’4 puntos y 11’3 rebotes, siendo un importante jugador en el apartado defensivo (dentro de lo que era la defensa en aquel equipo). Joe Johnson, que por aquel entonces contaba con 23 años, promedió 17’1 puntos por partido.

Ese año, los Suns mostraron una superioridad aplastante frente a casi todos sus rivales, siendo favoritos para alcanzar las Finales de la NBA. Comenzaron los Playoffs y en la primera ronda aplastaron a los Memphis Grizzlies con un incontestable barrido de 4-0. En segunda ronda llegarían los Dallas Mavericks, ex equipo de Nash, de quienes se deshicieron por 4-2 con bastantes apuros, pues en el sexto partido, los Mavs estuvieron a punto de alzarse victoriosos, pero finalmente lo hicieron los Suns, con un resultado de 130-126. Ya estaban en las Finales de Conferencia. Se enfrentarían contra los San Antonio Spurs, quienes habían vencido a los Seattle Supersonics también por un 4-2 global. Los dos mejores equipos de la Liga, frente a frente, en una Final de Conferencia que se antojaba épica. El primer partido transcurrió igualado, pudiendo decantarse para uno o para otro lado. Entraron los Suns 4 puntos arriba en el último cuarto, pero un último parcial soberbio de los texanos hacía que se anotasen el primer punto de la eliminatoria. En el siguiente, los de Arizona rozaron la victoria con la punta de sus dedos, pero de nuevo se quedaron con las ganas, al caer 111-108. La eliminatoria se ponía más cuesta arriba aún al caer en el tercer encuentro por 10 puntos de diferencia. No obstante, en el primer match point para los Spurs, los Suns se alzaron victoriosos y la eliminatoria se iría, al menos, a un quinto partido. Había esperanzas, pues ya sabemos que esto es lo último que se pierde. Sin embargo, los de San Antonio se ocuparon de acabar con ellas venciendo en un quinto partido que supuso el punto y final a la temporada de Phoenix, con unos Playoffs ligeramente decepcionantes al caer en la Final de Conferencia tras quedar primeros en Regular Season. Perdieron, eso sí, contra un equipo con una marca de 59-23, tan solo una victoria inferior a la suya propia. Finalmente, los Spurs se alzarían victoriosos en la Final de la NBA, venciendo 4-3 a los Detroit Pistons. El verano se antojaba decisivo para los de Arizona si querían dar ese paso que les permitiera acceder a las Finales.

Los Suns se encomendaban, entre oros, a la calidad de S.T.A.T Foto: www.azcentral.com

Los Suns se encomendaban, entre otros, a la calidad de S.T.A.T Foto: www.azcentral.com

Temporada 2005-2006

La temporada se veía crucial para probar la consagración de los Suns como élite de la liga, o si por el contrario, la campaña anterior había sido un espejismo y volverían a posiciones más bajas en la clasificación. La gerencia incorporó a Raja Bell en la agencia libre, y a Boris Diaw (el francés venía de unas dos primeras campañas flojas en Atlanta), vía traspaso, en el que se incluían dos primeras rondas de 2006 y 2008 (con las que se seleccionó a Rajon Rondo y Brook López, respectivamente) como nombres más destacados, y se dio salida a Joe Johnson –en el traspaso que daría con los huesos de Diaw en Arizona- o Smush Parker, entre otros, que iría rumbo a Los Ángeles Lakers. Por tanto, se quedaría una columna vertebral parecida a la de la temporada anterior, con Nash, Stoudemire y Marion, cambiando a JoJo por Raja Bell, quien venía de hacer buenas temporadas en los Utah Jazz, incluso la mejor en su carrera antes de llegar a Phoenix, donde se colaría en el mejor quinteto defensivo en la temporada siguiente a su llegada. Pero eso es otra historia. Centrémonos.

