Ni problemas con el alcohol, ni encarcelamiento por tráfico de drogas. David Russell está donde nació, en el barrio neoyorkino de Queens. Vive con su mujer y sus dos hijas. Trabaja como inspector federal o, lo que es lo mismo, es el encargado de verificar el cumplimiento de la ley en un área determinada como un guardia de seguridad del barrio. Un trabajo ordenado y concreto, muy alejado de la libertad y la diversión que demostraba en la cancha de baloncesto. Con el zurdo del Ramiro, el espectáculo llegó al baloncesto español.

Diciembre de 1985, Don Benito, Badajoz. La ACB organizaba el primer concurso de mates de su historia. “Ni yo mismo sabía lo que iba a hacer. Vi al chico debajo de la canasta y se me ocurrió. No las tenía todas conmigo de que no fuese a pegarle en la cara”. Colocó al chaval a dos metros del aro, cogió carrerilla. Murmullos de expectación entre los asistentes. Y saltó. Los flashes inmortalizaron ese momento tan inaudito como histórico. David Russell acababa de ganar el concurso con un vuelo inverosímil por aquel entonces. Superó a Wayne Robinson y a Anicet Lavodrama.

El chico en cuestión se llama Gustavo Sosa. Fue jugador profesional de voleibol y tiene ahora 42 años. Aquel día la organización del novedoso evento le había elegido como uno de los chavales encargados de secar el sudor de la pista. Todo un premio: podían estar cerca de las estrellas. Lo que no imaginaba era lo que iba a suceder cuando Russell agarrara su último balón para realizar el mate. Gustavo recuerda con orgullo aquel día: “fui el niño más envidiado y más afortunado de Don Benito y puede que de España durante unos días. Cuando le comento a gente del deporte de una cierta edad que yo era el niño del mate, les parece increíble, una pasada. Y recuerdan perfectamente la imagen”.

La fotografía en cuestión ocupo decenas de portadas al día, semana y mes siguiente. Gustavo cuenta los detalles del mate desde su privilegiada perspectiva: “David nos cogió a tres de nosotros y nos comparó. A mí me eligió por altura, la que le venía mejor. Me dijo que cerrase los ojos. No supe nada más. Me rozó un poco con la bota. Si me llega a dar de lleno… Sólo oí el grito del pabellón. Abrí los ojos y le vi dando vueltas por allí, todos como locos. Supe que había pasado algo, pero no qué exactamente. Vi la puntuación de los jueces. Alguien me cogió y me llevó con Pedro Barthe [locutor de Televisión Española] a ver la repetición en su monitor. Fue la primera vez que vi el mate. Me quedé muy cortado cuando me estuvo preguntando si yo iba a ser jugador de baloncesto, como Russell”.

Gustavo ya no estuvo en el segundo concurso, celebrado en Vigo al año siguiente. El neoyorkino también fue el vencedor, confirmando así su fama de dunker. Russell llegó a nuestro baloncesto y fue catalogado como un extraño. La NBA, por aquel entonces, quedaba muy lejos de nuestros conocimientos sobre el deporte de la canasta. Aterrizaba el showtime en nuestra liga.

El alero estadounidense revolucionó la competición nacional. Fue drafteado en segunda ronda por Denver Nuggets en 1983 junto a jugadores como Ralph Sampson, Clyde Drexler o Doc Rivers. Sin llegar a debutar en la mejor liga del mundo, en España recaló primero en el Joventut, pero por circunstancias que aún se desconocen, no cuajó y salió de Badalona de manera precipitada. Le tentó el Real Madrid, pero donde sí triunfó y ofreció un espectáculo inaudito hasta entonces fue en Estudiantes.

Las reglas de la competición solo permitían dos fichas de extranjeros por equipo. El Estudiantes las utilizó a la perfección: Pinone y Russell. Una pareja mítica que significó el gran salto deportivo del club madrileño. Se pasó de competir a ganar a los más grandes. El patio del colegio aumentó sus dimensiones. El ‘Estu’ creció a la par que la afición por el baloncesto.

Russell acabó su primera temporada como demente con 31,7 puntos de media por encuentro. Era pura diversión con el balón en sus manos. Después estuvo otras cuatro temporadas más en el Magariños, su casa, a pesar de que siempre echó de menos Nueva York: en su brazo descansaban dos relojes, uno con la hora local y otro con la hora de la ciudad norteamericana.

En la 86/87 llegó su gran momento. Los dos enemigos íntimos, Estudiantes y Real Madrid, se enfrentaban en los cuartos de final del Playoff por el título. Los blancos habían ganado el primer duelo (104-95) y el ‘Estu’ necesitaba vencer en el segundo para llegar con opciones al último y decisivo.

Magariños se quedó pequeño para animar a aquel mítico Estudiantes que vestía de amarillo y patrocinaba Caja Postal. Solo unos afortunados fueron testigos del que, probablemente, es el partido más emocionante de la historia de la ACB. Los colegiales derrotaron a sus vecinos tras tres prórrogas por 121-115 en un encuentro que concluyó su tiempo reglamentario con empate a 93. David Russell anotó 43 puntos en ese encuentro, récord actual de puntuación en Playoffs. Lo hizo sin lanzar de tres, con un impresionante 18 de 27 en tiros de campo.

Finalmente, fue el Real Madrid el equipo clasificado al ganar el tercer encuentro por 98-86, pero los récords ya eran invariables. Y lo siguen siendo a fecha de hoy. Tanto el del partido en general (mayor anotación entre dos clubes), como el de los puntos de Russell en particular.

Dave, un enamorado de la moda y la perfección estilística, fue un alero saltarín de 1,99 metros, imparable en el 1×1. Arrancada, dribling y mate. Una reproducción aderezada con potencia, valentía y personalidad. Como resultado, sus estadísticas medias en las seis temporadas en ACB: 26,6 puntos, 58% en tiros de campo, 7 rebotes y 21,1 de valoración por encuentro.

Pese a los éxitos y el reconocimiento, la carrera de David Russell terminó más pronto de lo esperado. Varias lesiones en sus rodillas le impidieron continuar jugando al máximo nivel. En 1989 dejó el Estudiantes, partió hacia ligas menores de Venezuela y Argentina y al poco tiempo se retiró del baloncesto en Francia. Su sitio en el Estudiantes lo ocuparía Rickie Winslow, pero eso es otra historia.