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Opinión

Hijos de Caín

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Al igual que la canción de Barón Rojo que da nombre a este humilde intenso de ensayo, hoy arrojamos luz sobre una de las estirpes más maltratadas en el ámbito deportivo español, el aficionado al baloncesto. “Perseguido por quebrantar una ley, que no entiende y que no cuenta con él” es una de las frases de la mencionada canción que mejor refleja lo que he sentido en primera persona, desde que comencé a amar este bello deporte.

Quiero dejar claro que cualquier analogía o paralelismo entre deporte y política que podáis encontrar en el texto es una mera coincidencia sin intencionalidad alguna.

Los años 80 fueron el marco perfecto para que se gestase mi idilio con el deporte de la cesta de melocotones a diez pies de altura. Larry Bird, Magic Johnson, Abdul-Jabbar, Michael Jordan, los “Bad Boys” y un largo etcétera de baloncestistas fueron nuestros celestinos de lujo, pero nuestro amor, al igual que el de Romeo y Julieta, iba a tener por delante más impedimentos que una licencia de obra del ayuntamiento.

En cuanto a la televisión se refiere, solo había un efímero momento de la semana en el que podía disfrutar de aquel fascinante deporte que provenía del otro lado del charco. Era una retransmisión que ofrecía La 2 (por aquel entonces la segunda cadena de toda la vida) en un maravilloso programa que se llamaba “Cerca de las Estrellas” y que contaba con el maestro Ramón Trecet. En el programa solían retransmitir un partido pero no podríamos decir que era en diferido, más bien era en caducado, pues el partido podía tener varios días o incluso semanas. Realmente me daba igual, hubiese visto partidos de la temporada anterior con tal de posar mi vista en aquel baloncesto trepidante y espectacular, que sólo se parecía al que se jugaba en España porque la pelota de ambos era naranja. También nos obsequiaban con atractivos highlights y las mejores jugadas de vete tú a saber qué semana, que hacían las delicias de todos los que madrugábamos las mañanas del sábado para verlo.

Me hubiese gustado muchísimo poder ver más baloncesto NBA, pero la férrea dictadura deportiva en la que se encontraba inmerso el país tenía otros planes. Prensa y televisión concedían al “deporte rey” la casi totalidad de espacios deportivos del panorama mediático español. Hablamos por supuesto del maldito fútbol, un rey que nos fue impuesto de antaño sin ni siquiera preguntarnos si lo queríamos, un rey sin corona que monopolizaba todo nuestro entorno diario, desde el patio del colegio hasta el salón de mi casa, un rey desalmado que ejercía una monarquía demasiado autoritaria para el supuesto entorno de libertad deportiva que nos querían vender. Más que rey era un señor feudal que nos permitía subsistir alimentándonos de las migajas que él no consumía. El rey era intocable porque movía a las masas y producía dinero. La dictadura encubierta gobernaba en la sombra detrás de aquel injusto reinado.

Es muy duro pensar que en aquellos tiempos era mucho más fácil ver a un hombre matando a un toro, que un partido de la NBA.

Entonces comencé a entender lo dura que sería mi vida como aficionado al baloncesto, pues la propia sociedad española, totalmente intoxicada por el balompié, comenzaba a discriminarme por ser fiel seguidor de un deporte “minoritario” no demasiado aceptado por el pueblo, pese a la reciente gesta de la selección española en los JJ.OO. de Los Ángeles 84, donde se consiguió la plata midiéndose a los Estados Unidos en la final. Si dicha hazaña hubiese tenido lugar en cualquier otro país desarrollado, hubiese supuesto una revolución deportiva y social sin precedentes.  Dicha revolución hubiese cambiado la mentalidad de los jóvenes, motivándoles a querer ser como sus nuevos ídolos Epi, Corbalán, Solozábal o Fernando Martín, pero la alargada sombra del deporte de las patadas pronto difuminó el logro español, y la prensa deportiva afín al sistema no tardó ni dos días en volver a contaminar el ambiente, rellenando el 95% de sus páginas con contenido futbolístico para así distraer la atención de un pueblo que amenazaba con interesarse por otro deporte. Ahí reside la base de mi teoría sobre “La generación perdida” que otro día os contaré, porque corro peligro de salirme totalmente del hilo de la cuestión.