La campaña no comenzaba con perspectivas muy halagüeñas para el equipo, pues el 18 de octubre de 2005 se le detectaría a Stoudemire una lesión en el cartílago de la rodilla, por lo que tuvo que pasar por quirófano. Se especuló con que volvería sobre febrero, pero finalmente regresó en marzo, disputó tres partidos y, al resentirse, los cuerpos médicos de la franquicia decidieron que guardara reposo hasta la temporada siguiente. Como no puede ser de otra manera, los Suns notaron la baja de uno de sus jugadores estrella, pues, aunque finalmente alcanzarían una marca de 54-28 (8 victorias menos que el año anterior), y acabando segundos de conferencia tras unos inalcanzables San Antonio Spurs, a buen seguro que se hubieran acercado más a esos texanos, que bajo la batuta del gran Gregg Popovich arrasaron allá por donde pasaron en una temporada marcada por el récord establecido el 22 de enero de 2006, el día que Kobe Bryant olió la sangre y sacó a relucir su instinto asesino, anotando la friolera de 81 puntos.

En lo que concierne al juego del equipo, se continuó con el estilo del run & gun que tan buen resultado había dado la temporada anterior, es decir, un alto ritmo de ataque y una defensa más bien floja, jugando a meter más puntos que el rival. Volvieron a finalizar como el mejor equipo ofensivo de la liga, anotando de media 108’4 puntos por partido. Sin embargo, esta vez el equipo de D´Antoni no finalizó como el peor equipo defensivo de la liga, sino como el antepenúltimo, por delante de los Toronto Raptors y de unos Seattle SuperSonics que finalizaron como el segundo mejor atacando, pero por el contrario, como el peor defendiendo, encajando de media tres puntos más de los que anotaban.

Al estar Stoudemire lesionado, el peso del equipo recayó sobre Steve Nash, Shawn Marion -que ya eran pilares la temporada anterior-, Raja Bell; que venía a suplir a Joe Johnson, y un sorprendente Boris Diaw, que ante la falta del ala pívot, dio un paso al frente y promedió 13.3 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias por partido, erigiéndose como uno de los símbolos de los Suns y resultando ganador del galardón al Jugador más Mejorado de la Temporada. No obstante, una de las grandes noticias fue que estos cuatro jugadores estuvieron sanos toda la temporada, lo que les ayudó a sobreponerse a la ausencia de Stoudemire: Nash y Bell jugaron 79 partidos, Diaw 70 y Shawn Marion 81.

Boris Diaw y Shawn Marion, dos de los hombres más destacados de la temporada. Foto: www.bleacherreport.com

Boris Diaw y Shawn Marion, dos de los hombres más destacados de la temporada. Foto: www.bleacherreport.com

Nash se volvió a alzar como MVP, éste más polémico que el anterior, con una marca de 18’8 puntos, 10’5 asistencias –líder con diferencia en este apartado- y 4’2 rebotes. Además, lideraría a la NBA en porcentaje de tiros libres, estableciendo la marca en nada más y nada menos que 92’1%, anotando 257 de sus 279 intentos durante la temporada regular. Impresionante. Shawn Marion asumió galones y promedió un doble doble de 21.8 puntos y 11’8 rebotes, ganando más peso aún en el esquema Sun. Raja Bell firmó unos muy buenos 14’7 puntos, 3’7 rebotes y 2’6 asistencias, formando pareja de backcourt junto a Steve Nash y ejerciendo de tutor para Leandro Barbosa, quien este verano afirmó que en su retorno a Phoenix eligió el dorsal 19 en honor a Bell, el jugador que le tuteló durante su estancia en el pasado. El brasileño contribuyó con 13’1 puntos como sexto hombre, lo que hizo aumentar su caché de cara a otros equipos. Sin embargo, aunque el equipo girase en torno a estos hombres, había otros jugadores que eran pieza importante en el juego, como James Jones o Kurt Thomas. Todos sumaban y aun sin Amar’e Stoudemire encaraban los Playoffs con optimismo.

