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Costa a costa

Cuatro para la gloria

El momento favorito de la temporada de miles de aficionados al baloncesto alrededor del mundo está cada vez más cerca.

zhahihd@yahoo.es'

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Getty Images Sport

Este sábado 1 de abril dará comienzo la Final Four más abierta de las últimas temporadas en la NCAA. Y en el cóctel hay de todo: la cenicienta que ha dejado de serlo, otra de verdad, el tapado y el claro favorito.

Gonzaga

Matt Santangelo, Casey Calvary, Richie Frahm, Dan Dickau, Zach Gourde, Cory Violette, Blake Stepp, Derek Raivio, J.P. Batista, Ronny Turiaf, Adam Morrison (desconsolado, tirado en medio de la pista, que no lo podían sacar de allí ni con una grúa tras su eliminación en Elite 8), Jeremy Pargo, Josh Heytvelt, Matt Bouldin, Austin Daye, Robert Sacre, Elias Harris, Kelly Olynyk, David Stockton, Kevin Pangos, Gary Bell, Kyle Wiltjer, Domas Sabonis… No, no he querido engordar la lista más allá de lo razonable, no he querido remontarme a los lejanos tiempos de don John Stockton sino que me he limitado a señalar a algunos de los más destacados hijos de Mark Few, todos aquellos que un día soñaron más o menos legítimamente con las mieles de la Final Four y luego se quedaron más o menos a las puertas. En ese complicado tránsito Gonzaga pasó de cenicienta (cenicienta oficial del certamen, de hecho) a princesa, pero una cosa es cambiar trapos viejos por sedas y encajes y otra ya muy distinta es llevarte al huerto al príncipe. Hicieron falta dieciocho interminables años para que por fin le encajaran como un guante los zapatos de cristal. No sé si me explico.

Gonzaga es Final Four, lo cual en sí mismo es una gran noticia -no ya por el mero hecho de serlo- sino porque por fin dejarán de pitarle los oídos. Por fin dejará de escuchar aquello de que un equipo como Gonzaga jamás puede ser Final Four, que una (ex) modesta universidad de una no menos modesta conferencia no puede aspirar a las más altas cotas del baloncesto universitario. Su trabajo les ha costado, claro. Tuvieron que equilibrar por fin su juego interior y exterior en una amalgama perfecta, tuvieron que rodear a su armario polaco de tres cuerpos (pero ojo, que cuántos semiarmarios de un solo cuerpo querrían tener su movilidad, sus fundamentos y su visión de juego) con tres lujosos transfers recién llegados desde los más recónditos confines del Oeste americano; y tuvieron que marcarse una temporada (casi) perfecta, hasta el punto de que su única imperfección (esa derrota postrera ante BYU) fue quizá su mayor perfección, aún por paradójico que ello resulte: la que les permitió quitarse esa pesada losa de la imbatibilidad, la que les permitió entrar en marzo sin otra preocupación que no fuera la inherente al Madness, la de jugar y ganar todos y cada uno de sus partidos; que bastante presión es ya en sí misma como para procurarse además otra presión adicional.

Y jugar y ganar saben hacerlo como los ángeles, de hecho llevan haciéndolo todo el año. Cuando Nigel Williams-Goss (temporadón el suyo, oigan) está un poco bajo emerge la muñeca de seda de Jordan Matthews, cuando no la de Perkins o Melson; cuando el gran Karnowski necesita un descanso emerge el muy prometedor Zach Collins, cuando aún hace falta alguna pieza más Few se saca de la manga a Killian Tillie (de los Tillie de toda la vida) y hasta al insospechado japonés Hachimura. Y cuando se trata de darle sentido a toda esa mezcla exterior/interior emerge como por encanto un jugador por el que confieso sentir cierta debilidad personal, aquel JWill III que me enamoró en una Mizzou que se desmoronaba y que ahora ya (sin abreviaturas, sin ordinales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, sin otra denominación que no sea Johnathan Williams) es la verdadera piedra angular que da sentido al juego de estos Bulldogs (también llamados Zags), Karnowski aparte. Suele alertarse de los peligros de un equipo acostumbrado a perder, pero cabría también darle la vuelta a la tortilla y hablar de los inmensos beneficios de un equipo acostumbrado a ganar y para el que la derrota no es ni siquiera una opción; y miren que lo pasaron mal ante Northwestern, que sufrieron como perros ante West Virginia y que aún habrán de sufrir (y aún más si cabe) ante South Carolina, pero aún así no descarten que prolonguen esa sana costumbre hasta el final. Hasta la Final.

