Es difícil entender cómo funciona la mente de un genio. Poseen una capacidad innata para innovar. Como si tuvieran un interruptor que, cuando se activa, abre la puerta a un mundo vetado para el resto de los mortales. Un mundo donde la creatividad es ley universal, y absolutamente todo se rige por ella.

Algunos estudios científicos y psicológicos han tratado de dar explicaciones más o menos racionales al fenómeno de los genios. Una de las teorías más populares sugiere que la línea divisoria entre locura y genialidad sería casi imperceptible. Al parecer, dementes y superdotados tendrían en común su excelsa habilidad a la hora de captar ingentes cantidades de información procedentes del entorno. La diferencia es que, mientras que los primeros son incapaces de procesar dicha información (y de ahí su locura), los segundos cuentan con las facultades mentales para hacerlo.

En el baloncesto, la línea que separa el caos del orden también es muy estrecha. Un solo lanzamiento inverosímil puede dar y quitar partidos, contratos, e incluso títulos. Nunca hubo ni habrá término medio. Es un deporte que ofrece espacio infinito para la viva improvisación, pero precisamente por ello, también implica riesgos potenciales. La posibilidad de ejecutar una jugada asombrosa que supera en belleza a la de cualquier otra disciplina, o el riesgo de hacerlo mal y caer en el ridículo más espantoso. Todo talento que se precie es consciente de esta realidad. Lo que hasta ahora no habíamos visto es a un jugador con la capacidad casi divina de sumergirse en el caos para dominarlo, someterlo, y comprenderlo.

Hoy existe. Se llama Klay Thompson y juega para los Golden State Warriors.

El escolta de la Bahía afronta su sexta temporada en la mejor liga del mundo consciente de que, nadie como él (ni siquiera su compañero Stephen Curry) es capaz de alcanzar tal punto álgido de inspiración en periodos cortos de tiempo. Antaño, vimos a Larry Bird, Michael Jordan o Kobe Bryant entrar en lo que los americanos suelen denominar como the zone, una especie de estado mental donde el jugador optimiza al máximo talento y concentración, fundiendo en uno ambos atributos y derrochando genialidad en forma de puntos. El periodista deportivo español, Gonzalo Vázquez, ya trató el tema en un entretenido artículo titulado “Baloncesto y fase de flujo”. Sin embargo, lo que diferencia a Klay de todos los demás, y ahí radica su especial condición, es que ha sido capaz de elevar el fenómeno hasta cotas insospechadas. Lo pudimos experimentar mejor que nunca la noche del 23 de enero de 2015 cuando se fue hasta los 37 puntos en un cuarto ante los Sacramento Kings. Su actuación superó la realidad material misma y se adentró más allá, en el universo surrealista, donde gobiernan los sueños y el subconsciente corre libre. Solo que, aquella vez, todo fue real. Demasiado real. Durante esos minutos fuimos testigos de algo misteriosamente mágico.

Recuerdo aquellas tardes de conversación con mi hermano, donde al calor de la consola, el mando y el NBA 2K,  fantaseábamos acerca de los límites lógicos del baloncesto. Dibujábamos un universo alternativo donde todo podía suceder. Y no podíamos parar de especular:

-¿Te imaginas a un tío que fuera capaz de anotar 40 o 50 puntos en un cuarto? ¿Que simplemente se jugara todas las posesiones y tratara de hacerlo? Me gustaría ver qué pasaría.

-Eso es imposible que ocurra, y menos en el profesionalismo. Pero sí, sería la hostia.

Aquellos coloquios hoy cobran vida. Nunca pensé que diría esto, pero desde que Klay Thompson se pasea altivo por las canchas de la liga, lo imposible puede convertirse en posible cualquier noche. En la última temporada regular, tanto él como Curry parecieron alcanzar un punto donde sencillamente compartimentaban los partidos en sucesivos mini partidos, anotando diez, doce o quince puntos en un minuto, y sentenciando al rival en espacios diminutos de tiempo. Eran como dos monjes budistas en pleno trance, golpeando a las puertas del Nirvana.

Tal vez, la clave para comprender el increíble don de Thompson se encuentre en su propio carácter. Todos los testimonios al respecto hablan de un chico extremadamente tranquilo, al que nada puede perturbar su perpetua paz mental. Dicho sosiego bebe de una confianza natural inculcada por su familia, acostumbrada a lidiar con las situaciones de estrés que genera el deporte profesional. Su padre, Mychal Thompson, fue un número uno del draft que compartió vestuario en Los Ángeles Lakers con gente de la talla de Magic Johnson, James Worthy o Kareem Abdul-Jabbar. Su hermano, Trayce, juega al baseball y se desempeña en los Dodgers, también ubicados en la meca californiana. Su otro hermano, Mychel, llegó a jugar para los Cleveland Cavaliers y hoy día sigue fogueándose en la exótica D-League. Así se comprende que para Klay, todo lo que le rodea es pura cotidianeidad. Ser uno de los mejores jugadores de baloncesto del mundo no parece agobiarle. Su entrenador, Steve Kerr, le rendía alabanzas hace unos días en la radio cuando afirmaba que “ojalá pudiera ser como él, porque nada parece afectarle y además tiene un carácter muy fluido, con un gran sentido del humor”.