Foto: YouTube

Con la década de los noventa llegó a España algo parecido a una transición, y de nuevo unos JJ.OO. iban a tener un papel protagonista. En los inicios del acontecimiento social que supuso la aparición de tres canales más de televisión, para completar un total de cinco (cuatro y medio si no pagabas el de las rayitas), aterrizaban en España los Juegos de Barcelona 92, y con ellos la mayor diversidad deportiva vista hasta la fecha en el país. El españolito medio comenzó a descubrir que había vida después de la portería, y surgieron intereses varios por otros deportes menos conocidos por aquel entonces; pero había una circunstancia deportiva que brillaba con luz propia por encima de las demás: el “Dream Team”.

El impacto global que generaba la presencia del mejor equipo de la historia  en nuestro país hizo que muchas nuevas miradas se fijasen en el baloncesto, pues aunque no te gustase demasiado dicho deporte, parecía cosa de juzgado de guardia tener en casa a Jordan, Magic y compañía y no echarles un ojo cuanto menos. No tardó en darse la circunstancia de ver a gente a la que nunca antes oí hablar de baloncesto, preguntarme cosas como si había visto el mate de Barkley, el tapón de Robinson o el brazo de Malone. Había pasado muy poco tiempo y la gente se había implicado al 200% con el equipo americano, no tardando mucho en surgir las figura de los “expertos repentinos” y de los “nuevos fans acérrimos” (al más puro estilo de los nuevo fans de los Warriors), como si fuese un pecado confesar que te gustaba el baloncesto desde hacía días. El caso era que parecía que el básquet había llegado para quedarse y parecía que el “cuñadismo” también.

Los juegos terminaron, los americanos se alzaron con su más que merecida medalla de oro, dejando para la posteridad un legado que trascendía más allá de la victoria en sí, habían presentado la NBA al mundo y el mundo estaba encantado.

Después del impulso mediático que supuso el Dream Team para el baloncesto NBA en España, solo podían llegar tiempos mejores, o al menos eso me repetía yo mientras miraba durante horas el entrañable teletexto a la espera de que un sencillo cambio de un número me dijese quién había ganado las Finales Bulls – Suns de 1993. Aquella era la máxima emoción que podía experimentar en vivo sobre el deporte que me quitaba el sueño, un número en una pantalla. No pretendo faltarle al respeto al pobre teletexto, pues en aquel momento no lo hubiese cambiado por nada,  pero la verdad es que si los de la generación de hoy en día lo intentáis visualizar, os resultaría poco menos que grotesco. Los programas resumen sobre NBA comenzaron a tener más periodicidad e incluso se proyectaban dos veces por semana, pero lamentablemente era el mismo resumen puesto dos veces, sé que también parece irrisorio pero es cierto como la vida misma.

A pesar de todo, la prensa escrita había visto la luz y en el quiosco se podían encontrar joyas como la Superbasket, la Basket 16, nuestra querida Gigantes o la carísima y difícil de conseguir Revista Oficial de la NBA. Cualquier avance hacia la libertad deportiva era recibido con alegría incontrolable, y no me avergüenza decir que me enfundaba mi camiseta de Michael Jordan para ver los resúmenes, porque amaba y amo este deporte desde lo más profundo de mi ser. Había luz al final del túnel pero quedaba mucho trabajo por hacer.

La llegada del nuevo milenio vino acompañada de dos factores importantísimos que contribuyeron a la libertad de la que gozamos hoy en día. Por una parte, el lento pero aplastante avance de la red de redes facilitaba cada vez más la obtención de información. Por otro lado, una nueva generación de jugadores asombraba al mundo del baloncesto y enamoraba a otra generación paralela de jóvenes seguidores. Tim Duncan, Kevin Garnett, Kobe Bryant, Allen Iverson, Vince Carter, Tracy McGrady, Paul Pierce y un larguísimo etcétera de superestrellas hacían comprender a muchos españoles que la NBA era un deporte maravilloso y además rentable. Recordemos que para que un deporte gozase del beneplácito del régimen, tenía que ser rentable. Los artículos derivados de la NBA eran de precios prohibitivos, pero hacían las delicias de jóvenes fans que harían lo que fuera por conseguirlos en las exclusivas tiendas que los ofertaban. Una explosión de complementos deportivos americanos invadió el merchandising nacional, dándole a mi querido deporte la ayuda definitiva que necesitaba para ser relativamente importante en la sociedad española.

