fbpx
Síguenos también en...

Reflejos

Con el corazón en un puño

Publicado

-

Allí, en la cancha del instituto, un chaval de 15 años delgadito y risueño, abraza a su colega tras no haberle visto tras un buen tiempo. Este, con unos kilos de más y una sonrisa más vacilona, segundos después, señala al fondo perplejo, viendo a un terremoto sacudir el aro con una felicidad pasmosa y energía vibrante.

Como si de una historia de amor se tratase, lo relatado sucede en París. Más concretamente, en el INSEP (Instituto Nacional de Educación Física). Un cuantioso grupo de jóvenes de 15 años comienzan su andadura en una nueva aventura. Provenían de diferentes lugares y regiones del país con el fin común de proseguir con su carrera estudiantil, pero acompañándola de un poderoso programa deportivo de diferentes modalidades. Aquel pequeño barrigón tendría un anillo de la NBA y el joven esmirriado obtendría tres más a lo largo de su carrera. El corpulento chaval que reventó la canasta con un feroz mate tuvo una historia de superación de mayor importancia que cualquier campeonato.

La vida de los jóvenes Boris, Tony y Ronny se volvió inseparable durante esos años en París. Con el baloncesto como nexo común, los tres vivieron día a día, codo con codo, en prácticamente todas las actividades que realizaban, hasta el punto de que incluso a pesar del fin del curso en el instituto, la selección francesa les seguía uniendo en sus vacaciones.

Al finalizar estos estudios, Parker y Diaw se harían profesionales en Francia, mientras nuestro protagonista, Turiaf, decidió cruzar el charco y embarcarse en un nuevo viaje. La Universidad de Gonzaga le esperaba en Estados Unidos.

Los Zags fueron una segunda casa para el de Martinica. Como freshman dejó pinceladas de lo importante que podría llegar a ser para el equipo en años venideros, y en ese mismo verano, de nuevo junto a sus colegas de instituto, no dejó a nadie indiferente en el Europeo sub 20. Aquella selección, que acabaría siendo el génesis de la generación dorada francesa, conseguiría el bronce. Y Ronny Turiaf rindió a un nivel sobresaliente.

Pero esto solo fue el inicio. Conforme pasaban las horas, los entrenamientos, los días, el joven Turiaf progresaba de manera excelente. Tal fue el punto de su progreso, que en su temporada de sophomore se echó el equipo a las espaldas, siendo la piedra angular del proyecto universitario, y a pesar de no acompañar los resultados y de avistar un posible salto a la NBA decidió quedarse en el equipo.

Y de esta forma, el de Martinica completaría su ciclo como Bulldog. La mirada de Ronny se centraría en Chicago a partir de ese momento. El pre-Draft se convirtió en su prioridad y buscaría una oportunidad en la mejor liga del mundo. Y así fue. La encontró.

“Con el número 37 del Draft del 2005, Los Ángeles Lakers seleccionan a Ronny Turiaf, de la Universidad de Gonzaga”.

Conseguido. De repente, aquel jovenzuelo se unía a Tony y Boris en la mejor liga del mundo. Un sueño cumplido que quién sabe si los tres visualizaron juntos en aquel tiempo que se conocieron en el instituto. Jugar junto a Kobe en una de las franquicias más laureadas de la historia. El glamour de Los Ángeles, Hollywood y la misión de devolver a la franquicia a donde se merecía, tras el solar que dejó la marcha de Shaquille O’Neal. El momento que vivía Turiaf era insuperable, había tocado la gloria.

Tras unos entrenamientos y diferentes pruebas físicas, John Moe, doctor de la franquicia, se acercó a Ronny. Con gesto serio; no lo habitual. La expresión facial rompía con la felicidad que desprendían las anteriores conversaciones que habían mantenido. John fue directo. “Ronny, hay un problema con tu aorta”. Su arteria se dilató en exceso desde el ‘workout’ previo a su elección hasta los primeros entrenamientos del ‘training camp’.

Sin que a Ronny le diera tiempo a articular palabra, John siguió: “Hay dos opciones a partir de ahora; 1, te mantenemos como estás, tomando anticoagulantes a lo largo de tu vida y dejas de hacer actividad física; 2, te operamos y puede que vuelvas a tener una oportunidad de jugar”.

Las complicaciones de este ámbito son de un riesgo máximo para la vida de las personas. La operación a corazón abierto huelga decir que es la más arriesgada para el cuerpo humano y había muchas probabilidades de que ciertas cosas salieran mal. De esta forma, los Lakers anularon de manera inmediata su contrato de rookie.

“¿Cuándo me opero?”, preguntó Ronny.

Le daba igual, él tenía que llegar a la meta y no podía bajarse del barco ahora, también seguramente impulsado por su ignorancia biológica. No conocía la trascendencia del problema pero, simplemente, no era el momento de abandonar.

John dejaría a Ronny pensar qué decisión tomar y le instó a que se tomara su tiempo. Él aceptó y llamó a sus más allegados, mamá y papá. A su madre no había que explicarle nada sobre la decisión que había que tomar, ella dejaría a su hijo elegir lo que mejor le pareciese sin decir nada al respecto, pero siempre desde la preocupación como madre. Su padre fue más directo y le dijo que prefería tener un hijo vivo que un campeón muerto. La vida es más que baloncesto, que valorase cada punto de esta decisión.

Los momentos eran extremadamente duros dentro de la cabeza de Turiaf. Esta situación fue un duro ejemplo de que al igual que un día estás en la cima, al siguiente puedes estar en los infiernos.

