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Perfiles

Shawn Kemp: el camino del depredador

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Abril de 1992. Golden State Warriors contra Seattle SuperSonics. La atmósfera que se vive en el Seattle Center Coliseum es soporífera hasta el extremo, como en una jungla recóndita en la que lo salvaje y lo claustrofóbico se mezclan a partes iguales. Más de 14.000 almas entran en trance y gritan hasta erosionar sus gargantas, deleitándose con ese morboso histerismo que se contagia deprisa. Más veloz incluso de lo que viaja un virus letal.

“¡Reeeeeeeeeeeeeign Maaaaaaaan! ¡Reeeeeeeeeeeeeeeeign Maaaaaaaan!”

Alton Lister está postrado en el suelo, abatido, impotente, como un pelele sin vida. Su cuerpo está entero, o al menos todo lo entero que podría estar, pero su espirítu ha sido despedazado con ensañamiento y alevosía. Es perfectamente consciente de que acaba de vivir su momento más humillante como profesional. Ya no hay vuelta atrás.

A metro y medio de él se sitúa su verdugo, un depredador sanguinario venido de un universo lejano, aquel donde la gravedad y la fuerza parecieran seguir otros principios físicos. Señala con sus dedos altivo, recreándose con el cuerpo del damnificado, y reclamando allí mismo lo poco que le queda de orgullo y dignidad. Para él no deja de ser otro trofeo más, de los muchos que ha ido cazando a lo largo de su todavía corta carrera, pero aquella pieza goza de un significado especial. Sobre todo a raíz de que, dos partidos antes, Lister le propinara un desafortunado puñetazo al protagonista en cuestión cuando este se preparaba para realizar un mate remontando línea de fondo. Lo pagaría caro. Muy caro.

Honor. Sangre. Caza. Los principios existenciales del Yautja. Nadie se escapa.

A finales de los años ochenta, los hermanos Jim y John Thomas crearían un archiconocido personaje de ficción que ya ha pasado a la posteridad: el Depredador. La idea era diseñar un extraterrestre cuyo leitmotiv existencial fuera viajar de planeta en planeta tratando de verse inmerso en macabros desafíos con cualquier forma de vida inteligente que poseyera atributos guerreros (entre los que, lógicamente, se encontraban algunos humanos). Esa violenta costumbre representaría una especie de rito de iniciación para los miembros más jóvenes de la especie, que para ganarse el respeto del clan, debieran conseguir un trofeo de sus víctimas. Posteriormente, y gracias a la ayuda de Stan Winston y James Cameron, la extraña criatura sería llevada al cine.

Aquella velada de Playoffs de 1992 fue el rito de iniciación para un Depredador que, durante mucho tiempo, se recorrió las selvas NBA en busca de una presa que atrapar. Cada noche, sin excepción, afilaba el instinto y salía a cazar. Estableció su nido base en Seattle, tierra húmeda y lluviosa, y desde allí, se propuso martirizar al resto de la liga. Era alto, fibroso y atlético, de eterna zancada e infinita energía. Se llamaba Shawn Kemp, y esta es su historia.

Foto:NBA

Foto: NBA

El camino de Kemp comienza en el instituto Concord High School de su localidad natal, Elkhart, en el estado de Indiana. Territorio donde el baloncesto es mucho más que un deporte y cobra forma de religión. No hay un rincón de Elkhart donde el sol entrecortado del Medio Oeste americano no se pose sobre los aros de una canasta. Allí, en un municipio que ronda los 50.000 habitantes, fue donde Kemp se enfrentó por primera vez a las demandas del clan.

Ya desde su año junior se agolpaban largas colas de aficionados a las puertas del humilde gimnasio de Concord, solo para verle a él. La marabunta social acudía al estadio motivada por esa manera única que tenía de moverse en cancha. Era como si le brotara de dentro un salvajismo incontrolable de naturaleza puramente animal. Una condición que se acentuaba exponencialmente cada vez que realizaba un mate, la expresión máxima de su dominio. Los mates de Kemp no eran mates normales, ni siquiera si se comparaban con los que ejecutaban los grandes artistas de la escala profesional. Sus finalizaciones eran expresiones de furia contenida, de una rabia tan poderosa que quemaba por dentro, y que por tanto, debía ser liberada. Kemp era un caníbal del aro, tal vez el mayor que se ha visto, porque lejos de tratarlos con delicadeza, los desmenuzaba y martilleaba convirtiendo cada acción en un festival de baloncesto gore. Despojos quebrados, hechos trizas, como los soldados de las fuerzas especiales que comandaba el mayor Alan “Dutch” Schaefer (Arnold  Schwarzenegger) en la selva de Centro América. Baloncesto no apto para menores de edad.

