La historia del deporte está llena de personajes que llevan asociada la frase “¿Qué hubiese pasado si..?”, personajes que alcanzaron pronto la fama y quedaron en el olvido por un motivo en particular, que tuvieron que competir en una misma era con otros superiores a ellos o que vieron truncadas sus carreras por un acontecimiento trágico o desafortunado. El último ejemplo es la historia que nos ocupa. La historia de un jugador que promediaba más de 20 rebotes en su época universitaria, más de 17 en la NBA, Rookie del año y tres veces All-Star en sus tres temporadas como profesional. La historia de un jugador que devastaba a sus oponentes con su fuerza muscular, su rapidez y su inteligencia a la hora de posicionarse, además de contar con una visión de juego impropia para un center de los años 50. La historia de un jugador total que vio truncado su futuro a causa de una caída estúpida en medio de un partido intrascendente y que dio paso a uno de los mejores ejemplos de compañerismo y solidaridad en la historia del deporte profesional. La historia de Maurice Stokes.

Un par de décadas más tarde, Magic Johnson demostraría que un jugador de más de dos metros podía manejar y pasar el balón con eficacia y soltura, como si se tratase de un jugador pequeño. Maurice consiguió hacerlo mucho antes. Él podía conducir el contraataque, subir el balón, repartir juego, lanzar a canasta desde 4-5 metros y, por supuesto, rebotear. En solo su tercera temporada como profesional, consiguió unos promedios de 16.9 puntos, 18.1 rebotes y 6.4 asistencias (el tercero de toda la NBA), algo insólito para un jugador de su envergadura en aquella época. Era el clásico pívot alto de hombros anchos, capaz de promediar dobles dígitos en rebotes, pero acompañado de una rapidez y plasticidad hasta entonces desconocida en un jugador de su talla. En palabras de Bob Cousy, “fue el prototipo de los grandes aleros que vendrían después como Elgin Baylor o Julius Erving. Fue el Karl Malone de su época”. “Era mejor que Elgin Baylor”, recordaba Chet Walker, miembro del Hall of Fame, “Solía verlo todo el tiempo y era físico y jugaba como Baylor. Podía bajar el balón al suelo, lanzar, rebotear,…Un jugador tremendo”. Wayne Embry, compañero suyo en aquellos jóvenes Cincinnati Royals, solía decir que los Celtics de Bill Russell no hubiesen logrado tantos campeonatos en los 60 si Stokes hubiese seguido en la competición. Pero Maurice solo jugaría hasta los 24 años, finalizando su relación con la NBA y comenzando otra bien diferente con su compañero de equipo Jack Twyman. Una relación de cariño que incluso sería llevada a la gran pantalla en 1973.

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Foto: NBA

Maurice Stokes era uno de los cuatro hijos de Terro y Myrtle Stokes, residentes en la pequeña localidad de Rankin, a las afueras de Pittsburgh, donde había nacido el 17 de junio de 1933. Creció muy unido a su hermana gemela Clarise, de la que estaba pendiente en todo momento, y entró pronto en contacto con el baloncesto jugando a todas horas en la pista de cemento del Mellon Park, lugar de culto del baloncesto callejero de Pittsburgh, de donde salieron jugadores como Chuck Cooper, Connie Hawkins o John Brisker. Fue allí donde conoció por primera vez a Jack Twyman, también natural de Pittsburgh (un año más joven que Stokes), estableciendo un vínculo de amistad a pesar de sus diferentes razas y de jugar en diferentes institutos. Tras recorrer varios de su zona, Stokes consiguió plaza en Westington HS en el otoño de 1947, donde pudo ganarse un puesto en el equipo de baloncesto, a pesar de que su padre le quería ver jugando al fútbol americano, deporte muy popular en Pittburgh. En 1950 y 1951 consiguieron ser campeones de la ciudad y alcanzaron las semifinales estatales, pero Maurice no solía destacar en el equipo, eclipsado por sus compañeros de equipo.