South Carolina

¿Queríamos cenicienta? Pues toma cenicienta. Si nos hubieran dicho hace dos semanas que en la región de Villanova y Duke (y Baylor, y Florida, y…) el elegido para la gloria iba a ser South Carolina no es ya que no nos lo hubiésemos creído, es que habríamos enviado directamente al psiquiatra a nuestro interlocutor. Nos pasamos media temporada pontificando acerca de que la SEC no estaba ni de lejos al nivel de otras majors, hasta nos atrevimos a anticipar una especie de efecto Gonzaga para Kentucky porque esa supuesta debilidad de sus rivales en enero y febrero habría de pasarles factura en marzo… y sin embargo ninguna otra conferencia fue tan exitosa en este Madness, repasen a los Ocho de la Élite si les queda alguna duda: encontrar ahí a Kentucky parecía lo normal, encontrar también a Florida no chirriaba demasiado pero encontrar además a estos Gamecocks (gallos de pelea, como si dijéramos) resultaba ya una anomalía digna de estudio. ¡¿Qué pintan ahí estos tíos?! Y sin embargo estos tíos se cargaron a Florida como antes se habían cargado a Baylor y aún antes a Duke, el seed 2, el 3 y el 4 de una tacada, al 1 (Villanova) no se lo cargaron porque se lo quitó del medio Wisconsin que si no ya habríamos visto. La repentina irrupción de estas criaturas puede resultar sorprendente, pero no por ello es menos justa. Bien que se lo han ganado.

Vale, pero… ¿quiénes son estos tíos? Estos tíos son los interesantísimos Notice y Dozier por fuera, son el tosco (pero sumamente efectivo) Silva y el prometedor freshman estonio Kotsar por dentro, son unos cuantos satélites girando alrededor de un planeta principal llamado Sindarius Thornwell. Sí, Sindarius, suena casi más a profesor de Hogwarts que a jugador de baloncesto, probablemente sus padres cuando escogieron ese nombre ya pensaron que su retoño estaba predestinado a ser alguien singular, si no ya me dirán a santo de qué semejante ocurrencia. Sindarius es alma, corazón y vida de estos Gamecocks, Sindarius es un todocampista que rara vez anota menos de veinte puntos pero que además rebotea, distribuye y hace equipo desde su puesto de alero, Sindarius es una joya que ha ido a brillar en el mejor escaparate posible, una joya que tiene también sus aristas por lo que conviene manejarla con el mayor cuidado posible no te vayas a cortar. Algún pisotón a destiempo nos regaló en este Madness, alguna indisciplina le costó hace un par de meses varios partidos de sanción. Pero Frank Martin y él se necesitan mutuamente, y son ambos lo suficientemente inteligentes como para atemperar sus tempestuosos caracteres en pos de un objetivo común.

Y es que el amigo Frank Martin es el otro gran protagonista de esta historia maravillosa. Le conocí (de lejos, obviamente) hace unos años, cuando aún entrenaba a Kansas State, y habré de confesarles que así de entrada se me atragantó. Que era un buen técnico se veía a la legua, que era absolutamente insoportable también. Aquellas broncas crepusculares con los ojos casi inyectados en sangre eran las más feroces que haya visto a entrenador alguno durante estos últimos años, si me acojonaban a mí cómodamente arrellanado en mi sofá no quiero pensar lo que sentiría el Jacob Pullen de turno cada vez que se le arrebataba en pleno tiempo muerto. Salió abruptamente de Manhattan (Kansas), fue a parar a Columbia (South Carolina) y en ese trayecto algo debió romperse en su interior, algo debió decirle que suavizar un poco su carácter de ahí en adelante quizá no le vendría del todo mal. Frank Martin sigue echando broncas pero éstas no son ya tan apocalípticas y hasta dejan traslucir una evidente humanidad, esa misma que le hizo emocionarse hasta las lágrimas tras clasificarse para Final Four y ser abrazado y hasta zarandeado por todos y cada uno de sus jugadores. Estos Gamecocks son obra suya, y su pegajosa y asfixiante defensa (que a menudo empieza en zona y acaba en individual, ajustes mediante) es la imagen de marca de un equipo cuyo sueño no tiene por qué acabarse necesariamente aquí.

Oregon

Hace ahora un año, más o menos por estas fechas, consolaba yo (consuelo virtual, en todo caso) a un aficionado oregoniano particularmente desolado tras ver caer a su equipo ante Oklahoma en la Final Regional de 2016: no te preocupes, ya sabes lo que dicen, para ganar finales hay que perderlas primero, seguramente lo que han hecho hoy tus Ducks quedándose a la puertas de la Final Four de 2016 es poner la primera piedra para meterse en la Final Four de 2017, ya verás como sí, ten en cuenta que además volverán todos menos Cook, tendrán el mismo equipazo que ahora solo que con un año más de experiencia, al tiempo. Ya se sabe, esto de consolar es así, hermosas palabras que a menudo no se cree ni el que las dice, no digamos ya el que las escucha. Y sin embargo puedo asegurarles que yo esta vez no lo decía por decir: y como tal aposté por Oregon en Final Four a comienzos de temporada, y como tal mantuve mi apuesta en cada momento de la Regular Season, y como tal metí sin dudarlo a los Ducks entre los cuatro de Phoenix cuando a mediados de marzo rellené mi bracket. Claro está, nadie es perfecto, y habré de confesar que mi fe flaqueó hace apenas una semana, en las horas previas al Sweet Sixteen: no tanto por los deméritos de una Oregon que parecía haber perdido frescura como por los méritos de una Kansas que llegaba de arrollar a Michigan State, se disponía a aplastar a Purdue y parecía en trance de arrasar con todo. Reculé, me dejé llevar por las apariencias, dejé de lado a los Ducks y entregué a los Jayhawks mi pronóstico de la Midwest. En qué hora.

