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Objetivo Europa

Derrick Sharp, la gloria en dos segundos

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Puede parecer mentira. Pero Orlando y Tel Aviv tienen alguien en común. A casi 10.500 km de distancia también hay nexos de unión. Quizás el nexo más fuerte que ha conocido Tel Aviv en los últimos veinte años.

Derrick Sharp nunca fue un tipo cualquiera. Creció en Orlando jugando al baloncesto, algo que no dejaría de hacer hasta su retirada hace apenas cuatro años. Sharp era un tipo eléctrico y descarado, que forjaba un nombre en Maynard Evans, su instituto, donde se forjó una leyenda como Darryl Dawkins, y donde pudo compartir unos años con Chucky Atkins, tres años menor que él, pero con quien compartiría mucho más que cancha.

Sharp pasaba desapercibido, tanto que acabó en Eastern Florida State, una institución académica de nivel pero sin el peso deportivo necesario para que el joven Derrick pudiera hacer carrera en los Estados Unidos. No dudaría en cambiar de universidad, esta vez a South Florida, donde precisamente coincidiría con Atkins, y donde Sharp se destapó como un gran tirador, estableciendo marcas individuales a considerar, rozando el 40% en triples pero con un triste bagaje colectivo en sus dos temporadas.

Obviamente sin exposición mediática, el Draft era un imposible. Sharp sabía que si quería jugar al baloncesto de forma profesional tendría que dar el salto a Europa. Y lo hizo sin dudarlo un segundo. Al lugar más extraño que pudo encontrar, desde luego. Israel, sí. Pero no a Hapoel, Maccabi o cualquier equipo de primera fila. No, Sharp ponía rumbo a la liga Leumit, la segunda división israelí.

Allí recalaría en el Maccabi Hadera, donde disputaría la temporada 1993/94. Solo una, pues después cambiaría de club, en 1994, para seguir en la misma liga. No llamaba la atención, era demasiado bajito para jugar como escolta y demasiado alocado como para jugar de base en la Europa del basket control.

Una temporada estuvo en el Hapoel Migdal-HaEmek, donde pasó sin pena ni gloria, llegando a recalar en un club de la tercera división israelí. Sharp parecía caer en el olvido. Su buen año en aquella tercera división jamás haría pensar lo que iba a llegar. Llamaban a su puerta. Y no llamaba cualquiera. El Maccabi lo esperaba.

El Maccabi Tel Aviv vivía una dura época en los años noventa. Millones invertidos que no llevaban a nada. Un dispendio económico sin igual en Israel, pero que no lograba ofrecer garantías a nivel europeo. Y eso, en Tel Aviv, significa fracaso. Año tras año grandes estrellas pasaban por las filas de Maccabi sin éxito alguno.

Sharp llegó sin hacer ruido. Y sin mucha notoriedad, quedando relegado más al plano nacional que al europeo. Tenía por delante al mítico Oded Kattash, estrella israelí por antonomasia, y también a Guy Goodes, que rendía de sobras y ejercía de veterano al mando. Cualquier otro se habría rendido. ¿Para qué estar en Tel Aviv sin jugar en Europa? ¿Era necesario quedar al margen partido tras partido? Sharp tenía mercado en Israel, quizás otro equipo en Europa querría contar con él para que demostrara su capacidad anotadora.

Mas Derrick no quiso rendirse. Salía a pista a morder. No era necesario meter 20 puntos. Pero sí dejarse la piel en cada jugada. Eso unido a cierta magia en los instantes finales hizo que la afición macabea enloqueciera con él. Había nacido una estrella para el Maccabi. Sharp estaba en casa.

Verlo en pista significaba el terror para los bases rivales. Pegado a ellos, no permitiendo un bote cómodo, arriesgando al máximo y bordeando la falta. Petar Naumoski, una de las grandes estrellas de la época, tenía pesadillas con el americano. Se iba convirtiendo en institución a la vez que Maccabi peleaba por cotas más altas. El inicio del nuevo milenio marcaba un antes y un después. Pero Oded Kattash, quien lideró a Maccabi durante la última parte de la década de los noventa, fue un cruel verdugo. Sus triples en la final de la Liga Europea sentenciaron a los israelíes, y le daban un nuevo título a Panathinaikos, el primero de la era Obradovic.