Cuando su trayectoria escolar acabó, muchos entrenadores universitarios de todo el país comenzaron a mostrar interés en Maurice, aunque solo recibiría una docena de proposiciones formales debido a que muchos de esos entrenadores le consideraban un jugador lento. Eso y que en aquella época las grandes universidades del país como North Carolina o Kentucky preferían reclutar jugadores de raza blanca. Mientras que su padre consideraba que su futuro estaba a su lado trabajando en la industria del acero, Maurice tenía otros planes, y acabó marchando a la pequeña Universidad de St. Francis, en la cercana ciudad de Loretto (Pennsylvania). Enclavada en un ambiente rural, St. Francis era una Universidad católica y donde predominaban los estudiantes de raza blanca. Maurice no era ni católico ni blanco, por lo que su entrenador reclutó a su compañero de instituto Jim Phelps, tratando de que su adaptación al campus fuese lo más rápida posible. Mientras que fuera de las canchas era un chico solitario, poco hablador, el cual no encajaba en un mundo de blancos, sobre el parquet su impacto fue inmediato, promediando más de 20 puntos y 20 rebotes y convirtiéndose en una referencia en Pennsylvania. Las entradas para los partidos volaban y la Universidad tuvo que aumentar el graderío de la cancha de juego, pasando de unos 500 asientos a 3300. El sacerdote Vincent Negherbon, capellán en aquella época de la Universidad, recordaba un partido en Cleveland donde uno de los árbitros se pasó toda la primera parte siguiendo muy de cerca a Stokes. En el descanso, Negherbon se le acercó para preguntarle qué sucedía, a lo que el árbitro le contestó “Padre, he estado un par de años esperando para ver jugar a este chico. No voy a perderme nada de lo que haga”.

Su periplo universitario acabó con unos promedios de 22.4 puntos y 25.3 rebotes, guiando a la desconocida St. Francis a un récord de 79-30 en cuatro temporadas. Las críticas por su lentitud corriendo a ambos lados de la cancha le sirvieron como motivación para ir mejorando año tras año, explotando en su año senior, cuando consiguió que St. Francis alcanzase las semifinales del torneo NIT. Jugando bajo los focos del Madison Square Garden, endosó 43 puntos y 21 rebotes a Dayton y 31 puntos y 24 rebotes a Cincinnati. A pesar de perder ambos partidos, Stokes consiguió ser MVP del torneo, el único jugador de la historia en ganarlo formando parte de un equipo que acaba en 4º lugar. Aquel verano, la pequeña St. Francis recibiría cerca de 1.200 peticiones de estudiantes para ingresar en su programa.

En aquel último partido por el tercer puesto ante Cincinnati, Stokes se volvió a encontrar con Twyman quien ya era el líder anotador de los Bearcats. Sus caminos a partir de entonces ya no se separarían, pues ambos pasarían al baloncesto profesional, formando parte de los Rochester Royals. Desoyendo las ofertas para jugar en los Harlem GlobeTrotters o para otros equipos industriales, Maurice sería elegido en el número 2 del draft, solo por detrás de Dick Ricketts, mientras que Twyman lo sería en segunda ronda y Ed Fleming, antiguo compañero de Maurice en el Instituto, en tercera. Los tres marcharían juntos en el coche de Twyman desde Pittsburgh a Rochester para asistir al primer entrenamiento de la temporada.

El impacto de Stokes en la NBA fue inmediato, consiguiendo 32 puntos, 20 rebotes y 8 asistencias en su debut ante los Knicks. Fue el máximo anotador y reboteador de los Royals, Rookie del Año, miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA y elegido para el All-Star. En su segunda temporada ya era el máximo reboteador de la liga, estableciendo un récord de rebotes capturados en una temporada (1.256) y acabando en el 5º puesto en la votación para el MVP. “Nadie había visto antes un tipo con esa combinación de fuerza, rapidez y tamaño”, recordaba Twyman. Con él en el juego interior y Twyman como escudero, los Royals (actuales Kings) se preparaban para convertirse en un equipo con aspiraciones a ganar de nuevo el anillo como ya hicieran en 1951. Sin embargo, el mercado que ofrecía la pequeña Rochester no era viable, por lo que el equipo se mudó en 1957 hacia Cincinnati.

Foto: NBA

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En su tercera temporada, Stokes se había instalado como uno de los cinco mejores jugadores de la liga, mientras que Twyman era un gran anotador, uno de los primeros en desarrollar el tiro en suspensión. Así, los Royals peleaban por conseguir una plaza en los playoffs y su último escollo serían los Minneapolis Lakers, instalados en el fondo de la clasificación tras la retirada de George Mikan. Aquella noche, 12 de marzo de 1958, el Auditorium de Minneapolis homenajeaba a Vern Mikkelsen por sus nueve temporadas en la franquicia, regalándole un equipo de sonido, 10 discos, un juego de utensilios de cocina y un cheque de 100 dólares para compras. Era el último partido de la temporada y los Royals sí se jugaban algo más que los Lakers. En el transcurso del partido, Stokes entró a canasta y colisionó con un jugador de los Lakers en el aire, cayendo al suelo y golpeándose la parte posterior de su cabeza. Stokes permaneció inconsciente, pero fue reanimado con sales olorosas, algo usual en aquella época, regresando al juego sin aparente problema. Los Royals ganarían 89-96 en otra gran noche de Stokes (24 puntos y 19 rebotes) y tendrían que enfrentarse a Detroit tres días después en el primer partido de las semifinales del Este.

