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Tú también odiarías a Christian Laettner (I)

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Seguro que si echas la vista atrás encontrarás a algún compañero de tu colegio que era más alto, más fuerte, más guapo y tenía más dinero que tú. Todo le salía bien. Era un gilipollas y nunca pagaba las consecuencias de sus actos. De hecho, parecía como si el mundo se pusiese de acuerdo para premiarle. Y la tía más buena de la clase suspiraba por sus huesos de falso tío duro. Dios, qué zagal más asqueroso.

Era tu Christian Laettner particular.

El ser humano parece tener una habilidad especial para odiar o sentir envidia. Puede que hasta más que para amar y, seguro, para disfrutar de la vida. Es algo que sale solo, puede ser hacia un personaje público, alguien que no conozcamos o el vecino que aparca pisando la línea de tu plaza de garaje. Podemos saber a qué se debe o estar tan adentro en nuestro subconsciente que necesitaríamos de la Doctora Melfi para encontrar una explicación.

Pero con Christian Laettner el odio tenía un origen más que justificado. Incluso aunque los motivos fuesen erróneos.

Y no sólo le odiabas si eras de otra de las universidades rivales de Duke en Carolina del Norte. Porque el tío era tremendamente bueno. Uno de los mejores jugadores universitarios de la historia. El odio que generaba iba más allá de que fueses un Tar Heel, un miembro de la Wolfpack o un Demon Deacon. Su comportamiento en la cancha, su condescendencia hacia todo ser viviente que no fuese él mismo y su aparente posición por encima del bien y del mal encontrarían animadversión en cualquier recoveco del país. Bien lo saben en Connecticut, Nevada o Michigan.

Pero no, no era ese clásico sujeto que se encuentra reforzado por sus actos en su círculo más cercano. Si bien Mike Krzyzewski siempre le consideró especial –y un reto personal como entrenador-, ni si quiera caía bien dentro de su equipo. Grant Hill confesaba que “a veces incluso le odiábamos nosotros mismos, era un creído, te hacía sentir que era mucho mejor que tú”. Estaba constantemente metiéndose con los demás, intentando provocarles. Quería sacar lo mejor de ellos y su manera de hacerles más duros era buscando que saltaran chispas. La victoria lo compensaría todo.

El único apoyo verdadero con que contaba era el de su mejor amigo y compañero de habitación Brian Davis, con quien compartía un gato como mascota. Su relación era tan distinta a la que tenía Laettner con cualquier otro mortal que incluso se rumoreó fuertemente con una posible homosexualidad en una época llena de tabúes y en la que el amor entre hombres equivalía al sida.

El odio que Laettner generaba parecía buscado. Podía ser para protegerse de los demás, por algún complejo de infancia –su hermano mayor abusaba de él constantemente-, para alimentar su ansia competitiva o como simple llamada de atención. O una combinación de varias.

El documental “Odio a Christian Laettner”, en el que está basado en gran parte este artículo dividido en dos partes, establecía cinco factores del odio hacia nuestro rubiales, simbolizados en una horca como la que sostiene el diablo azul mascota de la universidad, a la que se añaden dos puntas más. Peor que el mismo diablo. Así se veía a Laettner. Estos factores, como si se tratara de una lista de pecados capitales, son los siguientes: privilegio, blanco, abusón, grandeza y aspecto.

Pero esos cinco factores los podemos encontrar como inciertos, injustos o ambos dos. No podría decirse que a Laettner ello le trajese sin cuidado, parecía que incluso le gustase, y si un espectador le insultaba desde la grada por su falso privilegiado origen o, simplemente, por ser mejor que los demás, no provocaría más que un punto extra de fiereza en su juego y un comportamiento que sí diese motivos verdaderos para cargar contra él. Abrazó el odio y lo hizo suyo. Propiedad de Christian Laettner. Así era él.

Sports Illustrated

Foto: Sports Illustrated

Pero no un privilegiado al que se le hubiese regalado todo en la vida. Sus orígenes son más bien humildes, hijo de una profesora de primaria y un tipógrafo que trabajaba por las noches para el periódico local de Búfalo, a quienes costaba llegar a fin de mes, y quienes otorgaron una educación muy estricta a sus hijos. El valor del sacrificio vino desde la cuna en el gen Laettner, cargando estiércol de vaca en carretilla en los veranos como trabajo de vacaciones.

