No fui consciente hasta que tuve ocho o nueve años. Pero él había estado siempre ahí. Desde que tuve uso de razón su imagen me acompañaba cada mañana, al despertar. Y me despedía por las noches. Nunca le presté demasiada atención. O, al menos, no la que merecía. Sería yo casi un bebé cuando a alguien cercano se le ocurrió cubrir un pedazo de la pared de mi cuarto con un gigantesco póster. Quién sabe si esto fue definitivo para que mi pasión por el baloncesto en general, y NBA en particular, haya alcanzado cotas tan elevadas. Los sociólogos siempre defienden que el entorno condiciona, y que hay que relativizar y valorar los actos del individuo a partir de su atmósfera. Creo que esa foto de un jugador cortando el aire en su vuelo rasante hacia el aro tuvo cierto peso; algo que ver. El tipo en cuestión vestía de blanco, los pantalones por encima de las rodillas y las medias arriba. Y llevaba el pelo relativamente corto para lo que fue habitual en él en otra época. Jugaba en los Sixers y respondía al nombre de Julius Erving.

Cuando comencé a leer las publicaciones especializadas de la época ya no era él el protagonista de las portadas. El tiempo, que nos vence a todos, paró su reloj deportivo en 1987, a sus 36 años, siendo todavía All-Star. Lejos quedaban sus inicios, en los Virginia Squires, su primer equipo en la ABA, donde llegó a compartir vestuario con George Gervin en el año rookie de este último. Claro que todo esto lo descubrí más adelante. Como he dicho, él ya no era un habitual en las revistas. Y, aunque a mí me tiraban los Spurs por extrañas razones que en este texto no proceden, y los Hawks de Dominique Wilkins, quise indagar en el personaje que adornó mi habitación con los motivos de lo que ahora es una pasión por primera vez. Y es que, a pesar de que ya hubiera colgado las zapatillas, yo entonces le seguía nombrando cuando lanzaba a la papelera un papel arrugado cualquiera.  Fue el pionero en mi casa, el primer héroe de mi imaginación.

Descubrí que Julius Erving tuvo una legión de admiradores. Su impacto en el baloncesto estadounidense y su exquisito comportamiento con los medios y fans hacían de él un personaje especial. Nacido en New York, jugó en la universidad de Massachusetts, donde firmaría tres temporadas asombrosas. Sin excesiva repercusión mediática, fue reclutado por Al Bianchi, coach de los Squares, pese a haber sido tentado por Atlanta y Milwaukee. Al contrario de lo que pueda pensarse, recibió el sobrenombre de “El Doctor” siendo aún muy joven. En Long Island, Julius llamaba a un vecino “Profesor”, y este, le respondió en una de esas ocasiones “Doctor”, apodo que le acompañaría para siempre, si bien Fatty Taylor, uno de sus primeros compañeros en el baloncesto profesional, añadiría la inicial de Julius al mote.

La importancia de Erving en la ABA fue descomunal. En una competición en la que también participaban leyendas de la talla de Rick Barry, Artis Gilmore, George Gervin o Spencer Haywood, el comisionado, Curt Flood, llegó a decir en más de una ocasión que el Doctor J no era solo un jugador, ni tampoco una franquicia: él era la propia liga.

En ocasiones la gente suele referirse a él como un revolucionario. Sin embargo, no es del todo correcto. Su estilo de juego estaba claramente influenciado por Elgin Baylor, y en menor medida, también por Connie Hawkins, Gus Johnson o Earl Monroe. Y tampoco fue el primer gran saltador, ni siquiera de su entorno. Siendo apenas un crío, en su barrio se hablaba de un tal “Jumpin” Jackie Jackson, un mito de los parques neoyorquinos, capaz de alcanzar una moneda del canto superior del tablero. No, definitivamente no se trataba de un creador, sino de alguien que llevó más lejos todo aquello que ya se había visto anteriormente, perfeccionándolo y magnificándolo. Esto es realmente lo que convirtió a Julius Erving en una leyenda eterna. El crecimiento del deporte de la canasta también ayudó a engrandecer su nombre. Se hablaba del baloncesto como el ‘deporte de los años 70’.

Su aspecto físico ayudó en gran medida a que fuese la imagen de la ABA. Verle volar desde la línea de tiros libres con su pelo afro y su elegante estilo era poesía para cualquier espectador. Sus 2’01 metros de físico privilegiado le convertían un excelente atleta, pero además poseía una gran lectura del juego. Buen defensor, hábil en el pase y poderoso en el rebote, aunaba todas las cualidades para ser un all-around player. Impecable en el trato directo e imparable sobre la pista, era la principal baza de la ABA frente a la NBA. La mejor liga del planeta tenía la tradición, los principales mercados, contratos publicitarios mucho más elevados… Pero solo en la ABA podías ver al Doctor J.