La red de redes siguió creciendo e hizo posible la tan ansiada paridad de oportunidades que yo añoré de niño, relegando al fútbol a una posición en la que solamente era deporte rey del que lo quisiera ver, pues el resto podíamos visionar lo que nos viniera en gana. Un rey que reinaba (pues aún es el más rentable aquí) pero que no asfixiaba a los demás. Un rey al que después de todos los años de pleitesía que le habían ofrecido, continuaba cobrando a sus súbditos por verle, pero como dice mi amigo Rubén: “A mí ese zapato no me aprieta”.

Hoy, miro a mi alrededor, y disfruto con una amplia sonrisa de toda la información de la que dispongo sobre NBA en Twitter, Facebook y demás plataformas. Mucha más información de la que puedo consumir, casi en tiempo real, algo impensable en los tiempos de oscuridad de los que provengo, en los que la sola idea de pensar en poder ver partidos todos los días hubiese sido tildada de utopía. Soy feliz porque el tiempo me ha dado la razón, me la ha dado porque nunca cesé en mi empeño de luchar por mi derecho a disfrutar de este apasionante deporte, incluso cuando todo estaba en nuestra contra. Como dice la estrofa final de la canción: “El destino no está marcado al nacer, yo he elegido ser lo que siempre seré: ¡Hijo de Caín!”.

Yo elegí mi camino igual que Caín escogió el suyo y por supuesto que jamás me arrepentiré.

¡Disfrutad de la merecida libertad, amigos!

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Opinión

Sonido Minneapolis

Jaco1978@hotmail.com'

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Puede que de primeras fuera esa impresión la de Kevin Garnett. Minneapolis no parece una ciudad atractiva. Es fácil pensar en Minnesota y que lo primero que venga a la cabeza sea Fargo. Poco entretenimiento, mucho frío, la nieve y una tonelada de horas muertas. Igual uno, que ya no es un chaval, lo sabe sobrellevar. O el mismo Garnett, pero ahora, con su edad de hoy. Sin embargo, se me antoja complicado cuando tienes apenas diecinueve años y eres natural de Carolina del Sur. Tratas de ser optimista, pensando que ya has vivido en Chicago, la ‘Windy City’, y padecido un invierno más duro del que conocías hasta entonces. Al cabo te paras, cabilas y te das cuenta de que existe otro problema: tu nueva ciudad, clima aparte, no tiene aspecto de ser muy divertida. Bueno, al menos eres profesional por fin y vas a vivir tu sueño.

Supongo que eso consuela. Vas a lo que vas y el resto es secundario. Aunque… ¿Qué pasa cuando encadenas dos noches sin partidos? Vamos, que son apenas veinte años. La videoconsola no da para tanto y además no puedes pasar todo el día encerrado entre cuatro paredes. Sales de entrenar y tienes la mañana del día siguiente libre. Así que cuando se dan las condiciones, haces cosas de un chico de tu edad. Eso sí, con ciertas restricciones. Que tampoco es cuestión de llegar a las tantas.

Y una noche cualquiera, en tu año de novato, saliendo de South Beach, tu club favorito, a una hora prudencial, ves llegar a una leyenda. No de lo que tú haces. Otro tipo de leyenda. De las grandes. Y en donde ahora resides, un dios. Te quedas paralizado, no sabes muy bien qué decirle. En realidad no sabes siquiera si dirigirte a él. A todo esto, es él quien se presenta. Te pregunta que si ya te vas y que por qué no quedarte otro rato. Suena la música en el local. La gente baila y toma copas. Tú, por el contrario, estás sentado en una mesa hablando de baloncesto con un tipo que también ama el baloncesto. Compartes tu amor por los aros y sientes que acabas conectando. Al final pasas allí el resto de la noche. Comprendes que él maneja bastante de tu deporte. Os contáis anécdotas y valoráis situaciones del juego. Seguís. Tocáis otros asuntos. La música se abre paso. Te dice que todos los viernes realiza pequeñas actuaciones (apenas unos temas) para ver la reacción del público ante composiciones inéditas. Suele comenzar a eso de las cuatro de la madrugada, buscando un toque más íntimo.

