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Reflejos

Querido Jack. ¿Cómo puedo darte las gracias?

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La historia del deporte está llena de personajes que llevan asociada la frase “¿Qué hubiese pasado si..?”, personajes que alcanzaron pronto la fama y quedaron en el olvido por un motivo en particular, que tuvieron que competir en una misma era con otros superiores a ellos o que vieron truncadas sus carreras por un acontecimiento trágico o desafortunado. El último ejemplo es la historia que nos ocupa. La historia de un jugador que promediaba más de 20 rebotes en su época universitaria, más de 17 en la NBA, Rookie del año y tres veces All-Star en sus tres temporadas como profesional. La historia de un jugador que devastaba a sus oponentes con su fuerza muscular, su rapidez y su inteligencia a la hora de posicionarse, además de contar con una visión de juego impropia para un center de los años 50. La historia de un jugador total que vio truncado su futuro a causa de una caída estúpida en medio de un partido intrascendente y que dio paso a uno de los mejores ejemplos de compañerismo y solidaridad en la historia del deporte profesional. La historia de Maurice Stokes.

Un par de décadas más tarde, Magic Johnson demostraría que un jugador de más de dos metros podía manejar y pasar el balón con eficacia y soltura, como si se tratase de un jugador pequeño. Maurice consiguió hacerlo mucho antes. Él podía conducir el contraataque, subir el balón, repartir juego, lanzar a canasta desde 4-5 metros y, por supuesto, rebotear. En solo su tercera temporada como profesional, consiguió unos promedios de 16.9 puntos, 18.1 rebotes y 6.4 asistencias (el tercero de toda la NBA), algo insólito para un jugador de su envergadura en aquella época. Era el clásico pívot alto de hombros anchos, capaz de promediar dobles dígitos en rebotes, pero acompañado de una rapidez y plasticidad hasta entonces desconocida en un jugador de su talla. En palabras de Bob Cousy, “fue el prototipo de los grandes aleros que vendrían después como Elgin Baylor o Julius Erving. Fue el Karl Malone de su época”. “Era mejor que Elgin Baylor”, recordaba Chet Walker, miembro del Hall of Fame, “Solía verlo todo el tiempo y era físico y jugaba como Baylor. Podía bajar el balón al suelo, lanzar, rebotear,…Un jugador tremendo”. Wayne Embry, compañero suyo en aquellos jóvenes Cincinnati Royals, solía decir que los Celtics de Bill Russell no hubiesen logrado tantos campeonatos en los 60 si Stokes hubiese seguido en la competición. Pero Maurice solo jugaría hasta los 24 años, finalizando su relación con la NBA y comenzando otra bien diferente con su compañero de equipo Jack Twyman. Una relación de cariño que incluso sería llevada a la gran pantalla en 1973.

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Foto: NBA

Maurice Stokes era uno de los cuatro hijos de Terro y Myrtle Stokes, residentes en la pequeña localidad de Rankin, a las afueras de Pittsburgh, donde había nacido el 17 de junio de 1933. Creció muy unido a su hermana gemela Clarise, de la que estaba pendiente en todo momento, y entró pronto en contacto con el baloncesto jugando a todas horas en la pista de cemento del Mellon Park, lugar de culto del baloncesto callejero de Pittsburgh, de donde salieron jugadores como Chuck Cooper, Connie Hawkins o John Brisker. Fue allí donde conoció por primera vez a Jack Twyman, también natural de Pittsburgh (un año más joven que Stokes), estableciendo un vínculo de amistad a pesar de sus diferentes razas y de jugar en diferentes institutos. Tras recorrer varios de su zona, Stokes consiguió plaza en Westington HS en el otoño de 1947, donde pudo ganarse un puesto en el equipo de baloncesto, a pesar de que su padre le quería ver jugando al fútbol americano, deporte muy popular en Pittburgh. En 1950 y 1951 consiguieron ser campeones de la ciudad y alcanzaron las semifinales estatales, pero Maurice no solía destacar en el equipo, eclipsado por sus compañeros de equipo.

