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Cuatro para la gloria

zhahihd@yahoo.es'

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El momento favorito de la temporada de miles de aficionados al baloncesto alrededor del mundo está cada vez más cerca. Este sábado 1 de abril dará comienzo la Final Four más abierta de las últimas temporadas en la NCAA. Y en el cóctel hay de todo: la cenicienta que ha dejado de serlo, otra de verdad, el tapado y el claro favorito.

Gonzaga

Matt Santangelo, Casey Calvary, Richie Frahm, Dan Dickau, Zach Gourde, Cory Violette, Blake Stepp, Derek Raivio, J.P. Batista, Ronny Turiaf, Adam Morrison (desconsolado, tirado en medio de la pista, que no lo podían sacar de allí ni con una grúa tras su eliminación en Elite 8), Jeremy Pargo, Josh Heytvelt, Matt Bouldin, Austin Daye, Robert Sacre, Elias Harris, Kelly Olynyk, David Stockton, Kevin Pangos, Gary Bell, Kyle Wiltjer, Domas Sabonis… No, no he querido engordar la lista más allá de lo razonable, no he querido remontarme a los lejanos tiempos de don John Stockton sino que me he limitado a señalar a algunos de los más destacados hijos de Mark Few, todos aquellos que un día soñaron más o menos legítimamente con las mieles de la Final Four y luego se quedaron más o menos a las puertas. En ese complicado tránsito Gonzaga pasó de cenicienta (cenicienta oficial del certamen, de hecho) a princesa, pero una cosa es cambiar trapos viejos por sedas y encajes y otra ya muy distinta es llevarte al huerto al príncipe. Hicieron falta dieciocho interminables años para que por fin le encajaran como un guante los zapatos de cristal. No sé si me explico.

Gonzaga es Final Four, lo cual en sí mismo es una gran noticia -no ya por el mero hecho de serlo- sino porque por fin dejarán de pitarle los oídos. Por fin dejará de escuchar aquello de que un equipo como Gonzaga jamás puede ser Final Four, que una (ex) modesta universidad de una no menos modesta conferencia no puede aspirar a las más altas cotas del baloncesto universitario. Su trabajo les ha costado, claro. Tuvieron que equilibrar por fin su juego interior y exterior en una amalgama perfecta, tuvieron que rodear a su armario polaco de tres cuerpos (pero ojo, que cuántos semiarmarios de un solo cuerpo querrían tener su movilidad, sus fundamentos y su visión de juego) con tres lujosos transfers recién llegados desde los más recónditos confines del Oeste americano; y tuvieron que marcarse una temporada (casi) perfecta, hasta el punto de que su única imperfección (esa derrota postrera ante BYU) fue quizá su mayor perfección, aún por paradójico que ello resulte: la que les permitió quitarse esa pesada losa de la imbatibilidad, la que les permitió entrar en marzo sin otra preocupación que no fuera la inherente al Madness, la de jugar y ganar todos y cada uno de sus partidos; que bastante presión es ya en sí misma como para procurarse además otra presión adicional.

Y jugar y ganar saben hacerlo como los ángeles, de hecho llevan haciéndolo todo el año. Cuando Nigel Williams-Goss (temporadón el suyo, oigan) está un poco bajo emerge la muñeca de seda de Jordan Matthews, cuando no la de Perkins o Melson; cuando el gran Karnowski necesita un descanso emerge el muy prometedor Zach Collins, cuando aún hace falta alguna pieza más Few se saca de la manga a Killian Tillie (de los Tillie de toda la vida) y hasta al insospechado japonés Hachimura. Y cuando se trata de darle sentido a toda esa mezcla exterior/interior emerge como por encanto un jugador por el que confieso sentir cierta debilidad personal, aquel JWill III que me enamoró en una Mizzou que se desmoronaba y que ahora ya (sin abreviaturas, sin ordinales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, sin otra denominación que no sea Johnathan Williams) es la verdadera piedra angular que da sentido al juego de estos Bulldogs (también llamados Zags), Karnowski aparte. Suele alertarse de los peligros de un equipo acostumbrado a perder, pero cabría también darle la vuelta a la tortilla y hablar de los inmensos beneficios de un equipo acostumbrado a ganar y para el que la derrota no es ni siquiera una opción; y miren que lo pasaron mal ante Northwestern, que sufrieron como perros ante West Virginia y que aún habrán de sufrir (y aún más si cabe) ante South Carolina, pero aún así no descarten que prolonguen esa sana costumbre hasta el final. Hasta la Final.

