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Jerry West: la odisea del héroe trágico

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Amanece nevado en Chelyan, un pequeño pueblo situado en el corazón de West Virginia, muy cerca de Cabin Creek. Casas bajas y unifamiliares dibujan un paisaje típicamente rural, escoltado a ambos lados por las vías del tren. Al frente, serpentea un riachuelo congelado que se pierde entre los frondosos bosques del Kanawha. Por un camino que discurre paralelo a la vía principal del pueblo se llega a las minas de carbón, descubiertas a principios de siglo y explotadas desde entonces. Es la América olvidada, la América real. Allí es donde la crudeza de la vida se manifiesta en toda su expresión, lejos de los focos y de los grandes rascacielos. Pura. Sin edulcorantes.

En una de esas casas, envuelto entre la ténue luz del invierno, se escucha a un chico botando el balón. Tira, coge el rebote y vuelve a tirar. Un ciclo que se repite hasta el infinito, como si ya no pudiera distinguirse entre el inicio y el fin. El chico es tan fino como la lluvia, y tan ligero que una ráfaga de aire podría llevárselo. De hecho, el médico le ha recetado suplementos vitamínicos para ayudarle a estimular su desarrollo. Uno de sus vecinos, cautivado por esa afable inocencia, le permite jugar en la canasta de su patio delantero. Se está forjando una de las carreras más célebres en la historia del baloncesto.

Se está forjando a Jerry West.

Allí, frente a la eterna soledad del aro, es donde comienza el camino de Jerry. Para él, aquel escenario le ofrece la posibilidad de escapar. Huir de un mundo que, aunque reducido, se ha vuelto tan lúgubre que ahoga. Tan pesado que aplasta.

El matrimonio West, compuesto por Howard y Cecil, sobrevive como puede a una existencia marcada por la ausencia de lujos. Él, que trabaja como electricista en la mina de carbón, se levanta a las 4.00 de la mañana y no regresa a casa hasta las 18.00 de la tarde, fatigado por jornadas de trabajo maratonianas. Ella, servicial ama de casa, se encarga de cuidar a los seis vástagos que han engendrado. Tres hermanas y tres hermanos. De entre todos ellos, Jerry es el más pequeño. Llegado al mundo en mayo de 1938. El mayor, David, es el auténtico corazón del hogar. Su carisma, su bondad natural y su generosidad hacen que sea amado e idolatrado por el resto. Especialmente por Jerry. Ambos comparten una pasión común por el baloncesto, y ocupan las tardes del sábado pegados a una vieja radio, escuchando las andanzas del equipo universitario de West Virginia. Buscan aprovechar al máximo cada instante juntos, antes de que David se marche a combatir como soldado en la guerra de Corea.

West Virginia Culture

Destinado a miles de kilómetros de Chelyan, David se bate cada día en las duras trincheras del territorio surcoreano. Sudando sangre en un conflicto que no es el suyo y penando en un país que desconoce. Cada noche, cuando el sonido de los tiros concede un respiro, David aprovecha para escribirle a su familia. Tranquiliza los ánimos de la madre, recita versículos de la biblia para el padre, abraza a sus hermanas y le susurra con la pluma a su querido Jerry: ‘sigue practicando con tesón cada día, no te rindas’.

En la mañana del 9 de junio de 1951, con el sol abriéndose entre el paisaje de Chelyan, dos hombres de uniforme llaman a la puerta de los West. Acude a abrir el padre, mostrando una mueca de intriga en ese rostro curtido por el tiempo. La madre, que les ha visto acercarse a través de la ventana, se niega a acercarse a la puerta intuyendo lo que llega. No encuentra fuerzas. ¿Qué otro motivo podría haber para que dos oficiales de los Estados Unidos estuvieran allí? Tras realizar el saludo correspondiente, le comunican la trágica noticia. A la edad de 21 años, el sargento de infantería David Lee West ha fallecido a causa de unas heridas provocadas por la metralla de un misil disparado desde el aire. Jerry, que como es costumbre ya ha partido para realizar su rutina habitual de entrenamiento, se enterará al regresar a casa. Su vida nunca volverá a ser igual. Aquel chico alegre, tierno y extrovertido, se encerrará en sí mismo para siempre.

“Nunca olvidaré el día en que trajeron el ataud a casa. Siempre me pregunté, ¿por qué? ¿por qué él? Aún a día de hoy, lo que más lamento es que mi hermano no pudiera verme jugar. Creo que se habría sentido orgulloso de mí.”

