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Costa a costa

El episodio de la silla

zhahihd@yahoo.es'

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No, aquel 23 de febrero de 1985 no podía ser un día cualquiera, no podría serlo ya nunca más en nuestras vidas. Demasiados fantasmas, demasiadas pesadillas se nos venían apareciendo cada 23-F desde hacía cuatro años, se nos seguirían apareciendo aún durante muchos años después, incluso puede que aún se nos sigan apareciendo a día de hoy a quienes vivimos todo aquello… pero no teman, ésa es otra historia. Y no es para ser contada en esta ocasión.

Nada que ver con USA, claro. En USA aquel sábado 23 de febrero de 1985 no pasaba de ser un día como tantos otros, al menos en principio. Con su recién reelegido presidente Reagan jugando a la guerra de las galaxias, con sus ciudadanos empezando el finde con la compra semanal y volviendo raudos a casa para reintegrarse a sus quehaceres y sus ocios cotidianos. Entre estos últimos la contemplación deportiva jugaba ya un papel fundamental, por supuesto: NBA, NHL… y cómo no, baloncesto universitario, esa NCAA que empezaba ya a adueñarse del calendario a las puertas de marzo. Entre los múltiples partidos de aquel sábado destacaba especialmente el que habría de jugarse en el Assembly Hall de Bloomington, Indiana, con los míticos Hoosiers recibiendo en su feudo a sus eternos rivales de la Big Ten, los Boilermakers de Purdue. Bobby Knight versus Gene Keady, nada más y nada menos. No, aquél tampoco iba a ser un partido cualquiera. Aunque nadie pudiera imaginar hasta qué punto.

No estará de más ponerles en antecedentes. No estará de más recordar que Bobby Knight había llegado sumamente crecido a aquella temporada 1984/1985. Acababa de reconquistar para su país el oro olímpico de Los Ángeles sin encontrar la menor resistencia (la URSS no compareció, Yugoslavia murió en semis y nosotros en la Final no les duramos ni medio asalto, con estar en ella ya tuvimos más que suficiente) y se disponía ahora a afrontar un curso en el que albergaba fundadas esperanzas de éxito. Tras campeonar en 1976 (invicto, lo que no ha vuelto a repetirse desde entonces) y 1981 (Isiah Thomas mediante), ésta de 1985 se presentaba como una magnífica oportunidad para ganar su tercer título: un equipo sumamente equilibrado, con un magnífico base como Steve Alford (sí, el prestigioso a la par que controvertido coach de UCLA) y una enorme referencia interior gracias al incomparable a la par que interminable alemán Uwe Blab. Y por el medio algún que otro nombre que nos resulta extrañamente familiar, como el hoy analista de la ESPN Dan Dakich o el hoy brillante técnico de Evansville Marty Simmons. En los rankings de pretemporada muchos los situaban en el top 5 y no faltaban quienes los elevaban incluso hasta el 3, a las puertas del favoritismo absoluto. Palabras mayores.

Pero la realidad se empeñó en ir por otro lado, como tantas otras veces. Un a priori asequible calendario de non-conference terminó con un balance de ocho victorias y dos derrotas, un buen comienzo en la Big Ten lo elevó hasta un 11-3 que no es que fuera para tirar cohetes pero tampoco para rasgarse las vestiduras. Y a partir de ahí el caos. Cuatro derrotas consecutivas, cuatro, las dos primeras fuera (en Ohio State y Purdue), las otras dos en casa, en su propio infierno del Assembly Hall ante Illinois y Iowa. 11-7, Indiana fuera de los rankings para nunca más volver (durante esa temporada, me refiero) y el nerviosismo que se adueña del campus de Bloomington. Porque si en cualquier otro lugar cuatro derrotas consecutivas representaban una dosis extra de presión, en la hegemónica Indiana de aquellos años representaban poco menos que el fin del mundo. Y un fin del mundo con Bobby Knight no es un fin del mundo cualquiera.