Foto: Sports Illustrated

South Carolina

¿Queríamos cenicienta? Pues toma cenicienta. Si nos hubieran dicho hace dos semanas que en la región de Villanova y Duke (y Baylor, y Florida, y…) el elegido para la gloria iba a ser South Carolina no es ya que no nos lo hubiésemos creído, es que habríamos enviado directamente al psiquiatra a nuestro interlocutor. Nos pasamos media temporada pontificando acerca de que la SEC no estaba ni de lejos al nivel de otras majors, hasta nos atrevimos a anticipar una especie de efecto Gonzaga para Kentucky porque esa supuesta debilidad de sus rivales en enero y febrero habría de pasarles factura en marzo… y sin embargo ninguna otra conferencia fue tan exitosa en este Madness, repasen a los Ocho de la Élite si les queda alguna duda: encontrar ahí a Kentucky parecía lo normal, encontrar también a Florida no chirriaba demasiado pero encontrar además a estos Gamecocks (gallos de pelea, como si dijéramos) resultaba ya una anomalía digna de estudio. ¡¿Qué pintan ahí estos tíos?! Y sin embargo estos tíos se cargaron a Florida como antes se habían cargado a Baylor y aún antes a Duke, el seed 2, el 3 y el 4 de una tacada, al 1 (Villanova) no se lo cargaron porque se lo quitó del medio Wisconsin que si no ya habríamos visto. La repentina irrupción de estas criaturas puede resultar sorprendente, pero no por ello es menos justa. Bien que se lo han ganado.

Vale, pero… ¿quiénes son estos tíos? Estos tíos son los interesantísimos Notice y Dozier por fuera, son el tosco (pero sumamente efectivo) Silva y el prometedor freshman estonio Kotsar por dentro, son unos cuantos satélites girando alrededor de un planeta principal llamado Sindarius Thornwell. Sí, Sindarius, suena casi más a profesor de Hogwarts que a jugador de baloncesto, probablemente sus padres cuando escogieron ese nombre ya pensaron que su retoño estaba predestinado a ser alguien singular, si no ya me dirán a santo de qué semejante ocurrencia. Sindarius es alma, corazón y vida de estos Gamecocks, Sindarius es un todocampista que rara vez anota menos de veinte puntos pero que además rebotea, distribuye y hace equipo desde su puesto de alero, Sindarius es una joya que ha ido a brillar en el mejor escaparate posible, una joya que tiene también sus aristas por lo que conviene manejarla con el mayor cuidado posible no te vayas a cortar. Algún pisotón a destiempo nos regaló en este Madness, alguna indisciplina le costó hace un par de meses varios partidos de sanción. Pero Frank Martin y él se necesitan mutuamente, y son ambos lo suficientemente inteligentes como para atemperar sus tempestuosos caracteres en pos de un objetivo común.

Y es que el amigo Frank Martin es el otro gran protagonista de esta historia maravillosa. Le conocí (de lejos, obviamente) hace unos años, cuando aún entrenaba a Kansas State, y habré de confesarles que así de entrada se me atragantó. Que era un buen técnico se veía a la legua, que era absolutamente insoportable también. Aquellas broncas crepusculares con los ojos casi inyectados en sangre eran las más feroces que haya visto a entrenador alguno durante estos últimos años, si me acojonaban a mí cómodamente arrellanado en mi sofá no quiero pensar lo que sentiría el Jacob Pullen de turno cada vez que se le arrebataba en pleno tiempo muerto. Salió abruptamente de Manhattan (Kansas), fue a parar a Columbia (South Carolina) y en ese trayecto algo debió romperse en su interior, algo debió decirle que suavizar un poco su carácter de ahí en adelante quizá no le vendría del todo mal. Frank Martin sigue echando broncas pero éstas no son ya tan apocalípticas y hasta dejan traslucir una evidente humanidad, esa misma que le hizo emocionarse hasta las lágrimas tras clasificarse para Final Four y ser abrazado y hasta zarandeado por todos y cada uno de sus jugadores. Estos Gamecocks son obra suya, y su pegajosa y asfixiante defensa (que a menudo empieza en zona y acaba en individual, ajustes mediante) es la imagen de marca de un equipo cuyo sueño no tiene por qué acabarse necesariamente aquí.

