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Reflejos

Phoenix Suns 2004-2008: la revolución

alexglameiro@gmail.com'

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La columna vertebral de aquel equipo. Nash, Stoudemire y Marion. Foto: www.bballbreakdown.com

La columna vertebral de aquel equipo. Nash, Stoudemire y Marion. Foto: www.bballbreakdown.com

El 21 de marzo de 2015, Steve Nash anunciaba su retirada mediante una carta en The Players’ Tribune, en la que anunciaba que había tomado la decisión de dejar el baloncesto a los 41 años, tras pasar por un auténtico calvario de lesiones las dos temporadas anteriores a su retirada. 16 meses después, concretamente el pasado 26 de julio de 2016, Amar’e Stoudemire firmaba un simbólico contrato de un día con los New York Knicks, para, posteriormente, anunciar que dejaba la práctica del baloncesto en la NBA, pues unos días después firmó un contrato que le vinculaba al Hapoel Jerusalem, club del que es accionista. La forma de retirarse de Stoudemire quizás no sentó demasiado bien a la gran mayoría de fans de los Phoenix Suns, pues entendían que el jugador debía haberse retirado en la franquicia de Arizona, ya que fue el equipo que le elevó al estrellato después de draftearle. El malestar de los fans de los Suns aumentó aún más si cabe cuando los Knicks hicieron público un escueto texto del propio jugador en el que no mencionaba a Phoenix y se despedía con un emotivo “Once a Knick, always a Knick”. Días más tarde publicaría una carta más larga en The Players’ Tribune, al igual que Nash; en la que hacía un repaso a toda su carrera y, esta vez sí, mencionaba a los de Arizona.

De estos Suns, dentro de todo lo que significaron para el baloncesto en la pasada década, quizás lo que más se recuerde sean esos 4 años de baloncesto bajo la batuta de Mike D’Antoni jugando al famoso run & gun al antojo de un canadiense nacido en Johannesburgo con la melena al viento llamado Stephen John Nash, un jugador con una visión de juego y manejo de balón endiablados, que había sido elegido en el Draft por la franquicia de Arizona en 1996, pero que en 1998 pondría rumbo a Texas para crecer en los Dallas Mavericks. Asimismo, abandonaría esta franquicia para posteriormente volver a firmar por los Suns en la agencia libre de 2004. El propio Mark Cuban admitió que dejar marchar a Nash fue “uno de los peores errores de su vida”. A buen seguro que se ha lamentado profundamente por esta decisión a lo largo de los años.

Dos años antes de esa mediática firma, los Suns draftearían a un Amar’e Carsares Stoudemire directamente desde el instituto, al ser uno de los mejores atletas de su generación.  Esa temporada ganó el Rookie del Año, convirtiéndose en el primer jugador procedente del instituto en conseguir dicho galardón. Su explosión se produjo en la temporada 2003-2004 y fue actor principal en los éxitos conseguidos por la franquicia en la década del 2010, especialmente esos cuatro años mágicos (2004-2008), y que merecen ser recordados para toda la eternidad. Fueron un equipo sin anillo, sí, pero revolucionaron el estilo de juego existente por aquel entonces en la NBA. Cuatro años históricos que merecen un profundo repaso.

Temporada 2004-2005

La temporada anterior había estado llena de sobresaltos, pues cuando transcurría un cuarto de temporada la gerencia decidió destituir a Frank Johnson, que con un balance de 8-13 parecía que no estaba llevando a la franquicia (un equipo con Stephon Marbury, que en enero sería traspasado a los Knicks, Amar’e Stoudemire o Shawn Marion, entre otros) a buen puerto, para poner de entrenador jefe a un Mike D’Antoni que esos 61 partidos que restaban de temporada no alcanzó grandes logros, finalizando con un balance de 21-40. La bomba llegó en verano, cuando Steve Nash, uno de los mejores jugadores de la liga, decidía abandonar los Dallas Mavericks para firmar con ellos. Esta firma supuso una revolución a corto y medio plazo en la NBA, pues los Suns pasaron a ser, de manera sorprendente, aspirantes a todo. Tanto, que esa misma temporada ocuparon nada más y nada menos que el primer puesto de la liga, con un balance de 62-20, con Nash como MVP y D’Antoni como COY. Pero esa temporada estuvo marcada por la irrupción de un estilo de juego que revolucionó la liga por aquel entonces: el run & gun, correr y disparar, un sistema de juego  que se caracterizaba por el rápido ritmo de ataque, a menudo abusando del contraataque y utilizando poco el juego en estático, que se regía por la regla de los 7 seconds or less, es decir, tirar a canasta antes de los siete segundos de posesión, mientras la defensa aún estaba intentando colocarse. Lo que coloquialmente recibe el nombre de correcalles. Este estilo lo que conseguía era partidos de alta anotación y vistosos para el espectador, pero por el contrario, descuida mucho la defensa. Sin ir más lejos, los Suns de la 2004-2005 anotaron de media 110’4 ppp, el mayor promedio de puntos en una década, pero encajaron 103’3, finalizando como el peor equipo defensivo de la liga. Los partidos de la franquicia afincada en Arizona eran un show donde Steve Nash campaba a sus anchas con pases imposibles por la espalda y jugadas donde hacía las delicias de todo espectador presente en el pabellón o viendo el partido por televisión. Era indiferente. Nash representaba el baloncesto. Era el baloncesto.

