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Costa a costa

La sorpresa más grande jamás contada

zhahihd@yahoo.es'

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Érase una vez un ogro grande, grande, grande hasta el cielo que se llamaba Ralph, se apellidaba Sampson y vivía en una hermosa universidad llamada Virginia. Su omnímodo (qué rayos significará omnímodo) poder había quedado bien patente tras haber sido proclamado sin discusión jugador del año en las dos temporadas precedentes, y aún más patente habría de quedar en aquella 1982/1983 dado que sus Cavaliers virginianos eran considerados los favoritos indiscutibles para alzarse con el título desde su privilegiado número 1 de la nación. Cuentan que aquel inmenso ogro lo tenía todo, que poseía la fama, el futuro, el respeto de sus enemigos y la devota admiración de sus gentes, todo lo que podía tener, todo excepto riqueza porque así lo impedían las estrictas normas del reino NCAA pero ello a nadie importaba, todos sabían que esa riqueza habría de llegar a espuertas en cuanto accediera al reino NBA en apenas unos meses. Nadie osaba desafiarle, nadie osaba enfrentarse a él, nadie osaba mirarle siquiera a los ojos entre otras cosas porque estaban tan arriba que quedaban fuera del alcance de cualquiera que cometiera el atrevimiento de intentarlo.

Y érase una vez un equipo pequeño, pequeño, pequeño, sito en una no menos pequeña universidad ubicada casi en los confines de la Tierra, en el remoto a la par que paradisiaco archipiélago de las islas Hawaii. Aquella universidad no es ya que no sonara sino que casi ni la conocían en su casa siquiera, no estaba entre los cientos de universidades que componen la sacrosanta Primera División de la NCAA sino que formaba parte de otra extraña cosa llamada NAIA, National Association of Intercollegiate Athletics por si les queda la curiosidad. Aquella ínfima universidad por no tener casi no tenía ni nombre de universidad siquiera, su denominación más bien sonaba a colegio mayor o a juego de química para niños: Chaminade.

Cuenta la leyenda que en aquellas postrimerías de 1982 la incomparable e inmarcesible (qué rayos significará inmarcesible) Virginia decidió recorrer esos mismos confines de la Tierra para que incluso en los lugares más remotos pudieran apreciar las dimensiones de su grandeza. Cuentan que llegaron a Japón (que está muy lejos Japón) y allí ganaron a las universidades de Utah y Houston (otra de las grandes, con Olajuwon, Drexler y demás miembros de aquel mítico Phi Slama Jama), victorias ambas de muchísimo mérito ya que no pudieron contar con su ogro Ralph que se hubo de quedar en el hotel aquejado de achaques varios. Y cuentan que en su camino de vuelta a casa hicieron escala en Hawaii con la sana intención de enfrentarse al más prestigioso college local antes de regresar para las minivacaciones navideñas, pero que aquellos Rainbow Warriors de la Hawaii University no estuvieron por la labor y hubieron de conformarse (a ver qué iban a hacer, si al fin y al cabo ya estaban allí) con vérselas con ese otro centro de segunda o tercera fila del que jamás habían oído hablar, ése que apenas tenía siete años de historia y novecientos estudiantes censados, ése que ni sabían muy bien dónde estaba ni cómo se llamaba, Chami…¿qué?

Ralph Sampson

Lo has adivinado, esta imagen no tiene nada que ver con aquel partido Foto: uvamagazine.org

Cuenta la leyenda (y por eso precisamente es leyenda) que aquel 23 de diciembre casi nadie vio aquel partido. Que no se televisó ni en directo ni en diferido ni en enlatado ni en nada que se le pareciera, que hoy los confines de la Tierra están a un clic pero en aquel entonces estaban aún a miles de kilómetros, que el único testimonio gráfico que se conserva de aquel evento (más allá de alguna foto) es un vídeo de apenas dos minutos que se difundió en las noticias del día siguiente. Que apenas poco más de tres mil almas lo presenciaron en vivo, tres mil seres humanos que obviamente no lo olvidarán mientras vivan (quienes aún vivan) o mientras el señor Alzheimer se lo permita.

La leyenda incluso (como toda buena leyenda) difiere en algún aspecto fundamental: según qué fuente consultes resultará que (el ogro) Sampson llegaba aquejado de un virus estomacal o de una pulmonía, que anda que se parecen como un huevo a una castaña una cosa y la otra. Y según qué fuente consultes resultará que el partido se jugó en el Blaisdell Arena o en el Honolulu International Center, que dado que mis conocimientos de la isla en aquellos años no iban mucho más allá de algún capítulo aislado de Hawaii 5.0 (la original) no sé muy bien si son dos pabellones distintos o un mismo pabellón al que en un momento dado le cambiaron el nombre. No obstante si a alguien le pareciera fundamental verificar ese dato no tiene más que sufragarme un viaje a aquel archipiélago con todos los gastos pagados y ni que decir tiene que estaré encantado de realizar todas las averiguaciones que sean necesarias, aunque ello me suponga tener que permanecer allí durante varios meses hasta acabar de confirmarlo con exactitud. De nada.

