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Jerry West: la odisea del héroe trágico

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Amanece nevado en Chelyan, un pequeño pueblo situado en el corazón de West Virginia, muy cerca de Cabin Creek. Casas bajas y unifamiliares dibujan un paisaje típicamente rural, escoltado a ambos lados por las vías del tren. Al frente, serpentea un riachuelo congelado que se pierde entre los frondosos bosques del Kanawha. Por un camino que discurre paralelo a la vía principal del pueblo se llega a las minas de carbón, descubiertas a principios de siglo y explotadas desde entonces. Es la América olvidada, la América real. Allí es donde la crudeza de la vida se manifiesta en toda su expresión, lejos de los focos y de los grandes rascacielos. Pura. Sin edulcorantes.

En una de esas casas, envuelto entre la ténue luz del invierno, se escucha a un chico botando el balón. Tira, coge el rebote y vuelve a tirar. Un ciclo que se repite hasta el infinito, como si ya no pudiera distinguirse entre el inicio y el fin. El chico es tan fino como la lluvia, y tan ligero que una ráfaga de aire podría llevárselo. De hecho, el médico le ha recetado suplementos vitamínicos para ayudarle a estimular su desarrollo. Uno de sus vecinos, cautivado por esa afable inocencia, le permite jugar en la canasta de su patio delantero. Se está forjando una de las carreras más célebres en la historia del baloncesto.

Se está forjando a Jerry West.

Allí, frente a la eterna soledad del aro, es donde comienza el camino de Jerry. Para él, aquel escenario le ofrece la posibilidad de escapar. Huir de un mundo que, aunque reducido, se ha vuelto tan lúgubre que ahoga. Tan pesado que aplasta.

El matrimonio West, compuesto por Howard y Cecil, sobrevive como puede a una existencia marcada por la ausencia de lujos. Él, que trabaja como electricista en la mina de carbón, se levanta a las 4.00 de la mañana y no regresa a casa hasta las 18.00 de la tarde, fatigado por jornadas de trabajo maratonianas. Ella, servicial ama de casa, se encarga de cuidar a los seis vástagos que han engendrado. Tres hermanas y tres hermanos. De entre todos ellos, Jerry es el más pequeño. Llegado al mundo en mayo de 1938. El mayor, David, es el auténtico corazón del hogar. Su carisma, su bondad natural y su generosidad hacen que sea amado e idolatrado por el resto. Especialmente por Jerry. Ambos comparten una pasión común por el baloncesto, y ocupan las tardes del sábado pegados a una vieja radio, escuchando las andanzas del equipo universitario de West Virginia. Buscan aprovechar al máximo cada instante juntos, antes de que David se marche a combatir como soldado en la guerra de Corea.

West Virginia Culture

Destinado a miles de kilómetros de Chelyan, David se bate cada día en las duras trincheras del territorio surcoreano. Sudando sangre en un conflicto que no es el suyo y penando en un país que desconoce. Cada noche, cuando el sonido de los tiros concede un respiro, David aprovecha para escribirle a su familia. Tranquiliza los ánimos de la madre, recita versículos de la biblia para el padre, abraza a sus hermanas y le susurra con la pluma a su querido Jerry: ‘sigue practicando con tesón cada día, no te rindas’.

En la mañana del 9 de junio de 1951, con el sol abriéndose entre el paisaje de Chelyan, dos hombres de uniforme llaman a la puerta de los West. Acude a abrir el padre, mostrando una mueca de intriga en ese rostro curtido por el tiempo. La madre, que les ha visto acercarse a través de la ventana, se niega a acercarse a la puerta intuyendo lo que llega. No encuentra fuerzas. ¿Qué otro motivo podría haber para que dos oficiales de los Estados Unidos estuvieran allí? Tras realizar el saludo correspondiente, le comunican la trágica noticia. A la edad de 21 años, el sargento de infantería David Lee West ha fallecido a causa de unas heridas provocadas por la metralla de un misil disparado desde el aire. Jerry, que como es costumbre ya ha partido para realizar su rutina habitual de entrenamiento, se enterará al regresar a casa. Su vida nunca volverá a ser igual. Aquel chico alegre, tierno y extrovertido, se encerrará en sí mismo para siempre.

“Nunca olvidaré el día en que trajeron el ataud a casa. Siempre me pregunté, ¿por qué? ¿por qué él? Aún a día de hoy, lo que más lamento es que mi hermano no pudiera verme jugar. Creo que se habría sentido orgulloso de mí.”

La noticia también romperá en mil pedazos la casa de los West. El padre, que ya arrastra problemas con el alcohol, pagará con su familia todo el dolor y el resentimiento acumulados. Palizas aleatorias se suceden cada día. Gritos, golpes y reproches que tendrán a Jerry, de tan solo 12 años, como el blanco más apetecible. Parecía que Howard buscaba así castigarse a sí mismo, maltratando al hijo que, precisamente, más se le asemejaba en lo físico. De manera injusta, le estaba transmitiendo el virus de la baja autoestima. Uno que te come lentamente por dentro.

“Evitaba volver a casa hasta altas horas de la noche. No era un lugar agradable para vivir. Solía pegarme con cualquier cosa que tuviera a mano, especialmente con la hebilla de un cinturón. Recuerdo una ocasión en la que mi madre preparó la misma cena durante seis días seguidos. Una sopa de verduras. Yo era un niño, y le dije a mi madre que no quería comer más eso. Aquello despertó la furia de mi padre. Fue terrible.”

