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Costa a costa

El episodio de la silla

zhahihd@yahoo.es'

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No, aquel 23 de febrero de 1985 no podía ser un día cualquiera, no podría serlo ya nunca más en nuestras vidas. Demasiados fantasmas, demasiadas pesadillas se nos venían apareciendo cada 23-F desde hacía cuatro años, se nos seguirían apareciendo aún durante muchos años después, incluso puede que aún se nos sigan apareciendo a día de hoy a quienes vivimos todo aquello… pero no teman, ésa es otra historia. Y no es para ser contada en esta ocasión.

Nada que ver con USA, claro. En USA aquel sábado 23 de febrero de 1985 no pasaba de ser un día como tantos otros, al menos en principio. Con su recién reelegido presidente Reagan jugando a la guerra de las galaxias, con sus ciudadanos empezando el finde con la compra semanal y volviendo raudos a casa para reintegrarse a sus quehaceres y sus ocios cotidianos. Entre estos últimos la contemplación deportiva jugaba ya un papel fundamental, por supuesto: NBA, NHL… y cómo no, baloncesto universitario, esa NCAA que empezaba ya a adueñarse del calendario a las puertas de marzo. Entre los múltiples partidos de aquel sábado destacaba especialmente el que habría de jugarse en el Assembly Hall de Bloomington, Indiana, con los míticos Hoosiers recibiendo en su feudo a sus eternos rivales de la Big Ten, los Boilermakers de Purdue. Bobby Knight versus Gene Keady, nada más y nada menos. No, aquél tampoco iba a ser un partido cualquiera. Aunque nadie pudiera imaginar hasta qué punto.

No estará de más ponerles en antecedentes. No estará de más recordar que Bobby Knight había llegado sumamente crecido a aquella temporada 1984/1985. Acababa de reconquistar para su país el oro olímpico de Los Ángeles sin encontrar la menor resistencia (la URSS no compareció, Yugoslavia murió en semis y nosotros en la Final no les duramos ni medio asalto, con estar en ella ya tuvimos más que suficiente) y se disponía ahora a afrontar un curso en el que albergaba fundadas esperanzas de éxito. Tras campeonar en 1976 (invicto, lo que no ha vuelto a repetirse desde entonces) y 1981 (Isiah Thomas mediante), ésta de 1985 se presentaba como una magnífica oportunidad para ganar su tercer título: un equipo sumamente equilibrado, con un magnífico base como Steve Alford (sí, el prestigioso a la par que controvertido coach de UCLA) y una enorme referencia interior gracias al incomparable a la par que interminable alemán Uwe Blab. Y por el medio algún que otro nombre que nos resulta extrañamente familiar, como el hoy analista de la ESPN Dan Dakich o el hoy brillante técnico de Evansville Marty Simmons. En los rankings de pretemporada muchos los situaban en el top 5 y no faltaban quienes los elevaban incluso hasta el 3, a las puertas del favoritismo absoluto. Palabras mayores.

Pero la realidad se empeñó en ir por otro lado, como tantas otras veces. Un a priori asequible calendario de non-conference terminó con un balance de ocho victorias y dos derrotas, un buen comienzo en la Big Ten lo elevó hasta un 11-3 que no es que fuera para tirar cohetes pero tampoco para rasgarse las vestiduras. Y a partir de ahí el caos. Cuatro derrotas consecutivas, cuatro, las dos primeras fuera (en Ohio State y Purdue), las otras dos en casa, en su propio infierno del Assembly Hall ante Illinois y Iowa. 11-7, Indiana fuera de los rankings para nunca más volver (durante esa temporada, me refiero) y el nerviosismo que se adueña del campus de Bloomington. Porque si en cualquier otro lugar cuatro derrotas consecutivas representaban una dosis extra de presión, en la hegemónica Indiana de aquellos años representaban poco menos que el fin del mundo. Y un fin del mundo con Bobby Knight no es un fin del mundo cualquiera.

