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Objetivo Europa

Virtus contra Fortitudo. Montescos contra capuletos

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Se dice que Bolonia es una ciudad ambiciosa, un lugar donde se han desarrollado peleas de todo tipo y que ponen de manifiesto el carácter orgulloso de sus gentes. Se dice que “tan pronto abres una botella de champán, ya hay gente obligándote a cerrarla”. Cuna de la que se cree la universidad más antigua del mundo, la capital de la Emilia-Romaña ha albergado durante los últimos 50 años una de las peleas deportivas más reconocidas del Viejo Continente, pelea que pareció tener su punto final hace casi ocho años pero que, como salida de algún callejón oscuro, volvió a fraguarse hace apenas un par de meses. Como las dos torres que se alzan en pleno centro de la ciudad, dos ilustres del pallacanestro italiano volvieron a verse las caras después de mucho tiempo, soñando por volver a recuperar los años dorados en que eran símbolos tanto en Italia como en Europa. La Virtus frente a la Fortitudo. La clase burguesa frente a la clase obrera. Los “Forever Boys” frente los “Fossa di Leoni”. Los que se mudaron a jugar a Casalecchio di Reno frente a los que aún juegan en Piazza Azzarita. El blanco y el negro frente al blanco y azul. La virtud frente a la fuerza.

Cada vez que Virtus y Fortitudo se ven las caras, los cerca de 400.000 boloñeses se dividen para seguir a cada uno de estos gigantes en el Derby, una rivalidad deportiva que no entiende si se está dando en un playoff de Euroliga o en un partido de liga regular de la Serie A2 italiana. Da igual. Ambos contendientes siguen combatiendo con odio pero, al mismo tiempo, sabiendo que se necesitan mutuamente para prolongar esta rivalidad. Bolonia llegó a albergar en su día cerca de 200 torres, cada una de ellas levantada por una familia diferente para mostrar su poder. Entre las pocas que sobreviven, hay dos que continúan juntas. La Torre Asinelli, delgada, con una leve inclinación y símbolo de la aristocracia, se dice que representa a la Virtus. Junto a ella, la Torre Garisenda, corta, sólida y con una mayor inclinación, se dice que representa a la Fortitudo. Un viajero francés del siglo XIX las describió como dos viejos amigos que se habían aventurado fuera de la ciudad en busca de diversión y que habían vuelto tiempo después borrachos. Se puede decir que el centro de Bolonia ha sido siempre más de la Virtus, mientras que la periferia de la ciudad y la provincia sienten más simpatía por la Fortitudo. Sin embargo, la diferencia más llamativa siempre se ha visto en la apariencia y en la manera de animar de ambas aficiones. Vestidos con trajes de etiqueta y más comedidos los burgueses de la Virtus; con el torso al aire y más entusiastas los trabajadores de la Fortitudo.

Hoy en día la rivalidad se ve de una manera diferente a la que acontecía en los 90 o en la primera década del siglo XXI, cuando el derby dejaba insultos en las calles y alguna que otra pelea entre ambas aficiones, porque los dos equipos viven momentos difíciles.

El mito de la Virtus comenzó a forjarse en 1871, cuando se fundó en la ciudad la Sociedad de Gimnasia bajo la iniciativa de Emilio Baumann, considerado el padre de la gimnasia moderna italiana. Albergando a diferentes modalidades deportivas como atletismo, ciclismo, esgrima o natación, el baloncesto comenzó a practicarse en la década de los 20, en los muros de la Iglesia de Santa Lucía para, en 1929, fundarse la sección de baloncesto. La década de los 30 y principios de los 40, sirvieron a la Virtus para posicionarse entre los equipos punteros del país, consiguiendo cuatro subcampeonatos nacionales, siempre a la sombra de los equipos de Milán, Roma y Venecia. El final de la II Guerra Mundial trajo consigo el traslado a la mítica Sala Borsa, lugar donde se hacían negocios y se instalaba el mercado durante el día, para pasar a albergar los partidos de la Virtus por la noche. Jugando en su primitivo suelo de azulejos en forma de rombos, la escuadra comenzó a lograr sus primeros éxitos, alzándose con cuatro títulos consecutivos entre 1946 y 1949. Con jugadores como Canna, Gambini, Calebotta o Lamberti, nadie pudo hacerles frente en esos años, comenzando “El mito de la Virtus”.