Y, sin embargo, eran adolescentes la mayoría de las personas que poblaban el gimnasio de Concord. Una noche, y según testimonio de un primo suyo que acudió presto a verle jugar, Kemp realizó un mate con tanta fuerza que provocó una minúscula descarga eléctrica en los alrededores del aro. Una historia recogida por el prestigioso diario deportivo Sports Illustrated en 1989, y que si no fuera por el individuo que la protagoniza, solo hubiera despertado risa e incredulidad. Pero así era el día a día de su existencia en Concord: contraataques fulgurantes coronados por mates suicidas, que le causaban cortes, arañazos y quemaduras en brazos y muñecas. Todo merecía la pena por entretener y gozar practicando su deporte favorito. La afición, como no podía ser de otra manera, se beneficiaba de aquel privilegiado espectáculo, sabedora de que estaban ante un talento de clara proyección NBA.

No obstante, no todo iba a ser un camino de rosas para el imberbe Kemp. Más bien al contrario, ya desde temprana edad se vería obligado a enfrentarse y superar una serie de duros obstáculos que llegaron a poner en jaque su carrera. El primero, y casi más importante de ellos, siempre fue el académico. Tras apalabrar con Kentucky su futuro reclutamiento universitario, y después de levantar el rencor local por haber elegido a los Wildcats por delante de los competitivos Hoosiers de Indiana, Kemp no alcanzaría la nota mínima exigida por la NCAA en el SAT (Scholastic Aptitude Test), una especie de prueba de conocimiento general que se antojaba fundamental para poder ingresar en el siempre controvertido baloncesto colegial. Dicho incidente tendría una repercusión mayúscula: uno de los talentos baloncestísticos más extraordinarios del país no podría, según la normativa, disputar un solo minuto oficial en su año freshman. Un jarro de agua fría para su familia, para toda la comunidad de Elkhart, y por supuesto, también para él.

Impedido para el baloncesto, frustrado y distraído, Kemp no supo o no quiso adaptarse a la vida en el campus de Lexington. Inexperto y por hacer, demasiado inmaduro para tomar las decisiones adecuadas, parecía que sus prioridades se perdían en un mar de confusión. Con el paso de los meses sus problemas extradeportivos comenzaron a amontonarse uno tras otro, llegando a agotar la paciencia de la dirección deportiva. El frágil cordón umbilical que unía al joven prodigio con su universidad se rompería para siempre a mitad de año, al descubrirse que había empeñado dos cadenas de oro robadas a Sean Sutton, compañero de vestuario y, para colmo, hijo del entrenador Eddie Sutton.

“Yo no soy un ladrón. Nunca pasé un solo día en la cárcel, y tampoco fui interrogado por la policía. Sí, empeñé aquellos colgantes y fue un error, pero no soy un ladrón”, diría Kemp.

Pero nada le podía ya salvar, ni siquiera la mediación de Dwane Casey (actual entrenador de Toronto Raptors y por aquel entonces asistente en Kentucky), uno de sus más firmes valedores. Sería expulsado inmediatamente del centro y, por vez definitiva, roto el sueño de maravillar a la grada del mastodóntico Rupp Arena con sus vibrantes mates. Lo único que pudo hacer Casey es gestionar su traslado a otra universidad, mucho menos prestigiosa, en la zona este de Texas, donde también tendría que esperar hasta su segundo año para poder debutar. Kemp, sin embargo, meditaba otros planes.

En junio de 1989 decidiría presentarse al Draft de la NBA, desafiando toda lógica y desoyendo los consejos procedentes de su mismo entorno. Al fin y al cabo, su intentona universitaria solo le había causado problemas y desengaños (algunos de ellos causados por él mismo, dicho sea de paso), así que, ¿por qué esperar? Aspiraba a ser el primer jugador desde el lejano 1975 que daba el salto directamente desde el instituto. Un riesgo potencial que siempre tuvo a Moses Malone y Darryl Dawkins como reflejo del éxito, pero que de salir mal, podía echarlo todo a perder. Además, el juego de Kemp distaba eones de lucir pulido. Carecía de la necesaria disciplina profesional, dependía en exceso de su superioridad física, y para colmo de males, hacía más de un año que no disputaba un solo partido oficial. Parecía que todo apuntaba en su contra.

Se puede entender entonces que, cuando su nombre salió elegido en la decimoséptima posición un 27 de junio de 1989, la escéptica grada congregada en el Felt Forum solo le recibiera envuelto en un manto de abucheos. Era imposible creer en un chico tan virgen, que arrastraba tantos problemas fuera de las canchas, y al que se veía como el claro exponente de todo lo malo que traían las nuevas generaciones de jóvenes afroamericanos. Too Rich, Too Young, Too Fast. 

