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Reflejos

Querido Jack. ¿Cómo puedo darte las gracias?

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La historia del deporte está llena de personajes que llevan asociada la frase “¿Qué hubiese pasado si..?”, personajes que alcanzaron pronto la fama y quedaron en el olvido por un motivo en particular, que tuvieron que competir en una misma era con otros superiores a ellos o que vieron truncadas sus carreras por un acontecimiento trágico o desafortunado. El último ejemplo es la historia que nos ocupa. La historia de un jugador que promediaba más de 20 rebotes en su época universitaria, más de 17 en la NBA, Rookie del año y tres veces All-Star en sus tres temporadas como profesional. La historia de un jugador que devastaba a sus oponentes con su fuerza muscular, su rapidez y su inteligencia a la hora de posicionarse, además de contar con una visión de juego impropia para un center de los años 50. La historia de un jugador total que vio truncado su futuro a causa de una caída estúpida en medio de un partido intrascendente y que dio paso a uno de los mejores ejemplos de compañerismo y solidaridad en la historia del deporte profesional. La historia de Maurice Stokes.

Un par de décadas más tarde, Magic Johnson demostraría que un jugador de más de dos metros podía manejar y pasar el balón con eficacia y soltura, como si se tratase de un jugador pequeño. Maurice consiguió hacerlo mucho antes. Él podía conducir el contraataque, subir el balón, repartir juego, lanzar a canasta desde 4-5 metros y, por supuesto, rebotear. En solo su tercera temporada como profesional, consiguió unos promedios de 16.9 puntos, 18.1 rebotes y 6.4 asistencias (el tercero de toda la NBA), algo insólito para un jugador de su envergadura en aquella época. Era el clásico pívot alto de hombros anchos, capaz de promediar dobles dígitos en rebotes, pero acompañado de una rapidez y plasticidad hasta entonces desconocida en un jugador de su talla. En palabras de Bob Cousy, “fue el prototipo de los grandes aleros que vendrían después como Elgin Baylor o Julius Erving. Fue el Karl Malone de su época”. “Era mejor que Elgin Baylor”, recordaba Chet Walker, miembro del Hall of Fame, “Solía verlo todo el tiempo y era físico y jugaba como Baylor. Podía bajar el balón al suelo, lanzar, rebotear,…Un jugador tremendo”. Wayne Embry, compañero suyo en aquellos jóvenes Cincinnati Royals, solía decir que los Celtics de Bill Russell no hubiesen logrado tantos campeonatos en los 60 si Stokes hubiese seguido en la competición. Pero Maurice solo jugaría hasta los 24 años, finalizando su relación con la NBA y comenzando otra bien diferente con su compañero de equipo Jack Twyman. Una relación de cariño que incluso sería llevada a la gran pantalla en 1973.

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Foto: NBA

Maurice Stokes era uno de los cuatro hijos de Terro y Myrtle Stokes, residentes en la pequeña localidad de Rankin, a las afueras de Pittsburgh, donde había nacido el 17 de junio de 1933. Creció muy unido a su hermana gemela Clarise, de la que estaba pendiente en todo momento, y entró pronto en contacto con el baloncesto jugando a todas horas en la pista de cemento del Mellon Park, lugar de culto del baloncesto callejero de Pittsburgh, de donde salieron jugadores como Chuck Cooper, Connie Hawkins o John Brisker. Fue allí donde conoció por primera vez a Jack Twyman, también natural de Pittsburgh (un año más joven que Stokes), estableciendo un vínculo de amistad a pesar de sus diferentes razas y de jugar en diferentes institutos. Tras recorrer varios de su zona, Stokes consiguió plaza en Westington HS en el otoño de 1947, donde pudo ganarse un puesto en el equipo de baloncesto, a pesar de que su padre le quería ver jugando al fútbol americano, deporte muy popular en Pittburgh. En 1950 y 1951 consiguieron ser campeones de la ciudad y alcanzaron las semifinales estatales, pero Maurice no solía destacar en el equipo, eclipsado por sus compañeros de equipo.