Finalmente, tomó una decisión. Se operaría. Al fin y al cabo, dedicó su vida al baloncesto y si había algún motivo por el que correr un riesgo como este, era por el baloncesto. Se marchó de casa a los 15 años para buscar su sueño y no podía dejarlo escapar justo en la puerta de entrada.

Llegó el día y allí estaban sus padres, su compañero de habitación en Gonzaga, Brian Michaelson, Tommy Lloyd, asistente en Gonzaga, y su pareja de por aquel entonces. Ellos serían los primeros en saber lo que sucedió horas después de que Ronny entrara en el quirófano.

Aquello que sucedió, fue que el corazón se detuvo. Quizás demasiado, lo suficiente como para no poder recuperarlo. Un coágulo de sangre se produjo y complicó la intervención. Era necesaria una segunda de urgencia. Los presentes, con el corazón en un puño, esperaban ansiosos al desenlace.

Ronny saldría bien de esta última operación, con el desconocimiento de que se había producido, hasta que los allí presentes se lo dijeron. En ese momento se dio cuenta cómo de cerca estuvo de cumplir un sueño, tanto como de que tu vida pueda pender de un hilo en tan solo semanas.

Tras la operación pudo mantener una cena con su hermana pequeña y sus padres. Todos juntos en una mesa tras años de no poder haberlo disfrutado al estar separados. La perspectiva cambió para él. Apreció cada pequeño gesto o detalle como este y se sintió más afortunado que el día del Draft.

A la hora de solventar la deuda de la operación con el hospital se encontró con que ya habían pasado un cheque. A nombre de Los Ángeles Lakers. La franquicia se hizo cargo de todo gasto de las complicaciones de Turiaf. En ese momento, el jugador entendió que no podía fallar en su camino a la meta. Tenía que llegar a cumplir su sueño, y de esta manera, devolver a familiares y a la propia franquicia, en especial al Dr. Buss y la confianza que depositó en él.

Más tarde, buscaría información de cómo recuperarse tras este duro golpe y volver a las canchas lo antes posible. Aquí aparece la figura de Fred Hoiberg, actual entrenador de Chicago Bulls. Hoiberg jugaba en la liga y estaba en su mejor momento, liderando la liga en porcentaje de tiros de 3, pero sin avisar… boom. Se le detectó una aunerisma aórtica, muy relacionado con lo observado en Ronny. Su caso fue el primero de un jugador que sufrió una operación a corazón abierto. Bien es cierto que nunca pudo volver a las canchas, pero el apoyo que le otorgó fue excepcional. Fue su guía en este largo camino. Fred fue una de las razones por las que el periodo de recuperación se iba acortando. Hasta que llegó el día.

8 de febrero de 2006, Staples Center. Los Ángeles Lakers – Houston Rockets. A falta de un minuto para la conclusión, Phil Jackson buscó en el banquillo a Ronny. “¿Quieres salir?”, preguntó el maestro Zen.

Ronny se quitó las prendas que llevaba encima de la equipación con un ansia tremenda y se dirigió a la mesa a pedir el cambio.  Y así fue su retorno. Algo perdido en la pista, pero le daba absolutamente igual. Estaba jugando en la NBA. Por fin alcanzaba su sueño.

Foto: AP Photo / Kevork Djansezian

De aquí en adelante comenzó la historia que debió vivir el joven Ronny desde un principio. La historia de mostrar esa energía en la cancha y no fuera de ella por recuperarse. La felicidad hecha persona, donde su carácter tan afable contagiaba a sus compañeros allá donde fuera, sin importar la situación o el equipo en el que estuviera. Lakers, Warriors, Knicks, Heat, Wizards, Clippers o Timberwolves. Decía Jamal Crawford que Ronny era el mejor compañero de equipo de la historia. Y no le faltaba razón. Daba igual su rol, 100% en la cancha y fuera de ellas, viviendo la vida, agradeciendo cada momento que le regala, sabiendo que en su día estuvo todo perdido.

Además, ejerció de mentor y ayudó a otros jóvenes que compartían el mismo sueño que el suyo y que desgraciadamente vivieron problemas parecidos a los suyos. Jeff Green, Channing Frye o Chuck Hayes agradecieron la ayuda indispensable de Turiaf en sus problemas cardíacos.

Algunos se atrevían a criticar su poco peso dentro de algunas rotaciones o que quizás su carrera no había sido la esperada en cuanto a rendimiento. Al final, Ronny disfrutó de Los Ángeles, sintió el calor de la afición y la franquicia y aprendió de uno de los mejores talentos de la historia, Kobe. Compitió al lado de Carmelo, LeBron James, Dwayne Wade, Chauncey Billups, Pau Gasol, etc., y fue entrenado por nombres de postín como Phil Jackson, Don Nelson, Rick Adelman o Mike D’Antoni.

En su último stage en la mejor liga del mundo tenía que dejar la huella y el gesto de agradecimiento que podía hacer en lo que le quedaba en la liga, fue insuperable. Su número habitual, el 21, tan bien llevado por KG en los Wolves, sintió que no podía mancharlo, y decidió llevar el 32 de Fred Hoiberg como homenaje a aquella persona que ayudó de manera vital y desinteresada a su persona.

De esta manera se acababa un viaje para Ronny, una persona ya más madura que aquella que se divertía con Tony y Boris, pero que ahora afrontaba otro viaje que lleva disfrutando con más ansia que nunca, desde aquel día que su corazón se paró. La vida más allá de las canchas.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Deja tu comentario

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

Publicado

-

“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

Publicado

-

Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

Publicado

-

Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

RESUCITA A TUS MITOS

Publicidad

Quinteto Ideal