Foto:NBA

Foto: NBA

Como era de esperar, el primer año de Kemp en la liga no fue fácil. Demasiado verde, talento a borbotones pero crudo, sin cocinar, no estaba preparado para medirse con las bestias que poblablan el universo interior NBA. De los 82 encuentros que componen la liga regular solo uno lo disputaría como titular, con una media de minutos jugados que apenas alcanzó los quince por partido. Eso sí, detalles de exuberancia atlética y bravuconería desenfadada (la misma que le había hecho famoso en Elkhart) no faltaron. Tampoco rehusó a participar en los concursos de mates de 1990 y 1991 (posteriormente también en los de 1992 y 1994), donde dejaría un agradable sabor de boca.

Tal vez el punto de inflexión para Kemp llegaría durante los dos años siguientes, con el aterrizaje en Seattle de dos perfiles que marcarían su devenir deportivo para siempre, y que sin duda trabajarían para auparle al estrellato. Primero en 1990, cuando los Sonics draftearon al genial base, Gary Payton, un hermano donde verse reflejado. Callejero, indómito y lenguaraz hasta el abrasamiento, GP compartía con Kemp la filosofía in your face, además de su gusto por el baloncesto rápido, salvaje y vertical. Segundo y quizás más importante, en 1992 con la adquisición del siempre controvertido George Karl, firmado como entrenador jefe en sustitución de K.C. Jones.

La llegada de Karl supuso una radical revolución táctica y técnica en el seno del equipo. Su gusto por el baloncesto intenso y enérgico, de asfixia física atrás y transiciones fugaces arriba, se adaptaba como un guante a las virtudes de sus jugadores, en especial de Kemp y Payton. De esta manera, los Sonics se convirtieron en uno de los equipos más imprevisiblemente atractivos de la liga. En defensa enviaban ‘traps’ constantes desde el lado débil y dobles equipos al dueño de la bola para forzar robos y pérdidas que, con inusitada frecuencia, se convertían en puntos fáciles. Verles defender era como asistir a un ejercicio de caos controlado, donde un mar de brazos revoloteaban constantemente en busca del esférico. El objetivo no era otro que minar la moral del rival, que perdía el balón a cada rato y debía asistir atónito como Seattle armaba rápido el contraataque, la mayor de las veces culminado en alley-oop de Payton a Kemp. La jugada que selló su lugar en la memoria de los noventa. La secuencia que excitó las pasiones de una generación entera. Desde tribuna de prensa narraba siempre la escena Kevin Calabro, mítica voz de los Sonics, que bautizaría a nuestro protagonista con uno de los motes más poderosamente sonoros de la historia: “Reign Man”. El hombre que reina bajo la lluvia.

Poco a poco, y a base de esfuerzo, dedicación y terroríficos mates que despertaban la admiración del más cínico, Shawn Kemp comenzó a ganarse el corazón de Seattle. Nadie quería perderse uno de los espectáculos más grandiosos de la constelación NBA, como muestra el hecho de que, en los años de mayor efervescencia, el pabellón de la ciudad esmeralda liderara los rankings de asistencia. Ni siquiera en los gloriosos últimos setenta, cuando se consiguió el único campeonato que tiene la franquicia, hubo tal conexión entre equipo y afición. En muchos sentidos, la sonicmania nació allí, con Kemp situándose en la cúspide del trono, celebrado como el mayor prodigio genético que había alumbrado nunca su posición.

“Siempre que analizo a un jugador escribo en mi libreta: ‘carece de capacidad atlética’. Luego me doy cuenta de que en realidad no soy objetivo porque estoy demasiado acostumbrado a ver a Kemp. Comparado con él, nadie es atlético”, diría Wally Walker, GM de aquellos SuperSonics.

“Podías notar cómo su energía crecía durante el partido, con cada gesto y con cada acción. Iba en aumento, en aumento, en aumento… hasta que ¡bam!, explotaba en tu cara y hacía uno de esos mates tan típicos suyos”, sentenciaría su compañero Michael Cage.

Bien es cierto que los Sonics, como experiencia colectiva, también atraversaron por duras dificultades que cerca estuvieron de echar al traste con el proyecto de Karl. Una imprevista eliminación en los Playoffs de 1994 cuando, gozando del mejor récord de la liga, cayeron en primera ronda ante los rocosos Denver Nuggets de Dikembe Mutombo. La traumática experiencia logró soflamar a un vestuario que, ya de por sí, era bastante inestable. Ya fuera Payton contra Karl, Ricky Pierce contra Payton, Karl contra Kendall Gill, o todos contra todos, lo cierto es que los encontronazos se sucedían con demasiada frecuencia. Y en medio de todas las trifulcas se situaba Kemp, criticado por no asumir el necesario liderazgo que se esperaba de una figura como la suya.