Indefenso y aterrado, Jerry solo podía refugiarse en el consuelo que le proporcionaba la canasta. Una noche, tras presenciar como el padre golpeaba a su hermana Hannah, Jerry consiguió reunir todo el coraje que había sido incapaz de reunir cuando los bofetones se dirigían hacia él. Le amenazó con utilizar una pistola que escondía bajo la almohada y disparar si volvía a tocarle a él o a sus hermanas. A partir de ese tenso momento, los ataques de Howard empezaron a remitir.

Mientras tanto, Jerry West seguiría afinando sus cualidades técnicas. De entre todas ellas, se embarcó en la misión de pulir su suave tiro en suspensión. Realizaba aquella tarea con una obsesión tan insana que a veces se olvidaba de comer, motivando las broncas de su madre. La rutina, repetida hasta la extenuación, seguía un patrón fijo: realizar un último bote seco contra el suelo antes de levantarse para ejecutar. Un bote que, reflejado contra la inestable tierra del patio, solía salir despedido con violencia, impactándole en la cara. Así hasta conseguir domarlo y perfeccionarlo. En el futuro, aquello le proporcionaría su indudable seña de identidad.

Enrolado en el East Bank High School, instituto situado en la localidad con mismo nombre, West pondrá a prueba sus cualidades individuales en un contexto colectivo. En su año ‘senior’ logrará hacerse con el campeonato estatal de West Virginia. La leyenda del chico con aspecto de fideo se extenderá por la prensa local, y el centro buscará honrarle cambiándose el nombre por un día, pasándose a llamar ‘West Bank High School’. Tradición que, cuenta la leyenda, se mantendría cada año hasta el cierre del centro en 1999. Muchos años después, la hija del entrenador Roy Williams, Susie, todavía se acordaba de la huella dejada por Jerry:

“Jerry se rompió el tobillo en su año sophomore. Lo que hizo mientras estaba lesionado fue practicar 100 lanzamientos y 100 tiros libres todos los días. Entrenaba todo el rato. Mi padre siempre contaba que era un genio, tanto en lo deportivo como en lo intelectual. Nunca tuvo a otro como él.”

Poco después, atraído por los cantos de sirena, el mítico entrenador de West Virginia, Fred Schaus, se presentó en la casa de los West. Aquel hombre calmado y comprensivo, galvanizado ya por mil batallas, pondría toda la carne en el asador para reclutarle. Jerry, de natural amable pero tímido, no trataría de impresionar a los invitados con actitudes grandilocuentes. Y eso a pesar de que había recibido hasta sesenta cartas de universidades distintas reclamando sus servicios. En ese tono bajo, sin embargo, podía percibirse cierta determinación. Schaus lo notaba, y aquello le cautivó mucho. Eso, y la buena mano para la cocina de Cecil. Convencidos los padres, el viejo sueño de Jerry se haría realidad, pasando a formar parte de los orgullosos Mountaineers de West Virginia. Pese a todo, quedaba en Jerry la tristeza de no poder compartir aquel logro con su hermano.

Foto: Big Blue History

La vida de West en la universidad transcurriría con calma. En lo deportivo, Schaus exprimía cada gota de su inmenso talento. Existía entre ellos una relación de padre-hijo, como si se necesitaran el uno al otro. Jerry rompería allí todo tipo de records, acumularía numerosos galardones individuales, siendo nombrado primer equipo ‘All-American’ hasta en dos ocasiones, y se quedaría a las puertas del título en 1959. En lo emocional, su timidez se entremezclaba con una candidez seductora. Heredada directamente de David. No obstante, a Schaus le preocupaba especialmente esos largos periodos en los que Jerry parecía ausentarse por completo del mundo. De hecho, cuenta en sus memorias que en una ocasión estuvo una semana entera sin emitir una palabra. Su compañero de equipo y habitación, Jody Gardner, llegó a afirmar que, a veces, convivir con West era como hacerlo con un espectro. Siempre mudo y apartado, incluso cuando se rodeaba de sus mejores amigos. Aquella melancólica vulnerabilidad, sin embargo, provocaba que todos le quisieran como a un hermano.

Su vida ganaría cierto equilibrio el último año de universidad. Sentado en los pupitres de clase, portando ese aire tan enigmático, atraería la atención de Martha Jane Kane. Una chica organizada y responsable proveniente de buena familia. Jerry, tan tímido como siempre, no se atrevió a pedirle salir hasta pasado un tiempo. Y eso que su figura era notablemente conocida y admirada en todo el campus, lo que le habría inyectado un plus de confianza tan atractivo para el otro género. Pero ni con esas. A veces parecía que ni el propio Jerry se reconocía a sí mismo.

“Estuvo mandándome papelitos y tonteando durante semanas hasta que finalmente me pidió salir.”

Dos años después, se casarían.

Pese a sus evidentes problemas para socializar, West suele recordar con nostalgia su época en la universidad. Allí no solo conoció a la mujer de su vida, también hizo algunas amistades inolvidables. Compañeros de equipo como su inseparable Willie Akers, al que había tenido como rival en el instituto; o el mítico e irrepetible Hot Rod Hundley. Este último leyenda del baloncesto tanto a nivel estatal como nacional. Hot Rod, de natural dicharachero, coincidiría con el Jerry West freshman. Entre veterano y novel nacería una rivalidad que después mutaría en amistad. Contrastaba la actitud desenfadada del primero, mago y malabarista del balón, con la extrema seriedad competitiva del segundo. Para West, ganar o perder era algo muy serio, casi como una exigencia existencial. Cada vez que perdía un partido West se autoflagelaba con saña. Nunca quiso buscar culpables fuera, a pesar de que, casi siempre, el único libre de culpa era él. Al revés, era tan duro consigo mismo que vivía en un estado permanente de ansiedad. Atormentado por su ingobernable pasión perfeccionista.