Inciso: doy por supuesto que una inmensa mayoría de lectores conocerán de sobra las andanzas de El General, pero aún así me permitirán unas breves líneas al respecto. Bobby Knight tuvo (y aún hoy tiene) partidarios y detractores, tan a muerte los unos como los otros, con tanta razón los unos como los otros. Los unos reivindican a alguien a quien (como suele decirse) le cabe todo el baloncesto en la cabeza, acaso una de las mentes más preclaras que haya conocido este juego. Los otros denuestan su (tiremos de eufemismo) carácter controvertido. Insoportable, malhumorado, eternamente peleado con media humanidad (y media es decir poco): colegas, árbitros, periodistas, autoridades varias, jugadores propios y extraños. Especialmente los propios, a quienes en demasiadas ocasiones trataba como a una mierda. Fiel a su formación en West Point, su actitud no difería mucho de la de aquel sargento de La Chaqueta Metálica, de la de tantos otros sargentos de tantas otras películas, de tantas otras realidades americanas (de USA). Abusos verbales (y cuentan que en algún caso incluso físicos) de todas clases que hoy probablemente le habrían costado el cargo de inmediato, algún que otro caso hemos conocido recientemente al respecto. Pero entonces aún estábamos en los Ochenta, aún la letra entraba con sangre (entiéndase en sentido figurado), aún la disciplina (tanto más cuanto más férrea) estaba considerada por muchos como la única vía posible para meter a los chicos en vereda y encauzar su proceso educativo (recuérdese que hablamos de baloncesto universitario, que los entrenadores son también –y sobre todo- formadores; entiendan como entiendan esa formación). No pocos cuestionaban su ética, apenas nadie osaba aún cuestionar su legitimidad. Fin del inciso.

A aquella racha de derrotas le sucedieron tres victorias (Minnesota en casa, Wisconsin y Northwestern fuera) que parecieron tener un efecto balsámico pero que en realidad fueron poco más que la mejoría que precede a la muerte del enfermo. Llegaban ahora tres partidos consecutivos en su otrora inexpugnable Assembly Hall que parecían la oportunidad perfecta para volver a encauzar el rumbo, se las prometían muy felices pero el primero de ellos se saldó con estrepitosa derrota ante Ohio State y el segundo con no menos estrepitosa derrota ante Illinois. El balance era ya 14-9 (6-7 en lo que corresponde a la Big Ten) y el agua empezaba a estar al cuello. Apenas quedaba ya margen de error de cara a ese tercer partido consecutivo en casa, esa visita del eterno rival Purdue prevista para el sábado 23 de febrero de 1985. No iba a ser un partido cualquiera, por supuesto que no. Aunque nadie alcanzara a imaginar por qué.

Ya desde el primer instante los Hoosiers parecieron ir a remolque de unos Boilermakers mucho más equilibrados. No tenían un tallo alemán de casi 2,20 como su rival pero aún así su superioridad interior era manifiesta gracias a los buenos fundamentos de James Bullock, a las estupendas asistencias que le ponía su base Steve Reid y a las puntuales aportaciones de Mark Atkinson y Todd Mitchell (que muchos años después llegó a pasar sin pena ni gloria por Salamanca, durante la efímera estancia de este equipo en ACB). Purdue traslucía orden e Indiana en cambio improvisación: Knight había alineado de partida a su decimoséptimo quinteto inicial diferente del año, el cual tampoco debió de convencerle demasiado porque antes de que hubieran transcurrido tres minutos ya estaba rotando y reinsertando en cancha a Marty Simmons. Un 9-2 de partida que luego fue 11-4, que más tarde fue 11-6 cuando apenas se llevaban jugados cinco minutos… Y entonces sucedió.

Sí, justo entonces. Reconozco que eso fue lo que más me sorprendió cuando vi por primera vez entero este partido, obviamente muchos años después de que se jugara. Siempre pensé que un ataque de cólera de tal calibre habría de venir necesariamente propiciado por una sucesión de agravios (reales o imaginarios), por una acumulación de presuntas afrentas arbitrales a lo largo de todo el partido que ya casi al final (y ante la lógica tensión del resultado) le hicieran reaccionar de esta manera… Pues no. Nada más lejos de la realidad. Casi ni tiempo de empezar a sudar habían tenido siquiera.

La cosa empezó con una buena defensa de Indiana, un dos contra uno que acabó con tres tíos en el suelo, Atkinson por Purdue y Alford y Simmons por Indiana. Pareció lucha, pero ya se sabe que en este tipo de refriegas la línea que separa la falta del (supuesto) salto entre dos es extremadamente fina. Los árbitros apreciaron falta de Alford, Knight montó en cólera y la grada se le sumó de inmediato, con un nivel de irritación difícilmente concebible a estas alturas de partido. Un árbitro se acercó a Knight y le dijo algo al oído, que obviamente no sabemos lo que fue pero que tampoco resulta demasiado difícil imaginarlo, desde el típico no me eches al público encima al no menos típico sé lo que estás buscando pero por más que lo intentes no te la voy a pitar. O eso creía él, acaso infravalorando la innata capacidad del técnico hoosier para sacar a cualquiera de sus casillas. No iba a tardar en comprobarlo.

