A nadie de la abarrotada sala de prensa del TD Garden le cogió por sorpresa la pregunta. Era un nuevo récord, pero no uno más. Que LeBron James adelantara en el cielo de los anotadores a Michael Jordan tenía también algo de simbólico, como aquella foto usurpada a aprendiz y maestro en 2003, que nos ilustraba el relevo de una época ya acabada, ahora sí, para siempre.

@kingjames & Michael Jordan at Wizards/Cavs game on April 8, 2003. #NBAvault

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Y aunque la pregunta no sorprendió, sí lo hizo en cambio, la respuesta de James, que pausó un grado su voz para contestar de una forma litúrgica, casi eucarística, en una representación a la que sus compañeros de los Cavs asistieron como apóstoles improvisados.

“Llevo mi número por Mike. Me enamoré del juego por Mike. Pero cuando estás creciendo, Michael Jordan es casi como un Dios. Nunca pensé que pudiera ser Mike. Así que me empecé a fijar en otros jugadores, en gente de mi barrio, porque nunca pensé que se pudiera llegar a ese punto en el que se encontraba Mike. Creo que lo más importante para mí, aquí sentado, después de romper el récord histórico de puntos en playoffs, es que lo he conseguido siendo yo. No tengo que anotar para tener impacto en el partido. Y ese ha sido mi objetivo desde que empecé a jugar. Eso es lo que me ha traído hasta aquí y lo que me llevará hasta el final de mi carrera”.

LeBron James había cruzado un nuevo umbral, uno que lo acerca a que la gran pregunta cada día esté más cerca de tornarse en digna. La pregunta a la que parecía destinado desde aquellos días en la Oak Hill, o tras enterrar a los Pistons en las inolvidables Finales del Este de 2007. La pregunta que se volvió imposible después de desaparecer en esa maldita serie contra los Mavs. O la gran oportunidad perdida de sus últimos días en Miami Beach. La gran cuestión que nadie, al menos seriamente, se había atrevido a formular jamás, esa noche en Boston parecía al fin tangible. ¿Podría ser LeBron James el mejor jugador de todos los tiempos?

Mirar a los ojos de un mito

Igual que Messi y Maradona, Tyson o Alí, Lewis o Bolt, simplemente descorrer la lápida de un debate de así, una interrogación que podría hacer temblar los cimientos del templo del baloncesto mundial, supone el automático rechazo de una inmesa legión de fieles que guardan con especial cariño el recuerdo de una época probablemente más feliz, en la que las estrellas permanecían convenientemente alejadas y ocultaban con sencillez sus defectos, camuflados en el brillo de un carisma ahora irreproducible. Era un tiempo de descubrimientos, de magia, de luz. Los dioses volaban, sacaban la lengua, y cuando apagabas el televisor, no había más. Ni se echaba en falta. Ahora, en la época digital, nos hemos acercado tanto a ellos que podemos contemplar sus arrugas, sufrir su mal genio y excarbar en sus miserias. Se han transformado en jóvenes millonarios que viven en una burbuja y a los que solo les importa la persona que calza sus zapatillas de cien dólares. No como antes, pensamos sin pensar.

A LeBron James se le ha impuesto, de forma injusta en muchas ocasiones, asteriscos a una carrera superlativa. Se le ha achacado perder finales siendo el principio y el fin de su equipo con 23 años. Jordan nunca perdió una final, dirían, cuando jamás aspiró a hacerlo a tan tierna edad. Se le ha achacado incluso ganar en el desierto de talento que se ha convertido el Este, una tendencia que se revela irreversible desde finales de los noventa, y en la que poco o nada ha podido influir el alero de los Cavs. Por supuesto, la carrera del de Ohio tiene manchas, algunas de un tamaño considerable. Y que quedarán en su herencia como muestra de un peaje que también pagaron cualquiera de los otros habitantes de un Olimpo al que nadie podrá negar su entrada.

Lebron está a punto de ganarse el derecho a fomular su gran pregunta, si no lo ha hecho ya. La batalla que comienza en unos días en la Bahía de San Francisco puede terminar de abrir los ojos de un buen puñado de incrédulos -como quién firma este artículo- que jamás pensaron que podrían dudar. Otros, pase lo que pase, jamás lo aceptarán, por mucho que la profecía se empeñe en hacerse carne. Porque puede que sea cierto. Que aquel muchacho de Akron fuera de verdad El Elegido.