Steve Nash, uno de los jugadores más talentosos de la historia. Foto: www,foxsports.com

Steve Nash, uno de los jugadores más talentosos de la historia. Foto: www,foxsports.com

Durante esta temporada 2004-2005, la primera tras el regreso del base canadiense, quien fue elegido MVP (el primero de este país en toda la historia) por ser el estandarte de este equipo; Amar’e Stoudemire, en su tercer año en la liga, se fue hasta unos promedios de 26 puntos y 8’9 rebotes por partido, alcanzando incluso los 50 puntos en un partido (gran parte de los puntos gracias a Nash, todo sea dicho), pero sin embargo no entró en el primer All-NBA Team, sino en el segundo (el ocupante del primero en el puesto de ala-pívot sería Nowitzki). Shawn Marion, con ese tiro tan característico suyo, apenas elevó su aportación, muy importante de por sí, manteniendo unos guarismos de 19’4 puntos y 11’3 rebotes, siendo un importante jugador en el apartado defensivo (dentro de lo que era la defensa en aquel equipo). Joe Johnson, que por aquel entonces contaba con 23 años, promedió 17’1 puntos por partido.

Ese año, los Suns mostraron una superioridad aplastante frente a casi todos sus rivales, siendo favoritos para alcanzar las Finales de la NBA. Comenzaron los Playoffs y en la primera ronda aplastaron a los Memphis Grizzlies con un incontestable barrido de 4-0. En segunda ronda llegarían los Dallas Mavericks, ex equipo de Nash, de quienes se deshicieron por 4-2 con bastantes apuros, pues en el sexto partido, los Mavs estuvieron a punto de alzarse victoriosos, pero finalmente lo hicieron los Suns, con un resultado de 130-126. Ya estaban en las Finales de Conferencia. Se enfrentarían contra los San Antonio Spurs, quienes habían vencido a los Seattle Supersonics también por un 4-2 global. Los dos mejores equipos de la Liga, frente a frente, en una Final de Conferencia que se antojaba épica. El primer partido transcurrió igualado, pudiendo decantarse para uno o para otro lado. Entraron los Suns 4 puntos arriba en el último cuarto, pero un último parcial soberbio de los texanos hacía que se anotasen el primer punto de la eliminatoria. En el siguiente, los de Arizona rozaron la victoria con la punta de sus dedos, pero de nuevo se quedaron con las ganas, al caer 111-108. La eliminatoria se ponía más cuesta arriba aún al caer en el tercer encuentro por 10 puntos de diferencia. No obstante, en el primer match point para los Spurs, los Suns se alzaron victoriosos y la eliminatoria se iría, al menos, a un quinto partido. Había esperanzas, pues ya sabemos que esto es lo último que se pierde. Sin embargo, los de San Antonio se ocuparon de acabar con ellas venciendo en un quinto partido que supuso el punto y final a la temporada de Phoenix, con unos Playoffs ligeramente decepcionantes al caer en la Final de Conferencia tras quedar primeros en Regular Season. Perdieron, eso sí, contra un equipo con una marca de 59-23, tan solo una victoria inferior a la suya propia. Finalmente, los Spurs se alzarían victoriosos en la Final de la NBA, venciendo 4-3 a los Detroit Pistons. El verano se antojaba decisivo para los de Arizona si querían dar ese paso que les permitiera acceder a las Finales.