Lo que parecía pérdida de frescura no lo era, en absoluto. Era simplemente la asunción de que no todo puede ser jijí jajá, de que para presumir hay que sufrir como decían nuestras madres. Si vieron su Final Regional ante Kansas comprobarían el extraordinario trabajo defensivo de los Ducks, amargando la vida a los Jayhawks hasta el punto de que cada vez que éstos querían sacar el contraataque se los encontraban ya allí, bajando mucho más rápido los de verde de lo que subían los de blanco. Apúntenle un positivo (otro más) a Dana Altman, un técnico que me fascina ya desde sus lejanos tiempos de Creighton, un técnico que en nada se parece en sus maneras al susodicho Frank Martin o a tantos otros apóstoles de la desmesura. No, Altman es sobrio y contenido a más no poder: rara vez le veremos sonreír, jamás le veremos abroncar de manera desproporcionada a sus jugadores en público. Las televisiones no hacen negocio con él y enfocan siempre más al coach rival, lo cual no debería preocuparnos en absoluto porque basta ver el desempeño de su equipo sobre la cancha para confirmar su existencia, así en las vacas gordas como en las flacas. Cuando hace tres años graves problemas extradeportivos le privaron de sus puntales básicos antes de empezar la temporada supo crear un equipo casi de la nada, y hacerlo competitivo además; y cuando reunió luego por fin a un grupo maravilloso supo optimizarlo hasta llevarlo a las puertas de la Final Four primero, y hasta meterlo en ella exactamente un año después.

Cómo será de bueno este equipo de Oregon, que está en Final Four con la (quizá) peor versión de Dillon Brooks de estas últimas temporadas. Otros entrarían en crisis tras el bajón de su estrella pero estos Ducks tienen tantas y tan variopintas opciones que a donde no llega el canadiense llegan todos los demás: llega por ejemplo el desatado heleno Tyler Dorsey, triple tras triple tras triple en este Torneo. Llega el ex villanovense (de Villanova, quiero decir) Dylan Ennis, que a sus 25 años cumplidos (dos transfers y una lesión, total tres años en blanco) aún anda el hombre labrándose una carrera desde la universidad. Llegan el base freshman Payton Pritchard y su socio Casey Benson, y llega, cómo no, Jordan Bell. Aquella criatura que en su año de novato era una máquina de taponar pero apenas sabía hacer nada más, ha evolucionado hasta seguir siendo esa misma máquina de taponar (aún más si cabe), ser además una máquina de rebotear (y cómo) y haberse convertido también en un jugador interesantísimo a nivel ofensivo: no es un prodigio técnico pero hace sus cositas, y tiene la suficiente visión de juego y capacidad de pase (lo que vale eso, dios) para ponérsela al compañero abierto cada vez que le sobremarcan. No es que sea el principal baluarte del juego interior, es que tras la lesión de Boucher él es el juego interior, punto. Capaz de hacer lo suyo y lo de Boucher y lo de algún otro si se tercia, todo a la vez. Pueden estar seguros de que el pívot de Kansas Landen Lucas tendrá pesadillas con él durante toda su vida tras su portentoso despliegue en la Final Regional; veremos si Kennedy Meeks no las tendrá también tras la semifinal nacional.

North Carolina

Algo tendrá el agua cuando la bendicen (dicen). Algo tendrán Roy Williams, Hubert Davis y demás miembros del cuerpo técnico si han sido capaces de meter a sus Tar Heels dos años seguidos en la Final Four. Que el año pasado apenas le dimos importancia porque nos pareció como si lo llevaran de serie, con el plantillón que tenían pues a ver qué iban a hacer (más allá de su irregular temporada), pues llegar a lo más alto, qué si no. Pero este año (ya sin el anotador compulsivo Marcus Paige, ya sin el reboteador compulsivo Brice Johnson) las perspectivas parecían bastante menos halagüeñas, tanto más con ese estigma de equipo un tanto blando, un tanto irregular, un tanto inconsistente, un tanto… leches. Quienes pensamos ingenuamente que sin Brice perderían poder en los tableros nos equivocamos de medio a medio, como pudimos comprobar ya desde comienzos de temporada: su porcentaje de rebote ofensivo anduvo siempre por encima del cuarenta por ciento (y hasta llegó a rondar el cincuenta) o dicho de otra manera, recuperaban casi la mitad de lo que fallaban, lo que les garantizaba (obviedad) un número de posesiones significativamente superior al del rival. Kennedy Culo Gordo Meeks hizo del rebote un arte pero no estuvo solo ya que contó siempre con la solidaridad de Isaiah Hicks, del imponente freshman Tony Bradley (futuro de los Tar Heels, siempre y cuando no huya precipitadamente a la NBA) y de ese alero del que les hablaré (y no pararé) a la vuelta del punto y aparte, que el amigo Justin Jackson bien merece un párrafo para él solo.