Ante tal tesitura, la gerencia deportiva aprovecharía los veranos de 1994 y 1995 para seguir apuntalando el equipo, realizando algunos sacrificios clave en pos de mejorar la química grupal. El cambio más importante llegaría con la adquisición de Hersey Hawkins, veterano escolta de sensatez y temperamento pausado, que aportaría experiencia y cordura en un vestuario tradicionalmente alterado. Por su parte, Kemp aprovecharía para someterse a duras sesiones de trabajo con el objetivo de refinar su repertorio técnico y diversificar su aportación ofensiva. Todo depredador que se precie debe contar con el mayor arsenal de armas posible, y no depender exclusivamente del combate cuerpo a cuerpo. Un tirito fiable de media distancia, una mejora en la lectura del juego, mayor disciplina atrás… elementos todos ellos que se antojaban fundamentales para alcanzar el siguiente nivel.

Foto:USA Today

Foto: Ronald C. Modra / Sports Illustrated

Y por fin, en la temporada 1995/96, tanto Kemp como los Sonics alcanzarían ese nivel reservado solo para los privilegiados. Una vez más, se alzaron con el mejor record de la Conferencia Oeste, practicando el baloncesto más atractivo y selvático de la liga; pero al margen de eso, la escuadra también había ganado en oficio y solidez. Un curso mágico que les llevaría a jugar las Finales por primera vez desde 1979 (el año del campeonato), ante unos Chicago Bulls que, por desgracia, se mostraron intratables. No obstante, aquella serie confirmaría a Kemp como el jugador más importante del plantel, y como una de las grandes superestrellas en alza. Se aproximaba cada vez más a la cúspide de su juego, y todo el mundo podía intuir que lo mejor estaba por llegar.

Pero justo cuando todo parecía marchar viento en popa, algo fallaría.

Desde hacía tiempo, el ala-pívot de Elkhart venía exigiendo una revisión al alza de su contrato que, debido a la normativa salarial, se antojaba casi imposible de realizar. Al menos esa era la justificación que ofrecía siempre la franquicia cuando aceptaba a sentarse hablar con él. Dicha narrativa quedaría terriblemente en entredicho cuando, en el verano de 1996, y tras perder la final contra Chicago, los Sonics firmaron al mediocre Jim McIlvaine, robusto pívot de Wisconsin cuyo talento siempre estuvo bajo sospecha, por la astronómica cifra de 33 millones de dólares a cobrar en siete años. Visto en retrospectiva, uno de los contratos más irracionales en la historia de la NBA. Nadie en la ciudad de Seattle pareció entender aquel extraño movimiento. Wally Walker, general manager al frente del equipo, defendería su decisión argumentando que, ante el crecimiento del temido O’Neal, y los problemas de Seattle para cerrar el rebote y defender a interiores dominantes, se hacía imprescindible fichar a un tipo como McIlvaine. Por su parte, y tras escuchar aquella diatriba tan ilógica, Kemp cerraría su puerta para siempre, y repetiría durante toda la 1996/97 que no volvería a vestir un uniforme de los Sonics en la vida.

“Creo que es evidente que el fichaje de McIlvaine irritó mucho a Shawn”, diría George Karl, que también tendría enormes diferencias con Walker.

“Aquella decisión decepcionó mucho a Shawn, y desde ese punto en adelante, fue engordando la bola de nieve…”, apostillaría certero Frank Brickowski.

En el verano de 1997, y tras un año de insufrible convivencia (marcada por los rumores de que estaba desarrollando una relación demasiado íntima con el alcohol), se le concederían sus deseos, al ser enviado a la gris Cleveland en un triple traspaso con Milwaukee que, entre otras cosas, dio con los huesos del irregular Vin Baker en Seattle. Y aunque los primeros momentos de Kemp en Cleveland estuvieron caracterizados por un crecimiento optimista en su juego, lo cierto es que el paso de los meses iría provocando un deterioro cada vez más acusado en su motivación y pasión por el baloncesto. Se le empezó a conocer más por sus escándalos fuera de las canchas (relacionados con la droga y de tipo sexual), que por lo que ofrecía dentro de las mismas . De nuevo afloraba la oscura sombra del Kemp de Kentucky, descontrolado e inmaduro, incapaz de sentar la cabeza y establecer prioridades. Esta vez era peor incluso, ya que su mítica frescura física empezaba a desvanecerse sin dejar rastro.