Lo cual no equivale, en ningún caso, a pasotismo. Tras esa fachada desenfadada se esconde un competidor nato, con un hambre de victoria permanente que forja a base de trabajo en la pista y el gimnasio. Thompson ansía crecer cada día y superarse como individuo. Lo verdaderamente terrorífico en él es que, debido a su juventud, todavía no se le conoce techo. Ha ido elevando progresivamente su rendimiento individual cada año, y en los pasados Playoffs, fue capaz de echarse el equipo a la espalda ante la temprana ausencia de Curry. Y para sorpresa de muchos, cumplió con sobresaliente. Durante las primeras dos-tres semanas de la postemporada, la opinión pública no dudaba en tildarle como el jugador más en forma del momento. Como prueba, ahí están las grandes actuaciones ante Houston y Portland, e incluso sus 41 puntos ante Oklahoma en el decisivo sexto partido de las Finales de Conferencia, donde Golden State debía ganar para sobrevivir, y donde su incandescente luz brilló más que la de ningún otro. Ya con Steph de vuelta.

El Thompson de los Playoffs ofreció pistas sobre un jugador que va incorporando nuevos e interesantes matices técnicos a su repertorio. Acostumbrado a brillar en secuencias sin balón, sobre todo saliendo de bloqueos y en el catch&shoot, esta vez supo crear con eficiencia desde el bote, poniendo la bola en el suelo y ampliando sobremanera sus posibilidades ofensivas. En el apartado defensivo, confirmó lo que muchos ya sospechábamos: que, en cuanto a jugadores de perímetro, pertenece a la élite de la liga defendiendo el balón. Durante diversos tramos de los encuentros se le emparejó con jugadores de la talla de Lillard o Westbrook, y en ambos casos, realizó un papel más que notable. Posee instinto, disciplina, buenos brazos, y el tamaño suficiente como para defender un rango extenso de perfiles: desde bases, pasando por escoltas, y terminando en aleros. Pero por encima de todo, tiene la voluntad de aplicarse en defensa ya que disfruta haciéndolo. Elemento clave, porque sin eso, lo demás deja de importar.

Otra de las características que hacen de Klay Thompson un perfil distinto es su adaptabilidad y portabilidad. Ese estilo de juego, tan caótico pero al mismo tiempo tan economizado, le permite adaptarse a cualquier situación imaginable. Seguramente sería capaz de encajar en cualquier equipo de la liga con relativa facilidad. Toda su proyección físico-técnica se construye sobre una base inexpugnable: su espectacular tiro. Capaz de armarlo con una rapidez nunca vista en la historia de este deporte, lo ejecuta en contextos variopintos, y muchas veces bajo escenarios imposibles. Es habitual verle lanzar un triple sin bote, bastante alejado de la línea, y con un defensor pegado a él imposibilitándole cualquier opción de equilibrio. Lo verdaderamente increíble es que, la mayoría de las veces, lo acaba metiendo. Por eso es que domina y somete al caos como nadie, porque en numerosas ocasiones se atreve a doblar las leyes básicas del baloncesto y, a pesar de todo, sale airoso.

Foto: NBA

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Su portabilidad también se proyecta en la capacidad que ostenta para brillar individualmente sin traumatizar el desarrollo normal del juego. No hay otro jugador en toda la NBA capaz de anotar 50 puntos en un partido ejerciendo un consumo tan reducido del balón. En otras palabras, no necesita amasar bola para engordar la hoja estadística. Aunque, en este caso, es indudable la influencia positiva que tiene el sistema ofensivo de los Warriors, y la atracción que generan sus compañeros. Mucho más a partir de este octubre con la incorporación de Kevin Durant, flamante fichaje del verano que no parece plantear muchas dudas en cuanto a su encaje estructural. Al menos no las que suele uno encontrarse en estos casos. Y esa fe ciega es fruto del estilo que caracteriza a Green, Curry, y sobre todo, Thompson.