A partir de entonces, cuando el calendario te lo permite, te acercas a verlo interpretar. Eres un afortunado. Algunas de esas piezas jamás volverán a oírse. Es lo que tienen los genios. Lo que tiene Prince, el genio de Minneapolis. Pero tú has podido disfrutarlas. Y opinas al respecto. Tienes confianza suficiente. A la gente le resulta curioso verles juntos. Un joven imberbe, espigado, y un tipo bajito, inclasificable, que se acerca a la cuarentena. “The Gold Experience” se vendía como rosquillas. Prince entonces se hacía llamar “The Symbol”, seudónimo que sería utilizado desde que en 1992 sacara el álbum con el mismo título y que se mantendría vigente, como mínimo, hasta que el contrato con Warner Bros expirase. La canción “My name is Prince” ya avanzaba, en todo caso, que en un futuro volvería a su nombre real (en diciembre de 1999 concluye la vinculación con Warner e inmediatamente es recuperado). La relación es buena y lamentas no poder estar allí cada viernes.

Lo del Sonido Minneapolis no te resulta nuevo. Como tampoco te son desconocidos algunos de los principales productores del panorama musical. Jimmy Jam o Terry Lewis son ganadores de premios Grammy asociados a la música negra. A finales de los ochenta, a Janet Jackson o a New Edition y antes, a una de las bandas más influyentes de Minneapolis, Flyte Tyme, quienes colaboraron con artistas de la talla de Mary J. Blige o Michael Jackson. Lo que sí te extraña es que ninguna emisora de radio local reproduzca de manera constante la música más famosa de la que el lugar es responsable. ¿Cómo a mediados de los noventa el hip-hop y el R&B no suena aquí? ¡Pero si no cesa de crecer en todo el país! Incomprensible. Te ríes mientras niegas con la cabeza…

Total, que a Jam y a Lewis también terminas por conocerlos. Ellos te ayudan a ver la ciudad de otra manera. Que, como hemos dicho, eres solo un crío. Un valiente, eso sí. El primero que en veinte años salta al profesionalismo desde el instituto. Pero no sabías qué te ibas a encontrar. Te preocupan las calles. Te marchaste a Chicago temiendo ser un objetivo, tras ser arrestado por presunto linchamiento en segundo grado, propiciado por una pelea entre estudiantes blancos y negros en Greenville. El asunto racial es muy serio. Lo de las pandillas no te resulta ajeno y te inquieta. Ellos te ayudan a integrarte. Así que te sumerges y haces de Minneapolis tu hogar. Con su sonido. El de Prince, el de Jam, el de Lewis… Y el de Morris Day o The Time, precursores del R&B. Reflexionas acerca de cuán profundamente han contribuido los músicos de tu nueva urbe a la cultura pop. Lo disfrutas.

Foto: Sports Illustrated

En la cancha vas creciendo y tu equipo lo hace contigo. Flip Saunders te mima. Llegas a Playoffs en 1998 y el binomio que formas con Stephon Marbury copa portadas de revistas y acapara los highlights semanales. Los Sonics, más experimentados, se deshacen de vosotros en primera ronda. Te duele, pero entiendes que es parte del camino. El Target Center se despide hasta el siguiente curso, con la convicción de que lo que tiene que llegar será mejor. Se despide del baloncesto, pero no de tu otra pasión. Algunos de los más reconocidos intérpretes del panorama nacional hacen escala en tu templo. Janet Jackson está de gira tras publicar “The Velvet Rope”. Y Janet tiene un fuerte vínculo con Minneapolis. En otoño de 1985 trabajó mano a mano con Jam y Lewis. El resultado fue el álbum “Control”, uno de los más influyentes de todos los tiempos, por el que ellos obtuvieron el Grammy en su campo, y previo a “Rhythm Nation”, también fruto de la unión de los productores y la artista, que se había extendido hasta el disco que ahora era motivo del concierto. Uno de los instantes más memorables del mismo llegó cuando la propia Janet te sube al escenario para que bailes con ella. La gente se vuelve loca. Ya te has convertido en el ídolo deportivo local. Ahora te ven siendo parte de sus actos, como uno más. Te aclaman. Aclaman a Janet. ¡Qué momento!

La cultura musical en Minneapolis es algo más grande de lo que jamás hubieras imaginado. Prince era el Comandante en Jefe. Tú te habías convertido en uno de sus generales. Más adelante reconocerás que aquello te atraía, comprenderás que formaste parte de una gran ola de bonanza e intentaste dejar tu sello, aportar tu propio sabor. Venías de un pasado complicado y no mostraste miedo a mostrar tus emociones. También sabes, a ciencia cierta, que la ciudad a la que llegaste deseaba contar con alguien como tú. Eso fue una ventaja. Simplemente la aprovechaste. Aceptaste su abrazo.