Justin Jackson es el antidivo por antonomasia. Ese aire tímido, esa cara de no haber roto nunca un plato, ese look desgarbado, incluso esa camiseta con mangas por debajo de la de tirantes para potenciar aún más su apariencia de pedir perdón por estar donde está. Nadie (que no lo conozca, obviamente) lo señalaría jamás como la estrella de este equipo, cualquiera no avisado atribuiría esa condición a Berry o Pinson, o quizás a Hicks o Meeks, jamás a Justin simplemente a la vista de su aspecto… hasta que lo vieran jugar, claro. Comprobarían entonces su sabiduría en cada momento del juego, su extraordinaria muñeca y su carácter que (en contra de lo que pudiera parecer) no se esconde en los momentos crujientes, más bien al contrario. Todo lo cual de manera discreta, sin llamar ni un poquito la atención, que a otros en tales circunstancias tienes que decirles tío, suelta el balón ya que tenemos que jugar todos, a él no, a él más bien tienes que decirle tío, no la sueltes, tírate alguna más que con lo bueno que eres no podemos permitirnos el lujo de que no asumas más protagonismo. Una joya, Justin. Y una delicia de jugador.

Pero necesitará que sus socios exteriores aporten, necesitará que Joel Berry emerja de su postración de estas últimas semanas (mitad baja forma, mitad achaques varios), necesitará que Pinson vuelva a ser Pinson, necesitará que Britt ponga cabeza fría desde el banquillo, necesitará sobre todo que siga en estado de gracia ese meritorio ex walk-on repentinamente reconvertido en suplente de lujo llamado Luke Maye, ese cuya delirante canasta (tras el no menos delirante triple de Monk) les abrió de par en par las puertas de esta Final Four. Y necesitará que se haga realidad también ese viejo axioma que utilizábamos con Oregon (sólo que esta vez no referido a la Final Regional sino a la Nacional), para ganar finales hay que perderlas primero. La experiencia es un grado, miren si no a los cuatro finalistas y comprobarán que esta vez no habrá jugadores de alquiler (Bo Ryan dixit), que no hablaremos de freshmen (salvo excepciones que confirman la regla) sino de jugadores hechos y derechos, que por no ver no veremos ni a uno solo de los yogurines que habrán de acaparar la lotería del próximo draft. La experiencia es un grado, y en ese sentido no estará de más recordar que Gonzaga y South Carolina jamás anduvieron por estas alturas, que Oregon sí que anduvo pero eso fue en 1939 (que algunos ni habíamos nacido siquiera) y que entretanto North Carolina ha pasado por semejante trance no menos de veinte veces, la última hace apenas doce meses. Y que de no haber sido por aquella ocurrencia postrera de Chris Jenkins quizás hoy estaríamos hablando del vigente campeón. Sí, estos Tar Heels saben mejor que nadie cómo es esto de la Final Four, lo cual obviamente no garantiza nada pero es un buen punto de partida. A ver quién puede decir lo mismo.

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Costa a costa

Los tres segundos que pararon la Guerra Fría

Un atentado terrorista, un escenario sociopolítico de posguerra al borde del abismo nuclear y una jugada final que, al más puro estilo Simpsons, se repitió hasta tres veces.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Hay lugares en el mundo que, por estar donde están, cuentan con un privilegio inesperado. Comunicación, recursos, disponibilidad y facilidad de movimiento. “Vecinos” que, en caso de necesidad, acuden a tu rescate. Aunque también lo harán en caso de necedad, sirviendo de rescate para el resto del continente. Y Alemania es uno de ellos, aunque no necesariamente en un escenario positivo, pues puedes estar en un lugar privilegiado, pero usar esta situación geográfica de forma incorrecta, equívoca o, simplemente, con maldad.

La historia de las Guerras Mundiales nos la sabemos todos. La de la unificación, quizá algunos menos. Pero el dominio que durante gran parte de la historia contemporánea ha ejercido Alemania, en lo militar, lo político y lo económico, ha marcado el devenir de Europa, tanto en los años de conflicto armado, con en la etapa de relaciones diplomáticas actual, en la que no gana quien más tanques tiene, sino quien mejor despliega sus influencias. En el caso del país bávaro, es un “don” que, además, se extiende a lo deportivo.

Se suele decir que el fútbol es ese deporte en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Y el baloncesto es ese deporte en el que se enfrentan 5 contra 5 y suele suceder lo contrario. Estas son reglas no escritas que, a pesar de todo, llevan confirmándose desde que fueron impuestas con la creación del propio deporte. Y esta capacidad casual con la que cuenta Alemania no es innata del baloncesto o del fútbol, sino que toca todos los palos de la sociedad deportiva. A todos los atletas. Algo que las Olimpiadas del 72, que tuvieron lugar en Munich, dejaron ver con mucha facilidad. Y es que el contexto estaba ya creado, y la oportunidad servida.

La Guerra Fría en tiempos del cólera

Alemania, uno de los países que más sucesos catastróficos había protagonizado en toda Europa en lo que se llevaba de centuria, sería la anfitriona de un torneo deportivo internacional en el fulgor de la Guerra Fría. La ciudad escogida sería Munich, donde ambas potencias medirían sus fuerzas en un nuevo campo de batalla, el rectángulo del baloncesto, al que ambas llegaban como las dos selecciones más grandes del mundo, aunque con evidentes limitaciones que las diferenciaban.