Los Suns se encomendaban, entre oros, a la calidad de S.T.A.T Foto: www.azcentral.com

Los Suns se encomendaban, entre otros, a la calidad de S.T.A.T Foto: www.azcentral.com

Temporada 2005-2006

La temporada se veía crucial para probar la consagración de los Suns como élite de la liga, o si por el contrario, la campaña anterior había sido un espejismo y volverían a posiciones más bajas en la clasificación. La gerencia incorporó a Raja Bell en la agencia libre, y a Boris Diaw (el francés venía de unas dos primeras campañas flojas en Atlanta), vía traspaso, en el que se incluían dos primeras rondas de 2006 y 2008 (con las que se seleccionó a Rajon Rondo y Brook López, respectivamente) como nombres más destacados, y se dio salida a Joe Johnson –en el traspaso que daría con los huesos de Diaw en Arizona- o Smush Parker, entre otros, que iría rumbo a Los Ángeles Lakers. Por tanto, se quedaría una columna vertebral parecida a la de la temporada anterior, con Nash, Stoudemire y Marion, cambiando a JoJo por Raja Bell, quien venía de hacer buenas temporadas en los Utah Jazz, incluso la mejor en su carrera antes de llegar a Phoenix, donde se colaría en el mejor quinteto defensivo en la temporada siguiente a su llegada. Pero eso es otra historia. Centrémonos.

La campaña no comenzaba con perspectivas muy halagüeñas para el equipo, pues el 18 de octubre de 2005 se le detectaría a Stoudemire una lesión en el cartílago de la rodilla, por lo que tuvo que pasar por quirófano. Se especuló con que volvería sobre febrero, pero finalmente regresó en marzo, disputó tres partidos y, al resentirse, los cuerpos médicos de la franquicia decidieron que guardara reposo hasta la temporada siguiente. Como no puede ser de otra manera, los Suns notaron la baja de uno de sus jugadores estrella, pues, aunque finalmente alcanzarían una marca de 54-28 (8 victorias menos que el año anterior), y acabando segundos de conferencia tras unos inalcanzables San Antonio Spurs, a buen seguro que se hubieran acercado más a esos texanos, que bajo la batuta del gran Gregg Popovich arrasaron allá por donde pasaron en una temporada marcada por el récord establecido el 22 de enero de 2006, el día que Kobe Bryant olió la sangre y sacó a relucir su instinto asesino, anotando la friolera de 81 puntos.

En lo que concierne al juego del equipo, se continuó con el estilo del run & gun que tan buen resultado había dado la temporada anterior, es decir, un alto ritmo de ataque y una defensa más bien floja, jugando a meter más puntos que el rival. Volvieron a finalizar como el mejor equipo ofensivo de la liga, anotando de media 108’4 puntos por partido. Sin embargo, esta vez el equipo de D´Antoni no finalizó como el peor equipo defensivo de la liga, sino como el antepenúltimo, por delante de los Toronto Raptors y de unos Seattle SuperSonics que finalizaron como el segundo mejor atacando, pero por el contrario, como el peor defendiendo, encajando de media tres puntos más de los que anotaban.

Al estar Stoudemire lesionado, el peso del equipo recayó sobre Steve Nash, Shawn Marion -que ya eran pilares la temporada anterior-, Raja Bell; que venía a suplir a Joe Johnson, y un sorprendente Boris Diaw, que ante la falta del ala pívot, dio un paso al frente y promedió 13.3 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias por partido, erigiéndose como uno de los símbolos de los Suns y resultando ganador del galardón al Jugador más Mejorado de la Temporada. No obstante, una de las grandes noticias fue que estos cuatro jugadores estuvieron sanos toda la temporada, lo que les ayudó a sobreponerse a la ausencia de Stoudemire: Nash y Bell jugaron 79 partidos, Diaw 70 y Shawn Marion 81.