Pero el ogro Ralph (o sea Sampson) sí iba a jugar aquel partido, bien porque ya estuviera plenamente recuperado o bien porque aún anduviera convaleciente pero su coach Terry Holland decidiera que un compromiso tan (presuntamente) fácil era la oportunidad perfecta para ir recuperando ritmo de competición. Nada que arredrara al entrenador de Chaminade Merv Lopes, que diseñó contra el ogro una sutil estrategia adelantada a su tiempo: sacarle de su casa. Encomendó a su presunto pívot de apenas dos metros pelaos Tony Randolph (que curiosamente ya conocía a Sampson por haberse enfrentado a él durante su etapa de instituto) atacarle desde fuera, lanzar tiros de media distancia que le obligaran a abandonar sus dominios para defenderle. Dicho y hecho. Claro está, si el susodicho Randolph no hubiera dado una a derechas aquella sutil estrategia habría caído en saco roto, pero como quiera que empezó enchufando seis de siete al ogro no le quedó más remedio que salir a buscarle al exterior, liberando así un inmenso territorio para que el resto de Silverswords (que así se hacían llamar los de Chaminade) pudieran penetrar a sus anchas. Spacing, lo llamamos ahora.

Cuenta la leyenda que al descanso se llegó con empate a 43, lo que llevó a Michael Wilbon a abalanzarse sobre el primer teléfono que encontró a mano (no, móviles aún no había ni se les esperaba, ni se les soñaba siquiera) y llamar de inmediato a su redacción del Washington Post. Pero antes de continuar hagamos las debidas presentaciones: Wilbon fue el único periodista del continente americano (es decir, el único periodista no hawaiano) que asistió a aquel encuentro. Y obviamente no acudió como enviado especial al mismo, sino que más bien fue un yake: había llegado a Hawaii para cubrir la participación del equipo de fútbol americano de la Universidad de Maryland en el Aloha Bowl, y ya que estaba allí decidió (en un alarde de celo profesional que siempre le agradeceremos) no tomarse la noche libre que su jefe le había ofrecido y aprovechar que el equipo (y el jugador) número 1 de la nación pasaba por la ciudad para acercarse a verlo antes de volver al continente. Quién le iba a decir que aquel (presuntamente) inocuo evento acabaría marcando su carrera.

Habíamos dejado al susodicho Wilbon llamando en el descanso a su redacción del Washington Post, para hacer lo que hoy llamaríamos upset alert: oye, que Virginia y estos otros que no sé ni quiénes son van empate a 43, que el invicto número 1 de la nación puede perder contra una panda de amigos que no conoce ni su padre, probablemente no ocurra pero por si ocurre no vayáis a imprenta todavía, que sí, que ya sé que allí es ya la una y pico de la madrugada pero por favor hacedme caso, aguantad un rato la edición, no os preocupéis que yo en cuanto acabe os llamo… Probablemente lo pidiera sin demasiada convicción, quizá ni él mismo se creyera lo que estaba diciendo tanto más cuando antes de que acabara aquella conversación se había iniciado ya la segunda mitad con un parcial de 7-0 para los Cavaliers. Pero ahí quedó su llamada para la posteridad.

Y sin embargo a ese parcial de 7-0 respondieron los Silverswords con otro idéntico para forzar el empate a 50, y así continuó la segunda mitad con la incredulidad reflejada en los rostros de los allí presentes hasta que tuvo lugar aquella jugada, la jugada, la que supuso un definitivo punto de inflexión: el base de Chaminade Mark Rodrigues le puso un fantástico alley-oop a su escolta Tim Dunham, que consiguió culminarlo por encima de aquel ogro (acaso un tanto achacoso, pero ogro al fin y al cabo) cuarenta y tantos centímetros más alto que él. Fue el despertar, fue el 64-62 a pocos minutos para el final, fue la definitiva confirmación de que algo muy grande estaba a punto de pasar. Fue la locura.

Y pasó, vaya que si pasó. Chaminade entró 2 arriba al último minuto, Virginia tuvo hasta tres tiros para empatar (no, aún no había triples) pero los falló y no le quedó más remedio que recurrir a las faltas para parar el reloj. Cualquiera en su sano juicio habría podido imaginar que a los Silverswords les temblaría el pulso en semejante trance pero contra todo pronóstico sucedió todo lo contrario, acertaron desde la línea de tiros libres, abrieron aún más la brecha, sonó finalmente la bocina con el marcador en 77-72 para el equipo local. Y cuenta la leyenda (lo cuenta Wilbon, más bien) que la catarsis fue de tal calibre que ni siquiera hubo invasión de pista como hemos visto en tantas otras ocasiones, que los aficionados se miraban unos a otros alucinados e incapaces de dar crédito a lo que acababan de presenciar, sin saber muy bien qué hacer ni cómo celebrar todo aquello. Por increíble que resulte, su inmensa alegría no fue tan grande como su estupor.