La noticia también romperá en mil pedazos la casa de los West. El padre, que ya arrastra problemas con el alcohol, pagará con su familia todo el dolor y el resentimiento acumulados. Palizas aleatorias se suceden cada día. Gritos, golpes y reproches que tendrán a Jerry, de tan solo 12 años, como el blanco más apetecible. Parecía que Howard buscaba así castigarse a sí mismo, maltratando al hijo que, precisamente, más se le asemejaba en lo físico. De manera injusta, le estaba transmitiendo el virus de la baja autoestima. Uno que te come lentamente por dentro.

“Evitaba volver a casa hasta altas horas de la noche. No era un lugar agradable para vivir. Solía pegarme con cualquier cosa que tuviera a mano, especialmente con la hebilla de un cinturón. Recuerdo una ocasión en la que mi madre preparó la misma cena durante seis días seguidos. Una sopa de verduras. Yo era un niño, y le dije a mi madre que no quería comer más eso. Aquello despertó la furia de mi padre. Fue terrible.”

Indefenso y aterrado, Jerry solo podía refugiarse en el consuelo que le proporcionaba la canasta. Una noche, tras presenciar como el padre golpeaba a su hermana Hannah, Jerry consiguió reunir todo el coraje que había sido incapaz de reunir cuando los bofetones se dirigían hacia él. Le amenazó con utilizar una pistola que escondía bajo la almohada y disparar si volvía a tocarle a él o a sus hermanas. A partir de ese tenso momento, los ataques de Howard empezaron a remitir.

Mientras tanto, Jerry West seguiría afinando sus cualidades técnicas. De entre todas ellas, se embarcó en la misión de pulir su suave tiro en suspensión. Realizaba aquella tarea con una obsesión tan insana que a veces se olvidaba de comer, motivando las broncas de su madre. La rutina, repetida hasta la extenuación, seguía un patrón fijo: realizar un último bote seco contra el suelo antes de levantarse para ejecutar. Un bote que, reflejado contra la inestable tierra del patio, solía salir despedido con violencia, impactándole en la cara. Así hasta conseguir domarlo y perfeccionarlo. En el futuro, aquello le proporcionaría su indudable seña de identidad.

Enrolado en el East Bank High School, instituto situado en la localidad con mismo nombre, West pondrá a prueba sus cualidades individuales en un contexto colectivo. En su año ‘senior’ logrará hacerse con el campeonato estatal de West Virginia. La leyenda del chico con aspecto de fideo se extenderá por la prensa local, y el centro buscará honrarle cambiándose el nombre por un día, pasándose a llamar ‘West Bank High School’. Tradición que, cuenta la leyenda, se mantendría cada año hasta el cierre del centro en 1999. Muchos años después, la hija del entrenador Roy Williams, Susie, todavía se acordaba de la huella dejada por Jerry:

“Jerry se rompió el tobillo en su año sophomore. Lo que hizo mientras estaba lesionado fue practicar 100 lanzamientos y 100 tiros libres todos los días. Entrenaba todo el rato. Mi padre siempre contaba que era un genio, tanto en lo deportivo como en lo intelectual. Nunca tuvo a otro como él.”

Poco después, atraído por los cantos de sirena, el mítico entrenador de West Virginia, Fred Schaus, se presentó en la casa de los West. Aquel hombre calmado y comprensivo, galvanizado ya por mil batallas, pondría toda la carne en el asador para reclutarle. Jerry, de natural amable pero tímido, no trataría de impresionar a los invitados con actitudes grandilocuentes. Y eso a pesar de que había recibido hasta sesenta cartas de universidades distintas reclamando sus servicios. En ese tono bajo, sin embargo, podía percibirse cierta determinación. Schaus lo notaba, y aquello le cautivó mucho. Eso, y la buena mano para la cocina de Cecil. Convencidos los padres, el viejo sueño de Jerry se haría realidad, pasando a formar parte de los orgullosos Mountaineers de West Virginia. Pese a todo, quedaba en Jerry la tristeza de no poder compartir aquel logro con su hermano.