Foto: Getty Images

Oregon

Hace ahora un año, más o menos por estas fechas, consolaba yo (consuelo virtual, en todo caso) a un aficionado oregoniano particularmente desolado tras ver caer a su equipo ante Oklahoma en la Final Regional de 2016: no te preocupes, ya sabes lo que dicen, para ganar finales hay que perderlas primero, seguramente lo que han hecho hoy tus Ducks quedándose a la puertas de la Final Four de 2016 es poner la primera piedra para meterse en la Final Four de 2017, ya verás como sí, ten en cuenta que además volverán todos menos Cook, tendrán el mismo equipazo que ahora solo que con un año más de experiencia, al tiempo. Ya se sabe, esto de consolar es así, hermosas palabras que a menudo no se cree ni el que las dice, no digamos ya el que las escucha. Y sin embargo puedo asegurarles que yo esta vez no lo decía por decir: y como tal aposté por Oregon en Final Four a comienzos de temporada, y como tal mantuve mi apuesta en cada momento de la Regular Season, y como tal metí sin dudarlo a los Ducks entre los cuatro de Phoenix cuando a mediados de marzo rellené mi bracket. Claro está, nadie es perfecto, y habré de confesar que mi fe flaqueó hace apenas una semana, en las horas previas al Sweet Sixteen: no tanto por los deméritos de una Oregon que parecía haber perdido frescura como por los méritos de una Kansas que llegaba de arrollar a Michigan State, se disponía a aplastar a Purdue y parecía en trance de arrasar con todo. Reculé, me dejé llevar por las apariencias, dejé de lado a los Ducks y entregué a los Jayhawks mi pronóstico de la Midwest. En qué hora.

Lo que parecía pérdida de frescura no lo era, en absoluto. Era simplemente la asunción de que no todo puede ser jijí jajá, de que para presumir hay que sufrir como decían nuestras madres. Si vieron su Final Regional ante Kansas comprobarían el extraordinario trabajo defensivo de los Ducks, amargando la vida a los Jayhawks hasta el punto de que cada vez que éstos querían sacar el contraataque se los encontraban ya allí, bajando mucho más rápido los de verde de lo que subían los de blanco. Apúntenle un positivo (otro más) a Dana Altman, un técnico que me fascina ya desde sus lejanos tiempos de Creighton, un técnico que en nada se parece en sus maneras al susodicho Frank Martin o a tantos otros apóstoles de la desmesura. No, Altman es sobrio y contenido a más no poder: rara vez le veremos sonreír, jamás le veremos abroncar de manera desproporcionada a sus jugadores en público. Las televisiones no hacen negocio con él y enfocan siempre más al coach rival, lo cual no debería preocuparnos en absoluto porque basta ver el desempeño de su equipo sobre la cancha para confirmar su existencia, así en las vacas gordas como en las flacas. Cuando hace tres años graves problemas extradeportivos le privaron de sus puntales básicos antes de empezar la temporada supo crear un equipo casi de la nada, y hacerlo competitivo además; y cuando reunió luego por fin a un grupo maravilloso supo optimizarlo hasta llevarlo a las puertas de la Final Four primero, y hasta meterlo en ella exactamente un año después.

Cómo será de bueno este equipo de Oregon, que está en Final Four con la (quizá) peor versión de Dillon Brooks de estas últimas temporadas. Otros entrarían en crisis tras el bajón de su estrella pero estos Ducks tienen tantas y tan variopintas opciones que a donde no llega el canadiense llegan todos los demás: llega por ejemplo el desatado heleno Tyler Dorsey, triple tras triple tras triple en este Torneo. Llega el ex villanovense (de Villanova, quiero decir) Dylan Ennis, que a sus 25 años cumplidos (dos transfers y una lesión, total tres años en blanco) aún anda el hombre labrándose una carrera desde la universidad. Llegan el base freshman Payton Pritchard y su socio Casey Benson, y llega, cómo no, Jordan Bell. Aquella criatura que en su año de novato era una máquina de taponar pero apenas sabía hacer nada más, ha evolucionado hasta seguir siendo esa misma máquina de taponar (aún más si cabe), ser además una máquina de rebotear (y cómo) y haberse convertido también en un jugador interesantísimo a nivel ofensivo: no es un prodigio técnico pero hace sus cositas, y tiene la suficiente visión de juego y capacidad de pase (lo que vale eso, dios) para ponérsela al compañero abierto cada vez que le sobremarcan. No es que sea el principal baluarte del juego interior, es que tras la lesión de Boucher él es el juego interior, punto. Capaz de hacer lo suyo y lo de Boucher y lo de algún otro si se tercia, todo a la vez. Pueden estar seguros de que el pívot de Kansas Landen Lucas tendrá pesadillas con él durante toda su vida tras su portentoso despliegue en la Final Regional; veremos si Kennedy Meeks no las tendrá también tras la semifinal nacional.