Pero, visto desde fuera, Laettner no era más que otro tío guapo estudiante de una de las más prestigiosas universidades privadas de todo el mundo, y también una de las más odiadas. Pertenecer a Duke es pertenecer a la élite, unas altas esferas en las que, además de brillantes estudiantes, también es muy sencillo encontrar hijos de, y no tanto estudiantes de origen humilde que han llegado allí fruto de años de duro trabajo. Es como si el estudiante medio de Duke sea una persona que se haya encontrado con miles de facilidades a lo largo de la vida y el acceso a su universidad no fuese si no otra comodidad más. Y Christian Laettner su imagen.

La realidad es que, si al igual que en la universidad, fue a un instituto de pijos, fue gracias al baloncesto. Tenía un talento innato para ello, y su carácter le hacía todavía mejor. El deporte podía así ser una oportunidad para que el pequeño de los Laettner adquiriese una educación de nivel y, si bien las matrículas de la escuela preparatoria universitaria Nichols eran muy caras, su programa de becas a cambio de realizar trabajos de mantenimiento y limpieza en sus instalaciones no iban a hacerle caer los anillos a ese prometedor jugador de baloncesto. Pero su imagen era distinta a su realidad.

Blanco, guapo, alto, jugador de baloncesto y estudiante de Nichols. Era como si llevase escrita la palabra odio en la frente.  Y eso ya le provocó desgraciados incidentes en su etapa de instituto. Iban a por él y jamás se amedrentaba, sino que parecía buscar más. Era un rebelde convertido en provocador.

Lo que no imaginaba cuando se presentó por primera vez en el gótico campus de Duke en Durham es que sería la salvación del por aquel entonces cuestionado Mike Krzyzewski, que no terminaba de dar con la tecla en los momentos más decisivos.

No sería el primer gran jugador de Duke en ser blanco de las iras, pero se convirtió en el villano definitivo. Lo tenía todo. Aunaba en sólo él todo aquello que otros odiosos referentes del programa de baloncesto de la universidad habían tenido en el pasado.

Desde el principio, su estilo generó controversia. Era un blanquito de universidad privada que jugaba muy bien al baloncesto y quería actuar como si el mundo estuviese en su contra. Solo que en su caso, realmente parecía estarlo. Y cuando él percibía aquello, no quedaba más que magnificarlo. Además, era una época en la que cultura negra tenía un estilo muy peculiar y delimitado, y no estaba bien visto tomar actitudes de la misma si eras un lechoso rico de casi siete pies de altura.

El Elite 8 de 1989 supondría así una piedra de toque en el deporte en este exacerbado choque cultural entre blancos y negros. La cultura negra requería su espacio con su llamativo vestuario y música rap, y en el baloncesto universitario llegaba como parte de este guión de cine un partido de acceso a la Final Four entre Duke y la eminentemente negra Georgetown, una universidad con especial habilidad para la crianza de pívots, donde por aquel entonces destacaba el también freshman Alonzo Mourning. Mucho menos desarrollado físicamente, Laettner sí era más inteligente, talentoso y competitivo que Zo. De hecho, no parecía haber nadie que pudiese combinar esos tres aspectos de una manera tan incontestable como Laettner, que ganaría el duelo particular a Mourning y así Duke a Georgetown.

Sports Illustrated

Foto: Manny Millan / Sports Illustrated

Más tarde los Blue Devils desfallecerían ante la católica Seton Hall en el último gran partido de Danny Ferry con la camiseta de Duke (34 puntos y 10 rebotes) cediendo todo el coto de odioso matón al joven Laettner.

Sin embargo, este choque cultural esperaría un año más para su gran escenificación, cuando los Rebels de la Universidad de Nevada en las Vegas (UNLV) se cruzasen en la primera final por el título nacional de Laettner, la de 1990. El país estaba totalmente dividido en dos bandos, y en el baloncesto universitario los modelos de ambas facciones eran los de los matones procedentes de los suburbios de juego anárquico, de la calle, y entrenados por el poco convencional Jerry Tarkanian, contra los formidables chicos de Duke, de excelente educación, peinado de raya en el lado y bajo la disciplina del impoluto Mike Krzyzewski.