En la primera ronda estarían emparejados con los Lakers, que cabalgando a las espaldas de Kobe Bryant habían logrado clasificarse séptimos de conferencia con un equipo, todo hay que decirlo, de un nivel inferior a la media. El equipo de Arizona accedió a la siguiente ronda con más apuros de los previstos, obteniendo el boleto en un séptimo partido disputado en Phoenix en el que los Suns se alzaron victoriosos por 31 puntos de diferencia. Esperaba el vecino pobre de los Lakers por aquel entonces, Los Ángeles Clippers, de los que también se desharían por 4-3, con un Shawn Marion soberbio, firmando 26 puntos y 12 rebotes en la serie. Tras dos series pasando más apuros de los previstos, en las Finales de Conferencia se enfrentaban a unos Dallas Mavericks que por aquel entonces contaban con Dirk Nowitzki como indiscutible líder, tenían ánimos de revancha tras quedar eliminados de la lucha por el trofeo Larry O’Brien la temporada anterior a manos de los Suns y además habían apeado a los vigentes campeones, sus vecinos San Antonio Spurs de la brega por defender el título. La serie daría comienzo con buen pie, pues Phoenix ganó el primer partido, pero sin embargo, los texanos revertirían la situación con dos triunfos consecutivos, ambos por siete puntos de diferencia. Los Phoenix Suns empatarían la serie en el siguiente choque, pero tras esta victoria, llegaría la debacle. Los Mavericks ganarían el Game 5 de forma incontestable, y en el sexto partido, disputado en el America West Arena, pabellón de los Suns, los de Dallas darían la campanada, y a hombros de un Dirk Nowitzki imparable avanzarían hasta la final de la NBA, donde, con un Wade a un nivel soberbio, tras una lucha cuerpo a cuerpo con el alemán, los Miami Heat, equipo del escolta, desplegarían el banner de campeones en su pabellón por primera vez en su corta historia. Otra oportunidad desaprovechada para los Phoenix Suns, quienes se empezaban a ver desesperados por quedarse por segundo año consecutivo a las puertas del último asalto por el Larry O’Brien.

Temporada 2006-2007

El verano de 2006 en las oficinas de Arizona fue, sorprendentemente, muy tranquilo. Cortaron a Nikoloz Tskitshvili y firmaron a Eric Piatkowski, Marcus Banks, Sean Marks y Jumaine Jones en la agencia libre, y como si de otro fichaje se tratara, volvió Amar’e Stoudemire, ya plenamente recuperado. Como si quisiera comenzar una nueva etapa tras la lesión, se cambió el dorsal del 32 al 1. Más tarde, en el mes de noviembre, incorporaron a Jalen Rose, ya en las últimas de su carrera -se retiraría al término de esa misma temporada-, que promediaría tan solo 3’7 puntos en busca de un anillo que culminase su trayectoria.

Los Suns esperaban el comienzo de la nueva campaña con optimismo, pues la temporada anterior se habían plantado en Finales de Conferencia aún con la baja de uno de sus jugadores más importantes, y la plena recuperación de éste hacía presagiar un mejor año, con vistas incluso de anillo, el cual supondría el primero de toda la historia de la franquicia.