Foto: Big Blue History

La vida de West en la universidad transcurriría con calma. En lo deportivo, Schaus exprimía cada gota de su inmenso talento. Existía entre ellos una relación de padre-hijo, como si se necesitaran el uno al otro. Jerry rompería allí todo tipo de records, acumularía numerosos galardones individuales, siendo nombrado primer equipo ‘All-American’ hasta en dos ocasiones, y se quedaría a las puertas del título en 1959. En lo emocional, su timidez se entremezclaba con una candidez seductora. Heredada directamente de David. No obstante, a Schaus le preocupaba especialmente esos largos periodos en los que Jerry parecía ausentarse por completo del mundo. De hecho, cuenta en sus memorias que en una ocasión estuvo una semana entera sin emitir una palabra. Su compañero de equipo y habitación, Jody Gardner, llegó a afirmar que, a veces, convivir con West era como hacerlo con un espectro. Siempre mudo y apartado, incluso cuando se rodeaba de sus mejores amigos. Aquella melancólica vulnerabilidad, sin embargo, provocaba que todos le quisieran como a un hermano.

Su vida ganaría cierto equilibrio el último año de universidad. Sentado en los pupitres de clase, portando ese aire tan enigmático, atraería la atención de Martha Jane Kane. Una chica organizada y responsable proveniente de buena familia. Jerry, tan tímido como siempre, no se atrevió a pedirle salir hasta pasado un tiempo. Y eso que su figura era notablemente conocida y admirada en todo el campus, lo que le habría inyectado un plus de confianza tan atractivo para el otro género. Pero ni con esas. A veces parecía que ni el propio Jerry se reconocía a sí mismo.

“Estuvo mandándome papelitos y tonteando durante semanas hasta que finalmente me pidió salir.”

Dos años después, se casarían.

Pese a sus evidentes problemas para socializar, West suele recordar con nostalgia su época en la universidad. Allí no solo conoció a la mujer de su vida, también hizo algunas amistades inolvidables. Compañeros de equipo como su inseparable Willie Akers, al que había tenido como rival en el instituto; o el mítico e irrepetible Hot Rod Hundley. Este último leyenda del baloncesto tanto a nivel estatal como nacional. Hot Rod, de natural dicharachero, coincidiría con el Jerry West freshman. Entre veterano y novel nacería una rivalidad que después mutaría en amistad. Contrastaba la actitud desenfadada del primero, mago y malabarista del balón, con la extrema seriedad competitiva del segundo. Para West, ganar o perder era algo muy serio, casi como una exigencia existencial. Cada vez que perdía un partido West se autoflagelaba con saña. Nunca quiso buscar culpables fuera, a pesar de que, casi siempre, el único libre de culpa era él. Al revés, era tan duro consigo mismo que vivía en un estado permanente de ansiedad. Atormentado por su ingobernable pasión perfeccionista.

“Odiaba perder más que cualquier otro hombre que yo haya conocido en mi vida”, contaría Pat Riley, compañero suyo en Lakers muchos años después.

En el verano de 1960, y tras completar su ciclo colegial con West Virginia, el talentoso escolta viviría una de sus mejores experiencias como jugador de baloncesto. Tras unas pruebas de selección llevadas a cabo en marzo y abril, Pete Newell, entrenador de la selección norteamericana, le llamaría para formar parte del equipo olímpico. Concentrados en Roma, West convivió con algunos nombres ilustres: Walt Bellamy, Jerry Lucas, Darrall Imhoff (futuro compañero en LA) o Adrian Smith. Este último, alistado en las Fuerzas Armadas, conectaría especialmente con Jerry. Con ningún otro podía compartir confidencias acerca de su hermano David. Sin embargo, de entre toda aquella ristra de nombres, a West, como al resto del grupo, le impresionó especialmente uno: Oscar Robertson. Allí fue donde ambos hombres, que a la postre forjarían una de las rivalidades más especiales en la historia del baloncesto profesional, se conocieron directamente por primera vez. De hecho, West y Robertson co-capitanearon una selección que arrasó en su camino hacia el oro.

Foto: Bettmann/CORBIS

Pocos meses después, llegaría su esperado debut en la NBA. Escogido en la segunda posición del draft, solo por detrás de Oscar, West haría las maletas rumbo a la soleada Los Ángeles. Los Lakers, antaño afincados en Minneapolis, acababan de cambiar su localización, y venían de sobrevivir milagrosamente a un accidente aéreo que a punto estuvo de terminar en tragedia. Aquel equipo en busca de una nueva identidad ya contaba con su propia superestrella: Elgin Baylor, el mejor alero de su época. Por tanto, la apuesta angelina era construir todo un engranaje competitivo en torno al que debía ser el mejor dúo anotador de la liga: Baylor-West. Y no iban mal encaminados.