Con el tiempo alcanzarás cotas impensables. Serás MVP en 2004. Llevarás a tu equipo a las finales de conferencia. Y, aunque partirás cumplida la treintena buscando ese anillo que de sobra merecías, regresarás luego para poner el punto y final a tu carrera en el lugar donde todo empezó. Habiendo sido también Jugador Defensivo del Año, quince veces All-Star y nueve veces All-NBA. En los Wolves dejarás un legado imborrable. Ya retirado, seguirás siendo líder en puntos, rebotes y asistencias de la franquicia, algo que solo Michael Jordan (Bulls) y LeBron James (Cavs), además de ti, habrán logrado en el futuro.

A principios de este 2018 Minneapolis vuelve a estar de moda. La celebración de la Super Bowl, el cuatro de febrero, pone los ojos del mundo entero en el U.S. Bank Stadium y trae consigo la actuación de Justin Timberlake, quien homenajea a Prince en el descanso. Algo a lo que, por otra parte, el artista se hubiese negado, aunque esa es otra historia. El martes previo al evento tiene lugar, asimismo, a un gran tributo al genio. Ese al que viste llegar un día de frente. El que te introdujo en la cultura urbana local. Y también, por qué no decirlo, el protagonista del mejor show del descanso del evento más visto en el globo. Fue en la Super Bowl de 2007, en Miami. Sonó “Purple Rain” y comenzó a llover. Concluyes en que algo de magia acompañaba a ese amigo tuyo…

Foto: Sport Illustrated

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Análisis

Otra rivalidad que da vida a la NBA

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La NBA vive, esencialmente, por las rivalidades. Las necesita como el aire. Las extralimita y se nutre de ellas cada vez que las encuentra. Es así que tanto la lucha entre jugadores, franquicias o incluso razas hicieron y hacen que la liga no tenga parangón con otras. Cada década ha tenido sus enfrentamientos históricos y cada uno ha dejado su huella en la memoria de los amantes del baloncesto. Desde los inicios, con Bill Russell y los New York Knicks de Walt Frazier, hasta los tiempos recientes, en el que San Antonio Spurs y su trío colisionaban con LeBron James y su equipo de turno. Entre tantas miradas desafiantes que se renuevan año a año, hay una que parece surgir como la dominante en esta época. Comenzó tres temporadas atrás y a partir del primer roce entre ambas partes, se han añadido condimentos a una mezcla que, mientras más explosiva, mejor para la NBA. Así es como Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers son los protagonistas de la nueva gran rivalidad. Azules y rojos. Ambos tan virtuosos como necesarios. Una disputa que tiene su predecesora en el hito más preponderante en la liga estadounidense.

Porque si de grandes rivalidades se trata, la mayor de la historia de este juego se ha dado en los años ochenta, plagada de contrastes, llena de escenas dignas de una película de Hollywood: Larry Bird contra Earving Magic Johnson, que es decir Boston Celtics contra Los Angeles Lakers, que también es decir el clásico más encarnizado de todos los existentes. Como si los encargados de reflotar a una NBA naufragante lo hubieran diseñado artificialmente en un laboratorio, un blanco de un recóndito pueblo de Indiana, con el baloncesto como lengua madre, aparecía en las portadas de los diarios al mismo tiempo que un negro de Michigan se transformaba en el alcalde cultural de California. Desde ahí, cualquier diferencia fue motivo de polémica y, cuándo no, de negocio televisivo: lucha de razas, de personalidades, de filosofía de vida. Ni los comerciales de televisión se permitieron estar al margen. Todo era verde o dorado y púrpura. Dentro de la cancha, el juego se dividía entre el pragmatismo sólido y contundente de los Celtics y el lirismo genial y efectivo que los Lakers pregonaban, el famoso showtime. Algo que los hizo reflotar a la liga durante aquella década, en la que las emociones más vibrantes se vivieron durante las tres definiciones por el título que los involucró. Fueron dos para Magic y Los Angeles, en 1985 y 1987, y una para Larry y Boston, en 1984. Pero la gran ganadora terminó siendo la competición. Las drogas y los conflictos raciales la hundían en la mediocridad a niveles estrepitosos y encontró en ese duelo el antídoto para la destrucción. Luego, todo fue en subida.