Foto: Harry How / Getty Images

North Carolina

Algo tendrá el agua cuando la bendicen (dicen). Algo tendrán Roy Williams, Hubert Davis y demás miembros del cuerpo técnico si han sido capaces de meter a sus Tar Heels dos años seguidos en la Final Four. Que el año pasado apenas le dimos importancia porque nos pareció como si lo llevaran de serie, con el plantillón que tenían pues a ver qué iban a hacer (más allá de su irregular temporada), pues llegar a lo más alto, qué si no. Pero este año (ya sin el anotador compulsivo Marcus Paige, ya sin el reboteador compulsivo Brice Johnson) las perspectivas parecían bastante menos halagüeñas, tanto más con ese estigma de equipo un tanto blando, un tanto irregular, un tanto inconsistente, un tanto… leches. Quienes pensamos ingenuamente que sin Brice perderían poder en los tableros nos equivocamos de medio a medio, como pudimos comprobar ya desde comienzos de temporada: su porcentaje de rebote ofensivo anduvo siempre por encima del cuarenta por ciento (y hasta llegó a rondar el cincuenta) o dicho de otra manera, recuperaban casi la mitad de lo que fallaban, lo que les garantizaba (obviedad) un número de posesiones significativamente superior al del rival. Kennedy Culo Gordo Meeks hizo del rebote un arte pero no estuvo solo ya que contó siempre con la solidaridad de Isaiah Hicks, del imponente freshman Tony Bradley (futuro de los Tar Heels, siempre y cuando no huya precipitadamente a la NBA) y de ese alero del que les hablaré (y no pararé) a la vuelta del punto y aparte, que el amigo Justin Jackson bien merece un párrafo para él solo.

Justin Jackson es el antidivo por antonomasia. Ese aire tímido, esa cara de no haber roto nunca un plato, ese look desgarbado, incluso esa camiseta con mangas por debajo de la de tirantes para potenciar aún más su apariencia de pedir perdón por estar donde está. Nadie (que no lo conozca, obviamente) lo señalaría jamás como la estrella de este equipo, cualquiera no avisado atribuiría esa condición a Berry o Pinson, o quizás a Hicks o Meeks, jamás a Justin simplemente a la vista de su aspecto… hasta que lo vieran jugar, claro. Comprobarían entonces su sabiduría en cada momento del juego, su extraordinaria muñeca y su carácter que (en contra de lo que pudiera parecer) no se esconde en los momentos crujientes, más bien al contrario. Todo lo cual de manera discreta, sin llamar ni un poquito la atención, que a otros en tales circunstancias tienes que decirles tío, suelta el balón ya que tenemos que jugar todos, a él no, a él más bien tienes que decirle tío, no la sueltes, tírate alguna más que con lo bueno que eres no podemos permitirnos el lujo de que no asumas más protagonismo. Una joya, Justin. Y una delicia de jugador.

Pero necesitará que sus socios exteriores aporten, necesitará que Joel Berry emerja de su postración de estas últimas semanas (mitad baja forma, mitad achaques varios), necesitará que Pinson vuelva a ser Pinson, necesitará que Britt ponga cabeza fría desde el banquillo, necesitará sobre todo que siga en estado de gracia ese meritorio ex walk-on repentinamente reconvertido en suplente de lujo llamado Luke Maye, ese cuya delirante canasta (tras el no menos delirante triple de Monk) les abrió de par en par las puertas de esta Final Four. Y necesitará que se haga realidad también ese viejo axioma que utilizábamos con Oregon (sólo que esta vez no referido a la Final Regional sino a la Nacional), para ganar finales hay que perderlas primero. La experiencia es un grado, miren si no a los cuatro finalistas y comprobarán que esta vez no habrá jugadores de alquiler (Bo Ryan dixit), que no hablaremos de freshmen (salvo excepciones que confirman la regla) sino de jugadores hechos y derechos, que por no ver no veremos ni a uno solo de los yogurines que habrán de acaparar la lotería del próximo draft. La experiencia es un grado, y en ese sentido no estará de más recordar que Gonzaga y South Carolina jamás anduvieron por estas alturas, que Oregon sí que anduvo pero eso fue en 1939 (que algunos ni habíamos nacido siquiera) y que entretanto North Carolina ha pasado por semejante trance no menos de veinte veces, la última hace apenas doce meses. Y que de no haber sido por aquella ocurrencia postrera de Chris Jenkins quizás hoy estaríamos hablando del vigente campeón. Sí, estos Tar Heels saben mejor que nadie cómo es esto de la Final Four, lo cual obviamente no garantiza nada pero es un buen punto de partida. A ver quién puede decir lo mismo.

Foto: Evan Pike / USA Today Sports

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Collin Sexton, el mundo a su merced

bryangn@gmail.com'

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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