Aquel 15 de marzo, Stokes acabaría con 12 puntos y 15 rebotes, pero algo diferente había en su juego, más lento y pesado que en toda la temporada. Los Royals cayeron derrotados y partirían hacia el aeropuerto para embarcarse rumbo a Cincinnati donde jugaban al día siguiente el segundo partido de la serie. Fue en el aeropuerto donde Maurice empezó a sentirse mal, vomitando en varias ocasiones, aunque sus compañeros lo atribuían a haber comido algo en mal estado o a haber bebido algunas cervezas. Se le recomendó pasar la noche en Detroit y viajar a Cincinnati la mañana siguiente, pero él decidió viajar con el equipo ya que no era un vuelo demasiado largo. En la rampa de acceso al avión tuvo que ser ayudado por Twyman y Dick Ricketts y ya de camino a Cincinatti empezó a sudar profusamente y a sufrir espasmos, hasta el punto de decirle a un compañero “me siento como si fuese a morir”. Twyman, sentado una fila delante, veía como su compañero apenas podía respirar, mientras la sangre le salía por la boca y los oídos. Los ojos de Maurice se habían vuelto blancos, la fiebre le aumentaba y fue tumbado en el pasillo del avión con una máscara de oxígeno, mientras se decidía si continuar el vuelo o regresar a Detroit. Maurice Podoloff, Comisionado de la NBA, y Les Harrison, dueño de los Royals, decidieron continuar el trayecto, avisando por radio a los equipos de emergencia.

Cuando el avión aterrizó, varios compañeros bajaron a Maurice del avión en medio de la lluvia y una ambulancia lo trasladó al hospital más cercano donde estuvo en coma varias semanas. Allí le fue diagnosticado encefalopatía post-traumática, una lesión cerebral que dañó su cuerpo hasta el punto de dejarlo inmóvil desde el cuello hacia abajo y sin poder articular palabra. Esa misma noche, los Pistons derrotaban 124-104 a unos Royals diezmados, por lo que la temporada concluía y la gran mayoría de los jugadores regresaban a sus hogares. Todos excepto Twyman. Era imposible trasladar a Maurice a Pittsburgh donde sus padres residían y las facturas del hospital y la rehabilitación pronto tendrían que ser pagadas. En una época donde no existía ningún tipo de seguro para un jugador de baloncesto (la mayoría de ellos necesitaba de un trabajo extra para salir adelante), Twyman decidió dar un paso al frente y hacerse cargo de la situación, convirtiéndose en el tutor legal de Maurice. “Las cosas tenían que hacerse de manera inmediata”, aseguraba Twyman, “y nadie más estaba allí para hacerlas”. Básicamente, él adoptó a Maurice. “Imagínate ser uno de los mejores atletas un sábado y el domingo siguiente entras en coma y te despiertas con todo tu cuerpo paralizado, excepto los ojos y el cerebro. ¿Puedes imaginarte algo peor?”.

Twyman se hizo cargo de los escasos 9.000 dólares que Stokes acumulaba en su cuenta bancaria y empezó a moverse en busca de ayudas y fondos que costeasen el tratamiento de Maurice, mientras le visitaba diariamente para estar a su lado en las duras horas de rehabilitación, rompiendo todas las barreras económicas y los prejuicios racistas propios de aquella época. Él cambió el destino de su amigo y, de no haber dedicado su tiempo de forma desinteresada, los últimos 12 años de la vida de Maurice hubiesen sido muy diferentes. Así, antes de que la rehabilitación permitiese a Maurice articular de nuevo algunas palabras, Twyman le enseñó a comunicarse con él guiñando sus ojos cuando pasaba su dedo por encima de la letra que él quería decir. Todo ello mientras cuidaba de su mujer, sus cuatro hijos y trabajaba como vendedor de seguros una vez acabada la temporada. Pero su mayor logro fue crear una Fundación en su honor y organizar un partido benéfico anual con los mejores jugadores del momento para recaudar fondos.