Paralelamente, la Fortitudo había sido fundada en 1901 por sacerdotes católicos con el objetivo de proporcionar un lugar de ocio y deporte a las juventudes de las clases trabajadoras afincadas en la parte oeste de la ciudad. La sección de baloncesto nacería en 1932, con unas cestas improvisadas que colgaban de las paredes del Gimnasio Canetoli, en la Vía de San Felice. El equipo viviría años muy lejos del profesionalismo hasta que, a comienzos de la década de los 60, consiguió el ascenso a la Serie B tras derrotar al Libertas Forli después de una dura batalla en la cancha y en las gradas. De esta época cabe destacar la figura de Gianni Paolucci, speaker del equipo durante muchos años después, y Beppe Lamberti, posterior entrenador durante más de una década. El 12 de agosto de 1966 la Fortitudo pasaría a formar parte de la máxima categoría del baloncesto italiano tras comprar los derechos de otra escuadra boloñesa, el Sant’Agostino. La transacción, llevada a cabo a medianoche en un restaurante de la ciudad, tendría un coste de 20 millones de liras.

Foto: Archivo SEF Virtus

Así, el 15 de diciembre de 1966, en la cancha de Piazza Azzarita nace el primero de los 104 derbis disputados hasta la fecha por ambas escuadras, medio siglo de feroces batallas y rivalidades entre dos equipos opuestos. Anteriormente solo se habían visto las caras en algunos amistosos o torneos de verano, pero aquel jueves de diciembre fue el primero en la máxima categoría. Virtus acabaría ganando (73-66) un apretado partido que tuvo poca repercusión en las gradas y en los medios de comunicación de la época. Tres meses después, Dewey Andrew, primer americano de la historia de la Fortitudo, se desquitaba de su mala actuación en la primera vuelta anotando 26 puntos para dar la victoria a la Fortitudo en el segundo derby (78-63). Estaba comenzando la historia pero nadie lo sabía.

No fueron años de éxitos para los dos equipos boloñeses. La Virtus no lograba alzar más títulos, siempre a la sombra de los grandes dominadores de la época, Varese y Milán, mientras que Fortitudo trataba de aguantar a duras penas en la máxima categoría del baloncesto italiano. Sin embargo, fueron años donde se empezó a forjar y endurecer la rivalidad entre ambas escuadras. Quizá el primer gran derby que se recuerda fue el de las navidades de 1969, “el derby de la sangre”, disputado ante 9.000 espectadores, y donde la Fortitudo se impuso por un escueto 69-66. De aquel partido ha quedado para el recuerdo la actuación de Gary Schull, “El Barón” como le llamaban los aficionados de la Fortitudo, la primera gran estrella en la historia del club, cuya fotografía al final del choque con los brazos en alto y la camiseta empapada de sangre es parte ya de la historia de esta rivalidad.

La llegada de Gianluigi Porelli a la presidencia de la Virtus en 1968 sirvió para relanzar al equipo dentro de la competición nacional. Apodado “Robespierre” por sus tajantes medidas a la hora de gestionar el club, apostó por un, hasta entonces, desconocido Dan Peterson como entrenador y firmó un acuerdo de patrocinio con la marca electrónica Sinudyne. Los resultados deportivos no tardarían en llegar, alcanzando la Copa de 1974 y las Ligas de 1976, 1979 y 1980 con jugadores como Terry Driscoll, Marco Bonamico, Renato Villalta, Gianni Bertolotti o Kresimir Cosic.

Al otro lado de la ciudad, Fortitudo vivía una década oscura, con apuros económicos, viéndose obligada a desprenderse de sus jóvenes promesas y sufriendo varios descensos a la segunda categoría. Aún así, tuvo un breve momento de gloria cuando alcanzó la Final de la Copa Korac en 1977 en su primera participación en una competición europea. Disputada en Génova ante la Jugoplastika, el partido estuvo marcado por la decisión de la FIBA de inhabilitar a Carlos Raffaelli, estrella italo-argentina del equipo, tras negarse a jugar con Argentina en el anterior Campeonato Sudamericano. La decisión se interpretó como una maniobra de Borislav Stankovic para favorecer a los yugoslavos, con lo que se vivió un ambiente muy tenso durante toda la Final. Los italianos sufrieron la eliminación de varios de sus jugadores por faltas y el partido se vio interrumpido varias veces por lanzamientos de objetos, concluyendo con un apurado 87-84 a favor de los balcánicos, quienes tuvieron que recoger el trofeo en el vestuario tras la irrupción de los tifossi en la pista y la agresión al árbitro principal Mainini.

Como anécdota, unos meses después, en septiembre de 1977, aterrizó en el club una leyenda como Connie Hawkins, como fichaje estrella de la entidad. Sorprendiendo a todos en la pretemporada por sus movimientos y recursos, finalmente fue cortado antes de iniciarse la temporada debido a las dudas sobre su estado físico. Hawkins había aterrizado solo y, lejos de volverse a EE.UU, se quedó en Bolonia hasta primavera, disfrutando de la vida y contándole a su mujer por teléfono historias ficticias sobre partidos en Italia en los cuales nunca llegó a participar.

