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Objetivo Europa

Guerra de genios en la Reprezentacija

Una cualidad que guardan los genios es lo impulsivo de su carácter. El desmedido ardor con que viven su pasión genera auténticas maravillas fuera del alcance del resto de los mortales, extravagancias al ojo del ser común que no son, si no, la forma de expresión más natural y pura que el genio conoce y es capaz de ofrecer.

El genio vive de manera diferente. Es un obseso de lo suyo, no conoce la calma, siempre está alerta. Y si es balcánico, para qué queremos más. Como querer apagar un incendio mediante un lanzallamas.

Los grandes genios saben que lo son. La humildad puede a veces destacar por su ausencia y los celos cuando otro genio revolotea cerca son indisimulables. Esto puede ser lo que le pasó a Drazen Petrovic y Aleksandar Djordjevic.

Cocción de un veto

A diferencia de la sobradamente conocida historia de amistad entre Petrovic y Vlade Divac rota por una bandera, la que une al genio de Sibenik con Sasha Djordjevic no parte de ningún apego previo fatalmente truncado.

Para entender esta historia de rechazo es importante que viajemos en el tiempo hasta 1987 y nos situemos en la diminuta Bormio, en plenos Alpes italianos, anfitriona del Mundial junior y lugar de presentación de la penúltima gran generación de baloncestistas yugoslavos. Allí, en la región de la Lombardía, la selección yugoslava se haría con el oro tras vencer en la final a la representación estadounidense, dispuesta a recomponerse de la catatonia sufrida en el enfrentamiento previo entre ambos países que por siempre pasará a la historia por aquel 11 de 12 en triples de Toni Kukoc, un jugador de baloncesto procedente de un siglo al que el resto de la humanidad aún no había llegado. Yugoslavia ya había empezado su proceso de desmembración, pero en aquel equipo de baloncesto no había lugar a la preocupación más allá de la pelota naranja y el aro.

Vlade Divac y Dino Radja fueron los mejores de Yugoslavia en aquella final, y Kukoc lo había sido del torneo, indudablemente. Pero en el podio solo había espacio para un representante de cada uno de los países medallistas, y quien subió a lo más alto del cajón fue Sasha Djordjevic, que tan solo había promediado 8’7 puntos por partido en el torneo y en aquel partido se fue hasta los 11. Era el líder de una selección en la que el carácter no estaba falto en ninguna de sus posiciones, y suya fue la mano a un corazón que latía unidad en una pequeña ciudad de Italia que hacía sonar el himno de un país que se rompía a pedazos.

Djordjevic era el nuevo gran base de la escuela yugoslava. Estaba llamado a dirigir el kosarka desde ya y por muchos años, y aquel mismo verano de 1987 debutaría en la selección absoluta en el Eurobasket de Atenas después de su actuación con la mejor selección junior de la historia en Bormio. Como él, también serían llamados Kukoc, Divac y Radja. Jóvenes aunque sobradamente preparados.

Pero aquella selección senior yugoslava estaba comandada por otro joven. Muy joven, de hecho. Era Drazen Petrovic, el tal vez mejor jugador europeo de la historia, que con 23 años no bajaría de los diez puntos en ninguno de los partidos de aquel Eurobasket de Atenas 1987, superando la treintena en dos ocasiones para terminar el torneo con 23’3 puntos por partido. No había límite para un jugador de baloncesto tan especial… y tampoco debía haber quien amenazara el orden jerárquico. Ni Kukoc –con un carácter mucho más dócil que Sasha-, ni Divac, ni Radja era competencia para él. Pero ese Djordjevic, tal vez.

Sin embargo, aún eran jugadores muy distintos. El Djordjevic de finales de los ochenta dista mucho del anotador compulsivo y talento único que conocimos en el mejor momento de su carrera y de manera más próxima en su etapa en España. De joven era un prodigio físico, con un tren inferior inusual a este lado de Atlántico. Esas piernas le convertían en un defensor muy capaz, labor que podía encajar como anillo al dedo para un recién llegado a la selección, lleno de vitalidad y dispuesto a asumir tareas poco vistosas para dejar lustre a Petrovic en ataque. Sí, definitivamente era un Djordjevic diferente al que jugó para Aíto García Reneses en Barcelona.

Esa conjunción tuvo un excelente momento de exposición en aquel Eurobasket, en el partido por el tercer puesto y la medalla de bronce contra España. Los plavis habían derrotado a la selección de Díaz Miguel en la primera fase cómodamente (94-76), dejando el partido sentenciado llegado el descanso. Pero el partido por el metal transcurrió de una manera muy diferente, llegando España a disponer de trece puntos de ventaja en la segunda parte. Fue entonces cuando el siempre disruptivo Kresimir Cosic decidió arriesgar y dar entrada en tal momento de delicadeza a Djordjevic, que había pasado casi todo el campeonato en las sillas más lejanas del banquillo, para intentar hacer la vida imposible a Epi. Lo logró. Djordjevic sabía que tenía cinco faltas para gastar y no dudó en emplear cualquiera de ellas si con eso conseguía enviar al mejor anotador del baloncesto español el mensaje de que esa no iba a ser una noche fácil para él. Su novedad sentó como el mejor de los medicamentos para los yugoslavos, que se contagiaron de su ímpetu defensivo, complementado con ocho valiosos puntos que espolearon el ataque de su equipo. Además, supo dotar de control al juego cuando este así lo requería y su comunión con Petrovic resultó perfecta para el brillo del croata, que se fue hasta los 31 puntos en un partido que en sus compases finales parecía como si el balón solo pasara por las manos de estos dos jugadores. La mirada de Djordjevic era en todo momento de una confianza abismal en sí mismo, como si él y, por extensión, todos los demás, debieran obviar el hecho de que era la primera vez que participaba en un torneo internacional senior y había una medalla en juego.