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Tocaría fondo al terminar el lockout de la temporada 1998/99, mucho más corta de lo habitual debido al cierre patronal. Tanto tiempo lejos de partidos, concentraciones y entrenamientos le sumergieron en una espiral total de destrucción. Un frenesí de dejadez que tuvo en la comida a su hilo conductor. Entre el verano de 1998 y enero de 1999, Shawn Kemp engordó la friolera de 15,5 kilos, presentándose al training camp de los Cleveland Cavaliers bajo un aspecto lamentable, que no casaba con un deportista profesional de su entidad. Incluso un desesperado Wayne Embry, general manager de los Cavaliers por aquel entonces, trató de encontrar solución al gigantesco problema, aunque sin éxito:

“Con el dinero que le pagábamos, lo lógico era pensar que al menos se mantendría en forma. Podría haber contratado a profesionales para que le ayudaran a hacerlo. El nutricionista de la Cleveland Clinic le diseñó una dieta, pero Shawn no tuvo la disciplina para seguirla. Incluso ofrecimos mandar un chef a su casa para que le preparara las comidas. Le dije a Shawn lo mismo que a Mel Turpin en su momento: ‘no quiero a nadie jugando en este equipo que pese más que yo’. Pero eso tampoco funcionó.”

Por puro talento seguía siendo capaz de rendir a buen nivel y cosechar unos dignos registros estadísticos, pero se echaba en falta esa chispa de su juego que le convertía en absolutamente diferencial. No era el Kemp de Seattle, aquel sanguinario depredador de película que mancillaba el honor de cualquiera que se atreviera a cortarle el paso en su camino hacia canasta. Ni lo volvería a ser.

Los últimos años de Kemp en la NBA oscilaron entre el patetismo y la indiferencia, vagando por las pistas de Portland y Orlando como una triste caricatura de sí mismo. Aquejado de múltiples problemas, se convertiría en una especie de circo mediático andante, constantemente acusado de no pasar la manutención a los múltiples vástagos que había engendrado (hasta siete con seis mujeres diferentes, aunque la rumorología apunta a cifras aún más boyantes). Esa condición de Kemp como irresponsable womanizer se convirtió en motivo de burla y socarronería para la opinión pública, que había perdido todo el respeto por una figura en su momento idolatrada. Pero lo peor no sería eso, sino su adicción al alcohol y la cocaína, explosiva combinación que le obligaría a abandonar la temporada 2000/01 antes de tiempo para ingresar en un centro de desintoxicación. Por asuntos que nada tienen que ver con lo deportivo, Kemp contribuyó directamente a alimentar la imagen matona y carcelaria encarnada por los Trail Blazers de principios de siglo.

Al término de la 2002/03, y tras años de radical declive, Kemp anunciaría su retirada definitiva del baloncesto profesional. Una decisión que, lejos de causar tristeza, provocó alivio. En el subsconciente de cualquier aficionado a la NBA permanecía vivo el Kemp de Seattle, orgulloso e imperecedero, y torturaba ver cómo el personaje que había ocupado su lugar en Portland y Seattle engullía a aquel chico (literal y figuradamente). Retirarse era la mejor opción, a pesar de que su trayectoria dejó ese regusto amargo que deja siempre el potencial desperdiciado.

“De lo único que me arrepiento es de que podía haber alargado mi carrera un poco más, y así enseñar mi talento a la gente durante el mayor tiempo posible. Pero al margen de eso, realmente no tengo nada que lamentar”, diría recientemente un Kemp más sabio y reconciliado consigo mismo.

Lo cierto es que, en los últimos años, da la sensación de que el Kemp controvertido y escandaloso al que se nos había acostumbrado durante más de una década, ha dado progresivamente paso a una figura menos mediática y mucho más silenciosa. Fuera del radar del sensacionalismo amarillista, su nombre solo ha levantado interés por causas más nobles, como cuando se le vio en la grada de los Washington Huskies asistiendo a un partido de su hijo, Shawn Kemp Jr (que actualmente forma parte de los Reno Bighorns de la D-League). Incluso en el enfrentamiento ante Oregon State compartió momentos con su antaño socio natural, Gary Payton, cuyo retoño formaba parte del equipo rival. Una bonita estampa que parecía cerrar el círculo.