Doctor J

Foto: SI Photo Blog

Julius Erving, el ser humano

Un hombre respetado por su buena conducta. A finales de los 80, el Denver Post realizó una encuesta entre periodistas deportivos de todo Estados Unidos, tratando de dar con las deportistas más amables del país. No hace falta que diga quién estaba muy arriba en la lista. Desde su ingreso en la ABA fue tolerante, a pesar de que en un principio los críticos dijeran que el baloncesto en general era demasiado negro como para ser atractivo de cara a posibles inversores en publicidad, y otros asuntos relacionados. El baloncestista negro seguía en el punto de mira en muchos aspectos. Se les tachaba de egoístas, codiciosos y demasiado ricos. Justo en esa era surgió Erving, alguien que resultaba ser demasiado buena persona como para tacharlo de cualquier calificativo anteriormente expuesto. Simplemente siendo él mismo invirtió paulatinamente esa creencia negativa. Desde su primera aparición resultó encantador y cooperativo, aparte de brillante, maduro y sensato. Supongo que hay individuos capaces de ser queridos sin proponérselo. De algún modo, durante sus dieciséis años de carrera, Julius se las arregló para no despertar antipatías entre sus rivales. Bill Daniels, propietario de los Utah Stars, llegó a redactar una misiva, que repartió entre el resto de dueños de equipos en la ABA, en la que ponía de manifiesto su admiración por el entonces jugador de Nets. Pat Riley, quien sería un enconado adversario ya en la NBA, siempre mostró su fascinación por Erving, y la propia liga lo puso como ejemplo cuando hablaban de comportamiento con los recién llegados. Magic Johnson o Larry Bird, por ejemplo, recibieron instrucciones que tenían al ya jugador de los Sixers como modelo.

El Doctor J, deportista

A finales de los 70 su reputación había alcanzado cotas inimaginables. Era el icono de un deporte y empezaba a ser considerado como el mejor jugador del mundo… por quienes tenían la oportunidad de verlo, puesto que la ABA, a pesar de sus intentos, no era retransmitida a nivel nacional por televisión. Sidonie-Gabrielle Colette dijo una vez que “Shakespeare escribió sin saber que iba a ser Shakespeare”. Erving jugaba sin saber hasta dónde llegaba su impacto, ni su combinación entre excelencia y entretenimiento. Elgin Baylor había sido lo más parecido, pero por algún motivo su recuerdo es menor del que merece. Puede que los seguidores, o el propio baloncesto, no estuviesen preparados para aceptar del todo a Baylor. La percepción del aficionado cambió con Julius. De pronto el deporte de la canasta era un juego mucho más artístico, vistoso, vertical. Y luego, el mate como cénit de la creatividad. Fue algo así como normalizar el espectáculo en el profesionalismo. Los vuelos de Michael Jordan o Dominique Wilkins en los 80, y más tarde de Kobe Bryant o Vince Carter son producto de una semilla que Baylor, Hawkins, Johnson y, sobre todo Erving, sembraron tiempo atrás. El peso de la diversión en el baloncesto.

Hablar de los logros de Julius Erving es exponer un currículum de sobra conocido. All-Star en todas las temporadas en las que fue profesional, se hizo con el título de la ABA en dos ocasiones, con los New York Nets. A mediados de la década de los 70 los sueldos exorbitantes que se pagaban en esta liga, buscando poder competir con la NBA, fue asimismo la propia condena de la competición, que se veía abocada a la desaparición. En 1976, para financiar en parte su ingreso en la NBA al disolverse la ABA, los Nets trataron de vender a Erving al otro equipo de la capital del mundo. La negativa del entonces propietario de los Knicks dio con los huesos del Doctor J en Philadelphia. El aterrizaje del mejor jugador de la extinta competición impulsó a los de Pensilvania de manera inmediata, alcanzando las Finales en las que, a pesar de comenzar liderando 2-0, poco pudieron hacer ante el poderío interior mostrado por la pareja de Portland, Walton – Lucas (curiosamente otro ex ABA). Un equipo anárquico y libre, aquellos Sixers, que contaban con otros miembros de renombre como Doug Collins, George McGinnis y unos jovencísimos Darryl Dawkins y World B. Free. “Ganar un campeonato es lo único que va a eliminar este dolor”. Palabras de Erving al concluir la serie. Los aficionados de Philly tuvieron que esperar hasta 1983 (y ver cómo su franquicia volvía a ser derrotada en la última serie del año en otras dos oportunidades) para ver a su ídolo levantar el conocido hasta ese año como trofeo Walter A. Brown –Larry O’Brien desde 1984 en adelante-, ya en compañía de Moses Malone (también miembro de la ABA en los 70), Maurice Cheeks o Andrew Toney. A los 32 años, la gloria. Tras cumplir el objetivo, otras cuatro campañas más se mantendría en la liga, viendo cómo descendían lentamente sus números, aunque dando alguna que otra exhibición por el camino (como los 38 puntos ante Indiana Pacers a pocas semanas de retirarse).

Yo de Julius Erving solo sé lo que he leído, y únicamente le he visto jugar gracias a los vídeos, redifusiones o partidos colgados en algunas webs especializadas. Pero desde el principio se encontraba presente. Y echando la vista atrás, de manera sincera, creo que difícilmente podría haber tenido la imagen de un jugador mejor en la pared de mi habitación para comenzar este idilio baloncestístico. El legado del Doctor J y su influencia mundial. También en un crío de Tenerife. Julius Winfield Erving II, una leyenda.

Doctor J

Foto: NBA