Wilbon se fue de inmediato a por Holland, el atribulado técnico de Virginia que no dudó en reconocer (demacrado el rostro, demudada la color) que aquella efectivamente era sin lugar a dudas la mayor sorpresa en toda la historia del baloncesto universitario (de hecho aún sigue siéndolo a día de hoy). Y seguidamente miró su reloj (Wilbon, me refiero), vio que en Washington eran ya más de las tres de la mañana y recordó por fin que aún tenía una llamada pendiente. Se abalanzó sobre el primer teléfono que encontró a mano temiéndose lo peor, y ni que decir tiene que sus peores temores se hicieron realidad apenas un instante después: ya era demasiado tarde, ya no había nada que hacer, ya la edición del Post estaba en la imprenta. Acababa de ser testigo de la sorpresa más grande de todos los tiempos pero ya no podría contarla, ya nadie la encontraría en su periódico (ni en ningún otro, obviamente) cuando lo abriera aquel 24 de diciembre. Wilbon se tiró de los pelos, se agarró (según confesión propia) el mayor cabreo de su vida. Un cabreo que probablemente aún le dure a día de hoy.

Ralph Sampson

Exacto, esta imagen tampoco es de aquella Navidad del 82. Foto: SI.COM

La magia de la Navidad había hecho estragos en los confines de la Tierra pero aún tardó unas cuantas horas en llegar al continente. Claro que lo peor no fue eso, lo peor fue que cuando llegó no se la creyó nadie. No fueron pocos los que al entrar a la mañana siguiente en su redacción y encontrarse el teletipo dieron por supuesto que se trataba de un error, cómo iba a haber perdido la imponente e imbatible e insuperable Virginia ante esa tal Chamiloquefuera, cómo podría ser eso posible, el resultado tendría que estar mal, habrían bailado las cifras, no sería 77-72 sino 72-77, a ver qué otra cosa podría ser. Como no fueron pocos tampoco los que se creyeron el resultado pero no el equipo, no señor, de ninguna manera, esa Virginia que al parecer había perdido ante Chamietcétera no podía ser la única e incomparable e irrepetible Virginia del ogro Ralph (rechace imitaciones), sería en todo caso otra Virginia, qué sé yo, Virginia Tech, Virginia State, Virginia Leches. Necesitaron aún unas pocas horas y unas cuantas llamadas telefónicas para confirmar que era verdad, para entender por fin lo que había pasado y procesar debidamente todo aquello: que Santa Claus, en su viaje anual desde Laponia, había preferido esta vez dar un rodeo y hacer escala en los remotos confines de la Tierra en la madrugada del 23 al 24 de diciembre de 1982.

Y colorín colorado, este cuento que no es cuento se ha acabado. Y ahora es cuando tocaría decir que todos fueron felices y comieron perdices (o más bien pavo, dadas la fechas) pero no estará de más hacer alguna matización: el ogro Ralph fue de nuevo jugador del año por tercer ídem consecutivo y pocos meses más tarde encontró por fin en el reino NBA la riqueza que aún le faltaba, y por si todo ello fuera poco hasta se unió con su viejo enemigo el ogro Akeem (aún sin hache) para juntos componer la pareja de ogros más temida que recordarse pueda sobre la faz de la Tierra. Pero esa dicha le duró apenas un lustro, lo que tardaron los achaques en adueñarse de él y así arruinar lo que quedaba de su carrera. Y en cuanto a su incomparable y ex invicta Virginia, las cosas tampoco les salieron mucho mejor en aquella temporada 1982/1983 en la que parecían predestinados a arrasar con todo: perdieron la Final de la ACC ante North Carolina State y dos semanas más tarde perdieron también en su Final Regional del Madness… justo ante esa misma North Carolina State de Jim Valvano, auténtica bestia negra que (no contenta con hacer la gracia) se alzó pocos días más tarde con el título nacional en otra de las mayores sorpresas que se recuerdan. Dado que fue a finales de marzo no parece que esta vez Santa Claus tuviera nada que ver.

Y en Chaminade tampoco es que comieran demasiadas perdices (¿habrá perdices en Hawaii?), pero al menos su victoria tuvo un par de efectos colaterales dignos de mención: el primero fue el de paralizar el avanzado proyecto de cambiar de nombre a la universidad, que iba a llamarse Saint Louis-Honolulu o simplemente Honolulu University pero que tras este partido se siguió llamando Chaminade por los siglos de los siglos para que la popularidad repentinamente adquirida por dicha denominación no cayera en saco roto. Y el segundo fue que alguien pensó en sembrar a partir de aquella semilla del baloncesto universitario que acababa de germinar en Hawaii, razón por la cual un par de años después nació el Maui Invitational Tournament, imprescindible evento anual que allá por Acción de Gracias enfrenta a la propia Chaminade (que a día de hoy ya no está en la NAIA, sino en la 2ª división NCAA) con siete de los más floridos y granados colleges de la nación. Y a veces (raras veces) hasta se da el gusto de ganar a la Texas de turno y encaramarse a semifinales, siquiera sea para confirmarnos una vez más que todo es posible. Para recordarnos una vez más aquella mágica noche del 23 de diciembre de 1982, cuando a la utopía le dio por convertirse en realidad.

Ralph Sampson

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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