El humo había invadido sin piedad aquel tugurio de Indiana, repleto de camioneros y granjeros que apuraban los últimos sorbos de su copa antes de regresar a casa tras demasiadas horas de trabajo. La música folk y las paredes amarillentas servían como telón de fondo a inacabables discusiones sobre los Indians, acompañados de cutres brindis culminados con licor barato. De aquel cuadro parecían escapar dos tipos con trajes caros, que lanzaban un eterno somniloquio a un chico desgarbado, con el pelo rubio y ensortijado, que disimulaba fatal su intento de prestar atención a aquellos hombres.

No fue hasta el cuarto botellín de Heineken cuando el muchacho logró esbozar una tímida y forzada sonrisa, justo antes de lanzar una advertencia que caería como un mazazo sobre sus dos interlocutores.

– Mi madre quiere que acabe la universidad.

Siete palabras y una voz profunda y serena, aparentemente incompatible con aquel chico de apenas veinte años. Bob “Slick” Leonard se quedó durante unos segundos sin palabras, como si le hubieran lanzado un directo a la mandíbula. Y eso era algo muy extraño en él. Leonard era una referencia en Indiana, el estado en el que el baloncesto alcanza la categoría de religión. Y Bob era su profeta. Entrenador y manager de los Pacers, había sido uno de los principales responsables de que el equipo acabara en la NBA tras su paso por la ABA. También era un mito viviente de los Hoosiers, a los que había llevado como jugador al título de 1954. Y a aquel demonio de pelo rubio parecía no importarle.

– Mira, Larry, piénsatelo. Queremos que juegues con nosotros, vas a ser importante…

Bird levantó su mirada y clavó sus ojos directamente contra los de Leonard.

– … Y te pagaremos bien. No sé cuánto, pero un buen sueldo para un novato. Si te comprometes ahora, claro.

Bird bajó de nuevo la vista hasta encontrarse con su Heineken. Ya había escuchado de sobra a aquel tipo, y su tono a la hora de hablar de dinero no le convenció. No saldría de la universidad por una media promesa. Además, los rumores de que los Pacers estaban sin blanca tras pagar una considerable cantidad para entrar en la NBA desde la ABA eran de dominio público, y el joven no lo obviaba. Se despidió de Slick tan fríamente que el viejo supo que había fracasado aquella misma noche, así que no esperó la respuesta del alero. A los pocos días, traspasaría su elección de draft a cambio de Johnny Davis, uno de los pilares de la efímera Blazermania del setenta y siete.

***

– Debes estar de broma, Red. ¿Vas a tirar así tu número seis?

Red arrojó una media sonrisa, y como un resorte se palpó el interior de la chaqueta, en busca de su mechero, en lo que era el comienzo del ritual habitual antes de impartir una de sus lecciones. Buscar su mechero de la marca Dupont con acabados en plata, y encender uno de esos maravillosos puros. Como llevaba haciendo años.

– De broma nada, Billy. Ese chaval sabe jugar a esto. Tiene tiro, tiene pase. Y tiene carácter.

Billy Cunningham, el entrenador de los Sixers, contuvo la respuesta durante unos segundos. Conocía desde hacía años al viejo Red Auerbach, y sabía que discutir con él era una guerra perdida de antemano. Pero también se conocía a sí mismo, y no pudo reprimirse. Tampoco lo intentó demasiado.

– Pero Red.. No va a jugar con vosotros en todo el año, y bien que lo sabes. Se te va a echar la prensa encima.

– Que le jodan a la prensa, Billy. No sabes lo corto que puede ser un año.

Red Auerbach y los Boston Celtics escogerían a Lawrence Joe Bird con el número seis del draft de la NBA el 9 de junio de 1978.

***

Casi cuarenta años después puede parecer muy sencillo escoger a Larry Bird en una de las primeras posiciones del draft. Es más, viendo alguno de los nombre que preceden su elección –qué demonios, viendo cualquier nombre- da la impresión de que Red Auerbach era el único Manager General con ojos de toda la NBA.

Pero no es así.

Bird ofrecía algunas dudas. La primera y más evidente, cómo iba a soportar la presión de competir al máximo nivel tras su espantada de Indiana. La segunda era una consecuencia de esta. El alero batía récords de anotación en la NCAA, pero sin embargo lo hacía en una universidad minúscula, de la que apenas se sabía nada. Recuerda que estamos en 1978 e Internet es sólo un proyecto militar. La tercera era un prejuicio que en la NBA se cumple demasiado a menudo. Estamos hablando de un jugador blanco, no demasiado rápido, con poco salto y menos músculo. Célebre es la frase de su compañero Cedric Maxwell en la que reconoce que no le impresionó nada en un primer momento: “Otra esperanza blanca más”.

Y cuarta, la más importante. Bird no llegaría a la NBA de inmediato, habría que esperar todo un año. El jugador, que había huido despavorido en su año rookie en Indiana del enorme campus y de la personalidad de Bobby Knight, quería graduarse en la pequeña Universidad de Indiana State tal y como había prometido a su madre Georgia, lo que significaría un quinto año adicional. Este problema lo convirtió Auerbach en un atajo para asegurarse al jugador –posteriormente esta posibilidad sería cercenada por la NBA- ante la pasividad del resto de managers generales, que quedaron retratados, una vez más, por la astucia del director de operaciones de los Celtics.

Foto: NBA

No obstante, y como en otras ocasiones en la carrera de Auerbach, la suerte estuvo de su lado, y no sólo porque ni él esperaba que Bird se convirtiera en el jugador que iba a ser –Auerbach ha reconocido que sabía que era un gran tirador, pero no tenía ni idea de su capacidad de rebote y sacrificio- sino porque una lesión estuvo a punto de dejar a Larry sin llegar ni siquiera a la NBA.

Era el verano de 1979 y la futura estrella hacía caso omiso de las llamadas de Auerbach para que se incorporase con los Celtics durante los últimas semanas de aquel nefasto año verde de 1979. La Universidad se acababa, y las chicas, el alcohol y las fiestas del campus no estarían allí para siempre. Los Celtics sí. Durante un partido de softball, Bird, que como luego haría en las pistas de la NBA durante más de una década, no dejaba prisioneros ni daba un balón por perdido, chocó contra un rival, quedando su mano en una mala posición. Cuando bajó la vista, lo que vio casi le hace vomitar: su dedo índice había adquirido una forma imposible, retorciéndose sobre sí mismo. Larry entró en pánico, y apenas lo dudó: lo ocultaría a los Celtics mientras todo volvía a su cauce.

Los días pasaron y Bird dejó de verse tan a menudo por el campus, incluso durante las negociaciones para su contrato, Auerbach le notó excepcionalmente tenso. La táctica, por cierto, debió funcionarle de maravilla, ya que obtuvo de los Celtics un contrato récord para un novato.
Esa lesión, que no fue revelada hasta mucho tiempo después, hizo que Bird cambiará incluso su forma de lanzar a canasta, algo que puede observarse si se compara vídeos del jugador durante su época universitaria con los de su primer año como profesional.
Esa silenciosa mutación también fue de las pocas cosas que se le escapó al Auerbach, que fantaseaba con lo que estaba por llegar. Él ya tenía a su esperanza blanca y los ochenta por delante. Y nada más importaba.

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