Foto:NBA

Foto: NBA

Hoy en día, y mientras se aclaran los nubarrones que ensuciaron su vida, Kemp se ha convertido en un auténtico jugador de culto. Es celebrado como una de las expresiones más sinceras de la esencia noventera, el ejemplo perfecto para ilustrar un ‘revival’ nostálgico que recorre con fuerza la NBA actual. Esas históricas batidas al aro siguen inspirando a millones de personas, incluso a aquellos que no pudieron disfrutar de su maravilloso repertorio en directo, y que, gracias a internet, ahora también pueden hacerlo. Se ha intentado reencontrar en jugadores como Amare Stoudemire o Blake Griffin la mágica esencia que alimentaba a sus mates, pero siempre se llega a una misma conclusión: nada iguala al prototipo original. Al menos en ese particular aspecto. Durante mucho tiempo, tal vez para siempre, Shawn Kemp se seguirá manteniendo como un jugador único, visualmente cautivador, y en algunos sentidos hasta revolucionario.

Un auténtico regalo de la genética.

Cuenta la leyenda que, en lo alto del Space Needle de Seattle, esconde su guarida un depredador de otro mundo. Desde el skyline esmeralda divisa todos los movimientos de la ciudad en busca de su próxima presa. Se desconoce su nombre u origen. Solo un apodo en clave que discurre como un tenebroso eco por los callejones de la urbe: Reign Man… Reign Man… Reign Man. Esta noche hay partido y ya puede olfatear la sangre.

Que comience la caza.

 

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Análisis

Elfrid Payton: El regreso a casa

A menudo, los cambios de look no sólo entrañan un cambio físico, sino también emocional. Payton, a diferencia de Sansón, se cortó el matojo de pelo como símbolo de madurez y fuerza.

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Prácticamente todo el mundo hemos pasado por esa etapa de jóvenes, cuando hacemos cosas solo porque no es lo que se supone que tenemos que hacer. Un jugador de baloncesto profesional no debería tener el pelo golpeándole y cubriéndole la cara constantemente, pero Elfrid Payton, en la veintena, jugó más de 200 partidos en la mejor liga del planeta de esta guisa.

Durante su época en los Magic de Orlando, equipo en el que recaló después de ser traspasado por los 76ers la noche del Draft de 2014, estuvo envuelto en esa aura tan familiar con los deportistas de élite que nos hace pensar en lo que podrían llegar a ser y por un motivo desconocido no consiguen alcanzar.

Sin embargo, cuando toca volver a casa y uno ya ha crecido y madurado un poco, las formas son importantes. A mediados de mayo de 2018, como si alguien le hubiese chivado desde el futuro lo que iba a ocurrir, el base de Louisiana anunció a través de su cuenta de Instagram que por fin se había quitado el impedimento en forma de flequillo gigantesco que hasta entonces lucía.

Tras cuatro temporadas en Florida, había sido traspasado a Phoenix por apenas una segunda ronda del Draft, ya que terminaba contrato ese verano y los Magic querían sacar algún rédito por él. Allí solamente jugó 19 partidos, y sufrió la primera lesión relevante en su carrera: una tendinopatía en su rodilla izquierda. A pesar de ello, y tal vez por el ambiente distendido que reina en la franquicia desde hace ya varios años, promedió el máximo de puntos por encuentro de su carrera, 11’8, además de mejorar sustancialmente su faceta reboteadora.

Este episodio de transición en Arizona no hacía más que preparar al joven Payton para lo que tendría que afrontar en la temporada 2018/19. En la agencia libre de verano llegó la oferta que más deseaba: un hueco en la plantilla de su ciudad, donde había crecido con su madre y había visto volver a su padre, jugador profesional de fútbol americano en la liga canadiense.

En el suburbio de Gretna, New Orleans, Elfrid Payton Jr. había crecido siendo de los más pequeños del colegio y de las canchas. De complexión muy delgada, había probado varios deportes, pero en el instituto decidió que quería ir a por todas con el baloncesto. Entonces, Payton Sr. empezó a prepararlo para el camino del profesional y, según cuentan ambos en una entrevista para “The Undefeated”, el padre fue bastante duro con el hijo.

A pesar de que al salir del instituto nadie del mundo del baloncesto universitario americano se fijó especialmente en él, tuvo una oferta de la universidad de Louisiana-Lafayette para estudiar becado y así poder jugar a baloncesto en la División I, la más alta de la NCAA. En su segundo año explotó, y fue elegido en el mejor quinteto de la Conferencia Sun Belt, pero eso no era más que el principio.

La extraordinaria temporada que había cuajado lo llevó a ser seleccionado para el combinado americano Sub-19 que disputaría el mundial, y fue titular en todos y cada uno de los partidos hasta conseguir el oro, destacando junto a grandes estrellas universitarias como Aaron Gordon, Marcus Smart o Jahlil Okafor. En ese momento, como remarca su padre, “las cosas se volvieron locas”.

En el tercer año como universitario dejó unas estadísticas admirables, con más de 19 puntos por partido junto con 6 rebotes y otras 6 asistencias. El Lefty Driessel Award, premio al mejor defensor de la NCAA, completaba una carta de presentación extraordinaria que lo llevó a cerrar el top 10 de su camada de Draft.