Yugoslavia (baloncestísticamente al menos) se frotaba las manos ante el futuro que se le presentaba. Sin embargo, y dejando capítulos políticos aparte, otra guerra estalló, pero esta en los terrenos puramente baloncestísticos.

Sasha Djordjevic era ya una realidad. Lo venía demostrando en los años venideros con el Partizan de Belgrado y confirmó tener tablas para ser un miembro sobradamente válido para el equipo nacional. Pero su carácter no guardaba lugar a la posibilidad de no ser el macho alfa en un equipo, y solo iba a ser una vez el chico nuevo en la selección de Yugoslavia. Es el mismo temperamento que le llevaría a tener problemas con Danilovic en el Partizan, con quien no se habló durante la temporada 1991-92 en que ganan la Euroliga –la del ‘Partizan de Fuenlabrada’-, y probablemente Petrovic ya sabía lo peligroso que podía ser tener a alguien así cerca, puesto que era el jugador de baloncesto más odiado de Europa por precisamente un carácter difícil de justificar. Decían que podía ser un indeseable en la pista, pero que tomando unas cañas era un tío muy majo. Pero claro, entre cervezas todos somos así.

Volviendo a la relación Djordjevic-Petrovic, esta nunca pudo haber sido buena una vez conocidas las psiques de ambos genios. Estaban obligados a respetarse o, al menos tolerarse… hasta que no surgiera ninguna circunstancia que hiciera saltar la primera chispa. Esta llegó menos de un año después de su primera experiencia compartiendo equipo para Yugoslavia. En el transcurso del último partido de semifinales entre la Cibona y el Partizan en la temporada 1987-88, que sería el último de Petrovic en Yugoslavia, surgió un pique dialéctico nada inocente entre ambos. Al término del partido, como el propio Djordjevic cuenta en una entrevista al diario As, Petrovic se acercó y le dijo: “No volverás a jugar con la selección”. Dicho y hecho, porque aunque era de sobra reconocible que Djordjevic era uno de los mejores jugadores del continente, no volvería a enfundarse la camiseta de la Reprezentacija hasta 1991, casualmente el año en que Petrovic renuncia a la selección (después de mucho suspense), y después hasta 1995, años en los que Yugoslavia estuvo sancionada por la FIBA (entre 1990 y 1994) para participar en sus competiciones. Se acumulaban así los años en que nos perdíamos a un excelente Djordjevic defendiendo los colores de su patria, que había participado con su ausencia en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, el Eurobasket de Zagreb 1989 () y el Mundial de Argentina 1990. Ausencia firmada en aquel rifirrafe con Petrovic.

Djordjevic no participaría en aquellos torneos internacionales, pero realmente sí jugaría en la selección después de aquel dardo. Eso sí, en competiciones de menor importancia como los Juegos de los Balcanes del 88 y la Universiada del 89 y sin Petrovic alrededor.

Pero si Petrovic no quería a Djordjevic en la selección, no había más que hablar. Por brillante que fuera el futuro del base serbio, la magia del croata era algo que jamás volvería a ser visto. Y era mejor no poner a prueba sus caprichos.

El killer de Belgrado lo cuenta al tiempo que califica al croata como “el mejor de todos los tiempos”. Y es que, si en los terrenos de los del águila bicéfala podían considerar a Djordjevic como ‘el Petrovic de Serbia’, jamás sería concebido Petrovic en su patria de manera viceversa.

La excusa que Ivkovic andaba buscando

El poder que podía ejercer Drazen Petrovic sobre el equipo yugoslavo podía suponerse como autoritario si así le apetecía al de Sibenik que fuese, pero ante un veto a Djordjevic no era él quien tendría la última palabra, sino el seleccionador, ahora Dusan Ivkovic, que en el verano del 88 se haría definitivamente cargo del equipo nacional tras la salida de Cosic. Y no es Ivkovic alguien que haya pasado a la historia precisamente por su mano izquierda y sumisión a los jugadores. Pero no pudo estar más de acuerdo con cerrar las puertas de la Reprezentacija a Sasha.