La Regular Season transcurrió similar a las anteriores desde que Phoenix se convirtió en equipo contender, con ellos concluyendo la temporada como máximos anotadores de toda la NBA, con 110 puntos por partido, pero por el contrario, como uno de los peores atrás, encajando 103 tantos de media por noche. Sin embargo, les sobró para hacerse con el segundo puesto del Oeste, con una marca de 61-21 por detrás de los Dallas Mavericks, campeones el año anterior, quienes ganaron 67 partidos y solo hincaron la rodilla en 15. Como en temporadas anteriores, el equipo confió a Nash la manija del líder, y de nuevo el canadiense respondió a toda esa confianza con creces. 18’6 puntos y 11’6 asistencias –de nuevo primero en pases de canasta- se anotó el jugador de los Suns, además de finalizar en cabeza de la clasificación de True Shooting Percentage -estadística que hace media de los tiros libres, tiros de dos y triples intentados-, con 65’4%. Ante el regreso de S.T.A.T. (Standing Tall And Talented, mote puesto por él mismo), quien parecía haber olvidado la lesión que le mantuvo en el dique seco casi la totalidad de la campaña 2005-2006 promediando 20’4 puntos y 9’6 rebotes, Shawn Marion perdió importancia en el ataque del equipo, pero sin embargo, se las apañaría para finiquitar la regular con 17’5 puntos y 9’8 rebotes. Raja Bell, quien entró en el All-Defensive Team como premio a su rendimiento atrás, firmó unos calcados 14’7 puntos, aderezados con 3’2 rebotes y 2’5 asistencias. Diaw, ante el retorno de Stoudemire se vio obligado a dar un paso atrás y reflejó unas estadísticas de 9’7 puntos, 4’3 rebotes y 5 asistencias. El francés era un hombre que sumaba en todo. Justamente al igual que la temporada anterior, pero en menor medida. Finalmente, el otro galardonado del equipo -junto a Bell- sería Leandro Barbosa, premiado como Sexto Hombre del Año tras la mejor temporada de su carrera, anotando 18’1 puntos por partido, capturando 2’7 rebotes y entregando 4 pases de canasta a sus compañeros tras jugar 80 partidos. Sin embargo tan solo 18 de ellos los disputó como titular, promediando 29’5 minutos por noche. Tras una estupenda temporada regular, la postemporada se encaraba con ánimos de resarcirse de la temporada anterior y, por fin, alcanzar las Finales, el sueño de cualquier jugador. ¿Por qué no ganarlas también? Los Suns tenían licencia y motivos para soñar.

El SMOY. Foto: www.zona-deportiva.com

El SMOY. Foto: www.zona-deportiva.com

La primera ronda depararía un enfrentamiento idéntico al de la temporada anterior, el cual estaba adquiriendo ya tintes de clásico, como era un Phoenix Suns vs. Los Ángeles Lakers. No obstante, el desarrollo de la serie sería bien distinto, con Phoenix aplastando a los angelinos por un contundente 4-1. En la siguiente fase se daría un choque habitual en los últimos años. Adivinen: San Antonio Spurs, la bestia negra de los de Arizona, se volvería a cruzar en su camino, y por enésima vez les alejó de la pelea por el anillo con un resultado global de 4-2. Sin embargo, los Phoenix Suns desaprovecharon la oportunidad de avanzar de nuevo hasta Finales de Conferencia de la manera más cruel posible, pues durante el cuarto partido de la serie, que finalmente se llevarían por 104-98, Robert Horry golpeó a Nash. Dicha agresión desembocó en una trifulca que se saldaría con una sanción de dos partidos para Horry por el empujón propinado al canadiense y uno para Stoudemire y Diaw por salir del banquillo durante ésta. Una sanción para los dos Suns cuanto menos polémica. En los dos siguientes partidos, los colegiados tomaron decisiones muy dudosas, quizás demasiado, y los texanos vencerían en los dos siguientes encuentros y por consiguiente, avanzarían hasta las Finales de Conferencia. Finalmente se alzarían con el Larry O’Brien a costa de los Cleveland Cavaliers.

El proyecto de los Suns se encontraba atascado, y necesitaban un golpe de efecto si querían aspirar a, al menos, unas Finales.

Temporada 2007-2008

Ese golpe de efecto tenía nombre y apellidos: Shaquille O’Neal. En un traspaso llevado a cabo en febrero de 2008, al borde del deadline, los Suns enviaban a Shawn Marion y Marcus Banks a South Beach a cambio de Shaq, buscando contrarrestar el fichaje de Pau Gasol por Los Ángeles Lakers, sus rivales de división, apenas unos días antes.

En junio, durante el Draft, seleccionaron a Rudy Fernández, pero lo enviaron a Portland junto a James Jones a cambio de dinero, y firmaron en la agencia libre a Grant Hill y Brian Skinner, quien disfrutaría de pocos minutos en pista.