Estados Unidos, siguiendo las normas de las federaciones, no podía llevar atletas profesionales. Especialmente, en el baloncesto, cabría añadir. Y es que más allá de ser los “divulgadores” del deporte ideado por John Naismith, tenían -y tienen- la liga más poderosa y a los mejores jugadores de todos los continentes. Y cada cuatro años enviaban a los mejores jugadores NCAA, es decir, amateurs, que aceptaban la invitación y se unían a un combinado que estaba siempre en constante reconstrucción. Pero la Unión Soviética había ideado la forma de ir un paso más allá.

Incluyendo a sus jugadores en el registro como soldados o obreros, podían mantener virgen su vitola de no-profesionales y continuar acudiendo a los torneos que se disputaban. Y así acababan acumulando internacionalidades, experiencias conjuntas y química, formando un vestuario unido y que había aprendido a jugar “de memoria”, pues la continuidad de un proyecto permitía que esto sucediera. Así habían vencido a los norteamericanos en los World University Games 2 años antes, y 8 de 9 partidos que disputaron en una gira por el país inglés durante 1971 con el combinado que disputaría las Olimpiadas.

Aún así, USA llegaba como favorita al torneo baloncestístico, pues en pocas cosas podía superar a una URSS que dominaba física -y burocráticamente- cada aspecto de la competición, y que buscaba alcanzar las 50 medallas en el torneo para conmemorar los 50 años de existencia del país comunista. Y por eso había hecho todo lo posible para que los regidores del torneo estuvieran de su parte. Sobornos, amenazas, chantajes… todo lo que estaba en su mano había sido pulsado para que los astros se alinearan y lograran su objetivo.

Y es que la competición estaba salpicada, manchada, corrompida en definitiva. Y entre toda la corrupción, se alzaba Renato Williams Jones. Inglés nacido en Italia, Jones había sido uno de los fundadores de la FIBA, el que había ideado la creación de una competición Mundial de baloncesto y el que había logrado que se creara un torneo ubicado dentro de la realización de los Juegos Olímpicos por primera vez en 1936 en Berlín. Otra ciudad alemana, aunque con diferencias sustanciales en su dominio, poder, control y funcionamiento.

Y 36 años después, el baloncesto había vuelto a Alemania. Bajo el lema del torneo, Die Heiteren Spiele -Los Juegos Joviales-, el gobierno de la República Federal Alemana (FDR), quería mostrar una Alemania democrática, controlada y optimista, por así decirlo, y con buenas perspectivas de futuro. Pero no fueron capaces, ya que la localización de la capital bávara, en la región inferior al territorio dominado por la DDR, pero perteneciente a la otra facción que controlaba el país, permitía a los soviéticos influir en ella sin necesidad de tener el control gubernamental de la misma.

Esto, unido al hecho de estar en el lugar -menos- adecuado en el momento -menos- oportuno tuvo consecuencias negativas para el baloncesto, el resto de atletas allí presentes y, en definitiva, el correcto devenir de la competición. Y es que el deporte es parte de la vida, y como tal, la vida afecta al deporte. Y cuando hay un conflicto de magnitudes considerables la actividad deportiva es tocada inevitablemente. Tal y como sucedió el día 5 de septiembre de 1972, en el Olympic Village de Munich.

Ocho miembros del grupo terrorista palestino Black September entraron en los apartamentos de los representantes israelíes, encontrando once miembros entre jugadores, oficiales y entrenadores, llevándose nueve con ellos al dejar a dos fallecidos que se resistieron a ser capturados. Entonces comenzó un absoluto infierno que terminó a la tarde en el aeropuerto de Fürstenfeldbruck con los nueve israelís restantes asesinados junto a cinco de los terroristas. Los otros tres fueron capturados y usados como moneda de cambio en el rescate.

La decisión de cancelar los Juegos fue prácticamente unánime. Salvo Avery Brundage, el ambiente que rodeaba lo que restaba de competición se había enrarecido y entristecido. Pero al igual que Freddie Mercury, el presidente del COI alzó su voz y dictaminó que el show debía continuar.

Aquellos nueve segundos

Cuatro días después, cerca de la medianoche, el misticismo sería citado para una noche que pasaría a la historia. La Guerra Fría, la eterna pelea de la Unión Soviética por ser mejor que nadie, su objetivo personal, la juventud de los estadounidenses, el trágico fallecimiento de los 11 israelís, y una grada que parecía estar en contra de los Estados Unidos eran el aderezo que llevaría este partido durante 40 minutos que, verdaderamente, parecerían 3 segundos. tres segundos que, en este caso, acabarían siendo nueve.