Ni un segundo siquiera: fue sacar de banda Purdue, recibir de espaldas al aro Bullock, sacar un brazo el defensor hoosier Deryl Thomas para intentar impedir la recepción y pitarse otra falta, acaso un tanto rigurosa. Nuevo clamor, nuevas protestas de Knight, nuevamente el mismo árbitro que lo mira de reojo pero que ahora ya, tras dejar transcurrir unos breves segundos (no sé si para esperar a que se calmara o para esperar a que le soltara otra barbaridad mayor), se vio obligado a pitarle finalmente la técnica. Knight enfurecido le gritó de todo (aún más si cabe), el susodicho árbitro optó por alejarse de allí para no complicar aún más las cosas pero ahora ya era demasiado tarde, ahora ya Knight se sabía el centro de toda la atención. Al ver que esos últimos gritos no surtían el efecto deseado decidió (o acaso no lo decidiera, acaso simplemente se dejara llevar) dar otra vuelta de tuerca para dejar aún más patente su frustración. Se giró hacia su banquillo (que en aquel entonces ya no era tal banquillo sino una mera sucesión de asientos independientes), vio su silla vacía, la agarró, la levantó y con toda su reconcentrada malahostia rebosándosele por los poros la lanzó de inmediato contra el parquet; pero eso sí, no de arriba a abajo sino de medio lado, no estampándola contra el suelo sino haciéndola deslizarse hasta el otro lado de la pista. El pobre Steve Reid, preparado como estaba ya el hombre para lanzar los tiros libres, la vio pasar por delante de él y en un alarde de urbanidad soltó el balón y se fue raudo a la esquina, a recogerla; finalmente no lo hizo, se le adelantó un probo operario del Assembly Hall que probablemente le diría, deja chaval, tú preocúpate de lo tuyo que de estas cosas ya me encargo yo

Acotación al margen: Sobre esta escena hay muchas teorías, y no falta quien sostiene (no hace mucho lo leí en un artículo al respecto) que Knight se dio la vuelta y miró a su silla buscando tal vez su sempiterno jersey rojo, con la insana intención de estamparlo de rabia contra el suelo al igual que otros estampan su chaqueta en similares circunstancias. Pero contrariamente a sus costumbres Knight aquel día no había sacado jersey alguno, de tal manera que (según estas teorías) al no encontrarlo no lo quedó más remedio que tirar la silla, a ver qué iba a hacer si no tenía nada más a mano. Es más, hay incluso quien sostiene (de hecho algún jugador de su equipo lo sostuvo clandestinamente) que el hecho de que aquel día acudiera vestido como para jugar al golf (polo de manga corta blanco con finas listas horizontales) indicaría que efectivamente se iba a jugar al golf, y que si montó todo este numerito fue para precipitar los acontecimientos y poderse escapar de allí cuanto antes. Ambas teorías me resultan sumamente peregrinas pero dejo aquí constancia, para que tengan todas las versiones.

Aquello se convirtió en un manicomio, aún más si cabe. Knight en trance de expulsión soltando exabruptos a diestro y siniestro, sus jugadores estupefactos (aunque en realidad eran los menos sorprendidos, porque estaban acostumbrados a verle estampar sillas contra las paredes de la cancha de entrenamiento cada vez que se cabreaba), los tres árbitros tragando quina sin saber donde meterse, las más altas autoridades de la Universidad bajando a parlamentar a la pista y la multitud gritando enfervorizada ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! ¡¡¡Bobby!!! como si su héroe hubiese realizado una hazaña digna de elogio. Knight finalmente abandonó la cancha (no sin antes dar rienda suelta a otra buena sarta de improperios), los gritos de la multitud se recrudecieron (sazonados además con el lanzamiento a la pista de alguna moneda, acaso porque interpretaran que si su coach podía lanzar sillas ellos no tenían por qué ser menos), los árbitros decretaron tiempo muerto (o lo pidió alguien, no sé), las cheerleaders emergieron para ejecutar alguna coreografía y las aguas parecieron volver finalmente a su cauce.

Pero aún estaba pendiente el lanzamiento de aquellos tiros libres, que ya no eran dos sino seis, fruto de las tres técnicas sucesivas que le habían sido señaladas. Steve Reid, segurísimo lanzador que a esas alturas llevaba 20 de 21 en la Big Ten, se encaminó finalmente a la línea para dejar constancia del estado de nervios en que le había puesto (a él y a todo dios) toda aquella situación: anotó el primero y el segundo, falló de una tacada el tercero, el cuarto y el quinto ante la algarabía del respetable, y convirtió finalmente el sexto. Es decir, en un suspiro falló más tiros libres que en casi toda su carrera universitaria, en un suspiro rebajó su porcentaje del 95 al 85 por ciento. Así estaban las cosas.