Lakers Celtics NBA

Foto: Corbis

Aunque James lo niegue, las declaraciones de Draymond Green caen como una definición justa a lo que representan. “Un equipo que te gana, al cual tú ganas, es muy divertido. Si ves el ultimo par de años y el actual, ambos hemos sido los dos equipos principales en la NBA cada año, por lo cual lo veo como una rivalidad, y es definitivamente un juego muy entretenido”. Entretenido y redituable. Como aquellos dos estilos emblemáticos, tanto Warriors como Cavaliers han definido sus cómo a partir de lo ensayado por el otro. El primero, conformado como un equipo temible que trascendió a sus figuras, al punto tal de permitirse prescindir de una de ellas sin que el funcionamiento se resiente en absoluto. Cada integrante del plantel toca sus notas y la del compañero. La melodía siempre sigue sonando. Cierto es que Stephen Curry y Kevin Durant son los intérpretes que más camisetas venden y más disgustos provocan en sus rivales. Sin embargo, el mismo ex Oklahoma se ha perdido gran parte de la temporada regular y, una vez más, el todo demostró ser más importante que las partes.  El segundo, mucho más dependiente de LeBron, su líder y figura excluyente. El tres veces campeón de la NBA es la piedra angular de Cleveland: si se quiebra, toda la estructura se derrumba inevitablemente. Cuenta con laderos de calidad indiscutida, como Kyrie Irving y Kevin Love. Pero en el campeón defensor todo empieza y termina con el ex Miami Heat. Él ha sido el artífice principal de esta rivalidad y su nivel de importancia aumenta a medida que los de la vereda de enfrente crecen.

Pero la llegada de Durant a Golden State le agregó más capítulos a esta serie, que tiene rodaje para rato. Ya no se trata de razas. Aunque las grietas aún surcan a la sociedad, aquel tema que parece lejano (y es presente puro) es poco vendible en un torneo que pretende demostrar valores superiores. Ahora, la lucha es catalogada por parte del mundo del baloncesto como la entablada entre los villanos de San Francisco y el superhéroe de Ohio. La del traidor que eligió el bien personal y dejó en la ruina a su equipo para venderse al mejor postor por un campeonato, contra el que volvió a su tierra de origen para regarla con gloria por primera vez. Todos títulos y calificativos rimbombantes que no hacen más que ayudar a mantener a la NBA como uno de los productos más vendibles del planeta. En esta ocasión sin la urgencia de atraer al público que apremiaba en otras épocas. Los tiempos actuales, amparados en la cultura de los flashes y de los clicks, se encargan de poner en cartelera a estos gigantes, sobre el parqué o fuera de los estadios.

Hay una realidad ineludible: el mayor sostén de este mano a mano radica en la sobrada diferencia que ambos equipos presentan en relación a los demás. La brecha se alarga cada vez más. Se enfrentaron en las últimas dos Finales de la NBA y repartieron los anillos, uno por lado. Si alguno preveía que las fuerzas emergentes debilitarían el poderío de las potencias, los Playoffs de esta temporada se encargaron de tapar esos supuestos con tierra. Golden State y Cleveland llegaron a sus respectivas Finales de Conferencia sin sufrir un traspié. Ningún rival de turno, en los papeles y en las canchas, parece capaz de eclipsarlos, por más colosal que sea su historia. Y el halo de superioridad que los caracteriza puede mantenerse intacto. Hasta que colisionen entre ellos nuevamente. Y la NBA se llene de su combustible predilecto: el impacto de las rivalidades.

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Opinión

Pesadilla canaria en Portland

alexglameiro@gmail.com'

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No cabe duda de que Sergio Rodríguez es un jugador singular. Diferente. De los que practican el ilusionismo a espuertas, siéndole igual el contexto en el que se encuentre. Al Chacho siempre le ha fascinado maravillar a espectadores, compañeros y rivales mediante su hipnótico y eléctrico juego. Desde años atrás resulta sencillo encontrar asistencias o canastas de su autoría en los tops de highlights semanales o incluso de la temporada. Por la sangre de Sergio Rodríguez Gómez, nacido en San Cristóbal de la Laguna (Tenerife) el 12 de junio de 1986, no circulan glóbulos rojos o leucocitos. Circula magia.