“Odiaba perder más que cualquier otro hombre que yo haya conocido en mi vida”, contaría Pat Riley, compañero suyo en Lakers muchos años después.

En el verano de 1960, y tras completar su ciclo colegial con West Virginia, el talentoso escolta viviría una de sus mejores experiencias como jugador de baloncesto. Tras unas pruebas de selección llevadas a cabo en marzo y abril, Pete Newell, entrenador de la selección norteamericana, le llamaría para formar parte del equipo olímpico. Concentrados en Roma, West convivió con algunos nombres ilustres: Walt Bellamy, Jerry Lucas, Darrall Imhoff (futuro compañero en LA) o Adrian Smith. Este último, alistado en las Fuerzas Armadas, conectaría especialmente con Jerry. Con ningún otro podía compartir confidencias acerca de su hermano David. Sin embargo, de entre toda aquella ristra de nombres, a West, como al resto del grupo, le impresionó especialmente uno: Oscar Robertson. Allí fue donde ambos hombres, que a la postre forjarían una de las rivalidades más especiales en la historia del baloncesto profesional, se conocieron directamente por primera vez. De hecho, West y Robertson co-capitanearon una selección que arrasó en su camino hacia el oro.

Foto: Bettmann/CORBIS

Pocos meses después, llegaría su esperado debut en la NBA. Escogido en la segunda posición del draft, solo por detrás de Oscar, West haría las maletas rumbo a la soleada Los Ángeles. Los Lakers, antaño afincados en Minneapolis, acababan de cambiar su localización, y venían de sobrevivir milagrosamente a un accidente aéreo que a punto estuvo de terminar en tragedia. Aquel equipo en busca de una nueva identidad ya contaba con su propia superestrella: Elgin Baylor, el mejor alero de su época. Por tanto, la apuesta angelina era construir todo un engranaje competitivo en torno al que debía ser el mejor dúo anotador de la liga: Baylor-West. Y no iban mal encaminados.

Por si fuera poco, en aquellos Lakers también estaban Hot Rod Hundley y Fred Schaus, que se marcharía con West para debutar como entrenador NBA. Aquel trío eterno, al que se uniría un año después Bobby Smith, motivaría una icónica frase del propio Hundley. Una que resonaría por todo Los Angeles:

“West Virginia takes over the Lakers” (West Virginia se hace con el control de los Lakers)

En el fondo, parecía que la franquicia de Bob Short (posteriormente de Jack Kent Cooke) buscaba crear el entorno ideal para Jerry. Rodéandole de caras conocidas, se facilitaba su integración en un nuevo contexto radicalmente diferente, y se aprovechaba así la química fraguada tiempo atrás. Además, la actitud humilde de Jerry evitó que surgieran roces con el resto del grupo. Es decir, con la gente de Baylor y Larusso. Más bien al contrario, ambos le acogieron con los brazos abiertos. Siempre provocaba el mismo efecto en los demás. En noviembre de 1961, Sports Illustrated publicaría un reportaje en el que se constataba la buena actitud que gobernaba el vestuario angelino.

“Mucha gente del club afirma que los Lakers son el grupo más amigable y unido de la liga. Puede que esto se quede corto, pero realmente han logrado conectar muy bien, algo inusual en este mundo. Uno de los motivos responde a la actitud amistosa y poco abrasiva que muestra Schaus. La otra es su idea de rotar compañeros de habitación durante todo el año. En una liga donde las superestrellas que comparten vestuario no siempre conviven en buenos términos, Schaus ha logrado hacer que Baylor y West estén felices el uno con el otro, y que el resto del equipo esté cómodo con ellos.”

Roger Williams – Sports Illustrated (20/XI/1961)

Con paso firme, West fue trabajándose un lugar de privilegio en la liga. Pocos deportistas, a excepción quiza de Russell, poseían esa combinación de talento y determinación. Jerry machacaba a los rivales gracias a su bello tiro en suspensión, de mecánica ágil y descarga supersónica. Verle tirar levantándose después de un bote seco (su jugada favorita), era como asistir a un recital de poesía. Como una sinfonía hecha para tocarse al ritmo de versos becquerianos. Ningún otro jugador poseía ese lanzamiento tan hermoso, tan moderno y tan efectivo.

Pero no quedaba ahí su repertorio. Su juego de ataque se complementaba con una penetración decidida al aro (que en numerosas ocasiones pagaría con sangre), una buena visión de juego, que le permitía alternarse sin problemas entre las posiciones de base y escolta, y un dominio ideal de los tiempos. Atrás, West destacó por ser el exterior con mejores dotes defensivas de su era. Colocación, fundamentos y toneladas de instinto. Medirse a él equivalía a hacerlo contra un perro de presa que jamás paraba de morder.

“Recuerdo que muchas jugadas eran un contraataque de 3 vs 1, en el que Jerry se quedaba como último hombre de su equipo. Nos daba tanto miedo su defensa que incluso en esas situaciones se solían cometer muchos errores”, contaría Al Attles, entrenador de los Warriors campeones en 1975 y antiguo rival en la pista de West.

“La gente que entendía verdaderamente el juego respetaba lo bueno que era en defensa”, relataría también Dave Bing, vieja estrella de los Pistons.

Pero más allá de sus atributos técnicos y físicos, dormía en el interior de Jerry West un intangible que marcaba la diferencia. Una característica mental, proyectada en dos frentes, que le hacía distinto: su determinación obsesiva y su infalibilidad en el ‘clutch’.