Y después del viaje que hemos recorrido por fin volvió a su casa, pero esta vez como profesional, de la mano de los New Orleans Pelicans. Firmó un contrato con los de Louisiana por tres millones de dólares para la presente temporada, y ahora ve cada día el barrio que su familia tuvo que abandonar tras el huracán Katrina para recuperarlo después, el barrio donde creció en la ciudad en la que se siente orgulloso de jugar.

Un nuevo comienzo en casa, con un nuevo corte de pelo en una franquicia que a principio de temporada tenía un proyecto prometedor. El arranque de temporada con Anthony Davis, Nikola Mirotic, Julius Randle y Jrue Holiday a niveles extraordinarios parecía indicar que este era su año, que por fin podría disputar su primera serie de Playoffs y competir como siempre ha querido hacer, máxime en su ciudad natal.

Por desgracia, después de unos extraordinarios cinco primeros partidos, un dedo de la mano lo traicionó en la que empezó siendo su temporada de ensueño. Después de romperse el dedo, encadenó otra lesión en el tobillo derecho que ya tenía tocado, y no pudo volver a competir a pleno rendimiento hasta el mes de marzo.

El pelo despejado parecía haber despejado también las incógnitas sobre su juego. Mejoró significativamente su porcentaje de tiros libres, desde el 62% en Orlando hasta el 74% en New Orleans, y al inicio de temporada tiraba con un 42% de acierto desde el triple. Estaba redondeando su juego, y sus compañeros lo alababan como pasador y ayudante de dirección junto a Jrue Holiday.

A pesar de lidiar con las lesiones, en el mes de marzo volvió dejando una estadística para el recuerdo: consiguió cinco triples-dobles consecutivos, una marca solo al alcance de jugadores históricos como Wilt Chamberlain, Oscar Robertson y Michael Jordan, además del hombre que va a pulverizar todas las marcas en este aspecto: Russell Westbrook.

No es común que la temporada de despegue de un jugador y en la que más sufre con las lesiones coincidan, pero Elfrid Payton Jr. ha encontrado en New Orleans el hogar perfecto para su juego. Tal vez los planes de la dirección de la franquicia no pasen por mantener el bloque, sino que parecen más encaminados a empezar una reconstrucción a partir del traspaso de Anthony Davis.

No en vano se armó todo el revuelo días antes de la fecha límite de traspasos en el culebrón con Los Angeles Lakers, que al final resultó fallido. Además, Mirotic abandonó el equipo en su mejor temporada como profesional rumbo a los Milwaukee Bucks, de modo que la franquicia ya dejaba entrever sus intenciones de no ir a por todas, al menos en esta temporada. Sea como fuere, Payton espera una nueva oferta para quedarse un año más en casa y preparar de nuevo la cabeza (por dentro y por fuera, ya sin el matojo de pelo) para continuar creciendo y enorgulleciendo a la ciudad de los pelícanos.

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Objetivo Europa

Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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Objetivo Europa

Un ogro viene a verme

Un talento capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA.

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18 de enero de 1950. El frío invierno azota con fuerza al pequeño pueblo de Alano di Piave, situado en un valle en los aledaños de las Dolomitas.

Mientras los acerca de 3.000 habitantes del recóndito lugar luchan contra la resaca propia de las fiestas mayores –celebradas en torno a mediados de mes- y las bajas temperaturas, una humilde familia celebra con júbilo y regocijo el nacimiento de un nuevo miembro. Lo que nadie sabía –y ni siquiera, remotamente, imaginaban- es que aquella diminuta criatura se encargaría de poner aquella pequeña localidad de la provincia de Belluno en el mapa y de conectar, de manera inquebrantable y para siempre, el apellido ‘Meneghin’ con el mundo del baloncesto.

Una unión completamente inexistente hasta la irrupción de Dino en la legendaria Varese de la década de los 70. Tan solo la altura de sus dos ascendientes masculinos más próximos -190 centímetros de su padre que quedan difuminados por los 206 que alcanzó su bisabuelo- puede ser considerada una herencia generacional real aprovechada en el mundo de la canasta.

Tal era el nivel de desconocimiento en el seno familiar, que su madre le preguntó a un bisoño Dino “¿qué es eso del baloncesto?” cuando regresó a casa tras su primer entrenamiento con el Varese, ciudad en la que recaló con apenas ocho años por motivos laborales de su padre.