Inciso: doy por supuesto que una inmensa mayoría de lectores conocerán de sobra las andanzas de El General, pero aún así me permitirán unas breves líneas al respecto. Bobby Knight tuvo (y aún hoy tiene) partidarios y detractores, tan a muerte los unos como los otros, con tanta razón los unos como los otros. Los unos reivindican a alguien a quien (como suele decirse) le cabe todo el baloncesto en la cabeza, acaso una de las mentes más preclaras que haya conocido este juego. Los otros denuestan su (tiremos de eufemismo) carácter controvertido. Insoportable, malhumorado, eternamente peleado con media humanidad (y media es decir poco): colegas, árbitros, periodistas, autoridades varias, jugadores propios y extraños. Especialmente los propios, a quienes en demasiadas ocasiones trataba como a una mierda. Fiel a su formación en West Point, su actitud no difería mucho de la de aquel sargento de La Chaqueta Metálica, de la de tantos otros sargentos de tantas otras películas, de tantas otras realidades americanas (de USA). Abusos verbales (y cuentan que en algún caso incluso físicos) de todas clases que hoy probablemente le habrían costado el cargo de inmediato, algún que otro caso hemos conocido recientemente al respecto. Pero entonces aún estábamos en los Ochenta, aún la letra entraba con sangre (entiéndase en sentido figurado), aún la disciplina (tanto más cuanto más férrea) estaba considerada por muchos como la única vía posible para meter a los chicos en vereda y encauzar su proceso educativo (recuérdese que hablamos de baloncesto universitario, que los entrenadores son también –y sobre todo- formadores; entiendan como entiendan esa formación). No pocos cuestionaban su ética, apenas nadie osaba aún cuestionar su legitimidad. Fin del inciso.

A aquella racha de derrotas le sucedieron tres victorias (Minnesota en casa, Wisconsin y Northwestern fuera) que parecieron tener un efecto balsámico pero que en realidad fueron poco más que la mejoría que precede a la muerte del enfermo. Llegaban ahora tres partidos consecutivos en su otrora inexpugnable Assembly Hall que parecían la oportunidad perfecta para volver a encauzar el rumbo, se las prometían muy felices pero el primero de ellos se saldó con estrepitosa derrota ante Ohio State y el segundo con no menos estrepitosa derrota ante Illinois. El balance era ya 14-9 (6-7 en lo que corresponde a la Big Ten) y el agua empezaba a estar al cuello. Apenas quedaba ya margen de error de cara a ese tercer partido consecutivo en casa, esa visita del eterno rival Purdue prevista para el sábado 23 de febrero de 1985. No iba a ser un partido cualquiera, por supuesto que no. Aunque nadie alcanzara a imaginar por qué.

Ya desde el primer instante los Hoosiers parecieron ir a remolque de unos Boilermakers mucho más equilibrados. No tenían un tallo alemán de casi 2,20 como su rival pero aún así su superioridad interior era manifiesta gracias a los buenos fundamentos de James Bullock, a las estupendas asistencias que le ponía su base Steve Reid y a las puntuales aportaciones de Mark Atkinson y Todd Mitchell (que muchos años después llegó a pasar sin pena ni gloria por Salamanca, durante la efímera estancia de este equipo en ACB). Purdue traslucía orden e Indiana en cambio improvisación: Knight había alineado de partida a su decimoséptimo quinteto inicial diferente del año, el cual tampoco debió de convencerle demasiado porque antes de que hubieran transcurrido tres minutos ya estaba rotando y reinsertando en cancha a Marty Simmons. Un 9-2 de partida que luego fue 11-4, que más tarde fue 11-6 cuando apenas se llevaban jugados cinco minutos… Y entonces sucedió.

Sí, justo entonces. Reconozco que eso fue lo que más me sorprendió cuando vi por primera vez entero este partido, obviamente muchos años después de que se jugara. Siempre pensé que un ataque de cólera de tal calibre habría de venir necesariamente propiciado por una sucesión de agravios (reales o imaginarios), por una acumulación de presuntas afrentas arbitrales a lo largo de todo el partido que ya casi al final (y ante la lógica tensión del resultado) le hicieran reaccionar de esta manera… Pues no. Nada más lejos de la realidad. Casi ni tiempo de empezar a sudar habían tenido siquiera.

La cosa empezó con una buena defensa de Indiana, un dos contra uno que acabó con tres tíos en el suelo, Atkinson por Purdue y Alford y Simmons por Indiana. Pareció lucha, pero ya se sabe que en este tipo de refriegas la línea que separa la falta del (supuesto) salto entre dos es extremadamente fina. Los árbitros apreciaron falta de Alford, Knight montó en cólera y la grada se le sumó de inmediato, con un nivel de irritación difícilmente concebible a estas alturas de partido. Un árbitro se acercó a Knight y le dijo algo al oído, que obviamente no sabemos lo que fue pero que tampoco resulta demasiado difícil imaginarlo, desde el típico no me eches al público encima al no menos típico sé lo que estás buscando pero por más que lo intentes no te la voy a pitar. O eso creía él, acaso infravalorando la innata capacidad del técnico hoosier para sacar a cualquiera de sus casillas. No iba a tardar en comprobarlo.