La primera condición le transformaba en un torrente de energía imposible de contener. Cada partido, sin importar la transcendencia del momento, lo disputaba con una intensidad marcial. Hasta tal punto que, en pos de alcanzar el objetivo, no le importaba sacrificar su propio cuerpo, y someterlo a castigos dificilmente soportables para cualquier otro. West llegó a fracturarse la nariz hasta nueve veces durante su carrera deportiva, amén de forzar y jugar bajo el dolor de múltiples lesiones. Eso si, a diferencia de muchos otros jugadores, duros pero fanfarrones, él callaba. Su dureza era estóica, desprovista de cualquier artificialidad.

El elemento kamikaze en el juego de West, tan parecido al de Iverson, sería detallado por el Los Angeles Times en un interesante reportaje de 1967. Para aquella pieza se le haría posar por partida doble: en una primera foto aparecía ataviado con material de protección que usan habitualmente los jugadores de fútbol americano; y en la otra, ejecutaba uno de sus típicos tiros en suspensión adornado con diversas anotaciones a mano, que detallaban el cómo y el dónde de cada lesión.

Los Angeles Times

Con respecto a su poder de convocatoria en el ‘clutch’, sobra decir que West lograría ganarse una fama de valor incuantificable. Todo el conglomerado que formaba la NBA – prensa, jugadores y aficionados – llegó a considerarle como el jugador más decisivo en los momentos calientes. Sin discusión posible. Incluso Oscar Robertson, eterno némesis, le reconocería esta distinción en su famosa autobiografía The Big O: My Life, My Times, My Game:

“Jerry West fue el mejor jugador en el clutch que yo haya visto, el mejor tirador, y uno de los mejores competidores. Su mayor talento era el ser capaz de aparecer en el momento adecuado para realizar un gran tiro o un pase. Jerry odiaba tanto perder que podías notar como le transformaba. Él y yo fuimos amigos, pero nuestra rivalidad fue muy intensa.”

Ejemplos que ilustren la infalibilidad de West los hay a patadas. Tantos que sería imposible rescatarlos todos, aunque si conviene realizar un breve repaso por algunos de los más famosos:

– En el tercero de las Finales de Conferencia de 1962 ante Detroit Pistons, clave en la serie, anotaría 11 puntos en el periodo final. Incluidos dos tiros en suspensión y dos tiros libres con menos de tres minutos por jugarse que sirvieron para sentenciar el envite.

– En el tercero de las Finales ante Boston, de nuevo en 1962, encadenaría dos jugadas decisivas en apenas unos segundos. Con los Lakers perdiendo de 2 puntos, Jerry forzaría una penetración suicida ante Russell para ir a la línea de tiros libres y empatar. Poco después, en la siguiente jugada, aparecería de la nada para robarle el balón a Sam Jones, realizar un eslalón frenético hacia el aro rival, y ganar el partido con una bandeja sobre la bocina.

– En el segundo de las Finales de Conferencia de 1963 ante los Hawks de St. Louis, y con los Lakers perdiendo de 1 punto, forzaría otro robo para posteriormente enchufar el tiro ganador desde media distancia.

– En el séptimo de las Finales de Conferencia de 1966, de nuevo ante los Hawks, anotaría 13 de sus 35 puntos en el último periodo, permitiendo así que los Lakers pasaran a la ronda final.

– En el quinto de las Finales de 1966 ante Boston, Jerry West anotó otro tiro en suspensión desde la esquina para sellar la victoria.

– En el tercero de las Finales de Conferencia de 1968 ante los Warriors, el escolta anotaría 6 de los 8 puntos que cosecharon los Lakers en los instantes finales. Acabaría aquel encuentro con 40 puntos en su haber.

Y así sucesivamente.

Pero pocas cosas igualan lo ocurrido en los Playoffs de 1965. Nada más abrir la serie ante Baltimore Bullets, que servía como forma de clasificarse directamente para la Final (en aquellos tiempos la liga se componía de 8-9 equipos), Baylor sufriría una terrible lesión de rodilla y causaría baja para el resto de la postemporada. Sin su mejor acompañante en la pista, y teniendo que hacer frente a los duros Bullets, Jerry West realizaría una declaración de intenciones al término del primer encuentro: “Haré todo lo que esté en mis manos para que los Lakers puedan competir hasta el final.” Dicho y hecho. En aquellos seis duelos Jerry promediaría la friolera de más de 46 puntos/partido, en una de las demostraciones más heróicas en la historia del deporte norteamericano. Una marca de anotación en una serie de Playoffs que todavía se mantiene vigente, más de medio siglo después. Ni Jordan, Bird, Bryant, Lebron, King, Kareem, Durant, Curry o Iverson han podido batirla. Los Lakers, por supuesto, volvieron a clasificarse para el enfrentamiento final ante Boston. El enésimo.

Pese a todo, pese al esfuerzo, la determinación y al coraje, el trauma de finalizar segundo acosaría repetidamente a West. Como un demonio interior cuya voz era incapaz de aplacar. Hasta ocho veces cayeron los Lakers en las Finales, ya fuera contra Boston (seis) o frente a New York (dos). El mismo guión una y otra vez. Replicado hasta el cansancio. De todos ellos, el episodio más doloroso fue sin duda el de 1969. Con unos Lakers reforzados tras el fichaje de Wilt Chamberlain, y un séptimo encuentro disputado en casa, parecía que los angelinos podrían al fin superar aquella eterna barrera psicológica. Así al menos lo pensaba la gerencia deportiva, que no dudó en colgar una ristra de globos del techo del Forum, anticipando ya la victoria. Un detalle en apariencia menor que hirió el orgullo de los célticos, viejos y cansados, pero tan fieros como siempre.