La temporada regular en la Conferencia Oeste finalmente sería una de las más reñidas de la historia reciente de la NBA, con hasta seis equipos en un margen de apenas dos victorias, lo que originaba que, al más mínimo error, cayeses varios puestos en la clasificación. El Salvaje Oeste en su más puro estilo. Ese fue el caso de los Suns, quienes con un balance de 55-27 se clasificaron sextos de conferencia, viéndose obligados a enfrentarse –sí, de nuevo- contra los San Antonio Spurs. Durante la Regular Season, los números del equipo y los jugadores se mantendrían parecidos a los de la temporada anterior. El promedio de puntos por partido se mantendría en 110, y en puntos encajados el número subía hasta 105. El run & gun. Steve Nash anotó 17 puntos y repartió 11 asistencias de media por partido. Shawn Marion, que fue traspasado junto a Marcus Banks a cambio de Shaq, durante los 47 partidos que disputó para Phoenix -todos de titular- promedió 15’8 puntos y 9’9 rebotes. Los Suns encontraron al jugador más destacado de su temporada en Amar’e Stoudemire. S.T.A.T. firmó unos soberbios 25’2 puntos y 9’9 rebotes, al borde del doble-doble, Leandro Barbosa reduciría su aportación respecto a la de la temporada anterior en 2’5 puntos, con 15’6 de media al final, y el recién llegado Grant Hill (como curiosidad, recientemente ha sido dado a conocer que Phil Jackson estuvo a punto de dar salida a Kobe Bryant a cambio de Hill en la 99-00), tras quedar mermado por las lesiones en años anteriores, disputó 70 partidos en Regular Season por primera vez desde que dejara la MoTown y dejó unos guarismos de 13’1 puntos, 5 rebotes y 3 pases de canasta. Por su parte, O’Neal, en los 28 partidos que disputó, tan solo colaboró con 12’9 puntos, añadiendo, eso sí, 11 rebotes.

El experimento fallido. Foto: www.lakersblog.latimes.com

El experimento fallido. Foto: www.lakersblog.latimes.com

Daban comienzo los Playoffs y repetirían su último enfrentamiento en la postemporada del año anterior, contra los San Antonio Spurs. Había ganas de revancha contra un equipo que sólo había ganado un partido más que ellos en temporada regular. Sin embargo, todo ánimo se esfumó en el momento en el que se encontraron 3-0 abajo en la eliminatoria tras perder el primer encuentro de forma agónica en el último segundo al anotar Tim Duncan un triple desde la cabecera. Al borde del sweep (barrido) sacaron la casta, y en el cuarto partido, disputado en Phoenix, vencerían por 19 puntos de diferencia, lo que les permitía alargar la serie hasta el siguiente parido como mínimo. Ese mínimo se convirtió en un máximo. San Antonio doblegó a Phoenix por cinco tantos y avanzaría hasta la siguiente ronda. El sueño de los Suns, hecho añicos en una primera ronda. La segunda edad dorada del equipo de Phoenix estaba llegando a su fin.

Pese a que continuaron varios años más dando guerra, incluso repitiendo Finales de Conferencia -esta vez contra los Lakers-, las cuatro temporadas repasadas en el artículo son posiblemente irrepetibles. Es un equipo que hizo a la gente disfrutar y logró levantar al aficionado del asiento fuera de la franquicia que fuera, y eso es realmente complicado. A la hora de colocar a este equipo en un top histórico siempre se le ha reprochado no haber pasado jamás de unas Finales de Conferencia, pero, ¿y qué pasa porque no hayan sido capaces de alcanzar la final de la NBA? Viendo jugar a un equipo con jugadores de la talla de Steve Nash, Shawn Marion o Amar’e Stoudemire, solo nos queda observar la grandeza de su juego. Dentro de unos años más, viendo el cariz que está tomando la NBA actual, se valorará a estos Phoenix Suns como merecen, que no es poco.

Let’s go, Suns.

Foto: www.nba.com

Foto: www.nba.com

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #16

 

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