Dicen que los prodigios gozan de gran capacidad para innovar, siendo a su vez personas que poseen una cualidad en grado extraordinario. En el caso de nuestro protagonista, se trata del baloncesto. Pero no siempre ha sido capaz de exteriorizar ese don prestidigitador que lleva consigo. O, mejor dicho, no se lo han permitido. Y el tirano tiene nombre y apellidos: Nate McMillan.

Pero vayamos por partes.

Sergio comenzó a jugar al baloncesto en su Tenerife natal, más concretamente en su colegio, La Salle San Ildefonso. Desde ahí ficharía por el Tenerife, emigrando posteriormente hacia el Centro de Formación Siglo XXI País Vasco. Pondría punto y final a su estancia allí tras tres temporadas firmando por el Estudiantes, club con el que haría su debut en liga ACB. Ahí daría comienzo el boom: debut en la Final ACB de 2004 siendo aún junior de segundo año, se alzaría con el trofeo de jugador revelación tan solo una temporada después tras hacer las delicias del mundo del baloncesto merced a un juego brillante, imaginativo y vistoso. Finalmente, se presentaría al Draft del 2006, resultando elegido por los Phoenix Suns en vigesimoséptima posición, siendo traspasado a Portland pocos minutos más tarde.

Justo entonces daba comienzo su vía crucis.

Nate McMillan jugó en la NBA durante doce años. Ningún jugador prolonga su carrera tal número de temporadas si no es apto para el baloncesto: buen defensor, se esforzaba más en distribuir el juego hacia sus compañeros que en lanzar a canasta –su promedio de anotación jamás sobrepasó los 7’6 tantos de media y posee el honor de haber entregado 25 asistencias en un partido siendo apenas un rookie-. Aseado y exacto, McMillan se ganó un caché durante sus años en la pista que se alargó durante sus primeros pasos como head coach. Sin embargo, existía un problema: entre tanta exactitud no tenía cabida ninguna la fantasía. Y el Chacho no encajaba con su entrenador. McMillan encarnaba el basket control, con ritmos de juego pesados, y Sergio representaba la alegría. Eran como la noche y el día. Agua y aceite. El yin y el yang. Polos opuestos.

Sin embargo, lejos de achicarse y con ávido apetito de aprender y empaparse de baloncesto americano, el jugador dejaba sus impresiones a los días de ser drafteado: “Me han asegurado el contrato y mi impresión personal es muy buena. Todavía no me hago a la idea, quiero ir a conocer la ciudad, el equipo y todo lo que me va a rodear allí. Los Blazers ofrecen las mejores condiciones posibles para dar el salto a la NBA”, afirmaba. No alcanzaba a imaginar el calvario que iba a comenzar a vivir. Fueron tres temporadas con aroma a frustración y la sensación de que en Europa hubiera sido infinitamente más productivo.

Durante su primera campaña pisó pista en 67 partidos de temporada regular –los Blazers no accedieron a las rondas por el título-, con una media de 3’7 puntos en unos paupérrimos 12 minutos, cantidad que se achacaba sobre todo al hecho de encontrarse en su primera campaña y al manejo del inglés. Al término de la temporada, ofrecería una rueda de prensa en la que diría que estoy contento por haber llegado a la NBA, pero no me conformo con eso. Hay muchos factores que influyen a lo largo de una temporada, pero mi meta para el próximo curso será tener más minutos y sentirme parte del equipo en todos los momentos“. Si hubiera sido conocedor de que el mundo se iba a desmoronar sobre sus hombros…

En su temporada de sophomore, la situación iniciaba a cobrar importancia en demasía. 9 minutos por partido provocaban que un descontento Sergio Rodríguez comenzase a dejar entrever que le gustaría salir traspasado. Él sabía que era capaz de aportar inmensamente más de lo que lo estaba haciendo, pero a su vez, sentía que le estaban frenando. Alguien le estaba cortando el desarrollo. Las alas. Le estaban impidiendo divertirse sobre una cancha de baloncesto. Cuando ocurría algún imprevisto, Sergio tenía minutos que no desaprovechaba en absoluto. No obstante, al partido siguiente retornaba al banquillo. No entendía nada.