West, que jugaría el partido con el muslo izquierdo vendado debido a un desgarre del tendón en el duelo anterior, realizaría una de sus exhibiciones más célebres. 42 puntos, 13 rebotes y 12 asistencias con una pierna tocada, coartando sustancialmente su velocidad y agilidad natural. No fue suficiente para superar a la Boston de Russell. Un histórico duelo marcado por el tiro milagroso de Don Nelson, y la grave tensión entre Chamberlain y el entrenador de Lakers, Butch van Breda Kolff, que no sacaría a pista al titán en los cinco minutos finales. Wilt, que se había retirado al banquillo dolorido por un golpe en la rodilla, pidió regresar a dos minutos de acabar el encuentro. Una demanda a la que van Breda Kolff no accedió, alegando que el equipo estaba jugando mejor sin él. Lo ocurrido después ya es historia.

La NBA, que inauguraba el premio de MVP de las Finales, galardón que en teoría debía premiar a un miembro del equipo ganador, no pudo evitar honrar a Jerry West. Era imposible no reconocer, incluso para los propios rivales, que el escolta de West Virginia había sido el mejor jugador del planeta en aquellos siete partidos. Una realidad ejemplificada por el detalle de John Havlicek, que buscando animar a un emocionalmente destrozado West, se acercaría para susurrarle al oído una frase emotiva:

“Te quiero, Jerry.”

Por su parte, Russell se sumaría al reconocimiento en la entrevista pos-partido:

“Los Angeles no ha ganado el campeonato, pero Jerry West es un auténtico campeón.”

Sports Illustrated

Lo que aconteció aquel verano resultó un auténtico infierno para West. El peor momento de su vida deportiva. La derrota pesó en él como nunca lo había hecho antes, agudizando una depresión que venía fraguándose desde hacía tiempo. Largos paseos en coche hasta casa, junto a su mujer, en los que no se escuchaba una sola palabra. Pese a la insistencia de ella. Rituales de silencio por la autopista en los que, tras dejarla en la puerta, volvía a emprender el camino a solas en dirección a Palm Springs. Desapareciendo del mundo durante al menos una hora.

“Lo que más me dolía era no poder llegar a él. Eso me mataba por dentro. Durante todo este tiempo habíamos hablado de compartirlo todo, tanto las alegrías como los fracasos. Pero era difícil. A Jerry no le gusta que la gente le vea llorar.” Relataría Martha Jane West.

Chick Hearn, mítico periodista y narrador de los Lakers, era uno de los hombres que mejor conocía a West. Tantos años compartiendo vivencias le había convertido en una especie de biógrafo suyo, casi confidente. Pocas personas conocían tan de primera mano el intenso dolor que escondía Jerry. Quemándole poco a poco por dentro.

“No he conocido a un jugador al que le doliera tanto una derrota. Se sentaba solo y miraba al tendido durante horas, como ausente. Perder era como arrancarle de cuajo las entrañas.”

Aquel verano, incapaz incluso de comunicarse con sus hijos, a los que adoraba, contempló seriamente la idea de suicidarse. Poner punto y final. Recordaba los abusos de su padre, que le habían dejado una herida emocional incurable. Pero sobre todo, lo que más le afectaba era un complejo de culpa por la muerte de su hermano David. En su mente, cada fracaso era una forma de decepcionarle. Le taladraba a todas horas un pensamiento intrusivo: que el hermano ‘bueno’ había muerto, y que él, inservible, no merecía el lugar que ocupaba. Solo el prozac, y las ganas de volver a competir en una pista de baloncesto, lograban protegerle de sí mismo.

“He estado tan hundido en algunas ocasiones, cuando todos los demás estaban tan alegres…sinceramente, yo no me gustaba ni me quería.”

Todo aquello le convertía en la figura más humana que caminaba por los pastos de la NBA. Trágicamente humana. Tan cruda y real.

Con el paso de las semanas Jerry fue recobrando lentamente el ánimo, al menos hasta poder hacer una vida normal. Resultaba crucial volver a la sencillez de los orígenes. Él y Jane iban a comer sandwiches a un modesto bar situado cerca de UCLA, como en los primeros tiempos, cuando se trasladaron a Los Ángeles. El dueño, Hollis Johnson, se había convertido en un amigo fiel de la familia. Tanto que durante los veranos, cuando Jerry hacía acopio de fuerzas, ambos se iban juntos a pescar. Una terapia que resultaba muy efectiva. Al menos relajante. Frente a la inmensidad del Pacífico, rodeado de hilo, cebo y sedal, West cultivaba su paciencia. Le permitía desconectar.

Entre tanto, la competición invertiría mucho trabajo y dinero en pos de cambiar su imagen. Lo primero era dotarla de un logo identificativo, que recorriera el subconsciente de los aficionados. Para ello, llevarían a cabo un concurso en el que se presentaron hasta cincuenta diseños distintos. El ganador sería Alan Siegel, amigo íntimo del reportero Dick Schaap, que le permitiría acudir a la hemeroteca de la revista Sport y sacar una foto icónica de Jerry West. Una que le cautivó especialmente. En aquella imagen Jerry adoptaba una pose elegante y decidida, de imperceptible esencia artística. Desprendía ese dinamismo que tanto buscaba Siegel. Así pues, en 1969 se basaría en aquel fotograma para realizar su famoso logotipo. Ese que reconocen ya millones de personas en todo el mundo.

“Tenía un sabor especial. Cogí la imagen y la trazamos. Era vertical y daba sensación de movimiento. Fue una de esas cosas que me hicieron click en la cabeza”, contaría Siegel.

Aún a día de hoy Jerry, fiel a su personalidad, sigue sin darle demasiada importancia al asunto. Incluso reniega de ello.