Boris Diaw y Shawn Marion, dos de los hombres más destacados de la temporada. Foto: www.bleacherreport.com

Boris Diaw y Shawn Marion, dos de los hombres más destacados de la temporada. Foto: www.bleacherreport.com

Nash se volvió a alzar como MVP, éste más polémico que el anterior, con una marca de 18’8 puntos, 10’5 asistencias –líder con diferencia en este apartado- y 4’2 rebotes. Además, lideraría a la NBA en porcentaje de tiros libres, estableciendo la marca en nada más y nada menos que 92’1%, anotando 257 de sus 279 intentos durante la temporada regular. Impresionante. Shawn Marion asumió galones y promedió un doble doble de 21.8 puntos y 11’8 rebotes, ganando más peso aún en el esquema Sun. Raja Bell firmó unos muy buenos 14’7 puntos, 3’7 rebotes y 2’6 asistencias, formando pareja de backcourt junto a Steve Nash y ejerciendo de tutor para Leandro Barbosa, quien este verano afirmó que en su retorno a Phoenix eligió el dorsal 19 en honor a Bell, el jugador que le tuteló durante su estancia en el pasado. El brasileño contribuyó con 13’1 puntos como sexto hombre, lo que hizo aumentar su caché de cara a otros equipos. Sin embargo, aunque el equipo girase en torno a estos hombres, había otros jugadores que eran pieza importante en el juego, como James Jones o Kurt Thomas. Todos sumaban y aun sin Amar’e Stoudemire encaraban los Playoffs con optimismo.

En la primera ronda estarían emparejados con los Lakers, que cabalgando a las espaldas de Kobe Bryant habían logrado clasificarse séptimos de conferencia con un equipo, todo hay que decirlo, de un nivel inferior a la media. El equipo de Arizona accedió a la siguiente ronda con más apuros de los previstos, obteniendo el boleto en un séptimo partido disputado en Phoenix en el que los Suns se alzaron victoriosos por 31 puntos de diferencia. Esperaba el vecino pobre de los Lakers por aquel entonces, Los Ángeles Clippers, de los que también se desharían por 4-3, con un Shawn Marion soberbio, firmando 26 puntos y 12 rebotes en la serie. Tras dos series pasando más apuros de los previstos, en las Finales de Conferencia se enfrentaban a unos Dallas Mavericks que por aquel entonces contaban con Dirk Nowitzki como indiscutible líder, tenían ánimos de revancha tras quedar eliminados de la lucha por el trofeo Larry O’Brien la temporada anterior a manos de los Suns y además habían apeado a los vigentes campeones, sus vecinos San Antonio Spurs de la brega por defender el título. La serie daría comienzo con buen pie, pues Phoenix ganó el primer partido, pero sin embargo, los texanos revertirían la situación con dos triunfos consecutivos, ambos por siete puntos de diferencia. Los Phoenix Suns empatarían la serie en el siguiente choque, pero tras esta victoria, llegaría la debacle. Los Mavericks ganarían el Game 5 de forma incontestable, y en el sexto partido, disputado en el America West Arena, pabellón de los Suns, los de Dallas darían la campanada, y a hombros de un Dirk Nowitzki imparable avanzarían hasta la final de la NBA, donde, con un Wade a un nivel soberbio, tras una lucha cuerpo a cuerpo con el alemán, los Miami Heat, equipo del escolta, desplegarían el banner de campeones en su pabellón por primera vez en su corta historia. Otra oportunidad desaprovechada para los Phoenix Suns, quienes se empezaban a ver desesperados por quedarse por segundo año consecutivo a las puertas del último asalto por el Larry O’Brien.

Temporada 2006-2007

El verano de 2006 en las oficinas de Arizona fue, sorprendentemente, muy tranquilo. Cortaron a Nikoloz Tskitshvili y firmaron a Eric Piatkowski, Marcus Banks, Sean Marks y Jumaine Jones en la agencia libre, y como si de otro fichaje se tratara, volvió Amar’e Stoudemire, ya plenamente recuperado. Como si quisiera comenzar una nueva etapa tras la lesión, se cambió el dorsal del 32 al 1. Más tarde, en el mes de noviembre, incorporaron a Jalen Rose, ya en las últimas de su carrera -se retiraría al término de esa misma temporada-, que promediaría tan solo 3’7 puntos en busca de un anillo que culminase su trayectoria.

Los Suns esperaban el comienzo de la nueva campaña con optimismo, pues la temporada anterior se habían plantado en Finales de Conferencia aún con la baja de uno de sus jugadores más importantes, y la plena recuperación de éste hacía presagiar un mejor año, con vistas incluso de anillo, el cual supondría el primero de toda la historia de la franquicia.