Cabe preguntarse, por otro lado, qué sería del escolta californiano si se desempeñara en equipos donde debiera asumir mucho más peso individual. Los más escépticos piensan que su aportación se vería claramente afectada, pero los más optimistas se basan en los pasados Playoffs para defender lo contrario. No deja de ser una interesante realidad alternativa que, en cualquier caso, no veremos en un futuro cercano ya que el jugador se encuentra muy a gusto en Oakland. Desde luego, si se puede afirmar que su perfil es de un valor incalculable para el tipo de juego que se practica hoy en día, donde el movimiento del esférico y el aprovechamiento minimizado de los espacios van ocupando todos los libretos tácticos. No es de extrañar que los equipos NBA buceen por el draft en busca del próximo Klay Thompson, y que recientes incorporados a la mejor liga del mundo como Mario Hezonja o Devin Booker hayan sido comparados directamente con él.

Y hablando de draft, llegados a este punto cabe recordar que, durante un tiempo, el bueno de Klay no fue más que otro genio incomprendido, cuando no ignorado. Lo muestra el hecho de que, durante el draft de 2011, fuera seleccionado por detrás de nombres como Derrick Williams, Jan Vesely, Brandon Knight o Jimmer Fredette. Jugadores que no se han acercado lo más mínimo a su nivel. Es más, de todos los nombres escogidos por delante de suya (diez en total), solo Kyrie Irving puede presumir de un impacto parecido o superior en la NBA. Y es que, durante las semanas previas al draft, diversos scouts dudaron de Thompson por su actitud desenfadada, que sin un exhaustivo conocimiento previo del personaje en cuestión, se puede confundir por desidia.

Tampoco ayuda el hecho de que protagonizara un suceso bastante polémico en la universidad de Washington State, donde una noche se le llegó a arrestar por conducir con dos gramos de marihuana en la guantera. Aquel incidente le acarreó una sanción por parte del centro, y una dura reprimenda de su padre, buen conocedor del peligro que acarrean las drogas. Jugando en la década de los ochenta, no fueron pocas las veces que Mychal Thompson vio a compañeros de vestuario hundirse por coquetear con sustancias poco recomendables. No iba a ser el caso de su hijo. Hasta el propio Kobe Bryant se ofreció para hacer de mentor y le regaló unos cuantos consejos al joven pupilo en aquellos tenebrosos momentos, como desveló hace meses una noticia de la CBS. En palabras del propio Bryant:

“Le dije: ‘mira tío, todos cometemos errores. No puedes dejar que eso te afecte. Tan solo pon toda tu concentración en el baloncesto y las cosas terminarán solucionándose”.

Desde ese día, Klay Thompson no volvió a verse envuelto en un suceso similar.

A pesar de todo, muchas franquicias decidieron jugar la carta del escepticismo y no confiar en él. San Antonio, habitual a la hora de tomar decisiones acertadas, fue de las pocas que mostró un interés real en draftearle. Como desveló el periodista norteamericano Zach Lowe en un artículo escrito el pasado mayo, parece ser que Chip Engelland, entrenador de tiro en los Spurs, se enamoró de Klay nada más verle, llegando a bautizarle como “el próximo Ginobili“. En ambos jugadores veía un feroz espíritu competitivo y un entendimiento privilegiado del baloncesto.

La que si terminó llevándose el gato al agua, no obstante, fue Golden State, que ha moldeado lo que aparentemente parecía un simple tirador en un incontestable All-Star. Mejor negocio imposible.

Una comunión entre jugador y equipo bien sellada en los despachos, como demuestra el contrato garantizado que tiene hasta 2019 cifrado en unos 53 millones de dólares. Una inversión que, salvo lesión catastrófica, se acabará rentabilizando con facilidad. Y es que, pese a no ser tan mediático como su compañero en el perímetro, Klay ostenta un carisma tremendo a nivel de vestuario, y lo más importante, tiene una capacidad similar (cuando no superior) de dejar boquiabierto al aficionado. Al fin y al cabo, el siglo XXI ha logrado juntar en un mismo equipo a los dos mejores tiradores de la historia.

Se aproxima una temporada clave para él y para los suyos, que buscarán quitarse la espina de lo ocurrido en las pasadas Finales, donde se dejaron remontar de manera incomprensible por los Cavaliers del todopoderoso Lebron James. Las miradas van a estar más atentas que nunca y la marabunta de feroces críticos escrutinarán cada gesto en busca de algo que reprochar. A priori, es posible que hayan juntado al mejor equipo jamás visto por los pastos NBA, pero del dicho al hecho sigue habiendo un trecho. Solo el propio parquet se erigirá en juez definitivo. Y en ese mundo, Klay Thompson seguirá moviéndose como pez en el agua.

Estén atentos cuando le vean levantarse y enfocarse hacia el aro. La bola sale escupida con prisa, pese a haber sido extensión de su cuerpo. Silencio, el genio ha despertado y todavía no está loco. El orden es caos y el caos vuelve al orden.

Está jugando Klay Thompson. Hoy podría ocurrir cualquier cosa.

Foto: NBA

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