Por si fuera poco, en aquellos Lakers también estaban Hot Rod Hundley y Fred Schaus, que se marcharía con West para debutar como entrenador NBA. Aquel trío eterno, al que se uniría un año después Bobby Smith, motivaría una icónica frase del propio Hundley. Una que resonaría por todo Los Angeles:

“West Virginia takes over the Lakers” (West Virginia se hace con el control de los Lakers)

En el fondo, parecía que la franquicia de Bob Short (posteriormente de Jack Kent Cooke) buscaba crear el entorno ideal para Jerry. Rodéandole de caras conocidas, se facilitaba su integración en un nuevo contexto radicalmente diferente, y se aprovechaba así la química fraguada tiempo atrás. Además, la actitud humilde de Jerry evitó que surgieran roces con el resto del grupo. Es decir, con la gente de Baylor y Larusso. Más bien al contrario, ambos le acogieron con los brazos abiertos. Siempre provocaba el mismo efecto en los demás. En noviembre de 1961, Sports Illustrated publicaría un reportaje en el que se constataba la buena actitud que gobernaba el vestuario angelino.

“Mucha gente del club afirma que los Lakers son el grupo más amigable y unido de la liga. Puede que esto se quede corto, pero realmente han logrado conectar muy bien, algo inusual en este mundo. Uno de los motivos responde a la actitud amistosa y poco abrasiva que muestra Schaus. La otra es su idea de rotar compañeros de habitación durante todo el año. En una liga donde las superestrellas que comparten vestuario no siempre conviven en buenos términos, Schaus ha logrado hacer que Baylor y West estén felices el uno con el otro, y que el resto del equipo esté cómodo con ellos.”

Roger Williams – Sports Illustrated (20/XI/1961)

Con paso firme, West fue trabajándose un lugar de privilegio en la liga. Pocos deportistas, a excepción quiza de Russell, poseían esa combinación de talento y determinación. Jerry machacaba a los rivales gracias a su bello tiro en suspensión, de mecánica ágil y descarga supersónica. Verle tirar levantándose después de un bote seco (su jugada favorita), era como asistir a un recital de poesía. Como una sinfonía hecha para tocarse al ritmo de versos becquerianos. Ningún otro jugador poseía ese lanzamiento tan hermoso, tan moderno y tan efectivo.

Pero no quedaba ahí su repertorio. Su juego de ataque se complementaba con una penetración decidida al aro (que en numerosas ocasiones pagaría con sangre), una buena visión de juego, que le permitía alternarse sin problemas entre las posiciones de base y escolta, y un dominio ideal de los tiempos. Atrás, West destacó por ser el exterior con mejores dotes defensivas de su era. Colocación, fundamentos y toneladas de instinto. Medirse a él equivalía a hacerlo contra un perro de presa que jamás paraba de morder.

“Recuerdo que muchas jugadas eran un contraataque de 3 vs 1, en el que Jerry se quedaba como último hombre de su equipo. Nos daba tanto miedo su defensa que incluso en esas situaciones se solían cometer muchos errores”, contaría Al Attles, entrenador de los Warriors campeones en 1975 y antiguo rival en la pista de West.

“La gente que entendía verdaderamente el juego respetaba lo bueno que era en defensa”, relataría también Dave Bing, vieja estrella de los Pistons.

Pero más allá de sus atributos técnicos y físicos, dormía en el interior de Jerry West un intangible que marcaba la diferencia. Una característica mental, proyectada en dos frentes, que le hacía distinto: su determinación obsesiva y su infalibilidad en el ‘clutch’.

La primera condición le transformaba en un torrente de energía imposible de contener. Cada partido, sin importar la transcendencia del momento, lo disputaba con una intensidad marcial. Hasta tal punto que, en pos de alcanzar el objetivo, no le importaba sacrificar su propio cuerpo, y someterlo a castigos dificilmente soportables para cualquier otro. West llegó a fracturarse la nariz hasta nueve veces durante su carrera deportiva, amén de forzar y jugar bajo el dolor de múltiples lesiones. Eso si, a diferencia de muchos otros jugadores, duros pero fanfarrones, él callaba. Su dureza era estóica, desprovista de cualquier artificialidad.

El elemento kamikaze en el juego de West, tan parecido al de Iverson, sería detallado por el Los Angeles Times en un interesante reportaje de 1967. Para aquella pieza se le haría posar por partida doble: en una primera foto aparecía ataviado con material de protección que usan habitualmente los jugadores de fútbol americano; y en la otra, ejecutaba uno de sus típicos tiros en suspensión adornado con diversas anotaciones a mano, que detallaban el cómo y el dónde de cada lesión.