La Regular Season transcurrió similar a las anteriores desde que Phoenix se convirtió en equipo contender, con ellos concluyendo la temporada como máximos anotadores de toda la NBA, con 110 puntos por partido, pero por el contrario, como uno de los peores atrás, encajando 103 tantos de media por noche. Sin embargo, les sobró para hacerse con el segundo puesto del Oeste, con una marca de 61-21 por detrás de los Dallas Mavericks, campeones el año anterior, quienes ganaron 67 partidos y solo hincaron la rodilla en 15. Como en temporadas anteriores, el equipo confió a Nash la manija del líder, y de nuevo el canadiense respondió a toda esa confianza con creces. 18’6 puntos y 11’6 asistencias –de nuevo primero en pases de canasta- se anotó el jugador de los Suns, además de finalizar en cabeza de la clasificación de True Shooting Percentage -estadística que hace media de los tiros libres, tiros de dos y triples intentados-, con 65’4%. Ante el regreso de S.T.A.T. (Standing Tall And Talented, mote puesto por él mismo), quien parecía haber olvidado la lesión que le mantuvo en el dique seco casi la totalidad de la campaña 2005-2006 promediando 20’4 puntos y 9’6 rebotes, Shawn Marion perdió importancia en el ataque del equipo, pero sin embargo, se las apañaría para finiquitar la regular con 17’5 puntos y 9’8 rebotes. Raja Bell, quien entró en el All-Defensive Team como premio a su rendimiento atrás, firmó unos calcados 14’7 puntos, aderezados con 3’2 rebotes y 2’5 asistencias. Diaw, ante el retorno de Stoudemire se vio obligado a dar un paso atrás y reflejó unas estadísticas de 9’7 puntos, 4’3 rebotes y 5 asistencias. El francés era un hombre que sumaba en todo. Justamente al igual que la temporada anterior, pero en menor medida. Finalmente, el otro galardonado del equipo -junto a Bell- sería Leandro Barbosa, premiado como Sexto Hombre del Año tras la mejor temporada de su carrera, anotando 18’1 puntos por partido, capturando 2’7 rebotes y entregando 4 pases de canasta a sus compañeros tras jugar 80 partidos. Sin embargo tan solo 18 de ellos los disputó como titular, promediando 29’5 minutos por noche. Tras una estupenda temporada regular, la postemporada se encaraba con ánimos de resarcirse de la temporada anterior y, por fin, alcanzar las Finales, el sueño de cualquier jugador. ¿Por qué no ganarlas también? Los Suns tenían licencia y motivos para soñar.

El SMOY. Foto: www.zona-deportiva.com

El SMOY. Foto: www.zona-deportiva.com

La primera ronda depararía un enfrentamiento idéntico al de la temporada anterior, el cual estaba adquiriendo ya tintes de clásico, como era un Phoenix Suns vs. Los Ángeles Lakers. No obstante, el desarrollo de la serie sería bien distinto, con Phoenix aplastando a los angelinos por un contundente 4-1. En la siguiente fase se daría un choque habitual en los últimos años. Adivinen: San Antonio Spurs, la bestia negra de los de Arizona, se volvería a cruzar en su camino, y por enésima vez les alejó de la pelea por el anillo con un resultado global de 4-2. Sin embargo, los Phoenix Suns desaprovecharon la oportunidad de avanzar de nuevo hasta Finales de Conferencia de la manera más cruel posible, pues durante el cuarto partido de la serie, que finalmente se llevarían por 104-98, Robert Horry golpeó a Nash. Dicha agresión desembocó en una trifulca que se saldaría con una sanción de dos partidos para Horry por el empujón propinado al canadiense y uno para Stoudemire y Diaw por salir del banquillo durante ésta. Una sanción para los dos Suns cuanto menos polémica. En los dos siguientes partidos, los colegiados tomaron decisiones muy dudosas, quizás demasiado, y los texanos vencerían en los dos siguientes encuentros y por consiguiente, avanzarían hasta las Finales de Conferencia. Finalmente se alzarían con el Larry O’Brien a costa de los Cleveland Cavaliers.

El proyecto de los Suns se encontraba atascado, y necesitaban un golpe de efecto si querían aspirar a, al menos, unas Finales.

Temporada 2007-2008

Ese golpe de efecto tenía nombre y apellidos: Shaquille O’Neal. En un traspaso llevado a cabo en febrero de 2008, al borde del deadline, los Suns enviaban a Shawn Marion y Marcus Banks a South Beach a cambio de Shaq, buscando contrarrestar el fichaje de Pau Gasol por Los Ángeles Lakers, sus rivales de división, apenas unos días antes.