Así, el pequeño Dino completó un meteórico ascenso por las categorías inferiores del club italiano hasta que Vittorio Tracuzzi sorprendía a todos haciéndolo debutar en primera división con apenas 16 años de edad. Previamente, había sido Nico Messina el encargado de ‘rescatarlo’ de las garras de la natación y el atletismo, disciplinas en las que su profesor de educación física se empeñó en introducirlo obviando su destacada altura.

Pese a estar catalogado como un diamante en bruto y una de las mayores promesas del continente, lo que no esperaba el técnico era el gran impacto que tendría aquel imberbe chaval en el baloncesto europeo, en el que el Varese comenzaba a despuntar con dos títulos de liga y una Recopa de Europa, en una antesala del insultante dominio que implantarían en la siguiente década.

Dino Meneghin

Los irrepetibles años setenta

Después de varios años de adaptación en los que fue ganando peso en la plantilla de forma paulatina, los años 70 dieron comienzo con Dino Meneghin completamente asentado en el quinteto inicial con apenas 20 años de edad y un triplete histórico adornado con la primera Copa de Europa.

Un pívot muy físico, duro y belicoso, pero con un talento tan desorbitado que fue capaz de romper una barrera infranqueable hasta entonces: el de la NBA. Aunque nunca llegó a jugar en la mejor liga de baloncesto del mundo, Meneghin se convirtió en el segundo jugador procedente de una liga europea cuyo nombre aparecía en una ceremonia del Draft (1970) después de ser escogido en la undécima ronda por Atlanta Hawks. Curiosamente, Manuel Raga, jugador mexicano y compañero de Meneghin en el Varese, sería elegido una ronda antes por la propia franquicia de Georgia.

Sin embargo, nunca recibiría la llamada del General Manager de los Hawks –Dino se enteraría de su selección en el Draft por los periódicos- y enterró la posibilidad de una NBA que, por aquel entonces, era “otro mundo”, inaccesible para el jugador europeo.

Un callejón sin salida que llevó a Meneghin a continuar en el Viejo Continente y cruzar una puerta que lo convertiría en uno de los mejores jugadores de Europa de todos los tiempos. La final ganada de 1970 dio paso a una década gloriosa en la que el Ignis Varese de Ossola, Zanatta, Raga, Rusconi, Meneghin y compañía alcanzó la gran final de la Copa Europa en todas y cada una de sus ediciones. Un total de cinco campeonatos en diez finales, con duelos legendarios ante el Real Madrid de Corbalán, Brabender y Lluyk y el CSKA de Gomelsky.

El dominio continental también tenía su equivalente en la Lega A, competición que conquistó en seis ocasiones a lo largo de la década, amén de tres copas de Italia de manera casi consecutiva.

Nueva década, nueva vida en Milán

Pero como todo en esta vida, aquel glorioso matrimonio entre Varese y Meneghin llegó a su fin en 1980, cuando el astro italiano se mudó a la ciudad transalpina para fichar por el Olimpia Milano, después de tres finales consecutivas de Copa de Europa perdidas ante Maccabi, Real Madrid y K.K.Bosna, respectivamente.

El Varese se despedía de su hegemonía europea, mientras que Dino aterrizaba en Milán en uno de los mejores momentos de su carrera tras ser elegir Mejor Jugador Europeo del Año y liderar a la selección de Italia a una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Moscú, en una final en la que serían derrotados por la potente Yugoslavia de Cosic, Slavnic, Dalipagic, Delibasic y Kikanovic, un combinado que acabaría la competición con un inmaculado 8-0 en su haber.

En la urbe italiana, Meneghin prolongaría su leyenda y su consecución masiva de títulos y galardones. Junto a Mike D’Antoni, actual entrenador de Houston Rockets, ‘el ogro’ conquistaría cinco títulos ligueros más, amén de dos copas de Italia, una Copa Korac y, principalmente, dos Copas de Europa de forma consecutiva (1987 y 1988) ante idéntico rival, el Maccabi, para terminar de poner el broche de oro a un palmarés de ensueño. De hecho, los siete entorchados europeos de Dino suponen el tope histórico para un jugador, como lo son los doce títulos de Bill Russell con los Celtics. Tan solo Zeljko Obradovic posee más títulos que el italiano.

El campeonato liguero de 1989 supuso el último título de Meneghin, aunque no sería hasta 1994, con 44 años y después de haber compartido cancha con su propio hijo, Andrea, cuando el astro colgó sus botas tras más de 1.000 partidos a sus espaldas entre clubes y selección y más de 30 títulos en su haber.

Dino Meneghin. Una leyenda irrepetible. Magia, calidad, fortaleza, ímpetu y espíritu ganador. Querido por sus compañeros de equipo y temido por sus rivales. Un jugador que elevó el baloncesto europeo a un nivel superior.

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SKYHOOK #16

 

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