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Reflejos

‘Guards’ olvidados: los últimos exteriores malditos de la NBA

mateosbrand@gmail.com'

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Si hay algún elemento que marca la época actual en la NBA, al margen del reinado impuesto por cierto monarca de Ohio, es el de la legión de excelentes jugadores exteriores que puebla la liga, especialmente en el puesto de uno. Los Stephen Curry, Russell Westbrook, Damian Lillard, Chris Paul y compañía representan la llamada Edad de Oro del base, en la que los hombres altos ya no son los reyes de este deporte. No obstante, en este paraíso de flashes luminosos también hay sombras. Jugadores llamados a compartir el Olimpo con los bases dominantes y que por diversas razones han abandonado la liga o están situados muy lejos de su élite. Ya fuera por la extraordinaria competencia en la posición, por las excesivas expectativas puestas en ellos o por aterrizar en el sitio equivocado, estos seis exteriores que llegaron a la liga destinados a todo han acabado por caer en la indiferencia absoluta. Son los guards olvidados.

D.J. Augustin

DJ Augustine

Foto: Canis Hoopus

Elegido en la novena posición del draft de 2008, D.J. Augustin parecía destinado a ser el salvador de los Charlotte Bobcats (ahora Charlotte Hornets), papel que acabaría cogiendo Kemba Walker tres años después. Antes de su llegada a la NBA, Augustin demostró su prematuro potencial en la Universidad de Texas, primero como uno de los mejores novatos de la NCAA (jugando junto a Kevin Durant) y luego siendo galardonado con el Naismith Memorial en su segundo y último año universitario.

El primer año del base como profesional dejó muy buenas sensaciones, con promedios de 11.8 puntos, 4.3 asistencias y un 43.9% en triples que le valieron para entrar en el segundo quinteto de novatos. Sin embargo, ni las ambiciones de los Bobcats ni la progresión de Augustin fueron a más en los próximos años. El menudo point-guard dio un claro paso atrás en su segundo año, y aunque por fin se hizo con la titularidad en el tercero, no parecía que en Charlotte confiaran en él. La discordia se confirmó con draft de 2011, que trajo a Kemba Walker a los Bobcats. Desde el banquillo, el rookie empezó a generar mejores sensaciones y para final de temporada ya se pedía el liderazgo total de Walker en el equipo, con Augustin fuera.

A partir de ese momento, Augustin pasó a ser un activo de banquillo más en la NBA, con presencia en siete franquicias diferentes: Indiana Pacers, Toronto Raptors, Chicago Bulls, Detroit Pistons, Oklahoma City, Denver Nuggets y ahora, Orlando Magic. Desde este recorrido, la estancia en Chicago fue, posiblemente, la mejor para el jugador de 29 años, que no consigue establecerse como un suplente sólido en la NBA por tiempo prolongado, pese a su facilidad anotadora.

Jonny Flynn

Johnny Flynn

Foto: Syracuse

El caso de este menudo base de 183 centímetros de altura y 27 años es el que más repercusión ha ganado en los últimos años, y no precisamente por méritos propios. Cuando sale su nombre a la palestra suele ser para recordar que fue elegido antes que Stephen Curry en el draft de 2009, seleccionado por los Minnesota Timberwolves en sexta posición. Jonny Flynn disfrutó de una notable trayectoria universitaria en el respetado centro de Syracuse.

Dos temporadas estuvo en Minnesota, una primera similar a la del ya mencionado D.J. Augustin, con también presencia en el segundo quinteto de rookies (13.5 puntos y 4.4 asistencias por partido). Sin embargo, su rendimiento y presencia en el equipo cayó en picado durante su año sophomore, que finalizó con una operación de carrera y su traspaso a los Houston Rockets. Ni una temporada duró en Texas, ya que fue traspasado en marzo de 2012 a los Portland Trail Blazers, donde disputó sus últimos partidos como jugador de la NBA.

Flynn no tuvo más remedio que poner rumbo a la liga australiana, donde completó una decente temporada en los Melbourne Tigers. Sin embargo, el guard cambió Australia por China, donde solo jugó un mes debido a una lesión (Sichuan Blue Wales). La última aventura profesional del otrora estrella universitaria sucedió en el Orlandina Basket italiano, en el que solo pudo jugar dos partidos antes de volver a lesionarse y poner fin al Jonny Flynn jugador de baloncesto, por ahora.

Jimmer Fredette

Foto: NBC Chicago

Foto: NBC Chicago

Hay que coger pinzas esta comparación, pero el Jimmer Fredette universitario (Bringham Young) puede ser lo más parecido al actual Stephen Curry que se ha visto es una cancha de baloncesto. Todo un fenómeno nacional, hasta el punto en el que Kevin Durant lo bautizó como “el mejor anotador del mundo”. Un tirador sin rango que tiene en su poder gran parte de los récords de BYU y que en su año senior ganó el premio al Jugador Nacional del Año, entre muchos otros.