No hubo color. Los Rebels machacarían por treinta puntos de diferencia a unos Blue Devils donde Laettner sería de los pocos en dar la talla, y la cultura negra se imponía a la blanca. Tupac Shakur, Malcolm X, El Príncipe de Bel-Air, Spike Lee… todo aquello molaba mucho más que un blanquito malcriado como Laettner que perdía la final en una de las mayores palizas de la historia de la NCAA, y este tipo de cultura ganaba cada vez más adeptos, incluso entre familias blancas de clase media-alta.

En este choque cultural, dentro del ámbito baloncestístico, Laettner era la imagen de los que estaban perdiendo. Y vaya si se merecían perder aquellos a los que todo les había llegado regalado en vida, que además eran guapos, tenían dinero e iban a obtener una titulación universitaria sin tener que sudar por ello. Daba igual que Laettner no fuera así. Era lo que su imagen proyectaba.

Era como si su historia hubiese estado escrita para acabar llevándola al cine. Y en las películas, después de cada fracaso, se obtiene una redención. Esa llegaría al año siguiente, cuando en la semifinal de la Final Four se propiciase una segunda ronda entre los dos estilos. Y esta vez, Laettner no perdonó. En un choque tremendamente igualado se iría hasta los 28 puntos y 7 rebotes, anulando a Larry Johnson, más tarde alienígena morado en Space Jam.

Laettner era la perfecta combinación de confianza en sí mismo y deseo de ganar, palabras en boca de Bobby Hurley, tres años compañero suyo y blanco favorito de sus pesadas bromas. Una intensa relación de compañerismo que alguna vez llegó a las manos y no pocas a vociferantes descalificaciones personales. Esa conjunción le hacía perfecto para los finales igualados. Y en aquel partido, con empate a 77 en el marcador y 12’7 segundos por jugarse, le tocaba ir a la línea de tiros libres: limpia y limpia, dos perfectos lanzamientos que entraban por el mismo centro del aro con media sonrisa en su cara. Qué tío más odioso. En el escollo final, un cómodo partido contra Kansas con nuestro rebelde guaperas siendo el máximo anotador y reboteador del partido daba a la odiosa Duke su primer campeonato nacional. Ahora, la universidad de los pijos era también la campeona en baloncesto. Difícil de aguantar.

Georgetown y la UNLV habían terminado cayendo. Pero una nueva fuerza negra surgía al Norte del país, con los mediáticos Fab Five de Michigan, cinco novatos negros entre los que se encontraban tres futuros sólidos jugadores NBA (Chris Webber, Jalen Rose y Juwan Howard), que cogían el testigo de los Rebels y ponían de moda los pantalones anchos.

En cierto modo, podía resultar estúpida esta guerra cultural. Al menos, en el baloncesto universitario. Los jugadores de Duke, como Laettner, eran en su mayoría jóvenes procedentes de familias humildes que habían accedido a una universidad de ese nivel, que hasta su entrada no contaba con campeonatos, gracias a su habilidad por el baloncesto. Solamente Grant Hill procedía de una buena familia, y precisamente él era negro. En el otro bando ahora eran los Wolverines de Michigan quienes tomaban el mando en esta guerra contra Laettner y Duke, obviando que su gran estrella, Chris Webber, estuvo cerca de ser reclutado por el equipo de pijos contra el que ahora blandía armas, llegando a visitar su campus en Durham. Pero así lo habían querido montar los medios de comunicación y así quería la gente que fuese. Siempre tenía que haber algo que admirar y otro algo que odiar.

Tampoco los Wolverines podrían hacerles hincar rodilla, y Laettner se despediría de la NCAA levantando su segundo trofeo de campeón como máximo anotador de una final que ganaron por veinte puntos de diferencia.

Se despediría del baloncesto universitario como, sin duda, uno de los mejores jugadores de toda su historia. Pero, y de manera aún más indudable, como el más odiado. Y en cierto modo, tiene gracia. Era la imagen de una sociedad acomodada, rica y de principios muy básicos. Sin embargo, estamos hablando de un joven que pasó los veranos recogiendo estiércol para pagarse sus estudios, que tenía como mejor amigo a un negro, se sabía cantidad de canciones de hip-hop de memoria y vivía en rebeldía con el mundo.

 

Continuará…

Christian Laettner

Foto: Richard Mackson / Sports Illustrated

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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