La década de los 80 comenzó con la Virtus disputando su primera final europea, la de la Copa de Europa de 1981 ante el Maccabi. Jugando sin Jim Mcmillan, lesionado en una de sus rodillas, aguantaron el marcador hasta el final, pero una inexistente falta en ataque señalizada a Bonamico en los últimos segundos le privaron de la gloria, cayendo por 80-79. El equipo alcanzaría Liga y Copa en 1984, ya con Brunamonti, Van Breda Kolff o Binelli, y la Recopa ante el Real Madrid en 1990, con Micheal Ray Richardson en la plantilla. En el otro barrio de la ciudad, la Fortitudo vivía unos 80 amargos, sufriendo varios descensos de categoría, estando muy lejos de los equipos punteros del país. Las temporadas se salvaban dependiendo de si se lograba la victoria en el derby de la ciudad. Dentro de la rivalidad entre ambos, destacó para siempre el recibimiento que los ultras de la Fortitudo hicieron a la Virtus en el último derby de aquella década, formando una “V” en la grada con los pantalones bajados. Roberto Brunamonti, mito de la Virtus, recordaba que “la dimensión económica era importante, pero había una mayor espontaneidad y sinceridad. Un apretón de manos valía la pena. Luego todo fue diferente. El interés económico estuvo por encima de todo y el baloncesto se convirtió en una especie de compromiso”.

Los 90 fueron el inicio de la máxima rivalidad entre ambos clubes, derbis que dividían la ciudad y que marcaron una época en el baloncesto trasalpino. La Fortitudo pasó de ser un equipo del montón gracias a la llegada de Giorgio Seragnoli, dotando al club de un poder económico que nunca antes en su historia había conocido. Eso le permitió incorporar jugadores de prestigio que posibilitaron el salto de calidad que el club andaba buscando para luchar por éxitos mayores. Vincenzo Esposito, Djordjevic, Carlton Myers, Scariolo, hacen que el equipo alcance las Finales de Liga en 1996 y 1997, pero no logra alzarse con el título ante Milán y Treviso, Antes, la Virtus ha empezado ya su propio camino, consiguiendo tres títulos entre 1993 y 1995, con Messina en el banquillo, Danilovic en pista y las míticas Knorr y Buckler en las camisetas. Nino Pellacani, ilustre jugador en la historia de la Fortitudo, recordaba que “la semana anterior al derby las familias se dividían dependiendo de a quien animases. Los hermanos se peleaban y los padres e hijos iban a los partidos separados. Para nosotros era el partido del año, el pico de la temporada. Éramos un equipo joven  que sentía la atmósfera que se respiraba, por lo que sabíamos muy bien lo que significaba para el aficionado ganar o perder”. Eran los años en los que los aficionados de la Fortitudo acudían a los partidos con camisetas en las que se leía “No me gusta la sopa”, en alusión a la mítica Knorr, sponsor del rival.

Foto: Roberto Serra / Iguana Press

En el verano de 1998 se vive un espectáculo de fuegos artificiales en la ciudad, con los dos equipos tratando de conseguir los mejores jugadores del país y del continente a base de liras. A la Virtus vuelve Danilovic después de su experiencia en la NBA, mientras que la Fortitudo apuesta por David Rivers, Dominique Wilkins y Gregor Fucka. Posiblemente sean los dos mejores equipos de Europa y van a acabar chocando en todas las competiciones.

La Fortitudo alcanza el primer título de su historia el 1 de febrero de 1998, alzándose con la Copa ante Treviso en un Palamalaguti lleno. La imagen de Carlton Myers levantando el trofeo en el centro del campo con miles de aficionados enloquecidos a su alrededor representa la alegría de un club que ha esperado más de 30 años para vivir un momento como ese.

Ambos vecinos se ven las caras de nuevo un mes después en los cuartos de final de la Euroliga. En una serie a cara de perro, es la Virtus la que se alza con la victoria final después de una pelea memorable, consiguiendo su billete a la Final Four de Barcelona donde conseguirá su primer entorchado europeo ante el AEK de Atenas. Es la Virtus de Rigadeau, Danilovic, Sconochini, Binelli, Nesterovic,…

El acto final y quizá el que más se recuerda entre ambos clubes, se da en el quinto partido de la Final de Liga. Fortitudo domina todo el choque, aunque con ventajas mínimas, y llega a los últimos segundos con 4 puntos arriba en lo que parece ser el primer Scudetto de su historia. Sin embargo, Danilovic se eleva más allá de siete metros para anotar un triple con falta adicional de un Dominique Wilkins que firma el peor partido de su vida. La Virtus fuerza la prórroga en la que consigue su 14º campeonato, mientras que la Fortitudo empieza a pensar en una maldición después de perder su tercera Final consecutiva.