Ni un segundo siquiera: fue sacar de banda Purdue, recibir de espaldas al aro Bullock, sacar un brazo el defensor hoosier Deryl Thomas para intentar impedir la recepción y pitarse otra falta, acaso un tanto rigurosa. Nuevo clamor, nuevas protestas de Knight, nuevamente el mismo árbitro que lo mira de reojo pero que ahora ya, tras dejar transcurrir unos breves segundos (no sé si para esperar a que se calmara o para esperar a que le soltara otra barbaridad mayor), se vio obligado a pitarle finalmente la técnica. Knight enfurecido le gritó de todo (aún más si cabe), el susodicho árbitro optó por alejarse de allí para no complicar aún más las cosas pero ahora ya era demasiado tarde, ahora ya Knight se sabía el centro de toda la atención. Al ver que esos últimos gritos no surtían el efecto deseado decidió (o acaso no lo decidiera, acaso simplemente se dejara llevar) dar otra vuelta de tuerca para dejar aún más patente su frustración. Se giró hacia su banquillo (que en aquel entonces ya no era tal banquillo sino una mera sucesión de asientos independientes), vio su silla vacía, la agarró, la levantó y con toda su reconcentrada malahostia rebosándosele por los poros la lanzó de inmediato contra el parquet; pero eso sí, no de arriba a abajo sino de medio lado, no estampándola contra el suelo sino haciéndola deslizarse hasta el otro lado de la pista. El pobre Steve Reid, preparado como estaba ya el hombre para lanzar los tiros libres, la vio pasar por delante de él y en un alarde de urbanidad soltó el balón y se fue raudo a la esquina, a recogerla; finalmente no lo hizo, se le adelantó un probo operario del Assembly Hall que probablemente le diría, deja chaval, tú preocúpate de lo tuyo que de estas cosas ya me encargo yo

Acotación al margen: Sobre esta escena hay muchas teorías, y no falta quien sostiene (no hace mucho lo leí en un artículo al respecto) que Knight se dio la vuelta y miró a su silla buscando tal vez su sempiterno jersey rojo, con la insana intención de estamparlo de rabia contra el suelo al igual que otros estampan su chaqueta en similares circunstancias. Pero contrariamente a sus costumbres Knight aquel día no había sacado jersey alguno, de tal manera que (según estas teorías) al no encontrarlo no lo quedó más remedio que tirar la silla, a ver qué iba a hacer si no tenía nada más a mano. Es más, hay incluso quien sostiene (de hecho algún jugador de su equipo lo sostuvo clandestinamente) que el hecho de que aquel día acudiera vestido como para jugar al golf (polo de manga corta blanco con finas listas horizontales) indicaría que efectivamente se iba a jugar al golf, y que si montó todo este numerito fue para precipitar los acontecimientos y poderse escapar de allí cuanto antes. Ambas teorías me resultan sumamente peregrinas pero dejo aquí constancia, para que tengan todas las versiones.

Aquello se convirtió en un manicomio, aún más si cabe. Knight en trance de expulsión soltando exabruptos a diestro y siniestro, sus jugadores estupefactos (aunque en realidad eran los menos sorprendidos, porque estaban acostumbrados a verle estampar sillas contra las paredes de la cancha de entrenamiento cada vez que se cabreaba), los tres árbitros tragando quina sin saber donde meterse, las más altas autoridades de la Universidad bajando a parlamentar a la pista y la multitud gritando enfervorizada ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! como si su héroe hubiese realizado una hazaña digna de elogio. Knight finalmente abandonó la cancha (no sin antes dar rienda suelta a otra buena sarta de improperios), los gritos de la multitud se recrudecieron (sazonados además con el lanzamiento a la pista de alguna moneda, acaso porque interpretaran que si su coach podía lanzar sillas ellos no tenían por qué ser menos), los árbitros decretaron tiempo muerto (o lo pidió alguien, no sé), las cheerleaders emergieron para ejecutar alguna coreografía y las aguas parecieron volver finalmente a su cauce.

Pero aún estaba pendiente el lanzamiento de aquellos tiros libres, que ya no eran dos sino seis, fruto de las tres técnicas sucesivas que le habían sido señaladas. Steve Reid, segurísimo lanzador que a esas alturas llevaba 20 de 21 en la Big Ten, se encaminó finalmente a la línea para dejar constancia del estado de nervios en que le había puesto (a él y a todo dios) toda aquella situación: anotó el primero y el segundo, falló de una tacada el tercero, el cuarto y el quinto ante la algarabía del respetable, y convirtió finalmente el sexto. Es decir, en un suspiro falló más tiros libres que en casi toda su carrera universitaria, en un suspiro rebajó su porcentaje del 95 al 85 por ciento. Así estaban las cosas.