“No me gusta llamar la atención, y cuando la gente me lo recuerda, les digo que simplemente no me identifico con ello. Desearía que lo cambiaran. Creo que Michael Jordan luciría bien como el logo. Es el jugador más grande que he visto.”

Al año siguiente, en las Finales de 1970, los Lakers volverían a caer contra los Knicks en siete competidos partidos. Jerry, fiel a lo que había demostrado durante toda su carrera, anotaría uno de los tiros más épicos en la historia de la competición. Un lanzamiento milagroso desde más de 18 metros que serviría para forzar la prórroga en el tercer encuentro. Un tiro que, de haber existido la línea de triple en aquella época, seguramente hubiera cambiado el destino de la serie.

La temporada siguiente, en 1971, los Lakers homenajearían a Jerry West en el Forum de Inglewood. Una cita denominada como “The Jerry West night”, y en la que Bill Russell, once veces campeón de la NBA y antiguo contrincante, pronunciaría un breve discurso que ya ha pasado a la eternidad:

“Jerry, una vez te dije que el camino al éxito es una odisea, y que el mayor honor que un hombre puede tener es suscitar el respeto y admiración de sus contemporáneos. Jerry, tú posees eso más que ningún otro hombre que yo haya conocido. Eres, en todo el sentido del término, un campeón. Si se me pudiera conceder un solo deseo, pediría que encontraras la felicidad para siempre.”

En el fondo, recogía Russell el pensamiento de todo un país. Pese a sus numerosas derrotas, pocos deportistas concentraban tanto reconocimiento nacional como Jerry West. Por supuesto, en este juicio ejercía una influencia clara el racismo que imperaba en aquellos días, pero aún con todo, conseguía transmitir West algo que los demás no podían. Cierta identificación con su figura. Era como un hijo pródigo escupido de entre las entrañas de América. Uno de los suyos. El yerno perfecto.

Algún tiempo después, en 1972, West lograría por fin reconciliarse con el juego. Aquel fue uno de sus años más redondos, no tanto a nivel de producción (el West de años anteriores había cosechado numeros mucho más boyantes), pero si en términos de sabiduría y paz mental. Aún convaleciente de una operación de rodilla, había contemplado seriamente el retirarse antes de iniciar el curso, al igual que hiciera su amigo Baylor. No obstante, la decisiva intervención de Bill Sharman, fichado como entrenador de los Lakers, y el apoyo de su mujer, le incitó a realizar una última intentona. Aquel conjunto alcanzaría un nivel de química y ejecución como pocas veces se ha visto, encadenando hasta 33 victorias consecutivas durante la temporada. La influencia de Sharman era evidente. Había logrado reconvertir a Chamberlain y convencerle para la causa colectiva (emulando a Russell). Por otro lado, a West le reservaba el papel de líder en pista, colocándole en la posición de base e impulsando su función como director de orquesta. En las alas, Goodrich y McMillian se encargaban de la tarea ejecutora. Funcionaban con la precisión de un reloj atómico.

Eran una verdadera máquina de ganar.

West, que había vencido parcialmente la timidez de antaño, se erigía en una de las voces destacadas del vestuario. Era como ese amigo campechano que en un tono suave y discreto se interesa por todos. Conversaba con Chamberlain sobre cualquier tema (el favorito de ambos era los aviones), bromeaba con los pantalones de Flynn Robinson, y en un tono jocosamente irónico, pero cariñoso, le comentaba a Pat Riley que tenía look de estrella. Era él, y no otro, el que impulsaba la camaradería del grupo. El que más contribuía a crear un buen ambiente. Incluso se mostraría más relajado en sus declaraciones a la prensa, marcando distancia con aquel viejo manojo de nervios:

“La parte más dura de dejarlo será abandonar esta vida, los viajes, la convivencia, las risas y los buenos momentos. Este es el mejor trabajo del mundo porque puedes compartir mucho tiempo con un grupo excelente de personas. Sé que cuando cuelge las botas me costará aceptarlo. Elgin se debe estar volviendo loco. Todo el mundo dice que esto es un juego de niños, pero en realidad, es una vida de niño también.”

Antes de dejarlo, no obstante, llegaría la Final de 1972, de nuevo ante los Knicks. Un acontecimiento en el que Jerry West al fin encontraría la redención deportiva. De hecho, en aquella serie los Lakers evitaron especular al máximo, despachando el asunto en cinco partidos. Todos ellos decididos por una ventaja de hasta catorce puntos.

Por fin era campeón. Ya nadie podía reprocharle nada.

Sports Illustrated

A la postre, la carrera del ‘Logo’ duraría un par de temporadas más (con otra final perdida ante New York en 1973), colgando definitivamente las botas en 1974. Aquejado de numerosas lesiones y habiendo perdido ese fuego interior que siempre le había caracterizado. No podía ofrecer más.

“Ya no siento las ganas de competir de antaño, y no estoy dispuesto a sacrificar mis principios. Quizá espere demasiado de mí mismo, pero creo que ha llegado la hora de dejarlo.”

Se marchaba así el corazón de la NBA. Su pulso acelerado y latido venal. La pasión llevada hasta el extremo y hecha jugador de baloncesto. El héroe trágico, como en las epopeyas griegas.