Cuando su trayectoria escolar acabó, muchos entrenadores universitarios de todo el país comenzaron a mostrar interés en Maurice, aunque solo recibiría una docena de proposiciones formales debido a que muchos de esos entrenadores le consideraban un jugador lento. Eso y que en aquella época las grandes universidades del país como North Carolina o Kentucky preferían reclutar jugadores de raza blanca. Mientras que su padre consideraba que su futuro estaba a su lado trabajando en la industria del acero, Maurice tenía otros planes, y acabó marchando a la pequeña Universidad de St. Francis, en la cercana ciudad de Loretto (Pennsylvania). Enclavada en un ambiente rural, St. Francis era una Universidad católica y donde predominaban los estudiantes de raza blanca. Maurice no era ni católico ni blanco, por lo que su entrenador reclutó a su compañero de instituto Jim Phelps, tratando de que su adaptación al campus fuese lo más rápida posible. Mientras que fuera de las canchas era un chico solitario, poco hablador, el cual no encajaba en un mundo de blancos, sobre el parquet su impacto fue inmediato, promediando más de 20 puntos y 20 rebotes y convirtiéndose en una referencia en Pennsylvania. Las entradas para los partidos volaban y la Universidad tuvo que aumentar el graderío de la cancha de juego, pasando de unos 500 asientos a 3300. El sacerdote Vincent Negherbon, capellán en aquella época de la Universidad, recordaba un partido en Cleveland donde uno de los árbitros se pasó toda la primera parte siguiendo muy de cerca a Stokes. En el descanso, Negherbon se le acercó para preguntarle qué sucedía, a lo que el árbitro le contestó “Padre, he estado un par de años esperando para ver jugar a este chico. No voy a perderme nada de lo que haga”.

Su periplo universitario acabó con unos promedios de 22.4 puntos y 25.3 rebotes, guiando a la desconocida St. Francis a un récord de 79-30 en cuatro temporadas. Las críticas por su lentitud corriendo a ambos lados de la cancha le sirvieron como motivación para ir mejorando año tras año, explotando en su año senior, cuando consiguió que St. Francis alcanzase las semifinales del torneo NIT. Jugando bajo los focos del Madison Square Garden, endosó 43 puntos y 21 rebotes a Dayton y 31 puntos y 24 rebotes a Cincinnati. A pesar de perder ambos partidos, Stokes consiguió ser MVP del torneo, el único jugador de la historia en ganarlo formando parte de un equipo que acaba en 4º lugar. Aquel verano, la pequeña St. Francis recibiría cerca de 1.200 peticiones de estudiantes para ingresar en su programa.

En aquel último partido por el tercer puesto ante Cincinnati, Stokes se volvió a encontrar con Twyman quien ya era el líder anotador de los Bearcats. Sus caminos a partir de entonces ya no se separarían, pues ambos pasarían al baloncesto profesional, formando parte de los Rochester Royals. Desoyendo las ofertas para jugar en los Harlem GlobeTrotters o para otros equipos industriales, Maurice sería elegido en el número 2 del draft, solo por detrás de Dick Ricketts, mientras que Twyman lo sería en segunda ronda y Ed Fleming, antiguo compañero de Maurice en el Instituto, en tercera. Los tres marcharían juntos en el coche de Twyman desde Pittsburgh a Rochester para asistir al primer entrenamiento de la temporada.

El impacto de Stokes en la NBA fue inmediato, consiguiendo 32 puntos, 20 rebotes y 8 asistencias en su debut ante los Knicks. Fue el máximo anotador y reboteador de los Royals, Rookie del Año, miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA y elegido para el All-Star. En su segunda temporada ya era el máximo reboteador de la liga, estableciendo un récord de rebotes capturados en una temporada (1.256) y acabando en el 5º puesto en la votación para el MVP. “Nadie había visto antes un tipo con esa combinación de fuerza, rapidez y tamaño”, recordaba Twyman. Con él en el juego interior y Twyman como escudero, los Royals (actuales Kings) se preparaban para convertirse en un equipo con aspiraciones a ganar de nuevo el anillo como ya hicieran en 1951. Sin embargo, el mercado que ofrecía la pequeña Rochester no era viable, por lo que el equipo se mudó en 1957 hacia Cincinnati.

Foto: NBA

Foto: NBA

En su tercera temporada, Stokes se había instalado como uno de los cinco mejores jugadores de la liga, mientras que Twyman era un gran anotador, uno de los primeros en desarrollar el tiro en suspensión. Así, los Royals peleaban por conseguir una plaza en los playoffs y su último escollo serían los Minneapolis Lakers, instalados en el fondo de la clasificación tras la retirada de George Mikan. Aquella noche, 12 de marzo de 1958, el Auditorium de Minneapolis homenajeaba a Vern Mikkelsen por sus nueve temporadas en la franquicia, regalándole un equipo de sonido, 10 discos, un juego de utensilios de cocina y un cheque de 100 dólares para compras. Era el último partido de la temporada y los Royals sí se jugaban algo más que los Lakers. En el transcurso del partido, Stokes entró a canasta y colisionó con un jugador de los Lakers en el aire, cayendo al suelo y golpeándose la parte posterior de su cabeza. Stokes permaneció inconsciente, pero fue reanimado con sales olorosas, algo usual en aquella época, regresando al juego sin aparente problema. Los Royals ganarían 89-96 en otra gran noche de Stokes (24 puntos y 19 rebotes) y tendrían que enfrentarse a Detroit tres días después en el primer partido de las semifinales del Este.