Los Angeles Times

Con respecto a su poder de convocatoria en el ‘clutch’, sobra decir que West lograría ganarse una fama de valor incuantificable. Todo el conglomerado que formaba la NBA – prensa, jugadores y aficionados – llegó a considerarle como el jugador más decisivo en los momentos calientes. Sin discusión posible. Incluso Oscar Robertson, eterno némesis, le reconocería esta distinción en su famosa autobiografía The Big O: My Life, My Times, My Game:

“Jerry West fue el mejor jugador en el clutch que yo haya visto, el mejor tirador, y uno de los mejores competidores. Su mayor talento era el ser capaz de aparecer en el momento adecuado para realizar un gran tiro o un pase. Jerry odiaba tanto perder que podías notar como le transformaba. Él y yo fuimos amigos, pero nuestra rivalidad fue muy intensa.”

Ejemplos que ilustren la infalibilidad de West los hay a patadas. Tantos que sería imposible rescatarlos todos, aunque si conviene realizar un breve repaso por algunos de los más famosos:

– En el tercero de las Finales de Conferencia de 1962 ante Detroit Pistons, clave en la serie, anotaría 11 puntos en el periodo final. Incluidos dos tiros en suspensión y dos tiros libres con menos de tres minutos por jugarse que sirvieron para sentenciar el envite.

– En el tercero de las Finales ante Boston, de nuevo en 1962, encadenaría dos jugadas decisivas en apenas unos segundos. Con los Lakers perdiendo de 2 puntos, Jerry forzaría una penetración suicida ante Russell para ir a la línea de tiros libres y empatar. Poco después, en la siguiente jugada, aparecería de la nada para robarle el balón a Sam Jones, realizar un eslalón frenético hacia el aro rival, y ganar el partido con una bandeja sobre la bocina.

– En el segundo de las Finales de Conferencia de 1963 ante los Hawks de St. Louis, y con los Lakers perdiendo de 1 punto, forzaría otro robo para posteriormente enchufar el tiro ganador desde media distancia.

– En el séptimo de las Finales de Conferencia de 1966, de nuevo ante los Hawks, anotaría 13 de sus 35 puntos en el último periodo, permitiendo así que los Lakers pasaran a la ronda final.

– En el quinto de las Finales de 1966 ante Boston, Jerry West anotó otro tiro en suspensión desde la esquina para sellar la victoria.

– En el tercero de las Finales de Conferencia de 1968 ante los Warriors, el escolta anotaría 6 de los 8 puntos que cosecharon los Lakers en los instantes finales. Acabaría aquel encuentro con 40 puntos en su haber.

Y así sucesivamente.

Pero pocas cosas igualan lo ocurrido en los Playoffs de 1965. Nada más abrir la serie ante Baltimore Bullets, que servía como forma de clasificarse directamente para la Final (en aquellos tiempos la liga se componía de 8-9 equipos), Baylor sufriría una terrible lesión de rodilla y causaría baja para el resto de la postemporada. Sin su mejor acompañante en la pista, y teniendo que hacer frente a los duros Bullets, Jerry West realizaría una declaración de intenciones al término del primer encuentro: “Haré todo lo que esté en mis manos para que los Lakers puedan competir hasta el final.” Dicho y hecho. En aquellos seis duelos Jerry promediaría la friolera de más de 46 puntos/partido, en una de las demostraciones más heróicas en la historia del deporte norteamericano. Una marca de anotación en una serie de Playoffs que todavía se mantiene vigente, más de medio siglo después. Ni Jordan, Bird, Bryant, Lebron, King, Kareem, Durant, Curry o Iverson han podido batirla. Los Lakers, por supuesto, volvieron a clasificarse para el enfrentamiento final ante Boston. El enésimo.

Pese a todo, pese al esfuerzo, la determinación y al coraje, el trauma de finalizar segundo acosaría repetidamente a West. Como un demonio interior cuya voz era incapaz de aplacar. Hasta ocho veces cayeron los Lakers en las Finales, ya fuera contra Boston (seis) o frente a New York (dos). El mismo guión una y otra vez. Replicado hasta el cansancio. De todos ellos, el episodio más doloroso fue sin duda el de 1969. Con unos Lakers reforzados tras el fichaje de Wilt Chamberlain, y un séptimo encuentro disputado en casa, parecía que los angelinos podrían al fin superar aquella eterna barrera psicológica. Así al menos lo pensaba la gerencia deportiva, que no dudó en colgar una ristra de globos del techo del Forum, anticipando ya la victoria. Un detalle en apariencia menor que hirió el orgullo de los célticos, viejos y cansados, pero tan fieros como siempre.