La URSS comenzó muy fuerte, sorprendiendo a un equipo entrenado por el exitoso pero “atrasado” Hank Iba, que no había conseguido adaptarse a las nuevas tácticas de los años 70. Y por eso los constantes cambios de ritmo de sus rivales les mantuvieron a distancia todo el partido. Hasta que en un esfuerzo mayúsculo en el último cuarto, donde Iba dio una vuelta de tuerca a su sistema estableciendo una presión a toda cancha y un juego veloz y sorprendente, se acercaron en el marcador. Y, a falta de tres segundos, se pusieron un punto por encima en el electrónico.

Aleksandr Belov, estrella y líder de los soviéticos, se disponía a recibir un balón cuando Doug Collins se hizo con el mismo, recibió una falta que le hizo lesionarse la muñeca, y acudió a la línea de personal. Estaban uno abajo, quedaban tres segundos, y tenía el oro, la cima de su carrera, a 4,60 metros. Tal y como había soñado cuando entrenaba en el patio de su casa, en Benton, Illinois. Imaginándose leyenda y salvador de su equipo, y sabiéndose un campeón. Algo más que un simple vencedor.

Olvidándose del dolor, siguió el mismo ritual que le había acompañado desde que comenzara a jugar al baloncesto, y certificó la momentánea victoria de su equipo. Y entonces comenzaron cinco minutos de desazón, rabia, desconcierto y dolor que terminaron con una decisión dictatorial, y con una historia de venganza.

La Unión Soviética puso en marcha el balón, fue robado y entonces el partido terminó, pero volvió a recibir tres segundos y un nuevo saque de fondo porque no se les había concedido un tiempo muerto. Nadie entendió aquella decisión, pero se reintentó la jugada. El balón voló de las manos de Ivan Edeshko a las de Modestas Paulaskas, que trató de dárselo a Belov, pero no le fue posible llegar y capturarlo, perdiendo así la posibilidad de efectuar un último lanzamiento. La URSS había perdido. Estados Unidos había certificado la remontada.

La locura, entonces, se abrió paso en el Rudi-Sedlmayer-Halle, con los 6.500 aficionados que estaban en las gradas ocupando lo que podían de pista y los jugadores americanos celebrando su victoria en el centro de la misma. Camisetas fueron robadas, lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos y parecía que todo el sufrimiento había llegado a su fin. Pero no era así. Y es que en un supuesto error, el encargado del marcador, Andre Chopard, había colocado 50 segundos restantes, cuando la cifra correcta debía haber sido 3.

Por ello, Renato William Jones, que ya se había puesto de parte de la Unión Soviética con la resolución de su tiempo muerto fallido previo, y se encontraba a pie de cancha, ordenó que se volviera a repetir la jugada por tercera vez. Saltándose, de esta forma, las reglas del Comité Olímpico, pues no tenía el poder ni la potestad para hacer algo de este calibre.

Se recobró el control de la cancha, los jugadores se dispusieron y Edeshko ejecutó un pase que, esta vez sí, pudo encontrar directamente a Belov, pues McMillen, su defensor en el saque anterior, había interpretado un gesto del árbitro como una orden de darle espacio a Edeshko. Algo que, en teoría, no podían hacer, pero no quería arriesgarse a recibir una técnica.

Belov, tras atrapar el balón y dejar atrás a la intensa defensa americana, estaba libre de marcajes, y anotó a placer una bandeja histórica y, ahora sí, absolutamente definitiva. La victoria americana había sido un sueño, la Unión Soviética sería galardonada con la medalla de oro.

La Federación estadounidense, incrédula y verdaderamente dolida, emitió una queja formal y un jurado de cinco miembros decretó, finalmente, la victoria soviética. Eran las tres de la mañana, y ya todo hacía sospechar. Aunque había motivos para ello. Y es que de estos 5 jueces, 3 eran de la URSS. El resultado podía haber sido amañado. Y Jones también había tenido algo que ver en ello.

Por tanto, la plata nunca sería aceptada por parte de los 12 jugadores, y sus técnicos, que conformaron la expedición estadounidense a Munich, y que aún a día de hoy, aguardan una resolución del asunto, en el Museo Olímpico de Suiza. Y así seguirá, hasta que el error sea solventado. Al fin y al cabo, sólo quieren descansar de una lucha que ha alargado 3 segundos a toda una vida, a toda una eternidad. Y que nunca les dejará estar en paz.

Fuentes: LA Times, NY Times, ESPN Classic, Bleacher Report, Huffington Post

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Todo lo que nos dejó el Mundial de China

Dos semanas de baloncesto dan para mucho. Repasamos lo que nos han dejado los treinta y dos participantes del Mundial de Baloncesto de China 2019

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El mundial más numeroso de la historia también ha sido el que más sorpresas por metro cuadrado ha deparado, fruto de un sistema de competición que apenas permitía los errores y los partidos para administrar el desgaste de otras ediciones. España sumó trece año después su segundo título, Argentina tomó una máquina del tiempo para revivir los sentimientos olvidados de la Generación Dorada, mientras que Estados Unidos se veía fuera del torneo en cuartos tras reunir al equipo más vulgar de los últimos quince años. Esto fue todo lo que pasó en el Mundial de China 2019

Alemania (18º)

Batacazo del baloncesto teutón en la cita asiática. Con una plantilla con a priori que contaba con buenos mimbres, y un grupo no excesivamente complicado, quedaron eliminados el segundo día, dando serias muestras de ser un equipo poco trabajado y dependiente de la inspiración de Dennis Schroder, principal foco de las críticas (40% en tiros de campo). Estarán en el Preolímpico.