Aquel 15 de marzo, Stokes acabaría con 12 puntos y 15 rebotes, pero algo diferente había en su juego, más lento y pesado que en toda la temporada. Los Royals cayeron derrotados y partirían hacia el aeropuerto para embarcarse rumbo a Cincinnati donde jugaban al día siguiente el segundo partido de la serie. Fue en el aeropuerto donde Maurice empezó a sentirse mal, vomitando en varias ocasiones, aunque sus compañeros lo atribuían a haber comido algo en mal estado o a haber bebido algunas cervezas. Se le recomendó pasar la noche en Detroit y viajar a Cincinnati la mañana siguiente, pero él decidió viajar con el equipo ya que no era un vuelo demasiado largo. En la rampa de acceso al avión tuvo que ser ayudado por Twyman y Dick Ricketts y ya de camino a Cincinatti empezó a sudar profusamente y a sufrir espasmos, hasta el punto de decirle a un compañero “me siento como si fuese a morir”. Twyman, sentado una fila delante, veía como su compañero apenas podía respirar, mientras la sangre le salía por la boca y los oídos. Los ojos de Maurice se habían vuelto blancos, la fiebre le aumentaba y fue tumbado en el pasillo del avión con una máscara de oxígeno, mientras se decidía si continuar el vuelo o regresar a Detroit. Maurice Podoloff, Comisionado de la NBA, y Les Harrison, dueño de los Royals, decidieron continuar el trayecto, avisando por radio a los equipos de emergencia.

Cuando el avión aterrizó, varios compañeros bajaron a Maurice del avión en medio de la lluvia y una ambulancia lo trasladó al hospital más cercano donde estuvo en coma varias semanas. Allí le fue diagnosticado encefalopatía post-traumática, una lesión cerebral que dañó su cuerpo hasta el punto de dejarlo inmóvil desde el cuello hacia abajo y sin poder articular palabra. Esa misma noche, los Pistons derrotaban 124-104 a unos Royals diezmados, por lo que la temporada concluía y la gran mayoría de los jugadores regresaban a sus hogares. Todos excepto Twyman. Era imposible trasladar a Maurice a Pittsburgh donde sus padres residían y las facturas del hospital y la rehabilitación pronto tendrían que ser pagadas. En una época donde no existía ningún tipo de seguro para un jugador de baloncesto (la mayoría de ellos necesitaba de un trabajo extra para salir adelante), Twyman decidió dar un paso al frente y hacerse cargo de la situación, convirtiéndose en el tutor legal de Maurice. “Las cosas tenían que hacerse de manera inmediata”, aseguraba Twyman, “y nadie más estaba allí para hacerlas”. Básicamente, él adoptó a Maurice. “Imagínate ser uno de los mejores atletas un sábado y el domingo siguiente entras en coma y te despiertas con todo tu cuerpo paralizado, excepto los ojos y el cerebro. ¿Puedes imaginarte algo peor?”.

Twyman se hizo cargo de los escasos 9.000 dólares que Stokes acumulaba en su cuenta bancaria y empezó a moverse en busca de ayudas y fondos que costeasen el tratamiento de Maurice, mientras le visitaba diariamente para estar a su lado en las duras horas de rehabilitación, rompiendo todas las barreras económicas y los prejuicios racistas propios de aquella época. Él cambió el destino de su amigo y, de no haber dedicado su tiempo de forma desinteresada, los últimos 12 años de la vida de Maurice hubiesen sido muy diferentes. Así, antes de que la rehabilitación permitiese a Maurice articular de nuevo algunas palabras, Twyman le enseñó a comunicarse con él guiñando sus ojos cuando pasaba su dedo por encima de la letra que él quería decir. Todo ello mientras cuidaba de su mujer, sus cuatro hijos y trabajaba como vendedor de seguros una vez acabada la temporada. Pero su mayor logro fue crear una Fundación en su honor y organizar un partido benéfico anual con los mejores jugadores del momento para recaudar fondos.