West, que jugaría el partido con el muslo izquierdo vendado debido a un desgarre del tendón en el duelo anterior, realizaría una de sus exhibiciones más célebres. 42 puntos, 13 rebotes y 12 asistencias con una pierna tocada, coartando sustancialmente su velocidad y agilidad natural. No fue suficiente para superar a la Boston de Russell. Un histórico duelo marcado por el tiro milagroso de Don Nelson, y la grave tensión entre Chamberlain y el entrenador de Lakers, Butch van Breda Kolff, que no sacaría a pista al titán en los cinco minutos finales. Wilt, que se había retirado al banquillo dolorido por un golpe en la rodilla, pidió regresar a dos minutos de acabar el encuentro. Una demanda a la que van Breda Kolff no accedió, alegando que el equipo estaba jugando mejor sin él. Lo ocurrido después ya es historia.

La NBA, que inauguraba el premio de MVP de las Finales, galardón que en teoría debía premiar a un miembro del equipo ganador, no pudo evitar honrar a Jerry West. Era imposible no reconocer, incluso para los propios rivales, que el escolta de West Virginia había sido el mejor jugador del planeta en aquellos siete partidos. Una realidad ejemplificada por el detalle de John Havlicek, que buscando animar a un emocionalmente destrozado West, se acercaría para susurrarle al oído una frase emotiva:

“Te quiero, Jerry.”

Por su parte, Russell se sumaría al reconocimiento en la entrevista pos-partido:

“Los Angeles no ha ganado el campeonato, pero Jerry West es un auténtico campeón.”

Sports Illustrated

Lo que aconteció aquel verano resultó un auténtico infierno para West. El peor momento de su vida deportiva. La derrota pesó en él como nunca lo había hecho antes, agudizando una depresión que venía fraguándose desde hacía tiempo. Largos paseos en coche hasta casa, junto a su mujer, en los que no se escuchaba una sola palabra. Pese a la insistencia de ella. Rituales de silencio por la autopista en los que, tras dejarla en la puerta, volvía a emprender el camino a solas en dirección a Palm Springs. Desapareciendo del mundo durante al menos una hora.

“Lo que más me dolía era no poder llegar a él. Eso me mataba por dentro. Durante todo este tiempo habíamos hablado de compartirlo todo, tanto las alegrías como los fracasos. Pero era difícil. A Jerry no le gusta que la gente le vea llorar.” Relataría Martha Jane West.

Chick Hearn, mítico periodista y narrador de los Lakers, era uno de los hombres que mejor conocía a West. Tantos años compartiendo vivencias le había convertido en una especie de biógrafo suyo, casi confidente. Pocas personas conocían tan de primera mano el intenso dolor que escondía Jerry. Quemándole poco a poco por dentro.

“No he conocido a un jugador al que le doliera tanto una derrota. Se sentaba solo y miraba al tendido durante horas, como ausente. Perder era como arrancarle de cuajo las entrañas.”

Aquel verano, incapaz incluso de comunicarse con sus hijos, a los que adoraba, contempló seriamente la idea de suicidarse. Poner punto y final. Recordaba los abusos de su padre, que le habían dejado una herida emocional incurable. Pero sobre todo, lo que más le afectaba era un complejo de culpa por la muerte de su hermano David. En su mente, cada fracaso era una forma de decepcionarle. Le taladraba a todas horas un pensamiento intrusivo: que el hermano ‘bueno’ había muerto, y que él, inservible, no merecía el lugar que ocupaba. Solo el prozac, y las ganas de volver a competir en una pista de baloncesto, lograban protegerle de sí mismo.

“He estado tan hundido en algunas ocasiones, cuando todos los demás estaban tan alegres…sinceramente, yo no me gustaba ni me quería.”

Todo aquello le convertía en la figura más humana que caminaba por los pastos de la NBA. Trágicamente humana. Tan cruda y real.

Con el paso de las semanas Jerry fue recobrando lentamente el ánimo, al menos hasta poder hacer una vida normal. Resultaba crucial volver a la sencillez de los orígenes. Él y Jane iban a comer sandwiches a un modesto bar situado cerca de UCLA, como en los primeros tiempos, cuando se trasladaron a Los Ángeles. El dueño, Hollis Johnson, se había convertido en un amigo fiel de la familia. Tanto que durante los veranos, cuando Jerry hacía acopio de fuerzas, ambos se iban juntos a pescar. Una terapia que resultaba muy efectiva. Al menos relajante. Frente a la inmensidad del Pacífico, rodeado de hilo, cebo y sedal, West cultivaba su paciencia. Le permitía desconectar.