Cuando su trayectoria escolar acabó, muchos entrenadores universitarios de todo el país comenzaron a mostrar interés en Maurice, aunque solo recibiría una docena de proposiciones formales debido a que muchos de esos entrenadores le consideraban un jugador lento. Eso y que en aquella época las grandes universidades del país como North Carolina o Kentucky preferían reclutar jugadores de raza blanca. Mientras que su padre consideraba que su futuro estaba a su lado trabajando en la industria del acero, Maurice tenía otros planes, y acabó marchando a la pequeña Universidad de St. Francis, en la cercana ciudad de Loretto (Pennsylvania). Enclavada en un ambiente rural, St. Francis era una Universidad católica y donde predominaban los estudiantes de raza blanca. Maurice no era ni católico ni blanco, por lo que su entrenador reclutó a su compañero de instituto Jim Phelps, tratando de que su adaptación al campus fuese lo más rápida posible. Mientras que fuera de las canchas era un chico solitario, poco hablador, el cual no encajaba en un mundo de blancos, sobre el parquet su impacto fue inmediato, promediando más de 20 puntos y 20 rebotes y convirtiéndose en una referencia en Pennsylvania. Las entradas para los partidos volaban y la Universidad tuvo que aumentar el graderío de la cancha de juego, pasando de unos 500 asientos a 3300. El sacerdote Vincent Negherbon, capellán en aquella época de la Universidad, recordaba un partido en Cleveland donde uno de los árbitros se pasó toda la primera parte siguiendo muy de cerca a Stokes. En el descanso, Negherbon se le acercó para preguntarle qué sucedía, a lo que el árbitro le contestó “Padre, he estado un par de años esperando para ver jugar a este chico. No voy a perderme nada de lo que haga”.

Su periplo universitario acabó con unos promedios de 22.4 puntos y 25.3 rebotes, guiando a la desconocida St. Francis a un récord de 79-30 en cuatro temporadas. Las críticas por su lentitud corriendo a ambos lados de la cancha le sirvieron como motivación para ir mejorando año tras año, explotando en su año senior, cuando consiguió que St. Francis alcanzase las semifinales del torneo NIT. Jugando bajo los focos del Madison Square Garden, endosó 43 puntos y 21 rebotes a Dayton y 31 puntos y 24 rebotes a Cincinnati. A pesar de perder ambos partidos, Stokes consiguió ser MVP del torneo, el único jugador de la historia en ganarlo formando parte de un equipo que acaba en 4º lugar. Aquel verano, la pequeña St. Francis recibiría cerca de 1.200 peticiones de estudiantes para ingresar en su programa.

En aquel último partido por el tercer puesto ante Cincinnati, Stokes se volvió a encontrar con Twyman quien ya era el líder anotador de los Bearcats. Sus caminos a partir de entonces ya no se separarían, pues ambos pasarían al baloncesto profesional, formando parte de los Rochester Royals. Desoyendo las ofertas para jugar en los Harlem GlobeTrotters o para otros equipos industriales, Maurice sería elegido en el número 2 del draft, solo por detrás de Dick Ricketts, mientras que Twyman lo sería en segunda ronda y Ed Fleming, antiguo compañero de Maurice en el Instituto, en tercera. Los tres marcharían juntos en el coche de Twyman desde Pittsburgh a Rochester para asistir al primer entrenamiento de la temporada.

El impacto de Stokes en la NBA fue inmediato, consiguiendo 32 puntos, 20 rebotes y 8 asistencias en su debut ante los Knicks. Fue el máximo anotador y reboteador de los Royals, Rookie del Año, miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA y elegido para el All-Star. En su segunda temporada ya era el máximo reboteador de la liga, estableciendo un récord de rebotes capturados en una temporada (1.256) y acabando en el 5º puesto en la votación para el MVP. “Nadie había visto antes un tipo con esa combinación de fuerza, rapidez y tamaño”, recordaba Twyman. Con él en el juego interior y Twyman como escudero, los Royals (actuales Kings) se preparaban para convertirse en un equipo con aspiraciones a ganar de nuevo el anillo como ya hicieran en 1951. Sin embargo, el mercado que ofrecía la pequeña Rochester no era viable, por lo que el equipo se mudó en 1957 hacia Cincinnati.

Foto: NBA

Foto: NBA

En su tercera temporada, Stokes se había instalado como uno de los cinco mejores jugadores de la liga, mientras que Twyman era un gran anotador, uno de los primeros en desarrollar el tiro en suspensión. Así, los Royals peleaban por conseguir una plaza en los playoffs y su último escollo serían los Minneapolis Lakers, instalados en el fondo de la clasificación tras la retirada de George Mikan. Aquella noche, 12 de marzo de 1958, el Auditorium de Minneapolis homenajeaba a Vern Mikkelsen por sus nueve temporadas en la franquicia, regalándole un equipo de sonido, 10 discos, un juego de utensilios de cocina y un cheque de 100 dólares para compras. Era el último partido de la temporada y los Royals sí se jugaban algo más que los Lakers. En el transcurso del partido, Stokes entró a canasta y colisionó con un jugador de los Lakers en el aire, cayendo al suelo y golpeándose la parte posterior de su cabeza. Stokes permaneció inconsciente, pero fue reanimado con sales olorosas, algo usual en aquella época, regresando al juego sin aparente problema. Los Royals ganarían 89-96 en otra gran noche de Stokes (24 puntos y 19 rebotes) y tendrían que enfrentarse a Detroit tres días después en el primer partido de las semifinales del Este.