Pese al tremendo hype en torno a su figura, Fredette fue drafteado en la décima posición del draft de 2011, debido a serias dudas respecto a sus capacidades defensivas y físicas. El mismo día de su selección, los Milwaukee Bucks le mandaron rumbo a los Sacramento Kings, donde la Jimmermania se extendió como la pólvora en un equipo con mucha promesa como Tyreke Evans o DeMarcus Cousins.

Sin embargo, los Kings no funcionaban, y Jimmer tampoco. Un primer año discreto, un segundo todavía con menos presencia y un tercero que no llegó a finalizar en la franquicia californiana, siendo reclutado por los Chicago Bulls para el tramo final de la competición. Tampoco caló en Chicago, al igual que en los New Orleans Pelicans, posteriormente. Ni Gregg Popovich pudo sacarle jugo en pretemporada, por lo que los Winchester Knicks de la NBA D-League se hicieron con sus servicios. Allí volvió a ser el anotador de antaño, lo que le hizo ganarse un contrato temporal con los Knicks. Sin embargo, la enésima oportunidad no resultó, y este verano firmó por los Shangai Sharks de la liga China, donde promedia la astronómica cifra de 38 puntos por partido.

Kendall Marshall

Kendall Marshall

Foto: USA Today

De todos los point-guards que pueblan la lista, Kendall Marshall es el que probablemente menos expectación generó en su momento. Este distribuidor de corte clásico saltó a la NBA en el draft de 2012 de la mano de tres de sus compañeros en North Carolina: John Henson, Harrison Barnes y Tyler Zeller. También ganador del Bob Cousy award al mejor base universitario, Marshall fue seleccionado en la decimotercera posición del draft por los Phoenix Suns, en una primera temporada con más presencia en el banquillo que en las canchas.

Antes de comenzar su temporada sophomore, Marshall fue traspasado a los Washington Wizards, donde ni siquiera llegó a debutar. Unos Lakers plagados de lesiones se hicieron sus servicios en diciembre de 2013, donde demostró su potencial con partidos como este (20 puntos y 15 asistencias). Sin embargo, los angelinos le cortaron al finalizar la temporada y acabó en Milwaukee, donde volvió al fondo de la rotación y se lesionó el ligamento cruzado. En la temporada 2015/16 intercaló D-League y NBA en Philadelphia, donde tampoco se ganó una presencia constante y fue traspasado a los Utah Jazz durante la última offseason, que le cortaron al instante.

Trey Burke

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Foto: Cleveland.com

Con el título de Jugador Universitario del Año y tras haber rozado el Campeonato Nacional de la NCAA con los Michigan Wolverines, Trey Burke fue seleccionado en la novena posición del draft de 2013 por los Minnesota Timberwolves, para después ser traspasado a los Utah Jazz. Rápidamente entró en todas las quinielas para hacerse con el Rookie del Año, pero una prometedora temporada solo le valió para acabar en tercera posición en la pelea por este galardón (12.8 puntos y 5.7 asistencias por partido).

Durante su segundo año el base no mostró ningún síntoma de mejora y fue perdiendo la titularidad. En su última temporada en Utah (2015/16), Burke disputó todos los partidos partiendo desde el banquillo y jugando casi diez minutos menos que en su año de sophomore, sin que su anotación se viera excesivamente perjudicada (10.6 puntos por partido).

En verano, insatisfechos con su producción, los Jazz traspasaron a Trey Burke rumbo a Washington, donde su juego y su aportación han vuelto a verse reducidos, con 13 minutos y cinco puntos por partido.

Dante Exum

Dante Exum

Foto: Bleacher Report

Junto con el de Burke, el caso de Dante Exum es quizá el menos significativo, ya que la carrera de este base acaba de comenzar y todavía tiene capacidad para resurgir. Sin embargo, lo poco mostrado no conduce al optimismo. Procedente de un instituto australiano, el aussie se plantó en el draft de 2014 (quinta posición, seleccionado por Utah Jazz) como uno de los guards más intrigantes de los últimos tiempos, poco trabajado pero con mucho potencial que destapar.

Potencial que apenas se ha dejado ver en la liga norteamericana, con un primer año de difícil adaptación. Para colmo, en agosto de 2015 el combo guard se rompió el ligamento cruzado jugando con su selección, lo que le llevó a perderse por completo la temporada pasada. Es pronto para renunciar a Exum como uno de los futuros élite de la liga, pero en el comienzo del presente ejercicio sigue sin mostrar una enorme mejoría en su juego. Con sus condiciones físicas, la polivalencia del australiano debería ser superior a la que está mostrando en su todavía corta carrera profesional.

Estos seis nombres son los ejemplos más claros de fracaso (o de no alcanzar las expectativas) que se pueden encontrar en la NBA, pero hay más ejemplos que se han visto perjudicados por la brutal competencia en sus puestos que existe en la liga. Con la inagotable fuente de talentos que llegan todos los años para poblar los backcourts de la liga, no sería descartable que estos seis jugadores fueran cayendo aún más en el olvido, hasta casi desaparecer del panorama mediático. O quizá algunos resurjan de su olvido y lleguen a acercarse a lo que un día vaticinaron ser.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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