Entre tanto, la competición invertiría mucho trabajo y dinero en pos de cambiar su imagen. Lo primero era dotarla de un logo identificativo, que recorriera el subconsciente de los aficionados. Para ello, llevarían a cabo un concurso en el que se presentaron hasta cincuenta diseños distintos. El ganador sería Alan Siegel, amigo íntimo del reportero Dick Schaap, que le permitiría acudir a la hemeroteca de la revista Sport y sacar una foto icónica de Jerry West. Una que le cautivó especialmente. En aquella imagen Jerry adoptaba una pose elegante y decidida, de imperceptible esencia artística. Desprendía ese dinamismo que tanto buscaba Siegel. Así pues, en 1969 se basaría en aquel fotograma para realizar su famoso logotipo. Ese que reconocen ya millones de personas en todo el mundo.

“Tenía un sabor especial. Cogí la imagen y la trazamos. Era vertical y daba sensación de movimiento. Fue una de esas cosas que me hicieron click en la cabeza”, contaría Siegel.

Aún a día de hoy Jerry, fiel a su personalidad, sigue sin darle demasiada importancia al asunto. Incluso reniega de ello.

“No me gusta llamar la atención, y cuando la gente me lo recuerda, les digo que simplemente no me identifico con ello. Desearía que lo cambiaran. Creo que Michael Jordan luciría bien como el logo. Es el jugador más grande que he visto.”

Al año siguiente, en las Finales de 1970, los Lakers volverían a caer contra los Knicks en siete competidos partidos. Jerry, fiel a lo que había demostrado durante toda su carrera, anotaría uno de los tiros más épicos en la historia de la competición. Un lanzamiento milagroso desde más de 18 metros que serviría para forzar la prórroga en el tercer encuentro. Un tiro que, de haber existido la línea de triple en aquella época, seguramente hubiera cambiado el destino de la serie.

La temporada siguiente, en 1971, los Lakers homenajearían a Jerry West en el Forum de Inglewood. Una cita denominada como “The Jerry West night”, y en la que Bill Russell, once veces campeón de la NBA y antiguo contrincante, pronunciaría un breve discurso que ya ha pasado a la eternidad:

“Jerry, una vez te dije que el camino al éxito es una odisea, y que el mayor honor que un hombre puede tener es suscitar el respeto y admiración de sus contemporáneos. Jerry, tú posees eso más que ningún otro hombre que yo haya conocido. Eres, en todo el sentido del término, un campeón. Si se me pudiera conceder un solo deseo, pediría que encontraras la felicidad para siempre.”

En el fondo, recogía Russell el pensamiento de todo un país. Pese a sus numerosas derrotas, pocos deportistas concentraban tanto reconocimiento nacional como Jerry West. Por supuesto, en este juicio ejercía una influencia clara el racismo que imperaba en aquellos días, pero aún con todo, conseguía transmitir West algo que los demás no podían. Cierta identificación con su figura. Era como un hijo pródigo escupido de entre las entrañas de América. Uno de los suyos. El yerno perfecto.

Algún tiempo después, en 1972, West lograría por fin reconciliarse con el juego. Aquel fue uno de sus años más redondos, no tanto a nivel de producción (el West de años anteriores había cosechado numeros mucho más boyantes), pero si en términos de sabiduría y paz mental. Aún convaleciente de una operación de rodilla, había contemplado seriamente el retirarse antes de iniciar el curso, al igual que hiciera su amigo Baylor. No obstante, la decisiva intervención de Bill Sharman, fichado como entrenador de los Lakers, y el apoyo de su mujer, le incitó a realizar una última intentona. Aquel conjunto alcanzaría un nivel de química y ejecución como pocas veces se ha visto, encadenando hasta 33 victorias consecutivas durante la temporada. La influencia de Sharman era evidente. Había logrado reconvertir a Chamberlain y convencerle para la causa colectiva (emulando a Russell). Por otro lado, a West le reservaba el papel de líder en pista, colocándole en la posición de base e impulsando su función como director de orquesta. En las alas, Goodrich y McMillian se encargaban de la tarea ejecutora. Funcionaban con la precisión de un reloj atómico.

Eran una verdadera máquina de ganar.