Angola (27º)

Tenía muy complicado pasar de ronda en un grupo con Serbia e Italia, y al menos pudo llevarse una honorífica victoria ante Filipinas, aunque eso sí, se echó en falta que pudiera competir ante los favoritos. El objetivo era ser el mejor africano y tampoco estuvo cerca de conseguirlo. Urge un relevo de garantías para una generación agotada.

Argentina (Subcampeones)

Un milagro. Los argentinos retrocedieron una década atrás en el tiempo y se volvieron a mostrar como un equipo bravo… que además jugaba al baloncesto de forma maravillosa. Un inconmensurable Scola guió a los suyos en unos cuartos de final históricos ante Serbia. Después eliminarían a Francia de forma brillante para llegar desfondados a la gran final. Histórico.

Australia (4º)

Puede que estemos ante la gran perdedora del torneo. Se plantaron en semifinales sin sufrimiento, y en un duelo a vida o muerte contra España, perdieron tras dos prorrogas. Posiblemente sean la mayor amenaza a día de hoy para un Estados Unidos de primer nivel, pero siguen dejando dudas de su capacidad de sufrimiento en los partidos de pierde paga.

Brasil (13º)

Dejaron una buena imagen, ofreciendo un buen nivel competitivo durante gran parte del torneo. Esa es la buena noticia, la mala, es que lo hicieron tirando de un equipo envejecido y que necesita una renovación urgente. Tendrá complicado estar en la cita olímpica el verano que viene.


Canadá (21º)

Estarán en el Preolímpico, y si para entonces logran reunir a todo el talento que su suponen atesoran, será un equipo distinto completamente. Con todas sus bajas, nadie esperaba nada de ellos, aún así, pobre rendimiento siendo apalizados porLituania y Australia en la primera fase.

China (24º)

Otra decepción. En un grupo hecho a su medida, naufragaron en los partidos clave de Venezuela y Nigeria, perdiendo sus opciones de Juegos. Toca reflexionar en un país del que se esperaba fuera la gran potencia asiática, y que solo ha conseguido tapar el talento nacional en su liga a base de jugadores extranjeros pagados a precio de oro.

Corea del Sur (26º) y Costa de Marfil (29º)

Dos de esos equipos intrascendentes que demuestran el error deportivo de un mundial de treinta y dos equipos.

España (Campeones del Mundo)

Nadie contaba con esto. Trece años después, campeones del mundo. La transición desde los Juniors de Oro se ha culminado de la forma más sorprendente y grandiosa imaginable. Ricky Rubio (MVP), Marc Gasol (partido clave ante Australia) y las labores de intendencia de Llull, Rudy y Víctor Claver, indispensables. Lección de planteamiento y scouting de Sergio Scariolo, que -parece mentira- queda consagrado como una leyenda de nuestro baloncesto tras el mundial. Enormes.

Estados Unidos (7º)

Eran, pese a las innumerables bajas, el máximo favorito al oro. Sin embargo, y pese a que no se atisbó poco trabajo o prepotencia, los americanos vieron enormemente penalizadas sus carencias interiores en el choque de cuartos de final ante Francia, con Rudy Gobert como verdugo. La duda de qué equipo podrán reunir de cara a Tokio condicionará el torneo.

Filipinas (32º)

Paso atrás del baloncesto filipino. Con un Andray Blatche ya muy lejos de su mejor versión, el estilo de juego del combinado asiático demostró ser poco trasladable a una competición de alto nivel. Pese a todo, deberían seguir creciendo si logran una buena política de nacionalizados.

Francia (medalla de bronce)

Irregulares. Ofrecieron su mejor cara en el histórico partido ante Estados Unidos de cuartos, para después volver al suelo en semifinales, donde mostraron las mismas carencias de los últimos años: escaso acierto en el tiro y pobre capacidad de sufrimiento. Evan Fournier realizó su mejor torneo con la selección gala, mientras que Batum certificó su defunción como élite, anunciada previamente en la NBA.

Grecia (11º)

Siguen sin tener ni la más remota idea de como aprovechar todo el potencial de Giannis Antetokounmpo. Da la impresión de que hay dos estilos de juego en la selección helena que luchan por imponerse, y hasta que no se de respuesta a eso llevando un equipo hecho a la medida de su estrella, no llegarán a ninguna parte. Por favor, que Nick Calathes y Giannis no vuelvan a coincidir nunca más sobre una pista de baloncesto.


Irán (23º)

Premio gordo para Irán, que consigue billete olímpico como mejor equipo asiático, donde posiblemente sean el rival más asequible de todo el torneo de lejos. Los de Hamed Haddadi practican un baloncesto arcaico, casi entrañable, pero saben disimular sus carencias ante equipos de similar nivel. Y eso en un torneo un tanto flojo como este tiene mucho valor.