Aquel 15 de marzo, Stokes acabaría con 12 puntos y 15 rebotes, pero algo diferente había en su juego, más lento y pesado que en toda la temporada. Los Royals cayeron derrotados y partirían hacia el aeropuerto para embarcarse rumbo a Cincinnati donde jugaban al día siguiente el segundo partido de la serie. Fue en el aeropuerto donde Maurice empezó a sentirse mal, vomitando en varias ocasiones, aunque sus compañeros lo atribuían a haber comido algo en mal estado o a haber bebido algunas cervezas. Se le recomendó pasar la noche en Detroit y viajar a Cincinnati la mañana siguiente, pero él decidió viajar con el equipo ya que no era un vuelo demasiado largo. En la rampa de acceso al avión tuvo que ser ayudado por Twyman y Dick Ricketts y ya de camino a Cincinatti empezó a sudar profusamente y a sufrir espasmos, hasta el punto de decirle a un compañero “me siento como si fuese a morir”. Twyman, sentado una fila delante, veía como su compañero apenas podía respirar, mientras la sangre le salía por la boca y los oídos. Los ojos de Maurice se habían vuelto blancos, la fiebre le aumentaba y fue tumbado en el pasillo del avión con una máscara de oxígeno, mientras se decidía si continuar el vuelo o regresar a Detroit. Maurice Podoloff, Comisionado de la NBA, y Les Harrison, dueño de los Royals, decidieron continuar el trayecto, avisando por radio a los equipos de emergencia.

Cuando el avión aterrizó, varios compañeros bajaron a Maurice del avión en medio de la lluvia y una ambulancia lo trasladó al hospital más cercano donde estuvo en coma varias semanas. Allí le fue diagnosticado encefalopatía post-traumática, una lesión cerebral que dañó su cuerpo hasta el punto de dejarlo inmóvil desde el cuello hacia abajo y sin poder articular palabra. Esa misma noche, los Pistons derrotaban 124-104 a unos Royals diezmados, por lo que la temporada concluía y la gran mayoría de los jugadores regresaban a sus hogares. Todos excepto Twyman. Era imposible trasladar a Maurice a Pittsburgh donde sus padres residían y las facturas del hospital y la rehabilitación pronto tendrían que ser pagadas. En una época donde no existía ningún tipo de seguro para un jugador de baloncesto (la mayoría de ellos necesitaba de un trabajo extra para salir adelante), Twyman decidió dar un paso al frente y hacerse cargo de la situación, convirtiéndose en el tutor legal de Maurice. “Las cosas tenían que hacerse de manera inmediata”, aseguraba Twyman, “y nadie más estaba allí para hacerlas”. Básicamente, él adoptó a Maurice. “Imagínate ser uno de los mejores atletas un sábado y el domingo siguiente entras en coma y te despiertas con todo tu cuerpo paralizado, excepto los ojos y el cerebro. ¿Puedes imaginarte algo peor?”.

Twyman se hizo cargo de los escasos 9.000 dólares que Stokes acumulaba en su cuenta bancaria y empezó a moverse en busca de ayudas y fondos que costeasen el tratamiento de Maurice, mientras le visitaba diariamente para estar a su lado en las duras horas de rehabilitación, rompiendo todas las barreras económicas y los prejuicios racistas propios de aquella época. Él cambió el destino de su amigo y, de no haber dedicado su tiempo de forma desinteresada, los últimos 12 años de la vida de Maurice hubiesen sido muy diferentes. Así, antes de que la rehabilitación permitiese a Maurice articular de nuevo algunas palabras, Twyman le enseñó a comunicarse con él guiñando sus ojos cuando pasaba su dedo por encima de la letra que él quería decir. Todo ello mientras cuidaba de su mujer, sus cuatro hijos y trabajaba como vendedor de seguros una vez acabada la temporada. Pero su mayor logro fue crear una Fundación en su honor y organizar un partido benéfico anual con los mejores jugadores del momento para recaudar fondos.