West, que había vencido parcialmente la timidez de antaño, se erigía en una de las voces destacadas del vestuario. Era como ese amigo campechano que en un tono suave y discreto se interesa por todos. Conversaba con Chamberlain sobre cualquier tema (el favorito de ambos era los aviones), bromeaba con los pantalones de Flynn Robinson, y en un tono jocosamente irónico, pero cariñoso, le comentaba a Pat Riley que tenía look de estrella. Era él, y no otro, el que impulsaba la camaradería del grupo. El que más contribuía a crear un buen ambiente. Incluso se mostraría más relajado en sus declaraciones a la prensa, marcando distancia con aquel viejo manojo de nervios:

“La parte más dura de dejarlo será abandonar esta vida, los viajes, la convivencia, las risas y los buenos momentos. Este es el mejor trabajo del mundo porque puedes compartir mucho tiempo con un grupo excelente de personas. Sé que cuando cuelge las botas me costará aceptarlo. Elgin se debe estar volviendo loco. Todo el mundo dice que esto es un juego de niños, pero en realidad, es una vida de niño también.”

Antes de dejarlo, no obstante, llegaría la Final de 1972, de nuevo ante los Knicks. Un acontecimiento en el que Jerry West al fin encontraría la redención deportiva. De hecho, en aquella serie los Lakers evitaron especular al máximo, despachando el asunto en cinco partidos. Todos ellos decididos por una ventaja de hasta catorce puntos.

Por fin era campeón. Ya nadie podía reprocharle nada.

Sports Illustrated

A la postre, la carrera del ‘Logo’ duraría un par de temporadas más (con otra final perdida ante New York en 1973), colgando definitivamente las botas en 1974. Aquejado de numerosas lesiones y habiendo perdido ese fuego interior que siempre le había caracterizado. No podía ofrecer más.

“Ya no siento las ganas de competir de antaño, y no estoy dispuesto a sacrificar mis principios. Quizá espere demasiado de mí mismo, pero creo que ha llegado la hora de dejarlo.”

Se marchaba así el corazón de la NBA. Su pulso acelerado y latido venal. La pasión llevada hasta el extremo y hecha jugador de baloncesto. El héroe trágico, como en las epopeyas griegas.

Algún tiempo después, y buscando calmar su eterno gusanillo competitivo, Jerry West volvería a acercarse al mundo del aro. Primero como entrenador, una experiencia que no resultó del todo positiva, y después como General Manager. Allí, en la soledad de los despachos, se sintió como pez en el agua. Primero ayudaría a levantar la dinastía ochentera de Lakers, el Showtime de siempre alimentado por Magic, Kareem o Worthy; y después repetiría en los albores del nuevo siglo, construyendo un equipo comandado por Phil Jackson y que levantaría tres títulos consecutivos entre 2000 y 2002. Ya es de sobra conocida su milagrosa labor en el verano de 1996, cuando logró conseguir de una tacada a Shaquille O’Neal, vía traspaso con Orlando, y negociar con Charlotte para hacerse con Kobe Bryant en el draft. Incluso ha contribuido al levantamiento de un tercer proyecto exitoso, al ser consejero y consultor de estos Warriors que maravillan en la actualidad. Una posición que ya no ocupa.

Uno podría argumentar, más allá de títulos y reconocimientos, que Jerry West es el hombre más importante que ha dado la liga. Piénsenlo detenidamente. Fue uno de sus jugadores más célebres, es la imagen literal de la competición, y ha ejercido influencia (directa o indirecta) en algunas de las dinastías más importantes que ha habido. Es una cuestión debatible, por supuesto, pero al menos existe espacio para construir el argumento. Su legado impregna cada rincón de la NBA.

Y, a pesar de ese poder, sigue transmitiendo West la añeja vulnerabilidad de siempre. Como si todo hubiera sido un sueño. Como si siguiera siendo aquel chico enclenque enamorado de la canasta. Ese que salía a practicar nevara o abrasara. En muchos sentidos, la magia de Jerry estriba en que sigue siendo el mismo. Exactamente igual.

Tal vez por eso sea tan querido.

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Para el desarrollo de esta pieza ha sido fundamental la influencia de dos obras: West by West: My Charmed, Tormented Life (autobiografía) y Jerry West: The Life and Legend of a Basketball Icon, de Roland Lazenby. Al margen de numerosos reportajes, entrevistas, crónicas y documentos publicados en diversos medios (Sports Illustrated, LA Times, Washington Post, ESPN, Big Blue History, etc).

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Getty Images

Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo. 

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Danny Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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SKYHOOK #16

 

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