No les aburriré con lo que ocurrió después, más que nada porque todo lo que sucedió en los 35 minutos que aún quedaban por jugarse fue un mero partido de baloncesto, nada más (nada menos) que eso. Quédense con que el encuentro continuó por los mismos derroteros (Purdue por delante, Indiana a remolque) hasta su desenlace con el previsible triunfo final de los Boilermakers, 72-63. Aquella fue la victoria número 100 en la exitosa carrera de Gene Keady, aquella fue la primera vez que los Hoosiers enlazaban tres derrotas consecutivas en su feudo en toda la legendaria historia del Assembly Hall. Y por si les quedara la curiosidad sepan también que el MVP del partido resultó ser el freshman Todd Mitchell, que aprovechó la primera titularidad de su carrera para marcarse 21 puntos y 12 rebotes en lo que fue sólo el comienzo de una más que interesante carrera colegial.

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Quédense también con que la broma le costó a Knight un partido de sanción (sí, sólo uno), curiosamente saldado con victoria en la visita a Minnesota. Otro mero espejismo al que sucedieron tres nuevas derrotas (Iowa fuera, Michigan State y Michigan en casa) para acabar así la temporada regular con un escalofriante balance de 15-13 que era aún más escalofriante en lo referido a la Big Ten, un 7-11 que contrastaba sobremanera con aquel ya lejano 8-2 inicial. Aquello no se podía salvar por ningún lado, aquellos Hoosiers eran irremisiblemente carne de NIT, el torneo de consolación (o de desolación, en este caso) para quienes no caben en el Madness. No hicieron un mal NIT después de todo, superando cuatro rondas para acabar cayendo en la Final del Madison ante UCLA. Año fallido donde los haya, al que ni ese consuelo postrero le quedó siquiera.

Knight ganó finalmente su tercer título, si bien hubo de esperar un par de años más para lograrlo: 1987, mítica Final contra Syracuse culminada con una no menos mítica canasta sobre la bocina de Keith Smart. Pocos días después un nuevamente crecido Knight acudió al show televisivo de David Letterman, donde fue preguntado por (entre otras muchas cosas) aquel viejo episodio de la silla. Y ahí ya nuestro hombre se vino definitivamente arriba, adaptándose a los requerimientos del choubisnes y haciendo gala de una inusual creatividad: yo oía que me llamaban, ¡¡¡Coach Knight!!!, ¡¡¡Coach Knight!!!, así hasta que vi por fin al otro lado de la pista a una anciana que me recordaba a mi abuela; le pregunté qué me quería y me dijo ¡si no se va usted a sentar más en lo que queda de partido, me podía pasar su silla! Y claro, pues a ver qué iba a hacer yo… Algo así (mi inglés es manifiestamente mejorable, pero ésa era la idea). Ya ven, todo un gesto de caballerosidad por su parte, raro es que nadie reparara en ello. Qué crack.

Aquel título de 1987 en cierto modo fue el canto del cisne, ya que su figura comenzó paulatinamente a declinar. Ya las victorias no llegaban con tanta facilidad, ya tampoco reclutaba como antes, ya cada vez más chavales se resistían a someterse a su régimen espartano y preferían buscar otras opciones. No teman, no les pondré la cabeza mala con los acontecimientos que precipitaron su salida de Indiana en el 2000 ni con su crepúsculo posterior en Texas Tech, como tampoco se la puse con sus andanzas previas en los Hoosiers. La figura de Bobby Knight no da para uno sino para muchísimos artículos, infinitas historias que (éstas sí) habrán de ser contadas en otra ocasión.

Genio y figura hasta la sepultura, hasta que (según sus propios deseos) le entierren boca abajo para que sus críticos puedan besarle el culo. Y sin embargo, el Knight que conocimos durante estos últimos años (hasta su retirada definitiva en 2015) como analista de la ESPN muy poco tenía que ver con aquel otro volcánico Knight de los banquillos, más allá de su rechazo al traje y corbata (que comparto) y su querencia definitiva por los jerseys: sosegado, apacible, sumamente brillante, muy rico en matices y hasta un puntito travieso y socarrón en ocasiones. Resultaba difícil encajar a este Knight con aquel otro Knight, resultaba difícil imaginar que este hombre tranquilo fuese aquel mismo borde impulsivo de veinte, treinta o cuarenta años atrás, ése para el que el fin siempre justificaba los medios aún por crueles o aberrantes que éstos fueran. El mismo Knight que un lejano día de 1985 dio también al baloncesto americano su propio 23-F. Aunque nada tuviera que ver con el nuestro.

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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