Maurice Stokes

Así fue como en el otoño de 1958, mientras los Royals estaban en Nueva York, Twyman contactó con Milton Kutsher, propietario de un lujoso hotel en las afueras de la ciudad, para proponerle organizar allí un partido benéfico. Kutsher era un apasionado del deporte, de hecho había dado empleo en su complejo hotelero a jugadores universitarios, entre ellos Wilt Chamberlain, y aceptó la propuesta de inmediato. Twyman empezó a moverse, tratando de encontrar un mínimo de 10 jugadores para poder disputar el partido. En agosto del año siguiente, más de 60 jugadores se presentaron, los mejores de la liga, algo que sucedería año tras año. Chamberlain, Russell, Baylor, Robertson, Schayes, Havlicek, todos ellos competían en una pequeña cancha de asfalto al aire libre y con el público abarrotando los límites de la pista. Todos los jugadores corrieron con sus gastos, incluso Wilt Chamberlain quien pagó de su bolsillo el viaje de ida y vuelta desde París, ya que se encontraba allí de gira con los Globetrotters. “Todos sentían un vínculo con Maurice”, declaraba Oscar Robertson, “todo lo contrario a lo que vemos hoy en día, con los jugadores volando en sus aviones privados, durmiendo en las mejores suites y comiendo cada uno por separado”. A lo largo de los años, estos partidos benéficos recaudaron cerca de 750.000 dólares, algo que pudiese parecer suficiente, pero no para Twyman quien celebraba conferencias, entrevistas en la radio o actos en Navidades para conseguir algo más.

Mientras tanto, Maurice trabajaba muy duro en su rehabilitación, empezando a dar pequeños pasos ayudado por los enfermeros o apoyado en barras, además de articular pequeños sonidos al hablar. Empleaba nueve horas al día mientras Twyman se sentaba al lado de su cama, la mayoría de las veces solo, otras acompañado por su esposa y otras por sus compañeros de equipo o rivales de paso por Cincinnati. Cuando Stokes empezó a mover sus dedos, se encargaba de hacer pequeñas manualidades como ceniceros o vasos que luego regalaba a todos aquellos que le visitaban. Su esfuerzo diario y su actitud positiva inspiraba a todos aquellos que trabajaban con él o le visitaban, recibiendo centenares de cartas dándole las gracias por su ejemplo. “Cuando tenía un mal día o hacía un mal partido iba a ver a Maurice”, decía Twyman, “y él siempre se encargaba de animarme. Inspiraba a otras personas”. Cuando la rehabilitación seguía su curso, Maurice empezó a pintar pequeños dibujos y tecleaba una máquina de escribir que le pusieron junto a la cama. Le llevó como unas tres semanas redactar su primera nota, en la que ponía “Querido Jack, ¿cómo puedo darte las gracias por todo lo que has hecho?”. Los progresos permitieron a Maurice cenar en casa de Twyman varias veces al mes y en 1965 pudo viajar para asistir por primera vez a su partido benéfico anual. Junto a la cancha de asfalto, en su silla de ruedas y con una gran sonrisa, pudo ver como todos los jugadores se acercaban para saludarle y fotografiarse con él.

Sin embargo, un ataque al corazón sorprendió a Maurice en 1970 y, al cabo de seis días, falleció. Tenía solo 36 años. Con Twyman fuera de la ciudad, el hospital esperó su regreso para que pudiese despedirse de su amigo. Fue enterrado en St. Francis, cuyo pabellón donde dejó tantos récords lleva desde entonces su nombre. Tres años después su historia fue llevada a la gran pantalla bajo el título de “Maurie”. Bobby Wanzer, quien fue compañero y entrenador suyo, recordaba que “si las cosas hubiesen salido de manera diferente, Maurice hubiese sido uno de los 10 mejores jugadores de todos los tiempos”. Entre las notas mecanografiadas que Maurice conservaba, destacaba una en la que decía “Cuando el Sol aparece por el horizonte, es la señal de que empieza un nuevo día. La belleza que el Sol crea, es algo que no se puede describir con palabras. Para mí, una de las mayores satisfacciones de vivir en el campo es que puedes ver la belleza real del Sol, sin la obstrucción del humo”.

Twyman continuó su carrera hasta 1966, siendo seis veces All-Star y dos veces miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA. Años más tarde, en 1983, entraría a formar parte del Hall of Fame. En 2006 le diagnosticaron leucemia, falleciendo en 2012. Esa misma temporada, la NBA empezaría a otorgar el galardón que lleva su nombre y el de Maurice como premio al mejor compañero del año. En 2004, cuando Maurice fue elegido miembro del Hall of Fame, fue él quien se encargó de recoger el galardón y pronunciar el discurso en su honor. “Me beneficié mucho más por estar junto a Maurice de lo que él pudo beneficiarse por estar junto a mí. Aprendes muy rápido lo que es importante y lo que no lo es. Ese es el legado de Maurice a mi familia. En 12 años nunca le vi deprimido o enfadado. Nunca preguntó ¿Por qué yo? o ¿Cómo me pasó esto? Miraba hacia delante cada nuevo día. Fue una increíble persona y una gran oportunidad para mí estar junto a él y ver de lo que estaba hecho. Inspiró a todo el mundo que le conoció. Por cualquier cosa que hice por Maurice, yo recibí el doble. Enhorabuena grandullón, lo conseguiste”.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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