Maurice Stokes

Así fue como en el otoño de 1958, mientras los Royals estaban en Nueva York, Twyman contactó con Milton Kutsher, propietario de un lujoso hotel en las afueras de la ciudad, para proponerle organizar allí un partido benéfico. Kutsher era un apasionado del deporte, de hecho había dado empleo en su complejo hotelero a jugadores universitarios, entre ellos Wilt Chamberlain, y aceptó la propuesta de inmediato. Twyman empezó a moverse, tratando de encontrar un mínimo de 10 jugadores para poder disputar el partido. En agosto del año siguiente, más de 60 jugadores se presentaron, los mejores de la liga, algo que sucedería año tras año. Chamberlain, Russell, Baylor, Robertson, Schayes, Havlicek, todos ellos competían en una pequeña cancha de asfalto al aire libre y con el público abarrotando los límites de la pista. Todos los jugadores corrieron con sus gastos, incluso Wilt Chamberlain quien pagó de su bolsillo el viaje de ida y vuelta desde París, ya que se encontraba allí de gira con los Globetrotters. “Todos sentían un vínculo con Maurice”, declaraba Oscar Robertson, “todo lo contrario a lo que vemos hoy en día, con los jugadores volando en sus aviones privados, durmiendo en las mejores suites y comiendo cada uno por separado”. A lo largo de los años, estos partidos benéficos recaudaron cerca de 750.000 dólares, algo que pudiese parecer suficiente, pero no para Twyman quien celebraba conferencias, entrevistas en la radio o actos en Navidades para conseguir algo más.

Mientras tanto, Maurice trabajaba muy duro en su rehabilitación, empezando a dar pequeños pasos ayudado por los enfermeros o apoyado en barras, además de articular pequeños sonidos al hablar. Empleaba nueve horas al día mientras Twyman se sentaba al lado de su cama, la mayoría de las veces solo, otras acompañado por su esposa y otras por sus compañeros de equipo o rivales de paso por Cincinnati. Cuando Stokes empezó a mover sus dedos, se encargaba de hacer pequeñas manualidades como ceniceros o vasos que luego regalaba a todos aquellos que le visitaban. Su esfuerzo diario y su actitud positiva inspiraba a todos aquellos que trabajaban con él o le visitaban, recibiendo centenares de cartas dándole las gracias por su ejemplo. “Cuando tenía un mal día o hacía un mal partido iba a ver a Maurice”, decía Twyman, “y él siempre se encargaba de animarme. Inspiraba a otras personas”. Cuando la rehabilitación seguía su curso, Maurice empezó a pintar pequeños dibujos y tecleaba una máquina de escribir que le pusieron junto a la cama. Le llevó como unas tres semanas redactar su primera nota, en la que ponía “Querido Jack, ¿cómo puedo darte las gracias por todo lo que has hecho?”. Los progresos permitieron a Maurice cenar en casa de Twyman varias veces al mes y en 1965 pudo viajar para asistir por primera vez a su partido benéfico anual. Junto a la cancha de asfalto, en su silla de ruedas y con una gran sonrisa, pudo ver como todos los jugadores se acercaban para saludarle y fotografiarse con él.

Sin embargo, un ataque al corazón sorprendió a Maurice en 1970 y, al cabo de seis días, falleció. Tenía solo 36 años. Con Twyman fuera de la ciudad, el hospital esperó su regreso para que pudiese despedirse de su amigo. Fue enterrado en St. Francis, cuyo pabellón donde dejó tantos récords lleva desde entonces su nombre. Tres años después su historia fue llevada a la gran pantalla bajo el título de “Maurie”. Bobby Wanzer, quien fue compañero y entrenador suyo, recordaba que “si las cosas hubiesen salido de manera diferente, Maurice hubiese sido uno de los 10 mejores jugadores de todos los tiempos”. Entre las notas mecanografiadas que Maurice conservaba, destacaba una en la que decía “Cuando el Sol aparece por el horizonte, es la señal de que empieza un nuevo día. La belleza que el Sol crea, es algo que no se puede describir con palabras. Para mí, una de las mayores satisfacciones de vivir en el campo es que puedes ver la belleza real del Sol, sin la obstrucción del humo”.

Twyman continuó su carrera hasta 1966, siendo seis veces All-Star y dos veces miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA. Años más tarde, en 1983, entraría a formar parte del Hall of Fame. En 2006 le diagnosticaron leucemia, falleciendo en 2012. Esa misma temporada, la NBA empezaría a otorgar el galardón que lleva su nombre y el de Maurice como premio al mejor compañero del año. En 2004, cuando Maurice fue elegido miembro del Hall of Fame, fue él quien se encargó de recoger el galardón y pronunciar el discurso en su honor. “Me beneficié mucho más por estar junto a Maurice de lo que él pudo beneficiarse por estar junto a mí. Aprendes muy rápido lo que es importante y lo que no lo es. Ese es el legado de Maurice a mi familia. En 12 años nunca le vi deprimido o enfadado. Nunca preguntó ¿Por qué yo? o ¿Cómo me pasó esto? Miraba hacia delante cada nuevo día. Fue una increíble persona y una gran oportunidad para mí estar junto a él y ver de lo que estaba hecho. Inspiró a todo el mundo que le conoció. Por cualquier cosa que hice por Maurice, yo recibí el doble. Enhorabuena grandullón, lo conseguiste”.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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