En junio, durante el Draft, seleccionaron a Rudy Fernández, pero lo enviaron a Portland junto a James Jones a cambio de dinero, y firmaron en la agencia libre a Grant Hill y Brian Skinner, quien disfrutaría de pocos minutos en pista.

La temporada regular en la Conferencia Oeste finalmente sería una de las más reñidas de la historia reciente de la NBA, con hasta seis equipos en un margen de apenas dos victorias, lo que originaba que, al más mínimo error, cayeses varios puestos en la clasificación. El Salvaje Oeste en su más puro estilo. Ese fue el caso de los Suns, quienes con un balance de 55-27 se clasificaron sextos de conferencia, viéndose obligados a enfrentarse –sí, de nuevo- contra los San Antonio Spurs. Durante la Regular Season, los números del equipo y los jugadores se mantendrían parecidos a los de la temporada anterior. El promedio de puntos por partido se mantendría en 110, y en puntos encajados el número subía hasta 105. El run & gun. Steve Nash anotó 17 puntos y repartió 11 asistencias de media por partido. Shawn Marion, que fue traspasado junto a Marcus Banks a cambio de Shaq, durante los 47 partidos que disputó para Phoenix -todos de titular- promedió 15’8 puntos y 9’9 rebotes. Los Suns encontraron al jugador más destacado de su temporada en Amar’e Stoudemire. S.T.A.T. firmó unos soberbios 25’2 puntos y 9’9 rebotes, al borde del doble-doble, Leandro Barbosa reduciría su aportación respecto a la de la temporada anterior en 2’5 puntos, con 15’6 de media al final, y el recién llegado Grant Hill (como curiosidad, recientemente ha sido dado a conocer que Phil Jackson estuvo a punto de dar salida a Kobe Bryant a cambio de Hill en la 99-00), tras quedar mermado por las lesiones en años anteriores, disputó 70 partidos en Regular Season por primera vez desde que dejara la MoTown y dejó unos guarismos de 13’1 puntos, 5 rebotes y 3 pases de canasta. Por su parte, O’Neal, en los 28 partidos que disputó, tan solo colaboró con 12’9 puntos, añadiendo, eso sí, 11 rebotes.

El experimento fallido. Foto: www.lakersblog.latimes.com

El experimento fallido. Foto: www.lakersblog.latimes.com

Daban comienzo los Playoffs y repetirían su último enfrentamiento en la postemporada del año anterior, contra los San Antonio Spurs. Había ganas de revancha contra un equipo que sólo había ganado un partido más que ellos en temporada regular. Sin embargo, todo ánimo se esfumó en el momento en el que se encontraron 3-0 abajo en la eliminatoria tras perder el primer encuentro de forma agónica en el último segundo al anotar Tim Duncan un triple desde la cabecera. Al borde del sweep (barrido) sacaron la casta, y en el cuarto partido, disputado en Phoenix, vencerían por 19 puntos de diferencia, lo que les permitía alargar la serie hasta el siguiente parido como mínimo. Ese mínimo se convirtió en un máximo. San Antonio doblegó a Phoenix por cinco tantos y avanzaría hasta la siguiente ronda. El sueño de los Suns, hecho añicos en una primera ronda. La segunda edad dorada del equipo de Phoenix estaba llegando a su fin.

Pese a que continuaron varios años más dando guerra, incluso repitiendo Finales de Conferencia -esta vez contra los Lakers-, las cuatro temporadas repasadas en el artículo son posiblemente irrepetibles. Es un equipo que hizo a la gente disfrutar y logró levantar al aficionado del asiento fuera de la franquicia que fuera, y eso es realmente complicado. A la hora de colocar a este equipo en un top histórico siempre se le ha reprochado no haber pasado jamás de unas Finales de Conferencia, pero, ¿y qué pasa porque no hayan sido capaces de alcanzar la final de la NBA? Viendo jugar a un equipo con jugadores de la talla de Steve Nash, Shawn Marion o Amar’e Stoudemire, solo nos queda observar la grandeza de su juego. Dentro de unos años más, viendo el cariz que está tomando la NBA actual, se valorará a estos Phoenix Suns como merecen, que no es poco.

Let’s go, Suns.

Foto: www.nba.com

Foto: www.nba.com

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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