Pero la historia termina siendo justa. Costó, sí. Costó esfuerzo y dinero. Sobre todo, dinero. Pini Gherson al mando, una escisión entre FIBA y ULEB de por medio, fichajes de renombre y la suerte de que la Kinder de Bologna estuviera en el otro lado del conflicto. 2001 fue el año de la confirmación de Maccabi, el año marcado por tener dos campeones europeos, la Kinder de Ginóbili y cía, y el Maccabi de Huffman, Parker y Arriel McDonald.

A partir de ahí, se iniciaba una carrera histórica en el baloncesto israelí. Sharp obtenía la nacionalidad, se convertía en un jugador de alto valor y llegaban los títulos. 27 títulos. 27 llegó a alzar Sharp, en una combinación de suerte y talento pocas veces vista. El joven que llegó de puntillas a Europa se convertía en santo y seña del baloncesto israelí. Y tendría su momento de gloria. Una gloria que sería eterna. Un instante que resume a la perfección su carrera.

Derrick Sharp 3

Foto: Noam Gulai

Situemos el contexto. El Zar vuelve a Europa. Sabonis abandona la NBA y decide pasar una temporada más en el baloncesto, para delicida del espectador. Unicaja sueña con el lituano, que adora la Costa del Sol hasta el punto de considerarlo su hogar. Sus hijos crecen en los veranos calurosos al sur de España, y no parece una idea tan descabellada. Pero Zalgiris termina siendo su destino, el club de toda su vida, donde comenzó y donde mostró sus primeros años de dominio.

Después del título del 99, en Kaunas no se habían visto en otra así. Sabonis se une a Ed Cota, Mindaugas Timinskas, Tanoka Beard y Darjus Lavrinovic, entre otros. Una plantilla de gran nivel que con el gigante lituano en sus filas pasa a ser firme candidato a todo. ¿Su debut? La mejor muestra posible. Ante Panathinaikos y con victoria. Sabonis sumando 15 puntos y 9 rebotes. El Zar finalizaría la temporada con 16 puntos y 10 rebotes de media, para 26 de valoración. Y el 8 de abril en la memoria.

Maccabi y Zalgiris se enfrentaban por un puesto en la Final Four de la Euroliga. El Top 16 daba el pase directo a la Final Four a los cuatro líderes de cada grupo, lo que hacía de cada encuentro una final per se. Y más aquel día, donde se decidiría todo.

Sabonis era consciente de a qué se enfrentaba. Aquel Maccabi es historia a día de hoy por noches como aquella y con un quinteto que quedó grabado en la memoria colectiva: Jasikevicius, Parker, Burstein, Baston y Vujcic. La mezcla de talento y físico perfecta. Una máquina perfectamente engrasada, una máquina de anotar sin parangón en Europa.

El primer cuarto era buena muestra de ello. 30 puntos anotados, con Jasikevicius en estado de gracia. Sabonis era la otra respuesta lituana, en una de sus grandes noches, sabiendo que esta era la oportunidad perfecta. El gigante lituano anotaba de todas las formas posibles, dominaba la zona y daba un clínic de pase, una semana más, una noche más. Con Sabonis al mando, el Zalgiris comenzó a recortar distancias. Poco a poco, hasta un tercer cuarto pletórico donde dejaban a los de Gherson en 12 puntos. Parecía que los lituanos iban a tener hueco en la Final Four y que Sabonis pelearia por un nuevo cetro europeo.

Aunque es de perogrullo, un tópico manido pero cierto es aquello de no vender la piel del oso antes de cazarlo. Maccabi abrió la Caja de Pandora, convirtiendo el último período en una oda al baloncesto ofensivo. 33 puntos. Hasta el instante final. Bagatskis y Cota asumían el mando del partido con Sabonis fuera por faltas, Beard intentaba dominar en la zona ante Baston y Vujcic, y Maccabi buscaba remontar a la desesperada. Los nervios y la tensión eran evidentes, en un intercambio de golpes constantes que llevaban el partido a la máxima igualdad en el minuto final. Jasikevicius y Vujcic mantenían a Maccabi en el partido, colocando en el marcador el 91 a 94 para los lituanos, con apenas una docena de segundos en el marcador. Jasikevicius cometía falta sobre Giedrius Gustas a falta de dos segundos, la quinta falta del base lituano. Todo parecía acabado. Con anotar un tiro libre, la remontada era imposible.