Algún tiempo después, y buscando calmar su eterno gusanillo competitivo, Jerry West volvería a acercarse al mundo del aro. Primero como entrenador, una experiencia que no resultó del todo positiva, y después como General Manager. Allí, en la soledad de los despachos, se sintió como pez en el agua. Primero ayudaría a levantar la dinastía ochentera de Lakers, el Showtime de siempre alimentado por Magic, Kareem o Worthy; y después repetiría en los albores del nuevo siglo, construyendo un equipo comandado por Phil Jackson y que levantaría tres títulos consecutivos entre 2000 y 2002. Ya es de sobra conocida su milagrosa labor en el verano de 1996, cuando logró conseguir de una tacada a Shaquille O’Neal, vía traspaso con Orlando, y negociar con Charlotte para hacerse con Kobe Bryant en el draft. Incluso ha contribuido al levantamiento de un tercer proyecto exitoso, al ser consejero y consultor de estos Warriors que maravillan en la actualidad. Una posición que ya no ocupa.

Uno podría argumentar, más allá de títulos y reconocimientos, que Jerry West es el hombre más importante que ha dado la liga. Piénsenlo detenidamente. Fue uno de sus jugadores más célebres, es la imagen literal de la competición, y ha ejercido influencia (directa o indirecta) en algunas de las dinastías más importantes que ha habido. Es una cuestión debatible, por supuesto, pero al menos existe espacio para construir el argumento. Su legado impregna cada rincón de la NBA.

Y, a pesar de ese poder, sigue transmitiendo West la añeja vulnerabilidad de siempre. Como si todo hubiera sido un sueño. Como si siguiera siendo aquel chico enclenque enamorado de la canasta. Ese que salía a practicar nevara o abrasara. En muchos sentidos, la magia de Jerry estriba en que sigue siendo el mismo. Exactamente igual.

Tal vez por eso sea tan querido.

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Para el desarrollo de esta pieza ha sido fundamental la influencia de dos obras: West by West: My Charmed, Tormented Life (autobiografía) y Jerry West: The Life and Legend of a Basketball Icon, de Roland Lazenby. Al margen de numerosos reportajes, entrevistas, crónicas y documentos publicados en diversos medios (Sports Illustrated, LA Times, Washington Post, ESPN, Big Blue History, etc).

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Laboratorio

Graduados en las aulas… y en el parquet

¿Cuántos jugadores de la NBA se han graduado en la Universidad? En una etapa en la que el one and done es la ley, nos acercamos a algunos de los últimos ejemplos.

jon@skyhook.es'

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Deporte de élite y estudios no son dos conceptos que acostumbran a intimar con frecuencia. En la cultura norteamericana, la etapa universitaria es esencial antes de dar el salto definitivo al profesionalismo. La National Collegiate Athletic Association, cuna de grandes talentos que desembarcan en la NBA, está repleta de jugadores que tienen un paso fugaz por la competición en busca de cotas mayores.

No es tarea fácil combinar un nivel académico ejemplar con la constante exigencia del rendimiento deportivo. Sin embargo, la NBA cuenta con varios jugadores que, más allá de establecerse como habituales de la liga, lograron obtener una licenciatura universitaria. 

Siempre ha existido cierto estigma que cataloga a los deportistas de alto rendimiento como si todos fuesen estúpidos. Nada más lejos de la realidad, algunas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos han colado alumnos en la mejor liga de baloncesto del planeta. Duke, Harvard o Vanderbilt son reflejo de ello.

Jeremy Lin – Economía

Más conocido como “Linsanity”, tuvo una irrupción meteórica en su año sophomore en la NBA. Con apenas protagonismo en Oakland, el jugador de origen taiwanés explotó cuando vestía la elástica de los Knicks, creando una expectación que no se tradujo en una carrera all-star. No obstante, pese a un camino con la irregularidad de una montaña rusa, Lin se convirtió en un buen jugador de rotación en la liga. 

Creció en la bahía de San Francisco, donde su buen hacer en el instituto le permitió ingresar en Harvard, prestigiosa universidad ubicada en la ciudad de Cambridge (Massachusetts). Allí completó sus cuatro años, desde 2006 hasta 2010, obteniendo una Licenciatura en Economía. Su capacidad para meter puntos no era el único talento que atesoraba.

Mason PlumleePsicología y Antropología Cultural

El pívot de los Nuggets representa un gran ejemplo de simbiosis atlética y académica. Durante su adolescencia estudió junto a su hermano Myles en el internado Christ School de Arden, Carolina del Norte. Haciendo honor al perfil de pívot de toda la vida, fue nombrado McDonald’s All-American en 2009, además de lograr varias medallas con las categorías inferiores de la selección de Estados Unidos.

Su indudable potencial le brindó la oportunidad de estudiar en la Universidad de Duke, institución conocida por sus rigurosos estándares académicos y un exitoso programa de baloncesto. The Sportster lo definió como un “representante perfecto de la reputación del centro en ambos aspectos”. Durante su estancia en el college, Mason se especializó en Psicología y Antropología Cultural.

Roy Hibbert – Gobernanza

Retirado prematuramente en 2018, fue uno de los jugadores dominantes en la Conferencia Este hace apenas un lustro. Sin embargo, siempre quedará la sensación le faltó hambre para ser el mejor pívot de la competición.

Sus padres, asentados en Queens, lo introdujeron al baloncesto tras probar suerte con el golf, el tenis e incluso el piano. Pese a los intentos en estas disciplinas, su imponente físico estaba destinado a brillar en una cancha de baloncesto.

Desde su época de instituto siempre tuvo muy claro que quería graduarse en la universidad. Siguiendo la estela de otros hombres altos como Patrick Ewing , Alonzo Mourning o Dikembe Mutombo, el jugador de origen jamaicano cursó sus cuatro años en Georgetown. Siendo elegible para el Draft de 2007, prefirió regresar para completar su año senior y obtener un título en Gobernanza.