Maurice Stokes

Así fue como en el otoño de 1958, mientras los Royals estaban en Nueva York, Twyman contactó con Milton Kutsher, propietario de un lujoso hotel en las afueras de la ciudad, para proponerle organizar allí un partido benéfico. Kutsher era un apasionado del deporte, de hecho había dado empleo en su complejo hotelero a jugadores universitarios, entre ellos Wilt Chamberlain, y aceptó la propuesta de inmediato. Twyman empezó a moverse, tratando de encontrar un mínimo de 10 jugadores para poder disputar el partido. En agosto del año siguiente, más de 60 jugadores se presentaron, los mejores de la liga, algo que sucedería año tras año. Chamberlain, Russell, Baylor, Robertson, Schayes, Havlicek, todos ellos competían en una pequeña cancha de asfalto al aire libre y con el público abarrotando los límites de la pista. Todos los jugadores corrieron con sus gastos, incluso Wilt Chamberlain quien pagó de su bolsillo el viaje de ida y vuelta desde París, ya que se encontraba allí de gira con los Globetrotters. “Todos sentían un vínculo con Maurice”, declaraba Oscar Robertson, “todo lo contrario a lo que vemos hoy en día, con los jugadores volando en sus aviones privados, durmiendo en las mejores suites y comiendo cada uno por separado”. A lo largo de los años, estos partidos benéficos recaudaron cerca de 750.000 dólares, algo que pudiese parecer suficiente, pero no para Twyman quien celebraba conferencias, entrevistas en la radio o actos en Navidades para conseguir algo más.

Mientras tanto, Maurice trabajaba muy duro en su rehabilitación, empezando a dar pequeños pasos ayudado por los enfermeros o apoyado en barras, además de articular pequeños sonidos al hablar. Empleaba nueve horas al día mientras Twyman se sentaba al lado de su cama, la mayoría de las veces solo, otras acompañado por su esposa y otras por sus compañeros de equipo o rivales de paso por Cincinnati. Cuando Stokes empezó a mover sus dedos, se encargaba de hacer pequeñas manualidades como ceniceros o vasos que luego regalaba a todos aquellos que le visitaban. Su esfuerzo diario y su actitud positiva inspiraba a todos aquellos que trabajaban con él o le visitaban, recibiendo centenares de cartas dándole las gracias por su ejemplo. “Cuando tenía un mal día o hacía un mal partido iba a ver a Maurice”, decía Twyman, “y él siempre se encargaba de animarme. Inspiraba a otras personas”. Cuando la rehabilitación seguía su curso, Maurice empezó a pintar pequeños dibujos y tecleaba una máquina de escribir que le pusieron junto a la cama. Le llevó como unas tres semanas redactar su primera nota, en la que ponía “Querido Jack, ¿cómo puedo darte las gracias por todo lo que has hecho?”. Los progresos permitieron a Maurice cenar en casa de Twyman varias veces al mes y en 1965 pudo viajar para asistir por primera vez a su partido benéfico anual. Junto a la cancha de asfalto, en su silla de ruedas y con una gran sonrisa, pudo ver como todos los jugadores se acercaban para saludarle y fotografiarse con él.

Sin embargo, un ataque al corazón sorprendió a Maurice en 1970 y, al cabo de seis días, falleció. Tenía solo 36 años. Con Twyman fuera de la ciudad, el hospital esperó su regreso para que pudiese despedirse de su amigo. Fue enterrado en St. Francis, cuyo pabellón donde dejó tantos récords lleva desde entonces su nombre. Tres años después su historia fue llevada a la gran pantalla bajo el título de “Maurie”. Bobby Wanzer, quien fue compañero y entrenador suyo, recordaba que “si las cosas hubiesen salido de manera diferente, Maurice hubiese sido uno de los 10 mejores jugadores de todos los tiempos”. Entre las notas mecanografiadas que Maurice conservaba, destacaba una en la que decía “Cuando el Sol aparece por el horizonte, es la señal de que empieza un nuevo día. La belleza que el Sol crea, es algo que no se puede describir con palabras. Para mí, una de las mayores satisfacciones de vivir en el campo es que puedes ver la belleza real del Sol, sin la obstrucción del humo”.

Twyman continuó su carrera hasta 1966, siendo seis veces All-Star y dos veces miembro del Segundo Mejor Equipo de la NBA. Años más tarde, en 1983, entraría a formar parte del Hall of Fame. En 2006 le diagnosticaron leucemia, falleciendo en 2012. Esa misma temporada, la NBA empezaría a otorgar el galardón que lleva su nombre y el de Maurice como premio al mejor compañero del año. En 2004, cuando Maurice fue elegido miembro del Hall of Fame, fue él quien se encargó de recoger el galardón y pronunciar el discurso en su honor. “Me beneficié mucho más por estar junto a Maurice de lo que él pudo beneficiarse por estar junto a mí. Aprendes muy rápido lo que es importante y lo que no lo es. Ese es el legado de Maurice a mi familia. En 12 años nunca le vi deprimido o enfadado. Nunca preguntó ¿Por qué yo? o ¿Cómo me pasó esto? Miraba hacia delante cada nuevo día. Fue una increíble persona y una gran oportunidad para mí estar junto a él y ver de lo que estaba hecho. Inspiró a todo el mundo que le conoció. Por cualquier cosa que hice por Maurice, yo recibí el doble. Enhorabuena grandullón, lo conseguiste”.