No les aburriré con lo que ocurrió después, más que nada porque todo lo que sucedió en los 35 minutos que aún quedaban por jugarse fue un mero partido de baloncesto, nada más (nada menos) que eso. Quédense con que el encuentro continuó por los mismos derroteros (Purdue por delante, Indiana a remolque) hasta su desenlace con el previsible triunfo final de los Boilermakers, 72-63. Aquella fue la victoria número 100 en la exitosa carrera de Gene Keady, aquella fue la primera vez que los Hoosiers enlazaban tres derrotas consecutivas en su feudo en toda la legendaria historia del Assembly Hall. Y por si les quedara la curiosidad sepan también que el MVP del partido resultó ser el freshman Todd Mitchell, que aprovechó la primera titularidad de su carrera para marcarse 21 puntos y 12 rebotes en lo que fue sólo el comienzo de una más que interesante carrera colegial.

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Quédense también con que la broma le costó a Knight un partido de sanción (sí, sólo uno), curiosamente saldado con victoria en la visita a Minnesota. Otro mero espejismo al que sucedieron tres nuevas derrotas (Iowa fuera, Michigan State y Michigan en casa) para acabar así la temporada regular con un escalofriante balance de 15-13 que era aún más escalofriante en lo referido a la Big Ten, un 7-11 que contrastaba sobremanera con aquel ya lejano 8-2 inicial. Aquello no se podía salvar por ningún lado, aquellos Hoosiers eran irremisiblemente carne de NIT, el torneo de consolación (o de desolación, en este caso) para quienes no caben en el Madness. No hicieron un mal NIT después de todo, superando cuatro rondas para acabar cayendo en la Final del Madison ante UCLA. Año fallido donde los haya, al que ni ese consuelo postrero le quedó siquiera.

Knight ganó finalmente su tercer título, si bien hubo de esperar un par de años más para lograrlo: 1987, mítica Final contra Syracuse culminada con una no menos mítica canasta sobre la bocina de Keith Smart. Pocos días después un nuevamente crecido Knight acudió al show televisivo de David Letterman, donde fue preguntado por (entre otras muchas cosas) aquel viejo episodio de la silla. Y ahí ya nuestro hombre se vino definitivamente arriba, adaptándose a los requerimientos del choubisnes y haciendo gala de una inusual creatividad: yo oía que me llamaban, ¡¡¡Coach Knight!!!, ¡¡¡Coach Knight!!!, así hasta que vi por fin al otro lado de la pista a una anciana que me recordaba a mi abuela; le pregunté qué me quería y me dijo ¡si no se va usted a sentar más en lo que queda de partido, me podía pasar su silla! Y claro, pues a ver qué iba a hacer yo… Algo así (mi inglés es manifiestamente mejorable, pero ésa era la idea). Ya ven, todo un gesto de caballerosidad por su parte, raro es que nadie reparara en ello. Qué crack.

Aquel título de 1987 en cierto modo fue el canto del cisne, ya que su figura comenzó paulatinamente a declinar. Ya las victorias no llegaban con tanta facilidad, ya tampoco reclutaba como antes, ya cada vez más chavales se resistían a someterse a su régimen espartano y preferían buscar otras opciones. No teman, no les pondré la cabeza mala con los acontecimientos que precipitaron su salida de Indiana en el 2000 ni con su crepúsculo posterior en Texas Tech, como tampoco se la puse con sus andanzas previas en los Hoosiers. La figura de Bobby Knight no da para uno sino para muchísimos artículos, infinitas historias que (éstas sí) habrán de ser contadas en otra ocasión.

Genio y figura hasta la sepultura, hasta que (según sus propios deseos) le entierren boca abajo para que sus críticos puedan besarle el culo. Y sin embargo, el Knight que conocimos durante estos últimos años (hasta su retirada definitiva en 2015) como analista de la ESPN muy poco tenía que ver con aquel otro volcánico Knight de los banquillos, más allá de su rechazo al traje y corbata (que comparto) y su querencia definitiva por los jerseys: sosegado, apacible, sumamente brillante, muy rico en matices y hasta un puntito travieso y socarrón en ocasiones. Resultaba difícil encajar a este Knight con aquel otro Knight, resultaba difícil imaginar que este hombre tranquilo fuese aquel mismo borde impulsivo de veinte, treinta o cuarenta años atrás, ése para el que el fin siempre justificaba los medios aún por crueles o aberrantes que éstos fueran. El mismo Knight que un lejano día de 1985 dio también al baloncesto americano su propio 23-F. Aunque nada tuviera que ver con el nuestro.

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Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

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Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

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El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del torneo. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

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Costa a costa

A las puertas de lo imposible

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Publicado

el

Luiggi García

El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

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