Foto: Chris Graythen

Pero conocía al responsable de tamaña infamia. Así se refería al año que acababa de finalizar: Estoy contento en Portland con la ciudad, los compañeros y el club, pero con el entrenador no he tenido ese feeling o no hemos sabido conjuntarnos para conseguirlo. Ha sido una temporada rara y contradictoria. Por parte de todo el mundo, del general manager, la afición y la prensa ha habido un mensaje de paciencia, porque soy joven. Pero el entrenador me ha hecho ver en estos dos años que su mensaje no es el mismo“.

Sin embargo, la franquicia, con el GM Kevin Pritchard –quien confiaba ciegamente en él y sus posibilidades- al frente, decidía renovarle el vínculo contractual que les unía ejerciendo la team option de la que disponía uniéndole así al equipo hasta 2010.

En su tercer año se destapó definitivamente la Caja de Pandora. Nate McMillan ya no se cortaba en absoluto en sus escarmientos públicos para el base canario, sobre todo unos días después de que el Chacho expusiera en la prensa sus intenciones de salir de la franquicia en el diario The Oregonian: Después de dos años de espera, yo creo que es justo decirle que estoy aquí. He sido profesional, soy buen compañero y he esperado tres años a la promesa de jugar. Ahora es mi turno. Me siento muy mal por estar en esta situación”. El preparador americano manifestó en un estado de visible furia: Si tiene algún problema que venga a mi despacho y lo hablamos. Mis puertas están abiertas. Yo escucho y si es infeliz, que venga y me lo diga a mí y no a la prensa”.

Sin embargo, jamás sabremos si Sergio llegó a platicar con su entrenador. Lo único que conocemos a ciencia cierta es que su tiempo de juego se redujo considerablemente durante lo que restaba de temporada regular y Playoffs –primer accésit para su equipo en años-. McMillan lo relacionaba intrínsecamente con su rendimiento atrás cuando era inquirido por ello: “Defensa. Tiene que defender mejor y punto”, zanjó en diversas ocasiones.

Al concluir la campaña, el canario reanudaba su petición de cambiar de equipo. Especialmente sonadas resultaron estas palabras a un periódico local: Algo tiene que suceder. No puedo estar aquí para siempre, con la misma situación. He estado aquí tres años y estoy en la misma posición que estaba en mi primera semana. Es la misma situación una y otra vez. Él (McMillan) es un buen entrenador, pero creo que no soy su tipo de jugador. No se siente cómodo conmigo. Creo que eso es obvio. No sé qué va a pasar, pero pase lo que pase, quiero dar las gracias a Portland por todo, por su apoyo. Siempre tendré un buen recuerdo de aquí. Yo sabía que jugaría en la primera mitad y que no lo haría en la segunda. Por eso daba igual lo que hiciera, podía cometer errores. El entrenador y yo vemos el baloncesto de forma diferente. No estoy diciendo que debamos tener la misma visión, pero tenemos que tener la capacidad para adaptarnos. Él no lo hace. Aquí no creo que pueda hacer más. Es imposible”.

Palabras que, sin duda, atronaban enérgicamente a despedida.

Sergio Rodríguez partió rumbo Sacramento un mes después de estas confesiones, donde esperaba jugar con más asiduidad. No obstante, salió a los pocos encuentros hacia Nueva York. Allí en la gran Manzana y bajo la tutela de Mike D’Antoni supo encontrar un pico de juego con más minutos que en sus dos anteriores equipos. Sin embargo, con la temporada finalizada y con alguna que otra oferta NBA, optó por la propuesta del Real Madrid. Ya en la capital española, tras una aciaga primera temporada, se convirtió en uno de los mejores playmakers de Europa, alzándose incluso en 2014 como MVP de la Euroliga.

Pero el Chacho sentía que tenía una deuda que saldar con la competición americana. Por eso, cuando los Sixers le prepararon una oferta tras haberlo ganado todo en el Viejo Continente, y tras pensarlo no sin abruptos, decidió realizar de nuevo el trayecto overseas en el camino que conduce a la Ciudad del Amor Fraternal. Necesitaba volver a tratarse con los mejores, pues se adivinaba cuantiosamente más experimentado que antaño. Sobre todo después vivir en sus carnes una auténtica pesadilla canaria en Portland.

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SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

Pelo afro, mates imposibles, aroma de estrella. Julius Erving nos demostró que el baloncesto se podía disfrutar con los cinco sentidos.

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