Un año después, ambos equipos se ven las caras en las semifinales de la Final Four, con victoria de nuevo para la Virtus, aunque el título se lo acabará llevando Zalgiris. Es el preludio del éxito de la Fortitudo, el cual llega, por fin, en 2000, bajo las órdenes de Recalcati: “Era el mejor equipo que he entrenado nunca”. Los Myers, Karnisovas, Vrankovic, Fucka, Basile, Galanda o Jaric se imponen a Treviso 3-1 en el que es el primer Scudetto de su historia. Con el Palaverde invadido por los aficionados boloñeses, Fabrizio Pungetti, voz de los partidos de la Fortitudo lanza sus repetidos gritos estrangulados cuando empieza la cuenta atrás: ¡Campeones de Italia, campeones de Italia, la Fortitudo es campeona de Italia!

El año siguiente será el año de la Virtus, la cual se hace con unos jóvenes Ginóbili, Smodis y Jaric. Los de Messina lo ganan todo, en la que es la mejor temporada de su historia. Desde el primer momento mostraron una gran determinación para ganar, encadenando 33 victorias consecutivas entre Liga y Euroliga. El primer título llegó en Forli, con la Final de Copa ante Pésaro. Tras batir a sus vecinos en las semifinales de la Euroliga por un contundente 3-0, el segundo título llega con la victoria en la Final ante el TAU Vitoria. Finalmente, el triplete llega con la Liga número 15 en junio, tras derrotar en el tercer choque otra vez a la Fortitudo por 83-79. Es la última Liga de su historia hasta ahora.

El último Scudetto para la ciudad lo logra la Fortitudo en 2005, después de perder tres Ligas consecutivas y de alcanzar la Final de la Suproliga en 2004, cayendo de manera contundente ante el Maccabi de Jasikevicius. El título llega quizá cuando nadie lo esperaba ya que el equipo era bueno pero no el principal favorito en la carrera hacia el título. Con Repesa en el banquillo, Basile como capitán y jugadores como Bagaric, Rubén Douglas, Smodis y los jóvenes Mancinelli y Bellinelli, el equipo se caracteriza por una gran defensa e intensidad en su juego, alcanzando la final de Liga ante Milán, liderado por Djordjevic. En el cuarto partido de la serie, la Fortitudo acabó con sus fantasmas y con su leyenda de ser un equipo perdedor tras imponerse en la Final gracias a un triple sobre la bocina de Douglas que necesitó del instant replay.

A partir de ahí, los tiempos de las grandes inversiones y de los costes desmesurados en las gestiones desaparecieron, viéndose ambos clubes avocados a un progresivo descenso en su poder deportivo y económico dentro del baloncesto italiano, al igual que el sufrido por otros ilustres como Treviso, Siena o Roma. El último derby en la máxima categoría, el 103 en la historia, se disputó el 29 de marzo de 2009, con triunfo final de la Virtus por un solo punto gracias a un triple de Dusan Vukcevic. Nadie podía imaginar que habrían de pasar casi ocho años para presenciar el derby 104 y que éste se jugaría en la Serie 2, después de la grave crisis financiera arrastrada por ambos clubes. Ya no estaban los Danilovic, Myers, Ginóbili, Basile, Messina o Recalcati, pero sí la atmósfera que ha rodeado siempre este derby en Bolonia. Con la ciudad engalanada, las entradas vendidas en pocas horas y unos 9.000 espectadores en la grada, el derby número 104 tuvo idéntico desenlace que su predecesor, la victoria de la Virtus en la prórroga por un solo punto de diferencia.

Volver a la Serie A y a Europa es ahora el objetivo de ambos clubes en una ciudad donde el fútbol no es el deporte rey. Nunca lo ha sido. Marco Belinelli, formado en la Virtus pero jugando sus mejores años en Europa en la Fortitudo, veía el derby al otro lado del Atlántico antes de que sus Hornets se enfrentaran a los Spurs de Messina y Ginóbili. “Ocho años sin un derby han sido largos, pero nadie en la ciudad ha dejado nunca de hablar de él. Lo dice todo sobre el valor de esta rivalidad: los grandes jugadores, las aficiones, las burlas… No importa si ahora el derby es en la A2, pronto volverá a ser en finales como en los 90”. Derbis que marcaron la identidad de una ciudad entera. “Cuando aquí en EE.UU. la gente me pregunta qué hay en Bolonia, yo siempre contesto lo mismo: las dos torres, los tortellini y el derby”. Porque, después de medio siglo, la ‘V’ y la ‘F’ no son simples letras. Son mucho más.

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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SKYHOOK #17

Skyhook #17 | Objetivo Canadá

El éxito de los Raptors es también el éxito del baloncesto. Repasamos como un país que miraba con extrañeza al deporte de las canastas hace un par de décadas, ha conseguido un éxito histórico.

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