Dwight Powell – Ciencia, Tecnología y Sociedad

A sus 28 años, y tras cinco campañas en la liga, todavía no ha conseguido tener un papel protagonista en la NBA. Apuntaba a que podía convertirse en un hombre de banquillo para los Mavs, pero su falta de constancia le ha privado de gozar de más minutos a las órdenes de Rick Carlisle.

Pese a ello, se trata de un jugador que de no haber recalado en la competición, podría haber prosperado en varios campos. El center canadiense obtuvo un título en Ciencia, Tecnología y Sociedad por la Universidad de Stanford, donde cursó sus cuatro años antes de ser elegido en el Draft de 2014 por los Charlotte Hornets.

Andrew Nicholson – Física

No tuvo suerte durante su experiencia en la liga norteamericana y se vio obligado a emigrar a China. El actual jugador de los Fujian Sturgeons es una rara avis en la NBA. Obtuvo su graduado en St. Bonaventure antes incluso de ser seleccionado en la primera ronda del Draft.

Asimismo, lo hizo mientras se especializaba en una de las consideradas “carreras más difíciles”: Física. Nunca ocultó su amor por las matemáticas, hecho que le llevó a elegir dichos estudios. Además, confesó que la mecánica cuántica era una de sus asignaturas predilectas. Un auténtico cerebrito.

Victor Oladipo – Comunicación deportiva

Tras ser elegido en segundo puesto en el Draft de 2013, no logró explotar su máximo potencial hasta que regresó a su apreciada Indianapolis. Hijo de un sierraleonés y una nigeriana, el escolta de los Pacers se crió en Upper Marlboro, Maryland. Allí asistió al DeMatha Catholic High School, en el que destacó por sus buenas notas de la misma forma que sobre el parquet.

Dadas sus capacidades baloncestísticas, Oladipo rechazó ofertas de centros como Notre Dame, Maryland o Xavier antes de firmar con la Universidad de Indiana. Estaba decidido a convertirse en jugador profesional, pero no dejó de lado los estudios. Obtuvo un título en Comunicación Deportiva antes de firmar su primer contrato NBA. Igualmente, durante su último semestre, logró 19 créditos para terminar el grado mientras jugaba para los Hoosiers, a quienes guió a un título de conferencia.

Festus Ezeli – Economía

Desde muy temprana edad, el nigeriano fue un estudiante aplicado, dada la influencia de sus padres. Tanto es así que se graduó en secundaria a los 14 años. Aspiraba a ser médico, de modo que vivió en Yuba City (California) junto a su tío pediatra. Este animó al joven Festus a probar el baloncesto, con el que tuvo dificultades en sus inicios.  

Comenzó a estudiar en el Yuba Community College a tiempo parcial porque necesitaba tiempo para entrenar con un modesto equipo de la Amateur Athletic Union y pulirse como jugador.

Dado su buen nivel en el circuito, varias universidades llamaron a su puerta. Sin embargo, y contra el deseo de sus progenitores, Ezeli prefirió Vanderbilt antes que Harvard, basándose en su sólida reputación académica y la experiencia reciente con jugadores internacionales. Aunque comenzó a obtener un título en Biología, finalmente cambió su especialidad a Economía.

Tyler Zeller – Administración de empresas

Oriundo de California, fue criado en Washington (Indiana) donde asistió al Washington High School. Allí destacó durante toda su estancia, en especial en su último año. Sus grandes guarismos llamaron la atención de varios centros que quisieron reclutarlo para la NCAA.

El deporte le viene de familia, ya que su tío Al Eberhard fue también jugador NBA, al igual que dos de sus hermanos, Cody y Luke. Por otro lado, Tyler fue nombrado Mr. Basketball de Indiana cuando finalizó su etapa de high school, honor más alto del estado para los jugadores de educación secundaria.

Además de demostrar sus habilidades en la cancha, siempre estuvo comprometido en labores académicas. Tras cuatro cursos en la Universidad de Carolina del Norte se especializó en Administración de Empresas, registrando una nota que le valió el reconocimiento Academic All-America por dos años consecutivos.

Kelly Olynyk – Contabilidad

El pívot canadiense se labró un nombre desde muy joven, cuando estudió en South Kamloops Secondary School. Allí dio el salto al escaparate estadounidense, jugando en la AAU durante su andanza en secundaria, así como en otros torneos a lo largo del país. Asimismo, y dada su presencia en el combinado Junior de Canadá, Olynyk recibió becas por parte de Syracuse, Providence College o North Carolina State, entre otras.

Al final, optó por jugar para la Universidad de Gonzaga, en parte para permanecer más cerca de casa. En su segundo año no jugó partidos, lo que facilitó su camino académico. Trabajó duro para completar su licenciatura en Contabilidad y estaba a sólo dos semestres de lograr una Maestría en Administración de Empresas antes de presentarse al Draft de la NBA en 2013. Su buen hacer en la aulas le hizo merecedor del Academic All-America, al igual que Tyler Zeller.

Kyle Korver – Comunicación audiovisual

Nacido en Paramount, California, el shooter por excelencia creció viendo los Lakers del Showtime. Su fanatismo por Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar le llevó a enamorarse del baloncesto a muy temprana edad, de modo que estaba convenido a llegar lejos. Se mudó con su familia a Iowa en 1993 y allí obtuvo su título de secundaria en el Pella High School.

Ya apuntaba maneras, por lo que la Universidad de Creighton reclamó sus servicios. Allí se pasaría sus cuatro años de college, en los que dejó una huella imborrable. El californiano dio el salto a la NBA en 2003, siendo el cuarto máximo anotador y el máximo triplista en la historia de la universidad. Asimismo, pese a ser un tirador letal en su etapa pre-profesional, encontró tiempo para graduarse en Comunicación audiovisual.

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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