Pero Gustas optó por hacer un favor. El aro escupió su primer tiro libre. El pabellón israelí, La Mano de Elías, enloqueció. El segundo, fuera. Golpeaba la parte trasera del aro, y Beard pisaba la zona antes de tiempo, por lo que Maccabi tendría la opción de sacar de fondo, aunque la bocina había sonado ya. ¿Qué hacer entonces?

Gherson no sabía qué hacer. No quedaban tiempos muertos, Jasikevicius había sido eliminado por faltas y no había muchas opciones. Entre tanto desconcierto, Gur Shelef se acercaba timorato a la línea de fondo, consciente del marrón que iba a comerse teniendo que poner el balón en juego desde tan lejos. El reloj marcaba dos segundos. Ilija Belosevic esperaba en línea de fondo, balón en mano, y daba el visto bueno junto a la mesa para poner el balón en juego, que entregaba a Shelef.

Shelef dudaba. Iba a cruzar el balón de lado a lado, la pelota reposaba en su mano izquierda, su brazo en tensión y en posición para lanzar un disco. Soltó el balón. No sabemos si queriendo hacer lo que hizo o por puro azar. La cuestión es que llegó, llegó a manos de ese base americano, con pasaporte israelí, que parecía no estar dispuesto a dejar escapar esa oportunidad. Sharp saltó, cogió el balón como pudo, dio un bote hacia su izquierda y se levantó, echando su cuerpo hacia delante, tomando impulso para no quedarse corto en un lanzamiento tan forzado.

La bocina sonó antes de que el balón besara la red. La Mano de Elías estallaba. 94 a 94, Sharp ni se inmutaba. Acababa de hacer historia y mantenía la cabeza fría, abrazado por Maceo Baston. Beard reclamaba que la canasta estaba fuera de tiempo, cortando el aire con sus brazos. Era el único en reclamar, con sus compañeros cabizbajos dirigiéndose al banquillo.

Sharp anotó un triple que abrió las puertas a Europa. Un tiro que se convirtió en santo y seña de la Euroliga durante años como muestra de la belleza de la competición, de la igualdad máxima, de la histeria colectiva que podía generar el baloncesto. Quizás siga siéndolo, o quizás lo fue hasta que Printezis anotó una canasta para tumbar al todopoderoso CSKA unos años después.

Derrick Sharp siguió siendo cauto. Siguió entregándose en cuerpo y alma al baloncesto, al Maccabi, donde cosechó la Euroliga esa misma temporada, en una final que pasó a la historia por ser la que ha tenido la diferencia más abultada (118 a 74, ante la Fortitudo de Bologna). Sharp era el sexto hombre ideal, el jugador a marcar diferencias en pocos minutos, capaz de amargar a cualquier estrella rival. Revalidarían título un año después, la segunda Euroliga de Derrick Sharp, tercer título europeo contando la Suproliga. Más Final Four, más hitos y títulos. Su defensa y su certero lanzamiento exterior, como santo y seña. Jamás bajó del 40% en triples en su carrera. Jamás. Ni tan siquiera en sus últimos años, cuando apenas disputaba cinco minutos de promedio en la competición nacional.

Sharp dijo adiós a las canchas en 2011, después de cumplir su decimoquinta temporada en las filas del Maccabi. La exigencia de aquella temporada, donde los de Blatt disputarían hasta un total de cuatro competiciones, hicieron mella en la voluntad de Sharp de seguir jugando, aunque casi no pisaba la cancha. De la pista a los banquillos, donde estuvo dos temporadas bajo el ala de David Blatt, ejerciendo de asistente. En 2013, Derrick Sharp se marchó de Maccabi, con diecisiete temporadas a sus espaldas, veintisiete títulos y la historia reciente de los israelíes a sus espaldas.

Ahora su hijo intenta recuperar su legado. Nacido en 1996, juega en el Bnei Herzliya, donde intenta hacerse un hueco gracias a su pasaporte israelí. Derrick Sharp Jr sueña con emular a su padre. Aquel hombre que trabajó sin descanso para cumplir un sueño. Una institución en el Maccabi. Historia del baloncesto europeo. Y con un lugar guardado, para siempre, en la memoria colectiva. Derrick Sharp voló en dos segundos y tocó la gloria. La acarició y se apoderó de ella. A veces no son necesarios quince minutos de fama. A veces, solo basta con dos segundos de gloria.

 

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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