“Djordjevic es el mejor base de Yugoslavia”, osó declarar Ivkovic en el verano de 1989, antes de dar a conocer su lista de convocados para el Eurobasket de Zagreb. Ya le había dejado fuera de los Juegos Olímpicos de Seúl el año anterior, así que ni mucho menos iba a darle entrada solo un año después y en un torneo organizado en Zagreb. Como tampoco haría un año después, en el Mundial de Argentina. Aquella selección de Yugoslavia estaba repleta de nombres que pasarían a la historia del baloncesto mundial, pero a Djordjevic, simplemente, no le dejaban ser parte de ella. Incluso en 1990 salía elegido como mejor base del país tras una encuesta realizada a los entrenadores de la liga yugoslava.

No era la primera vez que se cruzaban los apellidos Ivkovic y Djordjevic. Hay que remontarse hasta la década de los sesenta, cuando Slobodan, más conocido como ‘Piva’ (hermano de Dusan) y Bratislav, más conocido como ‘Bata’ (padre de Sasha) fundan juntos la Asociación Yugoslava de Entrenadores. Ambos habían emanado del Radnicki, donde habían sido jugadores y entrenadores de éxito, y para también ambos tenía guardado el remoto destino de llevar el baloncesto hasta los Emiratos Árabes, donde entrenan diversos clubes y Bata llega a ser su seleccionador nacional, como también lo fue de Irán, ya en los ochenta. Fueron dos de los grandes innovadores al tiempo que divulgadores del baloncesto yugoslavo, pues Piva fue además de los primeros en viajar a Estados Unidos para estudiar el baloncesto que allí se practicaba, llegando a entablar amistad con el legendario John Wooden.

Volviendo a Dusan y Sasha. Ivkovic, después de triunfar como primer entrenador del Partizan ganando Copa Korac y Liga Yugoslava en 1979, y de pasar dos años al Aris de Salónica en la que sería la primera de diversas experiencias en el baloncesto griego, desciende al histórico Radnicki, en horas muy bajas, en 1983, mismo año en que Djordjevic debuta con el primer equipo del Partizan gracias a la confianza de Borislav Dzakovic, prolongada después por Zoran ‘Moka’ Slavnic, el mismo hombre que había hecho debutar a Drazen Petrovic en el primer equipo del Sibenka de Sibenik solo un año antes. Ese mismo 1983 en que Djordjevic debuta en el primer equipo del Partizan trae el primer torneo en que Petrovic juega bajo las órdenes de Ivkovic, la Universiada de Edmonton, donde los yugoslavos se tienen que conformar con la plata tras perder en la final contra la anfitriona Canadá, pero donde entrenador y jugador se entienden a la perfección.

Repetirían comunión en la Universiada de 1987 de Zagreb. Petrovic está ya más que asentado en la selección absoluta, pero ni él ni su hermano terminan por entenderse con Cosic, que es además quien da entrada en el equipo a Djordjevic. Con la selección B vuelve a sentirse cómodo bajo el mando de Ivkovic, que ascenderá definitivamente al puesto de seleccionador absoluto a partir del verano siguiente, en el que se inaugura el veto a Djordjevic.

Cesado Cosic, la elección había de ser entre Ivkovic y Pesic, quien había dirigido a la exitosa selección junior de Bormio. Ivkovic había sido el ayudante de Cosic y era el favorito de Petrovic, el mejor jugador de Europa, pero Pesic venía avalado por sus éxitos con las categorías inferiores y el respaldo de Bata Djordjevic, el padre de Sasha. Y no solo era quién le respaldaba, sino quién le repudiaba. Efectivamente, Petrovic, que se las había tenido tiesas en el baloncesto de clubes ante el Bosna Sarajevo de Pesic, el equipo al que le ‘regalaron’ una liga yugoslava en 1983 tras una polémica que mandó repetir un partido que el Sibenka de Petrovic había ganado, reedición a la que los de Sibenik no se presentaron.

Una vez anunciada oficialmente la decisión de que sea Dusan Ivkovic quien se haga cargo de la Reprezentacija, la primera voz crítica es la de un poco comedido Bata Djordjevic, que se encarga de resaltar en el currículum del nuevo seleccionador su descenso con el Radnicki. Este contraatacaría dos años más tarde restando importancia a las pruebas de Sasha con los Celtics en 1990, después de estar un año sin jugar por prestar servicio militar. Las declaraciones y otros detalles que ponían de manifiesto la enemistad del padre de Sasha con el hermano de quien fuera su compañero Piva se sucederían por los años, poniendo de relieve así que el veto a Sasha en la selección no era solo un capricho de Petrovic.

Era la excusa que Ivkovic andaba buscando y en su momento más oportuno encontró.

Terminado definitivamente el veto, así como la sanción de la FIBA a Yugoslavia en 1995, la Reprezentacija volvería a la acción en el Eurobasket de Atenas 1995, en el cual los plavi arrasan y Djordjevic toca el cielo al anotar nueve triples para 41 puntos en la final por el oro (96-90) ante la Lituania de Sabonis, Marciulonis, Stombergas, Karnisovas y compañía. Aquel fue probablemente el mejor partido de Djordjevic en su carrera, y una de las finales más recordadas de un torneo de selecciones.

Para más información acerca de este veto, y en especial de la relación entre las familias Ivkovic y Djordjevic, se recomienda la lectura del blog de Iván Fernández, La esquina de Sunara.

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