Italia (10º)

La generación de los Belinelli, Gallinari y Datome se nos han hecho mayores sin apenas ningún indicio de evolución en su nivel competitivo. Se cruzaron con dos rivales importantes -Serbia y España- y antes los dos naufragaron. Especialmente hiriente resultó con los que campeones, con los que empataban a tres minutos para el final del partido y acabaron sin competir. Pocas opciones de estar en Tokio 2020

Japón (31º)

Mucho que progresar y poco tiempo para hacerlo. Los nipones perdieron todos sus partidos, algunos de forma escandalosa, y dejaron pocas notas para el optimismo, a excepción del NBA Hachimura. Será interesante comprobar el plan que hay de cara a la cita olímpica, si es que existe alguno.

Jordania (28º)

Consiguieron una histórica victoria ante Senegal en un partidazo de Dar Tucker. Básicamente eso es lo único reseñable de uno de los equipos más débiles de los presentes en China, y que debería tardar en volver a asomarse en una cita de primer nivel.

Lituania (9º)

De acuerdo, los echaron del Mundial en parte a un fallo arbitral ridículo, pero eso no debería servir como obstáculo para advertir que el nivel del baloncesto lituano sigue descendiendo inexorablemente desde hace años. Decepcionante torneo de Sabonis en su primera gran cita internacional con galones de jugador importante.

Montenegro (25º)

Vucevic en torneos FIBA es un jugador mucho mejor que el que solemos ver en la NBA, y el segundo hombre de mayor nivel es su suplente, lo cual es un serio problema. Poca brillantez y menos acierto, justo lo que no necesitaban en un grupo complicado.

Nigeria (17º)

Billete olímpico para un grupo que llegó con problemas extra deportivos a China y sale con una sonrisa. Brillante torneo del joven Josh Okogie, que será la gran referencia ofensiva en Tokio.

Nueva Zelanda (19º)

Lejos queda ya la edad dorada de los kiwis, sin embargo, siguen siendo un grupo de guerreros al que hay que matar mil veces. Estuvieron a centímetros de dar la sorpresa del torneo dejando a Grecia fuera en la primera fase, en uno de los mejores partidos de toda la primera fase.

Polonia (8º)

Una de las sensaciones del torneo, si no por juego, sí por resultado. El equipo polaco mostró un gran sentido del juego colectivo y alcanzó unos sorprendentes cuartos de final con un equipo sin apenas individualidades. El objetivo (complicado) será refrendar la hazaña llegando a los Juegos.

Puerto Rico (15º)

Talento e irregularidad. Puerto Rico cumplió llegando a segunda fase, el máximo que por nivel podían alcanzar. Estupenda actuación de David Huertas, un anotador que ha alcanzado el punto más alto de su carrera a los 32 años. Sería interesante ver que papel asume en un equipo europeo.

República Checa (6º)

La gran sorpresa. Los de Tomas Satoranski se cargaron en su camino a Turquí y Grecia, alcanzado un histórico sexto puesto. Atentos a este equipo si sigue su progresión y logran añadir a Jan Vesely a la plantilla, tienen capacidad de dar un susto en los cruces de un gran torneo.

República Dominicana (16º)

La gran pregunta del torneo. ¿Hasta dónde podría llegar los del Ché Guevara Dominicana con sus NBA en pista? Quizás- o quizás no- lo comprobemos en el torneo PreOlímpico del próximo verano. Por lo pronto, alcanzaron de forma brillante la segunda fase, muro natural para sus limitaciones en el juego interior.

Rusia (12º)

Salvaron los muebles llegando a la segunda fase, que viendo el nivel mostrado, no está nada mal. La travesía por el desierto del baloncesto ruso se antoja todavía muy larga, sin que la nueva generación haya dado un paso adelante… ni parezca que lo vaya a dar.

Senegal (30º)

Otra de esas selecciones que por nivel, jamás debería pisar nada parecido a una competición que se llame Copa del Mundo. Relleno.

Serbia (5º)

En Serbia iba todo bien… hasta que se cruzaron con España. Arrasaron en la primera fase, pero el sistema de dos interiores grandes se estrelló a la hora de la verdad. Djordjevic, muy señalado, dejará de ser seleccionador de un equipo al que se le intuyen serios problemas de carácter y competitividad en los momentos claves.

Túnez (20º)

Al menos sacaron billete para el Preolímpico, premio de consolación para el que quizás sea el equipo más sólido del continente africano. Su falta de talento exterior les penaliza demasiado en torneos de primer nivel.

Turquía (22º)

De estar a punto de tocar la gloria con cuatro tiros libres fallados ante Estados Unidos, a volverse a casa tras caer con la República Checa en un partido depresivo. Turquía ha resultado una de las grandes perdedoras de este mundial. Tocará revolución si no hay billete a Tokio.

Venezuela (14º)

Aceptable papel de la vino tinto, a la que le faltó un poco más de suerte en la segunda fase. Tienen calidad y sobre todo un estilo. Notable torneo del interior Michael Carrera, otro jugador al que sería interesante volver a tener por Europa de nuevo.

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Costa a costa

A las puertas de lo imposible

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Publicado

el

Luiggi García

El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

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